Las dos vidas de André (IV)

runner

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En verano solía correr con Jorge en la Fôret de Soignes y conocía bien la senda de la que me hablaba André, un camino que discurre a través de un bosque de pinos y robles, bordeando charcas y atravesando lomas suaves cubiertas de helechos. Los sábados lo frecuentan corredores, pero no tantos como para impedir disfrutar de una mañana tranquila. André me explicó que la Fôret se extiende a ambos lados de la frontera entre Flandes y Bruselas, y que los zorros se arriesgan a ser o no cazados en función de la parte en la que se encuentren, ya que están reguladas por legislaciones diferentes. Tales eran los estrafalarios conflictos entre flamencos y valones que, tras un tiempo en Bélgica, me habían dejado de sorprender este tipo de disparates.

Al poco tiempo de conocerse, André me dijo que Nick dejó de ir a la Poséidon. Se apuntó al equipo de natación de Brussels Gay Sport Life, una asociación benéfica que organiza eventos para recaudar fondos contra el Sida, y entrenaban en la Victor Boin, una destartalada, pero encantadora piscina en Saint-Gilles. Una noche coincidieron en el Actor’s Studio, un cine de reestreno en una de esas estrechas calles que huelen a mejillones, apio y vino blanco, cerca de la Grand Place. Charlaron un rato, prometiéndose que se llamarían, pero no lo hicieron. Después de aquel encuentro fortuito no se habían vuelto a ver en meses, hasta aquella mañana helada de finales marzo. André se había acercado en coche a la Fôret de Soignes para correr. Al llegar al aparcamiento, vio a Nick. Estiraba los gemelos apoyándose en una de las vallas de madera.

—Se giró y me saludó sonriendo, sin gesto alguno de sorpresa, como si me estuviese esperando —recordó André—.

Mientras describía su encuentro con Nick, sus palabras me hacían pensar en las mañanas de verano con Jorge en el mismo bosque, el sonido apagado de las zapatillas al pisar la tierra, la respiración rítmica de ambos, el cielo despejado, cubierto por las ramas de aquellos gigantescos árboles que se enlazaban en las copas creando una cúpula verde. ¡Qué lejos quedaba! Entonces, ni imaginaba a dónde me llevarían aquellas carreras.

—Corríamos sin hablar —continuó André—. Nick delante;  yo, un poco retrasado, intentando no despegarme.  Era temprano, cada uno de mis músculos se sublevaba contra aquel esfuerzo y, sin embargo, tenía la impresión de que la mañana se había vuelto perfecta.

Atravesando el bosque detrás de Nick, la memoria de André volvía a los viajes en coche con Simon, largos, deseando no llegar, sólo seguir conduciendo, aislados, jóvenes, indestructibles, como si dentro de aquel Torino nada les pudiese afectar.

—Aquella mañana, Nick parecía ausente —recordaba André—, avanzando en silencio, sin mirar atrás, olvidando que le acompañaba. De pronto aceleró. Aquello era más de lo que estaba habituado, pero intenté seguirle. Alargaba sus zancadas, cada vez más rápido, como si quisiese desprenderse de mí. Aprovechando el impulso de una bajada, el acelerón se convirtió en sprint y me quedé atrás, viéndole desaparecer a lo lejos, atravesando un puente de madera. Llegué al aparcamiento sin aliento. Me doblé agotado, intentando recuperar el pulso. No se oía nada. Respiré con fuerza, miré alrededor: ni rastro. ¿Había decidido continuar? Me temblaban las piernas del esfuerzo y me detuve. Noté el frío de la camiseta empapada en sudor. Dos brazos me sujetaron con fuerza por detrás, rodeándome. Sobresaltado me giré, sentí su barba…

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Las dos vidas de André (IV)

Las dos vidas de André (III)

nadadoras

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André me contó que, por entonces, nadaba tres tardes por semana en la Poséidon, una piscina cerca de su apartamento de Woluwe. No tenía la decadente elegancia de las de Saint-Gills o Les Marolles, pero sí las comodidades de un complejo deportivo recién inaugurado en uno de los barrios caros de Bruselas. Alguna vez he ido y ya no es el club que André me describía, pero conserva una cierta distinción. ‘De aquellas, hacía 30 largos en la olímpica’, presumió, mirándome como si le fuese a reclamar una fotografía en speedos para creerle. ‘Uso lentillas, ¿sabes?’. Me había dado cuenta, aunque me quedé callado, intuyendo que seguiría una explicación.

‘Una de esas tardes estrenaba gafas de nadar, un regalo de mi hermano’, recordó André. Cuando se lanzó a la piscina me contó que notó enseguida como el agua entraba. No lo esperaba, cerró los ojos tarde y las lentillas se movieron. Intentando colocarlas se puso nervioso y acabó perdiéndolas. Sus gafas estaban en la bolsa de deporte, pensó en llegar al vestuario, pero a dos metros de distancia apenas veía imágenes borrosas y le dio vergüenza imaginarse desorientado buscando a tientas su cabina. Agarrado al bordillo, entornó los ojos, esforzándose por distinguir el color naranja de la camiseta del socorrista, incluso alzó una mano para llamar su atención. ‘¿Estás bien?’, la voz venía de la calle de al lado.

Recordando como aquel desconocido le guió hasta el vestuario, André volvía a sonreír. ‘Su voz fue lo primero que me gustó’, bromeó. Hablaba inglés y le pareció que aquella manera de pronunciar todo con la letra ‘o’ sonaba al norte de Inglaterra o Escocia, y no se equivocaría mucho. Le dio las gracias, y entró en la cabina para cambiarse. Al salir a la calle escuchó la misma voz  desde la parada del tranvía. ‘Con gafas mejor, ¿no?’.  Se llamaba Nick, y acababa de llegar a Bruselas para ocupar una plaza de administrador en la Comisión. Había nacido en Belfast y estudiado Derecho en Edimburgo, tendría unos treinta años, barba castaña y, con su cazadora vaquera y botas, hacía pensar más en los bosques de Irlanda que en la moqueta del Berlyamont, el mastodóntico edificio en forma de cruz donde cientos de eurofuncionarios redactan la letra pequeña de nuestras leyes. Aquella noche, André decidió darle las gracias, invitándole a la mejor hamburguesa de la ciudad en el Houtsiplou, un divertido restaurante con las paredes decoradas con viñetas de cómic sobre la historia belga. Creía que sería un buen punto de partida para interpretar su papel de guía.

