Extraescolares para cambiar la vida

cinesin

A estas alturas, las extraescolares de los niños están listas, pero ¿y las nuestras? El curso arranca empujado por las conclusiones a las que hemos llegado en vacaciones. El tiempo libre que regala el verano lo carga el diablo: pone a prueba a la pareja, nos hace acariciar la idea de cambiar de trabajo y nos lleva a imaginar remedios con los que aliviar las frustraciones del día a día. Más allá de las tres grandes metas que definen la gran utopía nacional (dejar de fumar, adelgazar y sacarse el First), septiembre es el mes de los propósitos, de iniciar proyectos que, este año sí, cambiarán nuestra vida.

Entre las nuevas extraescolares de esta temporada, un amigo ha optado por el psicoanálisis, dispuesto a escarbar en su subconsciente hasta averiguar si creció enamorado de su padre o de su madre, seguro de que, en cuanto lo descubra, encajarán todas sus piezas. Una de las actividades estrella es el crossfit. Varios compañeros se han matriculado, con la esperanza de recuperar sus camisetas de los veinte años y dejar de ser invisibles cuando salen de copas. Mi amiga Charo, separada desde hace algún tiempo y cansada de tardes de domingo poniendo lavadoras, ha regresado de vacaciones determinada a vencer sus escrúpulos, abrirse un perfil en Tinder y vivir ese otoño promiscuo que se merece. Y es que todo parece posible en septiembre.

Salvo afortunados, la mayor parte de nuestros trabajos giran en ciclos y lo que nos depara este año se parecerá bastante a lo que encontramos el anterior.  Aunque al volver de vacaciones ya no corramos a ver con quien nos ha tocado en clase, septiembre continúa siendo el mes de los cambios o, al menos, de las promesas de cambio. Las extraescolares nos permiten fantasear con descubrir vocaciones nuevas, talentos ocultos, nos sirven para colorear la semana, poniendo ritmos de zumba a los lunes o manchando de tinta los martes.

Consciente de mi carácter antojadizo y mi falta de disciplina, he aprendido a refrenar esos impulsos que me asaltan estos días, y que me hacen imaginarme capaz de casi todo, vacilando entre apuntarme al equipo de Galicia Rollers y recorrer la ciudad con mis patines en línea, o embutirme con esfuerzo en un neopreno y aprender a bucear. Sé que, tras algunos días en remojo, la mayoría de estos deseos se desvanecerán. El septiembre del año pasado me contuve con cierto éxito y, tras muchos devaneos, sólo me matriculé en un curso de Estadística y en clases de yoga. Después de marear a todos los amigos capaces de recordar la fórmula del interés compuesto, aprobé Estadística. En cuanto al yoga, lo dejé tan pronto como vi que la profesora ponía canciones de Adele como música de fondo. Conozco muchos tipos de yoga, pero ninguno con Adele.

Tonteo desde hace tiempo con la idea de aprender a dibujar. Es uno de los tres proyectos que me rondan este año. Nada de óleo, acuarelas o cualquier cosa que manche. Mi Lama me echaría de casa. Me atrae el dibujo al natural, ser capaz de copiar un árbol, una lata de Pepsi o los abdominales de un modelo; esto también, claro. Estoy convencido de que no tengo talento, pero tampoco presión y me divierte la idea de intentar algo sin miedo a ser el último de la clase. Hace meses me acerqué a curiosear a una academia. Me asombró el silencio, lo absortos y calmados que parecían todos, como si viesen algo que yo no era capaz de ver. En realidad, supongo que se trata de eso. Quienes dibujan ven cosas que los demás no vemos, con sus ojos educados para explorar los detalles, acostumbrados a detenerse y mirar más despacio, saboreando lo que observan.

Mi último año en Bruselas estudié neerlandés, uno de los tres idiomas oficiales de Bélgica. Nunca llegué a hablarlo, sin embargo, me encantaban sus sonidos guturales, esa aglomeración de consonantes, la sensación de no entender ni la página de libro que el profesor nos pedía abrir. Cada palabra que aprendía, me hacía sentir que había conquistado una provincia de Flandes. Estudiar un idioma completamente alejado del español es otro de los proyectos que tengo a remojo.

El año pasado llegué a entrevistar a un profesor nativo de alemán. Luego viajé a Berlín con mi Lama, vimos esas camisetas con la frase Life is too short for learning German y me asaltaron dudas. Empecé a pensar en los años que se necesitan, el esfuerzo y en que todos los alemanes con los que apetece hablar dominan el inglés. En fin, acabé por dar la razón a las camisetas. Sin embargo, el deseo sobrevive. En realidad, creo que lo que me atrae no tiene que ver con las declinaciones o los tres géneros del alemán, sino con asumir un desafío a largo plazo,  precisamente ahora que he cumplido los cuarenta.

A pesar de ser psicólogo, mi amigo Jaime me aconseja hacer locuras. Cree que mi vida se ha vuelto confortable, y que necesito enfrentarme a algo que me dé un poco de miedo. Influido por él, en la short list de septiembre se ha colado el teatro. Nadie se ha muerto por hacer teatro. Lo sé, pero subirse a un escenario da miedo. En realidad, lo que me atrae  no tiene que ver con actuar, sino con lo que tiene de terapia exponerse ante un público, esa mezcla de temor y adrenalina que proporciona el no saber si uno será capaz.

Quizá opte por una de estas tres extrasecolares, quizá vuelva a pensar que la vida es demasiado corta para aprender alemán. Nada está decidido, pero tengo poco tiempo. Octubre llegará pronto y esta maravillosa ventana al cambio que abre cada septiembre se cerrará con el primer golpe de viento. El otoño nos llevará a acurrucarnos al calor de lo conocido, abrigándonos con nuestras rutinas. Atrás quedarán, entonces, los deseos de empezar que nacieron con el sol de agosto. La lluvia ha regresado, seamos rápidos.

Extraescolares para cambiar la vida

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