A los amigos de Montederramo,

Montederramo

Hace días se publicó  El pueblo que quería bailar, describiendo el declive de Montederramo y la impotencia a la hora de frenarlo. Más de dos mil personas lo leyeron. El texto se compartió entre familias que viven en toda España, pero también en Francia, Suiza, México, Argentina, Alemania, y una larga lista de países donde emigraron vecinos. Esa cifra nos habla de una comunidad de personas diseminadas por el mundo que se sienten emocionalmente unidas a Montederramo y también preocupadas por su futuro, una red de afectos que engloba generaciones separadas por la edad, por la distancia, pero que tienen algo en común. Para la mayoría, este pueblo representa el territorio de nuestra infancia, el lugar donde crecieron nuestros padres y una parte esencial de nuestra biografía.  A todos nos entristece su situación, pero más aún la sensación de no poder evitarlo, pero ¿y si pudiésemos hacer algo?

Quienes no vivimos en Montederramo sentimos respeto a la hora de opinar sobre un pueblo al que apreciamos, pero del que no somos vecinos. Es a ellos a quienes les corresponde gestionar su día a día como mejor consideren. Sin embargo, tenemos el deseo de querer devolverle una parte de lo que nos ha dado.  ¿Cómo? Habrá muchas maneras, pero el primer paso es siempre el mismo: uniéndonos.

Agruparnos en una Asociación de Amigos de Montederramo podría ser un principio. Dispondríamos de un espacio organizado, integrador, constructivo, desde el que proponer e impulsar ideas y proyectos, canalizar esfuerzos, recursos; un colectivo, al margen de partidos políticos, abierto a todos los que se sientan que este pueblo forma parte de su vida, de su historia; en definitiva, una manera para expresar esa amistad, arrimar el hombro con los vecinos y trabajar juntos. Habrá quien se pueda implicar activamente, otros sólo podrán unirse de manera simbólica. Cada uno, en su medida, pero juntos.

Ninguno esperamos milagros: la asociación no conseguirá que vuelvan a nacer niños, pero será una herramienta útil para dar pasos. Entre los amigos de Montederramo es fácil encontrar gente con experiencia, talento, imaginación, gente divertida y positiva que puede aportar y, sobre todo, gente con ganas. ¡Venimos de un pueblo que levantó un monasterio! Esto será más fácil. De la teoría a la práctica nos separa una respuesta. ¿Podemos contar contigo? Sólo es una idea, pero si a ti también te parece buena, estamos cerca de ponerla en marcha.

¡Continuará!

 

A los amigos de Montederramo,

Un martes en zapatillas

Lago

El cura nos había llamado a capítulo. En realidad no era cura, aunque todos le conocíamos por ese apodo, y aquello de ‘llamarnos a capítulo’ no era más que convocarnos en el salón de actos para informar sobre temas del colegio mayor, como los plazos de la matrícula o alguna de esas casposas ceremonias con las que pretendían hacernos sentir que estábamos en un sitio con prestigio, uno de esos lugares con equipo de rugby propio, donde todavía se cantaban himnos en latín y por el que nuestros padres pagaban un ojo de la cara.

Los capítulos venían precedidos de un enorme revuelo, como si todos sospechásemos que hubiesen sorprendido a alguien infraganti y fuesen a anunciar su expulsión. Al cura le gustaba escucharse, tomaba su tiempo para hablar, adoptando esa pose de policía veterano que nunca pierde los nervios, marcando sus ironías con pausas dramáticas, como si lo que acabase de decir fuese tan inteligente que necesitásemos un par de minutos para entenderlo.

Para ganarse al auditorio, soltaba alguna broma improcedente, algo que no se esperaba de un religioso, quizá un chiste ligeramente racista o un comentario despectivo con alguna de las residencias públicas de estudiantes. Entonces, todo el mundo lo celebraba con carcajadas sonoras, fingiendo escandalizarnos ante esos atrevimientos con los que probablemente sólo pretendía dejar claro que nadie allí debía creerse más listo que él.

Yo le escuchaba desde una de las filas de atrás cuando vi a Sergio salir. Se dio la vuelta, y me hizo un gesto con la cabeza invitándome a ir. Me levanté un poco nervioso, esperando que todos pensasen que iba al baño. Aquellos pasillos de baldosa con las paredes pintadas de verde y las fotos de antiguas orlas en blanco y negro tenían algo de internado franquista. La cafetería estaba vacía y las puertas del comedor cerradas. Cruzamos la portería sin detenernos, esperando que nadie se fijase en nosotros. Serían las ocho de la tarde, pero ya era noche cerrada. Los dos llevábamos zapatillas de casa  y supuse que no iríamos lejos.

Sergio había llegado a Santiago buscando la facultad de Farmacia más alejada de su familia. Tenía el pelo negro como el alquitrán, y la cara de un niño empeñado en parecer malo. Ese día vestía con pantalones de pana rotos en la rodilla, y una camisa de cuadros remangada. Nos habíamos conocido hablando de música. A los dos nos gustaba Sexy Sadie y algunas bandas más que salían en El País de las Tentaciones y supongo nos hacían sentir especiales y un poco sofisticados. Él venía de una ciudad donde se tomaban drogas de las que yo ni siquiera había escuchado hablar y sabía que, a partir de cierta hora, tendríamos pocos sitios a los que ir juntos. Tenía una forma de discutir exaltada, explosiva, como si se jugase la vida con cada opinión, aunque luego se desinflaba, y pasaba a otro tema. Sus resacas eran antológicas, su piel se volvía amarilla, como si el propio hígado pidiese clemencia, y nunca se separaba demasiado de aquellos paquetes blandos de Fortuna.

