La película sin final

Butaca vacía

Haría diez años que no le veía, intenté recordar la última vez y apareció su cabeza cuadrada de robot adolescente asomando por encima de mi hombro, sentados en el aula de la academia. Le vi de perfil, mientras cancelaba su bono. Yo había cogido el 95 para bajar desde la Avenue de la Couronne a la Bourse, y me había sentado al fondo. Él subió en la Place Luxembourg, rodeado de funcionarios con gabardinas negras empapadas y prisa por alejarse de Bruselas el fin de semana. Llovía con fuerza y el Ralph’s y el resto de las pubs cercanos al Parlamento habían instalado en sus terrazas estufas y carpas para el afterwork de los stagiares. Vestía un abrigo corto, y recordé que siempre me había gustado su ropa. No tenía noticia de que viviese en Bruselas, pero tampoco me sorprendió. Simplemente sabía que había estudiado Historia del Arte y que una enfermedad larga le apartó de las aulas algún tiempo.

¡Cómo le había odiado! Sus estúpidas bromas y su afición a ponerme en ridículo. Le recordaba titubeando, disimulando con chistes absurdos su incapacidad para resolver los ejercicios más básicos, exagerando hasta el extremo sus errores para convertir su torpeza en un show con el que entretener a la clase. Mejor parecer payaso, que idiota, supongo que pensaba. Tenía algún defecto leve al pronunciar, no recordaba cuál, ni siquiera si era un defecto o el resto de un acento, lo que no había olvidado era su escandalosa risa equina.

No estábamos en el mismo grupo de amigos, sólo coincidíamos en la academia un par de tardes a la semana. De regreso a casa se desviaba para acompañarme un rato. ¿Se puede detestar a alguien y, al mismo tiempo, buscarle para estar con él? Supongo que todo resultaba contradictorio entonces. Me irritaba, pero me daba pena. A veces alguien se burlaba de su manera de hablar, yo fingía que me alegraba, sin embargo, tenía un punto de fragilidad que me podía, quizá su aspecto de niño que había crecido antes de tiempo. Un sábado al mediodía me llamó. Nunca lo había hecho, ni siquiera sabía cómo había conseguido mi número.

Acepté, pero no se lo dije a nadie. Fue algo de lo que tardé en hablar. Al llegar al Xesteira, él estaba en la entrada, mirando fotografías de escenas de películas sujetas a un corcho con alfileres. No recuerdo cuál íbamos a ver, eran años que iba con frecuencia al cine. Entonces no sabía la razón o no la quería saber, pero allí sentados, me sentía incómodo. En un momento noté su brazo pasando por mi espalda. Me levanté y salí del cine. Seguimos coincidiendo en la academia, pero nunca hablamos de aquello. Nos limitábamos a saludarnos e intercambiar algún comentario sin importancia. Él dejó las bromas y también de acompañarme a casa. El curso siguiente, cambié de academia y nos perdimos de vista.

Habían pasado diez años, y sentía curiosidad por saber qué había sido de su vida y quizá también me apetecía que supiese algo de la mía. Le llevó más tiempo reconocerme a mí que yo a él. Yo estaba de pie en el pasillo, agarrado a una de las barras, intentando no perder el equilibrio. Con la lluvia, el suelo estaba resbaladizo y los cristales del autobús se habían empañado por el vapor. No parecía nervioso, simplemente sonrió sorprendido. En cuatro frases atropelladas nos pusimos al día, sin pensarlo, le dije que deberíamos vernos y nos intercambiamos el móvil. Le conté que había quedado en el Fontainas y le animé a pasarse para presentarle a mis amigos. Cuando le pregunté si conocía el sitio se quedó callado un par de segundos, como si le sorprendiese, y no contestó. Se bajó en la siguiente parada. Nunca nos llamamos, pero me habría gustado que se hubiese acercado aquella tarde y preguntarle cómo terminó aquella película.