Haría dos horas que André y yo habíamos llegado para nuestro intercambio semanal francés-español, una clase que había tomado un rumbo imprevisto. Los camareros de l’Université habían comenzado a preparar las mesas para la cena. Temía que se hiciese tarde, André se tuviese que ir y debiese esperar una semana para conocer el final. Por primera vez no era yo quien convertía aquella mesa de café en un diván, buscando a mi historia imposible con Jorge un final diferente al único posible, negándome a aceptar que hay problemas con una sola salida. Hoy era André quien hablaba y el relato había adquirido con la aparición de Nick una energía inusual, dejando claro que aquel irlandés no había sido una de esas historias ligeras con las que André había enterrado el recuerdo de Simon, sino algo diferente: quizá la respuesta a la pregunta que había precipitado aquella conversación.

‘Las cosas no fueron fáciles, Nacho’, me confesó. Nick estaba lejos de ser el recién llegado desorientado, alguien que se abandonase en manos de André para explorar Bruselas. Sus días estaban llenos de planes. Sentía prisa y curiosidad por todo. Nada más llegar se apuntó a clases intensivas de francés, lo que ocupaba buena parte de sus noches y sus fines de semana se llenaban de conciertos, excursiones a las Ardenas o escapadas relámpago en el Eurostar a Londres, donde había trabajado varios años y conservaba amigos. Sin embargo, un par de días coincidían en la Poséidon. Después de nadar, tomaban alguna cerveza y Nick le ponía al tanto de sus avances en la ciudad. Pronto le empezó hablar de locales que André ignoraba, y fiestas a las que jamás había asistido, pese a haber vivido allí desde niño.

Juntos estaban a gusto, pero André tenía la impresión de que, por mucho que se acercase, siempre restaba una distancia mínima e insuperable. Las conversaciones se prologaban hasta la medianoche y se despedían sin que ninguno de los dos se atreviese a proponer algún plan más allá de aquellos encuentros con olor a cloro. Estaba convencido de que Nick se había convertido en el chico del momento, la nueva cara de la ciudad y sabía lo que eso suponía: recibir todas las invitaciones y ser el objeto de todas las conversaciones. Bruselas se rendía ante esa barba irlandesa y esa sonrisa sana de chico de pueblo, al menos sería así durante algunas semanas. Luego llegaría otro, de esta manera funcionaban las cosas, pero para entonces sería tarde y Nick habría encontrado con quien pasar el invierno. Debía darse prisa.

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Las dos vidas de André (III)

Las dos vidas de André (II)

soldados

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Los restos de la nevada se derretían sobre la acera, y, desde nuestra mesa del Café l’Université, veíamos a los estudiantes regresar a casa, caminando como astronautas para evitar resbalar. André acabó su brune y buscó al camarero con la vista para pedir una más.  Sacó la cartera y me enseñó una fotografía. Le reconocí al momento, era él con unos veinte años, vestido con uniforme militar. ‘No estaba mal, ¿verdad?’, bromeó. Realmente, aquel joven André que sonreía extrañado en la imagen, como si alguien le hubiese obligado a llevar aquel disfraz, parecía atractivo. Me contó que era el año 70, y la foto había sido tomada antes de iniciar su servicio militar en el campo de Lagland, cerca de Arlon, en el sur de Bélgica. Supongo que vio mi cara de asombro y me dijo que tranquilizase mi exaltada imaginación de periodista, que no iba a escuchar historias de novatadas crueles y acoso en los barracones. En realidad, el Ejército le había proporcionado mucho aburrimiento y una sola aventura: Simon.

Su primer encuentro no había sido demasiado romántico, me dijo sonriendo. Se habían conocido lavando camiones. Ambos acaban de llegar a Lagland, y fueron destinados a los talleres de la base. Simon tenía 19 años y venía de Mons. Su padre, soldado profesional en su juventud, le había obligado a hacer el servicio militar, convencido de que le sacaría de la cabeza algunas ideas fantasiosas. A Simon le fascinaba el teatro y estaba decidido a irse a estudiar a Charleville, una ciudad industrial y gris en el norte de Francia, pero donde alguien había tenido la excentricidad de abrir una escuela de marionetas que, al parecer, se había convertido en una de las más prestigiosas de Europa. André no traía una foto de Simon en la cartera, pero lo describió como el recluta con el pelo más rubio y lleno de remolinos de Bélgica.

Los meses en Lagland pasaron rápido y, al terminar, André convenció a su abuelo de que le prestase el Renault Torino y se premiaron con unas vacaciones en coche por la costa francesa: las inmensas playas de Normandia, el Mont Saint-Michel, las granjas de la Bretaña, los extensos pinares de las Landas. Por primera vez tuvo la sensación de no necesitar nada más que a una persona, sin que importase el lugar o el día, descubrir que alguien lo puede llenar todo, que tiene el poder de transformar en especial los detalles más insustanciales y sentir el impulso físico de querer atarse a él. Aunque todavía le faltasen las palabras, André supo que la de Simon era su primera historia de amor y, en aquel momento, estaba convencido de que sería la única.

Al regresar a Bélgica, tenían planes para instalarse en Bruselas y abrir juntos una librería especializada en teatro, aquel sería el primer paso de un futuro espacio para representaciones con marionetas. Sin embargo, las cosas se torcieron. La madre de Simon enfermó, le diagnosticaron una demencia y tuvo que regresar a Mons. Se vieron algunos meses más, pero poco a poco las visitas se fueron espaciando. ‘No duró mucho, pero ya ves, Nacho, de alguna manera ha durado hasta hoy’, dijo André.

Me encantaba como pronunciaba mi nombre, con esa ‘ch’, que sonaba como una ‘x’ suave y prolongada. Noté que la historia le había entristecido, y sentí que me había equivocado empujándole por ese camino. No era mi intención remover sus recuerdos, y así se lo expliqué, un poco avergonzado. Me pidió calma y me dijo que debía escuchar todo eso para entender. La hora de clase había quedado atrás, y él se había pasado al francés, sin que importase el idioma que tocase ese lunes y sin que ninguno de los dos hiciese ademán de levantarse.

