
Faltaba un cuarto de hora para las doce, y, como un cañón de luz, el sol abrasaba las losas de piedra. Apenas resistía una franja de sombra en las escaleras del Concello, donde Pablo se refugiaba. Al sentarse se levantó el pantalón del traje en el tobillo y asomaron los calcetines de franjas azules y blancas. Estudió bien la posición, quería que los viese nada más llegar, y hacerla sonreír: aquel inesperado detalle pop para su día. Al otro lado de la plaza pasó un vendedor de lotería con un labrador gordo, sofocado, y un camarero comenzó a abrir las sombrillas sobre las mesas metálicas de una terraza. En realidad, nunca había pensado que sucedería así. Doce meses antes ni siquiera sabía que ella existía. Si hubiese rechazado la invitación de Isaac, ahora no estaría esperándola.
Recordó su nerviosismo cuando la conoció, el verano pasado, sus dudas al bajarse en el aparcamiento de Casa Miro, avanzando por el sendero blanco de grava que atravesaba el pinar hasta el restaurante. A Pablo las bodas le traían recuerdos amargos. La última había sido hace un par de años, el viaje con Nancy a Deauville, un pueblo en la costa de Normandia donde la familia de ella pasaba los veranos. Se casaba la hermana pequeña de Nancy y ahora recordaba aquel fin de semana como uno de los últimos momentos completamente felices, antes de que empezaran las sospechas, las discusiones y de que todo se desmoronase. Con esos recuerdos, Pablo había estado tentado de no aceptar la invitación de Isaac, pero no tuvo valor. Apreciaba a su amigo, estaba en deuda con él y sabía que le gustaría que estuviese. Por si fuese poco, debía acudir solo. Conocía a algunas personas, pero ir sin pareja no haría las cosas más fáciles. Todos esos tiempos muertos, fingiendo consultar el móvil, intentado alimentar conversaciones con desconocidos.
La reconoció nada más sentarse a la mesa. La había visto en la terraza, mezclada con el resto de los invitados, y le llamó la atención la combinación de aquel vestido azul, delicado, y que fuese la única sin copa, bebiendo una botella de Estrella. Se llamaba Patricia y venía acompañada de su novio, un tipo serio, ausente de las conversaciones y con cara de preferir estar en cualquier otro sitio. Le contó que trabajaba con Isaac. Habían sido los últimos arquitectos en entrar en el estudio y Pablo les imaginó haciendo jornadas interminables y viendo como otros firmaban sus proyectos. El vestido dejaba ver unos hombros estrechos, salpicados de pecas, tenía unos ojos rasgados que le daban un aire de estar muy concentrada. Todo en ella transmitía una alegre mezcla de fragilidad y vitalidad. Enseguida se sorprendieron al darse cuenta de que los dos habían nacido en Vasallo Martínez, la misma calle de Coruña, apenas a un par de portales de distancia. Aún siendo casi de la misma edad, jamás se habían visto. Semejante casualidad les dio motivo para alargar la conversación, recordando las torrijas de la pastelería San Lorenzo, los apagones durante la tormentas de verano o las siniestras bandadas de gaviotas sobre los tejados del edificio de Telefónica. Poco a poco su conversación se fue separando del resto, sin que a su novio pareciese importarle. Mientras hablaba, Pablo intentaba imaginarla de niña, quizá en la parada del autobús, a punto de coger el 3 para ir a clase a Dominicos.
Odiaba la música de las bodas, y esa manía de acabar bailando en corro. Salió a la terraza, hacía una noche calurosa, sin rastro de esa brisa que sopla siempre en Coruña. Pensó que debería haber bebido algún gin-tonic menos para coger el coche. Se alegraba de haber conocido a Patricia, le habría gustado que la cena hubiese durado más y creía que a ella también, sin embargo, hacía tanto tiempo que no vivía eso, que quizá fuese una impresión equivocada. Al fin y al cabo, ella estaba dentro, bailando con su novio y él, en la terraza, aireándose para regresar al hotel. Desde allí se veía el fondo de la ría, la sombra oscura de las bateas sobre el agua y, en la orilla, las luces amarillas de algún pueblo que no conseguía identificar. Podría pedirle el teléfono, pero le pareció ridículo. Uno debía alegrarse por estos encuentros y dejarlos ir. Se sintió un poco pesado, le sobraba algún kilo. Debería volver a la bici.
