El tren que olía a naranja

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Yo necesitaba uno de esos trenes que huelen a naranja, a la naranja que un pensionista monda sobre un kleenex, clavando sus uñas mal cortadas y chupando las gotas de zumo sobre sus dedos huesudos de araña, un viaje sentado encima de la mancha seca de coca-cola que vertió un niño caprichoso hace seis veranos.

Yo necesitaba un tren con salpicaduras de barro, como si al vagón le creciesen pelos, con el logotipo de Renfe descolorido y una cafetería dominada por una camarera rubia, mofletuda y con una permanente tan alegre como una mata de hortensias, una camarera que me dirá que adora Coruña y que quizá se mude cuando se jubile porque ella necesita una ciudad con mar, como Málaga. Yo le diré que Coruña no es Málaga, y ella hundirá la vista en la sección de televisión de El Mundo, buscando algo con su dedo índice, aunque sabré que me ha oído y se hace la tonta. De regreso al asiento cabecearé antes de llegar a la segunda página de un libro nuevo, resbaladizo y pesado, un libro de 22 euros de Relay, de esos que uno compra seguro de terminarlo antes de Chamartín, pero el sopor nos rebota una y otra vez al principio de la misma página y leer es como forzarse a subir una cuesta con nieve.

Yo necesitaba un tren así para dormirme sin pretenderlo y despertarme desorientado, frotándome los ojos, con la mirada pasmada, desenfocada, frente al monitor donde ponen Ice Age, y darme cuenta de que todavía huele a naranja de pensionista y de que ese olor se quedará todo el viaje e incluso después. Un tren que pase cerca de un desguace de maquinaria pesada que riega el campo de aceites y, en ese mismo instante, abrir la libreta y escribir la primera frase, que es la única frase de la que estoy seguro porque nada de lo que añada después puede tener demasiado sentido. Entonces me detendré. Una sola frase puede agotarnos y, al girarme buscando una distracción, veré a ese hombre con una mancha roja en la frente que parece el mapa de un país diminuto, y que quizá sea dueño de un asador en una carretera nacional o de una gestoría con carpetas de cartón azul, y que duerme como una estatua, con un sueño limpio y plácido, interminable, un sueño de mármol, indestructible. A través de la ventana aparecerá una gasolinera abandonada, pero que quizá sea la gasolinera más importante de Zamora, uno nunca sabe, y veré a un adolescente en cuclillas arreglando una moto blanca con ruedas de tacos, aunque desde el tren no se ven los tacos, y me acordaré de aquel viaje con fiebre en el que me temblaba todo el cuerpo y nos paramos a tomar café en un bar con jamones grasientos colgando del techo y luego me quedé dormido en el coche, debajo de tu plumífero, mientras cantabas canciones de REM inventándote la letra.

Necesitaba uno de esos trenes en los que los móviles se descargan, y los pasillos se vuelven tan estrechos que rozo con mi mejilla el cuello áspero de camisas que raspan, mientras chirría en el suelo uno de esos plásticos triangulares de sandwiches. Afuera anochece, y pienso que una frase no es una carta y me siento a hacer un esfuerzo, rebuscando archivos, revisando la letra pequeña de todas las actas que levantamos, de todos los acuerdos que firmamos. Y me adormece ese calor de invierno, de radiador y moqueta, ni siquiera veo las primeras luces de la estación, sigo pensando que el viaje es infinito y que tendré tiempo todavía para hablar un poco más con la camarera que quiere mudarse a Coruña pensando que Coruña es Málaga. Y al llegar al andén de hormigón de Chamartín, con mi maleta y mi frase, veo al hombre de la mancha roja subirse a un taxi y me pregunto cuántos trenes más que huelan a naranja tendré que coger para escribirte esa carta.

El tren que olía a naranja

El día que fui Adriana Zapata [#3]

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La primera edición de Los 20km de Bruselas se celebró el 8 de junio de 1980, con 4.659 participantes y la meta se estableció en el Atómium. El año pasado corrieron más de 40.000 personas de 131 nacionalidades, en una edición rodeada de fuertes medidas de seguridad tras los atentados sufridos en la capital belga. Hasta ahora el mejor tiempo está en 59 minutos 05 segundos.  [Foto archivo ‘Les 20km de Bruxelles’].

<-Leer desde el principio

La carrera llegaba a Watermael-Boitsfort y ni rastro de las temibles cuestas sobre las que Corentin me había prevenido. Agotadas las novedades que me habían distraído los primeros kilómetros, la carrera se volvía monótona. Había aumentado el ritmo, pero sin acelerar demasiado. La rodilla me seguía molestando, aunque el dolor no iba a más.

El itinerario transcurría pegado a la línea del tranvía, entre relucientes torres de cristal, con entradas ajardinadas, seguridad privada y logotipos de marcas farmacéuticas o tecnológicas. Al dejar atrás las sedes de empresas llegamos a una parte de Bruselas donde se intercalaban campos de césped impecable con zonas boscosas en las que, entre las copas de los árboles, asomaban tejados puntiagudos de viejas mansiones, residencias de familias belgas adineradas, protegidas de las miradas indiscretas tras muros de ladrillo rojo, recubiertos de yedra y musgo. Recordé haber leído que Boitsfort era la comuna con menor porcentaje de inmigrantes e imaginé una vida con jardineros, pistas de tenis y un horrible salón con un ajedrez de marfil y tallas del Congo.

Corrimos siguiendo la valla del hipódromo y de un campo de rugby vacío desde el que se veía el destello de un marcador electrónico. Algunas familias encantadoras, con niños de jerseys de pico y abuelas de pelo blanco, hacían pícnic en los estanques de Leybeek. Tras alejarse de Boitsfort, la carrera se dirigía al parque de Saint-Lambert. Había estado allí en dos ocasiones: jugando al freesbie con Corentin y Vagner y paseando con Jose, tras un gulash apoteósico en casa de Beatrix. Noté que los gemelos se endurecían y se entrecortaba la respiración. Mala idea acordarme del gulash. Intenté concentrarme en inspirar lentamente por la nariz y evitar que me diese un punto. A lo lejos distinguí la banderola roja del kilómetro 15. Quizá sentía las primeras señales de haber llegado a mi límite. A partir de aquí, todo serían sensaciones nuevas.

