¿Me enseñas a abrazar?

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Envidio a la gente que abraza con desparpajo. Mi Lama, sin ir más lejos, lo hace con ferocidad. Sin pensárselo dos veces se lanza y durante cinco segundos se queda pegado a la otra persona como un geco a una pared. No importa que lo haya conocido esa misma tarde.  Yo le miro intrigado, fascinado con sus gestos, apretando, como si empujase una puerta. Sus abrazos tienen intensidad, duración y decisión. Los míos, en cambio, resultan vacilantes, precedidos de un me voy o me quedo, como si estuviese balanceándome al borde una piscina. Casi nunca tomo la iniciativa y, con los brazos pegados al cuerpo, me dejo atrapar. Finjo entusiasmo, pero temo tanto el exceso que se puede leer en mi cara una mueca de es-realmente-necesario. Esta aversión al abrazo social hace que no me sienta cómodo en los saludos y despedidas. Deseo que esos momentos pasen pronto y cada uno se vaya a su casa o todos nos sentemos a cenar.

Crecí en una familia donde los abrazos se acababan cuando uno empezaba a hablar y, en mi grupo de amigos, ir más allá del apretón de manos era una explosión de emociones reservada a las finales de Champion que se ganaban. Que nadie me malinterprete, no estoy describiendo ausencia de cariño, hablo de contacto físico. Tal vez sea una cuestión geográfica y, por mucho que nos hayamos empeñado en incorporarlo a nuestra dieta, el abrazo no se dé con facilidad en el Atlántico. Probablemente los gallegos nos sintamos más cómodos con una leve inclinación de cabeza nipona que con las melés en las que, a veces, he visto fundirse a pandillas enteras en el sur.

El problema es que abrazar se ha puesto de moda. Lo centros sociales ofrecen cursos de abrazoterapia, los médicos los prescriben porque segregamos oxitocina, celebramos el Día Mundial del Abrazo y, si uno se despista frente a un escaparate, corre el riesgo de acabar atrapado en los brazos de un desconocido con nariz de payaso, miembro de una ONG especializada en regalar cariño. Yo siempre había llevado mi aversión con normalidad, sin embargo, todo ese boom de la educación emocional me hace sentir raro y plantearme si debería buscar un profesor.

A veces he pensado en ponerme en manos de mi amiga Ana, toda una catedrática de los abrazos. Trabaja para una conocida compañía tecnológica, rodeada de informáticos e ingenieros poco acostumbrados a lo femenino, en un entorno laboral donde la edad normal para tener la primera novia supera los treinta. El otro día me contó que ha incorporado el abrazo como técnica de gestión de equipos. Todo empezó por casualidad, consolando a uno de sus chicos de una decepción en un proyecto. Se corrió la voz y el tratamiento se popularizó. En la oficina le confesaron que encontraban sus abrazos reparadores, una cura contra las frustraciones. Asombrados por los resultados, le han suplicado que les enseñe y mi amiga se plantea ahora la posibilidad de organizar algo así como un club de abrazos para informáticos.

A veces me pregunto si mi rechazo al abrazo social vendrá de haber sido el único gay en una pandilla de heteros, aprendiendo enseguida a no mostrar más afecto del estrictamente necesario. Algún sociólogo debería estudiar como varía el lenguaje corporal entre heteros y gays. Una de las diferencias más evidentes es la de saludar con dos besos o un apretón de manos.  Cualquier gay compaginará ambos formatos en su día a día, saltando del beso al apretón en función de con quién y dónde esté y evitando incomodar a nadie. Hasta hace poco, las fronteras eran claras, sin embargo, los modernos han levantado una nube de confusión y uno no sabe a qué atenerse. Ahora ofreces la mano al monitor de cross-fit y este te planta dos besos de abuela, de esos que estallan en la mejilla como un petardo fallero.

Para mí, los abrazos forman parte de lo privado y me cuido de administrarlos con exclusividad, hasta con racanería, marcando con ellos intimidad. No veo nada atractivo en abrazar a discreción, por mucha oxitocina que el mundo necesite. El lenguaje corporal ofrece gestos suficientes para modular el grado de afecto hasta el punto adecuado. Me ocurre algo parecido con el nudismo. No tengo nada contra los nudistas, excepto contra esos que se quedan con los ojos en blanco en las sobremesas contando lo maravilloso que es sumergirse con el culo al aire en el Atlántico. Con la misma tolerancia, yo defiendo el derecho a no practicarlo sin que uno sea tildado de mojigato. Sin llegar a extremos de pudor absurdos, no me gusta la idea de banalizar el desnudo con el argumento de quitarle hierro, como si volver algo normal fuese necesariamente sinónimo de hacerlo mejor. Como con los abrazos, me atrae la idea de la reserva, de decidir delante de quién y por qué nos desnudamos.

Con todo, el verdadero problema casi nunca son los abrazos que sobran, sino los que faltan. Esos que nos gustaría haber dado y no nos atrevimos, pensando tal vez que habría una oportunidad más; abrazos en los que querríamos habernos quedado, haciendo que durasen, sintiendo al otro sin distancia, como si en la tensión y la fuerza de lo que se quiere retener se fabricase el molde de los recuerdos principales.

 

¿Me enseñas a abrazar?

Familias con huecos

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Cuenta mi madre que, algunos días de niña, se despertaba con el ruido de llantos en la calle. Sobrecogida se asomaba a la ventana y veía padres despidiendo a sus hijos en la parada del coche de línea. Demasiados vecinos se subieron a aquellos autobuses que los llevaban a Ourense para continuar viaje a Vigo y embarcar a América, sin saber cuánto tiempo pasaría hasta que pudiesen reunir dinero para volver. Los padres de más edad temían no vivir suficiente para verles de nuevo y muchos no se equivocaron. Aún sin hijos, cuesta poco imaginar el sonido de esas mañanas. Aquello ocurría en Montederramo en los años cincuenta y en tantos otros pueblos de Galicia. Con más de un millón de gallegos que emigraron a América, pocas familias habrá que no puedan contar historias parecidas.

Mi madre tuvo suerte. Encontró trabajo, se casó y pudo hacer su vida aquí. No ocurrió lo mismo con todos sus hermanos. Ella fue la segunda más pequeña de una familia con once hijos. En una época en la que no resultaba fácil salir adelante, los Mojón acabaron divididos a ambos lados del Atlántico.

Para mí, que nací en la España-Cuéntame del 76, en una de esas familias de clase media que empezaba despegar, las historias de emigrantes formaban parte de aburridos programas de la TVG, de libros de gallego con fotografías de Manuel Ferrol o de viajes rancios de Fraga en campañas electorales. Pronto me di cuenta de lo equivocado que estaba. Estudiando en Santiago, mis padres vinieron un día a recogerme para acompañarles al aeropuerto a buscar a mi tía Rebeca, que volaba desde Buenos Aires. Había escuchado hablar tanto de la benjamina de la familia que me alegraba poder conocerla. Cuando la vi, me quedé mudo. Aquella mujer de la que apenas sabía nada era idéntica a mi madre. No podía dejar de mirarla, preguntándome estúpidamente cómo era posible que estando tan lejos fuesen tan iguales. Creo que fue la primera vez que fui consciente de que había un nosotros en otro lugar.

