La paciencia de las semillas (4/4)

graffiti

<-Leer capítulo 3

Se esforzaba por mantener el español, pero el alcohol le impedía encontrar las palabras. En cuanto el chico entornaba los ojos forzando la atención, advertía que se había deslizado al inglés. La banda había dejado de tocar. El local se vaciaba y la historia de Cormac se extendía sobre una mesa cubierta de pintas vacías. Frente a él, la sonrisa de Roi, entre sarcástica y asombrada. A veces, el chico se quedaba en silencio y devolvía su atención a la conversación de sus amigos. Entonces, Cormac se veía enredado en una maraña de frases, carcajadas y gestos que le bloqueaban.

—Ahí afuera están sucediendo cosas importantes. Quizá deberías pensar también en eso—, le interrumpió Roi, sorprendiéndole con el inesperado tono de reprimenda. Por primera vez, Cormac reparó en que no había dejado de darle vueltas a lo ocurrido con Guillermo. Aquel chico se había interesado por su historia y él se dejó llevar, sin embargo, aquella sesión de psicoanálisis con un desconocido le avergonzó. Quiso excusarse, pero se calló. De manera automática se inclinó para coger el vaso de Guiness, a medio camino interrumpió el gesto al comprobar que estaba vacío. En silencio observó al grupo que le habían acogido. Se vio desde fuera, perdido en un país del que apenas sabía nada, ajeno a una tormenta que había salpicado su anorak. Una palabra le golpeó, entonces, como un puño: ensimismado. ‘¿Cuándo había dejado de importarle lo demás?’, se preguntó, imaginando que quizá la soledad no fuese más que una casa confortable llena de espejos.

Roi le agarró del brazo. ‘¿Nos vamos?’. Se despidieron y salieron del local. Bajaron las escaleras de la plaza. La Catedral, como un gigante dormido. Voces de borrachos que regresaban a casa. A lo lejos, una cola frente a un establecimiento iluminado. Cormac intentó recordar cuándo había comido su último kebap. Sentados en uno de los bancos de la alameda, Roi le contó que había estudiado fotografía. Trabajó dos años para un periódico local y lo despidieron cuando la publicidad empezó a escasear. Ahora se ganaba la vida con bodas, algún festival de verano y haciendo webs. A la asociación llegó cuando los del banco se quedaron con el dinero de Alfredo, uno de los vecinos del bloque. Aquel viejo que nunca había hecho nada más que levantarse para ir al taller se había quedado sin el derecho a morirse en paz. Siguieron caminando. Roi terminó su cigarro y lanzó la colilla lejos.

—Mira aquel edificio, el blanco —, le dijo.

Cormac se dio cuenta de que habían entrado en el campus y adivinó sus intenciones. Pensó que había sido un error contarle que Guillermo daba clases en Farmacia.

—¿Qué quieres?, ¿que vaya a una de sus clases?

Roi abrió la mochila y le entregó el spray, la oportunidad de vengarse. El campus estaba vacío. Cormac agitó el bote. Quizá se lo merecía, pensó. Acaso no había tomado un avión. Él había cumplido. Mientras los dos se acercaban, visualizó a Guillermo llegando al trabajo con algún compañero, su mueca al descubrir la pintada, tal vez improvisaría una explicación o disimularía su azoramiento con algún comentario jocoso. Roi observaba, retándole con su silencio. Sin embargo, Cormac se dio cuenta de que aquello no era lo que había ocurrido. ‘De qué serviría castigar a alguien por tener miedo’, dijo, devolviéndole el spray. No hubo opción. Cuando se dio cuenta, Roi había dejado la frase estampada en la pared: ‘Profesor Guillermo cobarde! C.’.

‘Deberías dejar de comprender tanto a todo el mundo’, contestó Roi.

El avión se situó en la pista. La línea aérea de citas-extrañas despegaba con puntualidad. En dos horas depositaría a Cormac en casa. Rebuscando el móvil en el bolsillo, sus dedos tropezaron con la bellota del parque: la paciente semilla que aguardaba enterrada a que llegase su momento. Diminuta, insignificante, imaginó que contenía en su interior todo lo necesario para transformarse en un roble. Aquella imagen le hizo pensar en la violencia de las palabras de Roi, la tensión de sus gestos, la mirada ofendida, todo en él sonaba a nuevo, a algo que irrumpía furioso, abriéndose camino entre los escombros. Quizá allí esperaban también otras semillas, las que necesitaba aquel país que se venía abajo. Cormac había encontrado la suya. Después de todo, quizá su destino no estuviese en aquella ciudad construida sobre la historia de un muerto. La plantaría en el bosque de Blenheim. Allí esperaría con paciencia su oportunidad.

El sonido del whatsapp le devolvió al avión. ‘No olvides la acuarelas’, le pedía su madre. ‘Será hija de puta la vieja’, sonrió Cormac.

(Fin)

 

 

La paciencia de las semillas (4/4)

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