Más rápido, menos profundo (fin)

<-Parte III

Libreria

Sentía que esta vez la víctima era ella, y le molestaba la desidia de aquel desconocido. Además, estaba segura de que sólo fingía desinterés y que, como los otros, acabaría contestando. A Nerea le irritaba su absurdo orgullo. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía ser ignorada por alguien de quien sólo conocía su nombre? Días más tarde, conduciendo de regreso a casa, la pantalla del móvil se iluminó.

—¿Te gustaría que nos viésemos?

Entre inocente y descarado, ese mensaje, que llegaba con seis días de retraso, desconcertó a Nerea y le enfadó más. ¿Quién era aquella persona que le invitaba a verse sin ni siquiera presentarse, saltándose el ritual habitual de frases para impresionar, sin resumir su vida, sin querer demostrar su ingenio con un esgrima de ironías ácidas y sarcasmos afilados, sin recomendarle sus canciones de grupos desconocidos o series de las que sólo él ha escuchado hablar? ¿Realmente pensaba que se lo pondría tan fácil?

Atravesó una enorme puerta de madera labrada. Sobre ella, una vidriera de cristal emplomado en forma de círculo teñía la luz de colores, creando una apacible atmósfera de iglesia en el interior. Estanterías repletas de libros forraban las cuatro paredes de aquel bajo de dos pisos comunicados por una escalera de caracol. Nerea se sentó en una de las butacas repartidas en las estancias que se abrían a los lados del pasillo central. Se río, dándose cuenta de que por azar había elegido la sección Cocina; ella, que llevaba años cenando ensaladas y sandwiches de pollo. Sobre la mesa, una pequeña cartulina: ‘Apague su móvil, por favor’. Dudaba que aquella cita fuese una buena idea, temía incluso que él no se presentase, sin embargo, algo la había llevado allí.

—¿Sección Cocina? Habría apostado por Viajes, pero me alegra la elección. Soy Yago, al fin nos conocemos—, dijo, tendiéndola la mano.

Sujetaba una bandeja con dos tazas de té y una porción de tarta de zanahoria.  Con camiseta azul, vaqueros, y zapatillas gastadas tenía el pelo negro, despeinado, y unos enormes ojos ovalados que le daban un aire oriental; sonreía tranquilo, como si tomar té con desconocidos fuese parte de su rutina.

—Así que librerías escondidas, donde el móvil está prohibido. ¿Es esa tu estrategia? —, se burló Nerea.
—¡Claro que no! La tarta de zanahoria. Pruébala y lo entenderás—, contestó, dejando la bandeja sobre la mesa.

Yago escuchaba sonriendo, abriendo sus ojos enormes de dibujo animado, y, cuando Nerea preguntaba algo, se limitaba a responder sin extenderse, girando la conversación para que regresase de nuevo a ella. Con suavidad, conseguía que Nerea hablase de su trabajo, de la cita con Simón, de sus cenas de los viernes en las que entretenía a sus amigos con sus aventuras de soltera. A ella le agradaba su voz, su manera de hablar pausada, pero expresiva, y esa mirada sorprendida, con la que lograba dar la sensación de que todo cuanto ella decía pareciese interesante. Sin silencios incómodos, sin opiniones grandilocuentes, nada chirriaba: se sentía a gusto.

—Creo que se me hace tarde—dijo Yago, sorprendiendo a Nerea—. Una amiga se va de la ciudad y ha organizado una pequeña fiesta. Debo irme, vive en la otra punta.

Nerea, que se preparaba para el segundo tiempo de aquella cita, reuniendo una lista mental de preguntas con las que averiguar quién era Yago, se sorprendió de que hubiese transcurrido una hora, y temió haberle aburrido, pensando que quizá debería haberse mostrado más reservada.

Al levantarse Yago, una de las dependientas de la librería se acercó. Él salió a su encuentro, besándola en la mejilla.

—Esta es Nerea. Una nueva fan incondicional de tus tartas, mamá. A esta la invito yo, aunque espero que pronto se convierta en clienta tuya —, dijo Yago, disimulando una sonrisa, ante el gesto de sorpresa de Nerea.

Por primera vez, Nerea no tenía la sensación de adivinar qué ocurría a continuación. Se había dejado llevar por la conversación hasta el punto de haber hablado sólo ella.  A diferencia de otros, Yago no tenía prisa, no se mostraba ansioso por gustar, ni apresurado por darse a conocer. Parecía a gusto con su vida, fuese cuál fuese su vida.

De camino a casa, Nerea se preguntaba a qué se dedicaría Yago. ‘Quizá dibujaba’, pensó, recordando una mancha de tinta entre el índice y el pulgar. Sentía que había conocido a alguien de quien quería saber más, aunque ni siquiera hubiesen acordado una segunda cita. Pensó que quizá había seguido una dirección equivocado, siempre adelante, probando y descartando, cada vez más rápido, olvidando que hay lugares más profundos a los que sólo se llega cuando uno viaja más lento.

Más rápido, menos profundo (fin)

Más rápido, menos profundo (III)

<- Parte II

skinny 1

De pronto, nos enganchamos a sus citas. Todos ansiábamos que llegase el viernes para cenar juntos y conocer las nuevas incorporaciones a su colección de candidatos fallidos. Al principio, Nerea sentía un cierto reparo, sin embargo, poco a poco fue aprendiendo a disfrutar de su momento. Con paciencia, dejaba que agotásemos nuestras aburridas anécdotas de oficina, aguardaba a que la conversación decayese y, cuando todas las miradas se concentraban en ella, empezaba su historia. Aquellas cenas terminaban siempre con Nerea interpretando una teatral declaración de fatiga, confesándonos lo que echaba de menos un sofá con novio. Entre risas, le recordábamos que había sido una sobredosis de hogar lo que había acabado con su relación con Elías, lanzándola a un sinvivir de fines de semana de kayaks y tirolinas.