Hace algunos meses, murió mi tío Samuel, otro de los hermanos de mi madre que emigró a América, primero a Uruguay y luego a Argentina. La última vez que regresó a Galicia fue en los setenta, antes de que yo naciese. Nunca nos conocimos y no sé demasiadas cosas acerca de él, apenas que trabajó en una panadería y en una cafetería. Me cuesta ponerle cara, aunque he visto alguna foto. Cuando pienso en el parecido asombroso de Rebeca y mi madre, me preguntó si quizá yo tendré algo de Samuel, tal vez un gesto o alguna de mis manías, quién sabe. Supongo que tampoco a él le habrán contado que a un sobrino suyo le gustaba tanto el nombre de Samuel que llamó así a su gato. Dudo que lo considerase un cumplido.

Mis tíos Fina y Luciano fueron también de los que tuvieron que irse a Suiza. Cuando Fina se enteró de que yo estudiaba francés, me contó por qué odiaba ese idioma. En Lausana, trabajó en un hotel a las órdenes de un jefe que, de cuando en vez, le gritaba. Incapaz de entenderlo se quedaba callada, impotente por no poder explicarse. Por las noches, llegaba a casa furiosa y se enfrascaba en el diccionario, ansiosa por aprender rápidamente todas las palabras, deseando que llegase el día en el que pudiese poner en su sitio a aquel déspota.

Las cosas no fueron distintas en casa de mi padre. Isabel, su hermana mayor, se casó con Pepe y emigraron a Frankfurt, donde vivieron treinta años. De niño pasaba algunos días en Seoane, cerca de Manzaneda. Allí compartía habitación con mís tías Chelo y Elvira. Recuerdo alguna noche con mucho movimiento, a mis tías levantándose antes de que amaneciese para salir a A Rúa, la estación de ferrocarril a la que llegaba el tren de Pepe e Isabel, tras un viaje agotador desde Alemania con cambio de estación en París y trasbordo en Irún. Mis tíos tuvieron dos hijos: José y Ana. Quisieron que mis primos se criasen en España. Debe haber pocas decisiones más difíciles para unos padres.

Por fortuna no he vivido nada parecido, aunque hace algunos años tuve la oportunidad de pasar un tiempo en el extranjero y comprobar como los españoles que conocí en Bruselas eran muy distintos: eurofuncionarios políglotas con sueldos privilegiados, expatriados que se juntaban en restaurantes caros para quejarse de la desgracia de haber acabado en una ciudad sin sol. Gracias a mi tía Malena, descubrí que no siempre fue así. Ella me invitó a acercarme a La Hispano Belga, una asociación creada en 1964, años en los que miles de españoles llegaban buscando trabajo en las minas de Valonia, al sur del país. A finales de esa década residían en Bélgica más de quince mil y todavía llegarían más. La mayoría consiguieron prosperar y regresar a casa. Otros se quedaron y todavía hoy sigue abierta la sede de La Hispano Belga en la Chaussée de Forest en Saint-Gilles, una comuna reconvertida en barrio hipster en la que todavía se pueden leer carteles de tienda con nombres como ‘Economato Marisol’.

Los años pasaron y algunas de aquellas mujeres enviudaron. Sin marido y alejadas de sus familias, nunca se quedaron solas. Algunos martes, Malena me invitaba a comer a su local y, entre lentejas y vasos de rioja, las veía ocuparse unas de otras, como se organizaban si había que ir a casa de alguna a espantar la tristeza del invierno o acompañar a alguien a recoger las pruebas al hospital. Ahora que Malena ha regresado a Málaga a sanar un corazón agotado de tanto usarlo, la brigada hispano-belga no deja pasar un viaje al sur sin visitarla, demostrándole algo que saben todos los que han vivido fuera: lejos de casa, los amigos son la familia.

Para cualquier gallego, estas historias son tan comunes que a nadie habrán sorprendido y, sin embargo, pronto las habremos olvidado. Hoy la palabra emigrante evoca otras historias, imágenes y relatos que percibimos como ajenos. Las vidas de esos familiares nuestros que se montaron en barcos y trenes necesitan memoria. Siento admiración cuando países como Irlanda construyen museos en los que contar las aventuras que superaron aquellos que empezaron de cero, espacios en los que hablar de lo que encontraron, lo que construyeron, lo que sacrificaron para que llegásemos a ser lo que somos. Nuestras familias están llenas de huecos, de piezas de puzzle al otro lado del Atlántico, de tíos Samuel esperando a que alguien recuerde a los más jóvenes por qué y para qué un día se marcharon.

Familias con huecos

Silencios incómodos

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Mi Lama camina por casa como una monja y cierra los cajones con la delicadeza de un ladrón de joyas. No da portazos, jamás arrastra sillas y nunca me despierta si se levanta antes. Si se encierra en su estudio, olvido que ha llegado y grito ‘¡Dani!, solo para comprobar que existe y no he imaginado que tengo un novio. Al entrar en el salón, lo primero que hace es robarme el mando, me mira como si fuese un anciano y baja el volumen. Cuando me habla al otro lado del pasillo, su tono de voz es tan bajito que no consigo oírle y finjo entenderlo para evitar levantarme del sofá. Yo, en cambio, soy el ruido. Me crie en una familia numerosa, rodeado de personas hablando a la vez, compitiendo cada una por su cuota de conversación. En realidad, no conocí lo que era una casa silenciosa hasta que mi Lama se mudó y me ha costado acostumbrarme. Nada más llegar de la calle pongo de manera automática la tele y, si uno cierra los ojos y se queda en la entrada del piso, adivinará qué estoy haciendo sólo por el ruido. Un ejemplo es mi manera de usar los grifos. Para mí, existen dos posiciones: completamente abierto o completamente cerrado. El resultado es que, cada vez que friego, se forma una riada. Mi Lama los maneja como un instrumento musical, capaz de regular la cantidad exacta de agua para cada tarea.

Mi relación con el silencio siempre ha sido complicada. Desde niño he tenido facilidad para la conversación. En buena medida, me viene de familia, aunque también de mis amigos del colegio, con los que hablar en los portales era nuestro pasatiempo favorito y el único deporte en el que destacábamos. Una discusión para decidir una fiesta de fin de año se convertía en el Debate de la Nación, poniendo a prueba todos nuestros recursos de oratoria. Desde siempre he sido preguntón, convencido de que cada persona lleva dentro una historia y que encontrarla depende de la habilidad para formular las preguntas adecuadas. Por regla general, compruebo que a la gente le gusta que me interese por su vida, aunque no siempre es así. En más de una ocasión me he llevado un buen corte por meterme donde no me llaman y en otras, tengo que admitir que pregunto más de lo que soy capaz de escuchar. Cuando trabajaba como periodista, si el entrevistado me aburría, le dejaba hablar y me limitaba a repetir sus tres últimas palabras, un truco infalible para convencer a alguien de que le prestas atención. Supongo que, en ocasiones, preguntar es solo mi manera de evitar un silencio incómodo.

Hace casi seis años que viajo a Santiago en tren a diario, una media hora fantástica para una siesta, un capítulo de Benjamin Black  o el descubrimiento semanal de Spotify. Sin embargo, sobre esa promesa de tiempo de recreo planea una amenaza. Ocupas tu plaza e, inesperadamente, se sienta enfrente alguien que no es ni amigo ni extraño, una persona a la que conoces lo suficiente como para no quedarte callado, pero de quien no sabes bastante como para construir una conversación decente. Yo envidio a gente como mi amigo Benito, que no tiene reparo en enfrascarse en su novela, sin que le importe un rábano que el semi-conocido se quedé con cara de pez. Yo no soy capaz y los 25 minutos de placer se convierten en 25 minutos de dentista. La conversación no arranca, se atasca, la reavivo con alguna anécdota, pero pronto se vuelve a encasquillar. Soy consciente de los esfuerzos y me irrita esa necesidad estúpida de sentirme obligado a decir algo, como si Renfe me pagase para entretener.