El sonido eléctrico del reloj marcando las doce le sobresaltó, pero nada se movió en la plaza. Hasta las palomas permanecieron quietas. ¡Qué lejos quedaba el recuerdo de aquella boda! La franja de sombra se había estrechado y Pablo pegó la espalda a una de las macetas que adornaban las escaleras al Concello. Ella nunca se retrasaba, y empezó a impacientarse. Eran demasiado cliché sentirse nervioso. De lejos llegaba el ruido del tráfico, las calles de la zona vieja eran peatonales, así que esperaba que apareciese doblando la esquina que comunicaba con la alameda. ¿Y si se había arrepentido? Los dos habían reconocido que aquello no figuraba en sus planes. En el fondo sentía que saldría bien. Con ella, la suerte estaba de su lado. Pablo miró el móvil, y recordó la segunda vez que se habían visto. ¿Cuál es la probabilidad de coincidir en dos bodas el mismo verano? ¿Más alta que la de compartir mesa con alguien que ha nacido a dos portales de tu casa? Sin duda, la probabilidad no tenía nada que ver con lo suyo.
Se recordó al volante, forzando el pequeño Swift, subiendo las curvas de aquella carretera enrevesada como un tirabuzón, dejando a la derecha un parque eólico. Resultaba difícil de creer que alguien se casase en un lugar más alto que la loma donde habían instalado aquellos molinos. Conducía concentrado y su amiga Sandra no quitaba ojo a Google Maps, como si hubiese alguna posibilidad de perderse en aquella sierra pelada. A lo lejos divisaron San Blas, apenas un puñado de casas de piedra y una capilla. Sandra fotografió con el móvil caballos pastando, y, a medida que se acercaron, vieron un autobús y una hilera de coches. Pablo sonrió al distinguir a Marcos, vestido de chaqué, agitando el brazo desde el atrio de la iglesia. Sandra tenía frío, incluso antes de salir, y no paraba de quejarse. Gracias a dios, allí se celebraría solo la ceremonia y luego regresarían a Muras. Aparcó y ambos se echaron a correr, temían ser los últimos. A medida que se aproximaban, creyó reconocerla, pero le parecía imposible.
A Patricia, aquellas coincidencias la volvían loca. Entre Aperols Spritz advertía divertida a Pablo de que el guión estaba escrito y que deberían ir con cuidado porque, como Andie MacDowell y Hugh Grant, si seguían sumando bodas terminarían viéndose las caras en un funeral. Pablo se dio cuenta de que esta vez no había rastro del novio huraño, y se apresuró a dejar claro que Sandra y él eran amigos. ‘Casi primos’, se le escapó, sintiéndose ridículo por el matiz innecesario. En esta ocasión, no los sentaron juntos, pero ambos se buscaron en el aperitivo y en el baile. Patricia llevaba un vestido de sisas amarillo, ligero, que le hizo pensar en ella montada en bicicleta, pedaleando camino de alguna playa. Al acabar la cena salieron a la finca detrás del comedor. Desde unos columpios llegaban las risas de un grupo de invitados, y se veía la brasa roja de algún cigarro. Era noche cerrada, la hierba estaba alta, y el aire impregnado del olor dulce del hinojo en verano. Caminaron hasta un bosque de abedules cerca de un río. Pablo sentía los nervios en el estómago, y los pensamientos bullían, alborotados como burbujas. Nunca habría pensando que ocurriesen cosas así fuera de las películas. A él jamás le había pasado. Todo parecía haberse confabulado para llegar hasta aquella noche, como si hubiese un plan que desconocía. Sentía que había tenido suerte, y el pensamiento le parecía nuevo y extraño. Ella se quedó callada, y le miró. Cuando se besaron, tuvo la impresión de que algo había cambiado y que las cosas ya no volverían a ser igual.
Funny socks, al fin Pablo consiguió recordar la marca de esos calcetines. ¿Qué haría ahora con ellos? Una familia de turistas atravesó la plaza, lentos y torpes, como gigantes blancos, derritiéndose con el sol de julio. Se desplomaron debajo de una de las sombrillas, y Pablo lamentó que a nadie le importe como viste en vacaciones. Ir cómodos parece ser lo único que cuenta, y las calles se llenan de pantalones pirata o de esas grimosas bandoleras cruzadas. Se vio desde fuera e imaginó su propio aspecto. Creerían que se trataba de algún borracho en traje, decidido a no regresar a casa. Aquel último año había sido vertiginoso. Todo había transcurrido demasiado rápido, como si los dos estuviesen imbuidos por una prisa irrefrenable, intentando recuperar el tiempo que otros les habían robado. Quizá mañana se sentiría triste, pero ahora deseaba recordarlo todo como una historia perfecta, completa. A la plaza llegaban otros turistas y los primeros funcionarios salían a comer. Mientras se alejaba, pensó que no le pediría ninguna explicación, no la necesitaba. Sin saber bien por qué, sintió que ese sentimiento de sentirse afortunado seguía ahí, intacto y se prometió conservarlo. Después, decidió que nunca tiraría esos estúpidos calcetines.