El Extraño (parte I)

Stranger

El somontano me había mareado y me sentaba bien caminar. Pensé en un whatsapp dando las gracias por la cena, pero estaba sin batería. Lo enviaría al llegar. Después de todo, había sido agradable, aunque no conseguía quitarme de la cabeza  que esas cajas de libros eran sólo un truco y ella se mudaría a casa de Miguel antes de otoño. Bajando Juan Carlos I hacia Rosalía de Castro,  me di cuenta de que sudaba. No se movía ni una hoja de los árboles de la alameda y tampoco se escuchaba a los estorninos  de la Carreira do Conde. En las escaleras de la Iglesia do Pilar, una pareja de peregrinos compartía una cerveza, con las mochilas y los bastones apoyados al lado. Imaginé que no habrían cogido pensión porque su tren saldría temprano. Intenté recordar cuantos veranos había pasado en aquella ciudad. Entonces, lo vi.

De espaldas, miraba el escaparate de la Librería Fonseca, frente al callejón que da a la Facultad de Derecho.Tenía parte de la camisa fuera, y me llamó la atención que alguien se entretuviese revisando libros de texto a esas horas. Pensé en cambiar de acera y ahorrarme algún comentario de borracho, pera seguí caminando. Tenía el pelo corto, llevaba un pantalón de tela azul marino, como la parte de abajo de un traje o el uniforme de un camarero, calzaba zapatos de vestir con suela gruesa. Con las manos en los bolsillos parecía absorto. Al pasar a su lado, quise ver el reflejo de su cara en el cristal. Santiago es una ciudad pequeña, quizá lo conociese. Sin embargo, el escaparate estaba oscuro, y pensé que era imposible que aquella persona lograse ver algo. Él ni siquiera se giró, como si no hubiese notado que pasaba.

No había tráfico y, aunque era viernes, todos los bares habían cerrado. El Ensanche estaba muerto en agosto. Al doblar hacia la Praza de Vigo, le vi de nuevo.  Miraba al suelo y caminaba en mi dirección. Pasó un coche con las ventanas bajadas y la música alta. Atravesé la plaza hacia la Avenida de Vilagarcía. Recordé el piso que había estado a punto de alquilar, y levanté la vista intentando distinguir si las persianas estaban subidas, señal de que aún estaría libre. En una marquesina me topé reflejada la silueta de aquel desconocido  y me sobresalté. Me giré y comprobé que estaba al fondo de la calle, mirando el escaparate de una papelería. Empecé a caminar rápido. Me esforcé en pensar que sería una casualidad, alguien bebido, regresando a casa por mi mismo camino.

Avancé hacia Romero Donallo, esa avenida marca el final del centro y el inicio de los barrios. Al otro lado no habría nada abierto. Me dije que debía calmarme y ver las cosas con frialdad. Nada extraño había ocurrido. Me detuve un segundo fingiendo leer una oferta en una agencia de viajes. Escuché pasos detenerse. No lo estaba imaginando. Aquel desconocido me seguía.

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El Extraño (parte I)

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barber

Entornando los ojos apenas veía su reflejo borroso en el espejo. El chico se movía a su alrededor, alejándose y acercándose, como una mosca.  Se preguntó si sus instrucciones habrían quedado claras, y se contuvo para no pedir sus gafas. Aquel corte de pelo le costaría no menos de cincuenta euros, pero le daba vergüenza parecer ansioso. El local olía dulce, y se escuchaba de fondo música electrónica suave. Nadie hablaba. Pensó si tendría batería, y palpó el iphone, preguntándose dónde se haría la foto. Le espantaba tener que recurrir a un selfie. Quizá se lo podría pedir al peluquero; claro que no, cómo se le había ocurrido. Fuese como fuese, debería subirla antes de las siete. Todos estarían aún en la oficina, y sería la manera más rápida de conseguir likes. Si todo iba bien llegaría a 150.

