
Haría diez años que no le veía, intenté recordar la última vez y apareció su cabeza cuadrada de robot adolescente asomando por encima de mi hombro, sentados en el aula de la academia. Le vi de perfil, mientras cancelaba su bono. Yo había cogido el 95 para bajar desde la Avenue de la Couronne a la Bourse, y me había sentado al fondo. Él subió en la Place Luxembourg, rodeado de funcionarios con gabardinas negras empapadas y prisa por alejarse de Bruselas el fin de semana. Llovía con fuerza y el Ralph’s y el resto de las pubs cercanos al Parlamento habían instalado en sus terrazas estufas y carpas para el afterwork de los stagiares. Vestía un abrigo corto, y recordé que siempre me había gustado su ropa. No tenía noticia de que viviese en Bruselas, pero tampoco me sorprendió. Simplemente sabía que había estudiado Historia del Arte y que una enfermedad larga le apartó de las aulas algún tiempo.
¡Cómo le había odiado! Sus estúpidas bromas y su afición a ponerme en ridículo. Le recordaba titubeando, disimulando con chistes absurdos su incapacidad para resolver los ejercicios más básicos, exagerando hasta el extremo sus errores para convertir su torpeza en un show con el que entretener a la clase. Mejor parecer payaso, que idiota, supongo que pensaba. Tenía algún defecto leve al pronunciar, no recordaba cuál, ni siquiera si era un defecto o el resto de un acento, lo que no había olvidado era su escandalosa risa equina.
No estábamos en el mismo grupo de amigos, sólo coincidíamos en la academia un par de tardes a la semana. De regreso a casa se desviaba para acompañarme un rato. ¿Se puede detestar a alguien y, al mismo tiempo, buscarle para estar con él? Supongo que todo resultaba contradictorio entonces. Me irritaba, pero me daba pena. A veces alguien se burlaba de su manera de hablar, yo fingía que me alegraba, sin embargo, tenía un punto de fragilidad que me podía, quizá su aspecto de niño que había crecido antes de tiempo. Un sábado al mediodía me llamó. Nunca lo había hecho, ni siquiera sabía cómo había conseguido mi número.
Acepté, pero no se lo dije a nadie. Fue algo de lo que tardé en hablar. Al llegar al Xesteira, él estaba en la entrada, mirando fotografías de escenas de películas sujetas a un corcho con alfileres. No recuerdo cuál íbamos a ver, eran años que iba con frecuencia al cine. Entonces no sabía la razón o no la quería saber, pero allí sentados, me sentía incómodo. En un momento noté su brazo pasando por mi espalda. Me levanté y salí del cine. Seguimos coincidiendo en la academia, pero nunca hablamos de aquello. Nos limitábamos a saludarnos e intercambiar algún comentario sin importancia. Él dejó las bromas y también de acompañarme a casa. El curso siguiente, cambié de academia y nos perdimos de vista.
Habían pasado diez años, y sentía curiosidad por saber qué había sido de su vida y quizá también me apetecía que supiese algo de la mía. Le llevó más tiempo reconocerme a mí que yo a él. Yo estaba de pie en el pasillo, agarrado a una de las barras, intentando no perder el equilibrio. Con la lluvia, el suelo estaba resbaladizo y los cristales del autobús se habían empañado por el vapor. No parecía nervioso, simplemente sonrió sorprendido. En cuatro frases atropelladas nos pusimos al día, sin pensarlo, le dije que deberíamos vernos y nos intercambiamos el móvil. Le conté que había quedado en el Fontainas y le animé a pasarse para presentarle a mis amigos. Cuando le pregunté si conocía el sitio se quedó callado un par de segundos, como si le sorprendiese, y no contestó. Se bajó en la siguiente parada. Nunca nos llamamos, pero me habría gustado que se hubiese acercado aquella tarde y preguntarle cómo terminó aquella película.