
Uno no sabe cómo reaccionará. Puede imaginarlo, pero, como si se tratase de un atraco, no lo sabrá hasta que lo viva. Nunca me habían dado una fiesta sorpresa. Por supuesto, había ido a muchas, y había visto a amigos echarse las manos a la cara para tapar las lágrimas, sufrir ataques de risa nerviosa o gritar histéricos, pero ¿y yo? Realmente, uno no puede saberlo hasta que le ocurre.
Llegué a Montederramo disimulando mi enfado. El plan era una comida de cumpleaños con mi familia, y mi mal humor tenía que ver con la ocurrencia de mi padre de celebrarla en Celeiro, un pueblo a tres horas de Coruña, en la montaña de Ourense, un sábado de julio con treinta y cinco grados. Por si fuese poco, mi Lama y su madre no paraban de retrasar el viaje. Las llaves del coche no aparecían, Dani tenía retortijones y debíamos parar en un área de servicio, mi suegra necesitaba un café y se lo bebía con una parsimonia irritante. Para colmo, a todos les había parecido una idea fantástica parar en Montederramo para tomar un vermú antes de seguir a Celeiro. Yo resoplaba, intentando hacer acopio de paciencia, bajándome del coche sin sospechar nada.
Hasta ahora creía que a mi Lama le costaba guardar secretos. Como en las películas de espías, donde el infiltrado no aguanta la tensión, la presión le pasó factura. La víspera de la fiesta, mientras yo leía en cama, él se durmió. Entonces, por primera vez, comenzó a hablar en sueños. Jamás antes lo había hecho. Fueron palabras sin sentido, algo así como ‘apartamento’ y ‘Puente del Milenio’. Sin entender nada, no le di importancia, y me dormí. Después de la fiesta me confesó su terror, cuando a la mañana siguiente se lo conté. La misteriosa frase se refería al piso que había alquilado para que durmiésemos en Ourense ya que la casa de mis padres se quedaba pequeña para la familia y los invitados.
¿No has llorado?, me reprochó mi hermana Sara al terminar la fiesta, como si las lágrimas fuesen la prueba del éxito de la sorpresa. Nada más atravesar la puerta del claustro me quedé aturdido, sin entender qué hacían todas esas personas fuera de su contexto, tantos grupos diferentes juntos, escuchándoles aplaudir con la sensación de estar debajo del agua. De pronto vi a mi sobrina corriendo hacia mí, y fingí dejarme abrazar, cuando era yo quien necesitaba agarrar a alguien. Luego vinieron los nervios de sentirse en el ojo de todos, de reconocer las caras, y la alegría de entender. Todo, mientras una parte de mi cerebro no conseguía desenredarse del pensamiento de cómo no lo había visto venir, resistiéndose a aceptar que mi Lama, el transparente, y mi familia, la caótica, lo habían conseguido.
Yo quería pasar de lado por este cumpleaños, saludar de lejos. Resignarme a las felicitaciones, y esperar al día siguiente. Pero los cuarenta me tendieron una trampa en uno de los lugares más dulces de mi biografía. Si uno no puede prever cómo reaccionará, tampoco sabe qué sentirá. De pie frente a todos, con el sol del mediodía dándome en la cara, a medida que me desbloqueaba y volvía a enfocar, aparecieron ellos: mi familia y amigos, los de siempre, los de niño, los de la universidad, los que vinieron y los que quisieron estar de otra manera, el que había dejado de ver sin motivo y el que dudaba si me querría volver a ver. Cada uno, una parte de mi tiempo.
Al día siguiente en Coruña, vaciando el maletero, a mi Lama se le cayó un folio. Con la rapidez que lo recogió, como si nada hubiese pasada, me di cuenta de que no era un papel más. Me confesó que había escrito unas palabras, pero que no se atrevió. Tenía miedo de que no se le oyese. No sé bien si esa fue la razón, pero no paré hasta que me lo leyó. Era algo bonito. No quiero decir ingenioso, ni siquiera que sonase bien, era algo real y exacto, algo que puede escribir sólo quien nos conoce de una manera que desarma y da vértigo. Pensé que me habría gustado que se hubiese atrevido, pero lo pensé sólo un segundo. Luego me pareció que mi Lama lo es por cosas así.
Tras el estallido de la sorpresa vino la urgencia de estar con todos. La tarde en Montederramo transcurrió a la velocidad con la que se consumen las cosas hermosas. No hubo una fotografía de grupo, ni siquiera recordé que me habría gustado. A medida que el día se agotaba se iba decantando una imagen, la de todos mis afectos en un mismo espacio, la de ese instante al entrar en el claustro y comprimir en una mirada cuarenta años de gente que quiero, que me importa, con la que siento que he hecho algunas cosas buenas y deseo hacer más. Regresando a Ourense al anochecer, conduciendo por la carretera que baja el Rodicio, esa imagen regresaba, dejando una sensación cálida. Siguió volviendo días después, revoloteando hasta acomodarse en algún bolsillo de mi memoria, en algún lugar donde sé que está, donde a veces la recupero para comprobar que sigue intacta.