Libros que cambian vidas

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El pasado domingo, miles de personas se lanzaron a compartir en redes sociales una fotografía de la novela que leían. Se celebraba el Día del Libro y nuestro muro de Facebook nos pretendía convencer de que la Literatura había conquistado el mundo. Sin embargo, esa misma mañana, una radio informaba de un funesto estudio en el que se estima que el número de lectores habituales apenas supera un cinco por ciento, lo que nos permitiría declarar la lectura actividad en peligro de extinción.

Acompañado de mi Lama y unos amigos, nos acercamos esa tarde a Berbiriana, una de las librerías más activas de Coruña, en la que organizaban una lectura colectiva. Curioseando ejemplares, la novela de Lucia Berlin Manual para mujeres de la limpieza llamó la atención de mi amigo Borja. Al momento, escuchamos exclamar a nuestra espalda: ‘¡Ese libro me ha cambiado la vida!’. Sorprendidos, nos giramos y descubrimos a un veinteañero con esa mirada reverencial que reservamos para nuestros ídolos.

La frase, tal vez un elogio naive o una exageración adolescente, no se desvaneció en el aire. Sería la mirada fanática del chico o su convicción al pronunciarla, pero Borja compró la novela y yo, mientras el alcalde de Coruña iniciaba una tediosa lectura, me preguntaba si realmente puede un libro cambiar la vida de alguien. No pensaba en esas constituciones o biblias que han provocado guerras o revoluciones, ni tampoco en tratados científicos que cambiaron el modo de entender el mundo, sino en Literatura y en las vidas de personas corrientes.

Hace años visitaba a menudo Waterstones de Bruselas y me dejaba engatusar por esas cartulinas pegadas a ciertos libros, en las que alguien había escrito a mano Changing Life, intentado atraparnos con la promesa de que una novela pudiese darnos la vuelta como a un calcetín.  Sin duda habrá quien piense que la vida está hecha de cemento armado y que se necesita golpearla con mucho más que palabras para hacerle mella. Esos mismos aceptarán tal vez que el efecto acumulado de la lectura, como el de la humedad en los huesos, acabe por calar en nuestro carácter, pero otra cosa es encontrar una historia que nos impacte con tal potencia que desvíe la ruta trazada.  Quizá los libros tengan ese poder solo si se lo concedemos y, al igual que la hipnosis, funcionen con quienes se acercan a ellos con fe. La pregunta, en ese caso, sería otra: ¿Es posible encontrar aún personas que permiten a un libro cambiarles la vida?

Al salir de Berbiriana, Borja me preguntó dónde guardaba lo que leía y, mirando a su novio arquitecto como si le formulase un secreto, nos confesó que soñaba con una casa forrada de paredes con estanterías del suelo al techo, con diferentes niveles y escaleras a las que subirse y deslizar golosamente los dedos por los lomos de un mundo de historias leídas y por leer.  Mis doce mudanzas me han convencido de que el lugar más adecuado para acumular Literatura es la memoria y, sin embargo, la descripción del hogar ideal de Borja me hizo asentir.

Esa misma semana, Raquel Cabest, amiga de mi Lama, publicó Concédeme esta guerra, su primer poemario, y digo primero porque vendrán más.  Raquel forma parte de esa generación de millennials que inesperadamente han regresado a la poesía y, mientras la crítica sigue celebrando entierros a la espera del próximo Premio Planeta, ellos se juntan en bares de Malasaña para recitar y continúan después practicando ese vicio a través de instagram y lugares peores, en un auténtico fenómeno que alguna editorial ha sabido respaldar.

Quizá celebrando a su manera el Día del Libro, mi amigo Quim ligó hace unos días con un profesor de Literatura y, en la crónica de su cita, me confesó que uno de los momentos estelares fue cuando el chico le piropeó diciendo: ‘¡Cómo me gusta que seas tan barroco!’. A los pocos días, su experto en el Siglo de Oro le sorprendió enviándole por correo un ejemplar de La vida es sueño. Puede que el planeta de los lectores mengüe, pero mientras exista gente que confíe en Calderón para enamorar, mientras contemos con Borjas que quieran ser Borges o Raqueles que se reúnen en bares a beber poesía, ese cinco por ciento lo garantiza todo.

He leído novelas que me han helado la sangre, otras que me han robado el sueño, algunas con las que me he desternillado de risa o me han tumbado de aburrimiento. Ese domingo volví a casa pensando si, pese a todas las emociones que puedan despertar, hablar de libros que cambian la vida no será nada más que una metáfora. La respuesta caminaba a mi lado. Si ambos no hubiésemos leído y releído hasta aprendernos de memoria  El Guardián entre el centeno, si él no hubiese elegido Caulfield como nick, en honor al protagonista de Salinger,  jamás habríamos empezado un chat que, años después, lo ha convertido en mi Lama. ¿Y si el país donde te gustaría vivir, el trabajo al que te querrías entregar o la persona de la que te enamorarás esperase a ser leída?, ¿no cambiaría un libro tu vida?

Libros que cambian vidas

Pequeña y bien cocida

Panadería

Begoña desempaña el cristal y cuelga el cartel de abierto. Dos minutos para las ocho. Al otro lado de la general, la luz de la casa está encendida. ‘Sácame una pequeña, anda, y que esté bien cocida’, le dice a la nueva, que rebusca con torpeza en los cestos de pan. Begoña se coloca detrás del mostrador y señala al reloj con el mentón, como queriendo explicarle algo, pero sin que la chica entienda nada. A las ocho en punto se abre la puerta y suena ese horrible avisador que se ha empeñado su hijo en instalar. ‘Buenos días, Suso’, le saluda, envolviendo la barra en papel. La nueva observa atenta a ese hombre de ojos azules pescado y mejillas coloradas que estruja el currusco hasta oírlo crujir. Luego deja un euro, manchándose de harina al guardar la vuelta. Antes de irse, Begoña distingue un gesto difuso y rápido en los labios de Suso y se pregunta si será una sonrisa. No reacciona a tiempo y se queda mirándole mientras se va.