Aunque nunca le habían atraído chicos más jóvenes, Simón despertó su curiosidad. El desorden vital, la completa disponibilidad y la sinceridad impúdica de aquel estudiante de Medicina la hicieron echar de menos otro tiempo y accedió a conocerlo. Quedaron cuatro veces en la cervecería Faro, él llegaba del entrenamiento de hockey, con sus piernas arqueadas y su bolsa de deportes. Compartían una ración de nachos enterrados en queso fundido mientras ella escuchaba las aventuras del hospital y luego se iban corriendo a su casa. Vivía en un diminuto estudio de alquiler, en uno de los destartalados edificios cerca del puerto. A Nerea le divertía pelearse con sus pantalones de pitillo mientras le desvestía y, en secreto, le producía un placer cruel su mirada de pena cuando se negaba a quedarse a dormir.

Pronto se dio cuenta de que simplemente se trataba de una mezcla de nostalgia y esa dulce sensación de control que le proporcionaba la diferencia de edad, pero que nada de aquello les conduciría a algún lugar al que quisieran dirigirse.  Con delicadeza, intentó pararlo, sin herir su dignidad. Sin embargo, en esa ocasión, no fue fácil. Al dejar de escribirle, Simón se presentó en su trabajo. Con los ojos enrojecidos y el gesto crispado, entró en su despacho exigiendo una explicación, mientras los compañeros de Nerea ocultaban sus cabezas tras las monitores, fingiendo no entender qué estaba pasando. Por suerte, aquella escena se quedó en una situación embarazosa, pero por primera vez tuvo la impresión de que aquel tipo de encuentros eran algo más que un juego y que debía tener cuidado.

Superado el susto, llegó la monotonía, la impresión de poder anticipar qué iba a ocurrir, una sensación de hartazgo que consumía la excitación de los primeros encuentros. En ocasiones se sorprendía siendo capaz de adivinar la siguiente frase de su cita, casi literalmente, como si sonase su canción favorita en un karaoke. Dejaba chats a medias, olvidando responder durante semanas, y la pereza le asaltaba a la hora de aceptar ver a alguien. En su interior sentía que había estado bien, pero que aquello no funcionaba. No sabía la razón, quizá la ausencia de naturalidad, ese punto de partida artificial en el que dos extraños saben que están allí para decidir si se gustarán o para volver solos a sus casas. Todo se producía a un ritmo acelerado, que alteraba las condiciones de la vida real. Entonces, decidió que no tenía sentido seguir.

Quizá fue ese ‘hola’ en minúsculas, indiferente y anodino, como si se hubiese caído de un teclado, o su foto descuidada, azarosa, tomada con prisa, Nerea no estaba segura de por qué aquel mensaje insustancial, al que no había prestado atención durante días, le retenía, impidiéndole cerrar su perfil.  Amplió la imagen para estudiar esa gesto indiferente, esa cara concentrada en alguna cosa imposible de adivinar, pero que no miraba a la cámara, que no la miraba a ella, como si la fotografía la hubiese capturado alguien escondido, en contra de su voluntad. Sin embargo, ella conocía las poses, los trucos y estaba segura de que, si observaba con atención, descubriría una pista que le permitiría clasificarlo en alguna de las categorías que conocía y condenarlo al mismo final que el resto. Se llamaba Yago y, sin ninguna razón lógica, sintió dudas.

Parte IV (final) ->

 

 

 

 

 

 

 

Más rápido, menos profundo (III)

Más rápido, menos profundo (II)

<-Parte I

tinder

Cuando Nerea abrió su perfil, lo interpretamos como una declaración de principios. Convencerla no fue fácil. En su cabeza, esas aplicaciones estaban hechas para raros. ‘Algo extraño tendría esa gente para no ser capaces de conseguir lo mismo en la vida real’, pensaba. Nerea se aferraba a la idea de que alguien se le acercaría un día en el supermercado y, después de un diálogo ingenioso, encontraría una manera elegante de pedirle su número. Sin embargo, el día que descubrió Tinder, se arrepintió del tiempo perdido. Todas esas fotografías de chicos con tablas de surf, posando en playas de arena blanca y cielos de agosto, o con sus bicicletas de montaña ante bosques de postal; todo desprendía energía y vitalidad, imágenes con un irresistible aroma a nuevo, tan alejadas de los solteros gastados que se había encontrado en sus citas, con sus vidas manoseados por la realidad.

Como quien mira a través de una cerradura, observaba aquellas fotografías con temor a ser descubierta, con miedo a tocar la pantalla y que se enterasen de que estaba allí. Sin embargo, la tentación pudo más. Los inicios fueron lentos, titubeantes, un perfil sin foto; luego, fotos en las que apenas se la identificaba. Sin darse cuenta, la curiosidad evaporó los temores y pronto se descubrió deslizando su dedo por la pantalla del móvil, explorando aquellas galerías en el café, en el bus, en el sofá.

Las conversaciones no tardaron en llegar. Cada sonido del móvil se convirtió en algo excitante, una puerta que se abría, la promesa de conocer a la persona definitiva. Al principio, aquellos mensajes bastaban para hacerla fantasear. Nerea tomaba su tiempo para elegir la frase perfecta y, con cada respuesta que llegaba, deducía el carácter de quien le escribía. Examinaba sus adjetivos, sus exclamaciones, la rapidez o lentitud de sus contestaciones, cualquier pista le servía para anticipar si sería maniático, cuadriculado, sentimental o un bruto, para decidir si estaba interesado o sólo curioseaba. Poco a poco fue declarando sus reglas inquebrantables. Bastaba una onomatopeya cursi o una imperdonable falta de ortografía para que una imagen mental perfecta volase por los aires. Confiaba ciegamente en sus manías, sabía, por ejemplo, que la risa de la persona que buscaba jamás sonaría a ‘ji, ji, ji’.

Pronto empezó a irritarle la indecisión de algunos chicos, prolongando conversaciones que no desembocaban en un encuentro, como si les bastase el chat. Su impaciencia le hizo ganar confianza, perder el miedo a mostrarse directa. En unas semanas había entendido como funcionaba aquel mundo, los códigos habituales y estaba decidida a aprovecharlo al máximo. Un día nos sorprendió pidiéndonos que le ayudásemos a sacar unas fotos haciendo yoga en la playa para mejorar su perfil. Ella se reía y nos decía que estaba conociendo gente, sólo eso; sin que por ahora hubiese nadie a quien presentar. Nosotros no sabíamos qué pasaba, pero estábamos seguros de que algo ocurría.