 

La película sin final

Mi primera suegra

2016-08-02 18.24.53

Pongamos como nos pongamos, la palabra suegra no es bonita. En Francia, le llaman belle-mère,  madre bella. Suena a piropo, aunque conociendo a nuestros vecinos apostaría que es ironía. De hecho, en Bélgica, belle-mère se usa también para denominar un cepillo para fregar platos. Los ingleses han optado por mother-in law, una especie de madre por ley o madre política, una denominación técnica, descriptiva, propia de culturas con familias desapegadas. En castellano, sin embargo, hemos preferido suegra, del latín socra, que a todos nos suena un poco a ogra.

Yo estoy más cerca de la edad de mi suegra que de la de mi novio, lo cual no deja de ser un dato. Ella vive en Miranda de Ebro. Un par de veces al año viene y un par de veces vamos. Se llama Feli y mi Lama tiene su nombre tatuado en el tobillo derecho, con lo cual la tenemos muy presente. Cuando Feli y mi Lama se juntan, uno debe abrirse a la banda. Mi Lama no es mi primer novio, pero Feli es mi primera suegra. No es que hasta ahora saliese con huérfanos, simplemente ellas no estaban presentes. Pese a ser mi única experiencia como yerno, sé que Feli no es una suegra al uso. Que nadie la imagine cocinando especialidades de Miranda porque ella y mi Lama se las saben todas para no encender el horno. Dominan los precocinados, la respostería industrial, pueden recitar de memoria varios teléfonos de pizzerías y están a la última de las novedades en el carrillo -como llaman los mirandeses a las tiendas de golosinas-. Cuando nos visita, los armarios de la cocina y la mesa del salón se llenan de palmeritas de hojaldre, sobados bañados en chocolate, belvitas  y todo un surtido de gominolas, de las que se saben su nombre y apellido. A ellos, la dieta se la trae el pairo porque, coman lo que coman, su organismo carece de la capacidad de generar grasa, y encuentran divertidísimo el estrés que nos provocan a los que vivimos peleando con el autocontrol.

Mi suegra viene de una familia fuerte como las rocas de Pancorbo, con su padre, Sebastián, a la cabeza, que cruzará los noventa en bicicleta, doblando el espinazo en el huerto y al que aún le brillan los ojos delante de una buena chuletada; con su hermano Fernando, montañero que ha visto el mundo desde los ocho mil y sigue buscando cumbres nuevas, y su hermana Mari, que lleva dentro un motor de muchos caballos y no para, y, además, nos llena el maletero de tarros de tomates que saben a tomates. Feli no es de regalar sonrisas, aunque últimamente se le escapaban cada vez más. Con veinte años de cajera en el supermercado sabe ser amable hasta el lunes a primera, pero también tiene siempre listo y afilado el gesto de pararle los pies a los clientes impertinentes. A ella, le gustan las cosas a su tiempo. No remolonea para llegar antes al súper si hace falta, pero le gusta salir a su hora y tomarse un marianito ante de volver a casa para sacar a Nico.

Hace un año, Feli alquiló un octavo con un balcón desde el que se ve la Picota y la silueta de los montes que rodean el valle del Ebro. Vista nueva para una vida nueva. Se mudó después de tomar una de esas decisiones que necesitan cabeza y que no tiemble el pulso, especialmente cuando no hay razones fáciles de explicar, simplemente el deseo de cambiar, sin tener miedo a que quizá sea tarde, sin renunciar a las ganas de vivir de otra manera porque ella se ha vuelto también de otra manera, aceptando que se puede perseguir la felicidad de uno sin sentirse rehén de la felicidad de otros, por estupendos que sean y por mucho que les quiera.

