La risa loca de Olga

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Decir no dice nada y, mucho menos, Olga le tira de la lengua, pero tiene el pálpito de que su madre se lo huele. El otro día le preguntó si dormía mal porque se le abría mucho la boca y ese frase bastó para subirle los colores. La mujer se habrá hecho su composición de las cosas y no le extrañaría que hubiese acertado. Una madre es una madre y, al final, en el pueblo son habas contadas. Además, aunque los hubiese visto con sus propios ojos, seguiría como si nada, que el mismo talento tiene para vigilar que para fingir. En el fondo, sabe que a su madre no le parecería mal y seguro que hasta reza para que encuentre a alguien bueno, que más miedo le da que se acabe quedando sola. Menudos ojos de pena le pone cuando la ve subirse al coche los domingos, con la niña en la silla y el maletero a reventar. Otra cosa sería que la gente se enterase. Entonces, su madre sería la primera en ponerla verde, que no iba a arriesgar su puesto de coronela de las viudas por una hija que se quiera dar una alegría.

Olga toma precauciones y tiene bien estudiadas sus fugas. Primero, el grifo del baño, señal de que se ha tomado la pastilla. Luego, los pasos, la puerta de su cuarto y, a los viente minutos de reloj, los primeros ronquidos, suaves, espaciados, nada que ver con la artillería de la mañana. Este sábado también esperó a oírla, pero quién sabe. Además, Rufo se ha habituado y no ladra. La primera vez le puso el corazón en la boca, pero el viejo chucho se ha convertido en su cómplice y apenas abre un ojo cuando la ve irse con las botas en la mano, como si supiese a donde se dirige. Lo que no se resuelve es lo de la puerta. Hace poco roció los goznes con aceite de cocina, pero se ve que el de oliva es bueno para todo menos para los chirridos.

En el fondo le divierte verse como una fugitiva, correteando de noche por las huertas. Al principio se sentía ridícula, pero el secreto engancha. Con cuarenta y dos a quién le importa lo que haga. A ella también se la ha llenado la boca mandando al carajo el qué dirán, pero a la hora de la verdad, el pueblo impone; y cuando más viejo se hace uno, más impone, y  el que diga lo contrario no ha vivido en uno. Si se hubiesen conocido en Coruña, todo habría sido fácil, corriente, pero quizás se habría terminado en dos jueves y medio, que ella se conoce y es de aburrirse pronto.

Cuando el sábado regresaba a casa, empezó a clarear detrás de la loma donde la granja de Fermín y se sentó a fumar en el murete de piedra de doña Inés. Entonces, le vino una risa de loca, escandalosa, sin razón alguna, como si algo le encontrase las cosquillas desde dentro, y cuando más miedo le daba que la oyesen, más fuerte y seguida le salía, y ahora cree que quizá la haya escuchado el señor Gerardo, que a las seis suele estar en pie para salir con la furgoneta a repartir.

A veces le da miedo que le venga esa misma risa cuando se cruzan por el pueblo. Él se empeña tanto en disimular que evita mirarla y Olga cree que, por momentos, va a fingir que no sabe ni su nombre, cuando de todos es conocido que son amigos desde críos y alguno recordará que hubo un verano que anduvieron juntos, aunque no tenía ni pelusa donde ahora lleva barba. Si entra en El Molino y la ve con sus amigas, saca la cerveza fuera y se queda al frío, fumando y dándole coba al taxista. Olga no entiende a qué viene tanto temor, pero lo toma como parte del juego. Los dos están de acuerdo en que lo mismo todo queda en nada y que si empiezan a contar, luego tendrán que dar explicaciones.

Olga cree que eso de que la vida es imprevisible va a misa. La de angustias que vivió imaginando como sería después del divorcio, qué ocurriría con Sergio y la niña y, entre todas las escenas que se le venían, cada cual más tremebunda, en ninguna se veía corriendo como una gata por detrás de las casas. Ahora piensa que la vida va hacia atrás y hacia adelante, como un carrete que no manejamos, y trae gente del pasado para alborotarlo todo; que nos golpea en la frente cuando damos el paso, convencidos de que sólo nos espera lo bueno, pero que puede también llevarnos el corazón en volandas, cuando tomábamos aire y nos preparábamos para el desastre.

La risa loca de Olga

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