El realismo y las lavanderías (2)

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La suerte abre puertas, pero deja a cada uno la elección de cruzarlas. Mientras se acomodaba en el asiento de al lado, le escuchaba hablar por teléfono en español. Avisaba a alguien de que el vuelo podría retrasarse por las nevadas en Bélgica. Sin dejar de moverse se quitó un jersey grueso, convirtiéndolo en un ovillo sobre sus piernas. Al reclinar su espalda, noté el contacto frío con su piel. Él retiró su brazo al momento, dirigiéndome una sonrisa breve, preocupado quizá por la brusquedad del movimiento. Yo fingía continuar concentrado en la lectura de una gramática francesa, mientras le escuchaba rebuscar en el interior de una mochila. En cualquier otra situación, todo aquel ajetreo me habría parecido un incordio y supongo que me habría hecho emitir, al menos, un chasquido de protesta.

Como si hiciese algo indebido, le vi encender de nuevo su móvil, ocultándolo entre sus piernas. Revisaba la previsión del tiempo y encontré la oportunidad de presentarme. Parecía natural interesarse por el temporal aquella noche de borrasca. Nunca me ha costado iniciar una conversación, pero si la persona me atrae, entonces siento que cada palabra cuenta. No puedo evitar imaginar que estará cansado de que todo el mundo se acerque con preguntas aparentemente inocentes. Ese pensamiento me llena de inseguridades, haciéndome que me inhiba por temor a ser despachado con la indiferencia que reservamos para los pesados. Sin embargo, aquella noche estaba convencido de que el azar jugaba de mi lado y mi imaginación comenzaba a asignar todo tipo de cualidades extraordinarias a aquellos ojos claros, reflejados en la diminuta ventana del avión, desde la que apenas veía el asfalto mojado de la pista y las luces verdes e intermitentes de las balizas.

Se llamaba Carlos y, al decirme su nombre, noté un tímido impulso automático para presentarse con un beso, un gesto que atajó al momento para ofrecerme un apretón de manos. Venía de visitar a su madre en Ledesma, cerca de Salamanca, y se dirigía a Lille, una de las ciudades francesas próximas a la frontera belga, donde llevaba dos años trabajando como profesor de español en el aula de lenguas modernas de la universidad. Calculé que no habría cumplido treinta, aunque su cara imberbe, y su manera de vestir informal, harían seguramente que me quedase corto. Mientras le escuchaba resumir su biografía, de esa manera breve y desapasionada con la que dos extraños se presentan, un azafato de Ryanair movía sus brazos con aspavientos cansados y mecánicos, como un espantapájaros triste, con el uniforme arrugado. Pensé si sería el primer azafato gordo que había visto. Probablemente, no; aunque quizá sí el primero realmente rollizo y me pregunté qué tipo de lógica explica que los aviones sean cada vez más pequeños y los azafatos más grandes.

Su camiseta de The Cure sirvió para descorchar la conversación. Le conté que les había visto en Santiago, cuando el periódico para el que trabajaba me había enviado a cubrir el concierto. Por un momento recordé aquella noche de julio en el Monte do Gozo; como Robert Smith, con su cara hinchada y su pelo desmarañado, había pasado de parecerme una gloria resucitada por el marketing a impresionarme por su capacidad de generar complicidad. Le bastaba su mirada para comunicarse con el público, haciéndole ver que sabía que no sólo conocían sus canciones, sino las historias que las habían inspirado; creando una atmósfera íntima, densa y excluyente, que dejaba fuera a los intrusos que, como yo, sólo habíamos ido a contar lo que ocurría.

Como si me escuchase desde fuera, me pareció que lo que estaba contando sonaba terriblemente pedante y creo que me sonrojé. Hablaba demasiado. Normalmente, yo no era así. Lo mío era preguntar; eso era lo que sabía hacer, conseguir que el otro se explayase y dejar fluir la conversación, despejándola de obstáculos o animándola cuando perdía velocidad. Avergonzado, decidí retirarme del lugar en el que me había metido. Volviéndome hacia la ventana, intenté sonar despreocupado comentando que quizá la nieve impediría llegar a Bruselas en autobús. ‘Acabo de decirle lo mismo a mi novio’, contestó Carlos. Un segundo después, el ruido de los motores anunciaba el despegue, dejándonos en un oportuno silencio, mientras yo sentía que aquellas palabras me devolvían a tierra.

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El realismo y las lavanderías (2)

El realismo y las lavanderías

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El alquiler no incluía el derecho a usar la lavadora del sótano, pero por suerte contaba con un salon lavoir enfrente de casa. Solía ir los miércoles a la noche, con una de esas gigantes bolsas azules de Ikea, cargada de camisetas y calcetines sucios. Aquella lavandería automática me hacía pensar en Mi vida sin mí, cuando Ann se queda dormida esperando su colada y, al abrir los ojos, descubre a Lee observándola desde una silla. En realidad, por aquel salón nunca pasó Mark Ruffalo y, si lo hubiese hecho, no habría encontrado los ojos azul hielo de Sarah Polley. La realidad de la Avenue Albert, como el resto de las realidades, no la ha escrito Isabel Coixet y esas noches de miércoles no ofrecían más aventuras que treinta minutos de espera en una silla de plástico, mirando como un gato pasmado los tambores metálicos girar, atontado por el untuoso olor a suavizante y el calor de las secadoras industriales.