Las primeras citas llegaron en cadena, excitantes, decepcionantes, prometedoras. En cada una, Nerea aprendía algo: a superar la incomodidad de los primeros minutos, a encender conversaciones apagadas, a excusarse con agilidad cuando la situación exigía salir corriendo. Sin saberlo se iba armando de recursos. Como en otras facetas de su vida buscaba el orden y la eficiencia. Planificaba sus primeros encuentros los jueves, el día perfecto para escaparse con la disculpa de que debía madrugar para ir a trabajar o, en el caso de que todo fuese bien, lo bastante cerca del fin de semana como para tolerar una noche sin dormir. Aprendió también a gestionar el día después, enfriando una relación hasta dejarla morir sin generar situaciones embarazosas, y se volvió tajante frenando en seco a quienes pretendían escarbar en sus sentimientos, buscando una complicidad artificial. Poco a poco, perdió el pudor a simultanear conversaciones y el número de citas se multiplicó.

A medida que acumulaba experiencia se volvía impaciente. El defecto más leve la desanimaba y se convertía en un argumento para pasar al siguiente. En esos primeros cafés, mientras aparentaba escucharlos, los examinaba, estudiándolos minuciosamente. Como con Elías, imaginaba que nada más aparecer, sabría si era él. Para ella, la atracción, el amor, eran reacciones instantáneas. Como esos niños abrumados por sus regalos de Reyes, que sin terminar de abrir uno pasan al siguiente, se dejó invadir por la urgencia y los encuentros se sucedían cada vez más rápidos y ligeros. Nerea estaba convencida de que no había tiempo que perder. Sobre sus citas, planeaba siempre la posibilidad de encontrar a alguien mejor. ¿Qué sentido tenía conformarse cuando la siguiente oportunidad se encontraba a un click?

Parte III ->

 

Más rápido, menos profundo (II)

Más rápido, menos profundo (I)

kayak

Nerea nunca había imaginado cuánto cuesta dejar a alguien, el tiempo que se necesita para desenredar dos vidas entrelazadas día a día, año a año, con el desorden y el ímpetu de los primeros amores. Conoció a Elías su primer jueves de fiesta al llegar a la universidad. Apenas tuvo tiempo de pisar el primer bar y le vio. Su encuentro fue un fogonazo que les cegó de manera instantánea. Con la sencillez de quienes no hacen planes, todo resultó imparable. Ese mismo día durmieron juntos, y tardarían diez años en levantarse separados. Lejos de echar de menos lo que las noches ofrecían a los otros, se sentían privilegiados, celebrando haberse encontrado sin ni siquiera buscarse.

Como pareja resultaban imbatibles. Atrás dejaron el Erasmus, ese año afilado que secciona tantas parejas, y sobrevivieron a las turbulencias que se presentan cuando uno abandona las aguas mansas de la facultad. Con Nerea tambaleándose de beca en beca, con sus idas y venidas del extranjero, buscando oportunidades laborales, caminaban juntos hacia los treinta, sabiéndose uno refugio del otro. Entonces, llegó su primer trabajo. El mundo se ensanchaba, dejando de ser un territorio conocido, con nuevos compañeros, retos y posibilidades. Al fin parecía que la suerte se ponía de su lado. Justo entonces, Nerea notó la primera sacudida, como si la fortuna fuese una manta demasiado corta para abarcar todas la parcelas de su vida.

Aquello no fue un terremoto, sino un desmoronamiento a cámara lenta. Todo habría sucedido más rápido si el final hubiese llegado por una infidelidad o una causa que exigiese un adiós despechado y violento, pero a Nerea simplemente empezó a apetecerle otro tipo de vida. Al principio se trataba de un deseo tímido, que apenas asomaba la cabeza, sin atreverse a salir de la madriguera. Sin embargo, ese impulso fue creciendo y extendiéndose como la maleza, hasta cubrir todos los caminos. De pronto, se cansó de los bares de siempre, de los domingos de series y pijama, y todos sus rituales de pareja le devolvían un desagradable sabor a repetido. Pronto, el temor a la claustrofobia fue mayor que el miedo a la soledad y se marchó.

Durante meses, hubo recaídas, flashbacks, segundas oportunidades. Luego vino una etapa de apatía, en la que Nerea se movía sonámbula, oscilando como un péndulo del trabajo al gimnasio y del gimnasio al trabajo. El invierno pasó y, como si despertase de un coma, Nerea abrió los ojos. Con las primeras tardes de sol, esa energía acumulada se transformó en un torrente de actividad. Cada lunes se avalanzaba sobre la oferta de cupones del periódico, buscando un plan de fin de semana con kayak, tirolina o cualquier riesgo que la recargase de emociones. Luego vinieron los viajes a Asia y otros destinos exóticos con amigas, tratamientos de queratina en el pelo, pilates, renovar el armario de arriba a abajo. En un tedioso curso del trabajo, un chico la invitó a una cerveza. No le parecía atractivo, pero aceptó sin dudarlo. Necesitaba ponerse a prueba, saber si sería capaz de besar a otra persona. Bebió su cerveza, pidió algunas más, cerró los ojos y se pegó a sus labios con decisión. Se mantuvo allí, sin moverse, esperando a que ocurriese algo terrible, pero todo fue bien. Entonces, sonrío, pagó las consumiciones de ambos y se marchó, agradecida y segura de que no volvería a verlo.

