Ascensión en Coruña

Ascensor

Con un ojo entornado por el sol y otro en la cadera del camarero, le escucho decirme: ‘¿Un poquito de vichissoy?’. Mirando la tapa con asombro, pienso que ya no reconozco los bares de esta ciudad, tan obsesionados con sofisticarse para engatusar inditexteros, esa adinerada tribu que cualquier negocio se muere por tener como clientela. Enseguida me aburro de criticar y vuelvo la vista al camarero. Me pregunto cómo de infiel sería si me abriese un Tinder para saber algo más sobre esas cinturas alegres que aparecen en primavera.

Me dan las doce y media en la terraza de La Mar de Bonita. Tres mesas ocupadas: una pareja de jubilados con ese aspecto cremoso de cruceristas nórdicos, una señora en sisas con perro salchicha y un hombre en mocasines que se atusa su pelo de regatista, mientras dice por teléfono: ‘Mariajo, hay que avisar a papá de que no gaste lo que no tiene’. Sin conocer de nada al padre de ese señor, de pronto me apetece que se funda hasta el último euro de la familia en coñac del caro o cartones del bingo. No corre ni pizca de viento, mi móvil marca treinta grados y el sol me tuesta los brazos. Cierro los ojos y olvido a Houellebecq sobre la mesa. Hoy no toca pensar que el mundo se desmorona.

Además de no coincidir con tu jefe en Gadis, lo mejor de vivir y trabajar en ciudades distintas son los festivos locales. Cruzarse con amigos que van a la oficina y tú con esa sonrisa del que libra entre semana. Aprovechar que todo está abierto para comprar un móvil nuevo, arreglarse la barba, ir al gimnasio. Adivinando mis pensamientos, el perro salchicha de la señora me dedica un bostezo elástico, de dibujo animado. Yo le correspondo, sintiéndome orgulloso de no celebrar esta Ascensión en clases de zumba. Feliz, pido otro ribeiro. ‘Sin vichissoy, por favor’.

***

Por mucho que lo intenta, la pescadera no encuentra el adjetivo que busca y yo llevo cinco minutos viéndola encadenar muecas de concentración. La culpa es mía por preguntar a qué sabe ese pez. A la mierda, la castañeta.  ‘Dos lomos de salmón, por favor’. Ahora la cuestión es con piel o sin piel. Al parecer, para el horno mejor sin ella. El señor de atrás discrepa. El hombre no sólo lo tiene claro, tiene una teoría. Realmente, parece haber salido de casa con una montaña de argumentos para defender el salmón al papillote con piel. Su interminable discusión me genera ansiedad y miro arrepentido a la castañeta.

A la salida del mercado reconozco a otro ocioso compañero del tren de las ocho. Van tres esta mañana. Se pasea en bermudas por debajo de la rodilla, como si hubiese salido del camping. Juraría que es uno de esos pájaros de la Oficina de Auditorías. Nos saludamos intercambiando la misma sonrisa administrativa, sin ganas de pararnos y forzar una conversación. Pienso en el vértigo de los heteros que visten traje cuando llega el fin de semana. Me pregunto si ese miedo al vacío será lo que les lleva a caer en manos de Desigual.

En el Orzán, casi me atropella un ciclista con ese peinado eléctrico de los Erasmus. Coruña se ha llenado de bicis de segunda mano. Todo el mundo parece más joven sobre ellas. Quizá debería comprar una. Sobre mi mountainbike roja, me siento como uno de esos padres tripones enganchados al Decathlon. Sin embargo, si me hiciese con un trasto vintage, tarde o temprano se le saldría la cadena y sería un auténtico estropicio, grasa por todas partes, minúsculas llaves que no sé para que sirven… Descarto la idea, aunque me siento feliz de tener tiempo para analizarla.

De regreso a casa, paso al lado del café donde hemos desayunado. A mi Lama le daba reparo entrar. Hace una semana se me ocurrió hacer una referencia al camarero en este blog y temía que nos reconociese. En realidad, todo lo que escribí fue que resultaría más sexy sin ese flequillo de sauce llorón. El chico estuvo amable, el mechón de pelo continuaba creciendo y, aunque no notamos ninguna hostilidad especial, mi Lama sigue pensando que debería escribir más historias como esa de los patos y dejar en paz a la gente del barrio.

Al despertarme esta mañana, mientras remoloneaba en cama, pensé en cocinar algo especial para Dani. Sorprenderle con cualquier cosa sepultada en curry y leche de coco. Compraría el móvil, me arreglaría la barba, volvería pitando del gym y me pondría el delantal.  En aquel momento parecía un plan sólido, sin fisuras. Me doy cuenta de que son casi las tres y el salmón sigue en la bolsa. A toda prisa lo meto en el horno y me pongo a escribir mientras se cocina. Esta mañana se me han ocurrido un par de ideas estúpidas. Son realmente malas, aunque uno nunca sabe lo que puede dar de sí una mala idea hasta que de pronto algo empieza a oler a quemado.

Ascensión en Coruña

Un año con plumas

Patos Gaiás

Cuando comenzó a construirse la Cidade da Cultura se excavó en la falda del monte una balsa para recoger aguas procedentes de las obras. Como muchos saben, estos trabajos se prolongaron más de una década y ese depósito a cielo abierto quedó olvidado, oculto tras una barrera de maleza, rodeado de escombros y material de desecho. Con el tiempo, alguien advirtió las posibilidades y se llevó a cabo un proyecto de regeneración para convertirlo en un lago.