Al final de la Rue des Commerçants, cerca del apartamento de Julián, había otra de esas lavanderías. Los domingos se acercaban las putas de la calle Laeken a hacer su colada. Sentado, fingía no prestarles atención mientras doblaban su ropa interior con mimo, parloteando y rellenando sus bolsas de mudas limpias. Ni siquiera allí ocurría nada especial. Sin embargo, esas lavanderías me siguen pareciendo lugares en los que uno nunca está libre de que aparezca alguien que pueda cambiar su vida. Supongo que todos hemos visto demasiadas películas. Sabemos que la vida no es el cine y, sin embargo, el cine se ha infiltrado en nuestra vida, condicionando nuestras expectativas y asegurándonos algunas decepciones.

De niño, tras ver Pesadilla en Elm Street, me asustaba quedarme dormido y que apareciesen las uñas-cuchilla de Freddy Krueger destripando mi colchón. Tras ver Aracnofobia, una espantosa película en la que una plaga de arañas venenosas arrasaba un pueblo entero, no era capaz de calzarme sin comprobar que no había nada dentro de mis zapatos. A mi Lama todavía le asusta nadar alejado de la costa. Se ve a si mismo desde abajo, como uno de esos contrapicados de Tiburón, donde el nadador mueve despreocupadamente sus piernecitas mientras la cámara avanza desde el fondo del mar, con la música subiendo, anunciando la llegada de unas mandíbulas abiertas.

Con más o menos suerte, cuando crecemos, nos desprendemos de esos dientes de leche que son los miedos infantiles, pero seguimos siendo estafados por la ficción, que nos promete lo que la vida no puede conceder. En los aeropuertos, mientras aguardo el embarque, me gusta examinar al resto de los pasajeros, preguntándome quién se sentará a mi lado, convencido de que todo el mundo oculta razones asombrosas para viajar a otro país. En realidad, se trata de un mero entretenimiento y sé bien que acabaré compartiendo mi vuelo con algún matrimonio encantador, cargado de comida envasada para su hijo, un joven periodista reconvertido a camarero en el enésimo Pret a Manger de Oxford Street.

¿Y si el problema no fuese el realismo?, ¿y si fuésemos nosotros quienes no nos atrevemos a dar la réplica cuando la vida nos ofrece un buen guión? Ocurrió regresando a Bruselas desde Oporto, después de pasar las vacaciones de Navidad en casa. En la cola de embarque, observaba las pantallas, ante el temor de que anunciasen retrasos por un temporal de nieve en Charleroi, el aeropuerto secundario de Bruselas. Delante, una señora presumía de haber logrado pasar el control con unas agujas de calcetar en el bolso, la prueba de que el cansino sistema de seguridad no funcionaba. Yo imaginaba divertido el titular de un piloto de Ryanair degollado en punto de cruz por una abuela portuguesa. Entonces, apareció. Bajó corriendo las escaleras mecánicas y se situó al final de la cola, doblándose para recuperar la respiración. Dentro del avión, ya en mi asiento, le vi avanzar por el pasillo y deseé que por una vez en mi vida el azar apartase de mí a los matrimonios encantadores e hiciese hueco para acomodar a aquel último pasajero.

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El realismo y las lavanderías

Mis ciudades sin mosquitos

sara

Existen tres o cuatro ciudades a las que no me canso de volver, ciudades frías, apacibles, de días cortos y lentos, en las que ocurren cosas poco originales y uno puede pasar tiempo en cafés y restaurantes, sin grandes acontecimientos que le distraigan. Cuando regreso, no me reconcome la idea de que debería estar explorando lugares más exóticos. Al contrario, me devuelven una sensación cálida, agradable, la misma que sentimos al probar una vieja receta o al reencontrar a uno de esos amigos con los que sobran las presentaciones y podemos lanzarnos directamente a despotricar de nuestro país, uno de los grandes placeres de viajar al extranjero. Cada año paso algún fin de semana en esas ciudades, ignorando sus monumentos imprescindibles, libre del tedioso circuito de las primeras veces, cuando deambulamos con una guía en la mano, levantando las cejas ante cualquier estatua y nos sentimos culpables si nos apetece una hamburguesa porque sabemos que habrá alguien al lado que exclamará alarmado: ‘¡Pero cómo te vas a comer aquí una hamburguesa!’.

A mi hermana Sara, mis escapadas le parecen seniles. Al parecer, ella reserva Europa para la jubilación, cuando necesite vacaciones confortables, hoteles con moqueta y excursiones en autobuses descubiertos. Ahora prefiere planes excitantes, escapadas a otros continentes, con montañas y playas de las que jamás recuerda su nombre. Cada semana me bombardea con fotografías de acantilados, selvas y cuevas misteriosas, y suele terminar sus mensajes con un life is memories, como si fuese un anuncio de los álbumes Hofmann. En realidad, cuando la escucho, siento un poco de envidia. Yo nunca conseguiré seguir su ritmo. Algo me impide estar en países donde un mosquito pueda enviarme al hospital. Creo que podría ir a un lugar con osos. No tengo problemas con los osos. Se les ve venir; pero cómo protegerte frente a un mosquito.

Mi idea de una aventura es regresar a Bruselas y comprobar que el Boulevard Anspach se ha vuelto peatonal o que una floristería ha sustituido al videoclub pakistaní enfrente de mi antigua casa, aquel antro maravilloso al que llegaban los estrenos antes que al cine. En realidad, lo que me alegra es asegurarme de que nada decisivo ha cambiado. Me distrae pasear por Saint-Gilles y ver que sigue abierta la peluquería donde mis patillas pagaron las consecuencias de un mal francés o tomarme una Jupiler en uno de los vasos sucios del Verschueren, lamentando que mi barba ya no haga que se gire ninguno de esos flamencos con peinados imposibles que aún me vuelven loco.

