El chasquido del jefe

rumano-tocando-acordeon

A Raúl le han dado la patada por no chascar los dedos.  Ahora al menos podrá tirar la americana roja que le obligaban a ponerse, dos tallas más grande, con las mangas colgándole, como un espantapájaros disfrazado de chico de los recados. Tras casi dos años sin trabajo, le faltaba nada para perder el paro, así que los trescientos euros le venían de perlas. Sin embargo, quedarse sin dinero no ha sido lo peor. Un cabrón le ha metido en la cabeza que le despiden por débil. Cuando andamos con la autoestima floja, nos echamos encima todas las culpas, creyendo lo primero que nos cuentan y a mí me hierve la sangre cuando le veo tentado de darle la razón al crápula de su jefe. Yo sé que se siente así porque las cosas no le van bien y que pronto se convencerá de que tener carácter no es levantar la voz al más tarugo, que de eso sobran los que son capaces, sino hacer lo que él hizo.

El primer mes no le fue mal, aunque le colocaron junto a los perfumes y no paraba de estornudar. Hace un par de años, el médico le diagnosticó rinitis y le explicó que tenía una nariz hiperreactiva, a la que le afecta cualquier cosa. En realidad, mi amigo cree que todo él se ha vuelto hiperreactivo desde que pasó por ese trabajo. En los papeles, había pedido la sección de Electrónica, que es lo que estudió y de lo que sabe. Sin embargo, su jefe se empeñó en ponerlo en la puerta de acceso, al lado de Cosmética. ‘Verás como te gusta, con lo fino que eres tú’, se mofaba delante del resto. En un mes, su nariz se había cansado de reaccionar y aguantaba hasta los sábados a la tarde, cuando la planta se llenaba de señoras probando perfumes y el aire acondicionado esparcía una nube densa y dulce, mezcla de aromas de todas las muestras.

Con su jefe nunca se entendió. En la formación le miraba torcido y le llamaba Raulcito, marcando el dinimutivo. Cuando empezó a trabajar se alegró porque dejó de verle, pero esa voz de cuartel, áspera y viscosa, le llegaba por el pinganillo de la oreja, reptando como un gusano hacia su tímpano. Aquella tarde, le ordenó que saliese a la calle Gustavo Bueno  y espantase al rumano que tocaba bajo los soportales, que hasta los parterres todo era propiedad del centro.

Sentado en una banqueta plegable, el chico abría y cerraba el acordeón, sujeto a su cuerpo con correas de cuero. Frente a él, el cajón de madera que sirve de funda al instrumento, esperando abierto la primera moneda.  Al ver a Raúl,  giró la cabeza y continuó tocando, siguiendo el ritmo con el pie. Raúl podía sentir la mirada de su jefe en el cogote, observándolo a través de las cámaras de seguridad. Con calma empezó a hablar, sin que el chico le prestase atención. Raúl levantó la voz y el acordeón se detuvo. Entonces volvió a explicarle que no podía tocar, el chico se llevaba su índice al oído, fingiendo no entender el idioma. Había comenzado a llover y algunas personas se refugiaban bajo los soportales, siguiendo divertidos la escena. Raúl intentaba hacerse entender por gestos, aún estando seguro de que no era un problema de comprensión.

‘Sal de ahí, estúpido’, escuchó a su espalda, al tiempo que una mano le quitaba del medio. Al girarse se topó con el gesto desencajado del jefe, que de una patada cerró el cajón y con un chasquido de dedos señaló el camino al músico, mientras se acercaba a sólo unos centímetros de su cara, mirándole con ojos nublados de ira y sin mediar palabra. Intimidado, el chico dobló la banqueta y, sin tiempo a guardar el instrumento, se arregló para recoger todo atropelladamente y largarse. Algo más lejos se giró gritándole algo al jefe, que tras mirar a Raúl con desprecio regresaba al interior.

Luego vino la charla, preguntándole con sorna a qué venían tantos remilgos,  que el centro no era una ONG y que o aprendía a sacarse de encima a esos rumanos o a buscarse otro trabajo, que los clientes estaban para cuidarlos y no para que les molesten. A Raúl se le disparaba el pulso, pero tragaba saliva, pensando que mejor dejarlo, hacer sus horas y volver a casa con los euros. El resto de los días fueron algo más tranquilos, pero las bromas no paraban y siempre el Raulcito de marras al final de cada frase. Mi amigo regresaba furioso, con un resquemor abrasándole por dentro, imaginando cómo le gustaría decirle cuatro cosas.

Raúl andaba inquieto, rumiando las frases del jefe, que se le quedaban girando en la memoria,  y los domingos a la tarde se le ensombrecía el ánimo pensando en el lunes. Su padre lo notaba y no tuvo más remedio que contarle, aún ahorrándole detalles, que no era cuestión de describirle las humillaciones. El padre le dijo que, en la vida, había que endurecer la piel, que no sería el último amargado con el que se iba a encontrar y que uno debe aprender a tirar para adelante, sin dejar que le coman la moral.

Aquella tarde, nada más verlo a través del cristal de la puerta notó los nervios agarrándole las tripas. Sería algo más joven que el del otro día, unos veinte años. Colocó su banqueta en el mismo sitio y empezó a sonar el acordeón. Raúl rezó para que su jefe no estuviese en la sala de las cámaras. ‘Ya sabes lo que hay que hacer, Raulcito’, le llegó su voz pausada, casi susurrando, cerrando la frase con uno de sus chasquidos.  Salió a la calle y se acercó. El chico le miró y se detuvo. Tenía los ojos negros y pequeños como granos de café. Una moneda de cincuenta céntimos sobre el forro rojo del cajón. Raúl se quedó parado. El chasquido de su jefe volvió a sonar en su oído, y otra vez más, como latigazos al aire, el pulso se le disparaba, las lágrimas se le venían a los ojos de rabia y los puños bien cerrados, apretando fuerte para no mover un músculo, escuchando el acordeón.

El chasquido del jefe

Contra los muros

chez-mamam

Él acababa de llegar y yo hacía mis maletas. Las cosas no habían salido como planeaba, y sólo me apetecía irme y poner a salvo los días buenos. Entonces, aspiraba a que todo lo demás fuese un capítulo cerrado porque todo lo demás se resumía en un nombre a olvidar. Esa noche, una de mis últimas en Bruselas, me dejaba estafar pagando jupilers calientes a cinco euros. Entonces, se abrió la trampilla del techo y volví a ver aquellas piernas de paquidermo embutidas en medias oscuras, ocultando varices gruesas como cables.

Sonaron los primeros acordes de Good morning Baltimore y, como una señal secreta, el público enloqueció, avalanzándose hacia la barra con histeria adolescente. La Maman descendía lentamente, prensada en un vestido rojo brillante, con su gesto de diva petrificado bajo un empedrado de maquillaje. Me pegué a la pared en busca de una bocanada de aire limpio y me pregunté si echaría de menos aquel local oscuro, sucio e impregnado de olor a sudor, cerveza y a esas colonias afrutadas de maricas peluqueras.

