Twin connection

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En casa, nadie contaba con que el número de hermanos se fuese a mover y la noticia llegó como un huracán. A mí no me parecía para tanto, pero me hacía gracia que fuesen a ser dos. Me sentía original, protagonista, viendo como todo el mundo se asombraba y levantaba las cejas al oír la palabra gemelos. Entonces, no entendía el gesto de preocupación de mis padres, aunque ahora lo veo normal. Uno no pasa de tres a cinco hijos sin fruncir un poco el ceño. Después de aquellas Navidades, nada volvió a ser lo mismo. Cambiaron las habitaciones, se vendió el coche, perdí el derecho a cuarto propio y ya no bastaba una persona sola para cuidar de nosotros. Hasta tuvimos que prescindir de la caravana. Eso sí que me dolió.

Que fuesen niño y niña lo vi como un fraude. Precisamente, lo mejor de que fuesen gemelos era tener dos copias de una misma persona. Yo los imaginaba vestidos iguales y me relamía con la cantidad de bromas que se me ocurrían. Cuando me dijeron que serían mellizos, me sentí estafado. Al final, sería simplemente como tener dos hermanos normales, pero de una vez.

Nacieron un 15 de diciembre hace 31 años. Sara se había tragado casi toda la comida, así que Álex salió tan flaco que tuvo que quedarse en el hospital. Viéndolo en la incubadora me obsesioné con el tamaño de su cabeza, como una chincheta enorme, roja y arrugada, uno de esos marcianitos imaginados por Tim Burton para Mars Attack. Al final, se recuperó pronto y el 24 pudimos celebrar nuestra primera Nochebuena como familia de siete. Además, poco a poco, el cuerpo de mi hermano fue creciendo y su cabeza adquirió una escala normal.

Luego llegaron los gatches: la silla para dos, el Renault 18 con tres filas de asientos, las literas en las habitaciones, todo se volvió grande o plegable. A mi padre, le dio una fiebre de ahorro y compraba sólo ofertas 2×1 y cajas gigantes de fruta, como si necesitamos víveres para sobrevivir a un desastre nuclear. Yo odiaba aquella manera de abastecernos, que nos obligaba a tomar naranja de postre día sí y día también. Además, el pobre empezó a trabajar por las tardes y, por si fuese poco, se instaló en casa una señora para cuidarnos, a la que, siendo honestos, no soportábamos.

Para mí, mis hermanos eran sólo los responsables de ese olor a polvos de talco y colonia que lo impregnaba todo, hasta mi ropa. A lo sumo, encontraba divertido asomarme para ver como los bañaban, tocarles el cráneo para notar esa zona blandita de la cabeza o empujar el carro biplaza Avenida de Buenos Aires abajo, encantado de que todo el mundo me mirase, como si llevase una BH nueva.

Ellos fueron creciendo y yo me hice adolescente, una edad en la que mi mundo era mi ombligo. Me acostumbré a ser familia numerosa, a enseñar aquel carné que nos daba descuentos en el tren, a quedarme a estudiar bajo un flexo mientras Alex dormía, a escuchar a todas horas ‘da-ejemplo-a-tus-hermanos’, a vivir en el ruido, a las peleas por tener sitio en el sofá, a defender mi posición de primogénito a la hora de elegir qué ver en la tele, a correr para ducharme el primero y asegurarme el agua caliente y, sobre todo, a que nada fuese totalmente mío. En realidad, cuando pienso en esa etapa, no creo que hayan cambiado demasiado las cosas, quizá mis padres se han relajado y ahora aceptan que la unidad familiar no peligra por dejar migas en el sofá.

En mi casa aprendimos que la twin connection nada tiene de leyenda. Los gemelos crecieron compartiendo colegio, pandilla, sillón en la parte de atrás del coche, confidencias, viajes y hasta gripes, enfermando y sanando de manera sincronizada. La vida debe de ser distinta cuando uno crece en compañía de alguien con el que pasa por todo al mismo tiempo. Al llegar a la universidad, a Sara empezaron a gustarle los bares de cerveza y futbolín y a Alex los de mojito y reguetón; a ella, las vacaciones de mochila y Ryanair y a él las de tumbona y playa; uno acabó en la moda y otro mirando a través de un microscopio. Sin embargo, nada ha cambiado. Ese hilo invisible sigue ahí, tan largo como sea necesario para comunicarse de ciudad a ciudad, de país a país.

Cuando mi Lama conoció a mi familia, los gemelos le fascinaron. Si vamos a ver a mis padres, lo primero que me pregunta es si estarán Álex y Sara. Le encanta ver la química que se crea cuando están juntos; como esos amigos con los que podemos ver tan de lejos lo que dirán que nos sobra tiempo para preparar la réplica perfecta, personas con las que la confianza es tal que el concepto pasarse de la raya ni siquiera tiene sentido. Si algo he aprendido de gemelos es que no tiene nada que ver con ser iguales, sino con ser únicos y conectados, todo al mismo tiempo, como si se completasen de una manera tan perfecta que hubiese tres versiones de ellos: Álex, Sara y los gemelos.

Hace poco leí en una revista científica un reportaje sobre dos hermanos que habían nacido unidos por la cabeza y que compartían un tálamo, una parte del cerebro que controla sensaciones físicas y motoras, de tal manera que uno podía oír los pensamientos del otro e incluso ver a través de sus ojos. Aunque, hasta donde yo sé, Álex y Sara tienen cada uno su propio tálamo, basta con escucharles para entender esa conexión, la misma que les permite explicarnos al resto cómo piensa y siente de verdad el otro, sin miedo a equivocarse, con la seguridad que les da saber que no sólo han salido del mismo lugar, sino también del mismo momento.

Twin connection

No es mi pareja; es mi novio

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‘Nacho tiene un novio que es gay’. La enrevesada frase con la que mi amiga hablaba de mí me dejó confundido. Ella se dio cuenta del extravagante circunloquio e intentó arreglarlo. ‘Quiero decir, mi amigo es gay también, claro. Lo dos lo son: él y su novio’. Todo el mundo en la mesa asintió con naturalidad fingida  y siguió comiendo, mientras repasaban el galimatías.

La palabra novio, a veces, intimida porque delata el género. En relaciones entre dos chicos o chicas, todavía se escucha hablar de ‘mi pareja’, expresión que no puedo detestar más -seguida por la de ‘mi chico’-. En realidad, el uso de ‘pareja’ nada tiene que ver con la elección de un sustantivo apropiado para una relación formal, sino que es una decisión estratégica, relacionada con el miedo a declararse abiertamente gay en el curso de una conversación. Mi pareja puede ser chico o chica, por lo tanto, esa palabra protege el ‘secreto’ y nos permite referirnos a  él/ella desde una confortable ambigüedad. ‘¿Qué hiciste el domingo?’, nos pregunta el jefe. ‘Nada especial, fui con mi… pareja al cine’. Pueden estar seguros de que, detrás de esa palabra-máscara, se esconde no pocas veces alguien que habrá salido del armario, pero lo mantiene abierto para entrar de vez en cuando.

Por supuesto, esto no es un reproche contra quienes la usan. Yo también me he vestido con trajes de esa tela, y de colores más opacos aún. Sólo se trata de evidenciar la dimensión política del lenguaje, la importancia de las palabras que elegimos, que pueden ser un acto de afirmación o una trinchera en la que refugiarnos. ¿A cuántos heterosexuales hemos escuchado presentarnos a su novia/novio como pareja? El término tendría en esa frase un tufo casposo. Como excepción, ‘pareja’ encuentra acomodo para referirse a los matrimonios ‘de hecho’, aquellos que no han pasado por el altar o el juzgado, a falta de una palabra mejor en castellano.