Para que me brillen las pupilas me basta con dejarme invitar a una botella de vino por algún amigo al que echo en falta, demorándome en las sobremesas hasta que se enciendan las farolas, sin sentirme culpable por perderme alguna visita guiada, disfrutando de esos lugares como se disfruta de los libros favoritos, deteniéndonos en algún capítulo o eligiendo un párrafo al azar, y devolviéndolo luego a la estantería, sin remordimientos por no releerlos enteros, con la misma libertad y calma de esas ciudades del norte en las que me encuentro como en casa, donde puedo sentarme tranquilo a esperar el tranvía, seguro de que no habrá mosquito alguno que haya sobrevivido al final del verano.

Mis ciudades sin mosquitos

¿Quién se ha comido mi dalki?

hermanos

Uno no nace en el orden correcto, nace cuando le toca. Yo mismo soy un error de bulto. Habría sido un hermano pequeño extraordinario, lleno de cualidades, pero me tocó ser el mayor. Con razón, mis padres nunca me vieron como el hijo al que dejar las llaves de casa o el que debía administrar el dinero cuando se iban de viaje. En mi defensa, he de decir que les he brindado todo un campo de pruebas para entrenar sus aptitudes, un circuito de crossfit en el que sacar músculo como padres, hasta el punto de que los cuatro que criaron después resultaron pan comido.

Faltándome vocación y cualidades, Rebeca, la siguiente en la lista de cinco, se convirtió en la hermana mayor en la sombra y el tiempo no ha hecho más que corroborar sus aptitudes para el puesto: funcionaria, casada con un policía, enganchada a la alimentación bio y con contundentes dotes de mando. A ella le basta levantar la ceja para meter en cintura a mi cuñado, todo un central de fútbol. Yo, en cambio, he tenido que buscarme un novio de cincuenta kilos para hacerme respetar. En todos sus grupos, Rebeca debía ser líder y, si no era así, las pandillas temblaban. Recuerdo los veranos en el pueblo, cuando mi hermana llegaba con alguno de sus novios pijos, de esos que han terminado siendo dentistas. Enseguida, la diva local veía peligrar su corona y saltaban chispas. Entonces, mi hermana maniobraba, movía hilos, ganaba apoyos y el golpe se consumaba.

Mi idea del liderazgo siempre ha sido más ensimismada. ¿Conocen ese experimento donde se sienta a niños frente a un caramelo y se les explica que pueden comerlo si les apetece, pero, si esperan veinte minutos sin tocarlo, les darán dos? Al parecer, los psicólogos que lo idearon comprobaron que quienes demostraban autocontrol se convertían en adultos exitosos. Por suerte, nunca me sometieron a ese test. Estoy seguro de que, tras comer mi caramelo, habría invertido los veinte minutos en birlar el suyo a alguno de esos irritantes niños con paciencia. Probablemente esos psicólogos tan sádicos habrían acertado pronosticando que acabaría trabajando para políticos. Esto de los caramelos es algo más que una metáfora. De cuando en vez, mi madre regresaba del súper con cinco dalkis, una de esas delicias de nata y chocolate que nos permitíamos cuando ni las calorías ni los conservantes formaban parte de nuestra vida. Entonces, jamás sentí remordimientos por repetir postre, dejando a alguno de mis hermanos con una mandarina de consolación en la mano.

Durante años fui un hermano desapegado, miraba al resto con la arrogancia y la distancia del mayor, como unos seres que habían llegado tarde y, por lo tanto, tenían menos derechos. Eran ellos y yo o, más bien, yo y ellos. Entre Rebeca y Sonia, había una conexión lógica: las dos chicas, casi de la misma edad, estudiando en el mismo colegio; y luego los gemelos, sincronizados hasta para coger la gripe y de los que me separaban diez años -todo un siglo, entonces-. Yo iba por libre y mi vida transcurría sin prestarles demasiada atención. En ese tiempo era Rebeca quien les amparaba bajo su ala. De vez en cuando, creía necesario recordar cuál era mi posición en la pirámide familiar. Entonces, me conformaba con sacarla de quicio. Aquello tampoco necesitaba de un gran ingenio. Bastaba con convencerla de que sus orejas eran de un tamaño extraordinario o bautizarla con un mote absurdo. Uno de mis grandes éxitos fue apodarla Pildurina, porque estaba tan flaca como una de esas pequeñas píldoras para el catarro. Sólo con pronunciar ese mote se desataba la histeria.

Con la universidad llegó la vida fuera y la casa se convirtió en un lugar donde lavar la ropa. La brecha se ensanchó, concentrado en todo lo que me tocaba estrenar. A esa etapa le siguieron los primeros años trabajando, secuestrado por el ritmo frenético de un periódico, y la etapa en Bélgica. En muchos sentidos, tengo la impresión de que tuve que irme para conseguir regresar. ¿Quién echa de menos lo que nunca le ha faltado? A un avión de distancia, mi nueva casa dejó de tener hermanos, y también mi fines de semana y hasta alguna Noche de Reyes. Mientras tanto, los pequeños se hacían mayores. Sonia se casaba, Alex firmaba su primer contrato, Sara opositaba y Rebeca tenía una niña. Yo iba y volvía, comprobando que las barreras de los años, que antes separaban mundos distintos, se volvían borrosas y la vida nos situaba en la misma posición.

Cuando regresé, todo había cambiado, señal de que probablemente sólo yo no era el mismo. De pronto necesitaba estar con ellos,  pasar tiempo, mucho tiempo. Cumplidos los treinta, descubrí que la relación con los hermanos conserva todo lo sólido de la amistad y ninguna de sus fragilidades, la intimidad de los que siempre se han conocido, el perdón de lo que no tiene remedio, y la mirada incondicional del fan, del que se esfuerza en vano por disimular su admiración, jugando a ser niños que seguimos compitiendo.