La parte de atrás se vació, con todas las fieras apelotonadas sobre la barra, celebrando el descenso de su reina. Al otro extremo, vi su silueta, como el dibujo desgarbado de un personaje de cómic. Llevaba una americana oscura y una sudadera de algodón, demasiado abrigado y, sin embargo, parecía rodeado de frío. Uno de los focos le iluminó. Su piel me pareció lo único blanco de aquella noche. Tenía una mano en el bolsillo, y uno de los pies apoyado en  la pared, fingiendo tranquilidad. No apartaba la vista de lo que ocurría, con su mirada de bisturí, intentado adivinar como cien kilos de carne podrían contonearse sobre una barra de bar.

Él hablaba español y yo aparentaba entenderlo, aturdido por los gritos de La Maman, que subía las escaleras despidiéndose, lanzando una última salva de Baltimore and me. La trampilla se cerró y  volvió la oscuridad. Se llamaba Damien y acababa de llegar de Burdeos para estudiar un doctorado en Ciencias Políticas en la ULB. Yo me limitaba a preguntar, alimentando la conversación, como quien arroja monedas en una juke box. A él le interesó que fuese periodista; a mí me asustó que fuese tan joven. De nuevo, demasiado. Me contó que se especializaba en muros y fronteras. Sonreí y noté que le irritaba mi gesto. Aquella noche duró horas y cada hora pensaba que volvería a casa solo. Subimos al ropero y tomamos una más, él continuaba con sus viajes a Israel, con argumentos cada vez más encendidos y llenos de energía. Temí que me propusiese un café, por suerte aceptó ir al Bonefois. Allí el dj sobre el piano, sus ojos azul fluor y aquel beat eléctrico y metálico, acuchillando frases, dejando sólo un acento y marcándonos el camino a casa.

Aquellos días brillaba un sol de marzo y yo ya no tenía planes; sólo esperar a que llegase mi avión. Que extraño conocer a alguien mientras uno se despide de todos. Fueron días tristes y hermosos. Me dan miedo los cambios, pero, sin ni siquiera darse cuenta, él me ayudó a irme. Comimos en algunas terrazas y también cocinó algo con queso en aquel piso de Flagey. Luego vimos Tu marcheras sur l’eau. Como turistas, bebimos cerveza de cereza sobre los barriles del Moeder Lambic, mientras mi hermana se escandalizaba con su edad. Compramos ropa vieja, y él me hablaba de como también se encontraría una solución a las guerras que duran siglos, a las que todos han dado por perdidas, esas en las que la única alternativa ha sido levantar un muro. Por un momento dejaba de ser un cínico y le daba la razón, pensaba que algún día pondría las noticias y aparecían políticos firmando ese acuerdo y detrás estaría él, con sus ojos de dibujo animado: el estudiante empeñado en encontrar ideas que derriban muros.

Algunas personas llegan y apenas se quedan, pero cuando se marchan, descubrimos que nos han ayudado a encontrar la salida. Como esas gasolineras que aparecen justo a tiempo o el último bar abierto antes del taxi, también ellas se cruzan para hacer algo por nosotros. Sin pretenderlo, deshacen el nudo y se marchan. No nos pedirán nada. No formarán parte de nuestra historia, pero sin ellas esa historia sería otra. Habríamos doblado esquinas distintas y quién sabe cuánto tiempo habríamos pasado en la nebulosa donde nos encontraron.

Contra los muros

Desengancharse

arabe-en-bici

¿De qué podemos desengancharnos? De la heroína, del picaporte que nos desgarra el bolsillo de la americana cuando salimos corriendo, de la novela de Benjamin Black que nos impide apagar la luz, de las tres cucharadas de azúcar en el yogur de la mañana. La gente se libera de anzuelos afilados y sigue, pero ¿de qué no podemos desengancharnos?

A Marga las colaboraciones en la revista no le alcanzan para el alquiler y por eso colecciona trabajos. Me pregunta si son de esos que llamamos ahora minijobs y se burla de que los periodistas le cambiemos el nombre a las cosas sólo para que parezcan nuevas. Benoît, uno de sus profesores de danza, le ha conseguido unas horas en el vestuario de La Monnaie y allí aprende a echar vodka a los trajes para tapar olores y evitar lavarlos después de cada actuación. Además, puede ver los ensayos gratis, salir con las compañías a L’Archiduc y, de vez en cuando, emborracharse y dejar que algún bailarín la lleve a casa. A su madre le gusta imaginarla en la ópera, aunque nunca haya visto una, sin embargo, lo prefiere al otro trabajo.

Tres tardes por semana, Marga enseña a montar en bicicleta a mujeres en el parque del Cinquantanaire, la mayoría turcas de la comuna de Schaerbeek, viudas que han tenido que esperar a que muriesen sus maridos para que nadie les prohíba cosas como aprender francés en un país en el que se habla francés o andar en bicicleta. A su madre ese trabajo no le hace gracia, teme que alguno de los maridos no esté tan muerto y aparezca algún día a bajarlas del sillín.

Este diciembre hará una década que llegó a la ciudad y está pensando en traerse castañas de Fabero para celebrarlo con un magosto. Su madre le ha contado que los de la cooperativa las pagan a euro y medio el kilo porque han salido gordas y, si el sol se deja ver, ella aprovecha para bajarse a La Rubiona a apañar alguna. Luego se olvida de las castañas y de su madre y, aunque sabe de sobra mi respuesta, me pregunta si creo que debería invitarlo a la fiesta. Entonces, me doy cuenta de que no habrá fiesta. Hace un año que no lo ve y me dice que está contenta, aunque suene más aliviada que contenta.

Con la cabeza fría, Marga entiende que no hay otra manera. Como le dice su madre, las cosas graves sólo se resuelven arrancando hojas del calendario y ella se pregunta cuántos meses le quedan al suyo. Al menos ya no lo confunde con otros por la calle, ni se le pone un punto en el pecho cuando cruza Dundée y teme que salga del parque paseando a Zoe, con los cascos y ese andar torpe, arrastrando un poco los pies. La mayoría de los días tampoco espera que la llame, aunque algún domingo se levanta con la neura de que recibirá un mensaje y se le achica el estómago porque siente que las dudas no se han ido, siguen ahí, invernando, esperando su momento.