Entre las personas de la generación de mis padres, he escuchado más de una vez hablar de ese tío de la familia que tenía ‘un amigo’ y se marchó a Holanda. Entonces, un leve cambio en el tono de voz o un gesto cómplice en la mirada basta para entrecomillar la palabra ‘amigo’, dando a entender de qué tipo de amistad hablamos, sin que quien lo cuenta sienta que compromete su moral siendo más explícito.

‘El amor que no se atreve a decir su nombre (Love that no dare to speak its name)’, escribió Alfred Douglas, amante de Oscar Wilde, en el poema Two loves, usado como prueba contra Wilde en su juicio por homosexual en la Inglaterra del siglo XIX. Estos eufemismos y palabras tabús me hacen pensar en un capítulo de Maurice, la novela de E. M. Foster publicada en 1910, llevada al cine por James Ivory. En ella, un estudiante en una clase de Cambridge lee en alto fragmentos de ‘El Banquete’ de Platón y, llegado a cierto punto, el profesor le interrumpe diciéndole: ‘Omita el innombrable vicio de los griegos y continúe, por favor’. Siempre ha sido así: lo que no se dice no existe.

Durante el debate previo a la aprobación de la ley que autoriza el matrimonio entre personas del mismo sexo, quienes rechazaban este avance social concentraban su oposición en evitar a toda costa que se llamase ‘matrimonio’. Podrían aceptar cualquier otra denominación, pero jamás matrimonio. La homofobia se camuflaba bajo un debate inocente o técnico, como si los obispos se hubiesen echado a la calle por una mera cuestión de léxico. ‘Pero qué más os dará que le llamemos unión’, nos reprochaban entonces, como si nuestra demanda fuese la pataleta de un niño malcriado al que se la antoja el juguete del hermano.

El lenguaje construye la realidad y dos palabras diferentes remiten a dos realidades distintas. Aprendamos una palabra y aprehenderemos un concepto. Destruyamos una palabra y estaremos haciéndonos más pequeños. El lenguaje es portador de ideología y se infiltra tan sutilmente en nuestros pensamientos que, en ocasiones, ni siquiera somos conscientes de las estructuras mentales homófobas, sexistas o racistas que aceptamos al emplear determinadas palabras. Ser conscientes es el primer paso para cuestionar una visión de las cosas que otros han elegido por nosotros.

Cuando llamamos al trabajo para avisar de que llegaremos tarde porque debemos acompañar a nuestra pareja al médico, si la palabra ‘pareja’ desplaza a  ‘novio’ o al nombre de esa persona,  esa elección en apariencia banal, automática e inconsciente lleva la marca del miedo, la vergüenza y la culpa, las tres vigas sobre las que se sostiene la historia de la homofobia. Reconquistemos las palabras y estaremos haciendo algo tan grande por la visibilidad como ocupar la Cibeles con carrozas de colores.

No es mi pareja; es mi novio

El ‘grand tour’ de sol, ruinas y camping gas

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Si ciertos viajes nos graban imágenes inolvidables, nuestro grand tour por Italia nos dejó un olor que nos acompañará para siempre: el de un coche con cinco veinteañeros de talla hermosa, apretados como espárragos en bote, con el maletero a rebosar de conservas y bien macerados tras quince días de carretera en plena canícula de agosto. Amigos de la facultad, comenzábamos a trabajar y aquellos sueldos magros nos permitieron una aventura de sol, ruinas y camping gas, un viaje alejado de refinamientos, pero con la magia de las primeras veces, que nos descubrió un país maravilloso al que no hemos dejado de regresar y que, por uno de mis habituales despistes, comenzó a trompicones.

Habíamos reservado un coche de alquiler en la oficina del aeropuerto y yo era el responsable del traslado desde Santiago. Despertamos con un humor excelente, sobreexcitados ante la perspectiva de dos semanas de vacaciones en el extranjero, sin embargo, mi Ford Fiesta no aparecía por ningún lado y pronto cundió el pánico. Por más que recorría la acera de arriba a abajo rascándome la coronilla, no lograba recordar donde había aparcado. El resto comenzaba a impacientarse. A punto de tirar la toalla, alguien telefoneó al depósito de la grúa y voilà. Al momento, me exiliaron al asiento de atrás, puesto que no abandoné en todo el viaje.

El retraso se compensó con una noticia que nos salvó. Los vehículos de la gama reservada se habían agotado y, por el mismo precio, nos entregaron un Peugeot 406, considerablemente más espacioso. No quiero imaginar qué habría ocurrido de haber tenido que embutirnos los cinco en el Megane contratado. Resuelto el alquiler, sólo faltaba que alguien compusiese un puzzle imposible:  cerrar el maletero con cinco mochilas, dos tiendas de campaña, el hornillo, los sacos y el resto de bártulos del camping. Nadie sabe cómo, pero Nacho Viñas encontró la solución. Cada objeto ocupaba su lugar y, como un director de obra, supervisaba todas las mañanas que el rompecabezas encajase. Los cinco recibíamos el click del maletero con un suspiro de alivio.

La primera noche en una pensión de Lleida nos sirvió para poner las cartas boca a arriba y dejar claro el nivel de ronquidos que cada uno aportaba al viaje, lo que provocó un cierto revuelo por la organización de las tiendas. Afortunadamente, teníamos dos comodines perfectos para repartir a los trombones de la orquesta. Por un lado, Xurxo, que podía ocupar cualquier tienda ya que no dormiría de ninguna manera y, exactamente por el motivo contrario, Nacho Viñas, capaz de sestear a pierna suelta mientras el Camp Nou celebra una Champion. No era extraño que, cenando a oscuras en el camping, la voz de Viñas desapareciese de la conversación y, al enfocarlo con la linterna, lo encontrásemos frito, reclinado sobre la rueda del coche.

Tras cruzar las prohibitivas autopistas de la Costa Azul, entramos en Italia a través de las carreteras de Liguria, asombrados antes las mansiones que se asomaban al Tirreno, ocultas entre pinares, lujosas villas en las que uno tenía la impresión de que saldría Sophia Laurent al balcón a saludarnos. Acampados cerca de Genova, visitamos pueblos por encima de nuestras posibilidades, como el lujoso Portofino, donde apenas pudimos permitirnos el ticket del aparcamiento por miedo a descuadrar el presupuesto.

A medida que consumíamos kilómetros se iban asentando las reglas del viaje. La primera prohibición inquebrantable: dormirse en el coche. Todos debíamos dar conversación al conductor. Aunque a nadie le faltaba talento para esa tarea, las noches cortas, el descanso frágil en la tienda de campaña, las resacas y el calor asfixiante hacían irresistible el cabeceo. Sin embargo, en veinte días, no conocimos el silencio y no gracias a los espressos dobles, sino a Xurxo. Si alguien cerraba los ojos, le espabilaba al momento con un codazo directo en las costillas.

La pasión por la cultura fue el segundo calvario. Pronto se establecieron dos bandos y un arbitro intermedio. Xurxo y Manolo, insaciables devoradores de ruinas y, frente a ellos, Eliseu y yo, más interesados en el turismo de terraza y sombra, en la caza de pizzerías con ofertas o en localizar playas donde zambullirse al acabar el día. En algún punto intermedio se situaba Nacho Viñas, quien, aunque moderado en casi todo, se mostraba misteriosamente atraído por el interior de las iglesias, asomándose a toda cuanta capilla aparecía en el camino, sin que consiguiésemos adivinar qué era exactamente lo que buscaba.