El sábado, un minuto antes de las ocho, la nueva prepara la barra pequeña bien cocida, demostrando que se queda rápido con los gustos de los clientes. La puerta no se abre y Begoña piensa que Suso anda raro. Afuera, el mismo cielo gris cemento y esa lluvia aburrida que agota el ánimo. A media mañana, la nueva se queda pasmada y, un segundo antes de soltarle algo para que arree, Begoña se da cuenta de que la chica ha reconocido al ciclista que llega a la casa de enfrente. Hace memoria y le salen diez años desde la última vez que vio a Suso en la bici. Entonces, tenía otra figura; nunca fue un atleta, pero tampoco le colgaba esa tripa que casi no le deja pedalear. Cómo le habrá dado por volver, se pregunta.

A los tres días, un estruendo metálico la saca de la modorra y, con un gesto automático, baja la radio. No puede creer lo que está viendo. La persiana del garaje está abierta y asoma el morro de la DKV, con ese azul sucio de submarino. Begoña siente un escalofrío, como si una hilera de hormigas corretease debajo de la piel. Al girar para entrar en la carretera, ve a Suso al volante y la puerta hundida, sin cristal. Se asombra de que el cacharro ese todavía funcione, que sea lo único que salió vivo del accidente y piensa que, si a ella se le agita el pulso al ver a Suso dentro, menudo cuajo deber tener él para montarse.

De pronto repara en el calendario y siente un calambre en la tripa: 30 de noviembre. Al momento, le viene la imagen de aquel otro 30 de noviembre, con todos en la sala de estar celebrando el santo del abuelo Andrés; entonces, escucharon el llanto y luego la imagen de Suso en la puerta, doblado de dolor, con los de la Guardia Civil dándole la noticia. Y justo hoy esa furgoneta, desenterrada tras diez años en ese garaje con pinta de tumba. La idea de que aquello tenga algo de ritual alarma a Begoña, que se siente revuelta, temerosa de que haga alguna tontería, que lo mismo ha perdido la cabeza por la soledad. Cierra la tienda y se sienta en silencio, sin radio ni nada, esperando.

Al acercarse a la panadería al día siguiente, ve el garaje abierto y con luz. Son las siete y media, todavía noche. ¿Qué estará haciendo a estas horas ese hombre? El frío ha helado los charcos en el asfalto. La bicicleta apoyada contra el portal, algunas cajas con herramientas apiladas, una bombona y Suso limpiando, barriendo enérgico. Disimulando su desconcierto, Begoña le saluda desde lejos con un gesto. Comprueba que el garaje está vacío y se alegra de que la furgoneta haya desaparecido, qué valor dormir sabiendo que debajo se encuentra el trasto que le dejó viudo. Una hora más tarde, desde el ventanuco del horno, ve salir a Suso por la carretera del río, pedaleando a todo meter, como si le persiguiese el demonio, y piensa que definitivamente ha perdido la cabeza.

Esa noche, Begoña escucha ruido. Aparta una punta de la cortina y ve un Fiesta blanco que no reconoce. Siente curiosidad, pero también temor a ser sorprendida, como si no tuviese más que hacer que ocuparse de chismes. Se dice que tal vez debería haber visitado más a Suso estos años, haberle ayudado a echar fuera las penas, que si uno no habla, se quedan dentro, pudriéndose unas encima de otras. Al principio, lo intentó; al fin y al cabo, ella también sabe lo que es estar sola. Suso se mostró amable, pero frío y ella no volvió. Nunca habían sido amigos, pero le tenía afecto. Le parecía un hombre bueno, decente, alguien que va a lo suyo, sin molestar y, aunque no se lo había dicho a nadie, alguna vez se había imaginado cómo sería la vida de ellos juntos.

Al cerrar, Begoña mira a la cocina y descubre dos sombras a través de la ventana. Escucha una voz de mujer, una conversación animada y, de pronto, le llega un sonido alegre que reconoce, esa risa contagiosa de Suso, una risa que parece cambiar la casa y la calle entera y Begoña se queda parada, mirando y escuchando. La ventana de la cocina se abre y se asoma una mujer que enciende un cigarro. Las miradas de ambas se cruzan y Begoña se marcha avergonzada.

Al día siguiente, Suso entra a las ocho, como siempre. La nueva se gira y, con agilidad, encuentra una barra pequeña y bien crujiente, pero se da cuenta de que Begoña se le ha adelantado y está ya en el mostrador. Suso y Begoña se sonríen en silencio. La chica no entiende. Sólo cuando Suso se da la vuelta para irse, repara en el tamaño de la barra que lleva bajo el brazo.

Pequeña y bien cocida

Unas buenas malas vacaciones

Txagorritxu

Esta Semana Santa la hemos pasado en Txagorritxu, uno de los hospitales de Vitoria. El martes antes de los festivos nos dieron la noticia de que le había dado un infarto a alguien cercano y mi Lama y yo salimos disparados, todo lo disparados que un Yaris permite. A medida que nos acercábamos, las novedades nos calmaban y pronto supimos que estaba fuera de peligro. Tras un día y medio en la UCI, le trasladaron a planta y esa habitación se convirtió en nuestro campamento.

Han sido días de preocupación, pero también de otros sentimientos. Mi Lama y yo nos instalamos en Txagorritxu sin más posibilidad que esperar y hacer compañía; esperar a que pasasen los días y ese corazón se recuperase, esperar a que los festivos terminasen y se pudiesen hacer las pruebas necesarias, esperar a la normalidad, que tanto se echa de menos cuando falta. Y esperando, encontramos tiempo para estar juntos, para quedarnos sentados confiando en que todo saldría bien, alegrándonos de no estar solos cuando ocurren estas cosas, pero también aburriéndonos en esas tardes largas de festivo, con el sol radiante al otro lado de la ventana y un hospital apacible, sin bullicio, rodeado de jardines y calles vacías; y nosotros mordisqueando lápices, entre sudokus y cubos de rubik, ayudando en lo que podíamos, haciendo lo que se hace en un hospital a la espera de que un médico le diga a uno que se puede ir a casa.

Si pienso que han sido unas buenas vacaciones, me siento raro, como si pudiese ofender a alguien. Sin embargo, entre los nervios y la inquietud, mi Lama y yo hemos encontrado tiempo porque incluso cuando dos personas viven juntas necesitan tiempo, un tipo de tiempo que nada tiene que ver con las rutinas del día a día, con el cansancio de una cena rápida o el sueño que nos deja fritos en el sofá, un tiempo largo que permite reírnos de estupideces que no hacen gracia a nadie más, que nos deja callados, cada uno a los suyo, desayunando adormilados en un área de servicio, pasmados frente a un taza de té, imaginando cómo va a mejorar todo.