Después de Simon, André me contó que dejó la casa de sus padres y se mudó a un pequeño apartamento de alquiler en Wolowe Saint Lambert, un vecindario tranquilo, lleno de parques con rosales y parejas de recién casados empujando carritos. Entonces, empezó a trabajar con su familia, aunque pronto la relación con sus padres se volvió una mera cuestión de trabajo. Poco o nada sabían de su vida privada. Él cumplía con sus compromisos familiares y eso era todo. Fueron años de muchas soirées, de historias cortas, alegres, ligeras, historias que no dejaban heridas, ni recuerdos. Era joven y Bruselas crecía, recibiendo año tras año a cientos de extranjeros que llegaba a trabajar en las instituciones de la UE, dispuestos a sacar lo mejor de la petite Belgique. ‘La vida era fácil, Nacho’, me dijo, haciéndome pensar que una frase así sólo podía anticipar algo terrible.

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Las dos vidas de André (II)

Las dos vidas de André (I)

 

BAr du Matin

Él pedía una brune, que bebía con una calma pasmosa, haciéndola durar hasta el final de la clase; yo, una vedette, que apuraba sediento en el primer cuarto de hora. Nos veíamos los lunes a la tarde en el Café de l’Université,  a la entrada del campus de la ULB. Él llegaba con su pequeño Citroën azul, con los asientos llenos de folletos de promociones inmobiliarias y folios desordenados. Era tan alto que, cuando salía del coche, uno no podía creer que entrase allí. Se llamaba André Jordan y le conocí en una de esas webs de intercambio de idiomas cuando llegué a Bruselas. Él se había enamorado del español durante unas vacaciones en Madrid y continuó estudiando al regresar a Bélgica. Necesitaba tiempo para encontrar ciertas palabras, y tenía dificultad con algunos sonidos, pero era capaz de desenvolverse en una conversación sin demasiados problemas. Una semana nos dedicábamos a hablar en español y la siguiente en francés: ése era nuestro acuerdo.

Vestía con jerseys de pico y pantalones de tela, formal, pero con un punto desaseado, como si acabase de levantarse de la siesta. Cerca de los cincuenta, André era una persona atractiva. Espigado, con un pelo negro peinado con raya al medio, ojos de un azul muy claro y maneras elegantes, tenía un aire de niño malcriado, escondiendo su fragilidad entre sarcasmos y una cierta altitud altiva.  Al principio me pareció un poco estirado, no acaba de encontrar la gracia a sus sarcasmos sobre mi ‘acento bárbaro’, como solía decir. Sin embargo, me gustaba que fuese exigente, que me parase, haciéndome repetir alguna palabra una y otra vez, aunque en ese momento lo encontrase irritante. Si me dejaba llevar por la historia que estaba contando, descuidando la gramática o la pronunciación, me llamaba la atención, recordándome que se trataba de una clase. Él se sentaba con las piernas cruzadas y la espalda un poco reclinada para encajar en aquellas mesas bajas de madera y, si cometía algún error, hacía aquel sonido, un chasquido con la lengua que me obligaba a detenerme y revisar.

No seguíamos ningún libro y las conversaciones discurrían espontáneas y desordenadas, normalmente en torno a la vida de cada uno. Yo le hablaba de como iba encontrando mi sitio en la ciudad, mis nuevos compañeros de pisos, las clases de francés en la EPFC, las entrevistas de trabajo. Él me escuchaba concentrado, aunque nunca sabía si lo que le interesaba era mi vida o mi gramática. A él le sorprendía mi capacidad para encadenar preguntas y, cuando creía que mi curiosidad iba demasiado lejos, me paraba con un gesto seco con la mano. ‘Hay que ver que intrusivos sois los españoles’, protestaba.

Nos vimos algo más de un año y no sé si llegamos a ser amigos, pero me agradaba su compañía. A medida que mi francés mejoraba, la lista de temas que compartía con él también crecía. Son extrañas las relaciones que surgen con las personas. Usamos un número limitado de palabras para definirlas: ‘amigos’, ‘novios’, ‘compañeros de trabajo’, ‘conocidos’… Pero resultan insuficientes y, no pocas veces, referirse a alguien con una de esas etiquetas traslada una idea más equivocada que acertada del tipo de relación que queremos describir.

Con André llegué a hablar de temas que no me atrevía a comentar con amigos por miedo a sentirme juzgado. La rigidez que mostraba como mi gramática desaparecía cuando escuchaba mis problemas. Quizá ayudase la diferencia de edad o esa libertad que nos daba vernos como desconocidos, como personas que coinciden en un tren y saben que cada uno seguirá su camino y todas esas confidencias se quedarán en el vagón. Por aquel entonces había comenzado a deslizarme por un terreno peligroso, sintiéndome atraído por un amigo al que no le gustaban los chicos y al que veía con frecuencia. La situación empezaba a asustarme. Cada día necesitaba estar más tiempo con él, y sabía que aquello no me conducía a ningún lugar bueno. Me había dado cuenta tarde y me sentía frágil y sin recursos para saber como afrontarlo. Un poco avergonzado, lo mantenía en secreto y él me ayudó a resolverlo con eficacia y sin decisiones dramáticas.

Lunes tras lunes fui descubriendo a André, enganchándome con el placer que uno siente con esos libros de inicios difíciles, que, como un embudo, se ensanchan y crecen a medida que uno avanza. De carácter reservado, cada vez que me revelaba algo de su vida privada me iba con la impresión de haber conquistado una parcela de confianza y con el deseo de seguir abriendo más puertas. André vivía en Uccle, uno de los barrios más exclusivos de Bruselas. Su familia era propietaria de apartamentos en Schuman, y él gestionaba los alquileres. Con eurofuncionarios como inquilinos, el trabajo no le daba quebraderos de cabeza y le proporcionaba una manera desahogada de vivir, dejándole tiempo para sus aficiones, fuesen cuales fuesen.

Nunca me había comentado nada acerca de sus parejas o de su vida sentimental y sentía curiosidad. Un día me atreví a plantearle la pregunta. Se quedó callado, tomó una almendra del bol de cristal y se enderezó en la silla. Reposó sus antebrazos sobre la mesa, cruzando los dedos de las manos, y yo me preparé para ser tachado de nuevo de ‘bárbaro intrusivo’, pero esta vez no fue así.