En Bruselas compartí piso con Lars, un alemán de un pequeño pueblo cerca de Hamburgo que hacía prácticas en la UE. Cuando regresaba de su trabajo por la tarde, bajaba de su habitación unas latas de cerveza, se reclinaba en la silla y se limitaba a escucharme. A veces se reía o emitía algún sonido mostrando interés, simplemente para dejarme ver que seguía el hilo de mi historia. Yo me sentía como un transistor que aquel joven alemán encendía a su antojo. Un día me confesó: ‘Nacho, donde yo vivo hay gente que no dice tantas palabras en un mes como tú en un día’. Aquello no sonó a broma, sino a dato estadístico y me pregunté si tal vez las habría estado contando en secreto. Uno nunca sabe qué hace un alemán en silencio. Para mi tranquilidad, descubrí que Corentin, otro de los compañeros de piso, evitaba por todos los medios coincidir con Lars para ir al centro. El trayecto se le volvía interminable.

Conozco pocas personas con quien disfrutar del silencio. Mi peluquero Jorge es una de ellas, completamente alejado del estereotipo de chismoso o barbero filósofo. En su local nunca he visto más de dos clientes y la otra suele ser una señora con suficiente papel de aluminio en la cabeza como para no enterarse de nada. Tras un saludo breve, Jorge se pone a la tarea y pronto nos quedamos callados. No me siento incómodo, ni obligado a decir nada. Simplemente me quedó allí, estudiando sus gestos, preguntándome por qué entorna tanto sus ojos, como si descubriese paisajes en mi coronilla. Me relaja el sonido metálico de las tijeras y verle moviéndose alrededor, ágil, concentrado, como un bailarín. De vez en cuento me devuelve las gafas y se retira un par de pasos, dejándome cierta intimidad. Yo me miró en el espejo, asiento y él sigue.

Quizá todo tenga que ver con los lugares. En los taxis, el silencio tiene esa cualidad hipnótica y relajante de las imágenes en movimiento. Me quedó ensimismado mirando el tráfico por la ventanilla y olvido que existe un conductor. Tal vez dé por hecho que no volveré a verle o que no espera de mí más que el precio de la carrera. Lo cierto es que, pese al espacio reducido, no siento esa molesta sensación de tener que decir algo, la que aparece cuando subo en ascensor con alguno de mis vecinos. A modo de experimento, alguna vez me he forzado a llegar al cuarto sin abrir la boca. Noto entonces como la ansiedad aletea hasta que, derrotado, meto la mano en el bolsillo y me refugio en la pantalla del móvil.

El silencio ofrece un lenguaje complejo, un idioma que nos permite comunicarnos cuando las palabras se vuelven incapaces de expresar. El silencio que traslada el mayor de los respetos, cuando lo guardamos ante una desgracia para la que cualquier gramática resulta insuficiente. El mismo silencio que se llena de tensión, cuando lo acompaña la mirada furiosa que demanda una explicación o que se transforma en castigo, si dolidos retiramos la palabra a un amigo. El silencio, como caja de secretos, cuarto de confidencias o manta que cubre lo que nos avergüenza, que vuelve invisible el tabú prohibido. El silencio que nos enmudece ante el asombro y el silencio confortable de las tardes en casa, cómplice de las parejas que viajan juntas, el silencio nocturno que aparece en los momentos de mayor intimidad, cuando quedarse callado es lo único que tiene sentido.

El verano pasado, mi Lama y yo llevamos a un chico a Vigo, una de esas personas que usan Blablacar, la aplicación para viajar en coches de otros. Mi Lama ocupó el asiento de copiloto y el chico se sentó detrás. Todo resultó agradable, nada incómodo. Trabajaba como guía y nos reímos con sus anécdotas de guiris estrafalarios. Sin embargo, me llamó la atención el desparpajo con el que mi Lama se dedicaba a contemplar el paisaje, a escucharnos o a cerrar los ojos para descansar, como si contribuir a la conversación no fuese cosa suya. ‘Pero si ya sé que vas a hablar tú’, me dijo y, aunque me crispe esa respuesta, envidio su capacidad natural para sentirse cómodo en el silencio y me pregunto si alguna vez seré capaz. Un par de días después de ese fin de semana en Vigo, mi Lama y yo leímos la valoración del viaje que nuestro pasajero había escrito en mi perfil: ‘Ha sido un placer viajar con Ignacio y Nacho’. Supongo que queda trabajo por hacer.

 

Silencios incómodos

La paciencia de las semillas (4/4)

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Se esforzaba por mantener el español, pero el alcohol le impedía encontrar las palabras. En cuanto el chico entornaba los ojos forzando la atención, advertía que se había deslizado al inglés. La banda había dejado de tocar. El local se vaciaba y la historia de Cormac se extendía sobre una mesa cubierta de pintas vacías. Frente a él, la sonrisa de Roi, entre sarcástica y asombrada. A veces, el chico se quedaba en silencio y devolvía su atención a la conversación de sus amigos. Entonces, Cormac se veía enredado en una maraña de frases, carcajadas y gestos que le bloqueaban.

—Ahí afuera están sucediendo cosas importantes. Quizá deberías pensar también en eso—, le interrumpió Roi, sorprendiéndole con el inesperado tono de reprimenda. Por primera vez, Cormac reparó en que no había dejado de darle vueltas a lo ocurrido con Guillermo. Aquel chico se había interesado por su historia y él se dejó llevar, sin embargo, aquella sesión de psicoanálisis con un desconocido le avergonzó. Quiso excusarse, pero se calló. De manera automática se inclinó para coger el vaso de Guiness, a medio camino interrumpió el gesto al comprobar que estaba vacío. En silencio observó al grupo que le habían acogido. Se vio desde fuera, perdido en un país del que apenas sabía nada, ajeno a una tormenta que había salpicado su anorak. Una palabra le golpeó, entonces, como un puño: ensimismado. ‘¿Cuándo había dejado de importarle lo demás?’, se preguntó, imaginando que quizá la soledad no fuese más que una casa confortable llena de espejos.

Roi le agarró del brazo. ‘¿Nos vamos?’. Se despidieron y salieron del local. Bajaron las escaleras de la plaza. La Catedral, como un gigante dormido. Voces de borrachos que regresaban a casa. A lo lejos, una cola frente a un establecimiento iluminado. Cormac intentó recordar cuándo había comido su último kebap. Sentados en uno de los bancos de la alameda, Roi le contó que había estudiado fotografía. Trabajó dos años para un periódico local y lo despidieron cuando la publicidad empezó a escasear. Ahora se ganaba la vida con bodas, algún festival de verano y haciendo webs. A la asociación llegó cuando los del banco se quedaron con el dinero de Alfredo, uno de los vecinos del bloque. Aquel viejo que nunca había hecho nada más que levantarse para ir al taller se había quedado sin el derecho a morirse en paz. Siguieron caminando. Roi terminó su cigarro y lanzó la colilla lejos.

—Mira aquel edificio, el blanco —, le dijo.