Podría ir a casa y esperar a Jaime, pero su novio era un horror con las fotos. Mejor se acercaría al bar de Natalia. La había visto esta mañana y le encantaba ese jersey grueso de punto. A ella no le importaría volver loco a alguno de sus camareros hasta conseguir que todo fuese perfecto. Con sus ojos azul cloro y su nariz afilada no era muy guapa, pero siempre conseguía salir mona. Dudó de si la camisa vaquera había sido la mejor elección, y no el jersey de Jock & Hawk.  Seguro que Álvaro vería la foto, aunque por nada del mundo le daría like. Le imaginó echándole de menos, y en seguida recordó que la gente como Álvaro nunca echa de menos a nadie. Ya no se escuchaba el sonido metálico de las tijeras. Había llegado el momento de pedir sus gafas.

Estaba seguro de que los del gimnasio serían los primeros en verla, aburridos en la cafetería.  Se esforzó por quitarse aquello de la cabeza. Tenía mejores cosas en que pensar. Puso el móvil en silencio, lo dejó en el abrigo, y pidió uno de esos tés sin teína. Cuando Natalia se levantó a la barra no pudo contenerse. Si las cosas iban bien, tendría  cuarenta likes. Abrió rápido el bolsillo y lo miró. Aquello no arrancaba. Se alarmó al pensar que Álvaro ya habría visto la foto. Se tenía que inventar una excusa, necesitaba saber qué estaba fallando.

Aquel baño era demasiado oscuro. Debería haberse mirado con calma en la peluquería y no haber tenido tanta prisa por mostrarse encantado. Desde luego, el corte de los lados era excesivo, aunque a Natalia le había gustado. A ella siempre le encantaba todo lo que hacía, pero estaba vez había sonado sincera. Definitivamente, si las cosas seguían así, habría tirado cincuenta euros. Pensó en borrarla y en volver a subirla el domingo por la noche. Todas las fotos funcionan cuando la gente regresa de fin de semana y se tumba en el sofá sin más plan que ver qué ha hecho el resto del mundo.

Al acabar el té se despidió. Los demás habían quedado en La Maravilla. Jaime habría salido con sus amigos y no habría nadie en casa, pero le apetecía irse. A la altura de Ambar se detuvo. Allí seguía la Patty Pie que le había querido regalar a Álvaro. Todavía le parecía la lámpara más elegante del mundo. Entre todos aquellos muebles caros vio su reflejo, pensó que quizá no fuese el mejor corte de su vida, pero no estaba mal. Borró la foto. Mañana se pondría el jersey de Jock & Hawk, volvería a su peluquería de siempre y arreglaría aquello.

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Algún tiempo más

Nacho y Dani

Me gusta cuando me abrazas
por completo, desde dentro.
Tu sonrisa limpia, sana,
como mañana de invierno.
Y ese cuerpo tan delgado
sin espinas y sin miedos,
con calor para abrasar
las horas negras y el hierro.
Los ojos con los que miras,
con la nobleza de un ciervo,
abren al mundo sus puertas
y le robamos su aliento.
Quiero quedarme contigo,
Quedémonos algún tiempo.
Convirtamos estos días
en flores para el invierno.

[A Coruña, abril 2016

Algún tiempo más

El gen Mojón se pone a prueba

Gen Mojón

Suele ocurrir al decidir el restaurante  o el camino más corto para llegar a una playa. Hay un momento en el que los cuñados dan un paso atrás, se miran y nos dejan solos. Saben que la decisión que salga de esa asamblea de hermanos nunca será la más eficiente, pero han aprendido a echarse a un lado y dejar que la ola de los Mojones se estrelle contra el muro, sin salir heridos.

Cuando uno tiene cinco hijos puede darles amor, alegría, cariño o puede darles orden. Mi padre, que trataba de usted a mi abuelo, se imaginaba como el entrenador de una familia que funcionase con la precisión de la naranja mecánica, y yo -el mayor- sufrí sus ilusiones. Nada de migas en la alfombra, los pies fuera del sofá, luces del pasillo apagadas, a levantar ese notable y los domingos a misa de doce. Sin embargo, llegaron mis hermanos, primero una, después otra, y los gemelos en la retaguardia. Entonces, colgó el uniforme, retiró todos los muebles de la habitación más grande  y creó un pequeño campo de concentración donde nos encerraba a medida que llegábamos del colegio. Nunca pintó aquel búnker hasta que todos tuvimos carné de conducir. En ese cuarto descubrimos nuestro talento para hacernos grandes en el caos.