Intenté sacarme de encima el miedo a mi debilidad, recordando que el cansancio no avanza de manera uniforme. Uno puede sentirse agotado en el kilómetro quince, pero recuperarse. Corremos con la cabeza tanto o más que con el cuerpo, me repetí, echando mano de mi arsenal de tópicos. Dudé en detenerme un instante; afortunadamente, decidí que sería mala idea. Bajé el ritmo a un trote ligero. Alguien gritó algo y le escuché aplaudir. Poco a poco, la respiración volvía a su ritmo.

El tramo a través de las fuentes y los rosales de Saint-Lambert me recargó. Sólo quedaban cinco kilómetros. Por primera vez, sentí que lo iba a conseguir. Ya no era un pensamiento forzado para motivarme. Superado el bache de Boitsfort, me encontraba en ese punto en el que uno corre sin saber en qué piensa, con la respiración acompasada a los pasos, dejándose llevar. Supongo que esa sensación de equilibro y placidez explica la adicción que genera correr.

Al llegar a la avenida de Tervueren me sentía con fuerza. Sabía que, al final de aquella calle de fachadas art déco, me esperaba l’Arc du Cinquantenaire, casi podía distinguir su silueta. Entonces pensé que no iba a reservar fuerzas. No me importaba donde estuviesen las cuestas o si Corentin se las había inventado para asustarme. Me parecía absurdo cruzar la meta con reservas. Aceleré, convencido de que la adrenalina me haría aguantar.

Flanqueada por una hilera de plátanos, Tervueren ofrecía una sombra en la que aliviar el calor; el sol se filtraba a través de las copas dibujando sobre el pavimento juegos de luces. Poco a poco, la avenida aumentaba la inclinación, pero de manera tan gradual que costaba percibirlo. ¿Aquellas eran las cuestas? La pregunta me hizo reír y me irritó a la vez. ¿Para esto había reservado energía? Aceleré más. Oí el eco de la magafonía de la meta mientras adelantaba a corredores que avanzaban arrastrando sus pies. Pensé en el aspecto lastimoso que debíamos tener, todo fuerza de voluntad, tan diferentes a esos corredores erguidos, que avanzan flotando, livianos, sin pisar el suelo.

Atravesé la glorieta de Montgomery y dejé a un lado la bandera de los 19 kilómetros. Enfrente se extendían los jardines geométricos del Cinquantenaire atestados de gente, con puestos de bebidas energéticas y un murmullo de conversaciones. En las aceras volvían a sus casas caminando algunos corredores, luciendo las camisetas limpias que regalaba la organización. Me sentí como si todo se estuviese desmontando y llegase el último. Me giré y, a mi espalda, una cadena interminable y anárquica de corredores se perdía de vista. Aceleré de nuevo, alargué las zancadas casi hasta avanzar a saltos.

Atravesé el arco. No ocurrió nada. Nadie me miró, nadie me esperaba; ni siquiera sonó el estúpido chip. ¿Qué esperaba?  Simplemente crucé el kilómetro veinte en medio de corredores desconocidos. Me habría abrazado a ellos. Seguí moviéndome por inercia,  caminado cada vez más despacio, levantando los brazos, recuperando el aliento, dejando que el corazón regresase a sus pulsaciones.

Al detenerme, sentí las piernas algodonosas. Me temblaban, pero fueron unos instantes y el hormigueo desapareció. Me tiré en el césped, disfrutando del cansancio. No necesitaba esos veinte kilómetros que había corrido. Sin embargo, sin lógica o razón, sentía que había hecho una de esas cosas que nos construyen. ¿Quién puede considerar esto una hazaña cuando en cualquier comunidad de vecinos vive hoy un corredor de maratones? Sin embargo, casi ocho años después, escribo mi pequeña historia.

Fue una marca terrible para Adriana Zapata: 1 h. 55′. Ella me envió un correo cariñoso desde Colombia, felicitándome. Yo sabía que el tiempo no estaba a su altura. En la web descubrí que había sido el corredor número 11.345 en atravesar la meta. Corentin hizo un tiempo de 1 h. 53′. Dos minutos. Esas malditas cuestas…

El día que fui Adriana Zapata [#3]

El día que fui Adriana Zapata [#2]

20km

<-Leer desde el principio

Completar una media maratón se ha vuelto algo tan común que nadie con un gramo de pudor presumiría de hacerlo. Sin embargo, en aquel momento, correr veinte kilómetros me parecía inimaginable. Supongo que todos tenemos una idea de lo que podemos hacer en la vida y yo nunca me he visto como un deportista. Sólo era una persona que corría. Sufriendo, había conseguido llegar alguna vez a los quince kilómetros. Ése era mi límite. A partir del diez, la conversación desaparecía, mi respiración se agitaba, los gemelos se volvían rígidos y comenzaba a sentir pinchazos en el pecho.

Desafiado por Corentin, el orgullo me hizo entrar en la web de ‘Los 20km de Bruselas’. El plazo se había cerrado. Un minuto antes estaba lleno de dudas, a punto de descartar la idea, y ahora me enfadaba conmigo por no haberme decidido a tiempo. Pensaba que tal vez el destino quería librarme de una humillación. Sin embargo, pronto descubriría que el destino quería algo distinto. Adriana Zapata, una amiga colombiana de la escuela de francés, que se entrenaba también para la media, tuvo que regresar de urgencia a su país. Se enteró de mis planes y me cedió su dorsal. Ya no había excusa. Correría con el nombre de Adriana Zapata, pero correría.

Los 20km de Bruselas eran con diferencia la carrera más popular de Bélgica, con miles de participantes de un centenar de nacionalidades. Mi objetivo era modesto: terminarla. Sin embargo, en secreto fantaseaba con hacer mejor tiempo que Corentin y vengarme de las derrotas al squash, deporte en el que llevaba tres años aplastándome. Para prepararla, corría tres días a la semana una hora y el sábado completaba el circuito de quince kilómetros en el Forêt de Soinges. Nunca hacía veinte.