Cormac se dio cuenta de que habían entrado en el campus y adivinó sus intenciones. Pensó que había sido un error contarle que Guillermo daba clases en Farmacia.

—¿Qué quieres?, ¿que vaya a una de sus clases?

Roi abrió la mochila y le entregó el spray, la oportunidad de vengarse. El campus estaba vacío. Cormac agitó el bote. Quizá se lo merecía, pensó. Acaso no había tomado un avión. Él había cumplido. Mientras los dos se acercaban, visualizó a Guillermo llegando al trabajo con algún compañero, su mueca al descubrir la pintada, tal vez improvisaría una explicación o disimularía su azoramiento con algún comentario jocoso. Roi observaba, retándole con su silencio. Sin embargo, Cormac se dio cuenta de que aquello no era lo que había ocurrido. ‘De qué serviría castigar a alguien por tener miedo’, dijo, devolviéndole el spray. No hubo opción. Cuando se dio cuenta, Roi había dejado la frase estampada en la pared: ‘Profesor Guillermo cobarde! C.’.

‘Deberías dejar de comprender tanto a todo el mundo’, contestó Roi.

El avión se situó en la pista. La línea aérea de citas-extrañas despegaba con puntualidad. En dos horas depositaría a Cormac en casa. Rebuscando el móvil en el bolsillo, sus dedos tropezaron con la bellota del parque: la paciente semilla que aguardaba enterrada a que llegase su momento. Diminuta, insignificante, imaginó que contenía en su interior todo lo necesario para transformarse en un roble. Aquella imagen le hizo pensar en la violencia de las palabras de Roi, la tensión de sus gestos, la mirada ofendida, todo en él sonaba a nuevo, a algo que irrumpía furioso, abriéndose camino entre los escombros. Quizá allí esperaban también otras semillas, las que necesitaba aquel país que se venía abajo. Cormac había encontrado la suya. Después de todo, quizá su destino no estuviese en aquella ciudad construida sobre la historia de un muerto. La plantaría en el bosque de Blenheim. Allí esperaría con paciencia su oportunidad.

El sonido del whatsapp le devolvió al avión. ‘No olvides la acuarelas’, le pedía su madre. ‘Será hija de puta la vieja’, sonrió Cormac.

(Fin)

 

 

La paciencia de las semillas (4/4)

La paciencia de las semillas (3/4)

Capítulo 3

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<- Leer capítulo 2

Primero oyó una percusión. Rápidamente, el ruido se volvió atronador, acompañado de sirenas, pitos y megáfonos. El paseo le había llevado a deambular por las callejuelas de la ciudad vieja. Al doblar una esquina, se sobresaltó: una manifestación avanzaba hacia él. Intentó leer la pancarta que abría la marcha, pero no comprendía. Aturdido, se echó a un lado, pegando su espalda a la pared para evitar ser arrollado. Tras la primera fila, un grupo golpeaba bombos con furia, vestidos con chalecos reflectantes y pegatinas rojas; detrás, un bosque de puños en alto, paraguas y banderas. Algunos fotógrafos avanzaban delante, caminando de espaldas mientras disparaban. De repente, un chico con sudadera negra le apartó con violencia, sacó un spray de una mochila y pintarrajeó el cristal. ‘Please!‘, protestó Cormac. ‘Mejor cállate, guiri’, le amenazó el muchacho, agarrándole de un hombro y mirándole a los ojos con ira. Todo duró treinta segundos. El desconocido desapareció entre la tromba de gente y Cormac se quedó paralizado, pensando que ni era su crisis ni su país. Sobre el cristal, leyó: ‘Ladrones’. Se trataba de la sucursal de un banco. En el reflejo comprobó que tenía salpicaduras negras sobre su anorak.

Al llegar al hotel, notó un ligero dolor de cabeza y temió que se tratase de sus inoportunas migrañas. Al momento, tomó una de sus pastillas. En menos de una hora tendría su cita y quería estar activo, enérgico. Con 54 años, sabía que lo mejor que podía ofrecer era la promesa de una vida interesante y eso no lo conseguiría con manzanillas y jaquecas. Al salir de la ducha, dudó en enviar un último mensaje a Guillermo, pero lo vio innecesario. Cerró la puerta de la habitación y, por primera vez, se sintió optimista.

Llegó al Federal veinte minutos antes de las diez. No era su primera cita con un desconocido, y le daba seguridad ser el primero. Le desagradó el ambiente metálico de aquella nave transformada en bar, pensó que habría sido un taller y lamentó la obsesión de convertir cualquier espacio industrial en un restaurante o museo. La luz tenue, las paredes de hormigón, los techos altos, parecía uno de esos lugares donde raramente puede suceder una buena conversación. Eligió una de las mesas con taburete, se colocó mirando a la puerta y pidió vino. Le hubiese apetecido cerveza, pero pensó que un blanco sería apropiado. Mientras esperaba, empezó a anticipar cómo transcurriría todo. Hablarían de sus ciudades, de sus cursos de español en Granada, de viajes y, por supuesto, del trabajo, ambos eran profesores y eso les daba un terreno común.

No se atrevió a pedir una tercera copa. Le avergonzaba que el camarero estuviese descifrando qué ocurría. Eran las once menos cuarto, pronto haría una hora desde que esperaba. Casi todas las mesas estaban ocupados, aunque el Federal continuaba siendo una enorme nave llena de vacío. Volvió a mirar el móvil. Le habría gustado ser una persona colérica, sentirse herido, dejarse llevar por el deseo irreprimible de llamarle para destruirle a reproches, censurando su sentido de la educación y removiendo su conciencia. Sin embargo, aquello iba en contra de su naturaleza. Por mucho que lo ocultase, lo cierto es que siempre había previsto que la silla vacía entraba dentro de las opciones posibles,  y que cambiar de país no añadía garantía alguna a la ecuación, sólo encarecía el desaire. De pronto le asqueó su realismo y aparentó un ataque de dignidad, dejó un billete de diez  y se precipitó a la salida, como si temiese que Guillermo se fuese a presentar y le diese miedo que lo encontrase allí sentado, esperando por él como una esposa entregada. Visualizarlo entrando en el bar y descubriendo una mesa vacía le produjo un alivio infantil.

En la calle, el viento le despejó, barriendo esa fina capa de dignidad fingida y dejando al descubierto una profunda sensación de estupidez; la certeza de comprobar que nada escapa a las leyes de la improbabilidad. Había cogido un avión, había engañado a sus jefes, a sus amigos y había mentido a su madre, todo para conocer a un extraño de quien tenía la intuición de que sería especial. Por las calles pasaban estudiantes agitando bufandas de algún equipo de fútbol. Una grupo de chicos hacía cola ante un cajero y una mujer se esforzaba por bajar la ruidosa persiana de una farmacia. La noche de viernes comenzaba. No quería volver al hotel. No quería volver a Oxford. Apagó su móvil. Tampoco quería una explicación. Sólo le apetecía caminar y no pensar en nada. ¿No era eso precisamente lo que la gente buscaba en esa ciudad?