¿Quién se ha comido mi dalki?

Cuando disparé a un mago…

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—Nacho, te espera un mago.

Aunque mi trabajo tiene sus momentos, no escucho mensajes así todas las mañanas. Intrigado, me dirigí a la pequeña sala de butacas amarillas donde nos reunimos con los proveedores. Abrí la puerta, dos hombres me esperaban. El más alto vestía una americana de tejido brillante, con ribetes blancos en las solapas. A su lado, su compañero me miraba debajo de un peluquín desgastado, moviendo sus ojos en todas las direcciones. Al momento reconocí aquel mago con ojos de camaleón y sentí como me subía la sangre a las mejillas, temiendo que él también se acordase de mí.

El hombre de la americana se presentó como productor de televisión y, mientras se esforzaba por extraer una pesada tablet de su estuche, empezó a resumir las extraordinarias habilidades de su socio, al que yo fingía no conocer. El mago asentía complacido, sin decir nada y con dificultades para fijar la mirada en un punto. Como si me confesase un secreto, el productor bajó la voz hasta casi susurrar. Entonces, me desveló que trabajaban en el guión de un programa de televisión nuevo. La idea era tan sencilla como poco original: el mago interactuaría con personas por la calle, sorprendiéndolas con sus trucos. Para financiarlo pretendían grabar en escenarios emblemáticos de Galicia, de tal manera que pudiesen conseguir patrocinios a cambio de la promoción. Mientras simulaba estar absorto en su presentación, me visualicé en la delegación de La Voz de Galicia en Monforte durante mis primeras prácticas en el verano de 1996. Allí era donde había conocido a aquel mago.

Llegué a Monforte en mi segundo año de carrera. Cada día conducía desde Ourense en un Visa de segunda mano, tan destartalado que hasta la Guardia Civil tuvo que empujarlo un día en el alto de Guítara para lograr que arrancase. Solía desayunar en un bar delante del Colegio de los Escolapios y, mientras engullía medio bocadillo de queso caliente y bebía dos cafés seguidos, espiaba a los clientes que leían los periódicos. Cuando sorprendía a alguien delante de un artículo mío, me sentía el primo de Lugo de Hemingway, sin que importase que el tema fuese el arreglo de la perrera municipal. Sin embargo, los principios fueron lentos. Las primeras semanas, el delegado apenas me permitía rellenar huecos, columnitas y faldones de página, la faena de aliño, aburridas informaciones entre las que abundaban los programas de fiestas. No sé cuántos escribí, decenas, y en todos aparecía aquel mago del que no había escuchado hablar antes, pero que actuaba en cada aldea de la provincia.

Semanas más tarde, llegó mi oportunidad. En la edición de Monforte se publicaba una columna titulada ‘De sol a sol’. La escribía Paco, un colaborador que llegaba a media tarde, un hombre bajito, ligeramente encorvado, con la piel amarilla como la cera y voz aguardentosa. Todos le consideraba una estrella, y cada mañana celebraban sus textos con sonoras carcajadas. Aquella semana, Paco había enfermado y el resto de los redactores se turnaban para escribir su columna. Sin embargo, estaba claro que para ellos era un engorro del que deseaban librarse para poder salir antes. Una de aquellas tardes, las excusas de todos fueron igual de buenas y el delegado no tuvo más remedio que encargármelo. Fue algo inesperado y aquello me pareció injusto. Mi primer ‘De sol a sol’ debía ser excepcional, pero necesitaba el tiempo que no me daban.

Yo quería ser un Paco, aspiraba a que mis sarcasmos se celebrasen también con carcajadas y palmadas sobre la mesa. ¿Sobre qué escribiría? ¿Qué escándalo? ¿Qué situación incomprensible? El tiempo apremiaba y mi mente seguía en blanco. Sin razón alguna, por azar, me vino a la cabeza aquel mago al que había llegado a detestar por puro aburrimiento. Empecé a escribir. En pocos minutos, la página se llenó de sarcasmos, burlas y chascarrillos sobre aquel hombre al que no conocía. Releía el texto, afilando cada vez más las ironías. Todo me sabía a poco. Una y otra vez volvía atrás y aumentaba la acidez. Aquel mago se había convertido en un personaje; había dejado de ser real. Se había transmutado en un sparring para lucirme. Entregué mi página, el delegado la leyó y sonrió con malicia.

Al día siguiente madrugé para llegar cuanto antes a Monforte. Aparqué frente a un estanco y compré el periódico. No podía esperar a leerlo en la delegación, tal era el ansia por ver la columna impresa, como si por estar en papel me fuese a contar algo distinto. En la delegación recuerdo hincharme como un pavo real escuchando al resto leer en alto mis frases. Saboreaba la sensación de haberles demostrado que, pese a mis veinte años, estaba listo para escribir algo más que estúpidos programas de fiesta. A media mañana, el delegado me vino a buscar. Tenía una visita. Noté las miradas cómplices del resto mientras me dirigía a la habitación de la entrada, un cuarto separado del resto por una pared de cristal, un vidrio que me privaba de la intimidad que hubiese deseado de haber sabido quién me esperaba dentro.

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Cuando disparé a un mago…

Cuando disparé a un mago… (2)

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<-Leer la parte 1

El hombre que había venido a visitarme se levantó con rapidez para estrecharme la mano. Su nombre me dejó helado. Se trataba del mago. Tras presentarse se quedó callado, dejando claro que debía ser yo quien llenase aquel incómodo silencio, un silencio en el que me iba ahogando al no encontrar explicación a la que agarrarme. Balbuceé alguna excusa. Escuchándome, notaba como la vergüenza me apocaba. Había convertido a aquel hombre en blanco de mis burlas de manera gratuita, por el simple hecho de demostrar mi ingenio. A cincuenta centímetros, tenía clavada la mirada confundida de alguien real, alguien que me estaba dando una de mis primeras lecciones de periodismo: que las palabras no las lleva el viento, como había escuchado tantas veces; las palabras se quedan y pueden hacer daño.