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Las dos vidas de André (I)

La película sin final

Butaca vacía

Haría diez años que no le veía, intenté recordar la última vez y apareció su cabeza cuadrada de robot adolescente asomando por encima de mi hombro, sentados en el aula de la academia. Le vi de perfil, mientras cancelaba su bono. Yo había cogido el 95 para bajar desde la Avenue de la Couronne a la Bourse, y me había sentado al fondo. Él subió en la Place Luxembourg, rodeado de funcionarios con gabardinas negras empapadas y prisa por alejarse de Bruselas el fin de semana. Llovía con fuerza y el Ralph’s y el resto de las pubs cercanos al Parlamento habían instalado en sus terrazas estufas y carpas para el afterwork de los stagiares. Vestía un abrigo corto, y recordé que siempre me había gustado su ropa. No tenía noticia de que viviese en Bruselas, pero tampoco me sorprendió. Simplemente sabía que había estudiado Historia del Arte y que una enfermedad larga le apartó de las aulas algún tiempo.

¡Cómo le había odiado! Sus estúpidas bromas y su afición a ponerme en ridículo. Le recordaba titubeando, disimulando con chistes absurdos su incapacidad para resolver los ejercicios más básicos, exagerando hasta el extremo sus errores para convertir su torpeza en un show con el que entretener a la clase. Mejor parecer payaso, que idiota, supongo que pensaba. Tenía algún defecto leve al pronunciar, no recordaba cuál, ni siquiera si era un defecto o el resto de un acento, lo que no había olvidado era su escandalosa risa equina.

No estábamos en el mismo grupo de amigos, sólo coincidíamos en la academia un par de tardes a la semana. De regreso a casa se desviaba para acompañarme un rato. ¿Se puede detestar a alguien y, al mismo tiempo, buscarle para estar con él? Supongo que todo resultaba contradictorio entonces. Me irritaba, pero me daba pena. A veces alguien se burlaba de su manera de hablar, yo fingía que me alegraba, sin embargo, tenía un punto de fragilidad que me podía, quizá su aspecto de niño que había crecido antes de tiempo. Un sábado al mediodía me llamó. Nunca lo había hecho, ni siquiera sabía cómo había conseguido mi número.

Acepté, pero no se lo dije a nadie. Fue algo de lo que tardé en hablar. Al llegar al Xesteira, él estaba en la entrada, mirando fotografías de escenas de películas sujetas a un corcho con alfileres. No recuerdo cuál íbamos a ver, eran años que iba con frecuencia al cine. Entonces no sabía la razón o no la quería saber, pero allí sentados, me sentía incómodo. En un momento noté su brazo pasando por mi espalda. Me levanté y salí del cine. Seguimos coincidiendo en la academia, pero nunca hablamos de aquello. Nos limitábamos a saludarnos e intercambiar algún comentario sin importancia. Él dejó las bromas y también de acompañarme a casa. El curso siguiente, cambié de academia y nos perdimos de vista.

Habían pasado diez años, y sentía curiosidad por saber qué había sido de su vida y quizá también me apetecía que supiese algo de la mía. Le llevó más tiempo reconocerme a mí que yo a él. Yo estaba de pie en el pasillo, agarrado a una de las barras, intentando no perder el equilibrio. Con la lluvia, el suelo estaba resbaladizo y los cristales del autobús se habían empañado por el vapor. No parecía nervioso, simplemente sonrió sorprendido. En cuatro frases atropelladas nos pusimos al día, sin pensarlo, le dije que deberíamos vernos y nos intercambiamos el móvil. Le conté que había quedado en el Fontainas y le animé a pasarse para presentarle a mis amigos. Cuando le pregunté si conocía el sitio se quedó callado un par de segundos, como si le sorprendiese, y no contestó. Se bajó en la siguiente parada. Nunca nos llamamos, pero me habría gustado que se hubiese acercado aquella tarde y preguntarle cómo terminó aquella película.

 

La película sin final

Mi primera suegra

2016-08-02 18.24.53

Pongamos como nos pongamos, la palabra suegra no es bonita. En Francia, le llaman belle-mère,  madre bella. Suena a piropo, aunque conociendo a nuestros vecinos apostaría que es ironía. De hecho, en Bélgica, belle-mère se usa también para denominar un cepillo para fregar platos. Los ingleses han optado por mother-in law, una especie de madre por ley o madre política, una denominación técnica, descriptiva, propia de culturas con familias desapegadas. En castellano, sin embargo, hemos preferido suegra, del latín socra, que a todos nos suena un poco a ogra.

Yo estoy más cerca de la edad de mi suegra que de la de mi novio, lo cual no deja de ser un dato. Ella vive en Miranda de Ebro. Un par de veces al año viene y un par de veces vamos. Se llama Feli y mi Lama tiene su nombre tatuado en el tobillo derecho, con lo cual la tenemos muy presente. Cuando Feli y mi Lama se juntan, uno debe abrirse a la banda. Mi Lama no es mi primer novio, pero Feli es mi primera suegra. No es que hasta ahora saliese con huérfanos, simplemente ellas no estaban presentes. Pese a ser mi única experiencia como yerno, sé que Feli no es una suegra al uso. Que nadie la imagine cocinando especialidades de Miranda porque ella y mi Lama se las saben todas para no encender el horno. Dominan los precocinados, la respostería industrial, pueden recitar de memoria varios teléfonos de pizzerías y están a la última de las novedades en el carrillo -como llaman los mirandeses a las tiendas de golosinas-. Cuando nos visita, los armarios de la cocina y la mesa del salón se llenan de palmeritas de hojaldre, sobados bañados en chocolate, belvitas  y todo un surtido de gominolas, de las que se saben su nombre y apellido. A ellos, la dieta se la trae el pairo porque, coman lo que coman, su organismo carece de la capacidad de generar grasa, y encuentran divertidísimo el estrés que nos provocan a los que vivimos peleando con el autocontrol.

Mi suegra viene de una familia fuerte como las rocas de Pancorbo, con su padre, Sebastián, a la cabeza, que cruzará los noventa en bicicleta, doblando el espinazo en el huerto y al que aún le brillan los ojos delante de una buena chuletada; con su hermano Fernando, montañero que ha visto el mundo desde los ocho mil y sigue buscando cumbres nuevas, y su hermana Mari, que lleva dentro un motor de muchos caballos y no para, y, además, nos llena el maletero de tarros de tomates que saben a tomates. Feli no es de regalar sonrisas, aunque últimamente se le escapaban cada vez más. Con veinte años de cajera en el supermercado sabe ser amable hasta el lunes a primera, pero también tiene siempre listo y afilado el gesto de pararle los pies a los clientes impertinentes. A ella, le gustan las cosas a su tiempo. No remolonea para llegar antes al súper si hace falta, pero le gusta salir a su hora y tomarse un marianito ante de volver a casa para sacar a Nico.