Cada febrero celebramos el cumpleaños de mi sobrina Victoria en casa de mi cuñado David a las afueras de Vigo. La niña ha cumplido seis, y seis veces nos hemos perdido. Nos esforzamos, y memorizamos referencias claras, pero al año siguiente es como si alguien hubiese movido aquel poste de la luz donde debíamos girar, y cada hermano lo recordase en una curva diferente. No es un episodio aislado. Rebeca, que lleva una década en Madrid, sigue diciendo que Moratalaz es un barrio muy cambiante, en cuanto nos ve desesperados porque a la tercera vuelta seguimos sin encontrar la entrada a su garaje. Las cosas no van mejor con Sonia. La última vez que reservó hotel para que mis padres visitasen a mi hermano Alex en Oporto, al llegar les informaron en recepción de que la calle era correcta, pero la reserva estaba en Cabo Verde.

Esta capacidad para perderse se ha ido agudizando generación tras generación, y con los gemelos hemos tocado fondo. El cerebro de mi hermana Sara, tremendamente plástico para casi todo, se vuelve de hormigón para las rutas. Una vez que aprende un itinerario está condenada a repetirlo, sea o no correcto. Yo vivo en una pequeña calle entre Cuatro Caminos y Alfonso Molina, justo en la entrada de Coruña, que es también la salida de esta ciudad en forma de isla. Cuando Sara me visitó por primera vez, el día que se marchó recorrió todo el perímetro de la ciudad para volver treinta minutos más tarde al punto de partida, pero por el carril contrario. Desde entonces sabe que al tiempo de viaje Coruña-Vigo debe sumar media hora.

Alex, el benjamín, es el caso extremo. Utiliza Google Maps para ir al supermercado, y se justifica diciendo que vive en el extranjero: Oporto. Desde hace tres años, la Nochebuena la pasamos en una casa rural y estas Navidades tocó una aldea de Celanova. Alex no aparecía, y, conociéndole, mi madre imaginaba ya todo tipo de destinos posibles. Entonces, llamó aterrorizado. Con la ubicación que le habíamos enviado, su gps le había llevado a una pista forestal sin salida. Cuando todos nos habíamos puesto de acuerdo en que Google no es lo que era, alguien reparó en la luz de unos faros  en el sendero del jardín.

Que este talento tiene origen genético es incuestionable. A mi padre los amigos con los que sale al monte le llaman el Flecha, y sólo él cree que no es ironía. Mi madre  hace tiempo que ha aceptado con normalidad esta limitación, y vive tranquila. Si mi padre detiene el coche y baja la ventanilla para preguntar una dirección, ella escucha amablemente diciendo todo el tiempo ‘sí, claro, sí…», pero todos sabemos que no le está prestando atención alguna, dando por hecho que cualquier de nosotros tomará nota.

Con esta carga genética llevamos años fantaseando con un viaje en familia, algo un poco más largo que un fin de semana, rememorar esas vacaciones de niños, con aquel Renault 18 de tres filas de asientos, una baca cargada de pañales, y mi padre desquiciado con nuestros brotes de vómitos en cadena. Sin embargo, con la edad hemos aprendido que querer no siempre es poder. Después de pequeños experimentos, salidas al extranjero en agrupaciones de tres o cuatro mojones máximo, nos hemos vuelto precavidos. Debía ser algo que no exigiese decisiones consensuadas, que nos amarrase a un punto fijo, sin posibilidad de pérdida, con recuento diario y asistencia externa de profesionales. Sonia, la de la reserva en Cabo Verde, ha sido la encargada de comprar los billetes, y todos estamos muy esperanzados de que sean para el mismo barco.

El gen Mojón se pone a prueba

El escalador y la novia

Escalador Buena

Él se había mudado para hacer avanzar una relación a distancia. Después de cinco años de aeropuertos y estaciones de tren, un par de meses viviendo juntos le bastaron para darse cuenta de que echaba en falta la ansiedad del reencuentro, la crisis del sábado, y la adictiva tristeza de las despedidas, ese ciclo que mantiene la tensión alta y aleja las polillas de los dormitorios. Pese al desencanto de la vida en pareja, no se rindieron y, antes de tirar la toalla, decidieron echarle la culpa a esa ciudad llena de días iguales e inviernos largos, dejaron sus trabajos y fiaron su futuro juntos a un viaje. En algún lugar del mundo estaría lo que habían perdido.