A Feli cada vez le cuesta menos venirse a Galicia, aunque ahora tenga que hacerse nueve horas de tren. Le encanta desayunar en los cafés de Cuatro Caminos, pasear por Riazor e irse a buscar a mi Lama para decidir si van al japonés, de tapas o a ver que se inventan para no cocinar, y se pueden echar pronto la siesta en el sofá con Divinity de fondo.  En Coruña no acaba de entender al Atlántico y se sigue fiando de los cielos azules,  pensando que basta con que el sol brille para que caliente. Este verano se ha enamorado del calor irrespirable de Ourense en julio, pero también ha regresado con los bolsillos llenos de piropos. Todo el mundo la ha encontrado más guapa y llena de energía. Ella dice que es el pilates, y yo creo que el pilates ayuda, pero no lo explica todo. Durante estos cinco años nos hemos ido conociendo, charlando en el sofá y tomando esa infusión de cola de caballo que trae y se olvida a propósito cuando se marcha porque sabe que me gusta. Sé que este tiempo no ha sido sencillo para ella y me alegro de que las cosas vayan encontrando su sitio y que, poco a poco, le esté llegando el tiempo de las buenas noticias.

 

Mi primera suegra

Los calcetines de la suerte

calcetines azules

Faltaba un cuarto de hora para las doce, y, como un cañón de luz, el sol abrasaba las losas de piedra. Apenas resistía una franja de sombra en las escaleras del Concello, donde Pablo se refugiaba. Al sentarse se levantó el pantalón del traje en el tobillo  y asomaron los calcetines de franjas azules y blancas. Estudió bien la posición, quería que los viese nada más llegar, y hacerla sonreír: aquel inesperado detalle pop para su día. Al otro lado de la plaza pasó un vendedor de lotería con un labrador gordo, sofocado, y un camarero comenzó a abrir las sombrillas sobre las mesas metálicas de una terraza. En realidad, nunca había pensado que sucedería así. Doce meses antes ni siquiera sabía que ella existía. Si hubiese rechazado la invitación de Isaac, ahora no estaría esperándola.

Recordó su nerviosismo cuando la conoció, el verano pasado, sus dudas al bajarse en el aparcamiento de Casa Miro, avanzando por el sendero blanco de grava que atravesaba el pinar hasta el restaurante. A Pablo las bodas le traían recuerdos amargos. La última había sido hace un par de años, el viaje con Nancy a Deauville, un pueblo en la costa de Normandia donde la familia de ella pasaba los veranos. Se casaba la hermana pequeña de Nancy y ahora recordaba aquel fin de semana como uno de los últimos momentos completamente felices, antes de que empezaran las sospechas, las discusiones y de que todo se desmoronase. Con esos recuerdos, Pablo había estado tentado de no aceptar la invitación de Isaac, pero no tuvo valor. Apreciaba a su amigo, estaba en deuda con él y sabía que le gustaría que estuviese. Por si fuese poco, debía acudir solo. Conocía a algunas personas, pero ir sin pareja no haría las cosas más fáciles. Todos esos tiempos muertos, fingiendo consultar el móvil, intentado alimentar conversaciones con desconocidos.

La reconoció nada más sentarse a la mesa. La había visto en la terraza, mezclada con el resto de los invitados, y le llamó la atención la combinación de aquel vestido azul, delicado, y que fuese la única sin copa, bebiendo una botella de Estrella. Se llamaba Patricia y venía acompañada de su novio, un tipo serio, ausente de las conversaciones y con cara de preferir estar en cualquier otro sitio. Le contó que trabajaba con Isaac. Habían sido los últimos arquitectos en entrar en el estudio y Pablo les imaginó haciendo jornadas interminables y viendo como otros firmaban sus proyectos. El vestido dejaba ver unos hombros estrechos, salpicados de pecas, tenía unos ojos rasgados que le daban un aire de estar muy concentrada. Todo en ella transmitía una alegre mezcla de fragilidad y vitalidad. Enseguida se sorprendieron al darse cuenta de que los dos habían nacido en Vasallo Martínez, la misma calle de Coruña, apenas a un par de portales de distancia. Aún siendo casi de la misma edad, jamás se habían visto. Semejante casualidad les dio motivo para alargar la conversación, recordando las torrijas de la pastelería San Lorenzo, los apagones durante la tormentas de verano o las siniestras bandadas de gaviotas sobre los tejados del edificio de Telefónica. Poco a poco su conversación se fue separando del resto, sin que a su novio pareciese importarle. Mientras hablaba, Pablo intentaba imaginarla de niña, quizá en la parada del autobús, a punto de coger el 3 para ir a clase a Dominicos.

