Frágil

ARCHIVE -

©Arkadi Zaides

Apenas le conoces, pero lo piensas.
Su vida es frágil como cualquier vida,
pero le escuchas y crees que podría ser él.
Sabes que el azar descargará una tormenta de clavos para probar tu error,
sin embargo, él sigue hablando, inocente y ajeno a tus pensamientos,
y te convences.

Todavía es joven, pero tiene las ideas.
Nadie sabe cómo llegó a ellas, quizá ellas le encontraron.
Necesitará fuerza y fe. No es un dios.
Como a nosotros, el miedo le helará las venas,
las dudas le vaciarán la vista
y la tristeza susurrará en su oído

No lo conseguirá solo. Cada uno le acompañaremos un invierno,
y cuando no resistamos más y volvamos a casa con nuestra historia,
otro ocupará la posición. Nunca deberá estar solo.
Alguien tendrá que protegerle, vigilar la puerta mientras descansa
y ayudarle a superar la noche.

Algún día exploraremos,
libraremos batallas y las ganaremos.
Algún día llegaremos
porque tendremos el mapa.
De ti dependerá que no se detenga,
que duerma y se levante,
que tenga tiempo y esperanza.
porque sin él, no habrá mapa.

Frágil

El acento de Gabriela

lagrimas
Man Ray Glass Tears 1932 Collection Elton John

A Gabriela la mudanza le ha regalado un año. Mientras arreglan la convalidación de su bachillerato, la universidad tendrá que esperar. El tiempo le vendrá bien porque aún no tiene claro si estudiar teatro o matemáticas. Yo le digo que quizá los números tengan mejor salida, y ella se coloca las gafas en el centro de la nariz y me mira, esperando que le aporte alguna prueba. Por ahora, Gabriela busca actividades para rellenar sus días y conocer gente. Me dice que tampoco en Caracas era muy sociable, pero echa en falta a Carolina y María Alejandra, su primera y segunda mejor amiga, por ese orden.

Sus padres le han aconsejado que prepare el Proficiency, el certificado más alto de inglés que expide la Universidad de Cambridge. La idea no le ilusiona porque, para Gabriela, hablar inglés ha sido siempre algo natural. Desde pequeña, sus padres la enviaban en verano a Durango, un pueblicito en Texas, donde su tío Nelson trabaja como veterinario. ‘A quien me pida el certificado, podría enseñarle mis fotos en el lago Wichita’, me dice riéndose, y luego me cuenta que Nelson la llevó este año al Old Farm, un restaurante con un solo plato en la carta: el Just feed me (Aliméntame). ‘Una hamburguesa como una rueda de camión’, recuerda. Sin embargo, su madre no la deja en paz e insiste en que los títulos cuentan y que se prepare para empapelar su habitación con un montón de diplomas porque las cosas en España no le resultarán tan fáciles. Ella no sabe a qué se refiere con ‘tan fáciles’ porque, si en Venezuela hubiese sido sencillo, se podrían haber ahorrado el viaje y también toda la ropa de abrigo que le han comprado.

Gabriela lleva tres meses en Santa Cruz, en una urbanización a las afueras de Coruña, y, por ahora, su parte favorita de la vida en Galicia es coger el autobús y regresar a casa sola. Además, ha encontrado una escuela de teatro musical y están ensayando Los Miserables. A ella le gustan los musicales porque la gente llora y espera que le dejen hacer el papel de Fantine, aunque otra chica también tiene opciones. El otro día, Gabriela me preguntó si conocía algún sitio donde quiten acentos. No le gusta que la gente sepa de donde viene. Además, le preocupa que pueda perjudicar su carrera. ‘No quiero que me encasillen como latina’, me dice. Alguien le ha contado que, cuando llegan a Londres, los indios se apuntan a un centro para neutralizar su acento ya que así tienen más posibilidades de que les contraten en call centers; al parecer, los clientes se sienten mejor atendidos si creen que hablan con alguien de su país.

Yo le cuento que fui a una escuela de lenguas donde cada alumno tenía un acento distinto. Era un edificio destartalado, con una moqueta llena de quemaduras de cigarrillos y una máquina de vending con el cristal astillado, pero también era un lugar alucinante donde conocí a gente de países maravillosos. Sobre la ventanilla de secretaría, un cartel decía: ‘Nunca te rías de alguien con un acento. Querrá decir que habla una lengua más que tú’. Gabriela menea la cabeza, convencida de que esa frase no vale para españoles y latinos. Yo le digo que su acento me hace pensar en cosas agradables y me mira como si lo dijese sólo para hacerla sentir bien. Entonces, le pregunto que le parece el de Coruña y me confiesa que la gente suena tan triste que le dan ganas de abrazarlos. Le advierto de que, si quiere ser una buena actriz, deberá preocuparse más de aprender acentos que de eliminarlos. Entonces, se vuelve a colocar bien las gafas, ganando algo de tiempo, y me responde que quizá le valdría con aprender a apagarlo de vez en cuando, y no quitárselo para siempre. Luego se cansa de mi conversación y se enrolla una bufanda como si fuese una momia, asegurándose bien de que el viento no pueda colarse por ningún hueco. Al verme sonreír, me dice que su abuela le habla mucho del invierno gallego y me pregunta si tengo alguna idea de cuándo llegará.