Con su embarcadero de madera, rodeado de sauces y abedules y frente a un agradable prado, donde se cuelan ovejas de O Viso, el lago es uno de esos secretos que pasan inadvertidos a la mayor parte de los visitantes. Hasta hace poco, cada vez que me acercaba sentía cierto repelús, pensando en el origen turbio de esas aguas. El año pasado apareció una pareja de patos salvajes y, aunque su llegada nos sorprendió y dábamos por hecho que no se quedarían, pasaron el verano. Este año han regresado y, hace una semana, hemos visto a la hembra seguida de siete crías, lo que supone algo así como el certificado de que ese depósito de agua muerta se ha vuelto un lago vivo.

Desde que desbrozaron el Gaiás es habitual que veamos rapaces sobrevolando el monte. Un amigo biólogo me explicó su querencia por los campos abiertos, donde les resulta fácil descubrir presas. Cada mañana, una de ellas nos recibe posada en lo alto de una de las farolas de la vía que llega desde el Sar, con las alas plegadas y aspecto de gárgola vigilante. Durante semanas se convirtió en la estrella de las conversaciones del café. Había quien la consideraba un águila ratonera y otros apostaban por un halcón. De pronto, todos nos volvimos expertos en identificar rapaces por la forma de las alas, hasta que el ojo certero de un fotógrafo nos sacó de dudas. Capturó una imagen de ella remontando la fachada del Museo con un lagarto en las garras, lo que parecía confirmar que se trataba de un lagarteiro, como se conocen a los cernícalos en Galicia.

Por mucha cuarcita que se haya utilizado en su construcción, el Gaiás sigue siendo un monte y, de camino al aparcamiento, se ven lavanderas con su vuelo ondulante, elegantes cornejas, cuervos y mirlos correteando entre zarzas y dedaleras. Nada tienen de exótico estos pájaros y supongo que siempre han estado ahí, pero este año se han vuelto visibles o quizá, por primera vez, me he parado a verlos.

Hace sólo unos días, me llamó la atención un petirrojo sobre una oxidada valla de obra. Cantaba desacomplejadamente y el potente trino de aquel ser minúsculo, que podría esconder en el bolsillo de mi camisa, resonaba en toda la plaza. Me detuve a una cierta distancia a observarlo, cuando me sorprendió un compañero: ‘¿Qué haces tan concentrado?’. En una centésima de segunda me vi desde fuera como ese tipo raro que mira pájaros en el aparcamiento y le mentí.  Me inventé que creía haber visto escabullirse algo entre la hierba, que quizá fuese un gato. ¿Qué tienen los pájaros para que nos dé pudor que nos vean pasmados mirándolos?

Lo cierto es que, de pronto, los veo por todas partes. El sábado, por ejemplo, conocí a los luganos. Salí con la bici a la Torre de Hércules y me paré a beber en una fuente cerca de la playa de As Lapas, en una hondonada por la que cruza un riachuelo abriéndose camino entre dos hileras de alisos. Sobre la mesa de piedra de un merendero me sorprendió un pájaro diminuto, del tamaño de un gorrión, pero con plumas negras y amarillas.  De pronto reparé en los matorrales y descubrí otros parecidos, pequeñas pelotitas de tenis escondidas entre las ramas. A unos metros, un panel explicativo hablaba de las características del bosque de ribera y mencionaba a los luganos, pájaros de la familia de los jilgueros que regresan en primavera del norte. Intrigado, quise saber más.

Mientras observaba de reojo a aquel emigrante con plumas, como si temiese que me descubriese espiándole, leí en el móvil que los luganos viven en grupos cohesionados, con férreas jerarquías, hasta el punto de que quienes ocupan los escalafones más bajos buscan alimento para sus líderes y se lo regurgitan en la garganta, comportamiento que se llama allofeeding. Durante unos minutos me quedé en silencio, pensando que, por su actitud ociosa, mi orondo lugano debía de ser uno de los jefes gordos, aguardando a que algún esclavo apareciese con su merienda.

Hace tiempo que me ronda la idea de apuntarme a algún curso de ornitología y se lo comenté a mi Lama. Al momento, me miró con esa cara de ‘deben ser cosas de la edad’ y se apresuró a dejar claro que ni se me pasase por la cabeza proponerlo como una actividad de pareja.  En realidad, no sé por qué he empezado a fijarme en luganos, cernícalos o petirrojos. Tal vez me da pena que no sepamos nada de ellos, que se olviden sus nombres y que pronto sean como esos aperos de labranza que sólo los abuelos saben para qué sirven. La propia palabra ‘apero’ tiene algo de fósil y parece levantarse una nube de polvo al teclearla.

Mi amiga Ana me confesó que hasta la universidad sólo había visto vacas en televisión, algo que en Galicia resulta difícil de imaginar, a menos que hayamos crecido en salas de juegos y centros comerciales. Con mi amigo Alberto conseguimos resolverlo a tiempo. En bachillerato le acompañamos a una aldea cerca de Ourense para que comprobase que los cerdos no eran de color rosa y que no había ningún árbol de patatas. No creo que las generaciones que han venido detrás hayan mejorado mucho.

Pese a esta indiferencia, pocos dudarían de la fascinación que el ave más común puede despertar. Visitando el Victoria & Albert, el mayor museo del mundo de arte y diseño y uno de los más concurridos de Londres, me llamó la atención como se había dispuesto una cinta dividiendo a la mitad uno de sus elegantes patios interiores. Decenas de turistas se apelotonaban sobre ella, haciéndose hueco para disparar fotos con el móvil. Muerto de curiosidad me abrí paso, esperando descubrir la sesión de fotos de alguna celebrity. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que el objetivo era impedir el paso a una zona elegida por una pareja de patos para criar. No importaba que la exclusiva terraza del V&A se hubiese reducido a la mitad, aquel espacio se reservaba a los nuevos inquilinos. Nadie duda de la dosis de marketing, pero lo cierto es que aquellas insignificantes bolitas de pluma impusieron por unos días su belleza en uno de los museos más prestigiosos del mundo.