Aquella terapia con mochila duró un año, y les dejó un blog e historias para contar, sin embargo, terminó muy cerca de donde había empezado, así que ella se quedó con el sofá y él se mudó de barrio. Así fue como llegó a la casa donde nos conocimos. Yo buscaba un lugar donde aclararme, y él pagaba una habitación para no tener un piso entero que se le cayese encima. Al principio, pasaba los días planeando viajes, cambiando de trabajo para matar el aburrimiento y escalando. Decía que necesitaba un punto donde focalizar su atención y la escalada le ofrecía una suma de puntos en los que poner todos los sentidos o aceptar una caída sobre la colchoneta.

Los sábados a la mañana desayunábamos con Le Courrier, debatiendo de todo, como si el mundo dependiese de nuestras opiniones. Después salíamos a correr. Me encantaba aquel sendero entre los pinos negros de la Fôret de Soignes. Luego, con el estómago vacío y la conciencia tranquila, nos hinchábamos de pizza en el Mamma Roma. Por las noches alquilábamos películas piratas en un vídeoclub paquistaní al que llegaban los estrenos antes que al cine. Poco a poco, nos hicimos amigos y hasta aprendí a pronunciar bien su nombre. Él vino a España, conoció a mi familia y nos bañamos en las Cíes a finales de septiembre, en nuestro primer verano sin playa. El tiempo pasó y aquella ex novia fue dejando hueco para que apareciesen nuevas historias, historias breves, ligeras, historias con la que ir a trabajar pensando en un mensaje que enviar y no en la primera reunión del día.

Entonces, apareció ella.  Mismo país, mismo trabajo, todo encajaba y las cosas fueron deprisa. Su habitación pronto se quedó vacía, y yo empecé a desayunar solo. Ellos recorrieron todos los restaurantes de la ciudad haciendo planes y él se mudó a su apartamento. Al poco tiempo, regresé a España, y no me sorprendió cuando anunció que se casarían.  Le imaginé haciendo listas, adoraba poner las cosas en orden. Le recuerdo en el supermercado, calculando por que cola llegaríamos antes a la caja. Juntos abrieron un blog para contar los preparativos. Sería una gran fiesta, una oportunidad de vernos todos, y recordar viejas historias bebiendo vino.

Veía una película de domingo tumbado en el sofá, con un ojo en la televisión y el portátil sobre las rodillas, cuando recibí aquel correo. No serían más de cinco líneas, y estaba dirigido a todos los invitados, redactado en un estilo formal, sin adornos. La boda se cancelaba. Lo habían pensando, y no estaban preparados. Firmaban los dos. Por un momento, creí que esas cosas ocurrían sólo en el cine. Pensé lo difícil que debe resultar echar el freno cuando la cadena de montaje de una boda está en marcha, las familias, los preparativos, los compromisos… Me imaginé enviando aquel correo, redactando una frase, reescribiéndola, eligiendo con cuidado las palabras, encontrando el tono. Le conocía y sabía que no había sido un impulso. Imaginé el momento de la primera duda, una sombra diminuta sobre el mapa de colores de una boda. Sentí la angustia de la decisión. Sin embargo, al otro lado de esa tristeza, apareció la valentía de ponerse frente al espejo con el altar reservado, de exigirse el máximo, sin conformarse, sin miedo a hacerse preguntas, la belleza de atreverse a empezar de nuevo.

El escalador y la novia

El pato y la viuda

Pato 3 (2)