Cuando le preguntan por qué sigue sola, Marga se encoge de hombros y ya no cuenta su historia, harta de que la tomen por loca o por una idiota, la estúpida que perdió diez años esperando a que alguien la quisiese como se quiere la gente que se hace feliz. Ella ve la cara de asombro de quienes la escuchan y se pregunta si habrán vivido algo parecido porque quizá sus historias hayan sido como las que ella tenía antes de encontrarle, controlables, inocuas, corrientes. Ahora sabe que uno debe tener cuidado con las personas que se lleva a la boca, con los juegos que acepta jugar. Ni siquiera recuerda cuando empezó a formarse el nudo, cuando el deseo de las primeras citas se transformó en un cepo.

Se ha cansado de explicar que lo intentó, que mil y una veces quiso cortarlo, que hasta aceptó pedir ayuda cuando tuvo la impresión de que todo se le iba de las manos, sintiéndose incapaz de negarse a verlo, con la voluntad anulada y la ansiedad abrasándole las tripas; que llegó a hacer la maleta para protegerse en la distancia, pero de nuevo, una promesa le cortó la huida.

Recuerdo aquella noche que me llamó de madrugada, sonaba a escombros, destruida por dentro, asegurando que no le importaba que él hubiese decidido tener su casa, su mujer, que había renunciado a los celos y aceptaba todo con tal de que no desapareciese. Mientras la escuchaba, yo deseaba que fuese él quien se cansase. Sin embargo, cruel, inconsciente o enfermo, él seguía.

Entonces, sucedió lo de la noche en la calle. Ella se visualiza en la esquina de la Rue de Cotte con Trousseau, apoyada en la estatua de bronce de G. Simenon, observando las luces de su apartamento, adivinando las siluetas al otro lado de las ventanas, imaginando la vida sobre la moqueta, el olor a crema, el vapor en los cristales y quizá la música. Helaba, pero no caía nieve. Sólo un frío sólido y cortante, como una plancha de acero presionando las mejillas. Apenas había tráfico, el ruido de un tranvía en la avenida paralela y la oscuridad del barrio, interrumpida por el neón sucio e intermitente de un pakistaní. No sabe cuanto tiempo esperó, quizá horas. Él descorrió la cortina. Tal vez sintió vértigo al ver en los ojos de ella la boca de un pozo, o pánico al entender como, a apenas unos metros, les separaba un abismo. Esa noche desapareció. Ella siguió escribiéndole, le llamó, intentó que hablasen, pero nunca respondió. Aquella mirada desde el ático a la calle, una herida en la memoria, fue el último mensaje.

¿De qué podemos desengancharnos? De esa persona que se cruza como un harpón y encuentra en nosotros un amarre y nos deja removiéndonos, agitándonos, meses, años, y cuando logramos desprendernos, sentimos que nos hemos dejado jirones de carne y descubrimos que es tarde porque su ausencia nos sujeta y decimos que estamos bien, pero no estamos bien.

Marga me ha contado que Neylam ha vuelto a las clases. Cree que no ha tenido una alumna más tozuda que ella. Las caídas de la bici son algo habitual, sin embargo, la clavícula de Neylam necesitó cinco horas de quirófano para recomponerse.  Ahora está feliz porque su traumatólogo le ha dicho que la fractura ha soldado y ya no necesita el cabestrillo. El día de Reyes cumplirá cincuenta y dos y Marga ha pensando en regalarle la Raleigh negra, la bici de la caída. Cuando la ve tambaleándose de nuevo sobre el sillín, luchando por enderezar el manillar y seguir pedaleando, Marga respira, se llena de aire frío del invierno belga y piensa que quizá no sea tarde, que tal vez también ella esté a tiempo de aprender a mantener el equilibrio.

Desengancharse

Mi mejor taza de té

mi-mejor-taza-de-te

Mi amigo Fede vive con un ‘mejor’ en la punta de la lengua. No importa cuál sea la pregunta, si su playa favorita o el whisky preferido, él nunca duda. Sabe donde venden el mejor pan, preparan las tapas más sabrosas o cuál es la calle donde se aparca antes. Sin pestañear te dirá el mejor gol del cualquier futbolista o la mejor película del mejor actor. A veces Fede se queda callado y  yo lo imagino revisando sus superlativos, casi puedo oír sus clasificaciones encajando en filas y columnas como piezas de tetris. A Fede no le da pereza cruzar la ciudad para disfrutar del mejor vermú o aguantar una cola exasperante para comprar un tarrina de nata en la mejor heladería y, si alguien se empeña en tomar algo en el bar de abajo, por educación no dirá nada, pero se le verá incómodo, traicionándose a sí mismo y tal vez con la boca pequeña nos conceda un: ‘Aquí tampoco lo hacen mal’.

Yo, en cambio, he sido siempre demasiado impaciente para ser sibarita. En Bruselas compartí un ático con Sthepanie, una belga risueña, que adoraba pasearse descalza y en bragas por la casa. En cuanto su novio Thibault descubrió que al español que vivía con la impúdica Stephanie le gustaban los chicos, pasó de gruñir al cruzarme por el pasillo a convertirme en su mejor amigo. Una noche al regresar a casa descubrí que me había preparado una degustación de cervezas trapistas. Sediento, me precipité sobre la primera y bebí a morro, un trago largo y hondo. Al momento, vi sus ojos de espanto, señalándome una hilera de relucientes copas, una por cada botella, todas diferentes, con la forma precisa para permitirles desplegar todo su aroma. ‘No me extraña que mezcléis el vino con coca-cola’, me reprochó con desprecio.

Por bárbaros que seamos en los cotidiano, y aunque por pereza nos conformemos con la baguette del chino en lugar de coger el coche para comprar el mollete perfecto, todos ocultamos un lado sibarita, un vicio secreto en el que nos irritan sobremanera los defectos, nos crispa que no esté como debería y que, además, sufrimos en silencio, por miedo a parecer pedantes. En mi caso, ese lado sale a la luz frente a una taza de té.

Llegué al té escapando del café y, a su vez, al café huyendo de la leche; en una cadena de fugas, que me asusta pensar donde terminará. Desde que tengo memoria, la leche me repugna y, pese a las victorias que he conseguido con los años frente a otros enemigos gastronómicos, le leche resiste como la única fobia insuperable. Nadie ha tirado tanta como yo. Mañana tras mañana, año tras año, crecí mojando mi dedo índice en la taza y deslizándolo por el bigote, cuando mi bigote ni siquiera era pelusa. Después, vaciaba con sigilo la taza en el fregadero y salía orgulloso de la cocina, luciendo la prueba falsa sobre mis labios.

De camino al colegio, paraba en El Sombra y, sin tener estatura para asomarme a la barra, pedía un café; al principio con leche y azúcar, pronto solo. Mi cuerpo se acostumbró rápidamente, reclamando dosis cada vez mayores. En la universidad me volví una persona nocturna y mi primer trabajo fue en la redacción de un periódico. Todo me empujó a un nivel de adicción en el que podía beber una docena de cafés, en días en los que notaba como las pestañas me temblaban y el estómago ardía, como si lo hubiesen frotado con un estropajo.

