Las dos vidas de André (II)

soldados

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Los restos de la nevada se derretían sobre la acera, y, desde nuestra mesa del Café l’Université, veíamos a los estudiantes regresar a casa, caminando como astronautas para evitar resbalar. André acabó su brune y buscó al camarero con la vista para pedir una más.  Sacó la cartera y me enseñó una fotografía. Le reconocí al momento, era él con unos veinte años, vestido con uniforme militar. ‘No estaba mal, ¿verdad?’, bromeó. Realmente, aquel joven André que sonreía extrañado en la imagen, como si alguien le hubiese obligado a llevar aquel disfraz, parecía atractivo. Me contó que era el año 70, y la foto había sido tomada antes de iniciar su servicio militar en el campo de Lagland, cerca de Arlon, en el sur de Bélgica. Supongo que vio mi cara de asombro y me dijo que tranquilizase mi exaltada imaginación de periodista, que no iba a escuchar historias de novatadas crueles y acoso en los barracones. En realidad, el Ejército le había proporcionado mucho aburrimiento y una sola aventura: Simon.

Su primer encuentro no había sido demasiado romántico, me dijo sonriendo. Se habían conocido lavando camiones. Ambos acaban de llegar a Lagland, y fueron destinados a los talleres de la base. Simon tenía 19 años y venía de Mons. Su padre, soldado profesional en su juventud, le había obligado a hacer el servicio militar, convencido de que le sacaría de la cabeza algunas ideas fantasiosas. A Simon le fascinaba el teatro y estaba decidido a irse a estudiar a Charleville, una ciudad industrial y gris en el norte de Francia, pero donde alguien había tenido la excentricidad de abrir una escuela de marionetas que, al parecer, se había convertido en una de las más prestigiosas de Europa. André no traía una foto de Simon en la cartera, pero lo describió como el recluta con el pelo más rubio y lleno de remolinos de Bélgica.

Los meses en Lagland pasaron rápido y, al terminar, André convenció a su abuelo de que le prestase el Renault Torino y se premiaron con unas vacaciones en coche por la costa francesa: las inmensas playas de Normandia, el Mont Saint-Michel, las granjas de la Bretaña, los extensos pinares de las Landas. Por primera vez tuvo la sensación de no necesitar nada más que a una persona, sin que importase el lugar o el día, descubrir que alguien lo puede llenar todo, que tiene el poder de transformar en especial los detalles más insustanciales y sentir el impulso físico de querer atarse a él. Aunque todavía le faltasen las palabras, André supo que la de Simon era su primera historia de amor y, en aquel momento, estaba convencido de que sería la única.

Al regresar a Bélgica, tenían planes para instalarse en Bruselas y abrir juntos una librería especializada en teatro, aquel sería el primer paso de un futuro espacio para representaciones con marionetas. Sin embargo, las cosas se torcieron. La madre de Simon enfermó, le diagnosticaron una demencia y tuvo que regresar a Mons. Se vieron algunos meses más, pero poco a poco las visitas se fueron espaciando. ‘No duró mucho, pero ya ves, Nacho, de alguna manera ha durado hasta hoy’, dijo André.

Me encantaba como pronunciaba mi nombre, con esa ‘ch’, que sonaba como una ‘x’ suave y prolongada. Noté que la historia le había entristecido, y sentí que me había equivocado empujándole por ese camino. No era mi intención remover sus recuerdos, y así se lo expliqué, un poco avergonzado. Me pidió calma y me dijo que debía escuchar todo eso para entender. La hora de clase había quedado atrás, y él se había pasado al francés, sin que importase el idioma que tocase ese lunes y sin que ninguno de los dos hiciese ademán de levantarse.

Después de Simon, André me contó que dejó la casa de sus padres y se mudó a un pequeño apartamento de alquiler en Wolowe Saint Lambert, un vecindario tranquilo, lleno de parques con rosales y parejas de recién casados empujando carritos. Entonces, empezó a trabajar con su familia, aunque pronto la relación con sus padres se volvió una mera cuestión de trabajo. Poco o nada sabían de su vida privada. Él cumplía con sus compromisos familiares y eso era todo. Fueron años de muchas soirées, de historias cortas, alegres, ligeras, historias que no dejaban heridas, ni recuerdos. Era joven y Bruselas crecía, recibiendo año tras año a cientos de extranjeros que llegaba a trabajar en las instituciones de la UE, dispuestos a sacar lo mejor de la petite Belgique. ‘La vida era fácil, Nacho’, me dijo, haciéndome pensar que una frase así sólo podía anticipar algo terrible.

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