Conversaciones pendientes

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Subí a su casa una sola vez. Vivía en un piso heredado cerca de Balaídos, en un bloque de edificios al final de la Avenida do Fragoso. Conservaba el mobiliario original, mesa de formica, aparadores de madera con tiradores dorados, y uno de esos fruteros de cristal grueso que antes se veían en las cocinas. Me llamó la atención que todo se mantuviese igual, supongo que la mayoría habríamos metido aquellas antiguallas en cajas para salir pitando a Ikea, sin embargo, estaba claro que a Mario no le importaba. Vestía con vaqueros y camisetas de colores sobrios. Sin que su ropa fuese fea, todo tenía aspecto de haber sido comprado hace un par de años. Alto, desgarbado, de niño había jugado a tenis y se notaba en la elegancia de sus gestos, ágiles y ligeros, como los movimientos de aquellos que se llevan bien con su cuerpo. Tenía el rostro aniñado, con ojos verdes, y la piel blanca, fumaba sujetando el cigarro entre el índice y el anular, con el resto de los dedos abiertos, y al reírse se le formaban unas arrugas en la comisura de los labios que le acentuaban el aspecto de adolescente, aunque se acercaba a los treinta.

Mario fue una de las primeras personas que conocí al mudarme a Vigo. De conversación fácil, animado, me pareció alguien con quien resultaba sencillo hacer planes. Tardé tiempo en darme cuenta de sus manías, y todavía algo más en reconocer ciertos patrones. Cada año al empezar el curso llegaba sobreexcitado, hablando de sus alumnos nuevos en la universidad. Entre sus aspirantes a investigadores siempre había alguno que le llamaba la atención, y pronto nos confesaba que tenía la sospecha de que existía una cierta atracción mutua. En realidad, nunca era un caso claro, siempre eran conjeturas a las que llegaba por detalles de lo más asombroso, como que sólo le veía con chicas en la cafetería o que su peinado era demasiado arriesgado. De pronto, esa persona se convertía en el protagonista de sus historias. A Mario se le daba bien el relato, sabía mantenernos en ascuas e ir creando personajes. Al poco tiempo, todos estábamos enganchados, deseando un desenlace feliz, quizá una declaración de amor en el laboratorio. Sin embargo, esos finales jamás se hacían realidad y, al comprobar que curso tras curso se repetía el caso del alumno misterioso, comprendimos que se trataba de fantasías.

A Mario le encantaba recordar sus años en el Institute of Cancer Sciences de Glasgow durante el doctorado; su adoración por Belle and Sebastian, los primeros conciertos de Teenage Fun Club y Franz Ferdinand y ese amor platónico por Evans, su director de tesis, que le había dejado su fascinación por los pelirrojos y la eterna duda de si podría haber sucedido algo más. Como su ropa, el resto de aventuras en la vida de Mario parecían haber sucedido cinco años atrás. Siempre me llamó la atención que, pese a ser un lector voraz y hablar varios idiomas, le entusiasmaba la telebasura. Estaba al tanto de todos los chismes de las celebrities, hasta el punto de hacernos esperar sentados a la mesa en algún restaurante simplemente porque se había quedado en casa a ver una entrevista de algún personaje del corazón. En realidad, aquello nos parecía divertido y Mario resultaba como una enciclopedia a la que recurrir cuando surgían dudas acerca de esta folclórica o de aquel marqués.

Más allá de sus fantasías, sus historias con los chicos nunca llegaban a buen puerto, aunque sería más exacto decir que nunca salían de puerto. Mario tenía atractivo y, más de una vez, fui testigo de las oportunidades que se le presentaban de noche. Era bastante frecuente que le piropeasen, y él se dejaba halagar con una mezcla de timidez y la naturalidad de quien ha crecido siendo el niño mono de la familia. Sin embargo, sus aventuras apenas iban más allá de un par de besos inocentes. Siempre encontraba alguna excusa para convencerse de que aquel no era un chico para él y cortaba la historia, como si la vida real nunca estuviese a la altura de lo que su imaginación le prometía.

Su aspecto era el de una persona saludable, pero quienes le conocíamos sabíamos de sus frecuentes visitas a los médicos, sus pruebas en el hospital o sus tratamientos para la espalda, que le daba la lata. Se diría que Mario conocía a todos los especialistas de la ciudad, y siempre tenía una opinión muy clara cuando alguno le pedíamos una referencia. Poco a poco, ese tipo de achaques parecían ir a más y empezamos a dudar de hasta donde llegaba la realidad y donde su aprensión. Enseguida dejó de viajar y jamás se apuntaba a ningún plan fuera de Vigo. Nos explicaba que le aterraba la idea de sufrir una crisis lejos de casa.  Aquello llegaba a extremos absurdos, como rechazar ir a un cumpleaños a Baiona, a unos kilómetros de Vigo, desde donde cualquiera podría acercarlo al médico. Pronto dejó de también de ir a conciertos y de salir de noche. Parecía que tomar un café fuese la única manera de verle.

