El realismo y las lavanderías

mark-rufallo

El alquiler no incluía el derecho a usar la lavadora del sótano, pero por suerte contaba con un salon lavoir enfrente de casa. Solía ir los miércoles a la noche, con una de esas gigantes bolsas azules de Ikea, cargada de camisetas y calcetines sucios. Aquella lavandería automática me hacía pensar en Mi vida sin mí, cuando Ann se queda dormida esperando su colada y, al abrir los ojos, descubre a Lee observándola desde una silla. En realidad, por aquel salón nunca pasó Mark Ruffalo y, si lo hubiese hecho, no habría encontrado los ojos azul hielo de Sarah Polley. La realidad de la Avenue Albert, como el resto de las realidades, no la ha escrito Isabel Coixet y esas noches de miércoles no ofrecían más aventuras que treinta minutos de espera en una silla de plástico, mirando como un gato pasmado los tambores metálicos girar, atontado por el untuoso olor a suavizante y el calor de las secadoras industriales.

Al final de la Rue des Commerçants, cerca del apartamento de Julián, había otra de esas lavanderías. Los domingos se acercaban las putas de la calle Laeken a hacer su colada. Sentado, fingía no prestarles atención mientras doblaban su ropa interior con mimo, parloteando y rellenando sus bolsas de mudas limpias. Ni siquiera allí ocurría nada especial. Sin embargo, esas lavanderías me siguen pareciendo lugares en los que uno nunca está libre de que aparezca alguien que pueda cambiar su vida. Supongo que todos hemos visto demasiadas películas. Sabemos que la vida no es el cine y, sin embargo, el cine se ha infiltrado en nuestra vida, condicionando nuestras expectativas y asegurándonos algunas decepciones.

De niño, tras ver Pesadilla en Elm Street, me asustaba quedarme dormido y que apareciesen las uñas-cuchilla de Freddy Krueger destripando mi colchón. Tras ver Aracnofobia, una espantosa película en la que una plaga de arañas venenosas arrasaba un pueblo entero, no era capaz de calzarme sin comprobar que no había nada dentro de mis zapatos. A mi Lama todavía le asusta nadar alejado de la costa. Se ve a si mismo desde abajo, como uno de esos contrapicados de Tiburón, donde el nadador mueve despreocupadamente sus piernecitas mientras la cámara avanza desde el fondo del mar, con la música subiendo, anunciando la llegada de unas mandíbulas abiertas.

Con más o menos suerte, cuando crecemos, nos desprendemos de esos dientes de leche que son los miedos infantiles, pero seguimos siendo estafados por la ficción, que nos promete lo que la vida no puede conceder. En los aeropuertos, mientras aguardo el embarque, me gusta examinar al resto de los pasajeros, preguntándome quién se sentará a mi lado, convencido de que todo el mundo oculta razones asombrosas para viajar a otro país. En realidad, se trata de un mero entretenimiento y sé bien que acabaré compartiendo mi vuelo con algún matrimonio encantador, cargado de comida envasada para su hijo, un joven periodista reconvertido a camarero en el enésimo Pret a Manger de Oxford Street.

¿Y si el problema no fuese el realismo?, ¿y si fuésemos nosotros quienes no nos atrevemos a dar la réplica cuando la vida nos ofrece un buen guión? Ocurrió regresando a Bruselas desde Oporto, después de pasar las vacaciones de Navidad en casa. En la cola de embarque, observaba las pantallas, ante el temor de que anunciasen retrasos por un temporal de nieve en Charleroi, el aeropuerto secundario de Bruselas. Delante, una señora presumía de haber logrado pasar el control con unas agujas de calcetar en el bolso, la prueba de que el cansino sistema de seguridad no funcionaba. Yo imaginaba divertido el titular de un piloto de Ryanair degollado en punto de cruz por una abuela portuguesa. Entonces, apareció. Bajó corriendo las escaleras mecánicas y se situó al final de la cola, doblándose para recuperar la respiración. Dentro del avión, ya en mi asiento, le vi avanzar por el pasillo y deseé que por una vez en mi vida el azar apartase de mí a los matrimonios encantadores e hiciese hueco para acomodar a aquel último pasajero.

Leer parte II ->

 

El realismo y las lavanderías

Deja un comentario