La tienda de Hassan

Cada mes de agosto se escuchaba la misma pregunta: ¿cuándo regresará Hassan? Apenas había negocios en aquella calle, el restaurante griego, la lavandería automática y un videoclub moribundo que cada dos meses cambiaba de dueño. Más allá de eso, la tienda de Hassan era el auténtico lugar de reunión, la excusa para que aquellas ancianas belgas saliesen de casa, animadas quizá por la idea de cazar algún chisme mientras pesaban verdura.

Hassan abría cada día, pero en agosto cerraba siempre. Le gustaba irse de vacaciones con Alan, un inglés de piel rojiza que ahorraba todo el invierno para disfrutar en verano de quince días en Tailandia. Cuando regresaban y le preguntábamos cómo había ido, los dos se limitaban a reírse, lanzándose miradas de complicidad.

Cuando me tocaba lavar la ropa, solía esperar en la tienda a que terminase la colada y, si no había demasiados clientes, Hassan me ofrecía un té y algo de charla. Al principio nos costaba entendernos, pero él tenía paciencia y repetía cada palabra las veces que fuese necesario. Además, nunca perdía el sentido del humor, burlándose de mi francés y de esa escuela en la que no me enseñaban nada de nada.

Desde el principio, nos caímos bien y, con el tiempo, llegamos a tener conversaciones interminables en las que yo le hablaba de mis planes de futuro y él se limitaba a escucharme hasta que encontraba una buena razón para meterse conmigo. Entonces me advertía de que había visto antes a muchos como yo y que estaba seguro de que nunca dejaría aquella ciudad.

También mis amigos se aficionaron a pasar por la tienda. Hassan siempre tenía tiempo para una buena historia y contarle nuestras noches de fiesta se convirtió en una costumbre. Recuerdo que Stephan, un suizo que estudiaba uno de esos másters que solo los suizos se pueden permitir, se ofreció para hacer un bussiness plan y modernizar el negocio. Hassan le escuchaba atónito, pensando si todo eso haría falta para vender más brécol.

Sus pronósticos fallaron y yo volví a casa. Ya en Galicia, me enteré de que su padre había enfermado y que cada vez dedicaba más tiempo a cuidarlo. Poco a poco fueron aumentando los días en los que la persiana seguía cerraba, hasta que no abrió más. De todo esto hace ya bastante tiempo, pero últimamente he vuelto a pensar en esa pequeña tienda donde apenas compraba hortalizas y algún paquete de pasta, pero en la que pasé tan buenos ratos.

No sé si Hassan me consideraba su amigo o solo un cliente con quien distraerse un poco, pero yo lo recuerdo como una de esas amistades bonitas que a veces encontramos sin buscar, cuando la vida nos deja tiempo para pararnos a hablar.

La tienda de Hassan

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