Entramos en una pulpería a veinte metros del colegio y pedimos dos cortos de cerveza. Era martes y estaba vacía. Él acaba de ver Smoke y no paraba de decir que Harvey Keitel estaba sublime. Mañana estaría entusiasmado por cualquier otro. Sergio tenía una energía especial para convertir cualquier conversación en un ring de boxeo, y cada una de sus opiniones la formulaba como una declaración de principios ante la que sólo cambia adherirse o pelear. Las cervezas dejaron paso al whisky, mientras completábamos la ruta de bares del barrio, cinco o seis tascas abiertas entre semana. Nos dieron las doce, y decidimos explorar en busca de algún lugar donde comprar alcohol. Detrás del colegio se extendía un parque con un lago, al lado del Auditorio. Sergio se quedó mirando el agua, meditando una decisión. Yo esperaba, intrigado, sentado sobre una mesa de ping-pong de cemento. De repente, saltó la barandilla que separaba la zona del lago y gritó:  ‘¡A por los patos!’.

Supongo que hay gente así, capaz de hacer que saltar una valla parezca una gran idea, así que le seguí. No veíamos a los patos por ninguna parte, pero tenían que estar allí y, en aquel momento, nada nos parecía más importante que encontrarlos. La tierra estaba mojada, y nos estábamos embarrando las zapatillas. Del otro lado del lago, nos sobresaltó el ruido de una sirena y las luces de un coche de Policía. Empezamos a correr. Estábamos tan desorientados y bebidos que escapamos en la dirección equivocada y, al doblar la esquina del Auditorio, nos encontramos a la Policía de frente.

Nos paramos en seco. Imaginé al cura llamando a mis padres y a mí teniendo que inventar una explicación para aclarar que hacía un martes a las doce persiguiendo patos. Dos policías se bajaron del coche, nos ordenaron vaciar los bolsillos y nos pidieron el dni. Sergio se alteró, como si quisiese demostrar que hacía falta algo más que dos de la local para obligarlo a dar una explicación. Mientras tomaban nuestros datos, él seguía protestando, exigiendo que dejasen de hablarle en gallego porque no era de aquí y no entendía nada. El policía le miraba con cara de querer abofetearlo, y, en ese momento, creo que yo también. Antes de dejarnos, nos avisaron de que volverían al día siguiente y nos harían responsables de cualquier cosa extraña que apareciese.

De regreso, nos sentamos a fumar en un portal. Él sonreía, a mí todavía me latía el corazón rápido. Enfrente teníamos el colegio, con su campo de fútbol de tierra, su pequeño jardín, y las escaleras de piedra. Dentro la vida era fácil y divertida, pero tenía un precio y creo que por primera vez tuve la intuición de que no me quedaría demasiado tiempo. Supongo que aquellas eran el tipo de cosas que pasaban cuando uno podía despertarse al día siguiente, levantar la persiana y decidir si volver o no a la cama, unos años sin compromisos ni obligaciones, en los que un martes cualquiera corríamos el riesgo de acabar cazando patos en zapatillas.

 

Un martes en zapatillas

El pueblo que quería bailar

Montederramo

Mi padre suele decirme que Montederramo va camino de convertirse en un pueblo fantasma. A mí me enfada su fatalismo, pero me da miedo que tenga razón, que en quince años no salga ni agua de la fuente. En 2014 se cerró el grupo escolar. Muchos recordamos cuando se restauró el monasterio para acoger una escuela de primaria. Un colegio en un monasterio, y no un hotel de lujo: el proyecto era bonito. En otoño visité las aulas vacías, todavía con dibujos sobre las mesas y alguna lata de coca-cola a medio beber, como si los niños hubiesen sido evacuados.

Cuando era chaval, Montederramo tenía ocho bares, una librería donde mis primos compraban el As y La Región, dos supermercados, un par de peluquerías, una tienda de zapatillas, una carnicería y hasta se montó un pub en un bajo, aunque sólo duró un verano. De eso apenas queda la caja de ahorros, ahora banco: siempre los últimos en irse. Hace siglos que cerró el cuartel, el refugio de montaña apenas tiene actividad y la hierba del campo del río donde nos bañábamos está tan alta que ningún padre sensato llevaría a sus hijos a jugar. La residencia de mayores no consigue abrirse y algunas casas están vacías porque los abuelos se han ido a Ourense o a ayuntamientos con centros que funcionan. Sé que no escribo una crónica original, cientos de pueblos mueren de lo mismo.

El verano suele ser una excepción, sobre todo agosto. Las casas se abren, la plaza se llena de coches, los bares sacan sus terrazas y el pueblo recupera la alegría. Para varias generaciones, las fiestas de Montederramo ocupan un espacio simbólico en su memoria. El 15 de agosto es sinónimo de amigos con los que uno crece, de esos a los que ves casarse y con los que sonríes al encontrar a vuestros hijos jugando juntos, amigos con los que hemos ido descubriendo las cosas serias, esas que, cuanto más mayores nos hacemos, más necesitamos.  De alguna manera o de otra, todos tenemos la sensación de estar en deuda con este lugar.

Montederramo se parece bastante a lo que uno se imagina cuando piensa en un pueblo bonito. Apartado de la nacional, en un valle de robles, castaños y abedules, con prados donde pastan terneras, un monasterio imponente en el centro, bordeado por un río que baja de la sierra del San Mamede, y una plaza con su fuente de piedra y la Caracocha, un carballo centenario que nadie sabe las conversaciones que habrá escuchado. Sus fiestas han sido siempre modestas: una orquesta, puestos para niños, ‘solteros-contra-casados’, campeonato de subastado, tiro al plato y sesión vermú. Sin embargo, siempre han sido mucho más que eso.

Como las de tantos pueblos, la historia de sus verbenas está llena de milagros, de años en los que se organizaron en el último minuto, de presupuestos que no alcanzaban, de furgonetas que dejaban tiradas a las orquestas, de cortes de luz que apagaban la música. Y por mucha devoción que exista a San Roque, este tipo de milagros fueron todos de este mundo, obra de una larga lista de vecinos que los han hecho posibles. Si un pueblo es algo, es la suma de las familias que viven en él y Montederramo ha sido siempre cantera de gente extraordinaria. Quien quiera saber a qué me refiero que siga las aventuras de Las Caracochudas, esas mujeres que lo mismo montan un curso de risoterapia, que una clase de tai chi o la coreografía de La Bicicleta.

