
Había calculado que tardarían algo más en llegar, y los dos golpes en la puerta, aunque suaves, le sorprendieron. Ni siquiera había tenido tiempo de arreglar aquel desorden. De pronto se sintió ridículo preocupándose por la habitación con lo que estaba sucediendo fuera. ‘Buenas noches, éste es Damián’, le saludó una empleada del hotel, dejando ver a un chico delgado, con un mechón de pelo sobre la frente y una camiseta negra que volvía su cara todavía más pálida. Con las manos en los bolsillos de atrás del pantalón, Damián sonrió un par de segundos y dejó caer de nuevo la vista sobre la moqueta del pasillo.
‘Habla francés. Hemos creído que haría las cosas más fáciles’, añadió la empleada, como si aquel pequeño gesto de consideración hiciese de pronto que todo sonase lógico. Luc la escuchó con frialdad, preguntándose si aquella mujer, a la que todo aquel caos no le había provocado ni una sola arruga en su impecable uniforme, estaría esperando una propina por su eficiencia.
Desde otra planta llegaban voces y Luc pensó que pasar aquella noche con un desconocido le ayudaría a calmar los nervios. La empleada se despidió con el compromiso de que les mantendría informados de todo lo que ocurriese y, antes de desaparecer, repitió en español las mismas indicaciones de seguridad que Luc había recibido por teléfono en perfecto francés diez minutos antes. Lo hizo lentamente, casi silabeando. ‘¿Lo ha entendido todo, señor?, preguntó. Luc asintió cerrando los ojos, esforzándose por calmarse, repitiéndose que aquella situación no debía ser fácil para nadie y tampoco para aquella especie de androide corporativo que le hablaba como si fuese un niño de teta.
—Ahí puedes dejar tus cosas —dijo Luc, dándose cuenta al momento de que su inesperado huésped sólo traía una cazadora.
—Estaba en la cafetería esperando a alguien cuando nos dijeron que no podíamos salir —dijo Damián, sintiéndose en la obligación de aportar alguna explicación para justificar su presencia y no verse como un intruso.
—Claro, no te preocupes. En unas horas, todo volverá a estar bien —añadió Luc, dándose cuenta de la poca convicción con que había sonado su frase. Nervioso, buscó el mando de la televisión entre las arrugas de la colcha.
—¿Le importaría no ponerla? Hemos seguido las noticias abajo, y esos comentaristas están histéricos. No paran de especular, nada está claro.
Seguir lo que ocurría parecía lo normal, pero el tono de Damián le hizo detenerse. Luc pensó que la televisión habría ayudado a que se sintiesen menos incómodos, no se le daban bien las conversaciones con extraños y aquel era un espacio demasiado pequeño para que el silencio resultase natural. Sin embargo, de alguna manera, se sentía en la obligación de hacer que todo resultase fácil. Al fin y al cabo, quién podía saber cómo estaría aquel chico por dentro. Esta alerta le había puesto a todo el mundo los nervios de punta.
—Me han dicho que es usted de Burdeos —dijo Damián, intentando comenzar una conversación.
Aun con esa aspereza tan española, a Luc le tranquilizó comprobar la fluidez del francés de su invitado. No quiso parecer seco y se extendió en su respuesta. Pronto se vio contándole que había volado a Madrid a una entrevista de trabajo, y hasta le hizo sonreír con la anécdota de esa absurda pregunta de si quería más a su padre o a su madre. Se quitó la americana, y abrió el mueble bar en busca de algo que ofrecer. En camisa, Damián pensó que aquel francés al que trataba de usted apenas sería un par de años mayor que él. Mientras hablaba, le examinaba. Ninguno de los rasgos de Luc le resultaba especialmente atractivo, quizá los ojos de un verde húmedo, como dos pequeños estanques, sin embargo, el conjunto tenía una cualidad difusa, que invitaba a mirarle.
Al dejar el móvil para aceptar la cerveza, Damián no pudo evitar comprobar la pantalla, aunque se había prometido no hacerlo. Ningún mensaje. Recordó que les habían avisado de que se cortaría la cobertura por motivos de seguridad y esa explicación le dio una razón para sentirse aliviado. Pensó que todavía existían opciones de que ese mensaje existiese. Quizá, como ellos, estaría retenido en algún lugar, congelado en el aire, esperando a llegar a su destino para permitirle entenderlo todo.
Damián se dio cuenta del silencio que empezaba a llenar la habitación y se apresuró a contar que había vivido en Bruselas, tres años estudiando en PARTS, una escuela de danza moderna. Sabía que sus historias de bailarín solían resultar entretenidas y mentalmente rebuscó anécdotas de clases extenuantes y ejercicios dolorosos. Por un momento, pensó en hablar de su última pieza, en la que se muerden unos a otros, pero sintió pudor. Luc le escuchaba con atención, sin embargo, Damián se inquietó al comprobar que sus historias no suscitaban demasiadas preguntas.
