Entre el shock y Netflix

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El virus no solo infecta, lo coloniza todo. Uno se siente ridículo hablando de cualquier otra cosa. La pasada semana, mientras nos precipitábamos en ese pozo bautizado como  ‘pico de la epidemia’, un diario digital publicaba un artículo de Almodóvar sobre una disparatada noche de fiesta con Madonna. La historia era fantástica, sin embargo, un pensamiento de fondo me impedía disfrutar leyendo. ¿Por qué escribía sobre eso? Acabábamos de enterarnos de que casi mil personas habían muerto en un día y Almodóvar elegía contar sus juergas nocturnas. Sin embargo, al mismo tiempo me resistía a la idea de obligarme a una especie de luto mental, de culpabilidad por encontrar distracción en la tragedia y me preguntaba si todos quienes se asoman a los medios estos días deben limitase a emitir gestos de solidaridad, sumarse a la orgía de estadísticas o ensayar absurdos pronósticos sobre cuánto mejorará el mundo cuando acabe la pesadilla.

Si queremos darle la espalda al virus, sentimos la obligación de disculparnos antes. No estamos ciegos, no estamos locos, solo queremos olvidarlo un minuto. Vivimos entre el shock y Netflix, la situación es demasiado extraña para apelar a la coherencia. Al otro lado de la ventana nos cuentan que se está librando una guerra. Esos a quienes aplaudimos a las ocho se la juegan. Cada día nos sobrecogen imágenes de ataúdes, camillas, personas entubadas… Los periodistas repiten: esto equivale a diez 11-M. ¿Deberíamos sentirnos, entonces, diez veces más hundidos? Sin embargo, al acabar el informativo, nos zambullimos de cabeza en nuestras pantallas y chapoteamos entre una oferta inabarcable de conciertos, óperas gratis, clases online de pilates y, pase lo que pase, siempre un meme más.

¿Cómo deberíamos sentirnos? ¿Consternados frente a una cascada infinita de noticias cada cuál más impactante, aliviados por ser jóvenes sin patologías previas, aterrados por vernos en la cola de una puerta por la que todos pasaremos, indignados con quienes no fueron capaces de ver lo que nadie imaginaba? Quizá todas las respuestas sean correctas y frente a ellas, el muro de la incertidumbre. Nosotros, que hemos crecido en la era de los seguros y los planes de pensiones, ahora nos despertarnos y nos decimos: “Un día más, un día menos”.

Publicado en el suplemento Estela de Faro de Vigo

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