Atrás quedaron Genova, Florencia, Pisa, Siena, San Gimmiliano y quién sabe cuantos pueblos imprescindibles más de la Toscana y, al final, el atracón de monumentos me tumbó. El segundo día en Roma, supliqué que se me permitiese quedar una tarde en el camping a echar una siesta, ante la mirada atónita de Xurxo y Manolo, que veían incomprensible que su plan de termas y catacumbas no me volviese loco. Rendido, me desplomé en una hamaca de la piscina, hasta que el socorrista me despertó cinco horas más tarde.

Con más elegancia solía zafarse Eliseu de museos y palacios. Sin ruborizarse, aseguraba que lamentablemente su cerebro no estaba preparado para absorber tantos estímulos artísticos de golpe y que, cuando observaba un solo cuadro, extraía tal cantidad de datos que se saturaba al momento. A veces he intentado copiar esa respuesta, pero no resulto creíble. Supongo que me falta la prestancia que a Eliseu le da el haber crecido en las aulas de un conservatorio.

El menú de la cena se convirtió en otra de las reglas inamovibles del viaje. La necesidad de economizar no debía empañar el espíritu de la expedición, así que cada noche cocinábamos una especialidad italiana, que siempre era pasta del súper con salsa de bote. Por las mañanas, tocaba pan de molde con Nutella, raciones medidas para mantenernos a raya a los glotones. Tras el almuerzo, la hora de recoger. Con la práctica llegamos a batir récords desmontando el campamento, dejando solo a Eliseu, abrazado a la colchoneta sobre la que dormía para desinflarla, mientras el resto le animábamos desde el coche tocando el claxo.

A mitad del viaje, los del sector recreativo ganamos una batalla decisiva a la facción monumentos, convenciéndolos para regalarnos  un par de días ‘libres de cultura’ en Ancona, con la excusa de visitar a una amiga-Erasmus de Eliseu y sin más plan que cerrar las guías y encontrar alguna playa de arena, en lugar de esas incómodas calas de piedra, tan monas para las fotos. Tumbados en las toallas, descubrimos que la depilación masculina había llegado para quedarse y nos consolábamos, mintiéndonos unos a otros, diciendo que debíamos resultar tremendamente exóticos entre tanto pecho desplumado.

El Baila Morena de Zucchero sonaba en todos los chiriguitos y, disfrutando de Morettis en lata, nos aprendimos ‘Sotto questa luna piena‘ para presumir de italiano e integrarnos en los bares. Finalmente, la Erasmus apareció acompañada de otra amiga, atractiva, encantadora y aparentemente inofensiva, hasta que se reveló como una hooligan bravissima de Berlusconi, sin imaginarse el incendio que estaba a punto de provocar, ya que si algo nos subía la bilirrubina por aquel entonces, era una buena gresca política.

Con las pilas cargadas y la espalda roja, llegamos a una Venecia desbordada de turistas, donde celebramos la fortuna de encontrar sitio en un camping sin haber reservado. La alegría nos duró hasta las cuatro de la mañana, cuando con el corazón en la boca nos despertó el ruido ensordecedor de motores, descubriendo que estábamos bajo la ruta de despegue del Marco Polo, uno de los aeropuertos con más tráfico de Italia. Por si el castigo no bastase, una tormenta de verano nos obligó a pedir asilo en una caravana vecina. Dos días más tarde, acribillados por los mosquitos, abandonamos Venecia, prometiendo no volver a poner una pie allí hasta poder pagarnos un hotel.

Agotados de ciudades evitamos Milán y nos dirigimos al norte, en busca de la calma y el aire limpio de las Alpes. A orillas del Lago Maggiore y el de Garda, con la vista de las montañas de Suiza al otro lado, encontramos uno de esos campings donde las caravanas llevan años apoltronadas, con jardines recargados, repletos de macetas y enanos de porcelana, casetas de perro y cocinas exteriores forradas en madera, un campamento de lombardos pálidos y silenciosos, que parecían llevar generaciones veraneando en el mismo lugar y nos miraban como intrusos.

Con las aguas heladas de los lagos en la retina regresamos a Galicia. Han pasado dieciséis años desde entonces  y, a esos cinco amigos, la vida nos ha alejado y acercado en ciclos imprevisibles, sin embargo, aquel grand tour sigue siendo uno de esos recuerdos que afloran en los reencuentros, parte del repertorio nostálgico que todo grupo maneja, con anécdotas repetidas, exageradas o idealizadas, pero dejando un buen sabor de boca, el de haber hecho juntos un viaje especial, una aventura que todavía hoy nos hace sonreír cuando la contamos.

El ‘grand tour’ de sol, ruinas y camping gas

Caracocha, la leyenda del roble sagrado

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La Caracocha (izquierda) y el monasterio de Santa María de Montederramo. Foto: Concello

El viejo roble protege al pueblo desde hace siglos, sin embargo, pocos conocen la historia de la Caracocha, este árbol sagrado al que razones no le faltan para figurar en el escudo de Montederramo, conservando en su tronco centenario la memoria de uno de los monasterios más poderosos de Galicia.

En los años que siguieron a las guerras con Portugal, la peste negra se infiltró en las tierras de Lemos y Caldelas, llevando a las casas miedo y muerte. Del priorato de Xunqueira a los montes de Queixa, llegaban noticias de ese mal que estampaba manchas oscuras en la piel de los contagiados y acababa con su vida entre fiebres terribles. Sin que curanderos ni boticarios dieran con el remedio, los contagios se propagaban como un incendio descontrolado, alarmando al mismísimo Pedro Fernández de Castro, hombre de confianza del rey Alfonso XI y poderoso señor de Sarria y Lemos.

Asustado por la ferocidad del brote, el noble veía como la peste diezmaba a sus vasallos, dejando casas vacías, campos sin cultivar y mermando sus ingresos. Preocupado por su propia seguridad se encerró con su familia en el castillo de Monforte, evitando contacto con el exterior. Sin embargo, el aislamiento no le protegió y la menor de sus hijas cayó enferma. Presa del pánico, Fernández de Castro envío a sus soldados a buscar a Pelagio, abad de Montederramo, monasterio conocido por contar con el boticario más sabio de la Corona. Este monje, de origen francés, se llamaba Bernardo y se había recluido en Montederramo en busca de un lugar tranquilo donde envejecer tras una vida atendiendo a enfermos en los hospitales de Toledo, donde se decía que no sólo había estudiado la medicina galena, sino también la islámica. Con paciencia, el monje había creado una botica llena de morteros, alambiques, básculas, frascos, tamices y hasta un horno para los destilados. Sin embargo, el tesoro de Bernardo era el huerto donde cultivaba hierbas de efectos poderosos y que contaba con un pequeño estanque en el que criar sanguijuelas para los sangrados.

Aterrorizado ante el estado cada vez más débil de su hija, el señor de Lemos advirtió al abad de Montederramo de que o encontraba un alivio a la peste o quemaría el monasterio y mandaría ajusticiar a todos los monjes. A su regreso, el abad se reunió de inmediato con Bernardo y le confesó que la vida de todos estaba en sus manos. El  viejo boticario y sus ayudantes se encerraron a trabajar sin descanso, preparando tisanas, aceites y emplastes, sin que nada apareciese. Fernández de Castro, siendo consciente de que el tiempo corría en su contra, se trasladó con su hija a la villa de Castro Caldelas, donde había mandado construir una fortaleza. Quería estar cerca del monasterio para no demorar el viaje si se hallaba el remedio.