Al otro lado de una plaza escuchó risas. Subió unas escalinatas y vio un grupo apoyado contra la pared de una vieja casona de piedra, fumando y charlando animadamente. Alzó la vista y descubrió un escudo presidiendo la fachada, más arriba un balcón de hierro forjado y gárgolas escupiendo el agua de la lluvia. Desde el interior llegaba música folk. Aborrecía ese mundo de torcales y símbolos celta, pero decidió entrar. A trompicones se abrió camino a la barra. Al fondo, tocaba una banda; un acordeón, violines y guitarras, ritmos que le recordaron a los insoportables pubs de Cork, la ciudad de su abuelo, donde pasaban los veranos de niño. La gente daba palmas, golpeaba el suelo con los tacones y bailaban sin levantarse de las sillas, contoneándose como plantas de maíz agitadas por el alcohol y la música. En la pared, entre las grietas de las piedras que la recubría, descubrió monedas. Le divirtió esa variante de la fuente de los deseos. Aprovechando una oportunidad se hizo un hueco en la barra y pidió una Guiness. Tuvo que señalar el grifo para hacerse entender. De pronto, su español tampoco funcionaba. Con el primer trago en la garganta se alegró de que el ruido de aquel local apagase cualquier pensamiento. Allí nadie le encontraría, pensó.

Sin nada sólido en el estómago, comenzaba a sentirse mareado. La banda descansaba, pero no dejaba de entrar gente y  Cormac encontraba cada vez más difícil conservar su posición en la barra. De repente, un empujón le hizo derramar parte de su Guiness sobre el vaquero. Al girarse descubrió una cara familiar. ‘Dos veces en un día’, protestó en inglés. A punto de disculparse, el chico se quedó callado, entornó los ojos enfocando la memoria y se preguntó sorprendido: ‘¿El guiri?’. Sin contestarle, recuperó su anorak debajo de la barra y le mostró las manchas de spray.  La banda regresaba, Comarc deseó que estallasen las cuerdas de todos los violines y el chico sonrió, quizá presintiendo sus pensamientos.

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La paciencia de las semillas (3/4)

La paciencia de las semillas (2/4)

Capítulo 2

 

OAK ALLEY PLANTATION VACHERIE LOUISIANA BLACK AND WHITE

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No dejaba de pensar que su madre se habría dado cuenta y sentía la vergüenza cosquilleando por dentro, como un gato encerrado. Nada se le escapaba a la vieja inspectora de hacienda. Era como si pudiese escuchar lo que ocurría en su cabeza. Después suspiraba, se quedaba en silencio un par de segundos y fingía creerse sus mentiras. Exactamente igual que en la universidad, cuando le humillaba llamando a sus compañeros de piso para decirles que estaba al tanto del ‘viaje secreto’ de su hijo; después les pedía que no dijesen nada a Cormac, pero que quería que ellos lo supiesen para que la avisasen si ocurría algún percance. Odiaba esas palabras, palabras como ‘percance’ que su madre se sacaba del bolsillo para asustar a todo el mundo.

Pensó que quizá esta vez debería haberle dicho la verdad o, al menos, que volaba a España a ver a un amigo; como mínimo, tendría que haber pensado su coartada y no soltar a la primera lo de su hermana en Bath. ¿Cómo no había previsto que le pediría algo? Ahora tendría que llamar a Margaret, explicarle el embrollo y rogarle que le enviase por correo las malditas acuarelas.  Estaba seguro de que su madre no las necesitaba en absoluto y que sólo lo había hecho para dejarle claro que, una vez más, le había descubierto.

Levantándose ligeramente del asiento, Cormac comprobó que el avión despegaba lleno y se preguntó que buscarían todos esos ingleses en esa pequeña ciudad llena de curas y charcos de lluvia. Aquello no era precisamente Mallorca. Había visto el tiempo y diluviaría todo el fin de semana. Sonrió pensando en la suerte de viajar al único lugar de España con peor invierno que Oxford.  Al menos no se convertiría en uno de esos ingleses con la espalda en llagas y olor a crema barata.

Antes de apagar el móvil, comprobó por última vez los mensajes, dispuesto a no dar señales de vida hasta el lunes. Había mentido a todo el mundo, menos a su hermana. ¿Tanto le avergonzaba aquel viaje? Se preguntó si sería una de esas cosas que creemos que sólo nos ocurren a nosotros hasta que un día, entre gin-tonics, nos sinceramos y comprobamos que todo el mundo ha vivido algo similar y nos sentimos completamente ridículos por habernos creído tan especiales. Reclinándose sobre la ventanilla, Cormac se durmió profundamente, imaginando otros lugares del mundo con aviones cargados de pasajeros rumbo a citas con desconocidos.

Desde el taxi, la ciudad no le pareció distinta a Oxford, calles empedradas, niebla, estudiantes con carpetas y bolsas de supermercado. En algún lugar había leído que su universidad había sido una de las primeras de Europa, aunque pensó que habría unas cincuenta ciudades de las que se podría decir los mismo. Después de comer saldría a caminar, localizaría el café donde habían quedado, así sabría cuánto tiempo le llevaría llegar. Sentado en la galería del hotel se aseguró de que Guillermo había leído su mensaje. Todavía no eran las dos, seguiría en clase. Al otro lado del cristal llovía sobre un jardín con un limonero brillante como una acuarela, una higuera sin hojas enroscada sobre sí misma y una fuente de piedra, descuidada y recubierta de musgo.

Paseando, llegó a un parque con eucaliptos gigantes. Se detuvo a ver la Catedral desde la distancia. ‘Anciana y admirada’, pensó, observando a decenas de peregrinos y turistas con ponchos de plástico, correteando como hormigas de colores por la plaza. A su lado escuchó a un grupo de corredores mientras estiraban. Aquel castellano le resultaba claro, lento, quizá con una nota de tristeza que le divertía. Nada que ver con sus viajes al sur. ¿Sería ese el acento de Guillermo? Pensó que deberían haberse llamado o, al menos, algún mensaje de audio. Cambiar de país bien merece una conversación, se dijo. La voz lo cambia todo y, de repente, sintió una punzada de pánico pensando que quizá el viaje no era más que una reacción precipitada y absurda. Él nunca había sido impulsivo y quizás era demasiado tarde para aprender.

Cormac reconoció esos miedos, las dudas previas al encuentro estampándose sobre su frente como las primeras gotas frías de una tormenta. Se esforzó por quitarse a Guillermo de la cabeza y concentrarse en la Catedral, el corazón de aquella ciudad construida sobre la historia de una tumba. Por un momento se imaginó viviendo allí, corriendo en aquel parque que bordeaba una colina recubierta de árboles. Jugueteó con una bellota con la punta de sus pies y la recogió. Recordó que los robles germinan a finales del invierno y vinieron a su memoria sus clases de botánica, cuando aprendió que las semillas de un árbol pueden esperar enterradas más de cien años, aguardando a que se produzca una conjunción de condiciones improbable, pero posible, la misma cadena de casualidades biológicas que explicaba cada uno de los árboles que le rodeaban. Guardando la bellota en el bolsillo, miró con recelo a su alrededor, lamentando que él siempre hubiese sido un científico, con más fe en la estadística que en los milagros, por mucho que fuesen obra de la naturaleza.

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La paciencia de las semillas (2/4)

La paciencia de las semillas

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Capítulo 1

Comprobó de nuevo la pantalla y decidió que no se quedaría como un idiota esperando toda la tarde a que ese español diese señales de vida. Se olvidaría del móvil y se iría con Gus a los jardines de Blenheim. Un mensaje bastaba; insistir sería un error y no tenía dudas de que, si se quedaba en casa, le acabaría escribiendo. ‘Mejor salir corriendo’, se dijo, sintiéndose como un adicto ante la tentación. Buscando la correa, recordó que la última vez Gus se zambulló en el lago y dejó el Opel perdido. Pensó que quizá sería mejor quedarse en el Christ Church College. La mayoría de los estudiantes habrían ido a Londres a pasar el domingo y los campos estarían vacíos, sin embargo, estaba seguro de que el lago y el silencio de Blenheim Palace le calmarían.