El domingo de la carrera amaneció con un espléndido cielo de primavera, un soleado 29 de mayo de 2009 en el que todas las nubes desaparecieron de la ciudad. En el chip atado a los cordones de mi zapatilla se podía leer ’20 years Fall Berlin Wall’, inscripción que la organización había añadido para conmemorar la caída del muro. La prensa hablaba de cifra récord: 27.000 participantes y la carrera saldría de L’Arc du Cinquantenaire, un enorme arco coronado por una cuadriga de bronce, construido para celebrar la independencia Belga y que preside un parque de treinta hectáreas próximo al barrio de las instituciones europeas.

Corentin y yo nos levantamos a una hora prudente, con tiempo para desayunar un plato de pasta y hacer la digestión. En el metro de Albert a Schuman se respiraba ambiente de carrera. Todo parecía tan oficial que resultaba difícil no motivarse. En la salida nos separamos deseándonos suerte. Los novatos saldríamos de últimos. Corentin había participado en otra edición así que se colocó algo más adelante. Yo ocupé mi puesto al final, sumergido en el río de colores fluorescentes de prendas deportivas, flanqueado por banderolas, altavoces con música estridente y corredores estirando, dando saltitos, ansiosos por empezar. Pensé que también para ellos sería la primera vez y la idea me dio confianza.

El rey Felipe de Bélgica dio el pistoletazo de salida desde lo alto del arco, del que colgaba una bandera belga gigante. Pasarían veinte minutos desde que sonó el disparo hasta que pude empezar a correr. Salimos caminando, evitando tropezar unos con otros. Al atravesar el Parc du Cinquantenaire, a unos metros de la meta, decenas de corredores se detenían a mear contra los setos de boj, en el mismo jardín sobre el que vería más tarde tirarse a descansar a los primeros corredores en cruzar la meta.

Resultaba extraña la sensación de avanzar torpemente en medio de una multitud. Encontraba difícil mantener el ritmo, no dejarme llevar por el impulso de acelerar, al notar que siempre había alguien adelantándome. Entonces, encontré un miembro de la organización sujetando el globo que marcaba dos horas y me pegué a él. Me parecía un ritmo lento, pero preferí ser prudente. Me repetía que mi meta era terminarla. Además, sólo conocía la primera parte del circuito. Corentin me había aconsejado que reservase energía, que la pendiente aumentaba al final y no conseguía quitarme esas cuestas de la cabeza. Me arrepentí de no haber recorrido antes el itinerario, en lugar de conformarme con verlo en el mapa. Nunca se me han dado bien los mapas.

Atravesamos las avenidas del barrio europeo, una zona fantasma los fines de semana, rodeada de bloques de oficinas, edificios grises y gigantes, sede de lobbies y eurofuncionarios. Bordeamos el Parc Royal y seguimos por el centro hasta el Mamut, como llamaban al gigantesco Palacio de Justicia, un edificio eternamente en obras, con las paredes y sus columnas ennegrecidas por la contaminación. Desde allí giramos para encarar la Avenue Louise, con sus hoteles caros y sus lujosas boutiques, una subida larga, pero suave que desembocaba en la Bois de la Cambre, uno de los parques más concurridos de la ciudad, donde se concentraba más público animando, algunos con pancartas caseras o pequeños megáfonos. Por un instante me vi desde fuera, con la cara congestionada, roja, sudando a mares, con la posición ya encorvada hacia adelante, desprovisto de toda elegancia,  y me alegré de no tener a ningún conocido entre la gente que se apiñaba en las aceras. Despistado mirando a los lados, a punto estuve de resbalar en las balsas de agua que se formaban en el asfalto al pasar los puntos de avituallamiento. Todo el mundo agarraba una botella de agua, bebía un par de tragos y la tiraba al suelo medio llena, miles de botellas que creaban charcos inmensos.

Al llegar a Uccle apareció la molestia en la rodilla derecha. Se trata de un dolor familiar, que me acompaña desde los diecisiete años, tras una lesión en el menisco en una ruta de montaña en el Valle de Pineta, en Pirineos. Normalmente se queda en un dolor leve que aparece tras cuarenta o cincuenta minutos corriendo, perfectamente aguantable. Con los entrenamientos había bajado de peso, lo que agradecía la rodilla. Hasta ese punto todo había ido bien. Pensé en David, un amigo corredor habitual, que me confesó como no recuerda una sola carrera en la que no haya tenido al menos un dolor.

A mi lado corrían familias enteras, flamencos perfectamente conjuntados, con ropa recién estrenada, como fotografías del catálogo del Decathlon, grupos de amigos disfrazados con pelucas y la cara pintada de colores, con banderas belgas colgando como capas, compañeros de trabajo con logos de empresas en sus camisetas, ancianos fibrosos que me hacían pensar en esos peregrinos del norte que llegan a Santiago y uno se imagina que pueden caminar años y años, como si temiesen que al detenerse se fuese a acabar su batería. Corría y no pensaba. Sólo observaba y me dejaba llevar. Aquella parte del circuito la conocía de memoria, formaba parte de los barrios por los que me movía en mi día a día. Podía avanzar tranquilo, sin temer una pendiente traidora al doblar una curva.

Al perder de vista los últimos árboles de la Bois de la Cambre, la ruta transcurría por una zona residencial que no me resultaba tan familiar. Apenas había ido alguna vez con mi tía Malena a La Cité du Dragon, un restaurante chino con el suelo de cristal, a través del cual se veían nadar carpas gigantes, peces monstruosos que parecían haber abandonado su escala natural tras décadas alimentándose con los restos grasientos de comida. Por alguna razón inexplicable, aquel era el restaurante favorito de mi tía.

Me di cuenta de que tenía la camiseta manchada, y sentí que me sangraba un pezón. Hacía demasiado calor, un calor pesado y sucio. Me pregunté dónde estaría Corentin. Lo imaginé avanzando ligero, sin pesar. En casa se movía sin hacer apenas ruido, podía saltar al sillón desde la parte de atrás y caer como una pluma. Entones vi la señal de diez kilómetros, la mitad de la carrera. Pensé que me sentía bien y decidí aumentar el ritmo, dejando atrás al globo de las dos horas, al que no había perdido de vista desde la meta, como si fuese la garantía de llegar a la meta.

