El día que fui Adriana Zapata [#1]

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A pocos o a nadie llamará la atención, pero fue mi hazaña deportiva y, sin embargo, no conservo pruebas. Un dorsal y un chip que marca 1 hora 57 minutos, pero todo con el nombre de Adriana Zapata porque ese soleado domingo de mayo de 2009 yo fui Adriana Zapata. Empezaré por admitir que nunca he destacado como deportista y creo que la frase es generosa conmigo. Con más voluntad que habilidad, conseguí entrar en el equipo B de baloncesto del colegio y esa es toda mi lista de méritos.

En junio del 2000 dejé de fumar. Había escuchado que abandonar el tabaco engordaba y yo estaba en las dos cajetillas diarias, así que pensé que más me valía empezar a correr. Entonces, trabajaba en la delegación de Faro de Vigo, cerca de la alameda de Santiago. Entre eucaliptos gigantes, camelios y rododendros, cada mes conseguía dar alguna vuelta más a aquel circuito de tierra. Llevaba la ropa de deporte a la delegación, me cambiaba en el baño y estiraba las piernas sobre la barandilla del balcón, mientras esperaba a que sonase el teléfono y alguien en la redacción de Vigo diese el visto bueno a mi página y me permitiesen salir.

Con intervalos perezosos, desde aquellos inicios hasta el 2011, nunca dejé de correr. Casi siempre solo, escuchando música. Correr era una manera de sobrellevar los estrafalarios encargos de mi director, de despejar la resaca del domingo, de rebobinar discusiones, de fantasear con cambios de vida. Adoraba la sensación de llegar a casa empapado de sudor y lluvia, y regalarme una ducha hirviendo, de esas que inundan la casa de vapor y dejan la espalda al rojo vivo.

Jamás controlé la progresión de mis tiempos. Tampoco pretendía cubrir distancias cada vez mayores. No seguía un plan de entrenamiento. No competía en carreras. No hacía series, ni lo combinaba con ejercicios en el gimnasio. Ni siquiera soy consciente de haber tenido algún objetivo. Simplemente me calzaba las zapatillas y corría una hora.

Al llegar a Bruselas, lo seguí haciendo. Una manera de explorar la ciudad, aterido de frío sobre la nieve del parque de Dundee, respirando a través de una braga el aire helado del invierno belga, escuchando en la radio La Première para mejorar mi francés, perdiéndome en los senderos de grava de la Bois de la Cambre o machacando las rodillas sobre el adoquinado de Saint-Gilles. Entonces, apareció Corentin, uno de mis compañeros de piso. Ágil, ligero, para aquel francés, hacer deporte era algo natural.

Con él, me acostumbré a correr los sábados a la mañana en la Forêt de Soignes, un hermoso bosque a las afueras de Bruselas, con senderos entre hayas, pinos y robles, bordeando estanques y aserraderos de madera. Hasta entonces nunca me había preocupado demasiado el lugar. Me calzaba y salía a la calle. Sin embargo, aquello me enganchó. El aire limpio, el ritmo acompasado a la conversación, los caminos de tierra negra, húmeda, cubiertos de agujas de pino. De regreso nos deteníamos en el Mamma Roma a devorar esponjosos trozos de pizza. Entre bocados de queso fundido y Jupilers frías, me preguntó: ‘¿Has oído hablar de los 20 kilómetros de Bruselas?’.

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El día que fui Adriana Zapata [#1]

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