Con las pistas que nos daba en cada sobremesa confeccionamos el retrato robot de su novio ideal, y le presentamos a candidatos prometedores. Su primera cita fue emocionante, rodeada de expectativas y nervios. Se llamaba Roberto, un compañero de trabajo de su hermana que acaba de regresar tras una larga etapa en Dublín. Consultor, runner, viajero, cumplía buena parte de los requisitos. Aunque su corte de pelo era diez años mayor que él, y la manera en la que se perfilaba el contorno de la barba ponía la carne de gallina,  Nerea se encaprichó de su mirada de huérfano y le dio una oportunidad. A primera vista nada hacía temer alguna tara oculta que explicase el haber llegado soltero a los treinta. Sin embargo, Roberto tardó dos gin-tonics en olvidar la regla de oro de toda primera cita: no hablar de sus ex. En su afán por mostrarse cordial, Nerea no le detuvo a tiempo y siguió fingiendo interés, animándole con su atención, mientras él se enterraba cada vez más en su pena. Inevitablemente, el chico acabó gimoteando, sorbeteando y dejando que un baile de muecas le deformase la cara, en un intento espasmódico de contener sus lágrimas. Después de aquel fiasco, todos estuvimos de acuerdo en que urgía revisar la estrategia.

Parte II ->

 

 

 

 

Más rápido, menos profundo (I)

A los amigos de Montederramo,

Montederramo

Hace días se publicó  El pueblo que quería bailar, describiendo el declive de Montederramo y la impotencia a la hora de frenarlo. Más de dos mil personas lo leyeron. El texto se compartió entre familias que viven en toda España, pero también en Francia, Suiza, México, Argentina, Alemania, y una larga lista de países donde emigraron vecinos. Esa cifra nos habla de una comunidad de personas diseminadas por el mundo que se sienten emocionalmente unidas a Montederramo y también preocupadas por su futuro, una red de afectos que engloba generaciones separadas por la edad, por la distancia, pero que tienen algo en común. Para la mayoría, este pueblo representa el territorio de nuestra infancia, el lugar donde crecieron nuestros padres y una parte esencial de nuestra biografía.  A todos nos entristece su situación, pero más aún la sensación de no poder evitarlo, pero ¿y si pudiésemos hacer algo?

Quienes no vivimos en Montederramo sentimos respeto a la hora de opinar sobre un pueblo al que apreciamos, pero del que no somos vecinos. Es a ellos a quienes les corresponde gestionar su día a día como mejor consideren. Sin embargo, tenemos el deseo de querer devolverle una parte de lo que nos ha dado.  ¿Cómo? Habrá muchas maneras, pero el primer paso es siempre el mismo: uniéndonos.

Agruparnos en una Asociación de Amigos de Montederramo podría ser un principio. Dispondríamos de un espacio organizado, integrador, constructivo, desde el que proponer e impulsar ideas y proyectos, canalizar esfuerzos, recursos; un colectivo, al margen de partidos políticos, abierto a todos los que se sientan que este pueblo forma parte de su vida, de su historia; en definitiva, una manera para expresar esa amistad, arrimar el hombro con los vecinos y trabajar juntos. Habrá quien se pueda implicar activamente, otros sólo podrán unirse de manera simbólica. Cada uno, en su medida, pero juntos.

Ninguno esperamos milagros: la asociación no conseguirá que vuelvan a nacer niños, pero será una herramienta útil para dar pasos. Entre los amigos de Montederramo es fácil encontrar gente con experiencia, talento, imaginación, gente divertida y positiva que puede aportar y, sobre todo, gente con ganas. ¡Venimos de un pueblo que levantó un monasterio! Esto será más fácil. De la teoría a la práctica nos separa una respuesta. ¿Podemos contar contigo? Sólo es una idea, pero si a ti también te parece buena, estamos cerca de ponerla en marcha.

¡Continuará!

 

A los amigos de Montederramo,

Un martes en zapatillas

Lago

El cura nos había llamado a capítulo. En realidad no era cura, aunque todos le conocíamos por ese apodo, y aquello de ‘llamarnos a capítulo’ no era más que convocarnos en el salón de actos para informar sobre temas del colegio mayor, como los plazos de la matrícula o alguna de esas casposas ceremonias con las que pretendían hacernos sentir que estábamos en un sitio con prestigio, uno de esos lugares con equipo de rugby propio, donde todavía se cantaban himnos en latín y por el que nuestros padres pagaban un ojo de la cara.

Los capítulos venían precedidos de un enorme revuelo, como si todos sospechásemos que hubiesen sorprendido a alguien infraganti y fuesen a anunciar su expulsión. Al cura le gustaba escucharse, tomaba su tiempo para hablar, adoptando esa pose de policía veterano que nunca pierde los nervios, marcando sus ironías con pausas dramáticas, como si lo que acabase de decir fuese tan inteligente que necesitásemos un par de minutos para entenderlo.

Para ganarse al auditorio, soltaba alguna broma improcedente, algo que no se esperaba de un religioso, quizá un chiste ligeramente racista o un comentario despectivo con alguna de las residencias públicas de estudiantes. Entonces, todo el mundo lo celebraba con carcajadas sonoras, fingiendo escandalizarnos ante esos atrevimientos con los que probablemente sólo pretendía dejar claro que nadie allí debía creerse más listo que él.

Yo le escuchaba desde una de las filas de atrás cuando vi a Sergio salir. Se dio la vuelta, y me hizo un gesto con la cabeza invitándome a ir. Me levanté un poco nervioso, esperando que todos pensasen que iba al baño. Aquellos pasillos de baldosa con las paredes pintadas de verde y las fotos de antiguas orlas en blanco y negro tenían algo de internado franquista. La cafetería estaba vacía y las puertas del comedor cerradas. Cruzamos la portería sin detenernos, esperando que nadie se fijase en nosotros. Serían las ocho de la tarde, pero ya era noche cerrada. Los dos llevábamos zapatillas de casa  y supuse que no iríamos lejos.

Sergio había llegado a Santiago buscando la facultad de Farmacia más alejada de su familia. Tenía el pelo negro como el alquitrán, y la cara de un niño empeñado en parecer malo. Ese día vestía con pantalones de pana rotos en la rodilla, y una camisa de cuadros remangada. Nos habíamos conocido hablando de música. A los dos nos gustaba Sexy Sadie y algunas bandas más que salían en El País de las Tentaciones y supongo nos hacían sentir especiales y un poco sofisticados. Él venía de una ciudad donde se tomaban drogas de las que yo ni siquiera había escuchado hablar y sabía que, a partir de cierta hora, tendríamos pocos sitios a los que ir juntos. Tenía una forma de discutir exaltada, explosiva, como si se jugase la vida con cada opinión, aunque luego se desinflaba, y pasaba a otro tema. Sus resacas eran antológicas, su piel se volvía amarilla, como si el propio hígado pidiese clemencia, y nunca se separaba demasiado de aquellos paquetes blandos de Fortuna.