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El día que fui Adriana Zapata [#2]

El día que fui Adriana Zapata [#1]

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A pocos o a nadie llamará la atención, pero fue mi hazaña deportiva y, sin embargo, no conservo pruebas. Un dorsal y un chip que marca 1 hora 57 minutos, pero todo con el nombre de Adriana Zapata porque ese soleado domingo de mayo de 2009 yo fui Adriana Zapata. Empezaré por admitir que nunca he destacado como deportista y creo que la frase es generosa conmigo. Con más voluntad que habilidad, conseguí entrar en el equipo B de baloncesto del colegio y esa es toda mi lista de méritos.

En junio del 2000 dejé de fumar. Había escuchado que abandonar el tabaco engordaba y yo estaba en las dos cajetillas diarias, así que pensé que más me valía empezar a correr. Entonces, trabajaba en la delegación de Faro de Vigo, cerca de la alameda de Santiago. Entre eucaliptos gigantes, camelios y rododendros, cada mes conseguía dar alguna vuelta más a aquel circuito de tierra. Llevaba la ropa de deporte a la delegación, me cambiaba en el baño y estiraba las piernas sobre la barandilla del balcón, mientras esperaba a que sonase el teléfono y alguien en la redacción de Vigo diese el visto bueno a mi página y me permitiesen salir.

Con intervalos perezosos, desde aquellos inicios hasta el 2011, nunca dejé de correr. Casi siempre solo, escuchando música. Correr era una manera de sobrellevar los estrafalarios encargos de mi director, de despejar la resaca del domingo, de rebobinar discusiones, de fantasear con cambios de vida. Adoraba la sensación de llegar a casa empapado de sudor y lluvia, y regalarme una ducha hirviendo, de esas que inundan la casa de vapor y dejan la espalda al rojo vivo.

Jamás controlé la progresión de mis tiempos. Tampoco pretendía cubrir distancias cada vez mayores. No seguía un plan de entrenamiento. No competía en carreras. No hacía series, ni lo combinaba con ejercicios en el gimnasio. Ni siquiera soy consciente de haber tenido algún objetivo. Simplemente me calzaba las zapatillas y corría una hora.

Al llegar a Bruselas, lo seguí haciendo. Una manera de explorar la ciudad, aterido de frío sobre la nieve del parque de Dundee, respirando a través de una braga el aire helado del invierno belga, escuchando en la radio La Première para mejorar mi francés, perdiéndome en los senderos de grava de la Bois de la Cambre o machacando las rodillas sobre el adoquinado de Saint-Gilles. Entonces, apareció Corentin, uno de mis compañeros de piso. Ágil, ligero, para aquel francés, hacer deporte era algo natural.

Con él, me acostumbré a correr los sábados a la mañana en la Forêt de Soignes, un hermoso bosque a las afueras de Bruselas, con senderos entre hayas, pinos y robles, bordeando estanques y aserraderos de madera. Hasta entonces nunca me había preocupado demasiado el lugar. Me calzaba y salía a la calle. Sin embargo, aquello me enganchó. El aire limpio, el ritmo acompasado a la conversación, los caminos de tierra negra, húmeda, cubiertos de agujas de pino. De regreso nos deteníamos en el Mamma Roma a devorar esponjosos trozos de pizza. Entre bocados de queso fundido y Jupilers frías, me preguntó: ‘¿Has oído hablar de los 20 kilómetros de Bruselas?’.

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El día que fui Adriana Zapata [#1]

‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle’ (A Coruña, noche de Fin de Año)

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Los periódicos no publican su nombre ni su edad, pero es fácil imaginar que podríamos ser alguno de nosotros no hace tanto tiempo, cuando las noches de fin de año terminaban de día. Salía de un local de copas del centro, quizá buscando el taxi o un chocolate antes de volver a casa. Entonces se encontró con ellos. ‘Dos chicos jóvenes, bien vestidos, aseados’, declararía luego a la Policía. ‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo no te atreves a andar por la calle‘, le gritó uno de ellos, junto antes de avalanzarse sobre él, golpeándole con violencia en la cara. El acompañante del agresor se limitó a mirar. Luego rebuscaron su cartera y se llevaron su dinero.

Leo esta noticia en La Voz de Galicia del 5 de enero. Ocurrió en el centro de Coruña la noche de Fin de Año. El chico ha denunciado y la Policía revisa grabaciones de establecimientos cercanos intentando identificar a los agresores.  A.L.A.S-Coruña, colectivo de defensa de los derechos de la comunidad LGTB en la ciudad, ha hecho público el caso, recordando la importancia de acudir a la Policía  -lo que no se denuncia oficialmente no existe- y el Concello ha condenado la agresión, subrayando que concurre en ella el agravante de delito de odio.

Se me encoje el estómago al imaginarme frente a un desconocido que, a unos centímetros, me gritase: ‘Me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle‘  y luego los golpes. No quiero ni pensar que pudiese pasarle a mi Lama, a mi hermano o a un amigo. Nunca he vivido algo así. Supongo que he tenido suerte, aunque escribir esta frase se me hace repulsivo ya que la suerte no debería tener nada que ver. Hace algunos años, salí de un bar en Bruselas agarrado de la cintura de un amigo. Un borracho se nos encaró llamándonos pédé -maricón, en francés-. Aquel mocoso apenas se tenía en pie con el alcohol. Sin embargo, estaba fuera de sí, como si nuestra presencia le volviese loco.

En unos días, ese chico de Coruña del que no sé su nombre apenas tendrá algún moratón que quizá le obligue a pasar por el mal trago de revivir la historia si algún vecino indiscreto le pregunta. También estoy seguro de que no tardará en volver a salir de fiesta, aunque quizá las pulsaciones le suban si un desconocido se acerca a pedirle fuego. Imagino el esfuerzo que debió hacer algún día, quizá siendo adolescente, diciéndose a sí mismo: ‘Vale, todo está bien conmigo y, si alguien no le entiende, es su problema’. Seguro que comprobó que era verdad, que era más feliz si dejaba a un lado los secretos y la vergüenza. Y cuando los miedos habían quedado atrás, aparece ese ‘maricón de mierda, me das ascono sé cómo te atreves a andar por la calle‘.

