La mentira de los tres segundos

Secret Garden Party 2012

Irene ha dejado de creer en las primeras impresiones. Hasta ahora confiaba en su instinto y presumía de que tres segundos después de conocer a alguien ya sabía si le gustaría. Nunca he entendido cómo podía afirmarlo porque mi amiga sólo ha tenido un novio. Empezaron al acabar el bachillerato y salieron juntos hasta los treinta. Si uno piensa en todo lo que se descubre a esa edad se imaginará cuántos principios caben en una historia como la suya. Sin embargo, fuese lo que fuese, lo que les había llevado hasta allí, un día descubrieron que ya no estaba. En realidad, no ocurrió nada concreto, visible, ningún temblor subterráneo que hiciese saltar las alarmas. Ni siquiera, algo misterioso, que les liberase de la culpa de no haberlo visto venir y les impidiese pensar que podrían haberlo evitado. Simplemente cada uno creció en una dirección distinta y, cuando se dieron cuenta, estaban demasiado lejos.

A Irene le sobran pretendientes. Alta, esbelta, con unos ojos enormes, que le dan ese aire tan dulce de asombro, y una risa levemente escandalosa, una de esas chicas a las que un gesto les basta para iluminar una habitación. En este tiempo, estoy seguro de que habrá tenido sus días, sin embargo, nunca la hemos visto triste. De hecho, no ha parado, como si viviese con una lista de planes pendientes y por fin pudiese ponerse a ellos. Una y otra vez nos ha repetido a todos que estaba bien, sin embargo, cómo resistirnos a jugar a celestinos, ese placer que tanto nos entusiasma a las parejas, empeñados en tratar a nuestros amigos solteros como náufragos braceando, esperando a que les lancemos un salvavidas.

Diego acababa de regresar a Coruña de unas vacaciones recorriendo Islandia en bici, le llamé y organicé una cena, sin desvelar el motivo.  Nos conocemos desde la infancia, pero en los últimos años apenas nos hemos visto, y parecía natural quedar. Mientras el día no llegaba, aproveché para deslizar en mis conversaciones anécdotas de las escapadas de Diego para hacer surf en Marruecos, de su obsesión con la escalada, y de su aburrido trabajo en un despacho de abogados, del que apenas habla, pero que le proporciona el dinero que necesita para sus aventuras. Todo con el poco disimulado interés de plantar en la cabeza de mi amiga la imagen del aventurero con el que soñaba. Irene no tardó en pedirme que le enseñase una foto, y haciéndome el remolón, fingí rebuscar en mi móvil con cierta pereza, cuidándome mucho de mostrarle sólo aquellas en las que lucía su complexión de adicto al deporte, su sonrisa de embaucador de jueces y, lo más importante para Irene, ese mata de pelo robusta y espesa, como una promesa de juventud después de los treinta.

Quedamos en el Cuatro Palillos, un bar de mi barrio donde tomar unas cañas sin que el ambiente oliese a cena trampa y les pusiese a la defensiva. Pedí a mi Lama que nos acompañase, aún sabiendo que odia este tipo de enredos que yo disfruto tanto. Diego llegó con la bolsa de deportes, y aspecto de salir de la ducha. Conozco a mi amiga y sabía que aquel era el punto informal necesario para empezar con buen pie. Desde la última vez que nos vimos, había adelgazado, y traía una barba descuidada y canosa que le ponía años. Se sentó y tras alguna pregunta de cortesía empecé a interesarme por sus viajes. De vez en cuando, yo miraba a mi amiga buscando una señal de complicidad, pero sus gestos no hacían presagiar nada bueno.