En Montederramo, la amenaza de muerte del noble extendió el terror por toda la comunidad. Una mañana se dieron cuenta de que Samuel, el aprendiz más joven y con más talento del boticario, había desaparecido. Todos interpretaron su huida como una señal fatal. Sin duda había escapado convencido de que su maestro no daría nunca con la cura. Sin embargo, Samuel regresó diez días más tarde, acompañado de una anciana de ojos claros, con la cara cuarteada por arrugas hondas y terrosas y el pelo desmarañado del color de los topos. La presencia de aquella mujer levantó una oleada de murmullos entre los monjes, escandalizados por el atrevimiento. Nervioso, Samuel la presentó como Elvira de Boborás y confesó que había ido en su busca  porque de niño había crecido escuchando hablar de los milagros de una ermitaña capaz de curar la sífilis, la gota y hasta la lepra con la que regresaban algunos soldados.

Indignado al escuchar hablar de milagros, el boticario acusó a su aprendiz de blasfemo, de haber perdido el juicio por el miedo y convenció al abad de que debía encerrar a los dos, ya que, bajo ningún modo, debía una bruja entrar en la comunidad. Presionado, el abad los envió a las celdas de castigo. Sin embargo, las noticias de muertes seguían llegando, sin que Bernardo consiguiese avanzar. Los soldados del señor de Lemos visitaban cada día Montederramo y regresaban con las manos vacías. Desesperado y temiendo por la vida de toda la comunidad, el abad liberó una noche a Samuel y a la mujer en secreto, abriéndole las puertas de la botica.

Elvira pidió unas tijeras y, resguardada por la oscuridad, salió del monasterio, dirigiéndose a un roble plantado en el medio del pueblo, un árbol gigante al lado de una fuente modesta que servía agua a todas las casas. Con una agilidad extraordinaria, la mujer se encaramó al árbol y rebuscó entre las ramas, como si supiese exactamente cuáles debía cortar. Después se encerró en la botica. A la mañana siguiente entregó al abad un ungüento. Los soldados, que esperaban en el patio, regresaron al galope con el remedio para administrárselo a la hija del noble, a la que las fuertes fiebres apenas dejaban hablar.

Cuando el boticario descubrió lo ocurrido, montó en cólera, acusando al abad de haber llegado a un pacto con una sierva del diablo, y advirtiendo a todos de que Dios descargaría su ira sobre el monasterio, castigándoles por haber dejado entrar a una bruja a la comunidad. El miedo le permitió disponer a sus ayudantes contra el abad, convenciéndolos de que si seguía al frente les conduciría al desastre. De noche, el boticario y sus aprendices le apresaron y lo encerraron. Tras deshacerse de él, corrieron a la celda de Elvira, que sentada sobre su cama parecía esperar resignada su llegada.

Maniatada y desnuda la condujeron a la plaza y la ataron al roble. El ruido despertó a los vecinos, que salieron de sus casas estremecidos al toparse con los monjes y su prisionera. Amanecía y las primeras luces llegaban detrás del monasterio. Con los ojos inyectados de odio, el boticario se acercó con una antorcha y prendió fuego. Entre gritos que retumbaban en el valle, las llamas se alzaron, consumiendo a Elvira. Samuel se despertó sobrecogido y llegó corriendo a la plaza. El boticario dio orden de prenderlo, acusándolo de merecer también el fuego por haberse convertido en discípulo de ella.

Atado al mismo roble en el que Elvira acababa de arder, Samuel cerró los ojos y comenzó a rezar. El boticario se disponía a prender la hoguera cuando un silbido cortó el aire y una flecha le atravesó por la espalda. Samuel abrió los ojos y vio a un hombre a caballo con la ballesta en su mano y en la otra un escudo donde rápidamente reconoció  los seis roeles azules de la Casa de Lemos. El remedio había funcionado y el noble en persona y su guardia habían regresado a agradecer a la mujer que, con su sabiduría, había salvado a su hija.

Fernández de Castro liberó a Samuel. A su lado, las cenizas y la huella negra de las llamas sobre el roble. Al regresar al monasterio, pensaba apesadumbrado que la hija del noble se había salvado, pero el boticario había matado a la única persona que conocía el secreto contra la peste, que ahora seguiría segando vidas y extendiéndose por Galicia. Sin embargo, al entrar en la celda de Elvira, el corazón le dio un vuelco al ver lo que había grabado en el interior de la puerta de madera. Sin duda, había anticipado lo que ocurriría y, segura de su muerte, quiso dejar la cura de las hojas de roble.

Los preparados de Samuel curaron a cientos de enfermos, aunque la ‘muerte negra’ siguió cobrándose miles de vidas, sin que hiciese distinción entre ricos y pobres y hasta se llevó al propio rey Alfonso XI, infectado en el sitio a Gibraltar. El abad Pelagio nombró a Samuel boticario de Montederramo, y el señor de Lemos mandó que el roble apareciese en el escudo. En gratitud por haber salvado a su hija, el noble aprobó donaciones de tierras que acrecentaron el poder de este monasterio. La huella que las llamas dejaron en el árbol jamás desapareció. Esa cara del roble se secó con el tiempo y los vecinos lo bautizaron como Caracocha. Aún podrido en uno de sus lados, el roble creció vigoroso durante siglos, proporcionando remedios y sombra a los vecinos de Montederramo. Hace cuatrocientos años, la Caracocha ardió en un incendio. Entristecidos por la perdida de su símbolo, los vecinos plantaron otro roble en el mismo lugar. Como si se tratase de una reencarnación, el árbol creció expresando la marca de su historia, mostrando también una cara hueca y negra, memoria de la historia de Elvira de Boborás.

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El 1 de diciembre del año 2013, técnicos forestales de Medio Ambiente realizaron la medición oficial del diámetro de este roble centenario para incluirlo en el catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia. El resultado: 4,80 metros. A partir de estos datos se estima que la Caracocha tendría cuatrocientos años. Los historiadores están convencidos de que, en el mismo lugar, hubo antes otro roble, lo que explicaría su presencia en el escudo del monasterio.

La Caracocha se relaciona con el origen del término Ribeira Sacra,  que aparece por primera vez en el documento fundacional del Monasterio de Montederramo y en el que figuraba ‘ryvoira sacrata‘  que se tradujo entonces como Ribeira Sacra, convencidos de que la denominación respondía a la concentración de monasterios en las orillas del Sil. Años más tarde, aplicando técnicas que permitieron una lectura más clara del documento, se apreció que no decía ‘ryvoira‘, sino ‘rovoyra‘, derivada de  la voz latina robur (roble), lo que respaldaría la tesis de que la Ribeira Sacra es en realidad el Roble Sagrado.

Sea cuál sea la historia y la leyenda, lo cierto es que la Caracocha  sigue hoy en la plaza y en el escudo del pueblo, velando por el futuro de Montederramo y su monasterio.

Caracocha, la leyenda del roble sagrado

La risa loca de Olga

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Decir no dice nada y, mucho menos, Olga le tira de la lengua, pero tiene el pálpito de que su madre se lo huele. El otro día le preguntó si dormía mal porque se le abría mucho la boca y ese frase bastó para subirle los colores. La mujer se habrá hecho su composición de las cosas y no le extrañaría que hubiese acertado. Una madre es una madre y, al final, en el pueblo son habas contadas. Además, aunque los hubiese visto con sus propios ojos, seguiría como si nada, que el mismo talento tiene para vigilar que para fingir. En el fondo, sabe que a su madre no le parecería mal y seguro que hasta reza para que encuentre a alguien bueno, que más miedo le da que se acabe quedando sola. Menudos ojos de pena le pone cuando la ve subirse al coche los domingos, con la niña en la silla y el maletero a reventar. Otra cosa sería que la gente se enterase. Entonces, su madre sería la primera en ponerla verde, que no iba a arriesgar su puesto de coronela de las viudas por una hija que se quiera dar una alegría.