Este año apareció una pintada en la carretera que atraviesa el pueblo. ‘Señor Alcalde: Festas xa. Montederramo morre!!‘. Firmaba M. M. A tres días del 15, nada estaba organizado y se respiraba cabreo. Muchos dirán que los más enfadados somos precisamente los que vamos un par de veces al año, que llegamos a disfrutar y esperamos que los demás hayan hecho todo el trabajo por nosotros. Quizá tengan razón y sea una imprudencia opinar cuando ni siquiera vivo ahí el resto del año y se me escapan claves que el resto de los vecino conocen.

No sé si quedarse sin fiestas es grave. Seguro que Montederramo tiene problemas más serios. Sin embargo, los símbolos hablan del estado de ánimo, de la autoestima de un lugar. La noche del 14, mientras pedía una cerveza en el Bodegón, me daban envidia los carteles de fiestas de pueblos vecinos, aldeas más pequeñas que Montederramo, que se las siguen arreglando para tener sus dos días de alegría en verano. No creo que nadie tenga duda de quién hizo la pintada. No me refiero a la persona en particular, sino al tipo de gente. A algunos no les ha parecido bien. Un amigo me dijo que le parecía una cobardía, que las críticas a la cara y, si hay que reprochar algo al alcalde, se llama a la puerta de su despacho y se le suelta. Quizá tenga razón, pero a mí me gustó.

Cuando uno protesta es que todavía cree que puede cambiar las cosas. El día que las protestas desaparezcan será el día que se acepte que todo seguirá igual. Honestamente, ¿alguien cree que esa pintada es obra de un vándalo, de una mano con ganas de hacer daño, de desacreditar o ensuciar?  ¿Es la pintada el problema? En dos días, la lluvia la borrará, pero no hay chaparrón que acabe con la desidia.

Este verano, las fiestas se salvaron en una tarde, de nuevo gracias a los vecinos. Alguien empezó a llamar hasta conseguir una solución y luego no paró hasta reunir el dinero para pagarla. No hubo orquesta, pero hubo música y verbena. El restaurante se llenó con cenas de amigos, los bares sacaron sus barras y se bailó en la plaza. En medio de la verbena, una chica se subió al escenario y pidió voluntarios para organizar las de 2017. En tres minutos se creó una comisión y se recaudó un pequeño bote.

No sé si se le puede exigir a un alcalde que le dé futuro a un pueblo. Los tiempos son los que son. Sin embargo, se le puede pedir que lo intente, que sea el primero, que inspire a los demás y que dé pasos. Un alcalde puede marcar la diferencia, todos conocemos casos; personas que han llegado con energía, con ideas, dedicando tiempo y viendo como algunas cosas salen bien y otras mal, sin miedo a pisar callos, con ganas de no seguir igual. En la verbena del 14 me llamó la atención que el reloj en lo alto del Concello estuviese parado. Me contaron que lleva meses averiado. Quizá sea tiempo de que alguien lo ponga en hora.

El pueblo que quería bailar

Las dos vidas de André (VII)

taxi

← Leer Parte VI

—No pongas ojos de vaca triste, Nacho. Simon, Nick… Un cadeau de la vie, —’un regalo de la vida’, dijo André volviendo al francés—. La vida me ha dado oportunidades. Me ha permitido levantarme y pensar en ellos mientras conducía a la oficina, en el tranvía, y evitar que mi cabeza sea una de esas cabezas ocupadas sólo por recibos, comidas familiares, quejas de clientes… Y, claro, pasan cosas, algunas terribles. ¡Es el precio! Uno no puede pretender que todo esté bien, siempre bien. Podemos elegir, quedarnos en casa tranquilos, anestesiarnos viendo una serie, o no tener miedo y exponernos a lo que ocurre cuando uno se atreve.
—Y ahora…
—¿Ahora? Pues ahora la vida de nuevo, que no se para, que sólo se detiene cuando uno se muere. Ahora tengo más vida, una segunda vida y no sé por cuánto tiempo. Eso lo he aprendido, ¿sabes? La vida sigue adelante para todos, también para ti, Nacho, aunque te creas que tienes tiempo para hacer las cosas mañana, sabes a que me refiero… pero de eso hablaremos el lunes y ¡en francés! Ahora se ha hecho tarde y, mira ahí afuera,  parece que alguien lleva un rato esperando.

André levantó una mano, saludando a través del cristal. Apoyado sobre el capó de su pequeño Citröen azul, alguien le devolvía el gesto. Cuando salió del café, el desconocido fue a su encuentro. A medida que se acercaba, el reflejo del neón de l’Université iluminó una cara pecosa. Aquel pelirrojo no era ningún desconocido. ¡Tenía que ser Ben!

Regresando a casa sentía que André había removido algo, y las piezas no conseguían volver a su sitio. Ya no encajaban. Hay conversaciones que no son sólo una conversación. Sus palabras habían encendido una mecha. Frente al muro que rodea el cementerio de la comuna de Ixelles me senté en un banco, respiré hondo, abrí la libreta de las clases con André y empecé a escribir.  No sabía para qué lo estaba haciendo, pero no podía esperar a mañana, ni siquiera a llegar casa y correr el riesgo de que esa mecha se apagase. Hacía frío y tenía las manos ateridas, pero escribía, tachaba, empezaba de nuevo, y no paré. Al terminar, corrí a Flagey y tomé un taxi a la Parvis de Saint-Gilles.

Sabía que aquella carta no cambiaría nada, pero, dentro de mí, había cambiado todo. Por primera vez, veía con claridad que no debía tener miedo a lo que me había ocurrido con Jorge, que toda la tristeza de lo imposible no lo podía empañar, que era algo hermoso, y dejé de sentirme culpable. Ser sincero conmigo, con él, me pareció la mejor manera de dejarlo ir. Deslicé la carta en el buzón de su puerta. Quedaban siete días para ver a André. La vida se volvía a poner en marcha. No llegaría a mi clase sin nada que contar.

Fin

 

 

Las dos vidas de André (VII)

Las dos vidas de André (VI)

North Antrim Coast
North Antrim Coast between Dunluce Castle and Portrush

← Leer Parte V

Sólo quedábamos nosotros en l’Université, pero no era momento de detenerse. André parecía hipnotizado, como si hubiese dejado de ser dueño de sus palabras y la historia se hubiese apropiado de él.