Su historia me hace pensar en todos los que salimos a cenar y besamos a nuestro novio en el restaurante, los que se casan y tienen fotos en la mesilla con los suegros, los que celebramos el cumpleaños con el jefe y llevamos al novio a la fiesta de Navidad del trabajo. Si le pegan a alguien del barrio, mostraremos nuestro cabreo en facebook  y veremos angustiados ese documental sobre el infierno que sufren los homosexuales en Rusia. Seguramente seremos animalistas, ecologistas, de Médicos sin Fronteras o del 15-M, pero eso de ir por la vida de ‘sexualmente discriminados’ se ha terminado porque, afortunadamente, ya no nos sentimos así, ¿verdad?  ¿A quién le gusta formar parte eternamente de un colectivo discriminado? Eso queda para algunas lesbianas, obsesionadas con el activismo político. Nosotros somos, por fin, como los heteros.

Imagino también a los heteros que han leído esta noticia y seguro les ha parecido indignante. Habrán meneado la cabeza pensando que resulta triste que cosas así ocurran al lado del portal de su casa, pero que, en el fondo, se le habrá ido rápidamente la vista a la página siguiente para detenerse en ese titular sobre la subida de los peajes, porque sienten que lo de la homofobia no va con ellos, sin pensar ni por un momento que ese hijo que está a punto de entrar en el instituto se encontrará un día con: ‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle‘.

No sabría qué decir a ese chico de Coruña del que no sé su nombre. Tal vez  que las hostias que ha recibido también me duelen, pero la frase me suena ‘tan queda-bien’, que me avergüenza. Quizá que su historia me ha hecho preguntarme si no nos hemos dado demasiada prisa en celebrar que lo hemos conseguido, que podemos dejar de sentirnos comunidad y disolver las asociaciones, dando por seguro que no hay marcha atrás; hasta que una noche escuchamos: ‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle‘.

A esos dos matones que creen que alguien como ese chico, y también como yo, damos tanto asco que no deberíamos salir de casa, y quizá ni siquiera existir o, al menos,  existir ante su presencia, les deseo que la Policía les encuentre y un juez les dé tiempo y un lugar aislado para pensar. Espero que tengan suerte y eso les suceda pronto, antes de que vuelvan a hacer daño a alguien y antes de que ese odio que ha prendido en su cabeza les destruya la vida para siempre .

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[El Colectivo A.L.A.S.-Coruña organiza el miércoles 11 a las 20 h. en el Obelisco una concentración de repulsa contra esta agresión. Otras concentraciones similares han sido convocadas en otras ciudades de Galicia] Pincha aquí para más info

‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle’ (A Coruña, noche de Fin de Año)

Carta para despedirme de un ciclista

carta-despedida

Hola J.,

Imagino que te sorprenderá esta carta. Podría haberlo despachado con un mail o incluso un audio de whatsapp, ya sabes lo que me gusta grabarme. Sin embargo, esta vez me apetecía ese puntito solemne que da meter algo en un sobre. Además, fuiste tú quien me animó a escribir y, ya ves, ahora hago este tipo de cosas.

La última vez que nos vimos noté que me empujabas a que te dejase. Ya sé que tú no lo dirías con esta crudeza y que intentabas que fuese yo quien tomase la decisión; que conste que aprecio la elegancia del gesto. Además, he de decirte que no me pilló por sorpresa. Sospechaba desde hace tiempo que creías que lo mío no daba más de sí y, aunque reconozco tu honestidad, me parece injusto. Uno debería poder verte también cuando las cosas le van bien.

Ya sé que me has dicho que debo aceptar que mi vida funciona, que lo de los cuarenta te pareció un fake, una crisis de chichinabo y que deje de inventarme neuras, que las publique en Garisa y las comparta con los sabios de las redes sociales, que tú no me vas a montar ninguna fiesta sorpresa.

También sé que tengo a mi Lama, pero ya sabes que no es lo mismo. Él es un lama de la generación twitter y, cuando empiezo a divagar, pierde el hilo, se le van los ojos al móvil y me pongo nervioso. Entonces, me abraza porque cree que todo se resuelve con amor, pero yo también necesito palabras. Antes tenía cerca a mis filósofos de cabecera, pero últimamente no sé qué ocurre que no hago nada más que rodearme de gente práctica, de esos que sólo ‘gestionan’ y ‘administran’ y  van por la vida con la palabra eficiencia todo el día en la boca.

Le he dado vueltas a lo de la ‘zona de confort’. Siendo honesto, me horroriza esa imagen, como si viviese en algún tipo de parque de bolas, saltando y esperando a que me recojan mis padres. Lo he hablado con algún amigo, ya conoces mi manía con las segundas opiniones, y todos te dan la razón, incluso mis hermanos. Sara, enseguida, ha aprovechado para arrimar el ascua a su sardina e interpretar tu invitación a ‘hacer locuras’ como un sinónimo de ‘hacer viajes’. Como tú, ella tampoco cree que comer moules en Bruselas puede considerarse ‘viajar’.

Para que veas que me tomo en serio tus consejos, he planeado la primera aventura: vacaciones en Islandia. Lo sé, estoy viendo tu cara de ‘no-has-entendido-nada’, como cuando te prometí correr riesgos y aparecí con la idea del crucero en familia. Ya me gustaría a mí liarme la manta a la cabeza y lanzarme a una selva llena de mosquitos portadores de fiebres, pero iremos paso a paso. Seguro que no sabes que en Islandia viven diez especies de ballenas. Tal vez la imagen de un cachalote no resulte demasiado amenazadora para ti, pero, al menos, reconocerás que Islandia tampoco es Suiza. Además, haremos trekking  y quizá nos acerquemos a un volcán. Te enviaré un selfie, con lava burbujeante detrás.