Olga toma precauciones y tiene bien estudiadas sus fugas. Primero, el grifo del baño, señal de que se ha tomado la pastilla. Luego, los pasos, la puerta de su cuarto y, a los viente minutos de reloj, los primeros ronquidos, suaves, espaciados, nada que ver con la artillería de la mañana. Este sábado también esperó a oírla, pero quién sabe. Además, Rufo se ha habituado y no ladra. La primera vez le puso el corazón en la boca, pero el viejo chucho se ha convertido en su cómplice y apenas abre un ojo cuando la ve irse con las botas en la mano, como si supiese a donde se dirige. Lo que no se resuelve es lo de la puerta. Hace poco roció los goznes con aceite de cocina, pero se ve que el de oliva es bueno para todo menos para los chirridos.

En el fondo le divierte verse como una fugitiva, correteando de noche por las huertas. Al principio se sentía ridícula, pero el secreto engancha. Con cuarenta y dos a quién le importa lo que haga. A ella también se la ha llenado la boca mandando al carajo el qué dirán, pero a la hora de la verdad, el pueblo impone; y cuando más viejo se hace uno, más impone, y  el que diga lo contrario no ha vivido en uno. Si se hubiesen conocido en Coruña, todo habría sido fácil, corriente, pero quizás se habría terminado en dos jueves y medio, que ella se conoce y es de aburrirse pronto.

Cuando el sábado regresaba a casa, empezó a clarear detrás de la loma donde la granja de Fermín y se sentó a fumar en el murete de piedra de doña Inés. Entonces, le vino una risa de loca, escandalosa, sin razón alguna, como si algo le encontrase las cosquillas desde dentro, y cuando más miedo le daba que la oyesen, más fuerte y seguida le salía, y ahora cree que quizá la haya escuchado el señor Gerardo, que a las seis suele estar en pie para salir con la furgoneta a repartir.

A veces le da miedo que le venga esa misma risa cuando se cruzan por el pueblo. Él se empeña tanto en disimular que evita mirarla y Olga cree que, por momentos, va a fingir que no sabe ni su nombre, cuando de todos es conocido que son amigos desde críos y alguno recordará que hubo un verano que anduvieron juntos, aunque no tenía ni pelusa donde ahora lleva barba. Si entra en El Molino y la ve con sus amigas, saca la cerveza fuera y se queda al frío, fumando y dándole coba al taxista. Olga no entiende a qué viene tanto temor, pero lo toma como parte del juego. Los dos están de acuerdo en que lo mismo todo queda en nada y que si empiezan a contar, luego tendrán que dar explicaciones.

Olga cree que eso de que la vida es imprevisible va a misa. La de angustias que vivió imaginando como sería después del divorcio, qué ocurriría con Sergio y la niña y, entre todas las escenas que se le venían, cada cual más tremebunda, en ninguna se veía corriendo como una gata por detrás de las casas. Ahora piensa que la vida va hacia atrás y hacia adelante, como un carrete que no manejamos, y trae gente del pasado para alborotarlo todo; que nos golpea en la frente cuando damos el paso, convencidos de que sólo nos espera lo bueno, pero que puede también llevarnos el corazón en volandas, cuando tomábamos aire y nos preparábamos para el desastre.

La risa loca de Olga

La familia que tenía una Tanqueta

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Las instrucciones de mi padre eran precisas: ‘Si os perdéis, vais a la caja y decís vuestro nombre’. Camino de Vigo, los cinco le escuchábamos aburridos desde los asientos de atrás, cansados de las tácticas de familia numerosa. Rara era la visita al Corte Inglés en la que no desaparecía alguno de mis cuatro hermanos. Curtidos en sustos,  mis padres no perdían la calma y se limitaban a recogerlo al acabar las compras. De regreso al parking, entre bolsas y paquetes, nos contaban de nuevo, asegurándose de que montábamos todos en el Renault 18. En verano, ocurría lo mismo en el camping.  ‘Una niña con bañador de estrellas y fanequeras rosa, que responde al nombre de Sonia espera en recepción’, se escuchaba por megafonía. Mi padre soltaba el periódico, levantaba la vista al cielo y me miraba. Como hijo mayor, me tocaba pasar a reclamar a mi hermana Sonia, la más aficionada a alejarse de la caravana para perderse entre pinos y tiendas de campaña.

Valiente, en una familia de miedosos. Emprendedora, en una familia a plazo fijo. Práctica, en una familia de dispersos. De pequeña gateaba por el pasillo de casa, arrastrando su panza sobre la moqueta, el estilo militar le valió el mote de Tanqueta, del que logró desprenderse con los años y las dietas. Atrevida e inconsciente a partes iguales fue la primera en aprender a tirarse de cabeza a la piscina, a montar en bicicleta sin ruedines y la única de la familia capaz de cambiar una rueda del coche sin ayuda y de entender todo lo que te piden que hagas cuando pasas la ITV.

De niña se paseaba con la falda plisada y el jersey azul marino de las franciscanas y esas gafas redondas sobre la punta de una nariz diminuta, siempre a punto de escurrirse. En cuanto se liberó de las monjas respiró aliviada  y aprendió a colarse entre las rendijas de libertad que daba el instituto, tomándose con relax la obligación de ir a clase. Los gemelos recuerdan como se presentaba voluntaria para recogerlos a la salida del colegio, consiguiendo una coartada para darse el lote con algún noviete, mientras dejaba a los enanos en las pistas del Pabellón.

Se empeñó en estudiar Fisioterapia, pese a que la media no le daba. Tras algunas vueltas, encontró la manera, pero tuvo que mudarse a Ponferrada, a un piso helado con un pasillo interminable, cortinas pesadas de película de terror y cuadros de cacerías. Llegó llorando de pena y se marchó suspirando de nostalgia. En el Bierzo, encontró buenos amigos y una profesión de la que se enamoró y, tras un etapa corta de aprendizaje, decidió que no estaba hecha para enriquecer a otros y abrió su clínica.

En una familia donde ninguno repasamos la cuenta en el restaurante, Sonia sabe de ofertas, precios y promociones, entiende lo que cuestan las cosas, negocia, protesta y exige descuentos cuando la calidad no es la convenida. Si el resto evitamos crear situaciones de tensión, mi hermana se crece en el pollo. Este verano logró bajarse del crucero sin pagar las propinas, después de una queja incendiaria en el mostrador de atención al cliente. Eso lo ha heredado de mi madre, capaz de tirar de las orejas al camarero del café más pijo si se atreve a servirle un cortado sin una pasta para mojar.

Rodeada de hipocondríacos, Sonia adora asustarnos contándonos con pelos y señales todas las enfermedades terribles que conoce y puntualmente nos pone al día de los amigos ingresados o de las muertes de la provincia. Su espinita es no haber estudiado Medicina; recientemente amagó con volver a la universidad, pero el plan Bolonia no está hecho para madres y se lo pensó dos veces. Terca y segura de sus decisiones,  me jugaría un brazo a que se acabará matriculando.

Desde sus tiempos de Tanqueta adora la velocidad. Cada dos años, un coche nuevo. Quizá la afición a acelerar le llevó a alguna decisión precipitada en su vida, pero tuvo valor para rectificar y encontró a un copiloto con el que formar una familia. Ahora tiene un hijo que agota su batería y convierte su vida en una ciclogénesis permanente, aunque le basta un pestañeo para derretirla. Siempre está si la necesitamos, sin embargo, mis hermanos y yo a veces la echamos de menos porque, cuando los Mojones nos atascamos, sólo ella sabe como ponernos en marcha.