—Salimos del puerto de Ballycastle temprano, y dejamos la bahía en dirección a Pan Rock —contiúo—. Desde el mar se veía el perfil de la costa de Antrim, los acantilados escarpados, las extrañas formaciones rocosas de basalto que atraían a los turistas y el verde oscuro de los campos del Ulster. El cielo estaba despejado, con un azul acerado y frío, y el Atlántico se desperezaba apacible, manso, alejado de los temporales habituales en Irlanda del Norte, también durante los meses de verano. Nick manejaba con soltura a Emma, la lancha familiar, bautizada con el nombre de su abuela, que abría un surco espumoso a su paso. A lo lejos aparecía la silueta de la isla de Rathlin, como la joroba oscura de un cetáceo que asomase del mar.

Nick y sus padres se habían instalado en Ballycastle al salir del hospital. Todo había sucedido muy rápido: el accidente de esquí, aquella mancha inesperada en la espalda, el compás interminable de pruebas, incertezas, confirmaciones y finalmente el primer diagnóstico en Ginebra. Nick había insistido en recibir el tratamiento en la Unidad de Oncología de la Queen’s University en Belfast. En verano, la familia consiguió el permiso médico para trasladarse a Ballycastle, a condición de que Nick estuviese vigilado en todo momento por Ben, el enfermero pelirrojo, con la cara llena de pecas que le había asistido todo el proceso.

Fue el padre de Nick quien recogió a André en el aeropuerto. Conduciendo por la sinuosa carretera de Belfast a la costa de Antrim, no hubo conversación, sólo silencio, y aquel paisaje violento y hermoso. André no se atrevía a preguntar. ‘Nadie sabe cuánto queda’, dijo su padre sin mirarle, un minuto antes de salir del coche.

—Aquella mañana en el mar, Nick estaba sonriente. Siempre le había gustado navegar —recordó André—.

Al poco tiempo de dejar la bahía, Nick se acercó a la costa y paró el motor. André reconoció la hilera de agujas de roca saliendo del mar. Recordó que aquella barrera a modo de cresta marcaba el punto en el que se escondía la entrada a Portrush, una cala a la que solían ir cuando pasaban las vacaciones en Irlanda. Entonces, dejaban a Emma atada a una de esas roca y accedían nadando a través de los peñascos, un paso demasiado estrecho para una embarcación. ‘¿La recuerdas?’, le dijo Nick, mirando fijamente el corredor de agua que les separaba de la cala.

—Podrías volver a hacerlo. Eres el mejor nadador del Ulster —le reté. Nick sonrió, y se quedó callado. La enfermedad le había hecho perder masa muscular, pero su cuerpo seguía transmitiendo fortaleza.

>> ¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?  —le pregunté, recordando cuando me sacó de la piscina y me guió al vestuario. En ese mismo instante, me giré, dándole la espalda. Entonces, le pedí que cerrase los ojos y le sujeté ambas manos. Al soltarle me dejé caer al mar. Se levantó de golpe, alarmado, sin entender. Le imaginé desconcertado, descubriendo mis lentillas en la palma de su mano, mientras yo me alejaba nadando a ciegas, seguro de que vendría a ayudarme.

>>Calados, tumbados sobre las diminutas piedras blancas volví a sentir que no quería estar en ningún otro lugar: sólo allí, en aquella imagen perfecta. ¿Cómo alguien que se apagaba era capaz de hacerme sentir tan vivo?

>>No quise que nadie me llevase al aeropuerto. Ni siquiera dejé una nota. Supongo que el ruido del taxi despertó a Ben, con su sueño ligero de enfermero. Salió al porche y me hizo un gesto con la mano. Todavía era de noche,  tardaba en amanecer, el verano llegaba a sus últimos días. Aquella fue la última vez que vi Ballycastle. Entendí que no había venido a despedirme, había venido a recuperar una imagen: la última, la única. La de Nick y yo siendo felices.

Leer Parte VII ->

Las dos vidas de André (VI)

Las dos vidas de André (V)

 

Marché Parvis

← Leer Parte IV

André apenas había tocado el waterzooi, seguramente ahora demasiado frío. El Café L’Université se había vaciado, un matrimonio cenaba en la otra esquina sin intercambiar palabra, y un hombre en traje se peleaba con Le Soir, intentando doblar sus enormes páginas mientras esperaba su comanda. La barra estaba vacía, y se escuchaba una conversación en la cocina. En la calle pasaba algún tranvía y la luz amarillenta de las farolas, demasiado espaciadas, daba un aspecto sombrío a la entrada del campus. André parecía cansado, y creí que quizá fuese mejor dejar la conversación. Recordar puede consumir a uno. Me pregunté cuántas veces habría regresado a aquellos tiempos, con quién habría compartido su historia y quién era yo para conocerla.

Me contó que, al poco tiempo, Nick y él se mudaron a Uccle, un trois pièces en la última planta de una casa con una fachada de ladrillos rojos y un jardín en la parte de atrás. Conocía a Anne, la casera, y el acuerdo fue fácil. Abajo vivía Walter, un ingeniero alemán que trabajaba para Audi, con Dolf, un jack russell tan bien educado que uno esperaba que le diese los buenos días.  El primero lo alquilaba Víctor y su mujer Fátima, una ruidosa, pero alegre pareja de portugueses que asaban sardinas a la parrilla en verano, consiguiendo que toda la comuna apestase a puerto pesquero y que la misma policía se acercase un par de ocasiones. Nick iba a trabajar en bici, y cada sábado madrugaban para desayunar en el mercado Vivier D’Oi, comprar fruta fresca y salami italiano. André presumía de haberle contagiado su afición por la cocina, y hacerle olvidar sus cenas a base de tostadas de pan negro y mostaza vieja.

—La vida se volvió dulce, Nacho, con la agradable sensación de haber llegado a ese lugar al que uno quiere dirigirse —dijo André, empezando una sonrisa que se quedó a medio camino.