Ya casi nada de esta habitación tiene que ver conmigo, pero sí el sonido al otro lado del tabique. La tele, su risa y ella hablando sola. No creo que sea cosa de la edad, cuando era niño también la escuchaba, aunque entonces me pareciese divertido. Supongo que ese salón no tendrá nada que ver con el de hace treinta años. Se habrá deshecho del pato, con las plumas marrones tan suaves, y los ojos negros y brillantes. Ya nadie tiene animales disecados. Mi Lama, con su carné de PACMA, me echaría de casa sólo con sugerirlo. Sin embargo, en mi calle había una tienda que ahora es una frutería y a todos nos parecía un lugar increíble. Yo me quedaba ensimismado viendo aquel señor con bata azul, trabajando de pie, frente a una mesa cubierta con hojas de periódico y olor a pegamento. Ahora hay demasiadas fruterías en todos los sitios y quién puede decir algo interesante de una frutería. Tardé en saber que su marido y su hijo se habían matado en un accidente de coche. Había una foto, pero los niños nunca preguntan por las fotos. Supongo que algo así destruye a cualquiera. Sin embargo, nunca me pareció triste, quizá porque siempre la he escuchado reírse y no hay risa más de verdad que la que sale cuando uno está solo. Antes de comprarse una tele, venía los viernes a ver la nuestra. Yo era pequeño, pero la recuerdo sentada en el borde de una silla, a punto de levantarse. Me pregunto como debe ser una vida en ese piso pequeño de viuda, con un Peugeot sin usar en el garaje,  viendo la tele hasta las dos con su pato y sus revistas del corazón. Mis padres me dicen que no exagere, que no está sola, pero no es lo mismo tener amigas, que no estar sola. Hubo un tiempo en que venía a casa a menudo y me gustaba que estuviese. Me llamó la atención que dejase de hacerlo, y que mi madre se resistiese a contarme nada. Pasados los años, me confesó que les sisaba cuando se quedaba con nosotros. La explicación  me dejó triste. Alguien a quien le han pasado esas cosas tiene derecho a sisar y que pueda seguir viniendo a ver la tele, pero mis padres prefirieron meter distancia, temiendo que pudiese ir a peor. Esta tarde la crucé en el ascensor y me preguntó de nuevo si me había casado. Le dije que no, y me apretó la cara con sus dos manos hasta hacerme daño, mirándome unos segundos en silencio, con esa mirada de aviso, con ojos de que uno debe casarse o aprender a reírse solo, sin que le importe si le escuchan los vecinos.

El pato y la viuda

El banco que volvía en agosto

Banco Montederramo Bueno

De hierro, de un color gastado, con iniciales rayadas con puntas de llave y restos de calcomanías, aquel banco sobre una alfombra de cáscaras de pipas era el centro del universo. Tres en el respaldo, tres sentados abajo y el resto alrededor. A un lado, la caracocha, detrás la casa de Emilia y enfrente la pista de baloncesto. Todas las conversaciones y todos los planes tenían lugar allí. Aquel era su sitio y nadie debía tocarlo. Sin embargo, en invierno se empeñaban en subirlo a la parte de arriba del pueblo y nosotros, como una cofradía con su santo, lo bajábamos. Entonces, agosto empezaba.

Al frente de la procesión del banco, él y al lado, yo. Si él bebía Martini, yo Martini. Eso era fácil, pero si cambiaba a licor de kiwi con champán, mi cara llena de espinillas se asomaba a la barra pidiendo kiwi y champán, como si fuese una coctelería de barrio y no el bar de la comisión. Si ese agosto llegaba obsesionado con Queen, We will rock you se convertía en mi canción y, si era Duncan Dhu, me dejaba convencer para hacer un playback y aceptaba sin protestar ser el batería, aunque mi diente mellado me diese más derecho que a nadie a ser Mikel Erentxun. Si ese verano se echaba novia y se olvidaba de las cosas importantes, yo conseguía otra, además prima de la suya, aunque no tuviese ni idea de para qué servía una novia. Supongo que todos hemos tenido un amigo así, alguien que crece un minuto justo antes que tú, al que sigues a todos lados porque no hay otro sitio donde puedas estar mejor.

Juntos asaltamos borrachos la despensa de Irene, importamos el mus para poder ganar en algo, hicimos sangrías, autostop, espiritismo, subimos a cantar con la orquesta, preparamos queimadas, nos dimos chapuzones de madrugada, desfilamos en procesiones con resaca y gafas de sol, parcheamos bicicletas, repartimos pan, nos aprendimos los nombres de todos los prados, de todos los perros, nos inventamos los motes de todas las familias, nos perdimos siempre en el mismo monte, hicimos tantos recuerdos en un lugar tan pequeño.