Cormac odiaba conducir, aunque los fines de semana, sin enjambres de bicicletas que esquivar, Oxford se volvía tolerable. Desde el coche vio el Museo de Historia Natural y comprobó que el temporal no había abierto las contras de su despacho. Con un ligero toque de claxon saludó a Paul, protegido del viento en la cabina de seguridad. Le imaginó dormitando, escuchando los partidos en el móvil y sintió una cierta envidia. Sin fútbol, ni misa, ni niños que pasear, ¿qué le quedaba para sobrevivir a un domingo?, ¿resacas y porno?, se preguntó.

Agarrando el volante, le vino a la cabeza la imagen de su padre maldiciendo. Se alteraba tanto cuando jugaba el United que no era capaz de quedarse frente a la tele. Conducía con la radio apagada y cada cuarto de hora se detenía en el arcén para comprobar el resultado. Después la silenciaba y arrancaba de nuevo. Las curvas suaves de la vieja carretera a Stonehedge mantenían su ansiedad bajo control.

Al llegar a Woodstock aparcó al lado de la tienda de antigüedades y se calzó las botas de goma. Blenheim cerraría a las seis y media, algo más de dos horas para cansar a Gus. Saliendo del pueblo, pensó que el domingo pasado Guillermo se había conectado a las cinco. Quizá debería haber sido más paciente. Probablemente hubiese tenido una de esas comidas a la española, con sobremesas que se prolongan hasta el anochecer, como cuando César invitaba a todos los del departamento a su cumpleaños y sacaba su extravagante colección de licores. De pronto, aquellos cálculos sobre la vida de un desconocido le parecieron ridículos. Debería dejar de obsesionarse y menos con alguien que vive en otro país, de quien apenas sabe un nombre y que, perfectamente, podría ser falso. Todo el mundo miente en Grindr, no importa la edad. De hecho, las mentiras aumentan con los años.

A la altura de la rosaleda se sentó sobre uno de los bancos de piedra, frente a un túnel de tallos espinosos, con restos de hojas secas sobre un suelo de grava. Gus se perdía y volvía a aparecer entre setos de boj. Las lluvias de los últimos días hacían que la cascada del lago bajase cargada de agua y el ruido llegaba al otro lado de los cedros.  A lo lejos se veía la silueta imponente del palacio y los últimos autobuses de turistas aparcados delante. Pensó en acercarse y tomar una porción de tarta de zanahoria. En tres meses cumpliría 54, buena edad para evitar el dulce y también para aprender a desconfiar de las intuiciones, se dijo. Aquella tarde parecía que todo desembocaba en la misma dirección. ¿Qué había ocurrido esta vez? Nada en Guillermo le parecía excepcional, un profesor de instituto en una ciudad de provincias, ninguna frase brillante, incluso su foto era la imagen de una persona corriente. Quizá fuese eso: la ausencia de estridencias.

Cormac había defendido siempre la necesidad de actuar. Odiaba la actitud fatalista de sus amigos, lamentando su mala suerte, comportándose como si nada estuviese en su mano, esperando a que alguien les rescatase de una vida llena de tazas de té y series de televisión. Últimamente le cansaban esas cenas de los viernes en las que, semana tras semana, se repetían las mismas historias de ex novios, sin que nadie pareciese darse cuenta de lo lejos que quedaban. Podría preguntar a cualquiera por el elemento clave para ser feliz y todos contestarían que enamorarse. Si estaban tan convencidos, ¿qué hacían para conseguirlo?,  ¿trabajar de lunes a viernes y descubrir un restaurante nuevo para el sábado a la noche?, ¿dormir la siesta viendo Netflix?, ¿añadir a cada año cumplido una hora más de crossfit? De pronto sintió un calambre de angustia en la boca del estómago, quizá el temor a haber aceptado la comodidad de lo que simplemente no está mal, una vida dulce que adormece, invisible y embriagadora como un escape de gas. Se levantó para espantar la aprensión caminando. Respiró hondo y recordó la universidad, la sonrisa ácida de su amigo Eddy Dance: ‘Estar soltero es abrir el armario, planchar una camisa y salir ahí afuera’.

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La paciencia de las semillas

El mapa de Johan (2/2)

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<- Leer primera parte

Johan es una de las pocas personas ricas que conozco. Quizá la única. Su familia acumuló una pequeña fortuna tras varias generaciones de negocios inmobiliarios en Amberes. Su padre ha intentado por todos los medios que mi amigo, su único hijo, abandonase su puesto de investigador y se hiciese cargo de las empresas, como le tocó a él en su momento. La última vez que le vi, seguía resistiéndose.

Recuerdo una desapacible tarde de invierno, refugiándonos de la lluvia en el Moeder Lambic. Johan tuvo que irse precipitadamente porque el Fiat de Halim la había dejado tirada de camino a casa. Me quedé con sus amigos y Johan se convirtió en el tema de conversación. Aquel grupo se conocía desde la primaria y me revelaron decenas de anécdotas en las que le retrataban como una especie de niño prodigio. Entre cervezas y tablas de queso me confesaron que siempre habían dado por hecho que Johan se convertiría en una de esas personas que hacen cosas excepcionales, como descubrir una vacuna o encontrar la manera de evitar una guerra. Desde niño, a Johan le fascinaron los mapas y acabó volcando su talento en conseguir que los viajes acabasen bien. Por entonces, trabajaba en un proyecto del Instituto Geográfico de Bélgica y la UE para mejorar las técnicas de geoposicionamiento de buques mercantes que surcan el Atlántico. A mí siempre me ha asombrado que la orientación sea su campo. Las pocas veces que salimos juntos en bici jamás fue capaz de encontrar el camino a la primera.

Johan no hablaba demasiado de su familia. Sus padres se separaron cuando él tenía quince años. Su madre se había enamorado de un compañero de trabajo, un abogado canadiense con el que terminó mudándose a Montreal. Cada dos meses, Johan recibía un paquete postal cargado de botes de jarabe de arce y no parece que la relación entre ellos fuese mucho más estrecha. Todo el espacio que su madre había dejado parecía haber sido ocupado por la figura de su padre, siempre ausente físicamente, pero que lo llenaba todo con una presencia pesada y tensa.

Por aquel entonces, Halim y él me propusieron ver la Perseidas en el Volkssterrenwacht Mira, un observatorio astronómico en Flandes. Nos pasamos la noche en la azotea y cada vez que alguien gritaba ‘ahí, ahí’ girábamos rápidamente el cuello, pero siempre llegábamos tarde. Recuerdo que resultó agotador, todo el tiempo concentrado en el cielo, con un deseo en la punta de la lengua, listo para formularlo a tiempo si aparecía una de las escurridizas estrellas fugaces. Hacia las cuatro de la mañana nos retiramos. Johan propuso dormir en un apartamento vacío que su padre tenía en Greenbergen. Me llamó la atención aquel lujoso ático y entendí rápidamente por la mirada de Halim que no debía ser la propiedad más llamativa de la familia. Johan notó mi interés, pero cortó mis preguntas de una manera brusca.