Odiaba la música de las bodas, y esa manía de acabar bailando en corro. Salió a la terraza, hacía una noche calurosa, sin rastro de esa brisa que sopla siempre en Coruña. Pensó que debería haber bebido algún gin-tonic menos para coger el coche. Se alegraba de haber conocido a Patricia, le habría gustado que la cena hubiese durado más y creía que a ella también, sin embargo, hacía tanto tiempo que no vivía eso, que quizá fuese una impresión equivocada. Al fin y al cabo, ella estaba dentro, bailando con su novio y él, en la terraza, aireándose para regresar al hotel. Desde allí se veía el fondo de la ría, la sombra oscura de las bateas sobre el agua y, en la orilla, las luces amarillas de algún pueblo que no conseguía identificar. Podría pedirle el teléfono, pero le pareció ridículo. Uno debía alegrarse por estos encuentros y dejarlos ir. Se sintió un poco pesado, le sobraba algún kilo. Debería volver a la bici.

El sonido eléctrico del reloj marcando las doce le sobresaltó, pero nada se movió en la plaza. Hasta las palomas permanecieron quietas. ¡Qué lejos quedaba el recuerdo de aquella boda! La franja de sombra se había estrechado y Pablo pegó la espalda a una de las macetas que adornaban las escaleras al Concello. Ella nunca se retrasaba, y empezó a impacientarse. Eran demasiado cliché sentirse nervioso.  De lejos llegaba el ruido del tráfico, las calles de la zona vieja eran peatonales, así que esperaba que apareciese doblando la esquina que comunicaba con la alameda. ¿Y si se había arrepentido? Los dos habían reconocido que aquello no figuraba en sus planes. En el fondo sentía que saldría bien. Con ella, la suerte estaba de su lado. Pablo miró el móvil, y recordó la segunda vez que se habían visto. ¿Cuál es la probabilidad de coincidir en dos bodas el mismo verano? ¿Más alta que la de compartir mesa con alguien que ha nacido a dos portales de tu casa? Sin duda, la probabilidad no tenía nada que ver con lo suyo.

Se recordó al volante, forzando el pequeño Swift, subiendo las curvas de aquella carretera enrevesada como un tirabuzón, dejando a la derecha un parque eólico. Resultaba difícil de creer que alguien se casase en un lugar más alto que la loma donde habían instalado aquellos molinos. Conducía concentrado y su amiga Sandra no quitaba ojo a Google Maps, como si hubiese alguna posibilidad de perderse en aquella sierra pelada. A lo lejos divisaron San Blas, apenas un puñado de casas de piedra y una capilla. Sandra fotografió con el móvil caballos pastando, y, a medida que se acercaron, vieron un autobús y una hilera de coches. Pablo sonrió al distinguir a Marcos, vestido de chaqué, agitando el brazo desde el atrio de la iglesia. Sandra tenía frío, incluso antes de salir, y no paraba de quejarse. Gracias a dios, allí se celebraría solo la ceremonia y luego regresarían a Muras. Aparcó y ambos se echaron a correr, temían ser los últimos. A medida que se aproximaban, creyó reconocerla, pero le parecía imposible.