Hace un año, Feli alquiló un octavo con un balcón desde el que se ve la Picota y la silueta de los montes que rodean el valle del Ebro. Vista nueva para una vida nueva. Se mudó después de tomar una de esas decisiones que necesitan cabeza y que no tiemble el pulso, especialmente cuando no hay razones fáciles de explicar, simplemente el deseo de cambiar, sin tener miedo a que quizá sea tarde, sin renunciar a las ganas de vivir de otra manera porque ella se ha vuelto también de otra manera, aceptando que se puede perseguir la felicidad de uno sin sentirse rehén de la felicidad de otros, por estupendos que sean y por mucho que les quiera.

A Feli cada vez le cuesta menos venirse a Galicia, aunque ahora tenga que hacerse nueve horas de tren. Le encanta desayunar en los cafés de Cuatro Caminos, pasear por Riazor e irse a buscar a mi Lama para decidir si van al japonés, de tapas o a ver que se inventan para no cocinar, y se pueden echar pronto la siesta en el sofá con Divinity de fondo.  En Coruña no acaba de entender al Atlántico y se sigue fiando de los cielos azules,  pensando que basta con que el sol brille para que caliente. Este verano se ha enamorado del calor irrespirable de Ourense en julio, pero también ha regresado con los bolsillos llenos de piropos. Todo el mundo la ha encontrado más guapa y llena de energía. Ella dice que es el pilates, y yo creo que el pilates ayuda, pero no lo explica todo. Durante estos cinco años nos hemos ido conociendo, charlando en el sofá y tomando esa infusión de cola de caballo que trae y se olvida a propósito cuando se marcha porque sabe que me gusta. Sé que este tiempo no ha sido sencillo para ella y me alegro de que las cosas vayan encontrando su sitio y que, poco a poco, le esté llegando el tiempo de las buenas noticias.

 

Mi primera suegra

Los calcetines de la suerte

calcetines azules

Faltaba un cuarto de hora para las doce, y, como un cañón de luz, el sol abrasaba las losas de piedra. Apenas resistía una franja de sombra en las escaleras del Concello, donde Pablo se refugiaba. Al sentarse se levantó el pantalón del traje en el tobillo  y asomaron los calcetines de franjas azules y blancas. Estudió bien la posición, quería que los viese nada más llegar, y hacerla sonreír: aquel inesperado detalle pop para su día. Al otro lado de la plaza pasó un vendedor de lotería con un labrador gordo, sofocado, y un camarero comenzó a abrir las sombrillas sobre las mesas metálicas de una terraza. En realidad, nunca había pensado que sucedería así. Doce meses antes ni siquiera sabía que ella existía. Si hubiese rechazado la invitación de Isaac, ahora no estaría esperándola.

Recordó su nerviosismo cuando la conoció, el verano pasado, sus dudas al bajarse en el aparcamiento de Casa Miro, avanzando por el sendero blanco de grava que atravesaba el pinar hasta el restaurante. A Pablo las bodas le traían recuerdos amargos. La última había sido hace un par de años, el viaje con Nancy a Deauville, un pueblo en la costa de Normandia donde la familia de ella pasaba los veranos. Se casaba la hermana pequeña de Nancy y ahora recordaba aquel fin de semana como uno de los últimos momentos completamente felices, antes de que empezaran las sospechas, las discusiones y de que todo se desmoronase. Con esos recuerdos, Pablo había estado tentado de no aceptar la invitación de Isaac, pero no tuvo valor. Apreciaba a su amigo, estaba en deuda con él y sabía que le gustaría que estuviese. Por si fuese poco, debía acudir solo. Conocía a algunas personas, pero ir sin pareja no haría las cosas más fáciles. Todos esos tiempos muertos, fingiendo consultar el móvil, intentado alimentar conversaciones con desconocidos.

La reconoció nada más sentarse a la mesa. La había visto en la terraza, mezclada con el resto de los invitados, y le llamó la atención la combinación de aquel vestido azul, delicado, y que fuese la única sin copa, bebiendo una botella de Estrella. Se llamaba Patricia y venía acompañada de su novio, un tipo serio, ausente de las conversaciones y con cara de preferir estar en cualquier otro sitio. Le contó que trabajaba con Isaac. Habían sido los últimos arquitectos en entrar en el estudio y Pablo les imaginó haciendo jornadas interminables y viendo como otros firmaban sus proyectos. El vestido dejaba ver unos hombros estrechos, salpicados de pecas, tenía unos ojos rasgados que le daban un aire de estar muy concentrada. Todo en ella transmitía una alegre mezcla de fragilidad y vitalidad. Enseguida se sorprendieron al darse cuenta de que los dos habían nacido en Vasallo Martínez, la misma calle de Coruña, apenas a un par de portales de distancia. Aún siendo casi de la misma edad, jamás se habían visto. Semejante casualidad les dio motivo para alargar la conversación, recordando las torrijas de la pastelería San Lorenzo, los apagones durante la tormentas de verano o las siniestras bandadas de gaviotas sobre los tejados del edificio de Telefónica. Poco a poco su conversación se fue separando del resto, sin que a su novio pareciese importarle. Mientras hablaba, Pablo intentaba imaginarla de niña, quizá en la parada del autobús, a punto de coger el 3 para ir a clase a Dominicos.

Odiaba la música de las bodas, y esa manía de acabar bailando en corro. Salió a la terraza, hacía una noche calurosa, sin rastro de esa brisa que sopla siempre en Coruña. Pensó que debería haber bebido algún gin-tonic menos para coger el coche. Se alegraba de haber conocido a Patricia, le habría gustado que la cena hubiese durado más y creía que a ella también, sin embargo, hacía tanto tiempo que no vivía eso, que quizá fuese una impresión equivocada. Al fin y al cabo, ella estaba dentro, bailando con su novio y él, en la terraza, aireándose para regresar al hotel. Desde allí se veía el fondo de la ría, la sombra oscura de las bateas sobre el agua y, en la orilla, las luces amarillas de algún pueblo que no conseguía identificar. Podría pedirle el teléfono, pero le pareció ridículo. Uno debía alegrarse por estos encuentros y dejarlos ir. Se sintió un poco pesado, le sobraba algún kilo. Debería volver a la bici.