Un año con plumas

El amigo que volvió en corbata

Botellón

Hace unos días me contaron que un amigo con el que hace años que no hablo se ha venido a trabajar a mi ciudad. Un contacto común me dijo que dirige una sucursal de banco no demasiado lejos de mi casa. He intentado recordar cuándo fue la última vez que nos vimos, hará quince años. El otro día le busqué en Facebook. Quería ver su fotografía, comprobar cuánto había cambiado.

Nos conocimos siendo niños. Vivíamos en el mismo barrio, él me timbraba y hacíamos juntos el camino al colegio. En clase cada uno tenía su grupo. Él, con los del equipo; yo, con los de Star Wars, pero nos llevábamos bien. Además, nuestras familias congeniaban y pronto nos hicimos amigos.

Con diez años, una multinacional compró la empresa donde su padre trabajaba como electricista y toda la familia se mudó a otra ciudad. Entonces nos dijimos que, pese a la distancia, seguiríamos viéndonos. Yo pasaba una semana en su casa durante el verano. Íbamos a la playa en bus, alquilábamos una película al día y perdíamos el tiempo curioseando camisetas en el Corte Inglés. A él también le gustaba quedarse en la finca de mis padres, la piscina, la bici, el perro y esas cosas que no son fáciles de encontrar en una ciudad. Así fuimos creciendo, compartiendo historias parecidas a las de cualquier par de amigos.

Cuando empecé a trabajar se espaciaron los encuentros, pero conseguimos mantener la costumbre de vernos dos o tres veces al año para ponernos al día. Entonces ocurrió lo de aquella noche.

Él había venido a Santiago a salir. Desde siempre le había gustado rodearse de chicas y le acompañaba un grupo de amigas, gente divertida con la que reírse, pero también mantener buenas conversaciones. Bebimos en los bancos de la Alameda y continuamos la fiesta en el Ensanche.

Sin esperarlo, una de ellas empezó a preguntarme cómo era posible que no tuviese novia. Entonces, aquel tipo de situaciones me ponían nervioso. Yo se lo había dicho a mi familia y a algunos amigos, pero la mayoría de la gente aún no lo sabía y todo lo que apuntase en esa dirección me asustaba. Sin embargo, aquella chica parecía decidida a arrancarme una confesión.

Poco a poco nos apartamos del resto. Yo intentaba cambiar de tema, pero ella, con habilidad, encontraba la manera de volver. Sería el alcohol o el cansancio, pero finalmente tiré la toalla y le di a entender lo que quería escuchar. Ella me tranquilizó, asegurándome que no debía inquietarme, que me guardaría el secreto.

Aquella fue la última vez que vi a mi amigo. Puedo imaginar qué ocurrió, aunque también podría equivocarme. Mi imaginación a menudo va más lejos. Sé que lo correcto habría sido llamarle, pero entonces estaba agotado de tener que explicarme, así que ninguno de los dos hizo nada, simplemente dejamos que pasase el tiempo. Supongo que, en ese momento, no costó tanto. Poco después mi vida cambió bastante y aquello quedó atrás, aunque uno va aprendiendo que es difícil saber qué es lo que dejamos realmente atrás.

Me encaja como director de banco. Siempre fue una de esas personas en las que resulta natural confiar e imagino que el fútbol le habrá dado ese fondo competitivo necesario para lidiar con los objetivos. El asfixiante nudo de corbata de su fotografía me hace sonreír. Yo le recuerdo siempre en camiseta. Si nos cruzásemos por la calle, sé que le reconocería a la primera.

El amigo que volvió en corbata

Empacho de emprendedores

Elevator-Pitch

Odio a los emprendedores. En realidad, quizá exageré, pero me gustaría que emprendiesen en silencio o, al menos, que nos diesen una tregua. Hace poco me invitaron a un cumpleaños y un tipo con un entusiasmo crispante no paró de dar la murga diciéndonos cuánto le gustaría que el día tuviese sesenta horas para poder incubar todos los huevos de empresa que pone al día. Después me miró con sus ojitos de plan de negocios y me preguntó: ‘¿Y tú qué, no tienes ganas de montar algo?’. Yo me encogí de hombros y seguí comiendo aceitunas, mientras él me borraba de la mesa con desprecio, imaginándose tal vez que sería uno de esos parásitos que aspiran a cumplir sus ocho horas e irse a casa.

Aquel telepredicador nos contó entusiasmado que acababa de hacer un curso de Elevator Pitch (algo así como ‘Charla de ascensor’, en una traducción un poco pedestre del inglés), técnicas para aprender a ir directos al grano por si un inversor se pone a tiro.  ¿Alguien en su sano juicio le daría un euro a un desconocido que se cuela en el ascensor y te ametralla con su proyecto de food trucks veganas?

Con la crisis nos han convencido de que todo nos ha pasado por remolones, por ser un país sin más horizonte que aspirar a funcionarios y que deberíamos aprender de los yankees, tan enérgicos y dispuestos siempre a hacer hueco en su garaje para diseñar una multinacional. Si le preguntasen a mi padre qué futuro desea para su hijo, no lo dudaría: opositar. Podría llamarle en este instante y anunciarle que abandono mi trabajo para convertirme en auxiliar administrativo y él mismo me compraría los temarios. Sin embargo, todo ha cambiado y quien aspira ahora a un puesto en la administración debe llevarlo en secreto o será tachado de persona plana, sin ambición. En estos tiempos de emprendimiento, uno debe haber diseñado tres aplicaciones para móvil y una pyme con drones si quiere meter baza en cualquier fiesta.