Los hospitales aproximan, nos hacen sentir cerca de desconocidos, de ese extraño de la cama de al lado que ahoga los quejidos contra la almohada para no molestar, de su mujer y sus hijos en los que reconocemos las mismas ganas y el mismo temor y, cuando nos vamos, pedimos sus señas para escribirles porque, aunque no volvamos a coincidir, nos sentimos conectados y necesitamos saber que también ellos se han ido a casa. Tal vez sea el miedo, que se lleva por delante lo pequeño, pero lo cierto es que los hospitales nos enfrentan a lo que de verdad importa y quizá por eso, y porque todo ha salido bien, voy a recordar estos días como unas buenas vacaciones que nunca debieron haber sucedido.

 

Unas buenas malas vacaciones

Hospitales

Hospital

Esa chica y yo somos ahora los únicos en la sala. Suena el móvil y se levanta con urgencia. Se aleja, camina de un lado a otro y se detiene frente a una ventana abierta. Abril satura de color esta ciudad de primaveras breves. A lo lejos, la silueta oscura de una sierra se recorta contra un cielo azul y limpio como una piscina. Levanto la mirada y la descubro llorando. Se da cuenta y, avergonzado por recordarle que no está sola, me oculto tras el libro. No sé nada de ella, pero es fácil imaginarlo.

Frente a mí, un matrimonio espera. La mujer agarra una carpeta de gomas. Se sientan los dos con la espalda recta, en silencio. Ella le toca la mano sin mirarle, una mano nudosa de carpintero viejo y me pregunto si esas manos se habrán tocado cuando fueron lisas y no existía siquiera esa carpeta. Una enfermera se acerca, les explica algo en voz baja y se lo lleva. Todo pasa rápido. Ella se queda con las manos cruzadas, sin más distracción que sus pensamientos. Al rato entra una máquina ruidosa de abrillantar el suelo. Con un dedo, la mujer levanta el puño de su chaqueta, lo justo para mirar un reloj diminuto, luego comprueba el pasillo y agarra con fuerza su carpeta, esperando como solo la gente mayor teme esperar.

El ruido gomoso de unas zapatillas despegándose del suelo se ha vuelto rítmico y ya no me molesta, me adormece. Un hombre corpulento camina enérgico y algo envarado, con andares de militar. Llevará veinte minutos apareciendo y desapareciendo tras la columna de los ascensores, bordeando el perímetro de esta sala. El pijama verde le va grande y le ha dado vueltas al dobladillo, dejando ver un tobillo harinoso. Pese al aspecto frágil y ridículo que le da esa prenda, el hombre conserva una actitud digna. Del hombro cuelga una bandolera con una de esas máquinas que controlan el corazón. Camina balanceando ligeramente los brazos, dispuesto a cansarse, como si fuese el único allí que tuviese un propósito, que se resistiese a ver pasar las horas.

Un olor dulce se extiende por la sala. El chico con la sudadera del Arsenal pela una naranja. Tiene cara de niño, pero solo la cara; en las manos se ven cortes de algún trabajo que no parece fácil. Con mueca seria, comenta que la naranja está jugosa y el padre asiente. Los dos tienen los ojos chicos y el pelo se les dispara. El día se apaga, afuera apenas circulan coches. Padre e hijo se quedan callados; de pronto, al chico se le ocurre una pregunta y le dice si quiere una de esas tarjetas para ver la tele. El padre menea la cabeza. Tal vez les gustaría tener más cosas que decirse o quizá ninguna y simplemente permanecer en silencio, sin pensar que deberían hablar.

De pronto me sobresalta un ruido metálico y destartalado. Aparece una camilla empujada por dos enfermeras jóvenes y una pareja de ertzainas detrás, un poco separados. El enfermo se incorpora y bromea frente al ascensor, dejando ver una dentadura ruinosa. Los policías parecen escucharle, pero no participan de la conversación. Las enfermeras sonríen y, un segundo antes de que se cierre la puerta, una le desea que le sea leve. Entre risas, desaparecen en el pasillo, pensando quizá en el único paciente que las extrañará.

Afuera es de noche; alrededor, puertas cerradas y, al fondo del pasillo, un zumbido eléctrico. Me veo desenfocado en el cristal de una máquina de vending y descubro a la chica y a la mujer, al hijo y al preso. Sé que yo seré todos ellos algún día, que también agarraré nervioso mi propia carpeta, que haré una llamada que me hará llorar y querré tener tiempo para hacer preguntas nuevas, y veo esos reflejos en este espacio cargado de alivio y miedo, donde la vida se suspende a la espera de saber qué dirección tomar, aguardando un ascensor que nos saque de allí y una enfermera que nos diga que será leve.

Hospitales

Ni partes, ni mitades

 

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Yo me había propuesto enseñarle todo, contarle las historias detrás de mis lugares. Él sonreía complaciente, sin entusiasmo. Le quería, sin atreverme aún a usar esa palabra, pensando que querer era un verbo del pasado, de actores, de farsantes, de madres, de poetas. Tardaría poco en darme cuenta de que querer es sencillo y común, que es tan solo lo que ocurre cuando se desea a alguien sin alternativa, cuando lo buscas con urgencia y leerías todos los libros para encontrar la manera de tenerlo. Él me apartaba y me buscaba a su antojo, dejándome asumir el riesgo de volver. Fracasamos de todas las maneras y, después, lo volvimos a intentar. Decidimos que no escucharíamos a nadie y nos fuimos. Yo peleaba por imponer mis palabras, como si un nombre pudiese cambiar una sola cosa.  Él replicaba: ‘¿Qué quieres, que seamos novios?’. La última vez me dijo que formaba parte de su vida. Hasta lo más hermoso suena cruel si uno no puede conformarse con ser parte. Ahora que quiero y me quieren, me alegro de haber aprendido que pocas veces enamorarse es cosa de dos, y nunca de mitades.

Ni partes, ni mitades

¿Me enseñas a abrazar?