A Patricia, aquellas coincidencias la volvían loca. Entre Aperols Spritz advertía divertida a Pablo de que el guión estaba escrito y que deberían ir con cuidado porque, como Andie MacDowell y Hugh Grant, si seguían sumando bodas terminarían viéndose las caras en un funeral. Pablo se dio cuenta de que esta vez no había rastro del novio huraño, y se apresuró a dejar claro que Sandra y él eran amigos. ‘Casi primos’, se le escapó, sintiéndose ridículo por el matiz innecesario. En esta ocasión, no los sentaron juntos, pero ambos se buscaron en el aperitivo y en el baile. Patricia llevaba un vestido de sisas amarillo, ligero, que le hizo pensar en ella montada en bicicleta, pedaleando camino de alguna playa. Al acabar la cena salieron a la finca detrás del comedor. Desde unos columpios llegaban las risas de un grupo de invitados, y se veía la brasa roja de algún cigarro. Era noche cerrada, la hierba estaba alta, y el aire impregnado del olor dulce del hinojo en verano. Caminaron hasta un bosque de abedules cerca de un río. Pablo sentía los nervios en el estómago, y los pensamientos bullían, alborotados como burbujas. Nunca habría pensando que ocurriesen cosas así fuera de las películas. A él jamás le había pasado. Todo parecía haberse confabulado para llegar hasta aquella noche, como si hubiese un plan que desconocía. Sentía que había tenido suerte, y el pensamiento le parecía nuevo y extraño. Ella se quedó callada, y le miró. Cuando se besaron, tuvo la impresión de que algo había cambiado y que las cosas ya no volverían a ser igual.

Funny socks, al fin Pablo consiguió recordar la marca de esos calcetines. ¿Qué haría ahora con ellos? Una familia de turistas atravesó la plaza, lentos y torpes, como gigantes blancos, derritiéndose con el sol de julio. Se desplomaron debajo de una de las sombrillas, y Pablo lamentó que a nadie le importe como viste en vacaciones. Ir cómodos parece ser lo único que cuenta, y las calles se llenan de pantalones pirata o de esas grimosas bandoleras cruzadas. Se vio desde fuera e imaginó su propio aspecto. Creerían que se trataba de algún borracho en traje, decidido a no regresar a casa. Aquel último año había sido vertiginoso. Todo había transcurrido demasiado rápido, como si los dos estuviesen imbuidos por una prisa irrefrenable, intentando recuperar el tiempo que otros les habían robado. Quizá mañana se sentiría triste, pero ahora deseaba recordarlo todo como una historia perfecta, completa. A la plaza llegaban otros turistas y los primeros funcionarios salían a comer. Mientras se alejaba, pensó que no le pediría ninguna explicación, no la necesitaba. Sin saber bien por qué, sintió que ese sentimiento de sentirse afortunado seguía ahí, intacto y se prometió conservarlo. Después, decidió que nunca tiraría esos estúpidos calcetines.

 

Los calcetines de la suerte

Conversaciones pendientes

Lab

Subí a su casa una sola vez. Vivía en un piso heredado cerca de Balaídos, en un bloque de edificios al final de la Avenida do Fragoso. Conservaba el mobiliario original, mesa de formica, aparadores de madera con tiradores dorados, y uno de esos fruteros de cristal grueso que antes se veían en las cocinas. Me llamó la atención que todo se mantuviese igual, supongo que la mayoría habríamos metido aquellas antiguallas en cajas para salir pitando a Ikea, sin embargo, estaba claro que a Mario no le importaba. Vestía con vaqueros y camisetas de colores sobrios. Sin que su ropa fuese fea, todo tenía aspecto de haber sido comprado hace un par de años. Alto, desgarbado, de niño había jugado a tenis y se notaba en la elegancia de sus gestos, ágiles y ligeros, como los movimientos de aquellos que se llevan bien con su cuerpo. Tenía el rostro aniñado, con ojos verdes, y la piel blanca, fumaba sujetando el cigarro entre el índice y el anular, con el resto de los dedos abiertos, y al reírse se le formaban unas arrugas en la comisura de los labios que le acentuaban el aspecto de adolescente, aunque se acercaba a los treinta.