Aprovechando una operación leve, a la que siguió un tratamiento de antibióticos, el médico me prescribió una dieta blanda, que excluía el café. No fue fácil, pero conseguí prescindir de él. Entonces, apareció el té. Llegó como un sucedáneo, un chico puente cuya misión era hacerme olvidar el latigazo eléctrico del café por las mañanas; apenas agua manchada a la que no encontraba sabor. Las cosas fueron cambiando poco a poco hasta convertirse en uno de mis placeres diarios, aunque pueda contar con los dedos de una mano los lugares de mi ciudad en los que me hayan servido una buena taza de té.

Más allá de la paupérrima calidad del té ensobrado o de la incomprensible costumbre de añadir azúcar a una bebida cuya esencia reside en su sabor amargo, en la mayoría de los lugares olvidan cuestiones básicas, como usar teteras o cestas que permitan a las hojas entrar en contacto directo con el agua para que el proceso de infusión sea correcto. Con frecuencia tampoco se respeta el tiempo que se debe dejar el té para que desprenda todo su sabor, evitando que amargue o quede insulso. Otro error común es utilizar agua tibia o excesivamente caliente. La temperatura correcta dependerá del tipo de té, pero un té negro exige agua a punto de hervir o directamente hirviendo. Sin embargo, si existe una costumbre que encuentro irritante y pone a prueba mi paciencia es la de servirlo en una taza ancha y baja de desayuno, en lugar de en una cilíndrica. Si además es de cristal, el desastre es absoluto.

No importa que el té sea la base de algunas de las civilizaciones más antiguas de Oriente, que su cultivo haya sostenido imperios tan poderosos como el del Reino Unido, modelando el mapa de las colonias en Asia y definiendo las fronteras actuales, que su comercio haya provocado guerras y revoluciones, favorecieron el nacimiento de países como Estados Unidos, con el famoso ‘motín del té’, preámbulo de la Guerra de la Independencia. Ni siquiera importa que el consumo de esta bebida salvase millones de vidas en la Revolución Industrial, al pasar de ser un lujo de la aristocracia victoriana a popularizarse entre la clase trabajadora, protegiendo a familias enteras de obreros de enfermedades que se transmitían a través del agua contaminada de las ciudades y que se depuraban al tener que hervir el agua para prepararlo. Nada importan sus méritos; como se lamentaba George Orwell, podremos abrir el libro de recetas más prestigioso y jamás encontraremos un capítulo dedicado a preparar una buena taza té, olvidando que es una de las cosas más serias que se pueden hacer en una cocina.

 

Mi mejor taza de té

El acento de Gabriela

lagrimas
Man Ray Glass Tears 1932 Collection Elton John

A Gabriela la mudanza le ha regalado un año. Mientras arreglan la convalidación de su bachillerato, la universidad tendrá que esperar. El tiempo le vendrá bien porque aún no tiene claro si estudiar teatro o matemáticas. Yo le digo que quizá los números tengan mejor salida, y ella se coloca las gafas en el centro de la nariz y me mira, esperando que le aporte alguna prueba. Por ahora, Gabriela busca actividades para rellenar sus días y conocer gente. Me dice que tampoco en Caracas era muy sociable, pero echa en falta a Carolina y María Alejandra, su primera y segunda mejor amiga, por ese orden.

Sus padres le han aconsejado que prepare el Proficiency, el certificado más alto de inglés que expide la Universidad de Cambridge. La idea no le ilusiona porque, para Gabriela, hablar inglés ha sido siempre algo natural. Desde pequeña, sus padres la enviaban en verano a Durango, un pueblicito en Texas, donde su tío Nelson trabaja como veterinario. ‘A quien me pida el certificado, podría enseñarle mis fotos en el lago Wichita’, me dice riéndose, y luego me cuenta que Nelson la llevó este año al Old Farm, un restaurante con un solo plato en la carta: el Just feed me (Aliméntame). ‘Una hamburguesa como una rueda de camión’, recuerda. Sin embargo, su madre no la deja en paz e insiste en que los títulos cuentan y que se prepare para empapelar su habitación con un montón de diplomas porque las cosas en España no le resultarán tan fáciles. Ella no sabe a qué se refiere con ‘tan fáciles’ porque, si en Venezuela hubiese sido sencillo, se podrían haber ahorrado el viaje y también toda la ropa de abrigo que le han comprado.

Gabriela lleva tres meses en Santa Cruz, en una urbanización a las afueras de Coruña, y, por ahora, su parte favorita de la vida en Galicia es coger el autobús y regresar a casa sola. Además, ha encontrado una escuela de teatro musical y están ensayando Los Miserables. A ella le gustan los musicales porque la gente llora y espera que le dejen hacer el papel de Fantine, aunque otra chica también tiene opciones. El otro día, Gabriela me preguntó si conocía algún sitio donde quiten acentos. No le gusta que la gente sepa de donde viene. Además, le preocupa que pueda perjudicar su carrera. ‘No quiero que me encasillen como latina’, me dice. Alguien le ha contado que, cuando llegan a Londres, los indios se apuntan a un centro para neutralizar su acento ya que así tienen más posibilidades de que les contraten en call centers; al parecer, los clientes se sienten mejor atendidos si creen que hablan con alguien de su país.

Yo le cuento que fui a una escuela de lenguas donde cada alumno tenía un acento distinto. Era un edificio destartalado, con una moqueta llena de quemaduras de cigarrillos y una máquina de vending con el cristal astillado, pero también era un lugar alucinante donde conocí a gente de países maravillosos. Sobre la ventanilla de secretaría, un cartel decía: ‘Nunca te rías de alguien con un acento. Querrá decir que habla una lengua más que tú’. Gabriela menea la cabeza, convencida de que esa frase no vale para españoles y latinos. Yo le digo que su acento me hace pensar en cosas agradables y me mira como si lo dijese sólo para hacerla sentir bien. Entonces, le pregunto que le parece el de Coruña y me confiesa que la gente suena tan triste que le dan ganas de abrazarlos. Le advierto de que, si quiere ser una buena actriz, deberá preocuparse más de aprender acentos que de eliminarlos. Entonces, se vuelve a colocar bien las gafas, ganando algo de tiempo, y me responde que quizá le valdría con aprender a apagarlo de vez en cuando, y no quitárselo para siempre. Luego se cansa de mi conversación y se enrolla una bufanda como si fuese una momia, asegurándose bien de que el viento no pueda colarse por ningún hueco. Al verme sonreír, me dice que su abuela le habla mucho del invierno gallego y me pregunta si tengo alguna idea de cuándo llegará.