El sonido eléctrico del reloj marcando las doce le sobresaltó, pero nada se movió en la plaza. Hasta las palomas permanecieron quietas. ¡Qué lejos quedaba el recuerdo de aquella boda! La franja de sombra se había estrechado y Pablo pegó la espalda a una de las macetas que adornaban las escaleras al Concello. Ella nunca se retrasaba, y empezó a impacientarse. Eran demasiado cliché sentirse nervioso.  De lejos llegaba el ruido del tráfico, las calles de la zona vieja eran peatonales, así que esperaba que apareciese doblando la esquina que comunicaba con la alameda. ¿Y si se había arrepentido? Los dos habían reconocido que aquello no figuraba en sus planes. En el fondo sentía que saldría bien. Con ella, la suerte estaba de su lado. Pablo miró el móvil, y recordó la segunda vez que se habían visto. ¿Cuál es la probabilidad de coincidir en dos bodas el mismo verano? ¿Más alta que la de compartir mesa con alguien que ha nacido a dos portales de tu casa? Sin duda, la probabilidad no tenía nada que ver con lo suyo.

Se recordó al volante, forzando el pequeño Swift, subiendo las curvas de aquella carretera enrevesada como un tirabuzón, dejando a la derecha un parque eólico. Resultaba difícil de creer que alguien se casase en un lugar más alto que la loma donde habían instalado aquellos molinos. Conducía concentrado y su amiga Sandra no quitaba ojo a Google Maps, como si hubiese alguna posibilidad de perderse en aquella sierra pelada. A lo lejos divisaron San Blas, apenas un puñado de casas de piedra y una capilla. Sandra fotografió con el móvil caballos pastando, y, a medida que se acercaron, vieron un autobús y una hilera de coches. Pablo sonrió al distinguir a Marcos, vestido de chaqué, agitando el brazo desde el atrio de la iglesia. Sandra tenía frío, incluso antes de salir, y no paraba de quejarse. Gracias a dios, allí se celebraría solo la ceremonia y luego regresarían a Muras. Aparcó y ambos se echaron a correr, temían ser los últimos. A medida que se aproximaban, creyó reconocerla, pero le parecía imposible.

A Patricia, aquellas coincidencias la volvían loca. Entre Aperols Spritz advertía divertida a Pablo de que el guión estaba escrito y que deberían ir con cuidado porque, como Andie MacDowell y Hugh Grant, si seguían sumando bodas terminarían viéndose las caras en un funeral. Pablo se dio cuenta de que esta vez no había rastro del novio huraño, y se apresuró a dejar claro que Sandra y él eran amigos. ‘Casi primos’, se le escapó, sintiéndose ridículo por el matiz innecesario. En esta ocasión, no los sentaron juntos, pero ambos se buscaron en el aperitivo y en el baile. Patricia llevaba un vestido de sisas amarillo, ligero, que le hizo pensar en ella montada en bicicleta, pedaleando camino de alguna playa. Al acabar la cena salieron a la finca detrás del comedor. Desde unos columpios llegaban las risas de un grupo de invitados, y se veía la brasa roja de algún cigarro. Era noche cerrada, la hierba estaba alta, y el aire impregnado del olor dulce del hinojo en verano. Caminaron hasta un bosque de abedules cerca de un río. Pablo sentía los nervios en el estómago, y los pensamientos bullían, alborotados como burbujas. Nunca habría pensando que ocurriesen cosas así fuera de las películas. A él jamás le había pasado. Todo parecía haberse confabulado para llegar hasta aquella noche, como si hubiese un plan que desconocía. Sentía que había tenido suerte, y el pensamiento le parecía nuevo y extraño. Ella se quedó callada, y le miró. Cuando se besaron, tuvo la impresión de que algo había cambiado y que las cosas ya no volverían a ser igual.

Funny socks, al fin Pablo consiguió recordar la marca de esos calcetines. ¿Qué haría ahora con ellos? Una familia de turistas atravesó la plaza, lentos y torpes, como gigantes blancos, derritiéndose con el sol de julio. Se desplomaron debajo de una de las sombrillas, y Pablo lamentó que a nadie le importe como viste en vacaciones. Ir cómodos parece ser lo único que cuenta, y las calles se llenan de pantalones pirata o de esas grimosas bandoleras cruzadas. Se vio desde fuera e imaginó su propio aspecto. Creerían que se trataba de algún borracho en traje, decidido a no regresar a casa. Aquel último año había sido vertiginoso. Todo había transcurrido demasiado rápido, como si los dos estuviesen imbuidos por una prisa irrefrenable, intentando recuperar el tiempo que otros les habían robado. Quizá mañana se sentiría triste, pero ahora deseaba recordarlo todo como una historia perfecta, completa. A la plaza llegaban otros turistas y los primeros funcionarios salían a comer. Mientras se alejaba, pensó que no le pediría ninguna explicación, no la necesitaba. Sin saber bien por qué, sintió que ese sentimiento de sentirse afortunado seguía ahí, intacto y se prometió conservarlo. Después, decidió que nunca tiraría esos estúpidos calcetines.

 

Los calcetines de la suerte

Conversaciones pendientes

Lab

Subí a su casa una sola vez. Vivía en un piso heredado cerca de Balaídos, en un bloque de edificios al final de la Avenida do Fragoso. Conservaba el mobiliario original, mesa de formica, aparadores de madera con tiradores dorados, y uno de esos fruteros de cristal grueso que antes se veían en las cocinas. Me llamó la atención que todo se mantuviese igual, supongo que la mayoría habríamos metido aquellas antiguallas en cajas para salir pitando a Ikea, sin embargo, estaba claro que a Mario no le importaba. Vestía con vaqueros y camisetas de colores sobrios. Sin que su ropa fuese fea, todo tenía aspecto de haber sido comprado hace un par de años. Alto, desgarbado, de niño había jugado a tenis y se notaba en la elegancia de sus gestos, ágiles y ligeros, como los movimientos de aquellos que se llevan bien con su cuerpo. Tenía el rostro aniñado, con ojos verdes, y la piel blanca, fumaba sujetando el cigarro entre el índice y el anular, con el resto de los dedos abiertos, y al reírse se le formaban unas arrugas en la comisura de los labios que le acentuaban el aspecto de adolescente, aunque se acercaba a los treinta.