 

 

La familia que tenía una Tanqueta

El chasquido del jefe

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A Raúl le han dado la patada por no chascar los dedos.  Ahora al menos podrá tirar la americana roja que le obligaban a ponerse, dos tallas más grande, con las mangas colgándole, como un espantapájaros disfrazado de chico de los recados. Tras casi dos años sin trabajo, le faltaba nada para perder el paro, así que los trescientos euros le venían de perlas. Sin embargo, quedarse sin dinero no ha sido lo peor. Un cabrón le ha metido en la cabeza que le despiden por débil. Cuando andamos con la autoestima floja, nos echamos encima todas las culpas, creyendo lo primero que nos cuentan y a mí me hierve la sangre cuando le veo tentado de darle la razón al crápula de su jefe. Yo sé que se siente así porque las cosas no le van bien y que pronto se convencerá de que tener carácter no es levantar la voz al más tarugo, que de eso sobran los que son capaces, sino hacer lo que él hizo.

El primer mes no le fue mal, aunque le colocaron junto a los perfumes y no paraba de estornudar. Hace un par de años, el médico le diagnosticó rinitis y le explicó que tenía una nariz hiperreactiva, a la que le afecta cualquier cosa. En realidad, mi amigo cree que todo él se ha vuelto hiperreactivo desde que pasó por ese trabajo. En los papeles, había pedido la sección de Electrónica, que es lo que estudió y de lo que sabe. Sin embargo, su jefe se empeñó en ponerlo en la puerta de acceso, al lado de Cosmética. ‘Verás como te gusta, con lo fino que eres tú’, se mofaba delante del resto. En un mes, su nariz se había cansado de reaccionar y aguantaba hasta los sábados a la tarde, cuando la planta se llenaba de señoras probando perfumes y el aire acondicionado esparcía una nube densa y dulce, mezcla de aromas de todas las muestras.

Con su jefe nunca se entendió. En la formación le miraba torcido y le llamaba Raulcito, marcando el dinimutivo. Cuando empezó a trabajar se alegró porque dejó de verle, pero esa voz de cuartel, áspera y viscosa, le llegaba por el pinganillo de la oreja, reptando como un gusano hacia su tímpano. Aquella tarde, le ordenó que saliese a la calle Gustavo Bueno  y espantase al rumano que tocaba bajo los soportales, que hasta los parterres todo era propiedad del centro.

Sentado en una banqueta plegable, el chico abría y cerraba el acordeón, sujeto a su cuerpo con correas de cuero. Frente a él, el cajón de madera que sirve de funda al instrumento, esperando abierto la primera moneda.  Al ver a Raúl,  giró la cabeza y continuó tocando, siguiendo el ritmo con el pie. Raúl podía sentir la mirada de su jefe en el cogote, observándolo a través de las cámaras de seguridad. Con calma empezó a hablar, sin que el chico le prestase atención. Raúl levantó la voz y el acordeón se detuvo. Entonces volvió a explicarle que no podía tocar, el chico se llevaba su índice al oído, fingiendo no entender el idioma. Había comenzado a llover y algunas personas se refugiaban bajo los soportales, siguiendo divertidos la escena. Raúl intentaba hacerse entender por gestos, aún estando seguro de que no era un problema de comprensión.

‘Sal de ahí, estúpido’, escuchó a su espalda, al tiempo que una mano le quitaba del medio. Al girarse se topó con el gesto desencajado del jefe, que de una patada cerró el cajón y con un chasquido de dedos señaló el camino al músico, mientras se acercaba a sólo unos centímetros de su cara, mirándole con ojos nublados de ira y sin mediar palabra. Intimidado, el chico dobló la banqueta y, sin tiempo a guardar el instrumento, se arregló para recoger todo atropelladamente y largarse. Algo más lejos se giró gritándole algo al jefe, que tras mirar a Raúl con desprecio regresaba al interior.

Luego vino la charla, preguntándole con sorna a qué venían tantos remilgos,  que el centro no era una ONG y que o aprendía a sacarse de encima a esos rumanos o a buscarse otro trabajo, que los clientes estaban para cuidarlos y no para que les molesten. A Raúl se le disparaba el pulso, pero tragaba saliva, pensando que mejor dejarlo, hacer sus horas y volver a casa con los euros. El resto de los días fueron algo más tranquilos, pero las bromas no paraban y siempre el Raulcito de marras al final de cada frase. Mi amigo regresaba furioso, con un resquemor abrasándole por dentro, imaginando cómo le gustaría decirle cuatro cosas.

Raúl andaba inquieto, rumiando las frases del jefe, que se le quedaban girando en la memoria,  y los domingos a la tarde se le ensombrecía el ánimo pensando en el lunes. Su padre lo notaba y no tuvo más remedio que contarle, aún ahorrándole detalles, que no era cuestión de describirle las humillaciones. El padre le dijo que, en la vida, había que endurecer la piel, que no sería el último amargado con el que se iba a encontrar y que uno debe aprender a tirar para adelante, sin dejar que le coman la moral.

Aquella tarde, nada más verlo a través del cristal de la puerta notó los nervios agarrándole las tripas. Sería algo más joven que el del otro día, unos veinte años. Colocó su banqueta en el mismo sitio y empezó a sonar el acordeón. Raúl rezó para que su jefe no estuviese en la sala de las cámaras. ‘Ya sabes lo que hay que hacer, Raulcito’, le llegó su voz pausada, casi susurrando, cerrando la frase con uno de sus chasquidos.  Salió a la calle y se acercó. El chico le miró y se detuvo. Tenía los ojos negros y pequeños como granos de café. Una moneda de cincuenta céntimos sobre el forro rojo del cajón. Raúl se quedó parado. El chasquido de su jefe volvió a sonar en su oído, y otra vez más, como latigazos al aire, el pulso se le disparaba, las lágrimas se le venían a los ojos de rabia y los puños bien cerrados, apretando fuerte para no mover un músculo, escuchando el acordeón.

El chasquido del jefe

Contra los muros

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Él acababa de llegar y yo hacía mis maletas. Las cosas no habían salido como planeaba, y sólo me apetecía irme y poner a salvo los días buenos. Entonces, aspiraba a que todo lo demás fuese un capítulo cerrado porque todo lo demás se resumía en un nombre a olvidar. Esa noche, una de mis últimas en Bruselas, me dejaba estafar pagando jupilers calientes a cinco euros. Entonces, se abrió la trampilla del techo y volví a ver aquellas piernas de paquidermo embutidas en medias oscuras, ocultando varices gruesas como cables.

Sonaron los primeros acordes de Good morning Baltimore y, como una señal secreta, el público enloqueció, avalanzándose hacia la barra con histeria adolescente. La Maman descendía lentamente, prensada en un vestido rojo brillante, con su gesto de diva petrificado bajo un empedrado de maquillaje. Me pegué a la pared en busca de una bocanada de aire limpio y me pregunté si echaría de menos aquel local oscuro, sucio e impregnado de olor a sudor, cerveza y a esas colonias afrutadas de maricas peluqueras.

La parte de atrás se vació, con todas las fieras apelotonadas sobre la barra, celebrando el descenso de su reina. Al otro extremo, vi su silueta, como el dibujo desgarbado de un personaje de cómic. Llevaba una americana oscura y una sudadera de algodón, demasiado abrigado y, sin embargo, parecía rodeado de frío. Uno de los focos le iluminó. Su piel me pareció lo único blanco de aquella noche. Tenía una mano en el bolsillo, y uno de los pies apoyado en  la pared, fingiendo tranquilidad. No apartaba la vista de lo que ocurría, con su mirada de bisturí, intentado adivinar como cien kilos de carne podrían contonearse sobre una barra de bar.