El acento de Gabriela

El encanto del destiempo

boda-de-ana

Cuando me desanima el pensamiento de que quizá sea tarde para empezar algo, me vienen a la cabeza las pecas de Ana Llorente, una pelirroja con ojos de viernes que, con cincuenta años, encontró a su media naranja: Pascal, un ruandés elegante, bonachón y con una de esas risas que llenan una casa. Lo conoció en una exposición y se convirtió en su marido. ‘Las mejores cosas me han ocurrido tarde en la vida, un trabajo en otro país, el amor, grandes amigos’, me contó, recordando que todo le llegó cuando daba por hecho que las principales piezas de su tablero ya no se moverían.

Supongo que hay un momento para hacer las cosas, un momento que no tiene porque ser el mejor, sino el habitual. No hablo de comprarnos un coche o de aprender a hacer el nudo de la corbata, sino de los grandes acontecimientos, como ir a la universidad, tener un hijo o decidir el lugar en el que nos vamos a quedar. Hay personas que viven a destiempo y no creo que lo hagan por un sentido de transgresión o impuntualidad, sino porque no lo pueden evitar. Su ritmo no coincide con el del resto, y no están interesadas en forzar el paso o en sentarse a esperar.

La mayoría de mis amigos se casaron cuando tocaba; la mayoría, pero no todos. Este verano volví a una boda, una que no esperaba. Fernando y Marisol se conocieron en la universidad, llevan veinte años juntos y son padres de dos niños. Suele ocurrir que, tras dos décadas como pareja, la gente te llama para decirte que se divorcia, no que se casa, así que la noticia me sorprendió; al menos, hasta cierto punto. Supongo que su vida, tras esa boda, apenas habrá cambiado. ¿Por qué entonces?  Que se quieren y les da la gana, eso desde luego; sin embargo, tengo la impresión de que existe otra razón, quizá una que exige tener algunos años para entenderla.

Cuando éramos jóvenes, me refiero a jóvenes de verdad, todos teníamos una opinión contundente sobre las bodas. Como el aborto, la pena de muerte o el diésel y la gasolina, la decisión de casarse era uno de esos temas en los que el campo se dividía a la mitad y no cabían medias tintas. Un bando idealizaba el amor, despreciando la necesidad de garantizarlo a través de un contrato, y otro soñaba con una novia de blanco, una iglesia antigua y un viaje al Caribe. Con los años, esas opiniones se han quedado pequeñas.

Si pienso en mi primera boda, me veo saliendo de un comedor, encajando en los bolsillos de la americana dos botellas de Chivas. Se casaba mi amigo Jose y uno no estaba acostumbrado a las barras libres. Éramos principiantes y lo mirábamos todo con ojos grandes, fingiendo entender, pero sin saber nada, con la excitación de quien estrena una función en la que también nosotros teníamos un papel. Desde esa boda hasta la de Fernando y Marisol han pasado unas cuantas, y nos hemos hechos expertos. Ahora se contratan drones, se recibe a los novios con pompas de jabón y los curas se han vuelto elementos exóticos, sin embargo, las cosas importantes no han cambiado. Sabemos que habrá un vídeo con una canción de U2, un discurso salpicado de anécdotas sonrojantes y ya no nos avergonzaremos cuando nos demos cuenta de que la locomotora de la conga es nuestro padre.

Como es lógico, la mayoría de las parejas se casan cuando el amor se serena, agotada esa primera etapa turbulenta en la que los sentimientos se suben a la cabeza. Además de apaciguados, los novios llegan al altar con una cierta fatiga, comprensible después de un año de preparativos. Las bodas se organizan al detalle y, cuando llega el gran día, han repasado el guión tantas veces que tienen la impresión de haberla vivido. Saben qué ocurrirá cada segundo y el ‘sí, quiero’ sonará fuerte y seguro, pero ensayado. Para recuperar el suspense, las parejas deberían invitarnos a la pedida, cuando todavía tiemblan las voces, o tal vez las bodas podrían desarrollarse al revés y que los novios se presenten sin saber qué habrá organizado la gente que les quiere.

En una de las bodas más emocionantes a las que he ido, ocurrió algo así o quizá simplemente dio la impresión de que ocurría. Se casaban  Joana y David y, además de enamorados, estaban frescos, despreocupados y llenos de energía, tanto que parecían los primeros en sorprenderse con lo que estaba ocurriendo, como si alguien hubiese madrugado para disponerlo todo y ellos se prestasen simplemente a participar de aquel juego, abriendo puertas y descubriendo que sorpresa les esperaba dentro.

Ver a David en chaqué, hasta ese día siempre en camiseta, contribuía a esa atmósfera de baile de máscaras que hace tan atractivas las ceremonias solemnes. El banquete se celebró de noche, era verano y el comedor se instaló al aire libre, en el patio del Castillo de Guimaraes. Los novios entraron corriendo y se frenaron en seco, sorprendidos al encontrarnos de pie aplaudiendo, preguntándose quizá si todo aquello era por ellos. Recuperados, nos miraron con complicidad, alegrándose de que también nosotros nos hubiésemos colado en aquella fiesta.

Casarse a destiempo tiene un encanto especial, como las vacaciones de invierno o esos padres atractivos que cruzamos en el supermercado. A esas bodas no se llega apremiado por el reloj, sino por el deseo de hacer algo cuando no toca. Fernando me contó que Marisol y él habían decidido casarse porque les apetecía dar una fiesta, algo tan simple y tan serio; una de esas razones que hubiésemos cuestionado a los veinte años, cuando uno se aupaba a principios tan altos que costaba ver el suelo desde ellos.

Su boda fue un día hermoso, de sol espléndido al lado del mar y con un dron espiando nuestras coronillas. Quizá a los veinte años a uno le cueste entender la urgencia de celebrar cualquier cosa porque a esa edad las fiestas son lo cotidiano. Sigo sin ser partidario de bodas, al menos de la mía, sin embargo, si un día tuviese que encontrar una razón, celebrar una fiesta sería la única posible.

.

El encanto del destiempo

Entre Onofres y Prudencios (2)

filosofia

<- Leer parte I

Decir que ha sido gracias a ellos sería exagerar. Con otros también habríamos llegado. Más lejos, más cerca, quién lo sabe; pero probablemente a un lugar distinto. De la lista de quienes nos han enseñado, a algunos los hemos olvidado, de otros recordamos anécdotas desternillantes o quizá alguna que todavía nos escueza, pero de todos, habrá uno que sobresalga, un nombre que nos devuelva la sensación de que, en un tiempo de muchas decisiones y pocos mapas, él abrió una puerta y, entonces, pudimos entrever, aunque fuese a mucha distancia, algo que nos gustaba. En mi caso, ese profesor se llamaba Prudencio y me enseñó algo mucho más serio que una asignatura: Filosofía.

