La panadera que tenía nombre

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Ya nadie conoce el nombre de su panadero. En realidad, nadie conoce a su panadero. Es normal, entonces, que se sorprendiese. ‘Conchi’, me respondió, sacudiéndose las manos contra el delantal. Al abrir la puerta, sonaba uno de esos estridentes avisadores electrónicos, y se oía un ‘ahora voy’ desde el piso de arriba, donde el horno. Al momento bajaba la escalera de caracol a toda velocidad, haciéndome temer que se descalabrase para atenderme pronto. Había tenido que costar encajar una panadería en aquel local estrecho de Castro Chane, con más hechuras de estanco o de administración de lotería que de otra cosa. Pero entró, y poco a poco se fue impregnando de ese olor a canela y limón, que a veces se colaba en casa.

Sobre el mostrador, su tarta de queso americana, recién salida del horno y recubierta de mermelada de fresa, la de pera y crema catalana, su bizcocho de manzana, una bandeja con empandillas y algún croissant, superviviente del recreo del colegio de enfrente. Mis manos, muy abajo en los bolsillos para evitar pasar el dedo por alguna de aquellas delicias. Todo parecía estar siempre a punto de terminarse. Las cestas de pan medio vacías, incluso las estanterías desangeladas, con alguna botella de godello, una lata de pimentón de la Vera, y una bolsita con orégano en rama. Uno se sentía afortunado cuando conseguía la última barra del día.

Entre semana, al salir de casa para coger el tren de las ocho, veía la luz amarilla en el ventanuco de arriba. Conchi llegaba a las cinco de la mañana, y preparaba todo. La imaginaba amasando, con su moño deshilachado, sus ojos pequeños, como dos semillas, y esa espalda mal arreglada, que le obliga a ladear la cabeza para aliviar el dolor. Montó el Pan y Canela cuando regresó de Caracas, y de eso hace diez años. El día que cerró ni se despidió ni dio aviso. Dejó una cuartilla pegada al cristal, y parecía que sería algo provisional. Pero las semanas pasaron, y aún sabiendo el nombre, ¿quién llama a casa a su panadero? Los panaderos pueden desaparecer como desaparecen esas personas de las que no sabemos el nombre, esas que vemos todos los días y que un día dejan de estar en su sitio, sin que ni los periódicos ni nadie nos explique qué ha sido de ellos.

Me alegré cuando la encontré en el parque de Oza, aunque tampoco hablamos gran cosa. Yo sólo le compraba el pan, qué podría decirle. Paseaba a su perra Kia, una border-collie inquieta, esbelta y con el pelo lustroso, que jugaba con mi bolsa del gimnasio. Casi despidiéndonos me aseguró que estaba mejor, y que reabriría pronto. ‘Enseguida regresará Conchi’, le dije a mi Lama al llegar a casa. Pero los días pasaron, y seguía cerrado.  Una tarde reparé en que el cristal estaba reluciente, alguien pasaba para mantener aquello en orden, señal de que volvería pronto. Meses más tarde la vi de nuevo cerquita de San Diego. Llevaba gafas de sol, y su hija la acompañaba agarrada del brazo. Me acerqué a saludarla, y tuve la impresión de que tardó en reconocerme. La conversación fue breve.  De nuevo me dijo que abriría pronto, que estaba casi bien. Miré a su hija, parecía tener prisa.

Este verano hará un año que cerró.  Me acuerdo cuando veo en mi cocina ese trasto electrónico que mi Lama y yo compramos en el Lidl cuando creímos que bastaba con meter agua, harina y sal en una cubeta para hacernos panaderos. Por Cuatro Caminos, han abierto un par de Sanbrandanes, con esas barras infladas, que uno come masticando aire y azúcar,  con sus sillas de plástico naranja, sus tenderos uniformados como empleados de una gasolinera, y esas máquinas de zumo que siempre se atascan. En Oza se han puesto de moda los border-collie, porque también los perros se ponen de moda, como las bufandas y los relojes. Como cada tarde al regresar a casa, he pasado delante del Pan y Canela, y me ha parecido que la cuartilla amarillea, pero el cristal no, el cristal sigue limpio.

 

La panadera que tenía nombre

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