Hospitales

Hospital

Esa chica y yo somos ahora los únicos en la sala. Suena el móvil y se levanta con urgencia. Se aleja, camina de un lado a otro y se detiene frente a una ventana abierta. Abril satura de color esta ciudad de primaveras breves. A lo lejos, la silueta oscura de una sierra se recorta contra un cielo azul y limpio como una piscina. Levanto la mirada y la descubro llorando. Se da cuenta y, avergonzado por recordarle que no está sola, me oculto tras el libro. No sé nada de ella, pero es fácil imaginarlo.

Frente a mí, un matrimonio espera. La mujer agarra una carpeta de gomas. Se sientan los dos con la espalda recta, en silencio. Ella le toca la mano sin mirarle, una mano nudosa de carpintero viejo y me pregunto si esas manos se habrán tocado cuando fueron lisas y no existía siquiera esa carpeta. Una enfermera se acerca, les explica algo en voz baja y se lo lleva. Todo pasa rápido. Ella se queda con las manos cruzadas, sin más distracción que sus pensamientos. Al rato entra una máquina ruidosa de abrillantar el suelo. Con un dedo, la mujer levanta el puño de su chaqueta, lo justo para mirar un reloj diminuto, luego comprueba el pasillo y agarra con fuerza su carpeta, esperando como solo la gente mayor teme esperar.

El ruido gomoso de unas zapatillas despegándose del suelo se ha vuelto rítmico y ya no me molesta, me adormece. Un hombre corpulento camina enérgico y algo envarado, con andares de militar. Llevará veinte minutos apareciendo y desapareciendo tras la columna de los ascensores, bordeando el perímetro de esta sala. El pijama verde le va grande y le ha dado vueltas al dobladillo, dejando ver un tobillo harinoso. Pese al aspecto frágil y ridículo que le da esa prenda, el hombre conserva una actitud digna. Del hombro cuelga una bandolera con una de esas máquinas que controlan el corazón. Camina balanceando ligeramente los brazos, dispuesto a cansarse, como si fuese el único allí que tuviese un propósito, que se resistiese a ver pasar las horas.

Un olor dulce se extiende por la sala. El chico con la sudadera del Arsenal pela una naranja. Tiene cara de niño, pero solo la cara; en las manos se ven cortes de algún trabajo que no parece fácil. Con mueca seria, comenta que la naranja está jugosa y el padre asiente. Los dos tienen los ojos chicos y el pelo se les dispara. El día se apaga, afuera apenas circulan coches. Padre e hijo se quedan callados; de pronto, al chico se le ocurre una pregunta y le dice si quiere una de esas tarjetas para ver la tele. El padre menea la cabeza. Tal vez les gustaría tener más cosas que decirse o quizá ninguna y simplemente permanecer en silencio, sin pensar que deberían hablar.

De pronto me sobresalta un ruido metálico y destartalado. Aparece una camilla empujada por dos enfermeras jóvenes y una pareja de ertzainas detrás, un poco separados. El enfermo se incorpora y bromea frente al ascensor, dejando ver una dentadura ruinosa. Los policías parecen escucharle, pero no participan de la conversación. Las enfermeras sonríen y, un segundo antes de que se cierre la puerta, una le desea que le sea leve. Entre risas, desaparecen en el pasillo, pensando quizá en el único paciente que las extrañará.

Afuera es de noche; alrededor, puertas cerradas y, al fondo del pasillo, un zumbido eléctrico. Me veo desenfocado en el cristal de una máquina de vending y descubro a la chica y a la mujer, al hijo y al preso. Sé que yo seré todos ellos algún día, que también agarraré nervioso mi propia carpeta, que haré una llamada que me hará llorar y querré tener tiempo para hacer preguntas nuevas, y veo esos reflejos en este espacio cargado de alivio y miedo, donde la vida se suspende a la espera de saber qué dirección tomar, aguardando un ascensor que nos saque de allí y una enfermera que nos diga que será leve.

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