El acento de Gabriela

El encanto del destiempo

boda-de-ana

Cuando me desanima el pensamiento de que quizá sea tarde para empezar algo, me vienen a la cabeza las pecas de Ana Llorente, una pelirroja con ojos de viernes que, con cincuenta años, encontró a su media naranja: Pascal, un ruandés elegante, bonachón y con una de esas risas que llenan una casa. Lo conoció en una exposición y se convirtió en su marido. ‘Las mejores cosas me han ocurrido tarde en la vida, un trabajo en otro país, el amor, grandes amigos’, me contó, recordando que todo le llegó cuando daba por hecho que las principales piezas de su tablero ya no se moverían.

Supongo que hay un momento para hacer las cosas, un momento que no tiene porque ser el mejor, sino el habitual. No hablo de comprarnos un coche o de aprender a hacer el nudo de la corbata, sino de los grandes acontecimientos, como ir a la universidad, tener un hijo o decidir el lugar en el que nos vamos a quedar. Hay personas que viven a destiempo y no creo que lo hagan por un sentido de transgresión o impuntualidad, sino porque no lo pueden evitar. Su ritmo no coincide con el del resto, y no están interesadas en forzar el paso o en sentarse a esperar.

La mayoría de mis amigos se casaron cuando tocaba; la mayoría, pero no todos. Este verano volví a una boda, una que no esperaba. Fernando y Marisol se conocieron en la universidad, llevan veinte años juntos y son padres de dos niños. Suele ocurrir que, tras dos décadas como pareja, la gente te llama para decirte que se divorcia, no que se casa, así que la noticia me sorprendió; al menos, hasta cierto punto. Supongo que su vida, tras esa boda, apenas habrá cambiado. ¿Por qué entonces?  Que se quieren y les da la gana, eso desde luego; sin embargo, tengo la impresión de que existe otra razón, quizá una que exige tener algunos años para entenderla.

Cuando éramos jóvenes, me refiero a jóvenes de verdad, todos teníamos una opinión contundente sobre las bodas. Como el aborto, la pena de muerte o el diésel y la gasolina, la decisión de casarse era uno de esos temas en los que el campo se dividía a la mitad y no cabían medias tintas. Un bando idealizaba el amor, despreciando la necesidad de garantizarlo a través de un contrato, y otro soñaba con una novia de blanco, una iglesia antigua y un viaje al Caribe. Con los años, esas opiniones se han quedado pequeñas.

Si pienso en mi primera boda, me veo saliendo de un comedor, encajando en los bolsillos de la americana dos botellas de Chivas. Se casaba mi amigo Jose y uno no estaba acostumbrado a las barras libres. Éramos principiantes y lo mirábamos todo con ojos grandes, fingiendo entender, pero sin saber nada, con la excitación de quien estrena una función en la que también nosotros teníamos un papel. Desde esa boda hasta la de Fernando y Marisol han pasado unas cuantas, y nos hemos hechos expertos. Ahora se contratan drones, se recibe a los novios con pompas de jabón y los curas se han vuelto elementos exóticos, sin embargo, las cosas importantes no han cambiado. Sabemos que habrá un vídeo con una canción de U2, un discurso salpicado de anécdotas sonrojantes y ya no nos avergonzaremos cuando nos demos cuenta de que la locomotora de la conga es nuestro padre.

Como es lógico, la mayoría de las parejas se casan cuando el amor se serena, agotada esa primera etapa turbulenta en la que los sentimientos se suben a la cabeza. Además de apaciguados, los novios llegan al altar con una cierta fatiga, comprensible después de un año de preparativos. Las bodas se organizan al detalle y, cuando llega el gran día, han repasado el guión tantas veces que tienen la impresión de haberla vivido. Saben qué ocurrirá cada segundo y el ‘sí, quiero’ sonará fuerte y seguro, pero ensayado. Para recuperar el suspense, las parejas deberían invitarnos a la pedida, cuando todavía tiemblan las voces, o tal vez las bodas podrían desarrollarse al revés y que los novios se presenten sin saber qué habrá organizado la gente que les quiere.

En una de las bodas más emocionantes a las que he ido, ocurrió algo así o quizá simplemente dio la impresión de que ocurría. Se casaban  Joana y David y, además de enamorados, estaban frescos, despreocupados y llenos de energía, tanto que parecían los primeros en sorprenderse con lo que estaba ocurriendo, como si alguien hubiese madrugado para disponerlo todo y ellos se prestasen simplemente a participar de aquel juego, abriendo puertas y descubriendo que sorpresa les esperaba dentro.

Ver a David en chaqué, hasta ese día siempre en camiseta, contribuía a esa atmósfera de baile de máscaras que hace tan atractivas las ceremonias solemnes. El banquete se celebró de noche, era verano y el comedor se instaló al aire libre, en el patio del Castillo de Guimaraes. Los novios entraron corriendo y se frenaron en seco, sorprendidos al encontrarnos de pie aplaudiendo, preguntándose quizá si todo aquello era por ellos. Recuperados, nos miraron con complicidad, alegrándose de que también nosotros nos hubiésemos colado en aquella fiesta.

Casarse a destiempo tiene un encanto especial, como las vacaciones de invierno o esos padres atractivos que cruzamos en el supermercado. A esas bodas no se llega apremiado por el reloj, sino por el deseo de hacer algo cuando no toca. Fernando me contó que Marisol y él habían decidido casarse porque les apetecía dar una fiesta, algo tan simple y tan serio; una de esas razones que hubiésemos cuestionado a los veinte años, cuando uno se aupaba a principios tan altos que costaba ver el suelo desde ellos.

Su boda fue un día hermoso, de sol espléndido al lado del mar y con un dron espiando nuestras coronillas. Quizá a los veinte años a uno le cueste entender la urgencia de celebrar cualquier cosa porque a esa edad las fiestas son lo cotidiano. Sigo sin ser partidario de bodas, al menos de la mía, sin embargo, si un día tuviese que encontrar una razón, celebrar una fiesta sería la única posible.

