Zippo

zippo2

Nos sentamos en tu portal,
con la palma hacías rodar el zippo.
Dijiste que habías entendido
porque cuando alguien se marcha
la gente dice que duele aquí,
con la mano te tocaste el estómago.
Aquel dolor duró días.
El cuerpo se recuperaba rápido,
listo para otro golpe.
No sabíamos que ese dolor primero,
inocente y extraño,
había abierto camino.

Zippo

Huesos de memoria

escaparate

Ahora venden televisores en el solar del Ciego.
A quién importa la historia de ese lugar,
Allí no se libró una batalla con caballos destripados,
ni un héroe pronunció un discurso
que levantó a la ciudad en armas.
No se habla del Ciego en las escuelas.
Solo fue otro trozo de tierra en venta.

Pero a aquel descampado llegó un muchacho,
temblando escribió una carta,
que rompió y enterró en pedazos.

¿Alguien recuerda su historia?

El muchacho volvió muchas tardes.
Escribió y enterró otras cartas,
que eran siempre la misma,
hasta que su miedo creció,
afilado como un cuchillo,
y se atrevió a librar su batalla.

Peces tropicales nadan en plasmas,
un escaparate de luz blanca y futuros perfectos.
No hay placas, estatuas ni flores,
pero los cimientos de edificios nuevos
guardan las ruinas de mis cartas rotas,
huesos y semilla de nuestra memoria.

Huesos de memoria

Réquiem 230696

telefono-fijoFue el primer número que aprendí y será el último que olvide, aunque lo único que sonaría si lo marcase serían recuerdos. En casa se ha dado de baja el 230696. No ha habido una última llamada con todos de pie en señal de respeto. Ninguna ceremonia para despedir una línea que fue nuestro tercer apellido durante cuarenta años.

Como en toda familia numerosa, a mis padres les obsesionaba la idea de extraviar algún un hijo y tan pronto como aprendimos a hablar, nos grabaron en la memoria esos seis números, una especie de seguro de vida que nos devolvería a casa sanos y salvos.

El teléfono, como en tantos pisos, estaba en la entrada y, en cuanto sonaba, mis hermanas y yo corríamos por el pasillo, compitiendo por descolgar y soltar a los amigos del otro alguna barbaridad. A mí me encantaba saludar a las remilgadas compañeras de Rebeca diciendo que la disculpasen, pero una descomposición incontrolable la mantenía atornillada al váter.

En la mesilla del dormitorio, mis padres instalaron un supletorio, la propia palabra me transporta a aquellos años de moqueta y papel en las paredes. Cuando los primeros novietes de mis hermanas llamaban, yo espiaba sus conversaciones desde ese segundo teléfono y, en el momento adecuado, soltaba una pedorreta que hacía saltar por los aires el ambiente meloso de la conversación.

Mi padre, que desde su jubilación ha hecho del móvil su planeta, vio siempre una amenaza en el fijo, un intruso que solo tenía derecho a sonar en circunstancias excepcionales. «Eso está para dar recados»,  refunfuñaba, preguntándose cómo era posible que tuviese tanto que contar a un amigo al que había visto media hora antes. Nunca entendió que treinta minutos son una era en la vida adolescente.

Al lado del aparato, me entretenía con las agendas de mi madre, descifrando su caligrafía desfigurada, maravillándome con los números interminables de Argentina o adivinando a qué provincia correspondían los prefijos.

Cada sábado y domingo, telefoneaba a mis amigos buscando un plan. No éramos una pandilla pequeña y decidir algo tan sencillo como ir al cine o a la piscina exigía rondas de llamadas. Desde el salón, mi padre seguía furioso mis labores de protocolo, imaginándose la factura. No sé cuántas veces marqué aquellos números, pero todavía hoy, que miro la agenda del móvil para dar el mío, recuerdo muchos de esos teléfonos.

¿Se puede sentir pena por un número? Qué idea más cursi. Un número asignado, no elegido. Qué importan todas las agendas y formularios oficiales en los que aún debe figurar, los cuadernos y brazos escayolados, donde los escribimos a rotulador, las notas deslizadas entre pupitres… Un número es solo un número, aunque decirlo fuese a veces una confidencia, una invitación o el principio de algo importante.

A través del 230696 no sólo pedí mi primera pizza, hice estúpidas bromas tapándome la boca con un pañuelo o llamé al cine para consultar la hora de una sesión; también compartí secretos inconfesables, escuché problemas que entonces parecían grandes dramas y descubrí la voz de parientes lejanos que no he llegado a conocer. En definitiva, a través de aquella línea mantuve conversaciones imprescindibles durante unos años en los que cada llamada anunciaba una noticia decisiva.

Réquiem 230696

Adelante

sonnez

Bruselas,  marzo de 2012

Me dijiste: te voy a querer siempre.
Entendí que te estabas despidiendo.

El bar se vació de luz,
miradas flotando como corchos,
historias a punto de ser historias.
La música sonaba hacia atrás.

Aquella noche la pasamos juntos,
abrazados,
borrachos,
con miedo.
Ningún sueño cruzó el apartamento.

No encontré una frase definitiva,
que lo resumiese todo,
que pudiese recordar en momentos como este,
cuando vuelvo al 44.
El viejo interfono en silencio.
Entonces sonrío,
sonrío con tanta fuerza
que me sueltas.

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