Entramos en una pulpería a veinte metros del colegio y pedimos dos cortos de cerveza. Era martes y estaba vacía. Él acaba de ver Smoke y no paraba de decir que Harvey Keitel estaba sublime. Mañana estaría entusiasmado por cualquier otro. Sergio tenía una energía especial para convertir cualquier conversación en un ring de boxeo, y cada una de sus opiniones la formulaba como una declaración de principios ante la que sólo cambia adherirse o pelear. Las cervezas dejaron paso al whisky, mientras completábamos la ruta de bares del barrio, cinco o seis tascas abiertas entre semana. Nos dieron las doce, y decidimos explorar en busca de algún lugar donde comprar alcohol. Detrás del colegio se extendía un parque con un lago, al lado del Auditorio. Sergio se quedó mirando el agua, meditando una decisión. Yo esperaba, intrigado, sentado sobre una mesa de ping-pong de cemento. De repente, saltó la barandilla que separaba la zona del lago y gritó:  ‘¡A por los patos!’.

Supongo que hay gente así, capaz de hacer que saltar una valla parezca una gran idea, así que le seguí. No veíamos a los patos por ninguna parte, pero tenían que estar allí y, en aquel momento, nada nos parecía más importante que encontrarlos. La tierra estaba mojada, y nos estábamos embarrando las zapatillas. Del otro lado del lago, nos sobresaltó el ruido de una sirena y las luces de un coche de Policía. Empezamos a correr. Estábamos tan desorientados y bebidos que escapamos en la dirección equivocada y, al doblar la esquina del Auditorio, nos encontramos a la Policía de frente.

Nos paramos en seco. Imaginé al cura llamando a mis padres y a mí teniendo que inventar una explicación para aclarar que hacía un martes a las doce persiguiendo patos. Dos policías se bajaron del coche, nos ordenaron vaciar los bolsillos y nos pidieron el dni. Sergio se alteró, como si quisiese demostrar que hacía falta algo más que dos de la local para obligarlo a dar una explicación. Mientras tomaban nuestros datos, él seguía protestando, exigiendo que dejasen de hablarle en gallego porque no era de aquí y no entendía nada. El policía le miraba con cara de querer abofetearlo, y, en ese momento, creo que yo también. Antes de dejarnos, nos avisaron de que volverían al día siguiente y nos harían responsables de cualquier cosa extraña que apareciese.

De regreso, nos sentamos a fumar en un portal. Él sonreía, a mí todavía me latía el corazón rápido. Enfrente teníamos el colegio, con su campo de fútbol de tierra, su pequeño jardín, y las escaleras de piedra. Dentro la vida era fácil y divertida, pero tenía un precio y creo que por primera vez tuve la intuición de que no me quedaría demasiado tiempo. Supongo que aquellas eran el tipo de cosas que pasaban cuando uno podía despertarse al día siguiente, levantar la persiana y decidir si volver o no a la cama, unos años sin compromisos ni obligaciones, en los que un martes cualquiera corríamos el riesgo de acabar cazando patos en zapatillas.

 

Un martes en zapatillas

El pueblo que quería bailar

Montederramo

Mi padre suele decirme que Montederramo va camino de convertirse en un pueblo fantasma. A mí me enfada su fatalismo, pero me da miedo que tenga razón, que en quince años no salga ni agua de la fuente. En 2014 se cerró el grupo escolar. Muchos recordamos cuando se restauró el monasterio para acoger una escuela de primaria. Un colegio en un monasterio, y no un hotel de lujo: el proyecto era bonito. En otoño visité las aulas vacías, todavía con dibujos sobre las mesas y alguna lata de coca-cola a medio beber, como si los niños hubiesen sido evacuados.

Cuando era chaval, Montederramo tenía ocho bares, una librería donde mis primos compraban el As y La Región, dos supermercados, un par de peluquerías, una tienda de zapatillas, una carnicería y hasta se montó un pub en un bajo, aunque sólo duró un verano. De eso apenas queda la caja de ahorros, ahora banco: siempre los últimos en irse. Hace siglos que cerró el cuartel, el refugio de montaña apenas tiene actividad y la hierba del campo del río donde nos bañábamos está tan alta que ningún padre sensato llevaría a sus hijos a jugar. La residencia de mayores no consigue abrirse y algunas casas están vacías porque los abuelos se han ido a Ourense o a ayuntamientos con centros que funcionan. Sé que no escribo una crónica original, cientos de pueblos mueren de lo mismo.

El verano suele ser una excepción, sobre todo agosto. Las casas se abren, la plaza se llena de coches, los bares sacan sus terrazas y el pueblo recupera la alegría. Para varias generaciones, las fiestas de Montederramo ocupan un espacio simbólico en su memoria. El 15 de agosto es sinónimo de amigos con los que uno crece, de esos a los que ves casarse y con los que sonríes al encontrar a vuestros hijos jugando juntos, amigos con los que hemos ido descubriendo las cosas serias, esas que, cuanto más mayores nos hacemos, más necesitamos.  De alguna manera o de otra, todos tenemos la sensación de estar en deuda con este lugar.

Montederramo se parece bastante a lo que uno se imagina cuando piensa en un pueblo bonito. Apartado de la nacional, en un valle de robles, castaños y abedules, con prados donde pastan terneras, un monasterio imponente en el centro, bordeado por un río que baja de la sierra del San Mamede, y una plaza con su fuente de piedra y la Caracocha, un carballo centenario que nadie sabe las conversaciones que habrá escuchado. Sus fiestas han sido siempre modestas: una orquesta, puestos para niños, ‘solteros-contra-casados’, campeonato de subastado, tiro al plato y sesión vermú. Sin embargo, siempre han sido mucho más que eso.