.

El encanto del destiempo

Entre Onofres y Prudencios (2)

filosofia

<- Leer parte I

Decir que ha sido gracias a ellos sería exagerar. Con otros también habríamos llegado. Más lejos, más cerca, quién lo sabe; pero probablemente a un lugar distinto. De la lista de quienes nos han enseñado, a algunos los hemos olvidado, de otros recordamos anécdotas desternillantes o quizá alguna que todavía nos escueza, pero de todos, habrá uno que sobresalga, un nombre que nos devuelva la sensación de que, en un tiempo de muchas decisiones y pocos mapas, él abrió una puerta y, entonces, pudimos entrever, aunque fuese a mucha distancia, algo que nos gustaba. En mi caso, ese profesor se llamaba Prudencio y me enseñó algo mucho más serio que una asignatura: Filosofía.

No fuimos amigos, ni siquiera tengo claro que le cayese bien; de hecho, fue de los pocos profesores que llamó a mis padres para reprenderme por mi comportamiento. Aquello me dejó sorprendido. Yo era lo que todo el mundo consideraba un buen alumno. Sin embargo, un día me dijo: ‘Ignacio, dile a tus padres que vengan, quiero hablar con ellos’. No quiso adelantarme nada. Hablé con mi madre, y me miró extrañada, convencida de que, en realidad, le ocultaba el motivo. Quitando una estúpida pelea por un partido de baloncesto, jamás había dado problemas. De camino a la cita, recuerdo ir manipulado a mi madre, describiendo a Prudencio como alguien especial, ensimismado, con la cabeza en otro sitio, desacreditándolo con anécdotas como que recogía a su hija al salir de clase y, al llegar a casa, se daba cuenta de que la había perdido.

‘Ignacio es buen estudiante. señora. Eso usted ya lo sabe’, le dijo, mientras mi madre se cruzaba de brazos, preparándose para el golpe. ‘Estoy preocupado porque le he visto sonrisas displicentes hacia compañeros, ya sabe, compañeros menos despiertos’. Respiré aliviado. Si el principal cargo contra mí era ‘displicente’ saldría vivo. Mi madre me miró como diciéndome espera que busque en el diccionario qué significa displicente y me vas a oír. Para rematarlo, antes de despedirnos, añadió: ‘Tenga cuidado, está fascinado con Nietzsche, y su hijo es todavía muy joven’. Me costó convencerla de que Nietzsche no tenía nada que ver con la pornografía y que sólo me divertía porque hablaba de superhombres, anticristos y por ese maravilloso bigote de morsa que le convertía en el primer filósofo hipster de la historia.

Con claridad y pasión, Prudencio nos hacía sentir que no había nada más importante que lo que escuchábamos en sus clases. Si en lugar de filosofía hubiese hablado de música lo habría contratado Radio 3. Me encantaba como introducía a cada uno de los autores del temario. Con ritmo de trailer de cine, sabía presentarlos de modo que nos creyésemos a punto de conocer a genios que habían cambiado el curso de la historia y que lo habían hecho no con ejércitos ni con fortunas, sino con algo que cualquiera de nosotros podíamos tener: ideas.

Sabía generar expectación y conducirnos con habilidad a lo esencial a través de anécdotas, entresacando episodios brillantes de las biografías de Platon, Kant, Marx, eligiendo citas provocadoras o suscitando debates acalorados. De manera natural, nos hablaba como adultos, esperando escuchar a personas con opiniones, y no a loros recitando un libro. Con los años le volví a ver. Apenas había cambiado, con su cara de no saber qué dirección tomar y sus pantalones de pana un par de tallas más grandes. Me llamó Antonio y me preguntó qué tal en Derecho. Sonreí y le dije que la vida me trataba bien. Me dio coraje corregirle. Supongo que no podría esperar mucho más de alguien que olvida a su hija de camino a casa.

(fin)

Entre Onofres y Prudencios (2)

Entre Onofres y Prudencios (1)

bachillerato

Se decía de los maristas que, al ordenarse, debían elegir un nombre nuevo, símbolo de la ruptura con su vida anterior. Quizá por esta razón mis años en su colegio de Ourense transcurrieron entre profesores con nombres del Antiguo Testamento. En sexto, fui alumno de un Onofre, el único que he conocido. Aquel hombre pasaba las clases repantigado tras la mesa, sujetando entre sus manos su enorme cabeza de mastín arrugado. Cada día nos hacía leer en alto algún tema del libro de Sociales y él se limitaba a decir con desgana cada tres minutos: ‘Siguiente’.

A medida que la tarde avanzaba, el sopor le vencía, se le iban cerrando los parpados, como dos toldos polvorientos, y la barbilla se le caía hasta que parecía que fuese a darse de bruces contra la mesa. Yo deseaba que se estampase y su cabeza saliese rodando como una estatua rota, pero siempre se espabilaba en el último segundo y volvía a decir: ‘Siguiente’. Cuando me llamaba a la pizarra a dar la lección, me pedía que me acercase y me susurraba: ‘¿Te la sabes, verdad?’. Yo asentía, y él me ponía la nota sin necesidad de abrir la boca. Estoy seguro de que aquello nada tenía que ver con la confianza en mi trabajo, sino con la pereza que le daba escucharme. Por supuesto, sentía la tentación de engañarle y vivir de mi reputación, pero nunca me atreví, así que supongo que su método tampoco estaba tan mal.