Sobre el resto de los encargos, prefiero no hacer promesas. Lo iremos intentando. En fin J., sólo quería decirte que he entendido el mensaje. Imagino que tú estarás acostumbrado, pero comprenderás que no me resulte fácil contarle mi vida a alguien sin encariñarme. Ya sé que lo nuestro no ha sido una relación ni nada, pero tampoco es normal levantarme, pedir la cuenta y desaparecer. Necesitaba despedirme de alguna manera.  Por cierto, ¿y tú qué harás ahora con todo lo que sabes de mí? Realmente tienes una profesión extraña.

Ahora que me marcho, no me da vergüenza admitirlo: alguna vez pensé en llamarte para una cerveza. No te ofendas, pero más de una de nuestras conversaciones pedían a gritos un bar. Te diré por qué no lo hice. De niño tuve algún profesor genial. De esos con los que me quedaba a hablar después de clase, pero luego los encontraba a la salida del cine o en la calle y no sabía qué decirles. Me daba muchísima rabia. Creo que nos pasaría lo mismo. En el fondo, sería romper la reglas y ahí afuera nos veríamos distintos. Si nos hubiésemos conocido de otra manera, seguro que habríamos sido buenos amigos y yo también tendría consejos para ti. No te rías, quizá te sorprendiese.

Aunque mi hipocondría haga que me cueste escribirlo, quiero decirte que espero volver a verte. Sé que te escucharé en la radio, en la tele y también que veré algunas pinturas tuyas, esos paisajes tan dramáticos y grises que te encantan, pero me refiero a encontrarnos en persona. Recuerda que me han regalado una bici, así que quizá nos crucemos en la ruta de Cecebre. En fin, imaginarte vestido de ciclista me ha hecho sonreír, y uno siempre debe irse de los sitios sonriendo, ¿verdad?

Me ha gustado conocerte, J.

Feliz 2017!

Carta para despedirme de un ciclista

Indultemos a los ex

guillotina

La Navidad lo ablanda todo y, en estas noches de alcohol y melancolía, podemos caer en la tentación de abrir cajas de pandora, pensar que ha pasado tiempo suficiente y lanzarnos a felicitar las fiestas a nuestros ex. Los más osados quizá se atrevan con una llamada de teléfono, los precavidos se conformarán con un whatsapp. Si se baja la guardia, ese saludo tímido, inocente irá creciendo frase a frase, hasta convertirse en una conversación del tipo ‘cómo-te-van-las-cosas’, un chat por el que conviene caminar con cuidado,  como quien baja una escalera recién fregada, atentos para no resbalar y asegurándose de no dejar huella.

Los ex son criaturas fascinantes, imposibles de encajar en alguna de las categorías en las que clasificamos nuestras relaciones sociales, esos cajones en los que metemos a las personas que nos rodean y les asignamos una etiqueta (amigos, extraños, familia, conocidos…) para saber en todo momento a qué atenernos, qué esperar de ellos y poder decidir las cosas corrientes de la vida, saber si es aceptable invitarlas a nuestro cumpleaños, proponerles pasar un fin de semana en el campo o contarles que pronto seremos padres. Con los ex, nada de esto funciona. Todo son dudas.

Por dramático que fuese el final, por bien que se nos dé fingir o por mucho pelo que hayan perdido, con los ex hemos tenido intimidad y jamás serán extraños. Y no nos engañemos, de igual modo que nunca nos dejarán indiferentes, tampoco se transformarán en amigos. La nueva relación que surja germinará sobre restos de afectos, rencores y pasiones, una mezcla sobre la que podrá crecer algo hermoso, pero alejado del plácido sabor de la amistad.

Los ex son supervivientes. Por las buenas o las malas, toda relación termina enviando al otro al destierro, que hoy está a unos metros de facebook. Ese instinto de aniquilación de sus recuerdos es probablemente la decisión más humana posible; la única salida para bajar la fiebre de los finales y dejar que todo vuelva a su sitio. Sin embargo, el ex regresará y, cuando reaparezca, el fantasma de la recaída hará temblar el suelo. Con suerte comprobaremos pronto que se trata de miedos imaginarios. Si hemos dejado al tiempo hacer bien su trabajo, los temores se apagarán al primer soplo de realidad. Atrevámonos, sentémonos cara a cara y dejémosles hablar. Veremos que ellos y nosotros seguimos siendo los mismos, pero todo lo demás ha cambiado y eso basta para que nada sea igual.

Uno debería hacer lo posible para situar a sus ex lo bastante cerca como para tenerlos a mano y lo bastante lejos como para mantenerlos a raya. Sin embargo, salvo casos irremediables, no deberíamos renunciar a ellos. Nos conocen, una parte de su historia forma parte de la nuestra y, con la mirada purgada de deseos y despechos, reconoceremos algo de lo que un día nos deslumbró y quizá todavía pueda hacer nuestra vida más agradable.

Emocionalmente desactivados, los ex están en condiciones de regresar, ¿pero dónde colocarlos? El secreto reside en administrar la distancia, sin perder de vista que trabajamos con material inflamable. Si esto se consigue, el resultado será extraordinario. Conocen nuestras estrategias, les hemos desvelado nuestros mejores trucos y, con ellos, de nada sirven poses o melodramas. En el ex encontraremos  la complicidad de quien una vez nos desmontó pieza a pieza y por eso entiende tan bien cómo funcionamos.  Así que, aunque las Navidades estén a punto de agotarse, quizá haya llegado el momento de considerar el indulto y aprovechar las últimas gotas de nostalgia para taparnos los ojos y enviar ese mensaje.

Indultemos a los ex

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2016

A Coruña, 31 de diciembre de 2016

Desde el tejado de diciembre
despido el año en el que firmé las paces conmigo.
Se van viajes que me han traído más cerca de lo que estaba.
Llego a este último piso
disparando historias que estallan en cristales,
que cuentan la única historia posible
la que da miedo escribir.
Ahora lo sé: la memoria son palabras.
Este año es un mar que desemboca en un río,
la copa de un árbol, el reloj roto, la luna azul.
Ahora tengo tiempo para no empezar nada,
para quedarme en blanco y explorar los cielos de mi casa
para besar fuerte los lunes y los martes
tiempo para recuperar al amigo que olvidé
y plantar juntos un árbol de recuerdos
para quedarme
y doblar la esquina de los días que estreno contigo.
Justo antes de abrir la puerta me giro.
Hace tanto tiempo que aún estamos todos.
Sonrío, antes de seguir.