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Envidio a la gente que abraza con desparpajo. Mi Lama, sin ir más lejos, lo hace con ferocidad. Sin pensárselo dos veces se lanza y durante cinco segundos se queda pegado a la otra persona como un geco a una pared. No importa que lo haya conocido esa misma tarde.  Yo le miro intrigado, fascinado con sus gestos, apretando, como si empujase una puerta. Sus abrazos tienen intensidad, duración y decisión. Los míos, en cambio, resultan vacilantes, precedidos de un me voy o me quedo, como si estuviese balanceándome al borde una piscina. Casi nunca tomo la iniciativa y, con los brazos pegados al cuerpo, me dejo atrapar. Finjo entusiasmo, pero temo tanto el exceso que se puede leer en mi cara una mueca de es-realmente-necesario. Esta aversión al abrazo social hace que no me sienta cómodo en los saludos y despedidas. Deseo que esos momentos pasen pronto y cada uno se vaya a su casa o todos nos sentemos a cenar.

Crecí en una familia donde los abrazos se acababan cuando uno empezaba a hablar y, en mi grupo de amigos, ir más allá del apretón de manos era una explosión de emociones reservada a las finales de Champion que se ganaban. Que nadie me malinterprete, no estoy describiendo ausencia de cariño, hablo de contacto físico. Tal vez sea una cuestión geográfica y, por mucho que nos hayamos empeñado en incorporarlo a nuestra dieta, el abrazo no se dé con facilidad en el Atlántico. Probablemente los gallegos nos sintamos más cómodos con una leve inclinación de cabeza nipona que con las melés en las que, a veces, he visto fundirse a pandillas enteras en el sur.

El problema es que abrazar se ha puesto de moda. Lo centros sociales ofrecen cursos de abrazoterapia, los médicos los prescriben porque segregamos oxitocina, celebramos el Día Mundial del Abrazo y, si uno se despista frente a un escaparate, corre el riesgo de acabar atrapado en los brazos de un desconocido con nariz de payaso, miembro de una ONG especializada en regalar cariño. Yo siempre había llevado mi aversión con normalidad, sin embargo, todo ese boom de la educación emocional me hace sentir raro y plantearme si debería buscar un profesor.

A veces he pensado en ponerme en manos de mi amiga Ana, toda una catedrática de los abrazos. Trabaja para una conocida compañía tecnológica, rodeada de informáticos e ingenieros poco acostumbrados a lo femenino, en un entorno laboral donde la edad normal para tener la primera novia supera los treinta. El otro día me contó que ha incorporado el abrazo como técnica de gestión de equipos. Todo empezó por casualidad, consolando a uno de sus chicos de una decepción en un proyecto. Se corrió la voz y el tratamiento se popularizó. En la oficina le confesaron que encontraban sus abrazos reparadores, una cura contra las frustraciones. Asombrados por los resultados, le han suplicado que les enseñe y mi amiga se plantea ahora la posibilidad de organizar algo así como un club de abrazos para informáticos.

A veces me pregunto si mi rechazo al abrazo social vendrá de haber sido el único gay en una pandilla de heteros, aprendiendo enseguida a no mostrar más afecto del estrictamente necesario. Algún sociólogo debería estudiar como varía el lenguaje corporal entre heteros y gays. Una de las diferencias más evidentes es la de saludar con dos besos o un apretón de manos.  Cualquier gay compaginará ambos formatos en su día a día, saltando del beso al apretón en función de con quién y dónde esté y evitando incomodar a nadie. Hasta hace poco, las fronteras eran claras, sin embargo, los modernos han levantado una nube de confusión y uno no sabe a qué atenerse. Ahora ofreces la mano al monitor de cross-fit y este te planta dos besos de abuela, de esos que estallan en la mejilla como un petardo fallero.

Para mí, los abrazos forman parte de lo privado y me cuido de administrarlos con exclusividad, hasta con racanería, marcando con ellos intimidad. No veo nada atractivo en abrazar a discreción, por mucha oxitocina que el mundo necesite. El lenguaje corporal ofrece gestos suficientes para modular el grado de afecto hasta el punto adecuado. Me ocurre algo parecido con el nudismo. No tengo nada contra los nudistas, excepto contra esos que se quedan con los ojos en blanco en las sobremesas contando lo maravilloso que es sumergirse con el culo al aire en el Atlántico. Con la misma tolerancia, yo defiendo el derecho a no practicarlo sin que uno sea tildado de mojigato. Sin llegar a extremos de pudor absurdos, no me gusta la idea de banalizar el desnudo con el argumento de quitarle hierro, como si volver algo normal fuese necesariamente sinónimo de hacerlo mejor. Como con los abrazos, me atrae la idea de la reserva, de decidir delante de quién y por qué nos desnudamos.

Con todo, el verdadero problema casi nunca son los abrazos que sobran, sino los que faltan. Esos que nos gustaría haber dado y no nos atrevimos, pensando tal vez que habría una oportunidad más; abrazos en los que querríamos habernos quedado, haciendo que durasen, sintiendo al otro sin distancia, como si en la tensión y la fuerza de lo que se quiere retener se fabricase el molde de los recuerdos principales.

 

¿Me enseñas a abrazar?

Familias con huecos

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Cuenta mi madre que, algunos días de niña, se despertaba con el ruido de llantos en la calle. Sobrecogida se asomaba a la ventana y veía padres despidiendo a sus hijos en la parada del coche de línea. Demasiados vecinos se subieron a aquellos autobuses que los llevaban a Ourense para continuar viaje a Vigo y embarcar a América, sin saber cuánto tiempo pasaría hasta que pudiesen reunir dinero para volver. Los padres de más edad temían no vivir suficiente para verles de nuevo y muchos no se equivocaron. Aún sin hijos, cuesta poco imaginar el sonido de esas mañanas. Aquello ocurría en Montederramo en los años cincuenta y en tantos otros pueblos de Galicia. Con más de un millón de gallegos que emigraron a América, pocas familias habrá que no puedan contar historias parecidas.

Mi madre tuvo suerte. Encontró trabajo, se casó y pudo hacer su vida aquí. No ocurrió lo mismo con todos sus hermanos. Ella fue la segunda más pequeña de una familia con once hijos. En una época en la que no resultaba fácil salir adelante, los Mojón acabaron divididos a ambos lados del Atlántico.