En séptimo, a Onofre lo sustituyó Nicasio. Daba clases de dibujo técnico y le precedía su fama de profesor colérico. Se contaba que había sido boxeador y que, arrepentido por haberse pasado de la raya en algún combate, se había ordenado marista. Fuese leyenda o realidad, lo cierto es que rompía láminas a diestro y siniestro y le gustaba caminar entre los pupitres con los puños cerrados y resoplando como una cafetera. De pronto se paraba a tu lado y te clavaba la mirada en silencio,  mientras tú intentabas adivinar en qué te podías haber equivocado si ni siquiera habías tenido tiempo de quitarle la tapa al grafo. En uno de sus ataques de ira me rompió un regla porque, al parecer, la había comprado de la marca barata. La empezó a doblar delante de mi cara, tensándola cada vez más y más, hasta que estalló. ‘Deberían poder tocarse los extremos’, me gritó, tirándome los trozos con desprecio.

En bachillerato nos tocó un profesor de gimnasia al que conocíamos por su apellido: Cabrera. Usaba colonias con olor a desinfectante, llevaba el pelo engominado y le bailaba la dentadura postiza. Se presentaba siempre con aspecto de haberse despertado de la siesta y se rumoreaba que tenía problemas con la bebida. En la prueba de cien metros, esperaba en la línea de meta con un cronómetro que nadie tenía la certeza de que funcionase y nos daba la salida bajando el brazo. Sabiendo que le fallaba la vista, los más atrevidos se adelantaban y empezaban a correr desde los cincuenta. Pese a conseguir marcas asombrosas, dignas de atletas olímpicos, él los recibía en la meta con un frío: ‘No está mal, chaval‘.

En mi último año con los maristas encontré a dos de mis profesores favoritos, incluidos en esa rica lista de nombres estrafalarios. Con una calva luminosa, vestido con bata blanca y con gesto de bulldog enfurruñado, Belarmino nos daba Lengua y Literatura y vivía obsesionado con las notas de selectividad. Quería ser el primero hasta en el concurso de villancicos. Todo era lo bastante serio como para no perder. No permitía que nadie le robase un minuto a sus clases y, si el profesor que le precedía se extendía, irrumpía en el aula como un misil, reclamando el inicio de su hora.

Nadie me ha enseñado Literatura y Lengua de manera más soporífera y eficaz. Belarmino creía firmemente en la necesidad de contar con un método para todo, un camino bien señalizado por el que el alumno pudiese transitar sin dudar qué dirección tomar. Su reto era que pensásemos lo menos posible. Para él, pensar implicaba decidir y, por lo tanto, el riesgo de equivocarnos, algo que no estaba dispuesto a consentir. Su estrategia se basaba en convertirnos en robots y reducirlo todo a una sucesión de pasos mecánicos, reglas que debíamos memorizar y practicar hasta conseguir hacer el análisis sintáctico de cualquier frase con los ojos cerrados.

La Literatura se la traía al pairo y Baroja, Cela, Lorca y el resto de los autores no eran más que materia en bruto con la que construir resúmenes. Con él, sólo contaba el tamaño de los resúmenes, que debían ser diminutos, obligándonos a destilar la vida y obra de esos gigantes hasta comprimirla en una carilla. Su objetivo era que el día del examen final pudiésemos repasar todo el libro releyendo una docena de hojas. Aquellos trucos y estrategias dejaban claro que Belarmino entendía la enseñanza como una liga de fútbol en la que el gol era lo único que importaba.

Siempre he sospechado que, tras ese gesto huraño, Belarmino escondía una parte misteriosa y entrañable, un lugar que podíamos entrever, pero nunca entrar y mucho menos atrevernos a preguntar. Cuando se celebraban misas en el colegio, y eso ocurría más de lo que nos gustaba, le recuerdo en la capilla como el fantasma de la ópera; solo en el piso de arriba, apartado del resto, como si temiese que le escuchásemos rumiar sus pensamientos. Hace años lo crucé en Santiago. Le saludé tímidamente, creyendo que no recordaría mi nombre, después de tantos años y tantas promociones. Me agarró de los hombros y me sacudió hasta hacerme temblar las orejas. ‘¡Coño, Mojón!’, me dijo con esa sonrisa tensa, que parecía dolerle. Al momento empezó a interrogarme, disparando preguntas sobre mi carrera. Apostaría que se contuvo para evitar abroncarme por no haber llegado a más que a redactor raso.

Seguir leyendo→

(Sábado 22, parte 2)

 

Entre Onofres y Prudencios (1)

El realismo y las lavanderías (fin)

gay-at-airport

<-Leer parte 3 

La tormenta se había calmado, permitiendo al último autobús salir a tiempo, y dejándome en Charleroi por siete minutos. Envié un mensaje a mi madre diciendo que había llegado bien y la imaginé en bata, permitiéndose al fin irse a la cama. La nieve se derretía, formando hilos de agua sucia que correteaban entre las grietas de la acera, manchando las suelas de algunos pasajeros que se organizaban para compartir los cincuenta euros del viaje en taxi a Bruselas. A través de la puerta de cristal se veía una mujer latina colocando sillas sobre las mesas de la última cafetería con luz. Del otro lado de la carretera llegaba el destello rojo del neón de un Ibis. Hiciese lo que hiciese, no llegaría a casa hasta la una y el resto estaría durmiendo. Pensé en avisarles, pero, en realidad, nadie me esperaba. Por suerte, mañana no tendría que madrugar. ‘Ya ves, estos autobuses belgas sólo salen puntuales las noches de temporal’. Reconocí la voz, me giré y encontré a Carlos sonriendo, sentado sobre su mochila de montaña, protegido del viento tras la máquina expendedora de billetes.