Mario fue una de las primeras personas que conocí al mudarme a Vigo. De conversación fácil, animado, me pareció alguien con quien resultaba sencillo hacer planes. Tardé tiempo en darme cuenta de sus manías, y todavía algo más en reconocer ciertos patrones. Cada año al empezar el curso llegaba sobreexcitado, hablando de sus alumnos nuevos en la universidad. Entre sus aspirantes a investigadores siempre había alguno que le llamaba la atención, y pronto nos confesaba que tenía la sospecha de que existía una cierta atracción mutua. En realidad, nunca era un caso claro, siempre eran conjeturas a las que llegaba por detalles de lo más asombroso, como que sólo le veía con chicas en la cafetería o que su peinado era demasiado arriesgado. De pronto, esa persona se convertía en el protagonista de sus historias. A Mario se le daba bien el relato, sabía mantenernos en ascuas e ir creando personajes. Al poco tiempo, todos estábamos enganchados, deseando un desenlace feliz, quizá una declaración de amor en el laboratorio. Sin embargo, esos finales jamás se hacían realidad y, al comprobar que curso tras curso se repetía el caso del alumno misterioso, comprendimos que se trataba de fantasías.

A Mario le encantaba recordar sus años en el Institute of Cancer Sciences de Glasgow durante el doctorado; su adoración por Belle and Sebastian, los primeros conciertos de Teenage Fun Club y Franz Ferdinand y ese amor platónico por Evans, su director de tesis, que le había dejado su fascinación por los pelirrojos y la eterna duda de si podría haber sucedido algo más. Como su ropa, el resto de aventuras en la vida de Mario parecían haber sucedido cinco años atrás. Siempre me llamó la atención que, pese a ser un lector voraz y hablar varios idiomas, le entusiasmaba la telebasura. Estaba al tanto de todos los chismes de las celebrities, hasta el punto de hacernos esperar sentados a la mesa en algún restaurante simplemente porque se había quedado en casa a ver una entrevista de algún personaje del corazón. En realidad, aquello nos parecía divertido y Mario resultaba como una enciclopedia a la que recurrir cuando surgían dudas acerca de esta folclórica o de aquel marqués.

Más allá de sus fantasías, sus historias con los chicos nunca llegaban a buen puerto, aunque sería más exacto decir que nunca salían de puerto. Mario tenía atractivo y, más de una vez, fui testigo de las oportunidades que se le presentaban de noche. Era bastante frecuente que le piropeasen, y él se dejaba halagar con una mezcla de timidez y la naturalidad de quien ha crecido siendo el niño mono de la familia. Sin embargo, sus aventuras apenas iban más allá de un par de besos inocentes. Siempre encontraba alguna excusa para convencerse de que aquel no era un chico para él y cortaba la historia, como si la vida real nunca estuviese a la altura de lo que su imaginación le prometía.

Su aspecto era el de una persona saludable, pero quienes le conocíamos sabíamos de sus frecuentes visitas a los médicos, sus pruebas en el hospital o sus tratamientos para la espalda, que le daba la lata. Se diría que Mario conocía a todos los especialistas de la ciudad, y siempre tenía una opinión muy clara cuando alguno le pedíamos una referencia. Poco a poco, ese tipo de achaques parecían ir a más y empezamos a dudar de hasta donde llegaba la realidad y donde su aprensión. Enseguida dejó de viajar y jamás se apuntaba a ningún plan fuera de Vigo. Nos explicaba que le aterraba la idea de sufrir una crisis lejos de casa.  Aquello llegaba a extremos absurdos, como rechazar ir a un cumpleaños a Baiona, a unos kilómetros de Vigo, desde donde cualquiera podría acercarlo al médico. Pronto dejó de también de ir a conciertos y de salir de noche. Parecía que tomar un café fuese la única manera de verle.

Aquella actitud nos sorprendía y nos resultaba difícil de entender. En el grupo, a menudo comentábamos hasta qué punto se trataba de crisis reales o de algún tipo de obsesión que estaba volviendo su mundo cada vez más pequeño y limitado. En cualquier caso, lo echábamos de menos e intentábamos acomodar nuestros planes para que estuviese. Mario fue espaciando las veces que nos veía, y aducía excusas cada vez más rocambolescas. Llegamos a pensar que se sentía molesto, que quizá habríamos dicho o hecho algo que le hubiese sentado mal y de lo que no éramos conscientes. Pronto su actitud llegó a irritar a algunos amigos, cansados de ver como rechazaba sus invitaciones, por especial que fuese la ocasión.

‘¿Sabes algo de Mario?’ se convirtió en una pregunta recurrente. Quizá había encontrado otro grupo con el que se sentía más a gusto. Fuese lo que fuese, estaba claro que su decisión de distanciarse era deliberada, sin que acertásemos con la causa. Elías, un amigo que siempre había tenido más relación con él, hizo un intento de sentarse y tener una conversación franca, sin embargo, sus evasivas dejaron claro que no era su intención dar explicaciones. Las razones médicas, si habían sido importantes al principio, teníamos la certeza de que no eran las únicas y que había otras más difíciles de explicar. Con el tiempo, la sensación de malestar y confusión se fue diluyendo, y nos acostumbramos a que no estuviese. Vigo no es una ciudad grande, pero jamás coincidíamos. Supimos por terceros que continuaba dando clase con normalidad, pero pocas noticias más. En unos meses, Mario se había esfumado de nuestras vidas.

Casi un año después de nuestra última conversación, coincidimos. Yo bajaba una de las calles que llevan desde la Plaza de la Constitución a la Colegiata. Revisaba despistado los escaparates, buscando la librería Kalandraka, donde comprar un regalo a mi sobrina. Era una soleada mañana de sábado y, de repente, le vi. Caminaba hacia mí  y el encuentro frente a frente parecía inevitable. Había pensado que aquello podría ocurrir, sin embargo, a medida que me acercaba empecé a ponerme nervioso. No se me dan bien estas situaciones. ¿Cuál sería la manera natural de saludarle?