No fuimos amigos, ni siquiera tengo claro que le cayese bien; de hecho, fue de los pocos profesores que llamó a mis padres para reprenderme por mi comportamiento. Aquello me dejó sorprendido. Yo era lo que todo el mundo consideraba un buen alumno. Sin embargo, un día me dijo: ‘Ignacio, dile a tus padres que vengan, quiero hablar con ellos’. No quiso adelantarme nada. Hablé con mi madre, y me miró extrañada, convencida de que, en realidad, le ocultaba el motivo. Quitando una estúpida pelea por un partido de baloncesto, jamás había dado problemas. De camino a la cita, recuerdo ir manipulado a mi madre, describiendo a Prudencio como alguien especial, ensimismado, con la cabeza en otro sitio, desacreditándolo con anécdotas como que recogía a su hija al salir de clase y, al llegar a casa, se daba cuenta de que la había perdido.

‘Ignacio es buen estudiante. señora. Eso usted ya lo sabe’, le dijo, mientras mi madre se cruzaba de brazos, preparándose para el golpe. ‘Estoy preocupado porque le he visto sonrisas displicentes hacia compañeros, ya sabe, compañeros menos despiertos’. Respiré aliviado. Si el principal cargo contra mí era ‘displicente’ saldría vivo. Mi madre me miró como diciéndome espera que busque en el diccionario qué significa displicente y me vas a oír. Para rematarlo, antes de despedirnos, añadió: ‘Tenga cuidado, está fascinado con Nietzsche, y su hijo es todavía muy joven’. Me costó convencerla de que Nietzsche no tenía nada que ver con la pornografía y que sólo me divertía porque hablaba de superhombres, anticristos y por ese maravilloso bigote de morsa que le convertía en el primer filósofo hipster de la historia.

Con claridad y pasión, Prudencio nos hacía sentir que no había nada más importante que lo que escuchábamos en sus clases. Si en lugar de filosofía hubiese hablado de música lo habría contratado Radio 3. Me encantaba como introducía a cada uno de los autores del temario. Con ritmo de trailer de cine, sabía presentarlos de modo que nos creyésemos a punto de conocer a genios que habían cambiado el curso de la historia y que lo habían hecho no con ejércitos ni con fortunas, sino con algo que cualquiera de nosotros podíamos tener: ideas.

Sabía generar expectación y conducirnos con habilidad a lo esencial a través de anécdotas, entresacando episodios brillantes de las biografías de Platon, Kant, Marx, eligiendo citas provocadoras o suscitando debates acalorados. De manera natural, nos hablaba como adultos, esperando escuchar a personas con opiniones, y no a loros recitando un libro. Con los años le volví a ver. Apenas había cambiado, con su cara de no saber qué dirección tomar y sus pantalones de pana un par de tallas más grandes. Me llamó Antonio y me preguntó qué tal en Derecho. Sonreí y le dije que la vida me trataba bien. Me dio coraje corregirle. Supongo que no podría esperar mucho más de alguien que olvida a su hija de camino a casa.

(fin)

Entre Onofres y Prudencios (2)

Entre Onofres y Prudencios (1)

bachillerato

Se decía de los maristas que, al ordenarse, debían elegir un nombre nuevo, símbolo de la ruptura con su vida anterior. Quizá por esta razón mis años en su colegio de Ourense transcurrieron entre profesores con nombres del Antiguo Testamento. En sexto, fui alumno de un Onofre, el único que he conocido. Aquel hombre pasaba las clases repantigado tras la mesa, sujetando entre sus manos su enorme cabeza de mastín arrugado. Cada día nos hacía leer en alto algún tema del libro de Sociales y él se limitaba a decir con desgana cada tres minutos: ‘Siguiente’.

A medida que la tarde avanzaba, el sopor le vencía, se le iban cerrando los parpados, como dos toldos polvorientos, y la barbilla se le caía hasta que parecía que fuese a darse de bruces contra la mesa. Yo deseaba que se estampase y su cabeza saliese rodando como una estatua rota, pero siempre se espabilaba en el último segundo y volvía a decir: ‘Siguiente’. Cuando me llamaba a la pizarra a dar la lección, me pedía que me acercase y me susurraba: ‘¿Te la sabes, verdad?’. Yo asentía, y él me ponía la nota sin necesidad de abrir la boca. Estoy seguro de que aquello nada tenía que ver con la confianza en mi trabajo, sino con la pereza que le daba escucharme. Por supuesto, sentía la tentación de engañarle y vivir de mi reputación, pero nunca me atreví, así que supongo que su método tampoco estaba tan mal.

En séptimo, a Onofre lo sustituyó Nicasio. Daba clases de dibujo técnico y le precedía su fama de profesor colérico. Se contaba que había sido boxeador y que, arrepentido por haberse pasado de la raya en algún combate, se había ordenado marista. Fuese leyenda o realidad, lo cierto es que rompía láminas a diestro y siniestro y le gustaba caminar entre los pupitres con los puños cerrados y resoplando como una cafetera. De pronto se paraba a tu lado y te clavaba la mirada en silencio,  mientras tú intentabas adivinar en qué te podías haber equivocado si ni siquiera habías tenido tiempo de quitarle la tapa al grafo. En uno de sus ataques de ira me rompió un regla porque, al parecer, la había comprado de la marca barata. La empezó a doblar delante de mi cara, tensándola cada vez más y más, hasta que estalló. ‘Deberían poder tocarse los extremos’, me gritó, tirándome los trozos con desprecio.

En bachillerato nos tocó un profesor de gimnasia al que conocíamos por su apellido: Cabrera. Usaba colonias con olor a desinfectante, llevaba el pelo engominado y le bailaba la dentadura postiza. Se presentaba siempre con aspecto de haberse despertado de la siesta y se rumoreaba que tenía problemas con la bebida. En la prueba de cien metros, esperaba en la línea de meta con un cronómetro que nadie tenía la certeza de que funcionase y nos daba la salida bajando el brazo. Sabiendo que le fallaba la vista, los más atrevidos se adelantaban y empezaban a correr desde los cincuenta. Pese a conseguir marcas asombrosas, dignas de atletas olímpicos, él los recibía en la meta con un frío: ‘No está mal, chaval‘.

En mi último año con los maristas encontré a dos de mis profesores favoritos, incluidos en esa rica lista de nombres estrafalarios. Con una calva luminosa, vestido con bata blanca y con gesto de bulldog enfurruñado, Belarmino nos daba Lengua y Literatura y vivía obsesionado con las notas de selectividad. Quería ser el primero hasta en el concurso de villancicos. Todo era lo bastante serio como para no perder. No permitía que nadie le robase un minuto a sus clases y, si el profesor que le precedía se extendía, irrumpía en el aula como un misil, reclamando el inicio de su hora.