El estornudo estrepitoso del mago retumbó en la habitación y detuvo por un momento al productor, que continuaba con su interminable presentación. El mago dibujó una sonrisa amplia, como si su explosión nasal, fuese una broma irresistible y compartida por todos. Advirtiendo mi aburrimiento se abrió la americana y extrajo una baraja del bolsillo interior. El productor se calló al momento, cruzando los brazos y reclinándose hacia atrás, sin mostrar la menor sorpresa, como si todo formase parte de un guión.

El mago comenzó a barajar con delicadeza y agilidad, ahora sus ojos se habían calmado y no se apartaban de mi cara. De repente, con todas sus fuerzas lanzó la baraja al techo y todas las cartas se desperdigaron por la habitación, dejándome confundido, sin saber si aquello era parte del truco o el hombre había perdido completamente la cabeza. Le miré, me sonrió e indicó hacia arriba. El as de picas permanecía pegado al techo. Levanté las cejas fingiendo que el truco me había dejado boquiabierto  y preguntándome si esperaba que le aplaudiese.

Al salir de la habitación, el mago se giró, dirigiendo una mirada a la carta, como si se despidiese de una mascota a la que quisiese dar una última instrucción. Yo me preguntaba qué sustancia habría usado para que no cayese e imaginaba la cara del responsable de mantenimiento al explicarle la razón de la mancha que dejaría cuando la despegase. Les acompañé hasta el ascensor y volví corriendo, dispuesto a subirme a una silla y descubrir aquel estúpido truco. Sin embargo, no había nada. El techo estaba limpio y, por más que miraba, ni rastro de la carta en el suelo. Pregunté a la funcionaria que controla la entrada si alguien había entrado en los tres minutos que habría estado fuera. Yo había sido el último.

La imagen del mago, con sus ojos dislocados y saltarines, me acompañó el resto del día. Pensaba en sus veinte años de pueblo en pueblo, lanzando barajas a los techos de los bares, arrancando aplausos desde los palcos de orquesta. Camino del aparcamiento recordé el sentimiento de vergüenza de aquella mañana en Monforte, lo estúpido que uno puede sentirse al creerse el más listo. Recordé luego aquella columna que conservo todavía, no como una muestra de talento, sino como una advertencia frente a la vanidad. Al llegar al coche, algo me llamó la atención. Me detuve sorprendido. Sonreí. Atrapado en mi parabrisas, me esperaba, efectivamente, el as de picas.

(Fin)

Cuando disparé a un mago… (2)

¿Dormir juntos o dormir bien?

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Siendo estudiantes, un amigo guardaba un jergón de espuma debajo de su cama. Si la noche iba bien y regresaba con alguien a casa, remataba la faena del amor y, tras algunos minutos de cortesía, sacaba su ‘colchón de invitados’. Habría pagado por ver ese momento en el que indicaba a sus seducidas que debían irse al suelo. No suena romántico, pero se despertaba fresco como un bebé. Entonces, me parecía un machista monstruoso. Hoy tengo la certeza de que, aunque tosco en las formas de proteger su descanso, mi amigo era un visionario.

Siempre me dejan perplejo las parejas que dicen dormir a pierna suelta haciendo la cucharita, encajados uno al otro como dos platos hondos en la alacena; acoplados en un ovillo de amor, y que les falta algo cuando el otro no está y nota el vacío al estirar el brazo. Entonces, me considero de otra especie: un ser áspero y egoísta, que adora no ya estirar el brazo, sino hacer la estrella de mar y encontrar el colchón libre y fresco como una playa por la mañana.

Estoy convencido de que una de las cosas más difíciles de hacer bien en pareja es dormir. No me refiero a compartir un cuarto o a tener sexo, ni siquiera a gestionar esas delicadas conversaciones antes de apagar la luz, cuando uno se empeña en ajustar las cuentas pendientes del día, mientras el otro se refugia detrás de un libro. Eso es pan comido. Yo hablo de conseguir descansar, de llegar a ese gran pacto en el que los dos encuentran lo que necesitan para que reine el sueño, sin ruidos nasales, sin el síndrome de las piernas inquietas, sin respirar al oído del otro como una cafetera de bar, sin excursiones al baño encendiendo todos los halógenos y sin que te despierten abriendo el cajón de los calcetines, saboteando esa media hora extra de sueño.

Pronto mi Lama y yo cumpliremos cinco años juntos y, aunque queda camino por recorrer, hemos hecho ciertos progresos. Dejando a un lado los inicios, cuando todo se pasa por alto, fingiendo que uno es tolerante e inofensivo, las dificultades aparecieron enseguida. Para ser honesto, he de reconocer que estoy lejos de ser el compañero de cama ideal. Tengo todas las habilidades para molestar, pero exijo un silencio cósmico en el dormitorio. Soy tan quisquilloso que necesito dos habitaciones para conciliar el sueño: la de siempre y una de repuesto; tengo que saber que está ahí, como un refugio al que huir si se presenta algún tipo de sonido inesperado.