Hasta hace poco estaba preocupado por aquel banco. En el pueblo, las casas se quedan vacías y eso tiene mal arreglo, pero creía que, al menos, el banco…  Pensaba que estaría en una de esas aceras donde apenas pasa nadie, cerca del cuartel o del supermercado. Pero esta Semana Santa visité a Tomás en Vitoria y empezamos a hablar del pueblo, que es una manera de hablar de todo. Entonces, me pareció verlo en la plaza de la Virgen Blanca. Tomás me contaba que no está siendo un gran año para él y su familia. Y el banco volvió a aparecer en medio de la calle Dato. Lo vi cuando me decía que la casa de Irene está cerrada y se ponía un poco triste, pero enseguida se le pasaba y nos invitaba a ese pintxo que ganó el premio. Y entonces entendí que, si Natalia me cuenta lo de Maruja, el banco lo tendrán los del Castro y estará en la plaza de la Constitución para ver las fotos del viaje a Alaska de Fran con las gemelas, y Rosa se lo habrá llevado a Madrid y lo devolverá con machas de Ponte da Boga y cosas mejores y Ana lo tendrá escondido en Pontevedra. ¡La que liaría si no! Y no sé aún en qué barrio de Ourense lo encontraré, pero con Mónica nos podremos sentar siete y no seis. Y se dejará ver también en Barcelona, Valencia, Salamanca y mi Lama me ha ayudado a traerlo a Cuatro Caminos para cuando vengan a verme. Pero una noche al año estará en un sólo sitio, que es su sitio y los que nos hemos sentado alguna vez allí sabemos bien qué noche es esa.

El banco que volvía en agosto

El silencio de Hugo

Lucas BN

Al llegar le tiendo la mano para saludar, pero Hugo me da un beso y pienso que las cosas van mejor. Lo de volver a casa, me dice, le da nervios, y le sale esa mancha entre el índice y el anular. El médico la llamó dishidrosis y es la manera que tiene su cuerpo de avisar. A su madre le ha dicho que se quemó en el laboratorio, bastante inquieta anda ya con lo del pulmón. Luego me habla de los viajes a Basto para ver a Lucas y veo que siguen siendo secretos. Me cuenta que la madre de Lucas se ha juntado con Dragan, un camionero búlgaro que paraba por su bar. Cuando Hugo va, Lucas y él se marchan de hostal para evitar líos porque la madre les ha dicho que el búlgaro no entiende lo suyo y se altera. Hugo se pide un cortado y me dice que está cansado. Yo le veo flaco, tanto como mi Lama, que es mi flaco de referencia, y pienso que podrían ser hermanos, uno rubio, otro moreno, y hasta pienso que si no estuviese mi Lama podría gustarme un poco, con esa cara pálida y esa voz de poder con todo.

Para este verano le ha salido un contrato de sustitución  y, aunque no era lo que buscaba, es una empresa suiza así que, si les gusta, quizá se quede y quién sabe si algún día surgiría una oportunidad para irse fuera.  Por ahora, le preocupa encontrar un trabajo para Lucas y sacarlo de Basto. Yo también estoy seguro de que su vida sería distinta en una ciudad. De algo muy malo han debido de escapar para cruzar un océano y acabar en esa agujero donde no llega ni el pan fresco.

Hugo me cuenta que el sábado se encaró con el búlgaro. Entró en La Sarita y allí estaba, sentado en un taburete frente al televisor, meneando los hielos de su cubata de tubo. En cuanto lo vio, Dragan le miró con esos ojos acuosos de vaca y le soltó. «Y tú, rubita, ¿no tendrás pensado dormir aquí?». Hugo se encendió y le contestó que nunca le había faltado techo, que gracias a dios se lo podía pagar. Llamó a Lucas y se marcharon a La Encina, el hostal a la salida de la autovía, que es el más barato y conocen a la dueña. Allí estuvieron tranquilos y el sábado se llevó a Lucas al Pico de la Espada a ver la nieve, que le llaman nieve marcelina y es ya la última del año.

