
El hombre que había venido a visitarme se levantó con rapidez para estrecharme la mano. Su nombre me dejó helado. Se trataba del mago. Tras presentarse se quedó callado, dejando claro que debía ser yo quien llenase aquel incómodo silencio, un silencio en el que me iba ahogando al no encontrar explicación a la que agarrarme. Balbuceé alguna excusa. Escuchándome, notaba como la vergüenza me apocaba. Había convertido a aquel hombre en blanco de mis burlas de manera gratuita, por el simple hecho de demostrar mi ingenio. A cincuenta centímetros, tenía clavada la mirada confundida de alguien real, alguien que me estaba dando una de mis primeras lecciones de periodismo: que las palabras no las lleva el viento, como había escuchado tantas veces; las palabras se quedan y pueden hacer daño.
El estornudo estrepitoso del mago retumbó en la habitación y detuvo por un momento al productor, que continuaba con su interminable presentación. El mago dibujó una sonrisa amplia, como si su explosión nasal, fuese una broma irresistible y compartida por todos. Advirtiendo mi aburrimiento se abrió la americana y extrajo una baraja del bolsillo interior. El productor se calló al momento, cruzando los brazos y reclinándose hacia atrás, sin mostrar la menor sorpresa, como si todo formase parte de un guión.
El mago comenzó a barajar con delicadeza y agilidad, ahora sus ojos se habían calmado y no se apartaban de mi cara. De repente, con todas sus fuerzas lanzó la baraja al techo y todas las cartas se desperdigaron por la habitación, dejándome confundido, sin saber si aquello era parte del truco o el hombre había perdido completamente la cabeza. Le miré, me sonrió e indicó hacia arriba. El as de picas permanecía pegado al techo. Levanté las cejas fingiendo que el truco me había dejado boquiabierto y preguntándome si esperaba que le aplaudiese.
Al salir de la habitación, el mago se giró, dirigiendo una mirada a la carta, como si se despidiese de una mascota a la que quisiese dar una última instrucción. Yo me preguntaba qué sustancia habría usado para que no cayese e imaginaba la cara del responsable de mantenimiento al explicarle la razón de la mancha que dejaría cuando la despegase. Les acompañé hasta el ascensor y volví corriendo, dispuesto a subirme a una silla y descubrir aquel estúpido truco. Sin embargo, no había nada. El techo estaba limpio y, por más que miraba, ni rastro de la carta en el suelo. Pregunté a la funcionaria que controla la entrada si alguien había entrado en los tres minutos que habría estado fuera. Yo había sido el último.
La imagen del mago, con sus ojos dislocados y saltarines, me acompañó el resto del día. Pensaba en sus veinte años de pueblo en pueblo, lanzando barajas a los techos de los bares, arrancando aplausos desde los palcos de orquesta. Camino del aparcamiento recordé el sentimiento de vergüenza de aquella mañana en Monforte, lo estúpido que uno puede sentirse al creerse el más listo. Recordé luego aquella columna que conservo todavía, no como una muestra de talento, sino como una advertencia frente a la vanidad. Al llegar al coche, algo me llamó la atención. Me detuve sorprendido. Sonreí. Atrapado en mi parabrisas, me esperaba, efectivamente, el as de picas.
(Fin)