En alguna de las guías que me habían regalado al mudarme a Bruselas había leído que las autopistas belgas eran las mejor iluminadas del mundo, que su exceso de producción eléctrica explicaba las interminables hileras de farolas encendidas a ambos lados de la calzada y que, si uno miraba la tierra desde el cielo, distinguiría la silueta de la Muralla China y un diminuto foco de luz sobre Europa. Como siempre, imposible adivinar qué había de verdad o de humor surrealista en la historia de aquel país sin hazañas, pero repleto de datos estrafalarios. En el taxi sonaba música india a todo volumen, obligándonos a gritar para mantener una conversación, como si atravesásemos un mercado de Calculta en lugar de los bosques congelados de Valonia. El primer tren a Lille salía a las cinco de la mañana de Bruselas; un TGV que dejaría a Carlos en casa en cuarenta minutos. Tímidamente, le había ofrecido esperar chez moi, pero insistió en que prefería ir a la Gare du Midi y me pareció embarazoso insistir.

Al bajar del taxi, reconocí el olor pestilente a humedad y orina de la entrada. Resultaba difícil de creer que una de las principales estaciones de Europa, desde la que salían cada día trenes a Londres, París o Berlín, tuviese ese tufo a fábrica abandonada. Le Soir había publicado la pasada semana que habían violado a una chica a las nueve y media de la noche, al parecer un grupo de desconocidos la asaltó y la rodeó formando un corro, la noticia resultaba más escalofriante todavía si se tiene en cuenta que ocurrió en un lugar con presencia constante de Policía y vigilancia privada.

A la una de la madrugada, las tiendas de chocolates y gofres del hall estaban cerradas. En un banco dormitaba una pareja de mochileros rubios, con ese aspecto tan saludable de chicos de pueblo que tienen los americanos que recorren Europa. No muy lejos esperaba una familia de árabes, rodeada de maletas y cajas de cartón, y diseminados por el vestíbulo, algún empleado de limpieza y otros pasajeros aislados, ocultos tras algún libro, con las solapas levantadas para protegerse del frío, probablemente víctimas también del temporal.

—Espero que hayas traído exámenes para corregir. Será una noche larga.
—No te vayas. Déjame invitarte a un café. Estoy seguro de que habrá por aquí alguna máquina que hará uno de los mejores cafés de Europa.
—No debería haberte contado lo de la violación. Tienes miedo.
—Soy valiente. Me comí aquel corazón de pato.
—Tranquilo, no hay chica violada. Lo inventé para que aceptases venir a casa, pero veo que debería haber pensando en algo más peligroso.

Sabía que yo no iría a Lille, en unas horas estaría saliendo de mi baño, con el pelo mojado y  la boca llena de pasta de dientes, mirando muy serio a mi cama y diciendo: Un bon verre de vin blanc. Él no se quedaría en Bruselas, a la hora del desayuno estaría sentado en la mesa de su cocina, mordisqueando rosquillas de Ledesma, crujientes y cargadas de anís, escuchando a su novio francés culpar a los pobres belgas del temporal, de los retrasos  y de esta noche extraña en Midi. Sin embargo, ahora estábamos en aquel vestíbulo y todas esas decisiones estaban por tomar. Él esperaba a su tren de regreso, ¿y yo?, ¿qué hacía yo?

Odio el té con azúcar, realmente lo odio, pero lo bebí poco a poco, conformándome con el calor del vaso de plástico en la palma de la mano. Nos sentamos en un banco frente a una de las pantallas con los horarios, Carlos sacó el móvil del bolsillo, conectó sus auriculares y me colocó uno.  Estiró las piernas, cruzó los brazos y reclinó su cabeza en mi hombro. Notaba su respiración, el pelo rozando mi cuello, su mano en mi costado. También yo cerré los ojos. Sonaba Save me de Aimee Mann y, entonces, la vi: perfecta, real e imposible, como la de Ann y Lee, mi escena de lavandería.

El realismo y las lavanderías (fin)

El realismo y las lavanderías (3)

snowfall

←Leer Parte 2

Agradecí que Ryanair deje pocas opciones al sueño y la conversación pudiese tener una segunda oportunidad. Cerrando la gramática, le expliqué a Carlos que llevaba un año en clases intensivas de francés y, sobre su tarjeta de embarque, escribí: ‘Un bon verre de vin blanc‘ (un buen vaso de vino blanco), retándole a leerlo en alto. Al ver mi asombro por su pronunciación, sonrió, le dio la vuelta a la hoja y señaló su nombre impreso en el papel, llevando el dedo a su primer apellido: Bonefois.

Me contó que había nacido en Francia, hijo de un mecánico de Lyon y de una funcionaria de Correos de Salamanca. Su padre trabajaba en la fábrica de camiones de Renault en Saint-Priest cuando perdió su empleo. Volvo compró la planta, decidió recortar la plantilla y se vio en la calle con cuarenta años. Confundido, sintió que necesitaba tiempo para pensar, viajó en autobús a Saint Jean Pied de Port, en los Pirineos, y empezó el Camino de Santiago. Tras un mes cruzando España, una tarde sintió náuseas y sudor frío en la espalda, poco después se encontraba vomitando en una cuneta entre Molinaseca y Ponferrada. Por suerte, una cartera que pasaba en moto le vio, se detuvo y le acompañó al centro de salud. En la sala de espera, entre latas de acuarius y visitas al baño del ambulatorio, la samaritana le convenció para que reposase un par de días  en su casa y se recuperase de su gastroenteritis. Aquel peregrino aceptó y nunca llegó a Compostela, sin embargo, volvió a Lyon con algo más importante que un alma limpia de pecados: la madre de su hijo. Dos años después nacía Carlos en Chassieu, un pueblo a las afueras de Lyon donde vivió hasta sus doce años. Entonces, sus padres se divorciaron y él decidió regresar a España con su madre.

