
André me contó que, por entonces, nadaba tres tardes por semana en la Poséidon, una piscina cerca de su apartamento de Woluwe. No tenía la decadente elegancia de las de Saint-Gills o Les Marolles, pero sí las comodidades de un complejo deportivo recién inaugurado en uno de los barrios caros de Bruselas. Alguna vez he ido y ya no es el club que André me describía, pero conserva una cierta distinción. ‘De aquellas, hacía 30 largos en la olímpica’, presumió, mirándome como si le fuese a reclamar una fotografía en speedos para creerle. ‘Uso lentillas, ¿sabes?’. Me había dado cuenta, aunque me quedé callado, intuyendo que seguiría una explicación.
‘Una de esas tardes estrenaba gafas de nadar, un regalo de mi hermano’, recordó André. Cuando se lanzó a la piscina me contó que notó enseguida como el agua entraba. No lo esperaba, cerró los ojos tarde y las lentillas se movieron. Intentando colocarlas se puso nervioso y acabó perdiéndolas. Sus gafas estaban en la bolsa de deporte, pensó en llegar al vestuario, pero a dos metros de distancia apenas veía imágenes borrosas y le dio vergüenza imaginarse desorientado buscando a tientas su cabina. Agarrado al bordillo, entornó los ojos, esforzándose por distinguir el color naranja de la camiseta del socorrista, incluso alzó una mano para llamar su atención. ‘¿Estás bien?’, la voz venía de la calle de al lado.
Recordando como aquel desconocido le guió hasta el vestuario, André volvía a sonreír. ‘Su voz fue lo primero que me gustó’, bromeó. Hablaba inglés y le pareció que aquella manera de pronunciar todo con la letra ‘o’ sonaba al norte de Inglaterra o Escocia, y no se equivocaría mucho. Le dio las gracias, y entró en la cabina para cambiarse. Al salir a la calle escuchó la misma voz desde la parada del tranvía. ‘Con gafas mejor, ¿no?’. Se llamaba Nick, y acababa de llegar a Bruselas para ocupar una plaza de administrador en la Comisión. Había nacido en Belfast y estudiado Derecho en Edimburgo, tendría unos treinta años, barba castaña y, con su cazadora vaquera y botas, hacía pensar más en los bosques de Irlanda que en la moqueta del Berlyamont, el mastodóntico edificio en forma de cruz donde cientos de eurofuncionarios redactan la letra pequeña de nuestras leyes. Aquella noche, André decidió darle las gracias, invitándole a la mejor hamburguesa de la ciudad en el Houtsiplou, un divertido restaurante con las paredes decoradas con viñetas de cómic sobre la historia belga. Creía que sería un buen punto de partida para interpretar su papel de guía.
Haría dos horas que André y yo habíamos llegado para nuestro intercambio semanal francés-español, una clase que había tomado un rumbo imprevisto. Los camareros de l’Université habían comenzado a preparar las mesas para la cena. Temía que se hiciese tarde, André se tuviese que ir y debiese esperar una semana para conocer el final. Por primera vez no era yo quien convertía aquella mesa de café en un diván, buscando a mi historia imposible con Jorge un final diferente al único posible, negándome a aceptar que hay problemas con una sola salida. Hoy era André quien hablaba y el relato había adquirido con la aparición de Nick una energía inusual, dejando claro que aquel irlandés no había sido una de esas historias ligeras con las que André había enterrado el recuerdo de Simon, sino algo diferente: quizá la respuesta a la pregunta que había precipitado aquella conversación.
‘Las cosas no fueron fáciles, Nacho’, me confesó. Nick estaba lejos de ser el recién llegado desorientado, alguien que se abandonase en manos de André para explorar Bruselas. Sus días estaban llenos de planes. Sentía prisa y curiosidad por todo. Nada más llegar se apuntó a clases intensivas de francés, lo que ocupaba buena parte de sus noches y sus fines de semana se llenaban de conciertos, excursiones a las Ardenas o escapadas relámpago en el Eurostar a Londres, donde había trabajado varios años y conservaba amigos. Sin embargo, un par de días coincidían en la Poséidon. Después de nadar, tomaban alguna cerveza y Nick le ponía al tanto de sus avances en la ciudad. Pronto le empezó hablar de locales que André ignoraba, y fiestas a las que jamás había asistido, pese a haber vivido allí desde niño.
Juntos estaban a gusto, pero André tenía la impresión de que, por mucho que se acercase, siempre restaba una distancia mínima e insuperable. Las conversaciones se prologaban hasta la medianoche y se despedían sin que ninguno de los dos se atreviese a proponer algún plan más allá de aquellos encuentros con olor a cloro. Estaba convencido de que Nick se había convertido en el chico del momento, la nueva cara de la ciudad y sabía lo que eso suponía: recibir todas las invitaciones y ser el objeto de todas las conversaciones. Bruselas se rendía ante esa barba irlandesa y esa sonrisa sana de chico de pueblo, al menos sería así durante algunas semanas. Luego llegaría otro, de esta manera funcionaban las cosas, pero para entonces sería tarde y Nick habría encontrado con quien pasar el invierno. Debía darse prisa.