Para mí, que nací en la España-Cuéntame del 76, en una de esas familias de clase media que empezaba despegar, las historias de emigrantes formaban parte de aburridos programas de la TVG, de libros de gallego con fotografías de Manuel Ferrol o de viajes rancios de Fraga en campañas electorales. Pronto me di cuenta de lo equivocado que estaba. Estudiando en Santiago, mis padres vinieron un día a recogerme para acompañarles al aeropuerto a buscar a mi tía Rebeca, que volaba desde Buenos Aires. Había escuchado hablar tanto de la benjamina de la familia que me alegraba poder conocerla. Cuando la vi, me quedé mudo. Aquella mujer de la que apenas sabía nada era idéntica a mi madre. No podía dejar de mirarla, preguntándome estúpidamente cómo era posible que estando tan lejos fuesen tan iguales. Creo que fue la primera vez que fui consciente de que había un nosotros en otro lugar.

Hace algunos meses, murió mi tío Samuel, otro de los hermanos de mi madre que emigró a América, primero a Uruguay y luego a Argentina. La última vez que regresó a Galicia fue en los setenta, antes de que yo naciese. Nunca nos conocimos y no sé demasiadas cosas acerca de él, apenas que trabajó en una panadería y en una cafetería. Me cuesta ponerle cara, aunque he visto alguna foto. Cuando pienso en el parecido asombroso de Rebeca y mi madre, me preguntó si quizá yo tendré algo de Samuel, tal vez un gesto o alguna de mis manías, quién sabe. Supongo que tampoco a él le habrán contado que a un sobrino suyo le gustaba tanto el nombre de Samuel que llamó así a su gato. Dudo que lo considerase un cumplido.

Mis tíos Fina y Luciano fueron también de los que tuvieron que irse a Suiza. Cuando Fina se enteró de que yo estudiaba francés, me contó por qué odiaba ese idioma. En Lausana, trabajó en un hotel a las órdenes de un jefe que, de cuando en vez, le gritaba. Incapaz de entenderlo se quedaba callada, impotente por no poder explicarse. Por las noches, llegaba a casa furiosa y se enfrascaba en el diccionario, ansiosa por aprender rápidamente todas las palabras, deseando que llegase el día en el que pudiese poner en su sitio a aquel déspota.

Las cosas no fueron distintas en casa de mi padre. Isabel, su hermana mayor, se casó con Pepe y emigraron a Frankfurt, donde vivieron treinta años. De niño pasaba algunos días en Seoane, cerca de Manzaneda. Allí compartía habitación con mís tías Chelo y Elvira. Recuerdo alguna noche con mucho movimiento, a mis tías levantándose antes de que amaneciese para salir a A Rúa, la estación de ferrocarril a la que llegaba el tren de Pepe e Isabel, tras un viaje agotador desde Alemania con cambio de estación en París y trasbordo en Irún. Mis tíos tuvieron dos hijos: José y Ana. Quisieron que mis primos se criasen en España. Debe haber pocas decisiones más difíciles para unos padres.

Por fortuna no he vivido nada parecido, aunque hace algunos años tuve la oportunidad de pasar un tiempo en el extranjero y comprobar como los españoles que conocí en Bruselas eran muy distintos: eurofuncionarios políglotas con sueldos privilegiados, expatriados que se juntaban en restaurantes caros para quejarse de la desgracia de haber acabado en una ciudad sin sol. Gracias a mi tía Malena, descubrí que no siempre fue así. Ella me invitó a acercarme a La Hispano Belga, una asociación creada en 1964, años en los que miles de españoles llegaban buscando trabajo en las minas de Valonia, al sur del país. A finales de esa década residían en Bélgica más de quince mil y todavía llegarían más. La mayoría consiguieron prosperar y regresar a casa. Otros se quedaron y todavía hoy sigue abierta la sede de La Hispano Belga en la Chaussée de Forest en Saint-Gilles, una comuna reconvertida en barrio hipster en la que todavía se pueden leer carteles de tienda con nombres como ‘Economato Marisol’.

Los años pasaron y algunas de aquellas mujeres enviudaron. Sin marido y alejadas de sus familias, nunca se quedaron solas. Algunos martes, Malena me invitaba a comer a su local y, entre lentejas y vasos de rioja, las veía ocuparse unas de otras, como se organizaban si había que ir a casa de alguna a espantar la tristeza del invierno o acompañar a alguien a recoger las pruebas al hospital. Ahora que Malena ha regresado a Málaga a sanar un corazón agotado de tanto usarlo, la brigada hispano-belga no deja pasar un viaje al sur sin visitarla, demostrándole algo que saben todos los que han vivido fuera: lejos de casa, los amigos son la familia.

Para cualquier gallego, estas historias son tan comunes que a nadie habrán sorprendido y, sin embargo, pronto las habremos olvidado. Hoy la palabra emigrante evoca otras historias, imágenes y relatos que percibimos como ajenos. Las vidas de esos familiares nuestros que se montaron en barcos y trenes necesitan memoria. Siento admiración cuando países como Irlanda construyen museos en los que contar las aventuras que superaron aquellos que empezaron de cero, espacios en los que hablar de lo que encontraron, lo que construyeron, lo que sacrificaron para que llegásemos a ser lo que somos. Nuestras familias están llenas de huecos, de piezas de puzzle al otro lado del Atlántico, de tíos Samuel esperando a que alguien recuerde a los más jóvenes por qué y para qué un día se marcharon.

Familias con huecos

Silencios incómodos

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Mi Lama camina por casa como una monja y cierra los cajones con la delicadeza de un ladrón de joyas. No da portazos, jamás arrastra sillas y nunca me despierta si se levanta antes. Si se encierra en su estudio, olvido que ha llegado y grito ‘¡Dani!, solo para comprobar que existe y no he imaginado que tengo un novio. Al entrar en el salón, lo primero que hace es robarme el mando, me mira como si fuese un anciano y baja el volumen. Cuando me habla al otro lado del pasillo, su tono de voz es tan bajito que no consigo oírle y finjo entenderlo para evitar levantarme del sofá. Yo, en cambio, soy el ruido. Me crie en una familia numerosa, rodeado de personas hablando a la vez, compitiendo cada una por su cuota de conversación. En realidad, no conocí lo que era una casa silenciosa hasta que mi Lama se mudó y me ha costado acostumbrarme. Nada más llegar de la calle pongo de manera automática la tele y, si uno cierra los ojos y se queda en la entrada del piso, adivinará qué estoy haciendo sólo por el ruido. Un ejemplo es mi manera de usar los grifos. Para mí, existen dos posiciones: completamente abierto o completamente cerrado. El resultado es que, cada vez que friego, se forma una riada. Mi Lama los maneja como un instrumento musical, capaz de regular la cantidad exacta de agua para cada tarea.