Por temor a que la conversación se adentrase en cuestiones personales, le mostré de nuevo lo que acababa de escribir sobre su tarjeta de embarque, confesándole que un bon verre de vin blanc era mi estrategia para que mi francés llegase a sonar algún día como el suyo. Escrita en una cartulina, había colgado la frase sobre el cabecero de mi cama. Cada día al levantarme, la leía, solemne y concentrado, como si fuese una oración. Anne, mi remilgada profesora de francés, me había garantizado que cuando fuese capaz de pronunciarla con claridad podría dejar la escuela. Al parecer, esas seis palabras reunían todas las vocales y sonidos nasales imposibles para un español.

En España, Carlos estudió Traducción e Interpretación y, al terminar, intentó encontrar trabajo. Me contó que apareció algo en una academia, luego un puesto a media jornada poniendo subtítulos a videojuegos en un polígono de Zamora y, gracias a sus idiomas, los veranos le llamaban de la oficina de turismo de Salamanca. Cansado de becas, de cobrar en negro y de horarios a la española decidió probar suerte fuera. Un amigo de su padre le habló de una escuela en Lille donde buscaban a un nativo para dar clases de español y le ofrecieron el puesto.

‘Al principio, enseñaba a los más enanos’, me contó, ‘Te confías, ¿sabes? Tan rubios y monos. Todos parecen niños de anuncios de galletas; te llaman monsieur y todo eso, pero pronto descubres que es sólo una palabra y son tan crueles como en cualquier parte’. Pronto le surgió la opción de cambiarse a la universidad. No era un gran sueldo, pero, al menos, guardaban silencio. Mientras hablaba me fijé en un lunar diminuto debajo de la comisura del labio, como una mancha de café que uno podría borrar con la yema del dedo. De pronto se echó las manos a la boca para contener un bostezo y pensé que me encantaban sus ojeras. Entonces me pregunté cómo es de extraño que me vuelvan loco las ojeras de las personas.

Le hablé de un fin de semana en Lille con amigos españoles, y de nuestra visita a Le Boucher qui fume,  un restaurante para carnívoros sin escrúpulos, escondido en un parque de magnolios y castaños de indias, donde probamos los pieds de porc y algunas otras recetas de esa siniestra y deliciosa cocina francesa a base de vísceras. Carlos me aconsejó que regresase para ponerme a prueba pidiendo un  bocadillo de cebolla y arenque frío. ‘Mano de santo para la resaca’, aseguró. Me contó como uno de sus ligues en Lille le preparó en su primera cita una brochette de coeur de cannard y la cena no terminó mal. Sonreí pensando que en España nadie tendría una sola posibilidad si intentase seducir a alguien con un corazón de pato ensartado en un palo.

Por un momento pensé que aquella noche de temporal me había ofrecido mi escena de lavandería. Aterrizando, apareció la nieve salpicando la oscuridad. El vuelo había llegado con media hora de retraso, me pregunté si saldrían todavía lanzaderas a Bruselas o tendría que ir en taxi. Sobre la pista se veían los chalecos reflectantes de los operarios. Pensé que, en unos minutos, nos despediríamos y no le volvería a ver o quizá nos cruzásemos algún día, con prisa, cargados de bolsas, y sin apenas reconocernos. Las historias tienen su momento y uno nunca debe quedarse a desayunar; eso era algo que había aprendido hace tiempo.

Sentí la necesidad física de que aquello continuase, un mordisco de ansiedad en el estómago, quizá el temor de no saber qué hacer o  de saberlo. Al recuperar su mochila del compartimento encima de los asientos se levantó ligeramente su camiseta, dejando ver una delicada hilera de vello bajo su ombligo. Supongo que así aparecen las personas, de manera imprevisible, sin avisarnos, enfrentándonos a la decisión de arriesgarnos o de protegernos, conformándonos con la fantasía de imaginar qué habría pasado de habernos atrevido.

No había finger y caminamos unos metros por la pista, con el viento gélido cortándonos la cara. Carlos me sonrió mientras se abrigaba con un gorro de lana. Al entrar en la terminal se giró y me dijo que el último autobús a Lille salía en diez minutos. Me besó en la mejilla y me acarició con su pulgar, haciéndome sentir como un niño que recibe su premio. De lejos, gritó que estaríamos en contacto. Sonreí  y me pregunté por qué, cuando nos despedimos, es el momento en el que peor mentimos.

Leer parte 4->

El realismo y las lavanderías (3)

El realismo y las lavanderías (2)

young-man

←Leer parte I

La suerte abre puertas, pero deja a cada uno la elección de cruzarlas. Mientras se acomodaba en el asiento de al lado, le escuchaba hablar por teléfono en español. Avisaba a alguien de que el vuelo podría retrasarse por las nevadas en Bélgica. Sin dejar de moverse se quitó un jersey grueso, convirtiéndolo en un ovillo sobre sus piernas. Al reclinar su espalda, noté el contacto frío con su piel. Él retiró su brazo al momento, dirigiéndome una sonrisa breve, preocupado quizá por la brusquedad del movimiento. Yo fingía continuar concentrado en la lectura de una gramática francesa, mientras le escuchaba rebuscar en el interior de una mochila. En cualquier otra situación, todo aquel ajetreo me habría parecido un incordio y supongo que me habría hecho emitir, al menos, un chasquido de protesta.

