
Al llegar le tiendo la mano para saludar, pero Hugo me da un beso y pienso que las cosas van mejor. Lo de volver a casa, me dice, le da nervios, y le sale esa mancha entre el índice y el anular. El médico la llamó dishidrosis y es la manera que tiene su cuerpo de avisar. A su madre le ha dicho que se quemó en el laboratorio, bastante inquieta anda ya con lo del pulmón. Luego me habla de los viajes a Basto para ver a Lucas y veo que siguen siendo secretos. Me cuenta que la madre de Lucas se ha juntado con Dragan, un camionero búlgaro que paraba por su bar. Cuando Hugo va, Lucas y él se marchan de hostal para evitar líos porque la madre les ha dicho que el búlgaro no entiende lo suyo y se altera. Hugo se pide un cortado y me dice que está cansado. Yo le veo flaco, tanto como mi Lama, que es mi flaco de referencia, y pienso que podrían ser hermanos, uno rubio, otro moreno, y hasta pienso que si no estuviese mi Lama podría gustarme un poco, con esa cara pálida y esa voz de poder con todo.
Para este verano le ha salido un contrato de sustitución y, aunque no era lo que buscaba, es una empresa suiza así que, si les gusta, quizá se quede y quién sabe si algún día surgiría una oportunidad para irse fuera. Por ahora, le preocupa encontrar un trabajo para Lucas y sacarlo de Basto. Yo también estoy seguro de que su vida sería distinta en una ciudad. De algo muy malo han debido de escapar para cruzar un océano y acabar en esa agujero donde no llega ni el pan fresco.
Hugo me cuenta que el sábado se encaró con el búlgaro. Entró en La Sarita y allí estaba, sentado en un taburete frente al televisor, meneando los hielos de su cubata de tubo. En cuanto lo vio, Dragan le miró con esos ojos acuosos de vaca y le soltó. «Y tú, rubita, ¿no tendrás pensado dormir aquí?». Hugo se encendió y le contestó que nunca le había faltado techo, que gracias a dios se lo podía pagar. Llamó a Lucas y se marcharon a La Encina, el hostal a la salida de la autovía, que es el más barato y conocen a la dueña. Allí estuvieron tranquilos y el sábado se llevó a Lucas al Pico de la Espada a ver la nieve, que le llaman nieve marcelina y es ya la última del año.
Había hielo en la carretera y no consiguieron llegar a la cueva del Santo, donde se escondió el abuelo Emilio en la guerra, pero desde el alto se ve el Puente de los Cochinos. Le contó que le llamaban así porque los de Franco entraron al valle a través de él. El abuelo y los suyos lo intentaron volar, pero no lo consiguieron. Hugo no cree que aquello hubiese cambiado la guerra, pero piensa que quizá el abuelo habría vivido más tranquilo. A Lucas le gustan esas historias -me explica Hugo- y quiere saber todo sobre el valle, aunque sean cosas como la del puente, cosas que ya nadie sabe y que no le van a servir de mucho. Él cree que sería más importante que se dedicase a aprender bien el español y a quitarse el acento, porque los acentos no ayudan a encontrar trabajo. Por la noche en La Encina, Tita, la cocinera, les tenía preparadas unas tejas y se acabaron la bandeja viendo una de vampiros en la habitación, una que se supone era de miedo, pero daba risa, con esos niños que no asustaban a nadie y apetecía achucharlos. Todo estuvo bien, pero el domingo a la noche se quedó muy revuelto cuando dejó a Lucas de nuevo en La Sarita.
A mí me asombra tanto coraje en tan poco cuerpo. Pero luego se le viene el mundo encima sólo con imaginar que se puedan enterar sus amigos, y me entran ganas de decirle que todos pasamos por eso, que, al final, sólo es un mal trago y que será más fácil de lo que se imagina, pero sé que eso no funciona. Ahora aguanta y lo seguirá haciendo hasta que duela más callar que hablar. Entonces, se resolverá.
Escuchando a Hugo, pienso que hay gente a la que le tocan amores fáciles, convenientes, vidas que se acoplan con suavidad. Las familias, los amigos, hasta las camisas encajan, todo parece ir a juego, como dos calcetines iguales, y los sentimientos avanzan, con sus saltos y sus sustos, pero cómodos y ordenados. A otros, las cosas les vienen atravesadas y les llegan amores que duelen como cólicos, y que cuestan pecho y espalda sacarlos adelante, y esas historias atrapan, como un alambre de espinos, y creo que no deberían pasarle a uno cuando es tan joven, pero quien no haya caído en algo así no sabe de lo que hablo.