Dice un amigo que él sólo ronca cuando tiene novia. Creo que a mí me ocurre lo mismo. Si durmiésemos solos, nadie roncaría. Por fortuna, mi Lama podría quedarse frito en el tambor de una hormigonera. Además, tengo la suerte de que es razonablemente silencioso, aunque su respiración se ha vuelto más profunda este último año; nada alarmante, pero sigo atento su evolución, inquieto ante el temor de que el día más inesperado se transforme en un ronquido. Sin embargo, mi Lama tiene noches agitadas, en las que da vueltas y mueve las piernas, pedalea un par de veces, luego se detiene y de nuevo un tijeretazo. Si necesito silencio total, imagínense lo que supone para mí una clase de spinning en la cama.

Inicialmente lo intentamos resolver comprando colchones donde poder alejarnos y no encontrarnos hasta la mañana siguiente. No funcionó. Sus movimientos implicaban tirones de sábanas e insoportables vibraciones. Como todo en la vida, debemos aprender de los mayores. Ellos han pasado por donde uno se encuentra bloqueado. A mis padres les ha llevado cuarenta años encontrar la cama perfecta: dos colchones unidos, pero independientes. Cada uno se regula, pudiendo subir o bajar la inclinación sin que afecte al otro. Por si fuera poco, están equipados con dos mandos a distancia y todo se controla con un dedo. Adaptada a nuestras posibilidades económicas, copiamos la idea. Sigo necesitando la habitación de repuesto, sin embargo, cuando llegan las noches de bailoteo, como si fuese un caracol, mi colchón y yo nos alejamos y la paz vuelve al dormitorio.

Supongo que esta es la sabiduría que da la experiencia. Con los años la pareja se vuelva práctica y el amor confortable. Nos liberamos de tópicos y dejamos de ser rehenes de mitos, aprendiendo estrategias para sobrevivir a las incomodidades del día a día, trucos tan pequeños y esenciales como saber estar juntos sin necesidad de estar pegados.

 

¿Dormir juntos o dormir bien?

Extraescolares para cambiar la vida

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A estas alturas, las extraescolares de los niños están listas, pero ¿y las nuestras? El curso arranca empujado por las conclusiones a las que hemos llegado en vacaciones. El tiempo libre que regala el verano lo carga el diablo: pone a prueba a la pareja, nos hace acariciar la idea de cambiar de trabajo y nos lleva a imaginar remedios con los que aliviar las frustraciones del día a día. Más allá de las tres grandes metas que definen la gran utopía nacional (dejar de fumar, adelgazar y sacarse el First), septiembre es el mes de los propósitos, de iniciar proyectos que, este año sí, cambiarán nuestra vida.

Entre las nuevas extraescolares de esta temporada, un amigo ha optado por el psicoanálisis, dispuesto a escarbar en su subconsciente hasta averiguar si creció enamorado de su padre o de su madre, seguro de que, en cuanto lo descubra, encajarán todas sus piezas. Una de las actividades estrella es el crossfit. Varios compañeros se han matriculado, con la esperanza de recuperar sus camisetas de los veinte años y dejar de ser invisibles cuando salen de copas. Mi amiga Charo, separada desde hace algún tiempo y cansada de tardes de domingo poniendo lavadoras, ha regresado de vacaciones determinada a vencer sus escrúpulos, abrirse un perfil en Tinder y vivir ese otoño promiscuo que se merece. Y es que todo parece posible en septiembre.

Salvo afortunados, la mayor parte de nuestros trabajos giran en ciclos y lo que nos depara este año se parecerá bastante a lo que encontramos el anterior.  Aunque al volver de vacaciones ya no corramos a ver con quien nos ha tocado en clase, septiembre continúa siendo el mes de los cambios o, al menos, de las promesas de cambio. Las extraescolares nos permiten fantasear con descubrir vocaciones nuevas, talentos ocultos, nos sirven para colorear la semana, poniendo ritmos de zumba a los lunes o manchando de tinta los martes.

Consciente de mi carácter antojadizo y mi falta de disciplina, he aprendido a refrenar esos impulsos que me asaltan estos días, y que me hacen imaginarme capaz de casi todo, vacilando entre apuntarme al equipo de Galicia Rollers y recorrer la ciudad con mis patines en línea, o embutirme con esfuerzo en un neopreno y aprender a bucear. Sé que, tras algunos días en remojo, la mayoría de estos deseos se desvanecerán. El septiembre del año pasado me contuve con cierto éxito y, tras muchos devaneos, sólo me matriculé en un curso de Estadística y en clases de yoga. Después de marear a todos los amigos capaces de recordar la fórmula del interés compuesto, aprobé Estadística. En cuanto al yoga, lo dejé tan pronto como vi que la profesora ponía canciones de Adele como música de fondo. Conozco muchos tipos de yoga, pero ninguno con Adele.

Tonteo desde hace tiempo con la idea de aprender a dibujar. Es uno de los tres proyectos que me rondan este año. Nada de óleo, acuarelas o cualquier cosa que manche. Mi Lama me echaría de casa. Me atrae el dibujo al natural, ser capaz de copiar un árbol, una lata de Pepsi o los abdominales de un modelo; esto también, claro. Estoy convencido de que no tengo talento, pero tampoco presión y me divierte la idea de intentar algo sin miedo a ser el último de la clase. Hace meses me acerqué a curiosear a una academia. Me asombró el silencio, lo absortos y calmados que parecían todos, como si viesen algo que yo no era capaz de ver. En realidad, supongo que se trata de eso. Quienes dibujan ven cosas que los demás no vemos, con sus ojos educados para explorar los detalles, acostumbrados a detenerse y mirar más despacio, saboreando lo que observan.

Mi último año en Bruselas estudié neerlandés, uno de los tres idiomas oficiales de Bélgica. Nunca llegué a hablarlo, sin embargo, me encantaban sus sonidos guturales, esa aglomeración de consonantes, la sensación de no entender ni la página de libro que el profesor nos pedía abrir. Cada palabra que aprendía, me hacía sentir que había conquistado una provincia de Flandes. Estudiar un idioma completamente alejado del español es otro de los proyectos que tengo a remojo.