Como las de tantos pueblos, la historia de sus verbenas está llena de milagros, de años en los que se organizaron en el último minuto, de presupuestos que no alcanzaban, de furgonetas que dejaban tiradas a las orquestas, de cortes de luz que apagaban la música. Y por mucha devoción que exista a San Roque, este tipo de milagros fueron todos de este mundo, obra de una larga lista de vecinos que los han hecho posibles. Si un pueblo es algo, es la suma de las familias que viven en él y Montederramo ha sido siempre cantera de gente extraordinaria. Quien quiera saber a qué me refiero que siga las aventuras de Las Caracochudas, esas mujeres que lo mismo montan un curso de risoterapia, que una clase de tai chi o la coreografía de La Bicicleta.

Este año apareció una pintada en la carretera que atraviesa el pueblo. ‘Señor Alcalde: Festas xa. Montederramo morre!!‘. Firmaba M. M. A tres días del 15, nada estaba organizado y se respiraba cabreo. Muchos dirán que los más enfadados somos precisamente los que vamos un par de veces al año, que llegamos a disfrutar y esperamos que los demás hayan hecho todo el trabajo por nosotros. Quizá tengan razón y sea una imprudencia opinar cuando ni siquiera vivo ahí el resto del año y se me escapan claves que el resto de los vecino conocen.

No sé si quedarse sin fiestas es grave. Seguro que Montederramo tiene problemas más serios. Sin embargo, los símbolos hablan del estado de ánimo, de la autoestima de un lugar. La noche del 14, mientras pedía una cerveza en el Bodegón, me daban envidia los carteles de fiestas de pueblos vecinos, aldeas más pequeñas que Montederramo, que se las siguen arreglando para tener sus dos días de alegría en verano. No creo que nadie tenga duda de quién hizo la pintada. No me refiero a la persona en particular, sino al tipo de gente. A algunos no les ha parecido bien. Un amigo me dijo que le parecía una cobardía, que las críticas a la cara y, si hay que reprochar algo al alcalde, se llama a la puerta de su despacho y se le suelta. Quizá tenga razón, pero a mí me gustó.

Cuando uno protesta es que todavía cree que puede cambiar las cosas. El día que las protestas desaparezcan será el día que se acepte que todo seguirá igual. Honestamente, ¿alguien cree que esa pintada es obra de un vándalo, de una mano con ganas de hacer daño, de desacreditar o ensuciar?  ¿Es la pintada el problema? En dos días, la lluvia la borrará, pero no hay chaparrón que acabe con la desidia.

Este verano, las fiestas se salvaron en una tarde, de nuevo gracias a los vecinos. Alguien empezó a llamar hasta conseguir una solución y luego no paró hasta reunir el dinero para pagarla. No hubo orquesta, pero hubo música y verbena. El restaurante se llenó con cenas de amigos, los bares sacaron sus barras y se bailó en la plaza. En medio de la verbena, una chica se subió al escenario y pidió voluntarios para organizar las de 2017. En tres minutos se creó una comisión y se recaudó un pequeño bote.

No sé si se le puede exigir a un alcalde que le dé futuro a un pueblo. Los tiempos son los que son. Sin embargo, se le puede pedir que lo intente, que sea el primero, que inspire a los demás y que dé pasos. Un alcalde puede marcar la diferencia, todos conocemos casos; personas que han llegado con energía, con ideas, dedicando tiempo y viendo como algunas cosas salen bien y otras mal, sin miedo a pisar callos, con ganas de no seguir igual. En la verbena del 14 me llamó la atención que el reloj en lo alto del Concello estuviese parado. Me contaron que lleva meses averiado. Quizá sea tiempo de que alguien lo ponga en hora.

El pueblo que quería bailar

Las dos vidas de André (VII)

taxi

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—No pongas ojos de vaca triste, Nacho. Simon, Nick… Un cadeau de la vie, —’un regalo de la vida’, dijo André volviendo al francés—. La vida me ha dado oportunidades. Me ha permitido levantarme y pensar en ellos mientras conducía a la oficina, en el tranvía, y evitar que mi cabeza sea una de esas cabezas ocupadas sólo por recibos, comidas familiares, quejas de clientes… Y, claro, pasan cosas, algunas terribles. ¡Es el precio! Uno no puede pretender que todo esté bien, siempre bien. Podemos elegir, quedarnos en casa tranquilos, anestesiarnos viendo una serie, o no tener miedo y exponernos a lo que ocurre cuando uno se atreve.
—Y ahora…
—¿Ahora? Pues ahora la vida de nuevo, que no se para, que sólo se detiene cuando uno se muere. Ahora tengo más vida, una segunda vida y no sé por cuánto tiempo. Eso lo he aprendido, ¿sabes? La vida sigue adelante para todos, también para ti, Nacho, aunque te creas que tienes tiempo para hacer las cosas mañana, sabes a que me refiero… pero de eso hablaremos el lunes y ¡en francés! Ahora se ha hecho tarde y, mira ahí afuera,  parece que alguien lleva un rato esperando.

André levantó una mano, saludando a través del cristal. Apoyado sobre el capó de su pequeño Citröen azul, alguien le devolvía el gesto. Cuando salió del café, el desconocido fue a su encuentro. A medida que se acercaba, el reflejo del neón de l’Université iluminó una cara pecosa. Aquel pelirrojo no era ningún desconocido. ¡Tenía que ser Ben!

Regresando a casa sentía que André había removido algo, y las piezas no conseguían volver a su sitio. Ya no encajaban. Hay conversaciones que no son sólo una conversación. Sus palabras habían encendido una mecha. Frente al muro que rodea el cementerio de la comuna de Ixelles me senté en un banco, respiré hondo, abrí la libreta de las clases con André y empecé a escribir.  No sabía para qué lo estaba haciendo, pero no podía esperar a mañana, ni siquiera a llegar casa y correr el riesgo de que esa mecha se apagase. Hacía frío y tenía las manos ateridas, pero escribía, tachaba, empezaba de nuevo, y no paré. Al terminar, corrí a Flagey y tomé un taxi a la Parvis de Saint-Gilles.