Como tantas parejas, el mundo de Nick y André se mezclaron, los límites se diluyeron, las familias, los viajes juntos a Irlanda, a su casa familiar en Ballycastle, en la costa de Antrim, las largas sobremesas con amigos en los restaurante de Saint Boniface, los conciertos de verano en Le Botanique. Sin planearlo, la felicidad dejó de ser el fruto de circunstancias incontrolables, y adquirió una reconfortante solidez, las inseguridades se disiparon y su pequeño apartamento se llenó de confianza. Sabían que se despertarían y que el otro seguiría allí. Nick le proporcionaba a André energía para pensar que las cosas podían salir bien, fuerza para atreverse, y Nick parecía haber encontrado una cierta serenidad, como si se hubiese desprovisto de la prisa de los primeros años en Bruselas. Debía viajar con frecuencia a Polonia, y otros países de Europa del Este para auditar el destino de las subvenciones de la UE. La tranquilidad de la vida en pareja les permitía dirigir su energía al trabajo y pronto llegaron ascensos y reconocimientos.

—A veces me pregunto por esas parejas que llevan una vida juntos. Si tendrán esa sensación de seguridad y cómo habrán logrado que dure. Si lo han conseguido, tiene que haber una manera. ¿Quizá han dejado de exigirse? —me preguntó André, sin esperar que respondiese.

Me contó que nunca supo cuándo empezó, y que, durante mucho tiempo, le atormentaría pensar que si hubiese estado atento podría haberlo atajado, podría haber reaccionado. Recordó una imagen: Nick entrando en la cocina, regresando de correr en la Bois de la Cambre, con la camiseta en la mano, calado por la lluvia, con el poderoso físico de nadador, la belleza tosca y natural que le había enamorado en la Poséidon, y, sin embargo, tan diferente.

—La ansiedad de rebuscar sensaciones y no encontrarlas. Da vértigo, Nacho.

André me contó que luego ocurrió lo de fiesta de Víctor, pero que aquello sólo fue el detonante, la ocasión. La decisión estaba tomada. Podría haber pasado cualquier otro día, por cualquier otro motivo. Nick había bebido más de la cuenta, seguramente sólo buscaba hacerle reaccionar, provocar los celos de André. Aquel traductor suizo se prestó a su juego.

—No hubo celos, sólo orgullo —continuó André, eligiendo con cuidado las palabras—. Distinguir ambas cosas me impidió seguir igual. Uno debe tener el valor de terminar y evitar que el final lo ensucie todo porque eso es lo que hacen los finales y, cuando las cosas empiezan a desmoronarse, uno debe irse y llevarse las imágenes porque esas imágenes son lo único que sobrevive. Al final, la vida son imágenes, las que vuelven cuando estamos solos, cuando cerramos los ojos, justo antes de dormir.

Escuchando a André pensaba que una historia puede contener el material de todas las historias y mirando a la calle me preguntaba si todas las vidas, examinadas con sinceridad cruel, contienen también los materiales de todas las vidas. André me contó que Nick se marchó a Ginebra, aceptó un puesto en una agencia de Naciones Unidas. Todo se resolvió de una manera civilizada, pacífica, tan anglosajonamente correcta, sin rencor, con resignación, sin entender qué había ocurrido, qué nombre tiene ese mal invisible que debilita las estructuras de la pareja, volviéndola frágil, incapaz de resistir el primer contratiempo.

—Me hubiese gustado haber estallado en algún momento, Nacho, olvidar la corrección, dejar de actuar con miedo a romper algo que ya estaba roto y provocar una buen incendio  acusándonos de tener la culpa.

André se quedó con el apartamento, creyendo que el resto de su vida podría seguir igual si la anclaba al mismo sitio. Sin embargo, todo cambiaba a su alrededor, como si la ausencia de Nick abriese una grieta que se extendía. Walter se trasladó a Düsseldorf, y su piso lo ocupó Nathalie, una joven recién llegada de Toulouse.

—A veces la observaba y me fascinaba la frescura, la energía, el ímpetu con el que entraba y salía de casa, su taconeo en la escalera.

También Víctor y su mujer dejaron Uccle. Supongo que Anne se cansó de las visitas de la Policía. Su piso tardó meses en alquilarse, y luego entró una pareja de flamencos, huraños y poco sociables. Seguramente con una reputación a la altura del barrio. La vida siguió, rellenando huecos, imparable, sin detenerse, sin conceder tiempo para reaccionar.

—De nuevo me tocaba acostumbrarme a la soledad, pero de una manera diferente a cuando Simon se marchó. Ahora no había fiestas, no regresé corriendo al gimnasio, no estaba hambriento de historias. Sabía lo que dan y lo que quitan.

Al año siguiente, André apenas tuvo noticias de Nick. Algún amigo le dijo que había regresado de visita a Bruselas. En Navidad recibió una postal, una fotografía de una antigua piscina en Les Bain d’Ovronnaz.

—Me preguntaba si se habría cansado de la perfecta Suiza, de esa fábrica de relojes de cuco, de sus plátanos sin machas, sus irritantes céspedes inmaculados y sus ascensores llenos de sonrisas desconfiadas – dijo André, quedándose callado de repente, desviando la mirada, como si un recuerdo intruso se cruzase. Su voz cambió de repente, descendiendo a un registro que no conocía, hondo, débil.

André me contó que presintió que sería algo terrible al ver el prefijo de Belfast en su móvil. En Zaventem, esperando su vuelo, sintió como la culpa empezaba a roerle el estómago, una sensación ácida que se infiltraba y se extendía, el temor a que haberle dejado le hubiese precipitado a aquello, como si el abandono pudiese enviar a alguien a la enfermedad.

Leer Parte VI ->

Las dos vidas de André (V)

Las dos vidas de André (IV)

runner

←Leer Parte III

En verano solía correr con Jorge en la Fôret de Soignes y conocía bien la senda de la que me hablaba André, un camino que discurre a través de un bosque de pinos y robles, bordeando charcas y atravesando lomas suaves cubiertas de helechos. Los sábados lo frecuentan corredores, pero no tantos como para impedir disfrutar de una mañana tranquila. André me explicó que la Fôret se extiende a ambos lados de la frontera entre Flandes y Bruselas, y que los zorros se arriesgan a ser o no cazados en función de la parte en la que se encuentren, ya que están reguladas por legislaciones diferentes. Tales eran los estrafalarios conflictos entre flamencos y valones que, tras un tiempo en Bélgica, me habían dejado de sorprender este tipo de disparates.