Como si hiciese algo indebido, le vi encender de nuevo su móvil, ocultándolo entre sus piernas. Revisaba la previsión del tiempo y encontré la oportunidad de presentarme. Parecía natural interesarse por el temporal aquella noche de borrasca. Nunca me ha costado iniciar una conversación, pero si la persona me atrae, entonces siento que cada palabra cuenta. No puedo evitar imaginar que estará cansado de que todo el mundo se acerque con preguntas aparentemente inocentes. Ese pensamiento me llena de inseguridades, haciéndome que me inhiba por temor a ser despachado con la indiferencia que reservamos para los pesados. Sin embargo, aquella noche estaba convencido de que el azar jugaba de mi lado y mi imaginación comenzaba a asignar todo tipo de cualidades extraordinarias a aquellos ojos claros, reflejados en la diminuta ventana del avión, desde la que apenas veía el asfalto mojado de la pista y las luces verdes e intermitentes de las balizas.

Se llamaba Carlos y, al decirme su nombre, noté un tímido impulso automático para presentarse con un beso, un gesto que atajó al momento para ofrecerme un apretón de manos. Venía de visitar a su madre en Ledesma, cerca de Salamanca, y se dirigía a Lille, una de las ciudades francesas próximas a la frontera belga, donde llevaba dos años trabajando como profesor de español en el aula de lenguas modernas de la universidad. Calculé que no habría cumplido treinta, aunque su cara imberbe, y su manera de vestir informal, harían seguramente que me quedase corto. Mientras le escuchaba resumir su biografía, de esa manera breve y desapasionada con la que dos extraños se presentan, un azafato de Ryanair movía sus brazos con aspavientos cansados y mecánicos, como un espantapájaros triste, con el uniforme arrugado. Pensé si sería el primer azafato gordo que había visto. Probablemente, no; aunque quizá sí el primero realmente rollizo y me pregunté qué tipo de lógica explica que los aviones sean cada vez más pequeños y los azafatos más grandes.

Su camiseta de The Cure sirvió para descorchar la conversación. Le conté que les había visto en Santiago, cuando el periódico para el que trabajaba me había enviado a cubrir el concierto. Por un momento recordé aquella noche de julio en el Monte do Gozo; como Robert Smith, con su cara hinchada y su pelo desmarañado, había pasado de parecerme una gloria resucitada por el marketing a impresionarme por su capacidad de generar complicidad. Le bastaba su mirada para comunicarse con el público, haciéndole ver que sabía que no sólo conocían sus canciones, sino las historias que las habían inspirado; creando una atmósfera íntima, densa y excluyente, que dejaba fuera a los intrusos que, como yo, sólo habíamos ido a contar lo que ocurría.

Como si me escuchase desde fuera, me pareció que lo que estaba contando sonaba terriblemente pedante y creo que me sonrojé. Hablaba demasiado. Normalmente, yo no era así. Lo mío era preguntar; eso era lo que sabía hacer, conseguir que el otro se explayase y dejar fluir la conversación, despejándola de obstáculos o animándola cuando perdía velocidad. Avergonzado, decidí retirarme del lugar en el que me había metido. Volviéndome hacia la ventana, intenté sonar despreocupado comentando que quizá la nieve impediría llegar a Bruselas en autobús. ‘Acabo de decirle lo mismo a mi novio’, contestó Carlos. Un segundo después, el ruido de los motores anunciaba el despegue, dejándonos en un oportuno silencio, mientras yo sentía que aquellas palabras me devolvían a tierra.

Leer Parte 3 ->

El realismo y las lavanderías (2)

El realismo y las lavanderías

mark-rufallo

El alquiler no incluía el derecho a usar la lavadora del sótano, pero por suerte contaba con un salon lavoir enfrente de casa. Solía ir los miércoles a la noche, con una de esas gigantes bolsas azules de Ikea, cargada de camisetas y calcetines sucios. Aquella lavandería automática me hacía pensar en Mi vida sin mí, cuando Ann se queda dormida esperando su colada y, al abrir los ojos, descubre a Lee observándola desde una silla. En realidad, por aquel salón nunca pasó Mark Ruffalo y, si lo hubiese hecho, no habría encontrado los ojos azul hielo de Sarah Polley. La realidad de la Avenue Albert, como el resto de las realidades, no la ha escrito Isabel Coixet y esas noches de miércoles no ofrecían más aventuras que treinta minutos de espera en una silla de plástico, mirando como un gato pasmado los tambores metálicos girar, atontado por el untuoso olor a suavizante y el calor de las secadoras industriales.

Al final de la Rue des Commerçants, cerca del apartamento de Julián, había otra de esas lavanderías. Los domingos se acercaban las putas de la calle Laeken a hacer su colada. Sentado, fingía no prestarles atención mientras doblaban su ropa interior con mimo, parloteando y rellenando sus bolsas de mudas limpias. Ni siquiera allí ocurría nada especial. Sin embargo, esas lavanderías me siguen pareciendo lugares en los que uno nunca está libre de que aparezca alguien que pueda cambiar su vida. Supongo que todos hemos visto demasiadas películas. Sabemos que la vida no es el cine y, sin embargo, el cine se ha infiltrado en nuestra vida, condicionando nuestras expectativas y asegurándonos algunas decepciones.

