
Esta Semana Santa la hemos pasado en Txagorritxu, uno de los hospitales de Vitoria. El martes antes de los festivos nos dieron la noticia de que le había dado un infarto a alguien cercano y mi Lama y yo salimos disparados, todo lo disparados que un Yaris permite. A medida que nos acercábamos, las novedades nos calmaban y pronto supimos que estaba fuera de peligro. Tras un día y medio en la UCI, le trasladaron a planta y esa habitación se convirtió en nuestro campamento.
Han sido días de preocupación, pero también de otros sentimientos. Mi Lama y yo nos instalamos en Txagorritxu sin más posibilidad que esperar y hacer compañía; esperar a que pasasen los días y ese corazón se recuperase, esperar a que los festivos terminasen y se pudiesen hacer las pruebas necesarias, esperar a la normalidad, que tanto se echa de menos cuando falta. Y esperando, encontramos tiempo para estar juntos, para quedarnos sentados confiando en que todo saldría bien, alegrándonos de no estar solos cuando ocurren estas cosas, pero también aburriéndonos en esas tardes largas de festivo, con el sol radiante al otro lado de la ventana y un hospital apacible, sin bullicio, rodeado de jardines y calles vacías; y nosotros mordisqueando lápices, entre sudokus y cubos de rubik, ayudando en lo que podíamos, haciendo lo que se hace en un hospital a la espera de que un médico le diga a uno que se puede ir a casa.
Si pienso que han sido unas buenas vacaciones, me siento raro, como si pudiese ofender a alguien. Sin embargo, entre los nervios y la inquietud, mi Lama y yo hemos encontrado tiempo porque incluso cuando dos personas viven juntas necesitan tiempo, un tipo de tiempo que nada tiene que ver con las rutinas del día a día, con el cansancio de una cena rápida o el sueño que nos deja fritos en el sofá, un tiempo largo que permite reírnos de estupideces que no hacen gracia a nadie más, que nos deja callados, cada uno a los suyo, desayunando adormilados en un área de servicio, pasmados frente a un taza de té, imaginando cómo va a mejorar todo.
Los hospitales aproximan, nos hacen sentir cerca de desconocidos, de ese extraño de la cama de al lado que ahoga los quejidos contra la almohada para no molestar, de su mujer y sus hijos en los que reconocemos las mismas ganas y el mismo temor y, cuando nos vamos, pedimos sus señas para escribirles porque, aunque no volvamos a coincidir, nos sentimos conectados y necesitamos saber que también ellos se han ido a casa. Tal vez sea el miedo, que se lleva por delante lo pequeño, pero lo cierto es que los hospitales nos enfrentan a lo que de verdad importa y quizá por eso, y porque todo ha salido bien, voy a recordar estos días como unas buenas vacaciones que nunca debieron haber sucedido.