Aquella actitud nos sorprendía y nos resultaba difícil de entender. En el grupo, a menudo comentábamos hasta qué punto se trataba de crisis reales o de algún tipo de obsesión que estaba volviendo su mundo cada vez más pequeño y limitado. En cualquier caso, lo echábamos de menos e intentábamos acomodar nuestros planes para que estuviese. Mario fue espaciando las veces que nos veía, y aducía excusas cada vez más rocambolescas. Llegamos a pensar que se sentía molesto, que quizá habríamos dicho o hecho algo que le hubiese sentado mal y de lo que no éramos conscientes. Pronto su actitud llegó a irritar a algunos amigos, cansados de ver como rechazaba sus invitaciones, por especial que fuese la ocasión.

‘¿Sabes algo de Mario?’ se convirtió en una pregunta recurrente. Quizá había encontrado otro grupo con el que se sentía más a gusto. Fuese lo que fuese, estaba claro que su decisión de distanciarse era deliberada, sin que acertásemos con la causa. Elías, un amigo que siempre había tenido más relación con él, hizo un intento de sentarse y tener una conversación franca, sin embargo, sus evasivas dejaron claro que no era su intención dar explicaciones. Las razones médicas, si habían sido importantes al principio, teníamos la certeza de que no eran las únicas y que había otras más difíciles de explicar. Con el tiempo, la sensación de malestar y confusión se fue diluyendo, y nos acostumbramos a que no estuviese. Vigo no es una ciudad grande, pero jamás coincidíamos. Supimos por terceros que continuaba dando clase con normalidad, pero pocas noticias más. En unos meses, Mario se había esfumado de nuestras vidas.

Casi un año después de nuestra última conversación, coincidimos. Yo bajaba una de las calles que llevan desde la Plaza de la Constitución a la Colegiata. Revisaba despistado los escaparates, buscando la librería Kalandraka, donde comprar un regalo a mi sobrina. Era una soleada mañana de sábado y, de repente, le vi. Caminaba hacia mí  y el encuentro frente a frente parecía inevitable. Había pensado que aquello podría ocurrir, sin embargo, a medida que me acercaba empecé a ponerme nervioso. No se me dan bien estas situaciones. ¿Cuál sería la manera natural de saludarle?

Nos detuvimos, él fumaba, me sonrió, y, tras decirnos hola, empezó a hablar atropelladamente. Me contó que su espalda seguía regular, que había comenzado a visitar a un osteópata nuevo y esperaba que fuese mejor. Me explicó también que se encontraba pálido porque había desarrollado una alergia que le impedía exponerse al sol. En realidad, quizá estuviese algo más blanco, pero yo no había notado nada. Mientras le escuchaba, sentí en el estómago un impulso de parar aquella conversación. Esperaba que, en algún momento se detuviese, tomase aire, y me dijese: ‘Sé lo que estás pensando…’. Y de pronto, todo aquel torrente de banalidades se recondujese y  dejásemos de aparentar que nada extraño había ocurrido y que éramos dos viejos amigos poniéndonos al día. No sé si sólo yo lo pensaba, pero no me atreví. Fue más fácil dejarlo pasar, y esperar los minutos suficientes como para que la despedida no resultase forzada. Luego, alguno de los dos se excusó, y nos despedimos.

Más allá de especulaciones, nunca supimos qué ocurrió, si existía algún problema que no vimos, si deberíamos habernos esforzado más por romper esa incomunicación que volvía todo tan incomprensible o si uno tiene que resignarse y aceptar que las fronteras de la vida privada sólo se deben cruzar cuando alguien te lo pide. Hace mucho tiempo de aquello. Desde entonces me he mudado de ciudad un par de veces, pero conservo recuerdos cariñosos de Mario. A veces me pregunto cómo será su vida ahora, quizá haya encontrado a ese alumno que imaginaba o quizá se haya vuelto a Glasgow a recuperar una vida que parecía echar de menos. Cuando pienso en él, siento que hay silencios espesos, hondos, difíciles de traspasar, conversaciones pendientes que podrían resolverlo todo si uno tuviese el valor de tenerlas. Sólo palabras, dirá alguien: tan sencillo y, tantas veces, casi imposible. Por un instante siento que he aprendido la lección, y me creo con el valor de marcar esos números de teléfono y resolver mis propias conversaciones pendientes. Quizá aquel encuentro en la calle con Mario hace casi diez años no fuese el mejor momento, pero podría haber sido una oportunidad y nunca sabremos cuántas más tendremos. Son sólo palabras y, sin embargo, ¿hay algo más difícil?

 

Conversaciones pendientes

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