Al poco tiempo de conocerse, André me dijo que Nick dejó de ir a la Poséidon. Se apuntó al equipo de natación de Brussels Gay Sport Life, una asociación benéfica que organiza eventos para recaudar fondos contra el Sida, y entrenaban en la Victor Boin, una destartalada, pero encantadora piscina en Saint-Gilles. Una noche coincidieron en el Actor’s Studio, un cine de reestreno en una de esas estrechas calles que huelen a mejillones, apio y vino blanco, cerca de la Grand Place. Charlaron un rato, prometiéndose que se llamarían, pero no lo hicieron. Después de aquel encuentro fortuito no se habían vuelto a ver en meses, hasta aquella mañana helada de finales marzo. André se había acercado en coche a la Fôret de Soignes para correr. Al llegar al aparcamiento, vio a Nick. Estiraba los gemelos apoyándose en una de las vallas de madera.

—Se giró y me saludó sonriendo, sin gesto alguno de sorpresa, como si me estuviese esperando —recordó André—.

Mientras describía su encuentro con Nick, sus palabras me hacían pensar en las mañanas de verano con Jorge en el mismo bosque, el sonido apagado de las zapatillas al pisar la tierra, la respiración rítmica de ambos, el cielo despejado, cubierto por las ramas de aquellos gigantescos árboles que se enlazaban en las copas creando una cúpula verde. ¡Qué lejos quedaba! Entonces, ni imaginaba a dónde me llevarían aquellas carreras.

—Corríamos sin hablar —continuó André—. Nick delante;  yo, un poco retrasado, intentando no despegarme.  Era temprano, cada uno de mis músculos se sublevaba contra aquel esfuerzo y, sin embargo, tenía la impresión de que la mañana se había vuelto perfecta.

Atravesando el bosque detrás de Nick, la memoria de André volvía a los viajes en coche con Simon, largos, deseando no llegar, sólo seguir conduciendo, aislados, jóvenes, indestructibles, como si dentro de aquel Torino nada les pudiese afectar.

—Aquella mañana, Nick parecía ausente —recordaba André—, avanzando en silencio, sin mirar atrás, olvidando que le acompañaba. De pronto aceleró. Aquello era más de lo que estaba habituado, pero intenté seguirle. Alargaba sus zancadas, cada vez más rápido, como si quisiese desprenderse de mí. Aprovechando el impulso de una bajada, el acelerón se convirtió en sprint y me quedé atrás, viéndole desaparecer a lo lejos, atravesando un puente de madera. Llegué al aparcamiento sin aliento. Me doblé agotado, intentando recuperar el pulso. No se oía nada. Respiré con fuerza, miré alrededor: ni rastro. ¿Había decidido continuar? Me temblaban las piernas del esfuerzo y me detuve. Noté el frío de la camiseta empapada en sudor. Dos brazos me sujetaron con fuerza por detrás, rodeándome. Sobresaltado me giré, sentí su barba…

Leer Parte V ->

Las dos vidas de André (IV)

Las dos vidas de André (III)

nadadoras

←Leer Parte II

André me contó que, por entonces, nadaba tres tardes por semana en la Poséidon, una piscina cerca de su apartamento de Woluwe. No tenía la decadente elegancia de las de Saint-Gills o Les Marolles, pero sí las comodidades de un complejo deportivo recién inaugurado en uno de los barrios caros de Bruselas. Alguna vez he ido y ya no es el club que André me describía, pero conserva una cierta distinción. ‘De aquellas, hacía 30 largos en la olímpica’, presumió, mirándome como si le fuese a reclamar una fotografía en speedos para creerle. ‘Uso lentillas, ¿sabes?’. Me había dado cuenta, aunque me quedé callado, intuyendo que seguiría una explicación.

‘Una de esas tardes estrenaba gafas de nadar, un regalo de mi hermano’, recordó André. Cuando se lanzó a la piscina me contó que notó enseguida como el agua entraba. No lo esperaba, cerró los ojos tarde y las lentillas se movieron. Intentando colocarlas se puso nervioso y acabó perdiéndolas. Sus gafas estaban en la bolsa de deporte, pensó en llegar al vestuario, pero a dos metros de distancia apenas veía imágenes borrosas y le dio vergüenza imaginarse desorientado buscando a tientas su cabina. Agarrado al bordillo, entornó los ojos, esforzándose por distinguir el color naranja de la camiseta del socorrista, incluso alzó una mano para llamar su atención. ‘¿Estás bien?’, la voz venía de la calle de al lado.

Recordando como aquel desconocido le guió hasta el vestuario, André volvía a sonreír. ‘Su voz fue lo primero que me gustó’, bromeó. Hablaba inglés y le pareció que aquella manera de pronunciar todo con la letra ‘o’ sonaba al norte de Inglaterra o Escocia, y no se equivocaría mucho. Le dio las gracias, y entró en la cabina para cambiarse. Al salir a la calle escuchó la misma voz  desde la parada del tranvía. ‘Con gafas mejor, ¿no?’.  Se llamaba Nick, y acababa de llegar a Bruselas para ocupar una plaza de administrador en la Comisión. Había nacido en Belfast y estudiado Derecho en Edimburgo, tendría unos treinta años, barba castaña y, con su cazadora vaquera y botas, hacía pensar más en los bosques de Irlanda que en la moqueta del Berlyamont, el mastodóntico edificio en forma de cruz donde cientos de eurofuncionarios redactan la letra pequeña de nuestras leyes. Aquella noche, André decidió darle las gracias, invitándole a la mejor hamburguesa de la ciudad en el Houtsiplou, un divertido restaurante con las paredes decoradas con viñetas de cómic sobre la historia belga. Creía que sería un buen punto de partida para interpretar su papel de guía.