Mario fue una de las primeras personas que conocí al mudarme a Vigo. De conversación fácil, animado, me pareció alguien con quien resultaba sencillo hacer planes. Tardé tiempo en darme cuenta de sus manías, y todavía algo más en reconocer ciertos patrones. Cada año al empezar el curso llegaba sobreexcitado, hablando de sus alumnos nuevos en la universidad. Entre sus aspirantes a investigadores siempre había alguno que le llamaba la atención, y pronto nos confesaba que tenía la sospecha de que existía una cierta atracción mutua. En realidad, nunca era un caso claro, siempre eran conjeturas a las que llegaba por detalles de lo más asombroso, como que sólo le veía con chicas en la cafetería o que su peinado era demasiado arriesgado. De pronto, esa persona se convertía en el protagonista de sus historias. A Mario se le daba bien el relato, sabía mantenernos en ascuas e ir creando personajes. Al poco tiempo, todos estábamos enganchados, deseando un desenlace feliz, quizá una declaración de amor en el laboratorio. Sin embargo, esos finales jamás se hacían realidad y, al comprobar que curso tras curso se repetía el caso del alumno misterioso, comprendimos que se trataba de fantasías.

A Mario le encantaba recordar sus años en el Institute of Cancer Sciences de Glasgow durante el doctorado; su adoración por Belle and Sebastian, los primeros conciertos de Teenage Fun Club y Franz Ferdinand y ese amor platónico por Evans, su director de tesis, que le había dejado su fascinación por los pelirrojos y la eterna duda de si podría haber sucedido algo más. Como su ropa, el resto de aventuras en la vida de Mario parecían haber sucedido cinco años atrás. Siempre me llamó la atención que, pese a ser un lector voraz y hablar varios idiomas, le entusiasmaba la telebasura. Estaba al tanto de todos los chismes de las celebrities, hasta el punto de hacernos esperar sentados a la mesa en algún restaurante simplemente porque se había quedado en casa a ver una entrevista de algún personaje del corazón. En realidad, aquello nos parecía divertido y Mario resultaba como una enciclopedia a la que recurrir cuando surgían dudas acerca de esta folclórica o de aquel marqués.

Más allá de sus fantasías, sus historias con los chicos nunca llegaban a buen puerto, aunque sería más exacto decir que nunca salían de puerto. Mario tenía atractivo y, más de una vez, fui testigo de las oportunidades que se le presentaban de noche. Era bastante frecuente que le piropeasen, y él se dejaba halagar con una mezcla de timidez y la naturalidad de quien ha crecido siendo el niño mono de la familia. Sin embargo, sus aventuras apenas iban más allá de un par de besos inocentes. Siempre encontraba alguna excusa para convencerse de que aquel no era un chico para él y cortaba la historia, como si la vida real nunca estuviese a la altura de lo que su imaginación le prometía.

Su aspecto era el de una persona saludable, pero quienes le conocíamos sabíamos de sus frecuentes visitas a los médicos, sus pruebas en el hospital o sus tratamientos para la espalda, que le daba la lata. Se diría que Mario conocía a todos los especialistas de la ciudad, y siempre tenía una opinión muy clara cuando alguno le pedíamos una referencia. Poco a poco, ese tipo de achaques parecían ir a más y empezamos a dudar de hasta donde llegaba la realidad y donde su aprensión. Enseguida dejó de viajar y jamás se apuntaba a ningún plan fuera de Vigo. Nos explicaba que le aterraba la idea de sufrir una crisis lejos de casa.  Aquello llegaba a extremos absurdos, como rechazar ir a un cumpleaños a Baiona, a unos kilómetros de Vigo, desde donde cualquiera podría acercarlo al médico. Pronto dejó de también de ir a conciertos y de salir de noche. Parecía que tomar un café fuese la única manera de verle.

Aquella actitud nos sorprendía y nos resultaba difícil de entender. En el grupo, a menudo comentábamos hasta qué punto se trataba de crisis reales o de algún tipo de obsesión que estaba volviendo su mundo cada vez más pequeño y limitado. En cualquier caso, lo echábamos de menos e intentábamos acomodar nuestros planes para que estuviese. Mario fue espaciando las veces que nos veía, y aducía excusas cada vez más rocambolescas. Llegamos a pensar que se sentía molesto, que quizá habríamos dicho o hecho algo que le hubiese sentado mal y de lo que no éramos conscientes. Pronto su actitud llegó a irritar a algunos amigos, cansados de ver como rechazaba sus invitaciones, por especial que fuese la ocasión.

