
Seguramente no elegí el momento. Debería haber aprovechado las rectas de Castilla, pero me entró prisa. Nos dirigíamos a Francia, habíamos previsto pasar la primera noche en Burdeos y llegar a Ámsterdam al día siguiente. Recuerdo una tormenta de verano, algún silencio más largo de lo normal y yo pensando que, si íbamos a convivir dos semanas, debería contárselo.
Nunca he sido de soltar las cosas a bocajarro. Necesito introducciones. Cuando me lancé, cruzábamos Álava y la carretera admitía una salida del armario. Incluso encerrados en un coche, nada impedía a un buen conductor escuchar y conducir concentrado. Sin embargo, aparecieron curvas, pendientes pronunciadas, tráfico de camiones y, honestamente, era tarde para detener una conversación que se precipitaba ganando velocidad, sincronizada con aquella autopista que descendía entre valles cerrados y túneles interminables. Nacho, adelantándose a lo que estaba a punto de oír, agarraba con fuerza el volante sin separar la vista del asfalto. Yo no podía dejar de hablar. Todo fue extraño, incluso peligroso, pero entramos en Francia sanos, salvos y, desde luego, conociéndonos mejor.
Tras una primera noche a las afueras de Burdeos, en un hotel Formula 1 en el que no dejé de jugar con su sistema automático de lavado de aseos, continuamos viaje. A la mañana siguiente nos detuvo una retención provocada por un control de la Gendarmería francesa.
— A esos los han parado por árabes —convenimos los dos, sintiéndonos protegidos con nuestro dni español e indignados al ver como una familia entera era obligada a salir de un Mercedes destartalado y a descargar de la baca fardos y maletas atadas con cuerdas. El conductor, la mujer y dos niños miraban desde la acera con gesto indiferente, como si aquello formase parte de la rutina del viaje. Tras media hora examinando minuciosamente los bultos de su equipaje, dejaron que continuasen. El siguiente coche, con matrícula francesa, pasó sin problema. Era nuestra turno.
—Bonjour monssieur, ¿a dónde se dirigen? —preguntó uno de los agentes con esa suavidad francesa que hace temer lo peor. No tuve tiempo de detener a Nacho.
—A Ámsterdam.
—Aparquen, por favor —nos ordenó nada más escuchar nuestro destino, avisando con un gesto al resto de agentes que fumaban distraídos. Siguiendo sus órdenes, abrí el maletero, seguro de que nada habría ocurrido si mi amigo hubiese dicho Colonia, Estrasburgo o cualquiera de esas soporíferas ciudades del norte de Europa en las que sólo se fabrican televisores o muebles de diseño.
Con delicadeza de modistos, los gendarmes desplegaron un plástico sobre el arcén, abrieron mi mochila y extendieron toda mi ropa, desdoblando camisetas y separando calcetines, empaquetados en ovillos. Recuerdo el gesto de uno de ellos, curioseando las etiquetas. Por un momento creí que me preguntaría si tenía su talla. Me impresionó el primor de abuela con el que aquellos gorilas con chaleco antibalas volvían a plegar todo y meterlo en la mochila, a decir verdad, con bastante más atención y cuidado del que yo había invertido a la hora de hacer el equipaje.
Con la agradable sensación de haber sido controlados por una unidad policial de madres, continuamos. Dejamos atrás París, circunvalamos Bruselas, divisando a lo lejos el reflejo metálico del Atomium. «¿Nos acercamos?», preguntó Nacho. «¿Qué se nos ha perdido ahí?», contesté, despreciando una ciudad de la que no sabía nada y que, unos años más tarde, me cambiaría la vida.
Sin GPS, toda la ayuda con la que contábamos era un mapa de carreteras. Atravesando las calles de Ámsterdam, Nacho me miraba por el rabillo del ojo, alarmado al ver como giraba el plano intentando orientarlo en la dirección correcta. Cansado de disimular, preferí ser honesto y dejar de fingir que podría ser de alguna utilidad al conductor, más allá de sintonizar la radio y dar conversación. Finalmente llegamos al camping, deseando zambullirnos en la piscina y disfrutar de un sueño reparador. Nada más cruzar la recepción, un cartel enorme nos hizo darnos cuenta de que quizá no sería tan fácil descansar: ‘Prohibido fumar porros, je, je, je’.