Haría dos horas que André y yo habíamos llegado para nuestro intercambio semanal francés-español, una clase que había tomado un rumbo imprevisto. Los camareros de l’Université habían comenzado a preparar las mesas para la cena. Temía que se hiciese tarde, André se tuviese que ir y debiese esperar una semana para conocer el final. Por primera vez no era yo quien convertía aquella mesa de café en un diván, buscando a mi historia imposible con Jorge un final diferente al único posible, negándome a aceptar que hay problemas con una sola salida. Hoy era André quien hablaba y el relato había adquirido con la aparición de Nick una energía inusual, dejando claro que aquel irlandés no había sido una de esas historias ligeras con las que André había enterrado el recuerdo de Simon, sino algo diferente: quizá la respuesta a la pregunta que había precipitado aquella conversación.

‘Las cosas no fueron fáciles, Nacho’, me confesó. Nick estaba lejos de ser el recién llegado desorientado, alguien que se abandonase en manos de André para explorar Bruselas. Sus días estaban llenos de planes. Sentía prisa y curiosidad por todo. Nada más llegar se apuntó a clases intensivas de francés, lo que ocupaba buena parte de sus noches y sus fines de semana se llenaban de conciertos, excursiones a las Ardenas o escapadas relámpago en el Eurostar a Londres, donde había trabajado varios años y conservaba amigos. Sin embargo, un par de días coincidían en la Poséidon. Después de nadar, tomaban alguna cerveza y Nick le ponía al tanto de sus avances en la ciudad. Pronto le empezó hablar de locales que André ignoraba, y fiestas a las que jamás había asistido, pese a haber vivido allí desde niño.

Juntos estaban a gusto, pero André tenía la impresión de que, por mucho que se acercase, siempre restaba una distancia mínima e insuperable. Las conversaciones se prologaban hasta la medianoche y se despedían sin que ninguno de los dos se atreviese a proponer algún plan más allá de aquellos encuentros con olor a cloro. Estaba convencido de que Nick se había convertido en el chico del momento, la nueva cara de la ciudad y sabía lo que eso suponía: recibir todas las invitaciones y ser el objeto de todas las conversaciones. Bruselas se rendía ante esa barba irlandesa y esa sonrisa sana de chico de pueblo, al menos sería así durante algunas semanas. Luego llegaría otro, de esta manera funcionaban las cosas, pero para entonces sería tarde y Nick habría encontrado con quien pasar el invierno. Debía darse prisa.

Leer Parte IV ->

 

Las dos vidas de André (III)

Las dos vidas de André (II)

soldados

⇐ Leer Parte I

Los restos de la nevada se derretían sobre la acera, y, desde nuestra mesa del Café l’Université, veíamos a los estudiantes regresar a casa, caminando como astronautas para evitar resbalar. André acabó su brune y buscó al camarero con la vista para pedir una más.  Sacó la cartera y me enseñó una fotografía. Le reconocí al momento, era él con unos veinte años, vestido con uniforme militar. ‘No estaba mal, ¿verdad?’, bromeó. Realmente, aquel joven André que sonreía extrañado en la imagen, como si alguien le hubiese obligado a llevar aquel disfraz, parecía atractivo. Me contó que era el año 70, y la foto había sido tomada antes de iniciar su servicio militar en el campo de Lagland, cerca de Arlon, en el sur de Bélgica. Supongo que vio mi cara de asombro y me dijo que tranquilizase mi exaltada imaginación de periodista, que no iba a escuchar historias de novatadas crueles y acoso en los barracones. En realidad, el Ejército le había proporcionado mucho aburrimiento y una sola aventura: Simon.

Su primer encuentro no había sido demasiado romántico, me dijo sonriendo. Se habían conocido lavando camiones. Ambos acaban de llegar a Lagland, y fueron destinados a los talleres de la base. Simon tenía 19 años y venía de Mons. Su padre, soldado profesional en su juventud, le había obligado a hacer el servicio militar, convencido de que le sacaría de la cabeza algunas ideas fantasiosas. A Simon le fascinaba el teatro y estaba decidido a irse a estudiar a Charleville, una ciudad industrial y gris en el norte de Francia, pero donde alguien había tenido la excentricidad de abrir una escuela de marionetas que, al parecer, se había convertido en una de las más prestigiosas de Europa. André no traía una foto de Simon en la cartera, pero lo describió como el recluta con el pelo más rubio y lleno de remolinos de Bélgica.

Los meses en Lagland pasaron rápido y, al terminar, André convenció a su abuelo de que le prestase el Renault Torino y se premiaron con unas vacaciones en coche por la costa francesa: las inmensas playas de Normandia, el Mont Saint-Michel, las granjas de la Bretaña, los extensos pinares de las Landas. Por primera vez tuvo la sensación de no necesitar nada más que a una persona, sin que importase el lugar o el día, descubrir que alguien lo puede llenar todo, que tiene el poder de transformar en especial los detalles más insustanciales y sentir el impulso físico de querer atarse a él. Aunque todavía le faltasen las palabras, André supo que la de Simon era su primera historia de amor y, en aquel momento, estaba convencido de que sería la única.

Al regresar a Bélgica, tenían planes para instalarse en Bruselas y abrir juntos una librería especializada en teatro, aquel sería el primer paso de un futuro espacio para representaciones con marionetas. Sin embargo, las cosas se torcieron. La madre de Simon enfermó, le diagnosticaron una demencia y tuvo que regresar a Mons. Se vieron algunos meses más, pero poco a poco las visitas se fueron espaciando. ‘No duró mucho, pero ya ves, Nacho, de alguna manera ha durado hasta hoy’, dijo André.

Me encantaba como pronunciaba mi nombre, con esa ‘ch’, que sonaba como una ‘x’ suave y prolongada. Noté que la historia le había entristecido, y sentí que me había equivocado empujándole por ese camino. No era mi intención remover sus recuerdos, y así se lo expliqué, un poco avergonzado. Me pidió calma y me dijo que debía escuchar todo eso para entender. La hora de clase había quedado atrás, y él se había pasado al francés, sin que importase el idioma que tocase ese lunes y sin que ninguno de los dos hiciese ademán de levantarse.