Había hielo en la carretera y no consiguieron llegar a la cueva del Santo, donde se escondió el abuelo Emilio en la guerra, pero desde el alto se ve el Puente de los Cochinos. Le contó que le llamaban así porque los de Franco entraron al valle a través de él. El abuelo y los suyos lo intentaron volar, pero no lo consiguieron. Hugo no cree que aquello hubiese cambiado la guerra, pero piensa que quizá el abuelo habría vivido más tranquilo. A Lucas  le gustan esas historias -me explica Hugo- y quiere saber todo sobre el valle, aunque sean cosas como la del puente, cosas que ya nadie sabe y que no le van a servir de mucho. Él cree que sería más importante que se dedicase a aprender bien el español y a quitarse el acento, porque los acentos no ayudan a encontrar trabajo.  Por la noche en La Encina, Tita, la cocinera, les tenía preparadas unas tejas y se acabaron la bandeja viendo  una de vampiros en la habitación, una que se supone era de miedo, pero daba risa, con esos niños que no asustaban a nadie y apetecía achucharlos. Todo estuvo bien, pero el domingo a la noche se quedó muy revuelto cuando dejó a Lucas de nuevo en La Sarita.

A mí me asombra tanto coraje en tan poco cuerpo. Pero luego se le viene el mundo encima sólo con imaginar que se puedan enterar sus amigos, y me entran ganas de decirle que todos pasamos por eso, que, al final, sólo es un mal trago y que será más fácil de lo que se imagina, pero sé que eso no funciona. Ahora aguanta y lo seguirá haciendo hasta que duela más callar que hablar. Entonces, se resolverá.

Escuchando a Hugo, pienso que hay gente a la que le tocan amores fáciles, convenientes, vidas que se acoplan con suavidad. Las familias, los amigos, hasta las camisas encajan, todo parece ir a juego, como dos calcetines iguales, y los sentimientos avanzan, con sus saltos y sus sustos, pero cómodos y ordenados. A otros, las cosas les vienen atravesadas y les llegan amores que duelen como cólicos, y que cuestan pecho y espalda sacarlos adelante, y esas historias atrapan, como un alambre de espinos, y creo que no deberían pasarle a uno cuando es tan joven, pero quien no haya caído en algo así no sabe de lo que hablo.

El silencio de Hugo

Los gamos de Garoña

Miranda 3

A los gamos de la central les han capado. Le parecían demasiados a los jefes y no era tiempo de gastos. Julio cree que se lo debieron pensar. Después de eso no le cambiaban las cuernas y se volvían débiles. Pronto los jóvenes se hicieron con la manada y llegó el desgobierno. Ahora no saben qué hacer con ellos y a Julio le da miedo pensarlo, pero ve que estos años de remedios bárbaros le están dando la vuelta a todo, hasta al bosque de Garoña.  Esta mañana hemos subido al cerro de la Picota. Desde aquí se ven las líneas de tren que cruzan Miranda y la silueta de San Felices, La Muela, La Mujer Muerta, los Obarenes… Julio conoce los montes desde niño, aunque ahora debe verlos a través de esas gafas de sol, hasta que la retina vuelva a su sitio. Él volverá entonces a soldar y a hacer la ruta a la central por el pantano. Me cuenta que allí no es extraño ver buitres y que, cuando han comido, les cuesta despegar y descansan sobre los quitamiedos. Yo le digo que no he visto un buitre en mi vida. Se sonríe pensando seguramente en mi ciudad de gaviotas y pájaros pequeños y me habla del oso de Sobrón.

Por la carretera a Garoña, había un parque donde criaron un oso enjaulado para que los turistas parasen a hacerse fotos. Una línea en el suelo marcaba el límite, pero el propietario se confió y le abrió el vientre de un zarpazo. Ahora el parque está abandonado. Con el reactor Ebro arriba, las aguas cogen temperatura, y se habla de que hay planes para un balneario. A Julio le gustan las historias de Miranda, y he encontrado pocos como él. Allí hay más como mi Lama que me suele decir que lo mejor de Miranda es lo cerca que está de otros sitios o como esos que terminan sus frases con coletillas del tipo ‘cosas de Miranda’. Pero Julio no dice nada de eso. A él le gusta y se nota cuando habla, aunque el invierno le haya enfriado el ánimo porque los últimos meses han venido difíciles con la separación, lo de la vista y el chaval pequeño, que no cambia.