Mi relación con el silencio siempre ha sido complicada. Desde niño he tenido facilidad para la conversación. En buena medida, me viene de familia, aunque también de mis amigos del colegio, con los que hablar en los portales era nuestro pasatiempo favorito y el único deporte en el que destacábamos. Una discusión para decidir una fiesta de fin de año se convertía en el Debate de la Nación, poniendo a prueba todos nuestros recursos de oratoria. Desde siempre he sido preguntón, convencido de que cada persona lleva dentro una historia y que encontrarla depende de la habilidad para formular las preguntas adecuadas. Por regla general, compruebo que a la gente le gusta que me interese por su vida, aunque no siempre es así. En más de una ocasión me he llevado un buen corte por meterme donde no me llaman y en otras, tengo que admitir que pregunto más de lo que soy capaz de escuchar. Cuando trabajaba como periodista, si el entrevistado me aburría, le dejaba hablar y me limitaba a repetir sus tres últimas palabras, un truco infalible para convencer a alguien de que le prestas atención. Supongo que, en ocasiones, preguntar es solo mi manera de evitar un silencio incómodo.

Hace casi seis años que viajo a Santiago en tren a diario, una media hora fantástica para una siesta, un capítulo de Benjamin Black  o el descubrimiento semanal de Spotify. Sin embargo, sobre esa promesa de tiempo de recreo planea una amenaza. Ocupas tu plaza e, inesperadamente, se sienta enfrente alguien que no es ni amigo ni extraño, una persona a la que conoces lo suficiente como para no quedarte callado, pero de quien no sabes bastante como para construir una conversación decente. Yo envidio a gente como mi amigo Benito, que no tiene reparo en enfrascarse en su novela, sin que le importe un rábano que el semi-conocido se quedé con cara de pez. Yo no soy capaz y los 25 minutos de placer se convierten en 25 minutos de dentista. La conversación no arranca, se atasca, la reavivo con alguna anécdota, pero pronto se vuelve a encasquillar. Soy consciente de los esfuerzos y me irrita esa necesidad estúpida de sentirme obligado a decir algo, como si Renfe me pagase para entretener.

En Bruselas compartí piso con Lars, un alemán de un pequeño pueblo cerca de Hamburgo que hacía prácticas en la UE. Cuando regresaba de su trabajo por la tarde, bajaba de su habitación unas latas de cerveza, se reclinaba en la silla y se limitaba a escucharme. A veces se reía o emitía algún sonido mostrando interés, simplemente para dejarme ver que seguía el hilo de mi historia. Yo me sentía como un transistor que aquel joven alemán encendía a su antojo. Un día me confesó: ‘Nacho, donde yo vivo hay gente que no dice tantas palabras en un mes como tú en un día’. Aquello no sonó a broma, sino a dato estadístico y me pregunté si tal vez las habría estado contando en secreto. Uno nunca sabe qué hace un alemán en silencio. Para mi tranquilidad, descubrí que Corentin, otro de los compañeros de piso, evitaba por todos los medios coincidir con Lars para ir al centro. El trayecto se le volvía interminable.

Conozco pocas personas con quien disfrutar del silencio. Mi peluquero Jorge es una de ellas, completamente alejado del estereotipo de chismoso o barbero filósofo. En su local nunca he visto más de dos clientes y la otra suele ser una señora con suficiente papel de aluminio en la cabeza como para no enterarse de nada. Tras un saludo breve, Jorge se pone a la tarea y pronto nos quedamos callados. No me siento incómodo, ni obligado a decir nada. Simplemente me quedó allí, estudiando sus gestos, preguntándome por qué entorna tanto sus ojos, como si descubriese paisajes en mi coronilla. Me relaja el sonido metálico de las tijeras y verle moviéndose alrededor, ágil, concentrado, como un bailarín. De vez en cuento me devuelve las gafas y se retira un par de pasos, dejándome cierta intimidad. Yo me miró en el espejo, asiento y él sigue.

Quizá todo tenga que ver con los lugares. En los taxis, el silencio tiene esa cualidad hipnótica y relajante de las imágenes en movimiento. Me quedó ensimismado mirando el tráfico por la ventanilla y olvido que existe un conductor. Tal vez dé por hecho que no volveré a verle o que no espera de mí más que el precio de la carrera. Lo cierto es que, pese al espacio reducido, no siento esa molesta sensación de tener que decir algo, la que aparece cuando subo en ascensor con alguno de mis vecinos. A modo de experimento, alguna vez me he forzado a llegar al cuarto sin abrir la boca. Noto entonces como la ansiedad aletea hasta que, derrotado, meto la mano en el bolsillo y me refugio en la pantalla del móvil.

El silencio ofrece un lenguaje complejo, un idioma que nos permite comunicarnos cuando las palabras se vuelven incapaces de expresar. El silencio que traslada el mayor de los respetos, cuando lo guardamos ante una desgracia para la que cualquier gramática resulta insuficiente. El mismo silencio que se llena de tensión, cuando lo acompaña la mirada furiosa que demanda una explicación o que se transforma en castigo, si dolidos retiramos la palabra a un amigo. El silencio, como caja de secretos, cuarto de confidencias o manta que cubre lo que nos avergüenza, que vuelve invisible el tabú prohibido. El silencio que nos enmudece ante el asombro y el silencio confortable de las tardes en casa, cómplice de las parejas que viajan juntas, el silencio nocturno que aparece en los momentos de mayor intimidad, cuando quedarse callado es lo único que tiene sentido.