Días más tarde, Halim me recordó la situación, pidiéndome que disculpase a su marido. Me habló de las empresas que poseía su familia y la determinación de Johan de mantenerse alejado de ese patrimonio. Al parecer, su padre llevaba años padeciendo problemas cardiacos y el médico le había aconsejado que se olvidase de todas las preocupaciones cuanto antes y redujese los viajes largos, especialmente los vuelos transoceánicos. Empeñado en que Johan se hiciese cargo, su padre usaba el diagnóstico del médico para presionarle, haciéndole ver que la única razón por la que continuaba trabajando era porque nadie podía ocupar su lugar. Aquel chantaje enfrentaba a Johan a un dilema macabro, obligándole a elegir entre ser fiel a su proyecto de vida o dejar que su padre continuase arriesgando su salud.

Me desconcertaba que la posibilidad de tener dinero pudiese convertirse en un problema amargo. Supongo que todos tenemos proyectos con los que fantaseamos, quizá abrir un hotel cerca de alguna montaña, fundar un festival de cine o recorrer el mundo en tren y publicar tus propios libros de viajes, ideas de las que normalmente nos separaba la falta de recursos para hacerlas realidad. Me intrigaba que Johan, una de las personas con más talento y formación que conocía, no entendiese su herencia como una oportunidad, como una herramienta para poner en marcha algo que mejorase las cosas, no solamente su vida, sino el mundo o quizá las vidas de otros.

Sabía que el tema no le agradaría, sin embargo, un sábado tras correr por el parque de Laeken, me atreví a compartir con él mis pensamientos. Al principio me miró con aspereza, advirtiéndome de que entraba en un terreno que ignoraba y no me incumbía. ‘Ese dinero lo ha ganado mi padre, no es mío’, me cortó con un tono seco, sentándose en un banco. ‘Aceptarlo conlleva aceptar la responsabilidad de cuidar de él y eso implica tiempo. Ni te imaginas cuánto. Mi padre no tiene derecho a disponer de mi tiempo’, añadió. Fue todo lo que obtuve por respuesta. Al momento, sonó un claxo y vimos a Halim y Fleur saludándonos desde el Fiat.

Ignoro que habrá pasado con la fortuna de Johan, si habrá resistido o habrá sucumbido a la presión de su padre, quizá haya podido más el deseo de evitar que siguiese arriesgando su vida o tal vez ese geógrafo extraordinario haya conseguido abrir una vía intermedia, un camino capaz de esquivar el dilema. Tras mi regreso a España, perdimos contacto, apenas nos intercambios felicitaciones por el cumpleaños. Sin embargo, me gusta imaginarlo desayunando en el Monk y sentado en las sillas del Belga Café frente a los estanques, comiendo sus frits con salsa Brazil, cuidando del mapa de su vida, vigilando sus fronteras, libre para decidir a quién entregar los más valioso que tenemos: el tiempo.

El mapa de Johan (2/2)

El mapa de Johan (1/2)

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La gente cree que Bruselas se divide en flamencos y francófonos, pero existe una frontera más profunda: los partidarios de las frits de Flagey y los de la Place Jordan. Por supuesto, la diferencia es inapreciable para cualquiera que no haya nacido en esa ciudad, sin embargo, es lo único por lo que los pacíficos belgas podrían llegar a las manos. A mi amigo Johan le volvían loco las de Flagey y a menudo se escapaba del trabajo a comprar un ración con salsa Brazil. Yo jugaba a parecer un hooligang de la Place Jordan, aunque sólo por el placer de escucharle usar veinte adjetivos distintos para describir una patata.

Cuando nos conocimos, Johan era uno de los investigadores más jóvenes del Instituto Belga de Geografía, ubicado en un antiguo monasterio en La Cambre, rodeado de sauces que se desploman sobre los estanques de Flagey, aguas marrones donde se ven sombras escurridizas de carpas grandes como barras de pan. Nos hicimos amigos haciendo un tándem de español-flamenco, cuando yo albergaba alguna esperanza de hablar ese idioma enrevesado y él me dejaba callado preguntándome cosas como por qué en español no se pueden usar dos preposiciones seguidas.

Johan solía ir a trabajar con la ropa de correr y, hacia la una del mediodía, se calzaba las zapatillas y daba diez vueltas a los estanques. Siempre le había entusiasmado el deporte, aunque cuando nació su hija Fleur subió un par de tallas y empezó a tener ese cuerpo ancho de persona mayor del que ya no se desprendió. Tras completar el entrenamiento, compraba un paquete de frits y se las zampaba en una de las sillas metálicas de la terraza del Belga Cafe, con una creek helada los viernes y un Bionade el resto de los días de la semana. Luego se duchaba en el vestuario de los guardias de seguridad del instituto y seguía con el trabajo.  Nadie controlaba su hora de llegada ni de salida, pero él cumplía a rajatabla. Como buen flamenco, nunca necesitó que le recordasen dos veces sus responsabilidades.

La libertad que le daba su puesto le permitía levantarse pasadas las ocho y leer con detenimiento el De Morgen mientras desayunaba en el Monk. Le recuerdo muy preocupado con el ascenso del Vlaams Belang, que gobernaba en la pequeña ciudad donde vivían sus padres. Johan estaba casado con Halim, de madre etíope y padre flamenco, a la que conoció en un viaje en tren a La Haya. Quizá sea la única persona que ha seducido a alguien hablando sobre los viajes de Alexander Humboldt. Una de la últimas veces que nos vimos, mi amigo me contó como la xenofobia seguía aumentando en Flandes. Durante un fin de semana visitando a sus padres, un mocoso con menos de veinte años había insultado a Halim en la cola de un Del Haize. Johan perdió los nervios y los empleados del supermercado llamaron a la policía. Tras anotar el nombre de aquel muchacho, le dejaron largarse.  Johan me contó como le hervía la sangre cuando el agente se llevó al chico a una esquina y les vio reírse juntos. Ni siquiera tuvo que disculparse.

Halim trabajaba entonces como enfermera especializada en hemodiálisis en el UMC Sint-Pieter. Un anárquico sistema de guardias les exigía organizarse para llevar y recoger a Fleur de una pequeña guardería cerca de Sint-Katelijne y quedarse con ella por las tardes. Con Johan, cuadrar las agendas nunca fue un problema. Quizá por su obsesión con medirlo todo, siempre supo encontrar tiempo. Le recuerdo una vez preguntándome cuántas veces estornudaba a la semana de media. Le inquietaba la posibilidad de estar desarrollando alguna alergia y buscaba una referencia estadística. Esa concepción matemática de la vida le permitía cuantificar de manera casi intuitiva el valor de las cosas, cifrándolo en horas y minutos de su tiempo, una capacidad natural que le ayudaba a gestionarse a sí mismo como un territorio bien administrado, con sentido de la escala y la proporción, confiriendo a cada una de sus regiones la dimensión adecuado en función de sus prioridades vitales, configurando un equilibrio entre Halim y Fleur, sus proyectos en el instituto, el estudio o el deporte, un mapa delineado al detalle que hasta le permitía reservar una tarde a la semana para beber cerveza con los amigos en el Moeder Lambic o ver alguna película en la Cinematek.

