Albert, 54

Albert, 54

Un día nos contó que la habían multado por tener sexo en una playa. «Cincuenta euros», dijo. Y todos nos miramos. ¿Euros?  Pero si debía tener setenta años. Con su pelo rojo ensortijado y los ojos chispeantes de los primeros minutos de una borrachera,  no perdona un telediario y, desde que Podemos existe, es siempre su primera pregunta cuando nos reencontramos. Fue mi casera y mucho más que eso, tanto que, cuando mi novio quiso hacerme un regalo, me dibujó su casa para colgarla en nuestro salón. Me fui hace seis años. Cada vez que vuelvo le pido permiso para subir a los pisos de arriba y husmear, como si hiciese un inventario: esto está igual, esto es nuevo…  El septiembre pasado me contó que había muerto Hippolyte, la gata a la que espantábamos con una pistola de agua. Se colaba por la ventana del salón, la que daba a la cárcel de Saint-Gilles. En verano se escuchaba la megafonía del patio y los mundiales y eurocopas nos divertíamos adivinando cuantos presos había de cada nacionalidad por los gritos de los goles. Fui muy feliz en aquel salón. Aquella mesa larga de madera, con sus quemaduras de cafetera y los desayunos de pan, cortado en rebanadas perfectas con mantequilla salada, y los olores que llegaban anunciando quien se había levantado. Heredó aquella casa de sus padres y quiso hacer algo especial. Lo consiguió, al menos unos años. Luego llegaron los problemas que siempre llegan y ahora parece que todo son quejas, pero esos años las cosas fueron distintas. Había tantos planes…

Albert, 54

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