El arte de la Concepción

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La cola de clientes llegaba a la puerta de la sucursal, pero mi madre me escuchaba sin inmutarse. Yo, un mocoso de ocho años, apenas levantaba para verla al otro lado del mostrador. ‘¿Llevas la ropa de judo?, ¿te has acordado de tomar el sobre de frenadol?’, y así pregunta tras pregunta, con calma, ajena al jaleo de la oficina. Detrás empezaban a desesperarse, levantando la vista, resoplando y lanzando miradas de ‘señora-nos-atiende’. La escena, habitual durante sus años trabajando en la caja, resume su filosofía de vida: el trabajo importa, pero la familia es lo único que no puede esperar.

Desde que se jubiló suele llamarme por teléfono a las once o doce de la mañana, y me pregunta: ‘¿Qué haces, hijo?’. Le contesto que trabajar, como si le diese una noticia. Nada le importa que me haya cogido en una rueda de prensa o en una reunión con mi jefa, empezará a contarme que mi padre ha vuelto a salir solo al monte y cualquier día le pasará algo o que el fin de semana se acercaron a Chaves a comer el bacalao a la brasa, pero que ya no lo hacen como antes. Si me nota apresurado, me reprenderá sin contemplaciones: ‘¿Ocupado? Anda, anda, ni que fueras ministro’, dejándome claro que, a mi edad, aún no me he aprendido las prioridades.

Cuando mi madre llama, no podemos hacerla esperar. Si tardamos en contestar, lo intentará cada dos minutos, luego probará el fijo y, si sigue sin haber respuesta y has olvidado avisarla de que no estarás disponible, empezará la operación ‘localizando-al-hijo’. Primero los novios, luego los hermanos y después se lanzará  a contactar a amigos y parientes cercanos, antes de tirar de agenda para movilizar a instancias mayores. Casi todo nuestro círculo cercano ha recibido, en algún momento, una llamada suya preguntándole por nosotros.

Tras la familia, la segunda cosa más importante en la vida de mi madre es el café y la tostada de la mañana. Hace cuarenta años que no desayuna en casa. Levantarse y empezar el día hojeando La Región en el Xestal, su bar de cabecera, es su pequeño placer cotidiano. Si está de viaje, lo bien o mal que vaya el día dependerá del desayuno. No importa la ciudad en la que estemos: planificar los desayunos es la única tarea imprescindible. En París casi le provoca una crisis de ansiedad a una camarera del Starbucks, devolviéndole el café todas las veces necesarias hasta conseguir que le cambiase el vaso de cartón y el palito de madera por una taza y una cuchara y que la mezcla de leche, café y espuma tuviese las proporciones ‘correctas’, como dice ella.

A mi madre le gusta Bertín Osborne cuando saca a los mariachis, la revista Mía y el actor que sale en  El Príncipe. Le encanta decirme que he engordado y, un minuto después, cebarme con su ‘cena-total’, cuando sacude el frigorífico y pone todo sobre la mesa -desde una crema de verduras, hasta los restos de un guiso, pasando por un variado de entremeses-. A mi madre le fascinan las gafas de sol grandes, como de Ava Gardner, y regalarme americanas de Massimo Dutti  -siempre marrones o azul marino- para que me arregle un poco. No perdona que falte alguien el día de su santo y siempre lía a mi Lama para pedir una tarta de queso a medias, que la acabo comiendo yo.

Le gusta venir a Coruña y cambiarme todo de sitio en la cocina, además de pasear por la casa repitiendo ‘¿y no tienes un…?’.  También le encanta competir en secreto por ser la abuela favorita de Victoria y Adrián y que nos reunamos en Vigo, aunque preferiría que nos viésemos algo más en Ourense, que se nos va a olvidar de dónde venimos. Últimamente nos quiere convencer para que compremos entre los cinco una casa cerca de la playa, pero no en algún monte apartado, como querría mi padre, sino cerquita de un pueblo con una buena calle comercial, donde ir de escaparates y heladerías.

Regaña al camarero si le sirve un café sin una pasta, llena la puerta de la nevera de artículos sobre las propiedades del aguacate y le da una rabia enorme que olvide devolverle los túpers. No soporta que descuide la barba, que suba fotos de ella a facebook o que nos movamos demasiado mientras subimos en ascensor. Adora que le haga preguntas sobre la familia de Argentina y le gustaría tener valor para viajar a Buenos Aires, pero le aterran los aviones.

A mi madre la crió Camila, una de sus hermanas mayores. Llegó a una casa sin hijos y, nada más poner el pie en ella, nacieron seis. Creció en una familia numerosa y quiso tener la suya propia. Lo consiguió. Mi madre se llama Concepción y, con esta historia, su nombre suena a título ganado por su don  para dar vida.

A medida que mis hermanos y yo nos hacíamos mayores, ella soñaba con cinco bodas por la iglesia. Sin embargo, ha aprendido que los padres tienen sus planes, pero los hijos aparecen con los suyos propios y lo ponen todo patas arriba. Ahora está encantada con su familia de yernos, sin novias ni altares. Sabe que vivir es entender que los tiempos cambian y que sólo hay una norma que merece la pena cumplir a rajatabla: ayudarnos a encontrar nuestra manera y, cuando todos lo hayamos conseguido, asegurarse de que la seguimos necesitando, cada día más cerca.

El arte de la Concepción

Una familia sin sobremesas

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A nosotros nos encantaría ser una familia de sobremesas, pero la prisa nos puede. Lo hacemos todo al ritmo de mi padre, que vive en algún lugar entre el apuro y la impaciencia, como si alguien le persiguiese o le esperasen siempre en otro sitio. Esta Nochebuena nos propondremos de nuevo tener una cena lenta, de conversaciones largas y reposadas, demorándonos en los postres mientras desmigamos el corcho del cava y las historias se suceden entre silencios y uvas pasas. Fracasaremos. Nuestra cena se parecerá  más a una yincana frenética y ruidosa, una prueba de velocidad con mi padre gritando ‘vamos, vamos, vamos’. Cuando el Rey empiece su discurso, iremos por el segundo plato y el Flecha reclamará ya el postre con la mirada, temeroso de que, en algún hogar de la península, alguien pueda estar adelantándose con el turrón. Podríamos ser, sin saberlo, la familia de España que antes se levanta de la mesa la noche del 24.