Sé que la vida de mi amigo suena confortable, sin embargo, podría serlo mucho más. En realidad, podría dedicarse simplemente a tostar su espalda blanca al sol en alguna cala de Calabria, donde por aquellos años Fleur, Halim y él pasaban una semana de vacaciones cada mes de septiembre.  Si quisiese, Johan podría hacer eso y lo que le apeteciese porque mi amigo no necesitaba un sueldo para vivir.

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El mapa de Johan (1/2)

Amigos WhatsApp

whatsapp

Un mal día, la empresa traslada a uno de nuestros mejores amigos al otro lado del país. Celebramos su fiesta de despedida y nos prometemos estar en contacto. En seguida, extrañamos esos planes que antes hacíamos y el tiempo que pasábamos juntos. Sin embargo, ya nadie se va del todo; siempre se queda en el Whatsapp. El intercambio de mensajes, fotos, vídeos, audios es intenso. Seguimos su nueva vida, el piso alquilado, los amigos que conoce, su jefe, el nuevo gimnasio. Nuestro móvil se ha convertido en una ventana que supera cualquier distancia. Pese a estar alejados, podríamos suponer, sin miedo a equivocarnos, qué hace nuestro amigo cada día de la semana. ¿No es esto lo maravilloso de la tecnología?

El último Salvados exploraba las consecuencias de la adicción a los móviles. En el programa, Jordi Évole entrevistaba al fallecido sociólogo Zygmunt Bauman, quien decía que no éramos conscientes del diablo que habíamos metido en el bolsillo. En una entrevista anterior en el suplemento Babelia de El País, Bauman aseguraba que las redes sociales son una trampa, refiriéndose, en esa ocasión, al activismo de click.  Explicaba que, antes de la llegada de Facebook, cuando veíamos algo que nos indignaba, la energía que generaba nuestro malestar nos movía a la acción, nos hacía salir a la calle, afiliarnos a alguna organización o participar en una protesta. En el mundo-Zuckerberg, nuestra respuesta es el click, el like o una declaración de solidaridad en el estado de nuestro muro. Ese gesto virtual reestablece el equilibrio en nuestra conciencia y nos permite seguir con nuestra vida sin que se empañe demasiado la imagen que tenemos de nosotros mismos. Sentimos que hemos hecho algo y ese algo-digital anula, en buena parte de los casos, cualquier posibilidad de acción en el mundo real. Las redes sociales se convierten, por lo tanto, en la trampa a la que alude Bauman, en un pararrayos, en un desagüe por el que se desvanece la energía que podría movilizarnos. Siguiendo este mismo razonamiento, ¿y si Whatsapp fuese también una trampa para las amistades a distancia?

Volvamos a la historia de nuestro amigo. Whatsapp minimiza el sentimiento de echar de menos ya que basta meter la mano en el bosillo para contactar con alguien. Sin embargo, esta posibilidad desactiva el impulso de actuar, a menudo apaga la energía que necesitamos para organizar un viaje y encontrarnos cara a cara. Un amigo me recomendó el libro En defensa de la conversación de la profesora Sherry Turkle, una completa investigación acerca de como los smartphones están cambiando la manera de relacionarnos con los demás. A esta psicóloga del MIT le llama la atención el aumento de casos de adolescentes habituados a intercambiar a través de Whatsapp confidencias e información personal con un grado de intimidad alto, pero incapaces de reproducir ese nivel de comunicación en la vida real; el cara a cara cara les bloquea y lo evitan. En su manera de entender las relaciones, creen que determinadas cuestiones no tiene sentido decirlas en persona ya que las consideran emocionalmente demasiado exigentes. El Whatsapp lo facilita todo; ni siquiera la llamada de voz la ven necesaria.

Mi amigo C. vive en Bruselas, nos vemos una o dos veces al año. Cenar con él y tener una larga sobremesa es uno de los momentos más agradables de mis viajes a Bélgica. Siempre he considerado a C. uno de los mejores conversadores que conozco. Cuando vivíamos juntos solíamos tener desayunos interminables, que se prolongaban hasta el mediodía, arreglando el mundo y nuestras vidas entre tazas de té y tostadas de mantequilla salada. Cuidadoso con su vida privada,  C. no usa Facebook, aunque sí Whatsapp. Sin embargo, sus mensajes son infrecuentes y breves, nunca más de dos líneas y jamás una conversación. Su estilo me hace pensar en lo que me decía mi padre de niño: ‘Cuelga ya, Nacho, que el teléfono está para dar un recado’.

Cuando C. y yo nos reencontramos, elegimos un restaurante, pedimos una botella de vino y nos contamos cómo nos ha tratado la vida durante los últimos meses; lo hacemos sin prisa, alejados de móviles, sin esa sensación molesta de que cualquiera de los dos preferiría estar en otro lugar o de que sólo dispones de un parte de la atención de quien te escucha, ocupado en consultar los mensajes que le llegan a través de WhatsApp, Instagram, Facebook, Tinder o cualquier otra de las aplicaciones diseñadas para acaparar nuestro interés. No debería haber nada de especial en esto y, sin embargo, la presencia de estos ingredientes en una conversación lo cambia todo. Supongo que es algo parecido a ir al cine y, en el silencio de la sala, con la luz apagada, la pantalla gigante y sin distracciones, sumergirse por completo en la historia o conformarse con ver una película en la tele de casa, con el portátil sobre las rodillas, el móvil iluminándose en la mesa y alguien hablándonos a gritos desde la cocina.

Como tantos otros amigos, C. y yo nos apreciamos, nos interesa lo que nos ocurre y creemos que las opiniones de ambos nos aportan. Todo eso hace fácil que seamos capaces de disfrutar de algún tiempo juntos sin necesitar saber qué ocurre en otro lugar. La sensación de que lo que cuentas interesa a quien te escucha, de que su atención está completamente contigo lleva a que las conversaciones ganen en calidad, que lo que se comparta sea algo más profundo. Cuando me despido de C., pienso en lo que me gustaría que se mudase a Coruña y poder hablar a menudo, sin embargo, también me parece especial que ocurra un par de veces al año. Aunque fuese capaz de convencerle de que abra un perfil en Facebook o de que use Whatsapp, nada de eso tendría que ver con las conversaciones que tenemos.

Hablar en persona nunca será igual que hacerlo a través de una pantalla porque hablar no es sólo escribir mensajes de texto, por nuevos emoticones que Whatsapp idee. Conversar implica silencios, titubeos, frases que no son redondas, tics, exponernos a una reacción inesperada, enfrentar miradas que se fijan, que brillan o se desvían, imperfecciones, olor, tacto, la piel que se ruboriza o palidece, naturalidad. Una conversación supone un ejercicio de empatía, de sentir que alguien nos escucha y escuchar, de entender y ser entendidos, de apreciar y ser apreciados y esa es una de las experiencias más reconfortantes que podemos vivir. Todos tenemos el recuerdo de salir de un restaurante, montarnos en un taxi para volver casa y disfrutar del poso de bienestar que deja una conversación con amigos.

La promesa de estar siempre en contacto que nos ofrece la tecnología de Whatsapp y las redes sociales encierra un engaño, la ilusión de hacernos creer que una noche chateando hasta la madrugada nos proporciona intimidad, conformándonos con un sucedáneo de conversación que calma las ganas de oírnos, de sentirnos cerca y que nos hace pensar que la frecuencia de los mensajes puede ser suficiente. No tengamos miedo. Echémonos de menos, dejemos que esas ganas de vernos crezcan hasta que nos empujen a comprar un billete y sentarnos cara a cara.

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