Desde hace algunos años doy un curso de comunicación en una escuela de negocios. Me deprime ver llegar a mis alumnos vestidos con trajes que no son de su talla, corbatas de taxista y esos zapatos afilados que compraron para la boda del hermano y ahora se alegran de no haber tirado.  Me recuerdan a como nos vestíamos en esos primeros fines de año con acné y lícor 43. Todo forma parte de la liturgia financiera que se les impone. Se les convence de que están llamados a ser los emprendedores del futuro y, por tanto, la americana se transformará en su segunda piel. En el vestíbulo de la escuela, les espera una mesa con ediciones de The Economist, Wall Street Journal, etc., sin que importe que la mayoría ni siquiera tenga el First.  No han cumplido los treinta y ya dan la hora con el amaneramiento que uno explicaría una OPA hostil.

Lo que más me irrita de la filosofía emprendedora es esa retórica donde el esfuerzo, el sacrificio y la disciplina se presentan como las condiciones que conducen éxito y, por tanto, el fracaso es simplemente la consecuencia de no trabajar bastantes horas. No importa el peldaño social en el que hayamos nacido, la universidad y los máster que hayan podido pagar nuestros padres, si hubo o no veranos en Inglaterra  y, si esos amigos de la familia, se han convertido en clientes o inversores de nuestro proyecto. En el discurso del emprendimiento, los otros no cuentan, sólo el esfuerzo individual. Si no llegas, trabaja más.  Si sigues sin alcanzar tu meta, siéntete culpable porque es tu responsabilidad. Para triunfar, debes olvidar horarios, fines de semana, tiempo con la familia y no digamos hobbies. Un emprendedor que piensa en vacaciones pagadas, bajas por enfermedad o conciliación está condenado a fracasar.

Hace unos años, acompañé a un amigo a una conferencia de Mario Vargas Llosa. El Nobel había sido invitado por una importante empresa como conferencia central en un jornada dedicada a motivar a los trabajadores. Su charla se centró en como su éxito llegó solo cuando tuvo el valor de abandonarlo todo y concentrarse por completo en sus libros, sin reloj, ni descanso, sin pensar en el dinero, solo en la satisfacción que le producía escribir de sol a sol. La obsesión, como secreto del éxito. Ese era el astuto mensaje elegido para trasladar a los empleados, que se proyectaban en las palabras de Vargas Llosa, imaginándose como también ellos podrían llegar a ser Nobeles en su campo si entendían que reservar una parte de tiempo para dejar de producir era resignarse a la segunda división.

En un mundo de emprendedores, donde el éxito profesional se formula en términos de lucha y supervivencia individual, en qué lugar queda la organización para defender derechos colectivos, ese tipo de unión que ha sido la base de conquistas que a nuestra generación nos han venido dadas y que estamos viendo como se debilitan o desvanecen. El discurso a favor del emprendimiento se ha infiltrado en las aulas. Nuestros gobernantes defienden la necesidad de estimular las actitudes emprendedoras desde secundaria para que los adolescentes asimilen que tendrán únicamente aquello que logren peleando y que esa debe ser la meta donde concentrar sus energías, y no en otro tipo de batallas.

Por mi trabajo, debo asistir con cierta frecuencia a eventos de emprendedores, donde no falta nunca el apartado de ‘casos de éxito’, ponentes que han hecho de viajar por España y contar sus peripecias su principal ocupación, especialistas en fabricar frases de autoayuda y persuadir a un auditorio de que una actitud positiva vale más que un préstamo del banco. Por supuesto, algunas de estas historias resultan fascinantes y admirables. Sin embargo, no son las habituales.  A mi alrededor veo multiplicarse cada día los casos de personas que descubren como esta nueva fanfarria de ser emprendedor no es nada más que una coartada para esconder la vieja miseria de ser autónomo.

Empacho de emprendedores

Un barrio para quedarme

Cuatro Caminos

En mi barrio crece un ginkgo biloba que en otoño se tiñe de dorado y se convierte en una de las atracciones de Cuatro Caminos. Cuando le caen las hojas se forma un círculo de oro a sus pies y a uno le entran ganas de tirarse y restregar su espalda, como a un golden retriever en el paseo de la mañana. Los botánicos consideran a los ginkgos fósiles vivientes, la especie más antigua de la tierra, sin relación alguna con el resto de los árboles, algo así como el último superviviente de una familia en la que todos los demás se han extinguido. No imagino soledad más grande y, desde que sé esto, me inspira tanta ternura que, si no me importase pasar por loco, me pararía a darle un abrazo en condiciones.

A unos metros de mi árbol favorito empieza Fernández Latorre, la calle donde se encuentra el edificio en el que a mi Lama y a mí nos gustaría vivir cuando salgamos de pobres; uno de esos inmuebles art déco con su fachada llena de molduras y balcones afrancesados, pero con la piedra ajada y sin el aire pretencioso de otras casas de la época que figuran en guías de arquitectura. En los bajos de esa vivienda, una pequeña peluquería nos intriga. No tiene nombre, ni cartel; sólo una puerta de madera labrada. Como si fuese un cirujano, el peluquero viste bata blanca y atiende a los clientes de uno en uno, con las cortinas corridas para que nadie husmee. He escuchado que se llama Antena, pero todo son rumores.

No muy lejos de la peluquería misteriosa se ha instalado Jose Catoira, un luthier que aprendió el oficio en Cambridge y que ahora ha regresado a su ciudad. En las vitrinas de su taller se exhiben violines y partituras y, en la galería de arriba, se le ve trabajando, sentado en una banqueta con delantal de carpintero y virutas a sus pies. Una vez al año, los comerciantes de Fernández Latorre salen a la calle y organizan un mercado. Entonces, nuestro luthier se convierte en la estrella indiscutible y todos nos sentimos orgullosos de vivir en un barrio donde se fabrican y restauran violines.