Nadie me ha enseñado Literatura y Lengua de manera más soporífera y eficaz. Belarmino creía firmemente en la necesidad de contar con un método para todo, un camino bien señalizado por el que el alumno pudiese transitar sin dudar qué dirección tomar. Su reto era que pensásemos lo menos posible. Para él, pensar implicaba decidir y, por lo tanto, el riesgo de equivocarnos, algo que no estaba dispuesto a consentir. Su estrategia se basaba en convertirnos en robots y reducirlo todo a una sucesión de pasos mecánicos, reglas que debíamos memorizar y practicar hasta conseguir hacer el análisis sintáctico de cualquier frase con los ojos cerrados.

La Literatura se la traía al pairo y Baroja, Cela, Lorca y el resto de los autores no eran más que materia en bruto con la que construir resúmenes. Con él, sólo contaba el tamaño de los resúmenes, que debían ser diminutos, obligándonos a destilar la vida y obra de esos gigantes hasta comprimirla en una carilla. Su objetivo era que el día del examen final pudiésemos repasar todo el libro releyendo una docena de hojas. Aquellos trucos y estrategias dejaban claro que Belarmino entendía la enseñanza como una liga de fútbol en la que el gol era lo único que importaba.

Siempre he sospechado que, tras ese gesto huraño, Belarmino escondía una parte misteriosa y entrañable, un lugar que podíamos entrever, pero nunca entrar y mucho menos atrevernos a preguntar. Cuando se celebraban misas en el colegio, y eso ocurría más de lo que nos gustaba, le recuerdo en la capilla como el fantasma de la ópera; solo en el piso de arriba, apartado del resto, como si temiese que le escuchásemos rumiar sus pensamientos. Hace años lo crucé en Santiago. Le saludé tímidamente, creyendo que no recordaría mi nombre, después de tantos años y tantas promociones. Me agarró de los hombros y me sacudió hasta hacerme temblar las orejas. ‘¡Coño, Mojón!’, me dijo con esa sonrisa tensa, que parecía dolerle. Al momento empezó a interrogarme, disparando preguntas sobre mi carrera. Apostaría que se contuvo para evitar abroncarme por no haber llegado a más que a redactor raso.

Seguir leyendo→

(Sábado 22, parte 2)

 

Entre Onofres y Prudencios (1)

El realismo y las lavanderías (fin)

gay-at-airport

<-Leer parte 3 

La tormenta se había calmado, permitiendo al último autobús salir a tiempo, y dejándome en Charleroi por siete minutos. Envié un mensaje a mi madre diciendo que había llegado bien y la imaginé en bata, permitiéndose al fin irse a la cama. La nieve se derretía, formando hilos de agua sucia que correteaban entre las grietas de la acera, manchando las suelas de algunos pasajeros que se organizaban para compartir los cincuenta euros del viaje en taxi a Bruselas. A través de la puerta de cristal se veía una mujer latina colocando sillas sobre las mesas de la última cafetería con luz. Del otro lado de la carretera llegaba el destello rojo del neón de un Ibis. Hiciese lo que hiciese, no llegaría a casa hasta la una y el resto estaría durmiendo. Pensé en avisarles, pero, en realidad, nadie me esperaba. Por suerte, mañana no tendría que madrugar. ‘Ya ves, estos autobuses belgas sólo salen puntuales las noches de temporal’. Reconocí la voz, me giré y encontré a Carlos sonriendo, sentado sobre su mochila de montaña, protegido del viento tras la máquina expendedora de billetes.

En alguna de las guías que me habían regalado al mudarme a Bruselas había leído que las autopistas belgas eran las mejor iluminadas del mundo, que su exceso de producción eléctrica explicaba las interminables hileras de farolas encendidas a ambos lados de la calzada y que, si uno miraba la tierra desde el cielo, distinguiría la silueta de la Muralla China y un diminuto foco de luz sobre Europa. Como siempre, imposible adivinar qué había de verdad o de humor surrealista en la historia de aquel país sin hazañas, pero repleto de datos estrafalarios. En el taxi sonaba música india a todo volumen, obligándonos a gritar para mantener una conversación, como si atravesásemos un mercado de Calculta en lugar de los bosques congelados de Valonia. El primer tren a Lille salía a las cinco de la mañana de Bruselas; un TGV que dejaría a Carlos en casa en cuarenta minutos. Tímidamente, le había ofrecido esperar chez moi, pero insistió en que prefería ir a la Gare du Midi y me pareció embarazoso insistir.

Al bajar del taxi, reconocí el olor pestilente a humedad y orina de la entrada. Resultaba difícil de creer que una de las principales estaciones de Europa, desde la que salían cada día trenes a Londres, París o Berlín, tuviese ese tufo a fábrica abandonada. Le Soir había publicado la pasada semana que habían violado a una chica a las nueve y media de la noche, al parecer un grupo de desconocidos la asaltó y la rodeó formando un corro, la noticia resultaba más escalofriante todavía si se tiene en cuenta que ocurrió en un lugar con presencia constante de Policía y vigilancia privada.

A la una de la madrugada, las tiendas de chocolates y gofres del hall estaban cerradas. En un banco dormitaba una pareja de mochileros rubios, con ese aspecto tan saludable de chicos de pueblo que tienen los americanos que recorren Europa. No muy lejos esperaba una familia de árabes, rodeada de maletas y cajas de cartón, y diseminados por el vestíbulo, algún empleado de limpieza y otros pasajeros aislados, ocultos tras algún libro, con las solapas levantadas para protegerse del frío, probablemente víctimas también del temporal.

—Espero que hayas traído exámenes para corregir. Será una noche larga.
—No te vayas. Déjame invitarte a un café. Estoy seguro de que habrá por aquí alguna máquina que hará uno de los mejores cafés de Europa.
—No debería haberte contado lo de la violación. Tienes miedo.
—Soy valiente. Me comí aquel corazón de pato.
—Tranquilo, no hay chica violada. Lo inventé para que aceptases venir a casa, pero veo que debería haber pensando en algo más peligroso.

Sabía que yo no iría a Lille, en unas horas estaría saliendo de mi baño, con el pelo mojado y  la boca llena de pasta de dientes, mirando muy serio a mi cama y diciendo: Un bon verre de vin blanc. Él no se quedaría en Bruselas, a la hora del desayuno estaría sentado en la mesa de su cocina, mordisqueando rosquillas de Ledesma, crujientes y cargadas de anís, escuchando a su novio francés culpar a los pobres belgas del temporal, de los retrasos  y de esta noche extraña en Midi. Sin embargo, ahora estábamos en aquel vestíbulo y todas esas decisiones estaban por tomar. Él esperaba a su tren de regreso, ¿y yo?, ¿qué hacía yo?