El año pasado llegué a entrevistar a un profesor nativo de alemán. Luego viajé a Berlín con mi Lama, vimos esas camisetas con la frase Life is too short for learning German y me asaltaron dudas. Empecé a pensar en los años que se necesitan, el esfuerzo y en que todos los alemanes con los que apetece hablar dominan el inglés. En fin, acabé por dar la razón a las camisetas. Sin embargo, el deseo sobrevive. En realidad, creo que lo que me atrae no tiene que ver con las declinaciones o los tres géneros del alemán, sino con asumir un desafío a largo plazo,  precisamente ahora que he cumplido los cuarenta.

A pesar de ser psicólogo, mi amigo Jaime me aconseja hacer locuras. Cree que mi vida se ha vuelto confortable, y que necesito enfrentarme a algo que me dé un poco de miedo. Influido por él, en la short list de septiembre se ha colado el teatro. Nadie se ha muerto por hacer teatro. Lo sé, pero subirse a un escenario da miedo. En realidad, lo que me atrae  no tiene que ver con actuar, sino con lo que tiene de terapia exponerse ante un público, esa mezcla de temor y adrenalina que proporciona el no saber si uno será capaz.

Quizá opte por una de estas tres extrasecolares, quizá vuelva a pensar que la vida es demasiado corta para aprender alemán. Nada está decidido, pero tengo poco tiempo. Octubre llegará pronto y esta maravillosa ventana al cambio que abre cada septiembre se cerrará con el primer golpe de viento. El otoño nos llevará a acurrucarnos al calor de lo conocido, abrigándonos con nuestras rutinas. Atrás quedarán, entonces, los deseos de empezar que nacieron con el sol de agosto. La lluvia ha regresado, seamos rápidos.

Extraescolares para cambiar la vida

¿Y tú, ya tienes novia?

Funny businessman with lemon fruit on hand

Chus y yo no hablábamos desde hace años y su llamada me sorprendió. La noté nerviosa. Tras resumirnos que había sido de nuestras vidas, noté que mi amiga comenzaba a dar vueltas en círculos, incapaz de desvelar la razón de su llamada. Entonces, me contó que ella y Marcos habían sido padres, algo que ya sabía. Entre risas nerviosas, confesó que le gustaría invitarme a cenar para presentarme a Martín, su hijo. El niño no debía tener más de cuatro años, así que esperé en silencio a que siguiese hablando. Al parecer, sospechaban que ‘iba a ser gay’; me llamó la atención el tiempo verbal, como una perífrasis de futuro.  Temiendo ofenderme, me aclaró que no les preocupaba, pero que querían estar preparados y, como yo lo era, les había parecido buena idea conocer mi opinión. La propuesta me dejó desconcertado, haciéndome sentir una especie de perito contratado para presentar un informe técnico.

En la lista de preguntas que quienes somos gay hemos escuchado alguna vez, y que, sin duda, encabeza la de ‘quién hace de chico y quién hace de chica en la pareja’, le sigue: ‘¿Vosotros os podéis reconocer?’. La gama de respuestas va desde las groserías más cerriles hasta teorías disparatadas que tienen que ver con el lóbulo de las orejas, el tamaño del dedo corazón o la posición que se ocupa entre los hermanos en una familia numerosa. En base a un cierto trabajo de campo, un buen amigo sostiene que hay un gran número de homosexuales que adoran chupar el limón de los refrescos y que, si bien eso no prueba nada de manera definitiva, es una pista de calidad.

En mi vida me he sorprendido en ocasiones al enterarme de que alguien era gay. Sin embargo, la mayoría de las veces, no ha sido una noticia. Creo que todos compartimos que hay casos más y menos claros. Evidentemente, están las personas con pluma. Con ellos, enseguida lo damos por hecho y seguramente acertaremos. También he conocido a chicos tremendamente afeminados que me presentaron a su novia. No puede evitar recibir el dato como una interferencia y pensar si, dentro de diez años, ella seguirá ahí.

En la manera de algunos heteros de preguntarme si puedo reconocer a otro gay, no pocas veces he percibido la convicción de que contamos con algún marcador biológico o que, como los murciélagos, emitimos unos ultrasonidos que nos permiten identificarnos. En realidad, simplemente tenemos, diciéndolo de una manera poco científica, la mirada acostumbrada. Imagínense que caminan por una acera de Berlín y se acerca una pareja. No pueden escucharlos porque están demasiado alejados, pero algo les dice que son españoles. No llevan una bandera, ni una camiseta de la selección. Al cruzarse, comprueba que hablan castellano. ¿Existe algún radar hispano? Claro que no, supongo que se trata de microdatos que sumados crean una intuición: la manera de gesticular, de vestir, quizá el tipo de peinado, un cierto color de pelo. Supongo que se parece a eso. Por supuesto, es sólo una regla general flotando en un océano de excepciones.

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¿Y tú, ya tienes novia?

Soy una taza, una tetera…

Foto con mi sobrina

Hace seis años mis amigos heteros decidieron ser padres. Supongo que cada uno tomó la decisión por su cuenta, aunque no podría asegurarlo. Somos una de esas ‘pandillas-clon’, tan características de las ciudades pequeñas, donde todos nos conocemos desde preescolar y -salvo contadas excepciones- hemos ido cubriendo las etapas de la vida juntos, sin salirnos del pelotón. Como ocurrió con el trabajo, el piso y las bodas, los hijos de mis amigos también vinieron a la vez. Además, en el mismo periodo de tiempo, nacieron mis dos sobrinos: Victoria y Adrián. Vaya por delante que no soy padre, con lo que todo lo que escribiré a continuación no es más que la mezcla de una ignorancia vaticana sobre este tema y los celos freudianos del que ha visto como unos pequeños recién llegados monopolizaban a mis amigos de toda la vida.