A mí me encanta Cuatro Caminos y, sobre todo, ese primer tramo de Fernández Latorre, justo antes de llegar a la fuente donde cuentan que el Dépor celebraba sus victorias y digo cuentan porque desde que he llegado a la ciudad sólo he visto gaviotas chapoteando. Por desgracia todavía siguen cerrados demasiados negocios desde la crisis y, a veces, abren otros cutres, que desentonan como manchas de grasa en un vestido de domingo. Cada vez que veo las oficias de la ORA, por ejemplo, me entran ganas de comprar un spray y estamparles un go home.

Cuando atravesamos Fernández Latorre, existe un punto en el que mi Lama y yo nos separamos de manera automática, sin explicaciones. Él se pasa a la acera de Esturri y se queda pasmado frente a ese despliegue de aparadores vintage y tresillos de los sesenta, imaginándose su vida en un apartamento de Mad Men. A decir verdad, eso era antes. Ahora mi Lama trabaja para una firma de la competencia y ya no mira a Esturri con admiración, sino con ese gesto de ‘a ver por dónde van estos’ con el que se vigila al adversario. Yo, en cambio, me quedo en la acera de Formatos, una librería maravillosa en la que, si pides consejo para preparar unas vacaciones en Italia, no te traerán la Lonely Planet, sino los viajes de Henry James. Formatos se trasladó al barrio hace casi doce años y, desde entonces, José Manuel y Ramón ejercen aquí el oficio de libreros, convirtiendo su escaparate en uno de mis paisajes favoritos de la ciudad.

Hasta Formatos llega el olor a eucalipto seco de Verdelar, esa floristería victoriana en la que uno tiene la impresión de que será una atormentada Virgina Woolf quien preparare el ramo de flores. Frente a ella, el Java Café, donde mi Lama y yo desayunamos cada sábado un cuenco de fruta y yogur griego, mientras decidimos si el camarero nos resulta atractivo o le cortaríamos ese flequillo que le llega a la barbilla.

De vuelta, paramos a por unos puerros en Casa Vega. Cuando me mudé a Coruña, ese ultramarinos, abierto desde 1952, no era más que una tienda gris y destartalada, con un tendero cascarrabias contando las horas que le quedaban para jubilarse y echar la persiana. Fernando y Borja han sabido darle un futuro, convirtiéndolo en uno de los lugares con más encanto del barrio, con su elegante suelo de baldosa y su impecable selección de producto fresco, expuesto con la delicadeza de un museo.

Sin embargo, nuestra parada favorita es el Buena Sombra. Uno de esos pequeños restaurantes a los que ir cuando no se tienen ganas de centro, cuando apetece dejarse de experimentos y sentarse a beber una botella con amigos en un lugar donde charlar y escuchar, sin miedo a que entre una despedida de soltero. Uno de los secretos es su brocheta de rape y langostinos con risotto, pero ese es solo un secreto pequeño porque el grande es Jose, ese camarero vestido de crooner, que no necesita libreta para recordar lo que has pedido y que nunca te hace esperar aunque jamás le veas con prisa.

Será porque trabajo en Santiago, donde paso la mayor parte del día, pero me sigo sintiendo turista cada vez que voy al centro, como si nada de lo que pasase allí me incumbiese. Sin embargo, Cuatro Caminos es diferente. Me encanta que mi vida transcurra en un lugar así, en un barrio al que no llegan los turistas, como han sido siempre todos mis barrios, salir a hacer recados y ver a los jugadores de ajedrez del Delicias, a los borrachos del Torre Esmeralda, al chico nuevo de la óptica Sánchez Lázaro, el dependiente más sexy de Coruña, el edificio de la UGT, con esa pintada de Zapatero hijo de puta que nadie ha borrado desde 2010 y que me deja un poco triste cuando paso al lado, al club de calceta del Briznas, a los jubilados del centro cívico Santa Lucía, con sus clases de tango y chachachá, o la fachada del Hotel Plaza y sus espaguetis de neón tan ochenteros. No tengo planes de irme, aunque tampoco estoy seguro de que Coruña sea la ciudad para quedarme. Lo único que sé es que, acabe donde acabe, no pienso moverme de Cuatro Caminos.

Un barrio para quedarme

Libros que cambian vidas

Lucia-Berlin-Manual-para-mujeres-de-la-Limpieza

El pasado domingo, miles de personas se lanzaron a compartir en redes sociales una fotografía de la novela que leían. Se celebraba el Día del Libro y nuestro muro de Facebook nos pretendía convencer de que la Literatura había conquistado el mundo. Sin embargo, esa misma mañana, una radio informaba de un funesto estudio en el que se estima que el número de lectores habituales apenas supera un cinco por ciento, lo que nos permitiría declarar la lectura actividad en peligro de extinción.

Acompañado de mi Lama y unos amigos, nos acercamos esa tarde a Berbiriana, una de las librerías más activas de Coruña, en la que organizaban una lectura colectiva. Curioseando ejemplares, la novela de Lucia Berlin Manual para mujeres de la limpieza llamó la atención de mi amigo Borja. Al momento, escuchamos exclamar a nuestra espalda: ‘¡Ese libro me ha cambiado la vida!’. Sorprendidos, nos giramos y descubrimos a un veinteañero con esa mirada reverencial que reservamos para nuestros ídolos.

La frase, tal vez un elogio naive o una exageración adolescente, no se desvaneció en el aire. Sería la mirada fanática del chico o su convicción al pronunciarla, pero Borja compró la novela y yo, mientras el alcalde de Coruña iniciaba una tediosa lectura, me preguntaba si realmente puede un libro cambiar la vida de alguien. No pensaba en esas constituciones o biblias que han provocado guerras o revoluciones, ni tampoco en tratados científicos que cambiaron el modo de entender el mundo, sino en Literatura y en las vidas de personas corrientes.