El verano pasado, mi Lama y yo llevamos a un chico a Vigo, una de esas personas que usan Blablacar, la aplicación para viajar en coches de otros. Mi Lama ocupó el asiento de copiloto y el chico se sentó detrás. Todo resultó agradable, nada incómodo. Trabajaba como guía y nos reímos con sus anécdotas de guiris estrafalarios. Sin embargo, me llamó la atención el desparpajo con el que mi Lama se dedicaba a contemplar el paisaje, a escucharnos o a cerrar los ojos para descansar, como si contribuir a la conversación no fuese cosa suya. ‘Pero si ya sé que vas a hablar tú’, me dijo y, aunque me crispe esa respuesta, envidio su capacidad natural para sentirse cómodo en el silencio y me pregunto si alguna vez seré capaz. Un par de días después de ese fin de semana en Vigo, mi Lama y yo leímos la valoración del viaje que nuestro pasajero había escrito en mi perfil: ‘Ha sido un placer viajar con Ignacio y Nacho’. Supongo que queda trabajo por hacer.

 

Silencios incómodos

La paciencia de las semillas (4/4)

graffiti

<-Leer capítulo 3

Se esforzaba por mantener el español, pero el alcohol le impedía encontrar las palabras. En cuanto el chico entornaba los ojos forzando la atención, advertía que se había deslizado al inglés. La banda había dejado de tocar. El local se vaciaba y la historia de Cormac se extendía sobre una mesa cubierta de pintas vacías. Frente a él, la sonrisa de Roi, entre sarcástica y asombrada. A veces, el chico se quedaba en silencio y devolvía su atención a la conversación de sus amigos. Entonces, Cormac se veía enredado en una maraña de frases, carcajadas y gestos que le bloqueaban.

—Ahí afuera están sucediendo cosas importantes. Quizá deberías pensar también en eso—, le interrumpió Roi, sorprendiéndole con el inesperado tono de reprimenda. Por primera vez, Cormac reparó en que no había dejado de darle vueltas a lo ocurrido con Guillermo. Aquel chico se había interesado por su historia y él se dejó llevar, sin embargo, aquella sesión de psicoanálisis con un desconocido le avergonzó. Quiso excusarse, pero se calló. De manera automática se inclinó para coger el vaso de Guiness, a medio camino interrumpió el gesto al comprobar que estaba vacío. En silencio observó al grupo que le habían acogido. Se vio desde fuera, perdido en un país del que apenas sabía nada, ajeno a una tormenta que había salpicado su anorak. Una palabra le golpeó, entonces, como un puño: ensimismado. ‘¿Cuándo había dejado de importarle lo demás?’, se preguntó, imaginando que quizá la soledad no fuese más que una casa confortable llena de espejos.

Roi le agarró del brazo. ‘¿Nos vamos?’. Se despidieron y salieron del local. Bajaron las escaleras de la plaza. La Catedral, como un gigante dormido. Voces de borrachos que regresaban a casa. A lo lejos, una cola frente a un establecimiento iluminado. Cormac intentó recordar cuándo había comido su último kebap. Sentados en uno de los bancos de la alameda, Roi le contó que había estudiado fotografía. Trabajó dos años para un periódico local y lo despidieron cuando la publicidad empezó a escasear. Ahora se ganaba la vida con bodas, algún festival de verano y haciendo webs. A la asociación llegó cuando los del banco se quedaron con el dinero de Alfredo, uno de los vecinos del bloque. Aquel viejo que nunca había hecho nada más que levantarse para ir al taller se había quedado sin el derecho a morirse en paz. Siguieron caminando. Roi terminó su cigarro y lanzó la colilla lejos.

—Mira aquel edificio, el blanco —, le dijo.

Cormac se dio cuenta de que habían entrado en el campus y adivinó sus intenciones. Pensó que había sido un error contarle que Guillermo daba clases en Farmacia.

—¿Qué quieres?, ¿que vaya a una de sus clases?

Roi abrió la mochila y le entregó el spray, la oportunidad de vengarse. El campus estaba vacío. Cormac agitó el bote. Quizá se lo merecía, pensó. Acaso no había tomado un avión. Él había cumplido. Mientras los dos se acercaban, visualizó a Guillermo llegando al trabajo con algún compañero, su mueca al descubrir la pintada, tal vez improvisaría una explicación o disimularía su azoramiento con algún comentario jocoso. Roi observaba, retándole con su silencio. Sin embargo, Cormac se dio cuenta de que aquello no era lo que había ocurrido. ‘De qué serviría castigar a alguien por tener miedo’, dijo, devolviéndole el spray. No hubo opción. Cuando se dio cuenta, Roi había dejado la frase estampada en la pared: ‘Profesor Guillermo cobarde! C.’.

‘Deberías dejar de comprender tanto a todo el mundo’, contestó Roi.

El avión se situó en la pista. La línea aérea de citas-extrañas despegaba con puntualidad. En dos horas depositaría a Cormac en casa. Rebuscando el móvil en el bolsillo, sus dedos tropezaron con la bellota del parque: la paciente semilla que aguardaba enterrada a que llegase su momento. Diminuta, insignificante, imaginó que contenía en su interior todo lo necesario para transformarse en un roble. Aquella imagen le hizo pensar en la violencia de las palabras de Roi, la tensión de sus gestos, la mirada ofendida, todo en él sonaba a nuevo, a algo que irrumpía furioso, abriéndose camino entre los escombros. Quizá allí esperaban también otras semillas, las que necesitaba aquel país que se venía abajo. Cormac había encontrado la suya. Después de todo, quizá su destino no estuviese en aquella ciudad construida sobre la historia de un muerto. La plantaría en el bosque de Blenheim. Allí esperaría con paciencia su oportunidad.

El sonido del whatsapp le devolvió al avión. ‘No olvides la acuarelas’, le pedía su madre. ‘Será hija de puta la vieja’, sonrió Cormac.