Odio el té con azúcar, realmente lo odio, pero lo bebí poco a poco, conformándome con el calor del vaso de plástico en la palma de la mano. Nos sentamos en un banco frente a una de las pantallas con los horarios, Carlos sacó el móvil del bolsillo, conectó sus auriculares y me colocó uno.  Estiró las piernas, cruzó los brazos y reclinó su cabeza en mi hombro. Notaba su respiración, el pelo rozando mi cuello, su mano en mi costado. También yo cerré los ojos. Sonaba Save me de Aimee Mann y, entonces, la vi: perfecta, real e imposible, como la de Ann y Lee, mi escena de lavandería.

El realismo y las lavanderías (fin)

El realismo y las lavanderías (3)

snowfall

←Leer Parte 2

Agradecí que Ryanair deje pocas opciones al sueño y la conversación pudiese tener una segunda oportunidad. Cerrando la gramática, le expliqué a Carlos que llevaba un año en clases intensivas de francés y, sobre su tarjeta de embarque, escribí: ‘Un bon verre de vin blanc‘ (un buen vaso de vino blanco), retándole a leerlo en alto. Al ver mi asombro por su pronunciación, sonrió, le dio la vuelta a la hoja y señaló su nombre impreso en el papel, llevando el dedo a su primer apellido: Bonefois.

Me contó que había nacido en Francia, hijo de un mecánico de Lyon y de una funcionaria de Correos de Salamanca. Su padre trabajaba en la fábrica de camiones de Renault en Saint-Priest cuando perdió su empleo. Volvo compró la planta, decidió recortar la plantilla y se vio en la calle con cuarenta años. Confundido, sintió que necesitaba tiempo para pensar, viajó en autobús a Saint Jean Pied de Port, en los Pirineos, y empezó el Camino de Santiago. Tras un mes cruzando España, una tarde sintió náuseas y sudor frío en la espalda, poco después se encontraba vomitando en una cuneta entre Molinaseca y Ponferrada. Por suerte, una cartera que pasaba en moto le vio, se detuvo y le acompañó al centro de salud. En la sala de espera, entre latas de acuarius y visitas al baño del ambulatorio, la samaritana le convenció para que reposase un par de días  en su casa y se recuperase de su gastroenteritis. Aquel peregrino aceptó y nunca llegó a Compostela, sin embargo, volvió a Lyon con algo más importante que un alma limpia de pecados: la madre de su hijo. Dos años después nacía Carlos en Chassieu, un pueblo a las afueras de Lyon donde vivió hasta sus doce años. Entonces, sus padres se divorciaron y él decidió regresar a España con su madre.

Por temor a que la conversación se adentrase en cuestiones personales, le mostré de nuevo lo que acababa de escribir sobre su tarjeta de embarque, confesándole que un bon verre de vin blanc era mi estrategia para que mi francés llegase a sonar algún día como el suyo. Escrita en una cartulina, había colgado la frase sobre el cabecero de mi cama. Cada día al levantarme, la leía, solemne y concentrado, como si fuese una oración. Anne, mi remilgada profesora de francés, me había garantizado que cuando fuese capaz de pronunciarla con claridad podría dejar la escuela. Al parecer, esas seis palabras reunían todas las vocales y sonidos nasales imposibles para un español.

En España, Carlos estudió Traducción e Interpretación y, al terminar, intentó encontrar trabajo. Me contó que apareció algo en una academia, luego un puesto a media jornada poniendo subtítulos a videojuegos en un polígono de Zamora y, gracias a sus idiomas, los veranos le llamaban de la oficina de turismo de Salamanca. Cansado de becas, de cobrar en negro y de horarios a la española decidió probar suerte fuera. Un amigo de su padre le habló de una escuela en Lille donde buscaban a un nativo para dar clases de español y le ofrecieron el puesto.

‘Al principio, enseñaba a los más enanos’, me contó, ‘Te confías, ¿sabes? Tan rubios y monos. Todos parecen niños de anuncios de galletas; te llaman monsieur y todo eso, pero pronto descubres que es sólo una palabra y son tan crueles como en cualquier parte’. Pronto le surgió la opción de cambiarse a la universidad. No era un gran sueldo, pero, al menos, guardaban silencio. Mientras hablaba me fijé en un lunar diminuto debajo de la comisura del labio, como una mancha de café que uno podría borrar con la yema del dedo. De pronto se echó las manos a la boca para contener un bostezo y pensé que me encantaban sus ojeras. Entonces me pregunté cómo es de extraño que me vuelvan loco las ojeras de las personas.

Le hablé de un fin de semana en Lille con amigos españoles, y de nuestra visita a Le Boucher qui fume,  un restaurante para carnívoros sin escrúpulos, escondido en un parque de magnolios y castaños de indias, donde probamos los pieds de porc y algunas otras recetas de esa siniestra y deliciosa cocina francesa a base de vísceras. Carlos me aconsejó que regresase para ponerme a prueba pidiendo un  bocadillo de cebolla y arenque frío. ‘Mano de santo para la resaca’, aseguró. Me contó como uno de sus ligues en Lille le preparó en su primera cita una brochette de coeur de cannard y la cena no terminó mal. Sonreí pensando que en España nadie tendría una sola posibilidad si intentase seducir a alguien con un corazón de pato ensartado en un palo.

Por un momento pensé que aquella noche de temporal me había ofrecido mi escena de lavandería. Aterrizando, apareció la nieve salpicando la oscuridad. El vuelo había llegado con media hora de retraso, me pregunté si saldrían todavía lanzaderas a Bruselas o tendría que ir en taxi. Sobre la pista se veían los chalecos reflectantes de los operarios. Pensé que, en unos minutos, nos despediríamos y no le volvería a ver o quizá nos cruzásemos algún día, con prisa, cargados de bolsas, y sin apenas reconocernos. Las historias tienen su momento y uno nunca debe quedarse a desayunar; eso era algo que había aprendido hace tiempo.

Sentí la necesidad física de que aquello continuase, un mordisco de ansiedad en el estómago, quizá el temor de no saber qué hacer o  de saberlo. Al recuperar su mochila del compartimento encima de los asientos se levantó ligeramente su camiseta, dejando ver una delicada hilera de vello bajo su ombligo. Supongo que así aparecen las personas, de manera imprevisible, sin avisarnos, enfrentándonos a la decisión de arriesgarnos o de protegernos, conformándonos con la fantasía de imaginar qué habría pasado de habernos atrevido.

No había finger y caminamos unos metros por la pista, con el viento gélido cortándonos la cara. Carlos me sonrió mientras se abrigaba con un gorro de lana. Al entrar en la terminal se giró y me dijo que el último autobús a Lille salía en diez minutos. Me besó en la mejilla y me acarició con su pulgar, haciéndome sentir como un niño que recibe su premio. De lejos, gritó que estaríamos en contacto. Sonreí  y me pregunté por qué, cuando nos despedimos, es el momento en el que peor mentimos.

Leer parte 4->

El realismo y las lavanderías (3)