Hace años visitaba a menudo Waterstones de Bruselas y me dejaba engatusar por esas cartulinas pegadas a ciertos libros, en las que alguien había escrito a mano Changing Life, intentado atraparnos con la promesa de que una novela pudiese darnos la vuelta como a un calcetín.  Sin duda habrá quien piense que la vida está hecha de cemento armado y que se necesita golpearla con mucho más que palabras para hacerle mella. Esos mismos aceptarán tal vez que el efecto acumulado de la lectura, como el de la humedad en los huesos, acabe por calar en nuestro carácter, pero otra cosa es encontrar una historia que nos impacte con tal potencia que desvíe la ruta trazada.  Quizá los libros tengan ese poder solo si se lo concedemos y, al igual que la hipnosis, funcionen con quienes se acercan a ellos con fe. La pregunta, en ese caso, sería otra: ¿Es posible encontrar aún personas que permiten a un libro cambiarles la vida?

Al salir de Berbiriana, Borja me preguntó dónde guardaba lo que leía y, mirando a su novio arquitecto como si le formulase un secreto, nos confesó que soñaba con una casa forrada de paredes con estanterías del suelo al techo, con diferentes niveles y escaleras a las que subirse y deslizar golosamente los dedos por los lomos de un mundo de historias leídas y por leer.  Mis doce mudanzas me han convencido de que el lugar más adecuado para acumular Literatura es la memoria y, sin embargo, la descripción del hogar ideal de Borja me hizo asentir.

Esa misma semana, Raquel Cabest, amiga de mi Lama, publicó Concédeme esta guerra, su primer poemario, y digo primero porque vendrán más.  Raquel forma parte de esa generación de millennials que inesperadamente han regresado a la poesía y, mientras la crítica sigue celebrando entierros a la espera del próximo Premio Planeta, ellos se juntan en bares de Malasaña para recitar y continúan después practicando ese vicio a través de instagram y lugares peores, en un auténtico fenómeno que alguna editorial ha sabido respaldar.

Quizá celebrando a su manera el Día del Libro, mi amigo Quim ligó hace unos días con un profesor de Literatura y, en la crónica de su cita, me confesó que uno de los momentos estelares fue cuando el chico le piropeó diciendo: ‘¡Cómo me gusta que seas tan barroco!’. A los pocos días, su experto en el Siglo de Oro le sorprendió enviándole por correo un ejemplar de La vida es sueño. Puede que el planeta de los lectores mengüe, pero mientras exista gente que confíe en Calderón para enamorar, mientras contemos con Borjas que quieran ser Borges o Raqueles que se reúnen en bares a beber poesía, ese cinco por ciento lo garantiza todo.

He leído novelas que me han helado la sangre, otras que me han robado el sueño, algunas con las que me he desternillado de risa o me han tumbado de aburrimiento. Ese domingo volví a casa pensando si, pese a todas las emociones que puedan despertar, hablar de libros que cambian la vida no será nada más que una metáfora. La respuesta caminaba a mi lado. Si ambos no hubiésemos leído y releído hasta aprendernos de memoria  El Guardián entre el centeno, si él no hubiese elegido Caulfield como nick, en honor al protagonista de Salinger,  jamás habríamos empezado un chat que, años después, lo ha convertido en mi Lama. ¿Y si el país donde te gustaría vivir, el trabajo al que te querrías entregar o la persona de la que te enamorarás esperase a ser leída?, ¿no cambiaría un libro tu vida?

Libros que cambian vidas

Pequeña y bien cocida

Panadería

Begoña desempaña el cristal y cuelga el cartel de abierto. Dos minutos para las ocho. Al otro lado de la general, la luz de la casa está encendida. ‘Sácame una pequeña, anda, y que esté bien cocida’, le dice a la nueva, que rebusca con torpeza en los cestos de pan. Begoña se coloca detrás del mostrador y señala al reloj con el mentón, como queriendo explicarle algo, pero sin que la chica entienda nada. A las ocho en punto se abre la puerta y suena ese horrible avisador que se ha empeñado su hijo en instalar. ‘Buenos días, Suso’, le saluda, envolviendo la barra en papel. La nueva observa atenta a ese hombre de ojos azules pescado y mejillas coloradas que estruja el currusco hasta oírlo crujir. Luego deja un euro, manchándose de harina al guardar la vuelta. Antes de irse, Begoña distingue un gesto difuso y rápido en los labios de Suso y se pregunta si será una sonrisa. No reacciona a tiempo y se queda mirándole mientras se va.

El sábado, un minuto antes de las ocho, la nueva prepara la barra pequeña bien cocida, demostrando que se queda rápido con los gustos de los clientes. La puerta no se abre y Begoña piensa que Suso anda raro. Afuera, el mismo cielo gris cemento y esa lluvia aburrida que agota el ánimo. A media mañana, la nueva se queda pasmada y, un segundo antes de soltarle algo para que arree, Begoña se da cuenta de que la chica ha reconocido al ciclista que llega a la casa de enfrente. Hace memoria y le salen diez años desde la última vez que vio a Suso en la bici. Entonces, tenía otra figura; nunca fue un atleta, pero tampoco le colgaba esa tripa que casi no le deja pedalear. Cómo le habrá dado por volver, se pregunta.

A los tres días, un estruendo metálico la saca de la modorra y, con un gesto automático, baja la radio. No puede creer lo que está viendo. La persiana del garaje está abierta y asoma el morro de la DKV, con ese azul sucio de submarino. Begoña siente un escalofrío, como si una hilera de hormigas corretease debajo de la piel. Al girar para entrar en la carretera, ve a Suso al volante y la puerta hundida, sin cristal. Se asombra de que el cacharro ese todavía funcione, que sea lo único que salió vivo del accidente y piensa que, si a ella se le agita el pulso al ver a Suso dentro, menudo cuajo deber tener él para montarse.