Como un terremoto, los primeros niños llegaron moviéndolo todo, cambiando los bares de siempre, alterando los horarios, los temas de conversación.  Cada tres meses, un grupo whastapp con un ‘nombre-tendencia’ (Mateo, Álvaro, Nicolás…) alertaba de una nueva llegada. Enseguida, aparecía la fotografía de un ser diminuto, rojo y arrugado, acompañada de su peso, y una catarata de emoticones con corazones.

A esa primera avanzadilla la recibimos con asombro nivel ‘milagro de la naturaleza’. Sin embargo, uno se acostumbra a todo y, tras cinco años de partos, nos hemos idos serenando. Ahora, los nuevos nacimientos -fuera del hogar de cada uno- se asumen con la naturalidad de lo cotidiano. Incluso yo he aprendido a manejar con soltura palabras como ‘meconio’ o ‘calostro’. Lo cierto es que, durante estos años, mis amigos se han esforzado y el inventario de incorporaciones ha dejado hace tiempo de ser una lista fácil de memorizar, hasta el punto de que mi Lama y yo repasamos de vez en cuando sexo, nombre y edad para evitar meteduras de pata.

El día que sus hijos llegaron, mis amigos desparecieron. Mentalmente se esfumaron, secuestrados por esos enanos comedores de tiempo. Desde entonces, hemos tenido que adaptarnos: aprender a mantener una conversación sin mirarnos a la cara, con sus ojos disparados en todas las direcciones, identificando carreteras, balcones, perros y cualquier otro peligro potencial; acostumbrarnos a comer en restaurantes, entre manchas, llantos y episodios de Pepa Pig en el móvil y disfrutar de todo lo bueno que nos ofrecen las cabalgatas de reyes y los lugares con hinchables.

Hace semanas mi amigo Alberto y yo viajamos a Madrid en coche. Los seiscientos kilómetros de carretera por Castilla en julio, un fastidio para cualquiera, acabaron ofreciéndonos la primera oportunidad en años de mantener una conversación reposada, sin perder el hilo. A mí me asombra la capacidad de esas pequeñas criaturas para cambiarlo todo, hasta el concepto mismo del tiempo. Este verano llamé por teléfono a Irene, una antigua compañera de trabajo. Repantingado en la silla de mi oficina, garabateaba muñigotes en un folio mientras intercambiábamos cotilleos. Al otro lado del teléfono, Irene hablaba tranquilamente conmigo o, al menos, eso creía yo. Al despedirnos, me confesó que en el tiempo que duró la conversación había puesto una lavadora, preparado dos bocadillos y salía pitando escaleras abajo para no llegar tarde a recoger a sus niñas.

Dicen que tener hijos es una de las experiencias más enriquecedoras de la vida. Tiene que serlo o cómo explicar que compense las ojeras, el insomnio, los sustos de infarto, los virus contagiosos, caprichos, berrinches, destrozos en el mobiliario, broncas en los grupos de madres de whatsapp. Pese a todo, estoy seguro de que lo bueno supera con creces estas incomodidades  y que mis amigos simplemente encuentran más elegante compartir conmigo sólo su sufrimiento doméstico, para preguntarme a continuación: ‘¿Y tú qué?, ¿adoptas?’.

La primera ronda de nacimientos se completó con éxito y, a pesar de los lamentos de estos años, todos se lanzaron a por el segundo y nada indica que vaya a cerrarse el grifo. Contra todo pronóstico, lejos de empeorar, las cosas mejoran. Por primera vez detecto tímidas señales de esperanza, de que quizá aún sean recuperables como amigos en activo. Será la templanza que da la experiencia o la fatiga acumulada, pero lo cierto es que se ven ganas de reconquistar parcelas de tiempo. La posibilidad de recurrir a los abuelos o contratar a un canguro para disfrutar de una noche libre va dejando de generar insoportables sentimientos de culpabilidad.

Este verano hemos coincidido en fiestas ‘semi-sin niños’ e incluso en alguna totalmente ‘libre de niños’. En ellas, he vuelto a ver a mis amigos con copas en la mano o besando a sus novias como se besa a las novias cuando los niños no están. El viernes, por ejemplo, celebramos con Julia su cuarenta cumpleaños, una de las últimas de la pandilla en cruzar esta difícil meta volante. Liberados de responsabilidades familiares, corrió la música, el alcohol y la fiesta terminó a las cuatro de la madrugada, con todos bloqueados en la acera, comprobando que nadie sabe ya responder a la pregunta de: ‘¿Y qué esta abierto ahora?’.

Con un afinado sentido comercial, el pincha de esa fiesta enseguida entendió el público al que se enfrentaba, y después de un nostálgico viaje musical por los noventa, decidió lucirse despidiéndose con un golpe maestro. ‘Os voy a enseñar una coreografía. Vamos, todos a la pista. Seguro que os la sabéis. Además, no os preocupéis, he adaptado los pasos para que nadie se canse’, dijo, perdonándonos un poco la vida. Un minuto después empezaba a sonar: ‘Soy una taza, una tetera, un plato hondo y un cucharón‘. Tras unos segundos de desconcierto y mientras nos esforzábamos por hacer bien el tenedor, pensábamos qué lejos quedaba el My Way con el que nos echaban de los locales.

 

Soy una taza, una tetera…