Sabía que aquella carta no cambiaría nada, pero, dentro de mí, había cambiado todo. Por primera vez, veía con claridad que no debía tener miedo a lo que me había ocurrido con Jorge, que toda la tristeza de lo imposible no lo podía empañar, que era algo hermoso, y dejé de sentirme culpable. Ser sincero conmigo, con él, me pareció la mejor manera de dejarlo ir. Deslicé la carta en el buzón de su puerta. Quedaban siete días para ver a André. La vida se volvía a poner en marcha. No llegaría a mi clase sin nada que contar.

Fin

 

 

Las dos vidas de André (VII)

Las dos vidas de André (VI)

North Antrim Coast
North Antrim Coast between Dunluce Castle and Portrush

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Sólo quedábamos nosotros en l’Université, pero no era momento de detenerse. André parecía hipnotizado, como si hubiese dejado de ser dueño de sus palabras y la historia se hubiese apropiado de él.

—Salimos del puerto de Ballycastle temprano, y dejamos la bahía en dirección a Pan Rock —contiúo—. Desde el mar se veía el perfil de la costa de Antrim, los acantilados escarpados, las extrañas formaciones rocosas de basalto que atraían a los turistas y el verde oscuro de los campos del Ulster. El cielo estaba despejado, con un azul acerado y frío, y el Atlántico se desperezaba apacible, manso, alejado de los temporales habituales en Irlanda del Norte, también durante los meses de verano. Nick manejaba con soltura a Emma, la lancha familiar, bautizada con el nombre de su abuela, que abría un surco espumoso a su paso. A lo lejos aparecía la silueta de la isla de Rathlin, como la joroba oscura de un cetáceo que asomase del mar.

Nick y sus padres se habían instalado en Ballycastle al salir del hospital. Todo había sucedido muy rápido: el accidente de esquí, aquella mancha inesperada en la espalda, el compás interminable de pruebas, incertezas, confirmaciones y finalmente el primer diagnóstico en Ginebra. Nick había insistido en recibir el tratamiento en la Unidad de Oncología de la Queen’s University en Belfast. En verano, la familia consiguió el permiso médico para trasladarse a Ballycastle, a condición de que Nick estuviese vigilado en todo momento por Ben, el enfermero pelirrojo, con la cara llena de pecas que le había asistido todo el proceso.

Fue el padre de Nick quien recogió a André en el aeropuerto. Conduciendo por la sinuosa carretera de Belfast a la costa de Antrim, no hubo conversación, sólo silencio, y aquel paisaje violento y hermoso. André no se atrevía a preguntar. ‘Nadie sabe cuánto queda’, dijo su padre sin mirarle, un minuto antes de salir del coche.

—Aquella mañana en el mar, Nick estaba sonriente. Siempre le había gustado navegar —recordó André—.

Al poco tiempo de dejar la bahía, Nick se acercó a la costa y paró el motor. André reconoció la hilera de agujas de roca saliendo del mar. Recordó que aquella barrera a modo de cresta marcaba el punto en el que se escondía la entrada a Portrush, una cala a la que solían ir cuando pasaban las vacaciones en Irlanda. Entonces, dejaban a Emma atada a una de esas roca y accedían nadando a través de los peñascos, un paso demasiado estrecho para una embarcación. ‘¿La recuerdas?’, le dijo Nick, mirando fijamente el corredor de agua que les separaba de la cala.

—Podrías volver a hacerlo. Eres el mejor nadador del Ulster —le reté. Nick sonrió, y se quedó callado. La enfermedad le había hecho perder masa muscular, pero su cuerpo seguía transmitiendo fortaleza.

>> ¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?  —le pregunté, recordando cuando me sacó de la piscina y me guió al vestuario. En ese mismo instante, me giré, dándole la espalda. Entonces, le pedí que cerrase los ojos y le sujeté ambas manos. Al soltarle me dejé caer al mar. Se levantó de golpe, alarmado, sin entender. Le imaginé desconcertado, descubriendo mis lentillas en la palma de su mano, mientras yo me alejaba nadando a ciegas, seguro de que vendría a ayudarme.

>>Calados, tumbados sobre las diminutas piedras blancas volví a sentir que no quería estar en ningún otro lugar: sólo allí, en aquella imagen perfecta. ¿Cómo alguien que se apagaba era capaz de hacerme sentir tan vivo?

>>No quise que nadie me llevase al aeropuerto. Ni siquiera dejé una nota. Supongo que el ruido del taxi despertó a Ben, con su sueño ligero de enfermero. Salió al porche y me hizo un gesto con la mano. Todavía era de noche,  tardaba en amanecer, el verano llegaba a sus últimos días. Aquella fue la última vez que vi Ballycastle. Entendí que no había venido a despedirme, había venido a recuperar una imagen: la última, la única. La de Nick y yo siendo felices.

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Las dos vidas de André (VI)

Las dos vidas de André (V)

 

Marché Parvis

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André apenas había tocado el waterzooi, seguramente ahora demasiado frío. El Café L’Université se había vaciado, un matrimonio cenaba en la otra esquina sin intercambiar palabra, y un hombre en traje se peleaba con Le Soir, intentando doblar sus enormes páginas mientras esperaba su comanda. La barra estaba vacía, y se escuchaba una conversación en la cocina. En la calle pasaba algún tranvía y la luz amarillenta de las farolas, demasiado espaciadas, daba un aspecto sombrío a la entrada del campus. André parecía cansado, y creí que quizá fuese mejor dejar la conversación. Recordar puede consumir a uno. Me pregunté cuántas veces habría regresado a aquellos tiempos, con quién habría compartido su historia y quién era yo para conocerla.

Me contó que, al poco tiempo, Nick y él se mudaron a Uccle, un trois pièces en la última planta de una casa con una fachada de ladrillos rojos y un jardín en la parte de atrás. Conocía a Anne, la casera, y el acuerdo fue fácil. Abajo vivía Walter, un ingeniero alemán que trabajaba para Audi, con Dolf, un jack russell tan bien educado que uno esperaba que le diese los buenos días.  El primero lo alquilaba Víctor y su mujer Fátima, una ruidosa, pero alegre pareja de portugueses que asaban sardinas a la parrilla en verano, consiguiendo que toda la comuna apestase a puerto pesquero y que la misma policía se acercase un par de ocasiones. Nick iba a trabajar en bici, y cada sábado madrugaban para desayunar en el mercado Vivier D’Oi, comprar fruta fresca y salami italiano. André presumía de haberle contagiado su afición por la cocina, y hacerle olvidar sus cenas a base de tostadas de pan negro y mostaza vieja.

