Más rápido, menos profundo (fin)

<-Parte III

Libreria

Sentía que esta vez la víctima era ella, y le molestaba la desidia de aquel desconocido. Además, estaba segura de que sólo fingía desinterés y que, como los otros, acabaría contestando. A Nerea le irritaba su absurdo orgullo. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía ser ignorada por alguien de quien sólo conocía su nombre? Días más tarde, conduciendo de regreso a casa, la pantalla del móvil se iluminó.

—¿Te gustaría que nos viésemos?

Entre inocente y descarado, ese mensaje, que llegaba con seis días de retraso, desconcertó a Nerea y le enfadó más. ¿Quién era aquella persona que le invitaba a verse sin ni siquiera presentarse, saltándose el ritual habitual de frases para impresionar, sin resumir su vida, sin querer demostrar su ingenio con un esgrima de ironías ácidas y sarcasmos afilados, sin recomendarle sus canciones de grupos desconocidos o series de las que sólo él ha escuchado hablar? ¿Realmente pensaba que se lo pondría tan fácil?

Atravesó una enorme puerta de madera labrada. Sobre ella, una vidriera de cristal emplomado en forma de círculo teñía la luz de colores, creando una apacible atmósfera de iglesia en el interior. Estanterías repletas de libros forraban las cuatro paredes de aquel bajo de dos pisos comunicados por una escalera de caracol. Nerea se sentó en una de las butacas repartidas en las estancias que se abrían a los lados del pasillo central. Se río, dándose cuenta de que por azar había elegido la sección Cocina; ella, que llevaba años cenando ensaladas y sandwiches de pollo. Sobre la mesa, una pequeña cartulina: ‘Apague su móvil, por favor’. Dudaba que aquella cita fuese una buena idea, temía incluso que él no se presentase, sin embargo, algo la había llevado allí.

—¿Sección Cocina? Habría apostado por Viajes, pero me alegra la elección. Soy Yago, al fin nos conocemos—, dijo, tendiéndola la mano.

Sujetaba una bandeja con dos tazas de té y una porción de tarta de zanahoria.  Con camiseta azul, vaqueros, y zapatillas gastadas tenía el pelo negro, despeinado, y unos enormes ojos ovalados que le daban un aire oriental; sonreía tranquilo, como si tomar té con desconocidos fuese parte de su rutina.

—Así que librerías escondidas, donde el móvil está prohibido. ¿Es esa tu estrategia? —, se burló Nerea.
—¡Claro que no! La tarta de zanahoria. Pruébala y lo entenderás—, contestó, dejando la bandeja sobre la mesa.

Yago escuchaba sonriendo, abriendo sus ojos enormes de dibujo animado, y, cuando Nerea preguntaba algo, se limitaba a responder sin extenderse, girando la conversación para que regresase de nuevo a ella. Con suavidad, conseguía que Nerea hablase de su trabajo, de la cita con Simón, de sus cenas de los viernes en las que entretenía a sus amigos con sus aventuras de soltera. A ella le agradaba su voz, su manera de hablar pausada, pero expresiva, y esa mirada sorprendida, con la que lograba dar la sensación de que todo cuanto ella decía pareciese interesante. Sin silencios incómodos, sin opiniones grandilocuentes, nada chirriaba: se sentía a gusto.

—Creo que se me hace tarde—dijo Yago, sorprendiendo a Nerea—. Una amiga se va de la ciudad y ha organizado una pequeña fiesta. Debo irme, vive en la otra punta.

Nerea, que se preparaba para el segundo tiempo de aquella cita, reuniendo una lista mental de preguntas con las que averiguar quién era Yago, se sorprendió de que hubiese transcurrido una hora, y temió haberle aburrido, pensando que quizá debería haberse mostrado más reservada.

Al levantarse Yago, una de las dependientas de la librería se acercó. Él salió a su encuentro, besándola en la mejilla.

—Esta es Nerea. Una nueva fan incondicional de tus tartas, mamá. A esta la invito yo, aunque espero que pronto se convierta en clienta tuya —, dijo Yago, disimulando una sonrisa, ante el gesto de sorpresa de Nerea.

Por primera vez, Nerea no tenía la sensación de adivinar qué ocurría a continuación. Se había dejado llevar por la conversación hasta el punto de haber hablado sólo ella.  A diferencia de otros, Yago no tenía prisa, no se mostraba ansioso por gustar, ni apresurado por darse a conocer. Parecía a gusto con su vida, fuese cuál fuese su vida.

De camino a casa, Nerea se preguntaba a qué se dedicaría Yago. ‘Quizá dibujaba’, pensó, recordando una mancha de tinta entre el índice y el pulgar. Sentía que había conocido a alguien de quien quería saber más, aunque ni siquiera hubiesen acordado una segunda cita. Pensó que quizá había seguido una dirección equivocado, siempre adelante, probando y descartando, cada vez más rápido, olvidando que hay lugares más profundos a los que sólo se llega cuando uno viaja más lento.

Más rápido, menos profundo (fin)

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