
Comencé a trabajar en un periódico al que llegué por casualidad y del que tardé nueve años en salir. En realidad, las cosas no me iban mal. Tenía contrato, mis jefes me apreciaban y me ganaba la vida escribiendo. Un día me premiaron con un pequeño ascenso y entonces decidí irme. Entendí que había pasado una década tratando de llegar a un lugar que no era para mí. No era un periodista codiciado al que le lloviesen las ofertas. De hecho, nadie me esperaba en otro sitio, sólo quería cambiar de vida. Sin embargo, no tenía la menor idea de qué vida quería. Al borde de los treinta, cuando mis amigos firmaban hipotecas, me sentía como si me despertase en plena adolescencia.
Aquel periódico era una de esas empresas que se alimentan de las ganas irracionales con las que uno sale de la facultad y se entrega a hacer carrera sin mirar el reloj. Nunca me he parado a contar cuantas horas pasé, pero, entre los veinte y los treinta, el tiempo transcurrió como un frenético fin de semana. Con algunas personas que siguen escribiendo en ese diario, aprendí el oficio que me ha permitido ganarme la vida y que, en buena medida, me define. Paula fue una de ellas.
Llegamos el mismo verano y acabamos compartiendo sección. Formábamos parte de un equipo pequeño, pero que se sentía el centro del periódico. Aquello y soportar los disparates de los mismos jefes nos unió. Además, congeniábamos. Organizada y práctica, Paula me aportaba el orden que necesitaba para protegerme de mis despistes. Cuando pienso en esa etapa, me veo hablando compulsivamente por teléfono, probando suerte para sacar alguna historia que no empezase por ‘el presidente asegura’, y ella ocupándose del resto de las páginas, corrigiendo a los de prácticas y atendiendo el aluvión de llamadas que entraban en la delegación. Todo eso mientras se preguntaba resignada si mis experimentos nos llevarían a algún titular y podríamos irnos de una maldita vez a casa.
Aunque nueve años es un periodo largo, nuestra relación se mantuvo siempre en el ámbito del trabajo. No quedábamos a tomar cañas, ni viajábamos juntos y, más allá de los resúmenes de fin de semana, apenas estábamos al tanto de la vida privada del otro. Aquella era una relación de compañeros. Cuando me marché, entendí que me llevaría un oficio aprendido y un montón de recuerdos, pero también supe que todo lo demás se quedaría allí.
El viernes me despedí de una compañera con la que compartí mesa seis años. Quise recordar el día exacto en el que se había incorporado y busqué su primer correo. En una esquina de la pantalla, Gmail me informaba de que nos habíamos intercambiado 7.832 mails. Supongo que esa cifra habla de algo más que compartir mesa. Como suele ocurrir, hubo fiesta, abrazos y, de nuevo, la misma sensación que con Paula.
Quizá sea sólo una cuestión del lenguaje. Asignamos etiquetas para clasificar nuestras relaciones y ‘compañero de trabajo’ suena demasiado administrativo como para empaparse de afectos. Nada fuera del círculo de la pareja, la familia y los amigos parece que nos pueda remover. ¿Cómo vas? Bueno, se ha ido un compañero. No suena a un gran cambio en la vida de uno. Sin embargo, a menudo el trabajo nos une a personas con las que compartimos demasiado como para pretender que pueden desaparecer sin dejar más marca que una cara nueva al otro lado de la mesa.