Él hablaba español y yo aparentaba entenderlo, aturdido por los gritos de La Maman, que subía las escaleras despidiéndose, lanzando una última salva de Baltimore and me. La trampilla se cerró y  volvió la oscuridad. Se llamaba Damien y acababa de llegar de Burdeos para estudiar un doctorado en Ciencias Políticas en la ULB. Yo me limitaba a preguntar, alimentando la conversación, como quien arroja monedas en una juke box. A él le interesó que fuese periodista; a mí me asustó que fuese tan joven. De nuevo, demasiado. Me contó que se especializaba en muros y fronteras. Sonreí y noté que le irritaba mi gesto. Aquella noche duró horas y cada hora pensaba que volvería a casa solo. Subimos al ropero y tomamos una más, él continuaba con sus viajes a Israel, con argumentos cada vez más encendidos y llenos de energía. Temí que me propusiese un café, por suerte aceptó ir al Bonefois. Allí el dj sobre el piano, sus ojos azul fluor y aquel beat eléctrico y metálico, acuchillando frases, dejando sólo un acento y marcándonos el camino a casa.

Aquellos días brillaba un sol de marzo y yo ya no tenía planes; sólo esperar a que llegase mi avión. Que extraño conocer a alguien mientras uno se despide de todos. Fueron días tristes y hermosos. Me dan miedo los cambios, pero, sin ni siquiera darse cuenta, él me ayudó a irme. Comimos en algunas terrazas y también cocinó algo con queso en aquel piso de Flagey. Luego vimos Tu marcheras sur l’eau. Como turistas, bebimos cerveza de cereza sobre los barriles del Moeder Lambic, mientras mi hermana se escandalizaba con su edad. Compramos ropa vieja, y él me hablaba de como también se encontraría una solución a las guerras que duran siglos, a las que todos han dado por perdidas, esas en las que la única alternativa ha sido levantar un muro. Por un momento dejaba de ser un cínico y le daba la razón, pensaba que algún día pondría las noticias y aparecían políticos firmando ese acuerdo y detrás estaría él, con sus ojos de dibujo animado: el estudiante empeñado en encontrar ideas que derriban muros.

Algunas personas llegan y apenas se quedan, pero cuando se marchan, descubrimos que nos han ayudado a encontrar la salida. Como esas gasolineras que aparecen justo a tiempo o el último bar abierto antes del taxi, también ellas se cruzan para hacer algo por nosotros. Sin pretenderlo, deshacen el nudo y se marchan. No nos pedirán nada. No formarán parte de nuestra historia, pero sin ellas esa historia sería otra. Habríamos doblado esquinas distintas y quién sabe cuánto tiempo habríamos pasado en la nebulosa donde nos encontraron.

Contra los muros

Desengancharse

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¿De qué podemos desengancharnos? De la heroína, del picaporte que nos desgarra el bolsillo de la americana cuando salimos corriendo, de la novela de Benjamin Black que nos impide apagar la luz, de las tres cucharadas de azúcar en el yogur de la mañana. La gente se libera de anzuelos afilados y sigue, pero ¿de qué no podemos desengancharnos?

A Marga las colaboraciones en la revista no le alcanzan para el alquiler y por eso colecciona trabajos. Me pregunta si son de esos que llamamos ahora minijobs y se burla de que los periodistas le cambiemos el nombre a las cosas sólo para que parezcan nuevas. Benoît, uno de sus profesores de danza, le ha conseguido unas horas en el vestuario de La Monnaie y allí aprende a echar vodka a los trajes para tapar olores y evitar lavarlos después de cada actuación. Además, puede ver los ensayos gratis, salir con las compañías a L’Archiduc y, de vez en cuando, emborracharse y dejar que algún bailarín la lleve a casa. A su madre le gusta imaginarla en la ópera, aunque nunca haya visto una, sin embargo, lo prefiere al otro trabajo.

Tres tardes por semana, Marga enseña a montar en bicicleta a mujeres en el parque del Cinquantanaire, la mayoría turcas de la comuna de Schaerbeek, viudas que han tenido que esperar a que muriesen sus maridos para que nadie les prohíba cosas como aprender francés en un país en el que se habla francés o andar en bicicleta. A su madre ese trabajo no le hace gracia, teme que alguno de los maridos no esté tan muerto y aparezca algún día a bajarlas del sillín.

Este diciembre hará una década que llegó a la ciudad y está pensando en traerse castañas de Fabero para celebrarlo con un magosto. Su madre le ha contado que los de la cooperativa las pagan a euro y medio el kilo porque han salido gordas y, si el sol se deja ver, ella aprovecha para bajarse a La Rubiona a apañar alguna. Luego se olvida de las castañas y de su madre y, aunque sabe de sobra mi respuesta, me pregunta si creo que debería invitarlo a la fiesta. Entonces, me doy cuenta de que no habrá fiesta. Hace un año que no lo ve y me dice que está contenta, aunque suene más aliviada que contenta.

Con la cabeza fría, Marga entiende que no hay otra manera. Como le dice su madre, las cosas graves sólo se resuelven arrancando hojas del calendario y ella se pregunta cuántos meses le quedan al suyo. Al menos ya no lo confunde con otros por la calle, ni se le pone un punto en el pecho cuando cruza Dundée y teme que salga del parque paseando a Zoe, con los cascos y ese andar torpe, arrastrando un poco los pies. La mayoría de los días tampoco espera que la llame, aunque algún domingo se levanta con la neura de que recibirá un mensaje y se le achica el estómago porque siente que las dudas no se han ido, siguen ahí, invernando, esperando su momento.

Cuando le preguntan por qué sigue sola, Marga se encoge de hombros y ya no cuenta su historia, harta de que la tomen por loca o por una idiota, la estúpida que perdió diez años esperando a que alguien la quisiese como se quiere la gente que se hace feliz. Ella ve la cara de asombro de quienes la escuchan y se pregunta si habrán vivido algo parecido porque quizá sus historias hayan sido como las que ella tenía antes de encontrarle, controlables, inocuas, corrientes. Ahora sabe que uno debe tener cuidado con las personas que se lleva a la boca, con los juegos que acepta jugar. Ni siquiera recuerda cuando empezó a formarse el nudo, cuando el deseo de las primeras citas se transformó en un cepo.

Se ha cansado de explicar que lo intentó, que mil y una veces quiso cortarlo, que hasta aceptó pedir ayuda cuando tuvo la impresión de que todo se le iba de las manos, sintiéndose incapaz de negarse a verlo, con la voluntad anulada y la ansiedad abrasándole las tripas; que llegó a hacer la maleta para protegerse en la distancia, pero de nuevo, una promesa le cortó la huida.

Recuerdo aquella noche que me llamó de madrugada, sonaba a escombros, destruida por dentro, asegurando que no le importaba que él hubiese decidido tener su casa, su mujer, que había renunciado a los celos y aceptaba todo con tal de que no desapareciese. Mientras la escuchaba, yo deseaba que fuese él quien se cansase. Sin embargo, cruel, inconsciente o enfermo, él seguía.