Todo era extraño. Ambos eran dos personas que cualquiera consideraría atractivos y apenas se prestaban atención. Diego parecía dirigirse sólo a mí, como si Irene y mi Lama no estuviesen. Pedimos alguna cerveza más, y yo intenté abrir la conversación, lanzando preguntas, subrayando aficiones en común, pero las cosas no mejoraban. Diego seguía con su monólogo, e Irene estrangulaba el cuello de su cerveza, fulminándome con la mirada. Cuando se levantó al baño, mi amiga se apresuró a reprocharme cómo podía haber pensado que le iba a atraer alguien tan presumido y egocéntrico, obsesionado con las frases que empezaban por ‘yo’. Me recordó su teoría de los tres segundos y dio por archivado el expediente. Sin embargo, cerrar un expediente no siempre está en nuestras manos.

Aquel viernes hacía un atardecer de verano perfecto, ni nubes ni viento, un césped mullido y fresco, con islas de hamacas para disfrutar de la puesta de sol en el mar, y un dj capaz de mejorar una tarde sin anular las conversaciones. Una compañera de trabajo nos había invitado a una fiesta al aire libre en su casa de Ares, un pueblo costero a las afueras de Coruña. Por casualidad, Diego apareció también. Hacía un par de meses desde la cita en el Cuatro Palillos, y se sorprendió al vernos. Me saludó cariñosamente, y tardó unos segundos en darse cuenta de que Irene me acompañaba.  Los ojos de mi amiga centelleaban diciéndome muy claro ‘no te atreverás’ y yo le devolví la mirada prometiéndole que no movería un músculo.

El jardín olía a esa mezcla de crema de sol y bebidas frías de las horas después de la playa, y pronto se llenó de invitados con el pelo mojado, y camisetas livianas, que dejaban entrever los primeros intentos de un moreno. A medida que anochecía, los grupos se iban mezclando, y pronto perdí de vista a Irene. Una dentista venezolana me retenía, hablándome de sus vacaciones en Tarifa y de los riesgos que acechan en un lugar así, peligros como que su iPhone se conecte a Vodafone Marruecos cuando el viento cambia de dirección. Cuando conseguí escabullirme, busqué a mi amiga con la vista para ofrecerle una chaqueta. Comenzaba a refrescar, y en Coruña uno aprende a desconfiar del verano y a no olvidar nunca una prenda de abrigo, incluso en las más prometedoras noches de julio. Descubrí a Irene fumando en la barandilla al otro lado de la finca. Hablaba con Diego y se reía con esa risa sonora y un poco infantil, esa risa que conozco bien y que me hacía intuir que ella no echaría de menos la chaqueta y yo volvería a casa solo.

En el camino de vuelta, aturdido por el vino y concentrado en la carretera, recordé la obsesión de mi madre por que aprendiese a tocar la guitarra. En realidad, cada día me apuntaba a una actividad diferente convencida de que tarde o temprano acabaría descubriendo en mí algún talento escondido, como quien perfora a ciegas un terreno en busca de una bolsa de agua que no aparece. Entonces, yo también era capaz de decidir en tres segundos si continuaba o no con esas extraescolares. ¿Y si les hubiese dado algo más de tiempo? Tal vez hoy sería un pintor conocido o al menos habría aprendido a manejar con dignidad una raqueta. Supongo que esta teoría de los tres segundos nos persigue a todos, llevándonos a precipitarnos o simplificándonos la vida, quién sabe.

No tenía ni idea de qué había cambiado. Probablemente, tampoco ellos.  Diego era el mismo Diego, e Irene la misma Irene. ¿Qué ingrediente había aparecido? Quizá exista un tiempo para cada uno de nosotros, y esas historias que no salieron podrían haber funcionado en otro momento de nuestra vida, o tal vez la persona que hoy nos hace feliz podría haber pasado inadvertido a nuestro lado, si nos hubiésemos cruzado con ella sólo un día más tarde. Quién sabe si ese mapa de oportunidades caprichosas explica las cosas grandes, esas que importan y creemos asentadas sobre las columnas de la lógica. Y mientras intentaba aparcar de nuevo, pensaba que muy pocas cosas serias se pueden hacer en tres segundos y que quizá debamos volver a intentarlo, cuando escuchemos derrotados que las primera impresión es la que cuenta.

La mentira de los tres segundos

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