De pronto repara en el calendario y siente un calambre en la tripa: 30 de noviembre. Al momento, le viene la imagen de aquel otro 30 de noviembre, con todos en la sala de estar celebrando el santo del abuelo Andrés; entonces, escucharon el llanto y luego la imagen de Suso en la puerta, doblado de dolor, con los de la Guardia Civil dándole la noticia. Y justo hoy esa furgoneta, desenterrada tras diez años en ese garaje con pinta de tumba. La idea de que aquello tenga algo de ritual alarma a Begoña, que se siente revuelta, temerosa de que haga alguna tontería, que lo mismo ha perdido la cabeza por la soledad. Cierra la tienda y se sienta en silencio, sin radio ni nada, esperando.

Al acercarse a la panadería al día siguiente, ve el garaje abierto y con luz. Son las siete y media, todavía noche. ¿Qué estará haciendo a estas horas ese hombre? El frío ha helado los charcos en el asfalto. La bicicleta apoyada contra el portal, algunas cajas con herramientas apiladas, una bombona y Suso limpiando, barriendo enérgico. Disimulando su desconcierto, Begoña le saluda desde lejos con un gesto. Comprueba que el garaje está vacío y se alegra de que la furgoneta haya desaparecido, qué valor dormir sabiendo que debajo se encuentra el trasto que le dejó viudo. Una hora más tarde, desde el ventanuco del horno, ve salir a Suso por la carretera del río, pedaleando a todo meter, como si le persiguiese el demonio, y piensa que definitivamente ha perdido la cabeza.

Esa noche, Begoña escucha ruido. Aparta una punta de la cortina y ve un Fiesta blanco que no reconoce. Siente curiosidad, pero también temor a ser sorprendida, como si no tuviese más que hacer que ocuparse de chismes. Se dice que tal vez debería haber visitado más a Suso estos años, haberle ayudado a echar fuera las penas, que si uno no habla, se quedan dentro, pudriéndose unas encima de otras. Al principio, lo intentó; al fin y al cabo, ella también sabe lo que es estar sola. Suso se mostró amable, pero frío y ella no volvió. Nunca habían sido amigos, pero le tenía afecto. Le parecía un hombre bueno, decente, alguien que va a lo suyo, sin molestar y, aunque no se lo había dicho a nadie, alguna vez se había imaginado cómo sería la vida de ellos juntos.

Al cerrar, Begoña mira a la cocina y descubre dos sombras a través de la ventana. Escucha una voz de mujer, una conversación animada y, de pronto, le llega un sonido alegre que reconoce, esa risa contagiosa de Suso, una risa que parece cambiar la casa y la calle entera y Begoña se queda parada, mirando y escuchando. La ventana de la cocina se abre y se asoma una mujer que enciende un cigarro. Las miradas de ambas se cruzan y Begoña se marcha avergonzada.

Al día siguiente, Suso entra a las ocho, como siempre. La nueva se gira y, con agilidad, encuentra una barra pequeña y bien crujiente, pero se da cuenta de que Begoña se le ha adelantado y está ya en el mostrador. Suso y Begoña se sonríen en silencio. La chica no entiende. Sólo cuando Suso se da la vuelta para irse, repara en el tamaño de la barra que lleva bajo el brazo.

Pequeña y bien cocida

Unas buenas malas vacaciones

Txagorritxu

Esta Semana Santa la hemos pasado en Txagorritxu, uno de los hospitales de Vitoria. El martes antes de los festivos nos dieron la noticia de que le había dado un infarto a alguien cercano y mi Lama y yo salimos disparados, todo lo disparados que un Yaris permite. A medida que nos acercábamos, las novedades nos calmaban y pronto supimos que estaba fuera de peligro. Tras un día y medio en la UCI, le trasladaron a planta y esa habitación se convirtió en nuestro campamento.

Han sido días de preocupación, pero también de otros sentimientos. Mi Lama y yo nos instalamos en Txagorritxu sin más posibilidad que esperar y hacer compañía; esperar a que pasasen los días y ese corazón se recuperase, esperar a que los festivos terminasen y se pudiesen hacer las pruebas necesarias, esperar a la normalidad, que tanto se echa de menos cuando falta. Y esperando, encontramos tiempo para estar juntos, para quedarnos sentados confiando en que todo saldría bien, alegrándonos de no estar solos cuando ocurren estas cosas, pero también aburriéndonos en esas tardes largas de festivo, con el sol radiante al otro lado de la ventana y un hospital apacible, sin bullicio, rodeado de jardines y calles vacías; y nosotros mordisqueando lápices, entre sudokus y cubos de rubik, ayudando en lo que podíamos, haciendo lo que se hace en un hospital a la espera de que un médico le diga a uno que se puede ir a casa.

Si pienso que han sido unas buenas vacaciones, me siento raro, como si pudiese ofender a alguien. Sin embargo, entre los nervios y la inquietud, mi Lama y yo hemos encontrado tiempo porque incluso cuando dos personas viven juntas necesitan tiempo, un tipo de tiempo que nada tiene que ver con las rutinas del día a día, con el cansancio de una cena rápida o el sueño que nos deja fritos en el sofá, un tiempo largo que permite reírnos de estupideces que no hacen gracia a nadie más, que nos deja callados, cada uno a los suyo, desayunando adormilados en un área de servicio, pasmados frente a un taza de té, imaginando cómo va a mejorar todo.

