Un hombre práctico

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En estos días en los que salir a comprar naranjas se ha convertido en una exhibición de logística, me he reencontrado con uno de mis grandes fracasos. Y es que, por encima de todo, yo siempre he querido ser un hombre práctico y no haberlo conseguido es una de mis mayores frustraciones.

De niño, cuando escuchaba a mis padres hablar de los éxitos de alguien, de cómo algún conocido había superado una situación difícil, llegaba un momento en el que, agotados los argumentos a favor del protagonista, mis padres coronaban la lista de méritos con un rotundo: “Sin duda, un hombre práctico”.

Aquello me parecía el colmo de las virtudes, sinónimo de tener lo que hacía falta para salir airoso. Ser práctico era no complicarse, ni arrepentirse, tenía que ver con mirar la vida de frente y moverse con decisión y yo descubriría pronto que lo mío era perder la tarde entre las estanterías del videoclub o quedarme callado ante el técnico de la ITV, con esa cara de que nada es más difícil que encontrar la palanquita del capó.

Para más inri, mis amigos crecían convirtiéndose en ejemplos de practicidad. Sabían qué estudiar antes de que nadie se lo preguntase. Tenían claro qué virtudes debía reunir su pareja o cómo cambiaría su vida un piso con parqué o tarima flotante. Superados a tiempo los devaneos de la juventud, el futuro se presentaba ante ellos como una luminosa línea recta, llena de señales para no perderse.

Una vez tuve un novio que jamás dudaba en qué cola del supermercado colocarse. Se acercaba a la caja con paso firme, seguro de haber calculado dónde le cobrarían más rápido. Aquella practicidad me volvía loco y, durante meses, fui feliz en una casa en la que siempre había un champú de más.

Yo intentaba imitarle, imaginando ante cada desafío qué haría él. Y esa es la pregunta que regresa estos días con fuerza. “Nacho, ¿qué haría ahora un hombre práctico?”. Y, sin embargo, mis respuestas siguen abriéndose en ramas, llevándome a un mar de opciones en el que resuenan ecos familiares, expresiones como ‘ideas peregrinas’ o ‘de bombero’. Sin embargo, y aunque tal vez no sea yo quien haya cambiado, no todo sigue igual y, cuando estos días extraños miro alrededor, noto que esta vez me encuentro bien acompañado.

Texto publicado en el suplemento Estela de Faro de Vigo

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