—La vida se volvió dulce, Nacho, con la agradable sensación de haber llegado a ese lugar al que uno quiere dirigirse —dijo André, empezando una sonrisa que se quedó a medio camino.

Como tantas parejas, el mundo de Nick y André se mezclaron, los límites se diluyeron, las familias, los viajes juntos a Irlanda, a su casa familiar en Ballycastle, en la costa de Antrim, las largas sobremesas con amigos en los restaurante de Saint Boniface, los conciertos de verano en Le Botanique. Sin planearlo, la felicidad dejó de ser el fruto de circunstancias incontrolables, y adquirió una reconfortante solidez, las inseguridades se disiparon y su pequeño apartamento se llenó de confianza. Sabían que se despertarían y que el otro seguiría allí. Nick le proporcionaba a André energía para pensar que las cosas podían salir bien, fuerza para atreverse, y Nick parecía haber encontrado una cierta serenidad, como si se hubiese desprovisto de la prisa de los primeros años en Bruselas. Debía viajar con frecuencia a Polonia, y otros países de Europa del Este para auditar el destino de las subvenciones de la UE. La tranquilidad de la vida en pareja les permitía dirigir su energía al trabajo y pronto llegaron ascensos y reconocimientos.

—A veces me pregunto por esas parejas que llevan una vida juntos. Si tendrán esa sensación de seguridad y cómo habrán logrado que dure. Si lo han conseguido, tiene que haber una manera. ¿Quizá han dejado de exigirse? —me preguntó André, sin esperar que respondiese.

Me contó que nunca supo cuándo empezó, y que, durante mucho tiempo, le atormentaría pensar que si hubiese estado atento podría haberlo atajado, podría haber reaccionado. Recordó una imagen: Nick entrando en la cocina, regresando de correr en la Bois de la Cambre, con la camiseta en la mano, calado por la lluvia, con el poderoso físico de nadador, la belleza tosca y natural que le había enamorado en la Poséidon, y, sin embargo, tan diferente.

—La ansiedad de rebuscar sensaciones y no encontrarlas. Da vértigo, Nacho.

André me contó que luego ocurrió lo de fiesta de Víctor, pero que aquello sólo fue el detonante, la ocasión. La decisión estaba tomada. Podría haber pasado cualquier otro día, por cualquier otro motivo. Nick había bebido más de la cuenta, seguramente sólo buscaba hacerle reaccionar, provocar los celos de André. Aquel traductor suizo se prestó a su juego.

—No hubo celos, sólo orgullo —continuó André, eligiendo con cuidado las palabras—. Distinguir ambas cosas me impidió seguir igual. Uno debe tener el valor de terminar y evitar que el final lo ensucie todo porque eso es lo que hacen los finales y, cuando las cosas empiezan a desmoronarse, uno debe irse y llevarse las imágenes porque esas imágenes son lo único que sobrevive. Al final, la vida son imágenes, las que vuelven cuando estamos solos, cuando cerramos los ojos, justo antes de dormir.

Escuchando a André pensaba que una historia puede contener el material de todas las historias y mirando a la calle me preguntaba si todas las vidas, examinadas con sinceridad cruel, contienen también los materiales de todas las vidas. André me contó que Nick se marchó a Ginebra, aceptó un puesto en una agencia de Naciones Unidas. Todo se resolvió de una manera civilizada, pacífica, tan anglosajonamente correcta, sin rencor, con resignación, sin entender qué había ocurrido, qué nombre tiene ese mal invisible que debilita las estructuras de la pareja, volviéndola frágil, incapaz de resistir el primer contratiempo.

—Me hubiese gustado haber estallado en algún momento, Nacho, olvidar la corrección, dejar de actuar con miedo a romper algo que ya estaba roto y provocar una buen incendio  acusándonos de tener la culpa.

André se quedó con el apartamento, creyendo que el resto de su vida podría seguir igual si la anclaba al mismo sitio. Sin embargo, todo cambiaba a su alrededor, como si la ausencia de Nick abriese una grieta que se extendía. Walter se trasladó a Düsseldorf, y su piso lo ocupó Nathalie, una joven recién llegada de Toulouse.

—A veces la observaba y me fascinaba la frescura, la energía, el ímpetu con el que entraba y salía de casa, su taconeo en la escalera.

También Víctor y su mujer dejaron Uccle. Supongo que Anne se cansó de las visitas de la Policía. Su piso tardó meses en alquilarse, y luego entró una pareja de flamencos, huraños y poco sociables. Seguramente con una reputación a la altura del barrio. La vida siguió, rellenando huecos, imparable, sin detenerse, sin conceder tiempo para reaccionar.

—De nuevo me tocaba acostumbrarme a la soledad, pero de una manera diferente a cuando Simon se marchó. Ahora no había fiestas, no regresé corriendo al gimnasio, no estaba hambriento de historias. Sabía lo que dan y lo que quitan.

Al año siguiente, André apenas tuvo noticias de Nick. Algún amigo le dijo que había regresado de visita a Bruselas. En Navidad recibió una postal, una fotografía de una antigua piscina en Les Bain d’Ovronnaz.

—Me preguntaba si se habría cansado de la perfecta Suiza, de esa fábrica de relojes de cuco, de sus plátanos sin machas, sus irritantes céspedes inmaculados y sus ascensores llenos de sonrisas desconfiadas – dijo André, quedándose callado de repente, desviando la mirada, como si un recuerdo intruso se cruzase. Su voz cambió de repente, descendiendo a un registro que no conocía, hondo, débil.

André me contó que presintió que sería algo terrible al ver el prefijo de Belfast en su móvil. En Zaventem, esperando su vuelo, sintió como la culpa empezaba a roerle el estómago, una sensación ácida que se infiltraba y se extendía, el temor a que haberle dejado le hubiese precipitado a aquello, como si el abandono pudiese enviar a alguien a la enfermedad.

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Las dos vidas de André (V)