De niño, tras ver Pesadilla en Elm Street, me asustaba quedarme dormido y que apareciesen las uñas-cuchilla de Freddy Krueger destripando mi colchón. Tras ver Aracnofobia, una espantosa película en la que una plaga de arañas venenosas arrasaba un pueblo entero, no era capaz de calzarme sin comprobar que no había nada dentro de mis zapatos. A mi Lama todavía le asusta nadar alejado de la costa. Se ve a si mismo desde abajo, como uno de esos contrapicados de Tiburón, donde el nadador mueve despreocupadamente sus piernecitas mientras la cámara avanza desde el fondo del mar, con la música subiendo, anunciando la llegada de unas mandíbulas abiertas.

Con más o menos suerte, cuando crecemos, nos desprendemos de esos dientes de leche que son los miedos infantiles, pero seguimos siendo estafados por la ficción, que nos promete lo que la vida no puede conceder. En los aeropuertos, mientras aguardo el embarque, me gusta examinar al resto de los pasajeros, preguntándome quién se sentará a mi lado, convencido de que todo el mundo oculta razones asombrosas para viajar a otro país. En realidad, se trata de un mero entretenimiento y sé bien que acabaré compartiendo mi vuelo con algún matrimonio encantador, cargado de comida envasada para su hijo, un joven periodista reconvertido a camarero en el enésimo Pret a Manger de Oxford Street.

¿Y si el problema no fuese el realismo?, ¿y si fuésemos nosotros quienes no nos atrevemos a dar la réplica cuando la vida nos ofrece un buen guión? Ocurrió regresando a Bruselas desde Oporto, después de pasar las vacaciones de Navidad en casa. En la cola de embarque, observaba las pantallas, ante el temor de que anunciasen retrasos por un temporal de nieve en Charleroi, el aeropuerto secundario de Bruselas. Delante, una señora presumía de haber logrado pasar el control con unas agujas de calcetar en el bolso, la prueba de que el cansino sistema de seguridad no funcionaba. Yo imaginaba divertido el titular de un piloto de Ryanair degollado en punto de cruz por una abuela portuguesa. Entonces, apareció. Bajó corriendo las escaleras mecánicas y se situó al final de la cola, doblándose para recuperar la respiración. Dentro del avión, ya en mi asiento, le vi avanzar por el pasillo y deseé que por una vez en mi vida el azar apartase de mí a los matrimonios encantadores e hiciese hueco para acomodar a aquel último pasajero.

Leer parte II ->

 

El realismo y las lavanderías

Mis ciudades sin mosquitos

sara

Existen tres o cuatro ciudades a las que no me canso de volver, ciudades frías, apacibles, de días cortos y lentos, en las que ocurren cosas poco originales y uno puede pasar tiempo en cafés y restaurantes, sin grandes acontecimientos que le distraigan. Cuando regreso, no me reconcome la idea de que debería estar explorando lugares más exóticos. Al contrario, me devuelven una sensación cálida, agradable, la misma que sentimos al probar una vieja receta o al reencontrar a uno de esos amigos con los que sobran las presentaciones y podemos lanzarnos directamente a despotricar de nuestro país, uno de los grandes placeres de viajar al extranjero. Cada año paso algún fin de semana en esas ciudades, ignorando sus monumentos imprescindibles, libre del tedioso circuito de las primeras veces, cuando deambulamos con una guía en la mano, levantando las cejas ante cualquier estatua y nos sentimos culpables si nos apetece una hamburguesa porque sabemos que habrá alguien al lado que exclamará alarmado: ‘¡Pero cómo te vas a comer aquí una hamburguesa!’.

A mi hermana Sara, mis escapadas le parecen seniles. Al parecer, ella reserva Europa para la jubilación, cuando necesite vacaciones confortables, hoteles con moqueta y excursiones en autobuses descubiertos. Ahora prefiere planes excitantes, escapadas a otros continentes, con montañas y playas de las que jamás recuerda su nombre. Cada semana me bombardea con fotografías de acantilados, selvas y cuevas misteriosas, y suele terminar sus mensajes con un life is memories, como si fuese un anuncio de los álbumes Hofmann. En realidad, cuando la escucho, siento un poco de envidia. Yo nunca conseguiré seguir su ritmo. Algo me impide estar en países donde un mosquito pueda enviarme al hospital. Creo que podría ir a un lugar con osos. No tengo problemas con los osos. Se les ve venir; pero cómo protegerte frente a un mosquito.

Mi idea de una aventura es regresar a Bruselas y comprobar que el Boulevard Anspach se ha vuelto peatonal o que una floristería ha sustituido al videoclub pakistaní enfrente de mi antigua casa, aquel antro maravilloso al que llegaban los estrenos antes que al cine. En realidad, lo que me alegra es asegurarme de que nada decisivo ha cambiado. Me distrae pasear por Saint-Gilles y ver que sigue abierta la peluquería donde mis patillas pagaron las consecuencias de un mal francés o tomarme una Jupiler en uno de los vasos sucios del Verschueren, lamentando que mi barba ya no haga que se gire ninguno de esos flamencos con peinados imposibles que aún me vuelven loco.

Para que me brillen las pupilas me basta con dejarme invitar a una botella de vino por algún amigo al que echo en falta, demorándome en las sobremesas hasta que se enciendan las farolas, sin sentirme culpable por perderme alguna visita guiada, disfrutando de esos lugares como se disfruta de los libros favoritos, deteniéndonos en algún capítulo o eligiendo un párrafo al azar, y devolviéndolo luego a la estantería, sin remordimientos por no releerlos enteros, con la misma libertad y calma de esas ciudades del norte en las que me encuentro como en casa, donde puedo sentarme tranquilo a esperar el tranvía, seguro de que no habrá mosquito alguno que haya sobrevivido al final del verano.

Mis ciudades sin mosquitos