Hace tres años decidimos que pasaríamos las Nochebuenas en casas rurales. La idea buscaba liberar a mis padres de la carga de la organización y disfrutar de más tiempo juntos, sin nadie atrapado en la cocina o rebuscando centollos en oferta. Por ahora nos ha tocado Vila de Cruces, cerquita del monasteiro de Carboeiro;  Trives, en una casa de gaiteiros a dos pasos de Cabeza de Manzaneda, y Celanova. Este año iremos a Boborás, a una casa de la que sólo sabemos que sus dueños crían dálmatas. Todos esos cachorritos contribuirán a elevar aún más el nivel de azúcar en sangre de estas fechas, eclipsando los regalos para nuestros sobrinos.

Como un buen thriller, la Nochebuena está llena de momentos de tensión, empezando por la llegada. No hay gps que corrija el ‘gen Mojón’, y planea siempre sobre nosotros la duda de si todos seremos capaces de dar con la casa. Sea como sea, la Navidad en familia comienza con alguno de mis hermanos perdido en una pista forestal, recibiendo indicaciones contradictorias por el móvil y gritando: ‘Por favor, no me habléis todos a la vez, que no os entiendo’.

Por supuesto, el Flecha llega a la casa de mañana para inspeccionar los alrededores. Adora recibirnos y contarnos donde está cada cosa, como si llevase cinco años viviendo allí y fuese el guía oficial. ‘¿No habéis visto todavía el estanque de la parte de atrás? Vaya…’, nos dice, haciéndose el interesante. Sin tiempo a soltar la maleta, nos urge a dar un pequeño paseo para abrir el apetito. A zancada limpia nos acerca a algún bar próximo y, antes de pinchar la primera aceituna, estamos regresando porque cree que se hace tarde y la comida está en la mesa. El tramo de sprint es la cena.  En Nochebuena, no es extraño que se una algún amigo sin parientes en Galicia. Duele ver sus esfuerzos por seguirnos el ritmo, tanto en la velocidad a la que pasan los platos como para meter baza en las conversaciones. Agotados terminan.

Tras la cena, llega el jo,jo,jo. Toca apagar la luz, correr a escondernos y montar un cierto barullo para distraer a mis sobrinos, Adrián y Victoria. Entonces, mi cuñado Marcos se escabulle a colocar los regalos bajo el árbol y, mientras esperamos agazapados, se escucha un  jo,jo,jo, grave, atronador, bíblico, un sonido de tenor siniestro. Sonia intenta endulzar los efectos especiales haciendo que suene en el móvil algún vídeo con campanillas. Sin embargo, ese jo, jo, jo de ultratumba lo llena todo. Mis sobrinos se estremecen y suspiran aliviados cuando el señor Noel y su garganta cavernosa siguen su camino. Al momento se enciende la luz y se vuelven locos rasgando paquetes. Mientras tanto, los mayores fruncimos el ceño y repetimos que deberíamos detener este festival consumista por que, entre tanta cosa, no aprecian nada. Dicho esto, empezamos a competir por el título de mejor tío de las Navidades, empujando a los peques a que digan que el nuestro es su regalo favorito.

Los mayores hace años que abandonamos el ‘amigo invisible’, juego insípido donde los haya, y nos pasamos al pongo, una variante con más emoción y picardía. Las reglas son sencillas. Se fija un importe máximo y cada uno compra un regalo, pero no sabe para quién será. Debe ser algo, por tanto, que no entienda de edad o sexo. Todos se apilan en un montón. Se reparten cartas y la persona con el número más bajo empieza eligiendo. El afortunado puede quedarse con el paquete que más le guste de entre todos, pero pronto veremos como su supuesta ventaja no es tal.

Por ahora no abrirá su regalo. Nadie lo hará hasta el final. El segundo escoge uno del montón, pero puede optar entre quedárselo o cambiárselo al primero. El tercero, de igual modo, escoge el suyo y puede conformarse o intercambiarlo con el segundo, y así sucesivamente. El último, al que no le quedaría más que uno, es el jugador con más suerte ya que puede resignarse a aceptar el que le queda o cambiarlo por otro de cualquiera de  los participantes. De esta manera nadie sabe hasta el final si podrá retener el que ha elegido. Año tras año, vamos perfeccionando las técnicas de empaquetado para disimular lo que guarda en el interior, lo que hace del pongo todo un juego de estrategia. Por ahora, mi balance es un par de raquetas de pingpong, un altavoz wifi y una plancha de viaje (por estrenar) y no he sido el peor parado.

Hay familias que van a misa el 25. Nosotros salimos al monte. Como boas constrictor que no han tenido tiempo de digerir su cena, el día de Navidad -después de la foto oficial- nos calzamos las botas y seguimos al Flecha, confiando en que la ruta de este año, ¡por el amor de dios!, esté señalizada y que alguien se haya acordado de consultar la previsión del tiempo.

El tema de conversación también es una tradición y varía entre el repaso a enfermedades -habitual en nuestras reuniones familiares- y los propósitos para el año 2017. Sara nos avanzará a qué selva asiática viajará este verano; Rebeca desvelará la terapia que ha elegido en su estrategia para ser inmortal; Alex se pasará la andaina quejándose de su trabajo, de sus anginas, de su piso, de su corte de pelo, hasta que se dé cuenta de que se ha quedado solo, y Sonia … En realidad, Sonia lo habrá vuelto a hacer. Habrá encontrado una excusa para ir en coche. Ausente de la conversación, mi padre caminará cien metros por delante y, en lo alto de cada cuesta, se girará y nos mirará sacudiendo la cabeza. La pobre de mi madre no podrá meter baza, conformándose con escuchar la batería de tratamientos de estética con los que mis hermanas intentan devolverla a la adolescencia. ¿Y yo? No sé, pero quizá me esté preguntando qué tiene esta familia para no dejar de escribir sobre ella.

 

Una familia sin sobremesas