El ruido de la explosión les dejó helados. Les habían indicado mantener las persianas bajadas en todo momento y no podían saber qué ocurría en la calle. Luc se asomó al pasillo. Había otras personas, pero todos hablaban rápido en español y le costaba entender. Damián comprobó que el móvil seguía sin cobertura. Desde la calle llegaban sonidos de sirenas, y voces de personas hablando a gritos. Dos empleados del hotel aparecieron. Al parecer les habían informado de que se trataba de una detonación controlada y les pidieron a todos que regresasen a las habitaciones, asegurando que no había peligro alguno.
Luc se dio cuenta del miedo de Damián, siempre se le había dado bien descifrar estados de ánimo. Odiaba esa cualidad porque, cuando ocurría, se sentía obligado a hacer algo. A menudo creía que las cosas serían más fáciles si pudiese simplemente ignorar lo que los otros no querían dejar ver. Si las mentiras, las incomodidades y preocupaciones no se hiciesen evidentes para él, entonces, tampoco tendría que enfrentarse a remordimientos por dejarlas pasar.
Pensando en distraerle, Luc habló a Damián de Burdeos. Adoraba mofarse de su ciudad, tan llena de ingenieros, con sus trajes de mil euros y sus vaqueros de fin de semana; tan llena de parques con niñeras y bebés abrigados, de coches familiares cargados con la compra del mes, de cenas de viernes hablando de series de televisión y cursos de buceo; uno de esos lugares donde ordenar el apartamento podía ser un plan de domingo, algo que contar el lunes en la oficina, sin que nadie pidiese auxilio para que le sacasen de allí.
Por un momento, Luc dudó en decírselo todo a Damián, contarle que su entrevista era parte del túnel que estaba excavando para escaparse de aquella vida en la que se había encerrado. Confesarle que fantaseaba con la idea de sobrevolar Burdeos con una avioneta y rociarla de defectos, imperfecciones con las que manchar las vidas disecadas y felices de esas familias, haciéndolas a la vez difíciles y mejores. ¿Quizá aquel desconocido le entendería? Al fin y al cabo, en unas horas saldrían de allí y no se volverían a ver. Por un segundo, Luc pensó que le gustaría quedarse encerrado en aquel hotel hasta tener una respuesta. Ahora que el túnel estaba terminado, ¿cuál sería el siguiente paso antes de regresar a casa?
Sin embargo, no lo hizo. Prefirió hablarle de las cosas de las que pueden hablar dos personas que se acaban de conocer, como Ariane, la única bailarina que había conocido antes de Damián, cuando era universitario y también del Scribbe, el cine de reestreno donde se encerraba con ella los sábados. No le describió su cuerpo diminuto y frío como un copo de nieve, pero recordó el Corto Maltes, con su suelo alfombrado de cáscaras de pipa y su calor de estufa. Se preguntó si seguiría abierto y si otros estudiantes ocuparían sus mesas, bebiendo Jupilers de barril, vigilados por aquel gato gordo.
A Damián le calmaba el acento de Luc, esa manera de entonar que perdía fuerza a medida que avanzaba, desdibujando el final de las frases. Su manera de hablar le hacía pensar en Marc, con su bufanda roja, con el pelo mojado después de la piscina, coloreando la copa de leche, dejando caer poco a poco las pepitas de chocolate. Damián deseó que Luc continuase y sintió que, si aquel hotel saltaba por los aires, aquella no sería una mala conversación antes de volverse escombros, pero sabía que nada se acabaría aquella noche y que él no tendría más remedio que salir de allí y seguir esperando ese mensaje que no llegaría. Pronto tendría que pedir un taxi y volver a pasar el tiempo imaginando finales, imaginarlos mientras preparaba la cena, al volver del ensayo, mientras corría esquivando charcos por el parque de La Piedra o hundido en los asientos del 14. Sabía que sería así hasta que su imaginación, extenuada, desistiese y aceptase que nunca sabría por qué Marc no había ido esa tarde al hotel.
Los dos golpes en la puerta despertaron sólo a Luc. Antes de abrir se detuvo un segundo. Damián dormía con la boca entreabierta, respirando suave. Seis horas antes, ni siquiera sabía que aquel chico existía. Era una de esas personas que se cruzan en los pasillos de un hotel. Pensó que despedirse sería extraño. Al salir a la calle le sorprendió el ritmo de la ciudad. La tienda con las cajas de fruta, los coches en doble fila, el repartidor de publicidad. Apenas quedaban rastros de lo ocurrido. El taxi arrancó. Luc pensó en Damián, sonaba una canción que no reconoció y cerró los ojos. No fue recordar la detonación lo que le estremeció, fue intuir que había saltado por los aires aquella noche.