‘¿Sabes algo de Mario?’ se convirtió en una pregunta recurrente. Quizá había encontrado otro grupo con el que se sentía más a gusto. Fuese lo que fuese, estaba claro que su decisión de distanciarse era deliberada, sin que acertásemos con la causa. Elías, un amigo que siempre había tenido más relación con él, hizo un intento de sentarse y tener una conversación franca, sin embargo, sus evasivas dejaron claro que no era su intención dar explicaciones. Las razones médicas, si habían sido importantes al principio, teníamos la certeza de que no eran las únicas y que había otras más difíciles de explicar. Con el tiempo, la sensación de malestar y confusión se fue diluyendo, y nos acostumbramos a que no estuviese. Vigo no es una ciudad grande, pero jamás coincidíamos. Supimos por terceros que continuaba dando clase con normalidad, pero pocas noticias más. En unos meses, Mario se había esfumado de nuestras vidas.

Casi un año después de nuestra última conversación, coincidimos. Yo bajaba una de las calles que llevan desde la Plaza de la Constitución a la Colegiata. Revisaba despistado los escaparates, buscando la librería Kalandraka, donde comprar un regalo a mi sobrina. Era una soleada mañana de sábado y, de repente, le vi. Caminaba hacia mí  y el encuentro frente a frente parecía inevitable. Había pensado que aquello podría ocurrir, sin embargo, a medida que me acercaba empecé a ponerme nervioso. No se me dan bien estas situaciones. ¿Cuál sería la manera natural de saludarle?

Nos detuvimos, él fumaba, me sonrió, y, tras decirnos hola, empezó a hablar atropelladamente. Me contó que su espalda seguía regular, que había comenzado a visitar a un osteópata nuevo y esperaba que fuese mejor. Me explicó también que se encontraba pálido porque había desarrollado una alergia que le impedía exponerse al sol. En realidad, quizá estuviese algo más blanco, pero yo no había notado nada. Mientras le escuchaba, sentí en el estómago un impulso de parar aquella conversación. Esperaba que, en algún momento se detuviese, tomase aire, y me dijese: ‘Sé lo que estás pensando…’. Y de pronto, todo aquel torrente de banalidades se recondujese y  dejásemos de aparentar que nada extraño había ocurrido y que éramos dos viejos amigos poniéndonos al día. No sé si sólo yo lo pensaba, pero no me atreví. Fue más fácil dejarlo pasar, y esperar los minutos suficientes como para que la despedida no resultase forzada. Luego, alguno de los dos se excusó, y nos despedimos.

Más allá de especulaciones, nunca supimos qué ocurrió, si existía algún problema que no vimos, si deberíamos habernos esforzado más por romper esa incomunicación que volvía todo tan incomprensible o si uno tiene que resignarse y aceptar que las fronteras de la vida privada sólo se deben cruzar cuando alguien te lo pide. Hace mucho tiempo de aquello. Desde entonces me he mudado de ciudad un par de veces, pero conservo recuerdos cariñosos de Mario. A veces me pregunto cómo será su vida ahora, quizá haya encontrado a ese alumno que imaginaba o quizá se haya vuelto a Glasgow a recuperar una vida que parecía echar de menos. Cuando pienso en él, siento que hay silencios espesos, hondos, difíciles de traspasar, conversaciones pendientes que podrían resolverlo todo si uno tuviese el valor de tenerlas. Sólo palabras, dirá alguien: tan sencillo y, tantas veces, casi imposible. Por un instante siento que he aprendido la lección, y me creo con el valor de marcar esos números de teléfono y resolver mis propias conversaciones pendientes. Quizá aquel encuentro en la calle con Mario hace casi diez años no fuese el mejor momento, pero podría haber sido una oportunidad y nunca sabremos cuántas más tendremos. Son sólo palabras y, sin embargo, ¿hay algo más difícil?

 

Conversaciones pendientes