Después de Simon, André me contó que dejó la casa de sus padres y se mudó a un pequeño apartamento de alquiler en Wolowe Saint Lambert, un vecindario tranquilo, lleno de parques con rosales y parejas de recién casados empujando carritos. Entonces, empezó a trabajar con su familia, aunque pronto la relación con sus padres se volvió una mera cuestión de trabajo. Poco o nada sabían de su vida privada. Él cumplía con sus compromisos familiares y eso era todo. Fueron años de muchas soirées, de historias cortas, alegres, ligeras, historias que no dejaban heridas, ni recuerdos. Era joven y Bruselas crecía, recibiendo año tras año a cientos de extranjeros que llegaba a trabajar en las instituciones de la UE, dispuestos a sacar lo mejor de la petite Belgique. ‘La vida era fácil, Nacho’, me dijo, haciéndome pensar que una frase así sólo podía anticipar algo terrible.

Leer Parte III ->

Las dos vidas de André (II)

Las dos vidas de André (I)

 

BAr du Matin

Él pedía una brune, que bebía con una calma pasmosa, haciéndola durar hasta el final de la clase; yo, una vedette, que apuraba sediento en el primer cuarto de hora. Nos veíamos los lunes a la tarde en el Café de l’Université,  a la entrada del campus de la ULB. Él llegaba con su pequeño Citroën azul, con los asientos llenos de folletos de promociones inmobiliarias y folios desordenados. Era tan alto que, cuando salía del coche, uno no podía creer que entrase allí. Se llamaba André Jordan y le conocí en una de esas webs de intercambio de idiomas cuando llegué a Bruselas. Él se había enamorado del español durante unas vacaciones en Madrid y continuó estudiando al regresar a Bélgica. Necesitaba tiempo para encontrar ciertas palabras, y tenía dificultad con algunos sonidos, pero era capaz de desenvolverse en una conversación sin demasiados problemas. Una semana nos dedicábamos a hablar en español y la siguiente en francés: ése era nuestro acuerdo.

Vestía con jerseys de pico y pantalones de tela, formal, pero con un punto desaseado, como si acabase de levantarse de la siesta. Cerca de los cincuenta, André era una persona atractiva. Espigado, con un pelo negro peinado con raya al medio, ojos de un azul muy claro y maneras elegantes, tenía un aire de niño malcriado, escondiendo su fragilidad entre sarcasmos y una cierta altitud altiva.  Al principio me pareció un poco estirado, no acaba de encontrar la gracia a sus sarcasmos sobre mi ‘acento bárbaro’, como solía decir. Sin embargo, me gustaba que fuese exigente, que me parase, haciéndome repetir alguna palabra una y otra vez, aunque en ese momento lo encontrase irritante. Si me dejaba llevar por la historia que estaba contando, descuidando la gramática o la pronunciación, me llamaba la atención, recordándome que se trataba de una clase. Él se sentaba con las piernas cruzadas y la espalda un poco reclinada para encajar en aquellas mesas bajas de madera y, si cometía algún error, hacía aquel sonido, un chasquido con la lengua que me obligaba a detenerme y revisar.

No seguíamos ningún libro y las conversaciones discurrían espontáneas y desordenadas, normalmente en torno a la vida de cada uno. Yo le hablaba de como iba encontrando mi sitio en la ciudad, mis nuevos compañeros de pisos, las clases de francés en la EPFC, las entrevistas de trabajo. Él me escuchaba concentrado, aunque nunca sabía si lo que le interesaba era mi vida o mi gramática. A él le sorprendía mi capacidad para encadenar preguntas y, cuando creía que mi curiosidad iba demasiado lejos, me paraba con un gesto seco con la mano. ‘Hay que ver que intrusivos sois los españoles’, protestaba.

Nos vimos algo más de un año y no sé si llegamos a ser amigos, pero me agradaba su compañía. A medida que mi francés mejoraba, la lista de temas que compartía con él también crecía. Son extrañas las relaciones que surgen con las personas. Usamos un número limitado de palabras para definirlas: ‘amigos’, ‘novios’, ‘compañeros de trabajo’, ‘conocidos’… Pero resultan insuficientes y, no pocas veces, referirse a alguien con una de esas etiquetas traslada una idea más equivocada que acertada del tipo de relación que queremos describir.

Con André llegué a hablar de temas que no me atrevía a comentar con amigos por miedo a sentirme juzgado. La rigidez que mostraba como mi gramática desaparecía cuando escuchaba mis problemas. Quizá ayudase la diferencia de edad o esa libertad que nos daba vernos como desconocidos, como personas que coinciden en un tren y saben que cada uno seguirá su camino y todas esas confidencias se quedarán en el vagón. Por aquel entonces había comenzado a deslizarme por un terreno peligroso, sintiéndome atraído por un amigo al que no le gustaban los chicos y al que veía con frecuencia. La situación empezaba a asustarme. Cada día necesitaba estar más tiempo con él, y sabía que aquello no me conducía a ningún lugar bueno. Me había dado cuenta tarde y me sentía frágil y sin recursos para saber como afrontarlo. Un poco avergonzado, lo mantenía en secreto y él me ayudó a resolverlo con eficacia y sin decisiones dramáticas.

Lunes tras lunes fui descubriendo a André, enganchándome con el placer que uno siente con esos libros de inicios difíciles, que, como un embudo, se ensanchan y crecen a medida que uno avanza. De carácter reservado, cada vez que me revelaba algo de su vida privada me iba con la impresión de haber conquistado una parcela de confianza y con el deseo de seguir abriendo más puertas. André vivía en Uccle, uno de los barrios más exclusivos de Bruselas. Su familia era propietaria de apartamentos en Schuman, y él gestionaba los alquileres. Con eurofuncionarios como inquilinos, el trabajo no le daba quebraderos de cabeza y le proporcionaba una manera desahogada de vivir, dejándole tiempo para sus aficiones, fuesen cuales fuesen.

Nunca me había comentado nada acerca de sus parejas o de su vida sentimental y sentía curiosidad. Un día me atreví a plantearle la pregunta. Se quedó callado, tomó una almendra del bol de cristal y se enderezó en la silla. Reposó sus antebrazos sobre la mesa, cruzando los dedos de las manos, y yo me preparé para ser tachado de nuevo de ‘bárbaro intrusivo’, pero esta vez no fue así.

Leer parte II →

Las dos vidas de André (I)