
Siendo estudiantes, un amigo guardaba un jergón de espuma debajo de su cama. Si la noche iba bien y regresaba con alguien a casa, remataba la faena del amor y, tras algunos minutos de cortesía, sacaba su ‘colchón de invitados’. Habría pagado por ver ese momento en el que indicaba a sus seducidas que debían irse al suelo. No suena romántico, pero se despertaba fresco como un bebé. Entonces, me parecía un machista monstruoso. Hoy tengo la certeza de que, aunque tosco en las formas de proteger su descanso, mi amigo era un visionario.
Siempre me dejan perplejo las parejas que dicen dormir a pierna suelta haciendo la cucharita, encajados uno al otro como dos platos hondos en la alacena; acoplados en un ovillo de amor, y que les falta algo cuando el otro no está y nota el vacío al estirar el brazo. Entonces, me considero de otra especie: un ser áspero y egoísta, que adora no ya estirar el brazo, sino hacer la estrella de mar y encontrar el colchón libre y fresco como una playa por la mañana.
Estoy convencido de que una de las cosas más difíciles de hacer bien en pareja es dormir. No me refiero a compartir un cuarto o a tener sexo, ni siquiera a gestionar esas delicadas conversaciones antes de apagar la luz, cuando uno se empeña en ajustar las cuentas pendientes del día, mientras el otro se refugia detrás de un libro. Eso es pan comido. Yo hablo de conseguir descansar, de llegar a ese gran pacto en el que los dos encuentran lo que necesitan para que reine el sueño, sin ruidos nasales, sin el síndrome de las piernas inquietas, sin respirar al oído del otro como una cafetera de bar, sin excursiones al baño encendiendo todos los halógenos y sin que te despierten abriendo el cajón de los calcetines, saboteando esa media hora extra de sueño.
Pronto mi Lama y yo cumpliremos cinco años juntos y, aunque queda camino por recorrer, hemos hecho ciertos progresos. Dejando a un lado los inicios, cuando todo se pasa por alto, fingiendo que uno es tolerante e inofensivo, las dificultades aparecieron enseguida. Para ser honesto, he de reconocer que estoy lejos de ser el compañero de cama ideal. Tengo todas las habilidades para molestar, pero exijo un silencio cósmico en el dormitorio. Soy tan quisquilloso que necesito dos habitaciones para conciliar el sueño: la de siempre y una de repuesto; tengo que saber que está ahí, como un refugio al que huir si se presenta algún tipo de sonido inesperado.
Dice un amigo que él sólo ronca cuando tiene novia. Creo que a mí me ocurre lo mismo. Si durmiésemos solos, nadie roncaría. Por fortuna, mi Lama podría quedarse frito en el tambor de una hormigonera. Además, tengo la suerte de que es razonablemente silencioso, aunque su respiración se ha vuelto más profunda este último año; nada alarmante, pero sigo atento su evolución, inquieto ante el temor de que el día más inesperado se transforme en un ronquido. Sin embargo, mi Lama tiene noches agitadas, en las que da vueltas y mueve las piernas, pedalea un par de veces, luego se detiene y de nuevo un tijeretazo. Si necesito silencio total, imagínense lo que supone para mí una clase de spinning en la cama.
Inicialmente lo intentamos resolver comprando colchones donde poder alejarnos y no encontrarnos hasta la mañana siguiente. No funcionó. Sus movimientos implicaban tirones de sábanas e insoportables vibraciones. Como todo en la vida, debemos aprender de los mayores. Ellos han pasado por donde uno se encuentra bloqueado. A mis padres les ha llevado cuarenta años encontrar la cama perfecta: dos colchones unidos, pero independientes. Cada uno se regula, pudiendo subir o bajar la inclinación sin que afecte al otro. Por si fuera poco, están equipados con dos mandos a distancia y todo se controla con un dedo. Adaptada a nuestras posibilidades económicas, copiamos la idea. Sigo necesitando la habitación de repuesto, sin embargo, cuando llegan las noches de bailoteo, como si fuese un caracol, mi colchón y yo nos alejamos y la paz vuelve al dormitorio.
Supongo que esta es la sabiduría que da la experiencia. Con los años la pareja se vuelva práctica y el amor confortable. Nos liberamos de tópicos y dejamos de ser rehenes de mitos, aprendiendo estrategias para sobrevivir a las incomodidades del día a día, trucos tan pequeños y esenciales como saber estar juntos sin necesidad de estar pegados.