Desde la Picota se ve el Oroncillo. Antes se pescaban cangrejos, que luego se cocinaban con tomate y una pizca de picante. Yo le digo que he visto muchos cangrejos, pero ninguno de río. Ahora se encuentran sólo americanos, pero esos no saben a nada -me explica- porque comen de todo, hasta les han visto entrar en viñas a picar uvas. Luego me enseña Pancorbo, con sus cuevas  y sus vías en el desfiladero, donde los de la escuela de montaña aprenden a hacer techos. Va para cinco años desde que le conozco, y esta mañana pienso que su ánimo está escalando también una de esas paredes afiladas, cogiendo altura, y que, cuando vuelva por San Juan, empatará de nuevo una historia con otra, sin silencios, y me explicará eso del bombo que sacan del Ebro para arrancar las fiestas y Miranda se vuelve una blusa manchada de zurra.

Los gamos de Garoña

Mi primer gafapasta

Bolsillo BN

Fue mi jefe y mi primer gafapasta. Entonces, ni siquiera conocía la palabra. Usaba libretas grandes de tapa dura y bolígrafos metálicos de colores. Quizá fuese cosa de su novia, que coleccionaba Swatch. Había querido ser director de cine, pero supongo que todos hemos querido ser directores de cine, así que trabajaba en un periódico viejo de una ciudad aún más vieja. Cuando llegué, todavía salía a ruedas de prensa, aunque la mayor parte del tiempo lo pasaba al teléfono. Sus minutos libres entre llamadas eran tan escasos que, cuando iba al baño, dejaba la puerta entreabierta y daba indicaciones a voces. A mí me desquiciaba tener que esperar a que colgase para saber qué hacer, así que le compré una pizarra para organizar la sección mientras hablaba. No funcionó.

Al principio, no le caía bien. Con el tiempo supe que había llegado con la etiqueta de ‘seleccionado’ por alguien a quien no consideraban precisamente un genio y temían que causase destrozos.  Eran días largos en los que salíamos tarde y teníamos tiempo de conocernos, así que las cosas se arreglaron pronto. Nadie me ha hecho nunca reescribir tanto los textos. Podíamos discutir horas por una coma, y llegábamos a telefonear a otros para que se posicionasen. «Tienes que elegir, ¿con coma, sin coma?». Y todo sucedía ante la mirada atónita de la parte práctica de la delegación, desesperados, viendo las páginas en blanco mientras nos perdíamos en polémicas gramaticales. Me enseñó a limpiar los textos, a eliminar lo que sobraba, a buscar la claridad y enderezar las frases hasta que fuese más difícil no entender que entender. Él y su rotulador, encontrando siempre algo que mejorar.

Me gustaban los primeros años, cuando aún no sabía lo que se debía saber para cubrir las cosas serias. Y esas cosas eran las que afectaban a cualquiera con un jefe de prensa que pudiese protestar. Así que me encargaba reportajes. A mí me encantaba estar todo el día fuera con el fotógrafo.  Era un periódico pequeño y no eran grandes historias, pero para mí fueron las más grandes. Me hacía sentir que aquello era lo que se leía y no los anuncios de nuevas autovías que se podían encontrar en todos los periódicos.

Quizá no era un gran jefe, pero era un buen periodista y no tengo claro que los buenos periodistas puedan ser grandes jefes, aunque a menudo ocurre que los premios llegan en forma de despacho y en los despachos nunca se escriben historias interesantes. Aquellos días se acabaron pronto. A él se lo llevaron a dirigir periódicos, primero uno, luego varios. A mí me cambiaron los reportajes por las cosas serias y acabé escapándome de la redacción, buscando un sitio lejos donde averiguar en qué me había equivocado. Cuatro años después regresé sin conclusiones y me llamó. Quería que me sumase a un proyecto nuevo. Le escuché atento, con nervios. Aquello quedaba demasiado lejos y sonaba demasiado mal, pero le pedí tiempo y estuve cerca, realmente cerca. Ahora tengo un  horario, ceno con mi Lama y a veces voy al gimnasio, pero también echo de menos lo que quería ser entonces, que no sé muy bien qué era, pero tenía que ver con esas discusiones sobre las comas y con espiar a los que desayunaban a mi lado en el bar para ver en qué página se habían detenido.

 

 

Mi primer gafapasta