Entonces, sucedió lo de la noche en la calle. Ella se visualiza en la esquina de la Rue de Cotte con Trousseau, apoyada en la estatua de bronce de G. Simenon, observando las luces de su apartamento, adivinando las siluetas al otro lado de las ventanas, imaginando la vida sobre la moqueta, el olor a crema, el vapor en los cristales y quizá la música. Helaba, pero no caía nieve. Sólo un frío sólido y cortante, como una plancha de acero presionando las mejillas. Apenas había tráfico, el ruido de un tranvía en la avenida paralela y la oscuridad del barrio, interrumpida por el neón sucio e intermitente de un pakistaní. No sabe cuanto tiempo esperó, quizá horas. Él descorrió la cortina. Tal vez sintió vértigo al ver en los ojos de ella la boca de un pozo, o pánico al entender como, a apenas unos metros, les separaba un abismo. Esa noche desapareció. Ella siguió escribiéndole, le llamó, intentó que hablasen, pero nunca respondió. Aquella mirada desde el ático a la calle, una herida en la memoria, fue el último mensaje.

¿De qué podemos desengancharnos? De esa persona que se cruza como un harpón y encuentra en nosotros un amarre y nos deja removiéndonos, agitándonos, meses, años, y cuando logramos desprendernos, sentimos que nos hemos dejado jirones de carne y descubrimos que es tarde porque su ausencia nos sujeta y decimos que estamos bien, pero no estamos bien.

Marga me ha contado que Neylam ha vuelto a las clases. Cree que no ha tenido una alumna más tozuda que ella. Las caídas de la bici son algo habitual, sin embargo, la clavícula de Neylam necesitó cinco horas de quirófano para recomponerse.  Ahora está feliz porque su traumatólogo le ha dicho que la fractura ha soldado y ya no necesita el cabestrillo. El día de Reyes cumplirá cincuenta y dos y Marga ha pensando en regalarle la Raleigh negra, la bici de la caída. Cuando la ve tambaleándose de nuevo sobre el sillín, luchando por enderezar el manillar y seguir pedaleando, Marga respira, se llena de aire frío del invierno belga y piensa que quizá no sea tarde, que tal vez también ella esté a tiempo de aprender a mantener el equilibrio.

Desengancharse

Mi mejor taza de té

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Mi amigo Fede vive con un ‘mejor’ en la punta de la lengua. No importa cuál sea la pregunta, si su playa favorita o el whisky preferido, él nunca duda. Sabe donde venden el mejor pan, preparan las tapas más sabrosas o cuál es la calle donde se aparca antes. Sin pestañear te dirá el mejor gol del cualquier futbolista o la mejor película del mejor actor. A veces Fede se queda callado y  yo lo imagino revisando sus superlativos, casi puedo oír sus clasificaciones encajando en filas y columnas como piezas de tetris. A Fede no le da pereza cruzar la ciudad para disfrutar del mejor vermú o aguantar una cola exasperante para comprar un tarrina de nata en la mejor heladería y, si alguien se empeña en tomar algo en el bar de abajo, por educación no dirá nada, pero se le verá incómodo, traicionándose a sí mismo y tal vez con la boca pequeña nos conceda un: ‘Aquí tampoco lo hacen mal’.

Yo, en cambio, he sido siempre demasiado impaciente para ser sibarita. En Bruselas compartí un ático con Sthepanie, una belga risueña, que adoraba pasearse descalza y en bragas por la casa. En cuanto su novio Thibault descubrió que al español que vivía con la impúdica Stephanie le gustaban los chicos, pasó de gruñir al cruzarme por el pasillo a convertirme en su mejor amigo. Una noche al regresar a casa descubrí que me había preparado una degustación de cervezas trapistas. Sediento, me precipité sobre la primera y bebí a morro, un trago largo y hondo. Al momento, vi sus ojos de espanto, señalándome una hilera de relucientes copas, una por cada botella, todas diferentes, con la forma precisa para permitirles desplegar todo su aroma. ‘No me extraña que mezcléis el vino con coca-cola’, me reprochó con desprecio.

Por bárbaros que seamos en los cotidiano, y aunque por pereza nos conformemos con la baguette del chino en lugar de coger el coche para comprar el mollete perfecto, todos ocultamos un lado sibarita, un vicio secreto en el que nos irritan sobremanera los defectos, nos crispa que no esté como debería y que, además, sufrimos en silencio, por miedo a parecer pedantes. En mi caso, ese lado sale a la luz frente a una taza de té.

Llegué al té escapando del café y, a su vez, al café huyendo de la leche; en una cadena de fugas, que me asusta pensar donde terminará. Desde que tengo memoria, la leche me repugna y, pese a las victorias que he conseguido con los años frente a otros enemigos gastronómicos, le leche resiste como la única fobia insuperable. Nadie ha tirado tanta como yo. Mañana tras mañana, año tras año, crecí mojando mi dedo índice en la taza y deslizándolo por el bigote, cuando mi bigote ni siquiera era pelusa. Después, vaciaba con sigilo la taza en el fregadero y salía orgulloso de la cocina, luciendo la prueba falsa sobre mis labios.

De camino al colegio, paraba en El Sombra y, sin tener estatura para asomarme a la barra, pedía un café; al principio con leche y azúcar, pronto solo. Mi cuerpo se acostumbró rápidamente, reclamando dosis cada vez mayores. En la universidad me volví una persona nocturna y mi primer trabajo fue en la redacción de un periódico. Todo me empujó a un nivel de adicción en el que podía beber una docena de cafés, en días en los que notaba como las pestañas me temblaban y el estómago ardía, como si lo hubiesen frotado con un estropajo.

Aprovechando una operación leve, a la que siguió un tratamiento de antibióticos, el médico me prescribió una dieta blanda, que excluía el café. No fue fácil, pero conseguí prescindir de él. Entonces, apareció el té. Llegó como un sucedáneo, un chico puente cuya misión era hacerme olvidar el latigazo eléctrico del café por las mañanas; apenas agua manchada a la que no encontraba sabor. Las cosas fueron cambiando poco a poco hasta convertirse en uno de mis placeres diarios, aunque pueda contar con los dedos de una mano los lugares de mi ciudad en los que me hayan servido una buena taza de té.

Más allá de la paupérrima calidad del té ensobrado o de la incomprensible costumbre de añadir azúcar a una bebida cuya esencia reside en su sabor amargo, en la mayoría de los lugares olvidan cuestiones básicas, como usar teteras o cestas que permitan a las hojas entrar en contacto directo con el agua para que el proceso de infusión sea correcto. Con frecuencia tampoco se respeta el tiempo que se debe dejar el té para que desprenda todo su sabor, evitando que amargue o quede insulso. Otro error común es utilizar agua tibia o excesivamente caliente. La temperatura correcta dependerá del tipo de té, pero un té negro exige agua a punto de hervir o directamente hirviendo. Sin embargo, si existe una costumbre que encuentro irritante y pone a prueba mi paciencia es la de servirlo en una taza ancha y baja de desayuno, en lugar de en una cilíndrica. Si además es de cristal, el desastre es absoluto.

No importa que el té sea la base de algunas de las civilizaciones más antiguas de Oriente, que su cultivo haya sostenido imperios tan poderosos como el del Reino Unido, modelando el mapa de las colonias en Asia y definiendo las fronteras actuales, que su comercio haya provocado guerras y revoluciones, favorecieron el nacimiento de países como Estados Unidos, con el famoso ‘motín del té’, preámbulo de la Guerra de la Independencia. Ni siquiera importa que el consumo de esta bebida salvase millones de vidas en la Revolución Industrial, al pasar de ser un lujo de la aristocracia victoriana a popularizarse entre la clase trabajadora, protegiendo a familias enteras de obreros de enfermedades que se transmitían a través del agua contaminada de las ciudades y que se depuraban al tener que hervir el agua para prepararlo. Nada importan sus méritos; como se lamentaba George Orwell, podremos abrir el libro de recetas más prestigioso y jamás encontraremos un capítulo dedicado a preparar una buena taza té, olvidando que es una de las cosas más serias que se pueden hacer en una cocina.

 

Mi mejor taza de té