
La gente cree que Bruselas se divide en flamencos y francófonos, pero existe una frontera más profunda: los partidarios de las frits de Flagey y los de la Place Jordan. Por supuesto, la diferencia es inapreciable para cualquiera que no haya nacido en esa ciudad, sin embargo, es lo único por lo que los pacíficos belgas podrían llegar a las manos. A mi amigo Johan le volvían loco las de Flagey y a menudo se escapaba del trabajo a comprar un ración con salsa Brazil. Yo jugaba a parecer un hooligang de la Place Jordan, aunque sólo por el placer de escucharle usar veinte adjetivos distintos para describir una patata.
Cuando nos conocimos, Johan era uno de los investigadores más jóvenes del Instituto Belga de Geografía, ubicado en un antiguo monasterio en La Cambre, rodeado de sauces que se desploman sobre los estanques de Flagey, aguas marrones donde se ven sombras escurridizas de carpas grandes como barras de pan. Nos hicimos amigos haciendo un tándem de español-flamenco, cuando yo albergaba alguna esperanza de hablar ese idioma enrevesado y él me dejaba callado preguntándome cosas como por qué en español no se pueden usar dos preposiciones seguidas.
Johan solía ir a trabajar con la ropa de correr y, hacia la una del mediodía, se calzaba las zapatillas y daba diez vueltas a los estanques. Siempre le había entusiasmado el deporte, aunque cuando nació su hija Fleur subió un par de tallas y empezó a tener ese cuerpo ancho de persona mayor del que ya no se desprendió. Tras completar el entrenamiento, compraba un paquete de frits y se las zampaba en una de las sillas metálicas de la terraza del Belga Cafe, con una creek helada los viernes y un Bionade el resto de los días de la semana. Luego se duchaba en el vestuario de los guardias de seguridad del instituto y seguía con el trabajo. Nadie controlaba su hora de llegada ni de salida, pero él cumplía a rajatabla. Como buen flamenco, nunca necesitó que le recordasen dos veces sus responsabilidades.
La libertad que le daba su puesto le permitía levantarse pasadas las ocho y leer con detenimiento el De Morgen mientras desayunaba en el Monk. Le recuerdo muy preocupado con el ascenso del Vlaams Belang, que gobernaba en la pequeña ciudad donde vivían sus padres. Johan estaba casado con Halim, de madre etíope y padre flamenco, a la que conoció en un viaje en tren a La Haya. Quizá sea la única persona que ha seducido a alguien hablando sobre los viajes de Alexander Humboldt. Una de la últimas veces que nos vimos, mi amigo me contó como la xenofobia seguía aumentando en Flandes. Durante un fin de semana visitando a sus padres, un mocoso con menos de veinte años había insultado a Halim en la cola de un Del Haize. Johan perdió los nervios y los empleados del supermercado llamaron a la policía. Tras anotar el nombre de aquel muchacho, le dejaron largarse. Johan me contó como le hervía la sangre cuando el agente se llevó al chico a una esquina y les vio reírse juntos. Ni siquiera tuvo que disculparse.
Halim trabajaba entonces como enfermera especializada en hemodiálisis en el UMC Sint-Pieter. Un anárquico sistema de guardias les exigía organizarse para llevar y recoger a Fleur de una pequeña guardería cerca de Sint-Katelijne y quedarse con ella por las tardes. Con Johan, cuadrar las agendas nunca fue un problema. Quizá por su obsesión con medirlo todo, siempre supo encontrar tiempo. Le recuerdo una vez preguntándome cuántas veces estornudaba a la semana de media. Le inquietaba la posibilidad de estar desarrollando alguna alergia y buscaba una referencia estadística. Esa concepción matemática de la vida le permitía cuantificar de manera casi intuitiva el valor de las cosas, cifrándolo en horas y minutos de su tiempo, una capacidad natural que le ayudaba a gestionarse a sí mismo como un territorio bien administrado, con sentido de la escala y la proporción, confiriendo a cada una de sus regiones la dimensión adecuado en función de sus prioridades vitales, configurando un equilibrio entre Halim y Fleur, sus proyectos en el instituto, el estudio o el deporte, un mapa delineado al detalle que hasta le permitía reservar una tarde a la semana para beber cerveza con los amigos en el Moeder Lambic o ver alguna película en la Cinematek.
Sé que la vida de mi amigo suena confortable, sin embargo, podría serlo mucho más. En realidad, podría dedicarse simplemente a tostar su espalda blanca al sol en alguna cala de Calabria, donde por aquellos años Fleur, Halim y él pasaban una semana de vacaciones cada mes de septiembre. Si quisiese, Johan podría hacer eso y lo que le apeteciese porque mi amigo no necesitaba un sueldo para vivir.
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