Los hospitales aproximan, nos hacen sentir cerca de desconocidos, de ese extraño de la cama de al lado que ahoga los quejidos contra la almohada para no molestar, de su mujer y sus hijos en los que reconocemos las mismas ganas y el mismo temor y, cuando nos vamos, pedimos sus señas para escribirles porque, aunque no volvamos a coincidir, nos sentimos conectados y necesitamos saber que también ellos se han ido a casa. Tal vez sea el miedo, que se lleva por delante lo pequeño, pero lo cierto es que los hospitales nos enfrentan a lo que de verdad importa y quizá por eso, y porque todo ha salido bien, voy a recordar estos días como unas buenas vacaciones que nunca debieron haber sucedido.

 

Unas buenas malas vacaciones

Hospitales

Hospital

Esa chica y yo somos ahora los únicos en la sala. Suena el móvil y se levanta con urgencia. Se aleja, camina de un lado a otro y se detiene frente a una ventana abierta. Abril satura de color esta ciudad de primaveras breves. A lo lejos, la silueta oscura de una sierra se recorta contra un cielo azul y limpio como una piscina. Levanto la mirada y la descubro llorando. Se da cuenta y, avergonzado por recordarle que no está sola, me oculto tras el libro. No sé nada de ella, pero es fácil imaginarlo.

Frente a mí, un matrimonio espera. La mujer agarra una carpeta de gomas. Se sientan los dos con la espalda recta, en silencio. Ella le toca la mano sin mirarle, una mano nudosa de carpintero viejo y me pregunto si esas manos se habrán tocado cuando fueron lisas y no existía siquiera esa carpeta. Una enfermera se acerca, les explica algo en voz baja y se lo lleva. Todo pasa rápido. Ella se queda con las manos cruzadas, sin más distracción que sus pensamientos. Al rato entra una máquina ruidosa de abrillantar el suelo. Con un dedo, la mujer levanta el puño de su chaqueta, lo justo para mirar un reloj diminuto, luego comprueba el pasillo y agarra con fuerza su carpeta, esperando como solo la gente mayor teme esperar.

El ruido gomoso de unas zapatillas despegándose del suelo se ha vuelto rítmico y ya no me molesta, me adormece. Un hombre corpulento camina enérgico y algo envarado, con andares de militar. Llevará veinte minutos apareciendo y desapareciendo tras la columna de los ascensores, bordeando el perímetro de esta sala. El pijama verde le va grande y le ha dado vueltas al dobladillo, dejando ver un tobillo harinoso. Pese al aspecto frágil y ridículo que le da esa prenda, el hombre conserva una actitud digna. Del hombro cuelga una bandolera con una de esas máquinas que controlan el corazón. Camina balanceando ligeramente los brazos, dispuesto a cansarse, como si fuese el único allí que tuviese un propósito, que se resistiese a ver pasar las horas.

Un olor dulce se extiende por la sala. El chico con la sudadera del Arsenal pela una naranja. Tiene cara de niño, pero solo la cara; en las manos se ven cortes de algún trabajo que no parece fácil. Con mueca seria, comenta que la naranja está jugosa y el padre asiente. Los dos tienen los ojos chicos y el pelo se les dispara. El día se apaga, afuera apenas circulan coches. Padre e hijo se quedan callados; de pronto, al chico se le ocurre una pregunta y le dice si quiere una de esas tarjetas para ver la tele. El padre menea la cabeza. Tal vez les gustaría tener más cosas que decirse o quizá ninguna y simplemente permanecer en silencio, sin pensar que deberían hablar.

De pronto me sobresalta un ruido metálico y destartalado. Aparece una camilla empujada por dos enfermeras jóvenes y una pareja de ertzainas detrás, un poco separados. El enfermo se incorpora y bromea frente al ascensor, dejando ver una dentadura ruinosa. Los policías parecen escucharle, pero no participan de la conversación. Las enfermeras sonríen y, un segundo antes de que se cierre la puerta, una le desea que le sea leve. Entre risas, desaparecen en el pasillo, pensando quizá en el único paciente que las extrañará.

Afuera es de noche; alrededor, puertas cerradas y, al fondo del pasillo, un zumbido eléctrico. Me veo desenfocado en el cristal de una máquina de vending y descubro a la chica y a la mujer, al hijo y al preso. Sé que yo seré todos ellos algún día, que también agarraré nervioso mi propia carpeta, que haré una llamada que me hará llorar y querré tener tiempo para hacer preguntas nuevas, y veo esos reflejos en este espacio cargado de alivio y miedo, donde la vida se suspende a la espera de saber qué dirección tomar, aguardando un ascensor que nos saque de allí y una enfermera que nos diga que será leve.

Hospitales

Ni partes, ni mitades

 

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Yo me había propuesto enseñarle todo, contarle las historias detrás de mis lugares. Él sonreía complaciente, sin entusiasmo. Le quería, sin atreverme aún a usar esa palabra, pensando que querer era un verbo del pasado, de actores, de farsantes, de madres, de poetas. Tardaría poco en darme cuenta de que querer es sencillo y común, que es tan solo lo que ocurre cuando se desea a alguien sin alternativa, cuando lo buscas con urgencia y leerías todos los libros para encontrar la manera de tenerlo. Él me apartaba y me buscaba a su antojo, dejándome asumir el riesgo de volver. Fracasamos de todas las maneras y, después, lo volvimos a intentar. Decidimos que no escucharíamos a nadie y nos fuimos. Yo peleaba por imponer mis palabras, como si un nombre pudiese cambiar una sola cosa.  Él replicaba: ‘¿Qué quieres, que seamos novios?’. La última vez me dijo que formaba parte de su vida. Hasta lo más hermoso suena cruel si uno no puede conformarse con ser parte. Ahora que quiero y me quieren, me alegro de haber aprendido que pocas veces enamorarse es cosa de dos, y nunca de mitades.

Ni partes, ni mitades