(Fin)

 

 

La paciencia de las semillas (4/4)

La paciencia de las semillas (3/4)

Capítulo 3

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<- Leer capítulo 2

Primero oyó una percusión. Rápidamente, el ruido se volvió atronador, acompañado de sirenas, pitos y megáfonos. El paseo le había llevado a deambular por las callejuelas de la ciudad vieja. Al doblar una esquina, se sobresaltó: una manifestación avanzaba hacia él. Intentó leer la pancarta que abría la marcha, pero no comprendía. Aturdido, se echó a un lado, pegando su espalda a la pared para evitar ser arrollado. Tras la primera fila, un grupo golpeaba bombos con furia, vestidos con chalecos reflectantes y pegatinas rojas; detrás, un bosque de puños en alto, paraguas y banderas. Algunos fotógrafos avanzaban delante, caminando de espaldas mientras disparaban. De repente, un chico con sudadera negra le apartó con violencia, sacó un spray de una mochila y pintarrajeó el cristal. ‘Please!‘, protestó Cormac. ‘Mejor cállate, guiri’, le amenazó el muchacho, agarrándole de un hombro y mirándole a los ojos con ira. Todo duró treinta segundos. El desconocido desapareció entre la tromba de gente y Cormac se quedó paralizado, pensando que ni era su crisis ni su país. Sobre el cristal, leyó: ‘Ladrones’. Se trataba de la sucursal de un banco. En el reflejo comprobó que tenía salpicaduras negras sobre su anorak.

Al llegar al hotel, notó un ligero dolor de cabeza y temió que se tratase de sus inoportunas migrañas. Al momento, tomó una de sus pastillas. En menos de una hora tendría su cita y quería estar activo, enérgico. Con 54 años, sabía que lo mejor que podía ofrecer era la promesa de una vida interesante y eso no lo conseguiría con manzanillas y jaquecas. Al salir de la ducha, dudó en enviar un último mensaje a Guillermo, pero lo vio innecesario. Cerró la puerta de la habitación y, por primera vez, se sintió optimista.

Llegó al Federal veinte minutos antes de las diez. No era su primera cita con un desconocido, y le daba seguridad ser el primero. Le desagradó el ambiente metálico de aquella nave transformada en bar, pensó que habría sido un taller y lamentó la obsesión de convertir cualquier espacio industrial en un restaurante o museo. La luz tenue, las paredes de hormigón, los techos altos, parecía uno de esos lugares donde raramente puede suceder una buena conversación. Eligió una de las mesas con taburete, se colocó mirando a la puerta y pidió vino. Le hubiese apetecido cerveza, pero pensó que un blanco sería apropiado. Mientras esperaba, empezó a anticipar cómo transcurriría todo. Hablarían de sus ciudades, de sus cursos de español en Granada, de viajes y, por supuesto, del trabajo, ambos eran profesores y eso les daba un terreno común.

No se atrevió a pedir una tercera copa. Le avergonzaba que el camarero estuviese descifrando qué ocurría. Eran las once menos cuarto, pronto haría una hora desde que esperaba. Casi todas las mesas estaban ocupados, aunque el Federal continuaba siendo una enorme nave llena de vacío. Volvió a mirar el móvil. Le habría gustado ser una persona colérica, sentirse herido, dejarse llevar por el deseo irreprimible de llamarle para destruirle a reproches, censurando su sentido de la educación y removiendo su conciencia. Sin embargo, aquello iba en contra de su naturaleza. Por mucho que lo ocultase, lo cierto es que siempre había previsto que la silla vacía entraba dentro de las opciones posibles,  y que cambiar de país no añadía garantía alguna a la ecuación, sólo encarecía el desaire. De pronto le asqueó su realismo y aparentó un ataque de dignidad, dejó un billete de diez  y se precipitó a la salida, como si temiese que Guillermo se fuese a presentar y le diese miedo que lo encontrase allí sentado, esperando por él como una esposa entregada. Visualizarlo entrando en el bar y descubriendo una mesa vacía le produjo un alivio infantil.

En la calle, el viento le despejó, barriendo esa fina capa de dignidad fingida y dejando al descubierto una profunda sensación de estupidez; la certeza de comprobar que nada escapa a las leyes de la improbabilidad. Había cogido un avión, había engañado a sus jefes, a sus amigos y había mentido a su madre, todo para conocer a un extraño de quien tenía la intuición de que sería especial. Por las calles pasaban estudiantes agitando bufandas de algún equipo de fútbol. Una grupo de chicos hacía cola ante un cajero y una mujer se esforzaba por bajar la ruidosa persiana de una farmacia. La noche de viernes comenzaba. No quería volver al hotel. No quería volver a Oxford. Apagó su móvil. Tampoco quería una explicación. Sólo le apetecía caminar y no pensar en nada. ¿No era eso precisamente lo que la gente buscaba en esa ciudad?

Al otro lado de una plaza escuchó risas. Subió unas escalinatas y vio un grupo apoyado contra la pared de una vieja casona de piedra, fumando y charlando animadamente. Alzó la vista y descubrió un escudo presidiendo la fachada, más arriba un balcón de hierro forjado y gárgolas escupiendo el agua de la lluvia. Desde el interior llegaba música folk. Aborrecía ese mundo de torcales y símbolos celta, pero decidió entrar. A trompicones se abrió camino a la barra. Al fondo, tocaba una banda; un acordeón, violines y guitarras, ritmos que le recordaron a los insoportables pubs de Cork, la ciudad de su abuelo, donde pasaban los veranos de niño. La gente daba palmas, golpeaba el suelo con los tacones y bailaban sin levantarse de las sillas, contoneándose como plantas de maíz agitadas por el alcohol y la música. En la pared, entre las grietas de las piedras que la recubría, descubrió monedas. Le divirtió esa variante de la fuente de los deseos. Aprovechando una oportunidad se hizo un hueco en la barra y pidió una Guiness. Tuvo que señalar el grifo para hacerse entender. De pronto, su español tampoco funcionaba. Con el primer trago en la garganta se alegró de que el ruido de aquel local apagase cualquier pensamiento. Allí nadie le encontraría, pensó.

Sin nada sólido en el estómago, comenzaba a sentirse mareado. La banda descansaba, pero no dejaba de entrar gente y  Cormac encontraba cada vez más difícil conservar su posición en la barra. De repente, un empujón le hizo derramar parte de su Guiness sobre el vaquero. Al girarse descubrió una cara familiar. ‘Dos veces en un día’, protestó en inglés. A punto de disculparse, el chico se quedó callado, entornó los ojos enfocando la memoria y se preguntó sorprendido: ‘¿El guiri?’. Sin contestarle, recuperó su anorak debajo de la barra y le mostró las manchas de spray.  La banda regresaba, Comarc deseó que estallasen las cuerdas de todos los violines y el chico sonrió, quizá presintiendo sus pensamientos.

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La paciencia de las semillas (3/4)