Nos detuvimos, él fumaba, me sonrió, y, tras decirnos hola, empezó a hablar atropelladamente. Me contó que su espalda seguía regular, que había comenzado a visitar a un osteópata nuevo y esperaba que fuese mejor. Me explicó también que se encontraba pálido porque había desarrollado una alergia que le impedía exponerse al sol. En realidad, quizá estuviese algo más blanco, pero yo no había notado nada. Mientras le escuchaba, sentí en el estómago un impulso de parar aquella conversación. Esperaba que, en algún momento se detuviese, tomase aire, y me dijese: ‘Sé lo que estás pensando…’. Y de pronto, todo aquel torrente de banalidades se recondujese y  dejásemos de aparentar que nada extraño había ocurrido y que éramos dos viejos amigos poniéndonos al día. No sé si sólo yo lo pensaba, pero no me atreví. Fue más fácil dejarlo pasar, y esperar los minutos suficientes como para que la despedida no resultase forzada. Luego, alguno de los dos se excusó, y nos despedimos.

Más allá de especulaciones, nunca supimos qué ocurrió, si existía algún problema que no vimos, si deberíamos habernos esforzado más por romper esa incomunicación que volvía todo tan incomprensible o si uno tiene que resignarse y aceptar que las fronteras de la vida privada sólo se deben cruzar cuando alguien te lo pide. Hace mucho tiempo de aquello. Desde entonces me he mudado de ciudad un par de veces, pero conservo recuerdos cariñosos de Mario. A veces me pregunto cómo será su vida ahora, quizá haya encontrado a ese alumno que imaginaba o quizá se haya vuelto a Glasgow a recuperar una vida que parecía echar de menos. Cuando pienso en él, siento que hay silencios espesos, hondos, difíciles de traspasar, conversaciones pendientes que podrían resolverlo todo si uno tuviese el valor de tenerlas. Sólo palabras, dirá alguien: tan sencillo y, tantas veces, casi imposible. Por un instante siento que he aprendido la lección, y me creo con el valor de marcar esos números de teléfono y resolver mis propias conversaciones pendientes. Quizá aquel encuentro en la calle con Mario hace casi diez años no fuese el mejor momento, pero podría haber sido una oportunidad y nunca sabremos cuántas más tendremos. Son sólo palabras y, sin embargo, ¿hay algo más difícil?

 

Conversaciones pendientes

El escudero de Villaverde

Bernardo

Últimamente se mete en cama, y le dan las uvas leyendo historias de reyes en Wikipedia. Mi amigo J. B. es de engancharse a las cosas. Yo le he visto tragarse tardes de domingo jugando al Saboteur sin soltar las cartas ni para ir al baño. Ahora se ha acabado todas las temporadas de Isabel y Carlos y le ha dado por la aristocracia. Con su memoria de notario, lo recuerda todo como si lo hubiese vivido, y aunque no es de presumir, si uno le tira de la lengua, recita todos los reyes y reinas de España de corrido, como quien canta la tabla del ocho. A J.B. la memoria le ha ayudado a ganar tres oposiciones, aunque él dice que no ha sido lo más importante, que la clave es intentarlo tantas veces como uno pueda. Cuenta que todo el mundo se asombra de sus aprobados, pero que nadie le pregunta cuántas ha suspendido.

Le conocí un lunes de noviembre en una clase para hacer deporte a las afueras de Bruselas. Llegué nervioso, después de un viaje de cuarenta minutos en metro, con la fantasía de encontrarme un gimnasio a rebosar de flamencos rubios, de esos que quitan el hipo. Una hora más tarde salí sin rastro de mis flamencos, pero con un bibliotecario de Villaverde con nombre de whisky -JB- y apellidos de suavizante -Blanco Delicado-. Tímido, más bien callado, con perfil iraní, que hasta lo paran en los aeropuertos, y acento castizo, pronto se convirtió en mi escudero en las verbenas belgas, que allí les llaman soirées.

A J.B. nadie le ha pagado un máster que le haya abierto las puertas de ningún despacho. Lo suyo ha sido a golpe de beca y luz de flexo. En su casa no estaban para alegrías, y se puso a hacer horas en el aula de informática de la Carlos III para pagarse sus gastos. Con su filosofía del paso a paso, primero se hizo con la diplomatura y luego la licenciatura, y lo mismo con las oposiciones; del grupo más sencillo al más alto, escalando hasta llegar a Bruselas. Dice que así iba sin presión, que siempre tenía trabajo y no era un todo o nada. Tampoco le podían enviar a Inglaterra en verano, pero eso no fue obstáculo, y en la Escuela de Idiomas se enamoró del francés y el italiano, y se peleó con el inglés, con el que sigue sin reconciliarse, y luego vino el alemán, y hasta nos felicita el cumpleaños en portugués. Sin embargo, el que le gusta a rabiar es el español y en Bruselas ha creado en torno a él todo un lobby de extranjeros fanáticos del castellano, y con el Brexit anda loco pensando que es el momento de dar el golpe.

Cuando su madre le visita en Bruselas, J.B. invita a comer a los amigos del trabajo, y la señora se ve rodeada de eurofuncionarios de todas las nacionalidades, polacos, rumanos, eslovenos, griegos… Cada cual pidiendo un poquito más de cocido en español, con su acento y sus vocales, y ella en el medio, asombrada con esa gente de tantas capacidades, y diciéndole a todo el mundo que Bélgica la encuentra más bien sosa, pero que no le disgusta del todo, aunque ella lo tiene claro: de Madrid al cielo, y con un agujero para mirarla.

J.B. y yo nos hicimos amigos caminando, con bufanda y las manos en los bolsillos, subiendo por la Avenue Louise, bajando a la Place Flagey, y entrando y saliendo de los bares de la Rue du Marché au Charbon, donde cada vez pasábamos más tiempo, y encontrábamos mejores motivos para quedarnos. Yo le contaba que no sabía qué pintaba en aquel país, y él me decía que se alegraba de haber escapado de Villaverde. Solíamos quedar los viernes en las escaleras de la Bourse para cenar en La Fin de Siècle, y luego al Fontainas. A él las noches le traían amores confortables, porque siempre le han gustado más bien señores, de esos que bajan a comprar pan fresco y te despiden con un zumo de naranja, mientras yo me despertaba en el piso de algún Erasmus, aliviando mi resaca con yogures caducados y baños compartidos. El domingo nos contábamos la crónica en el salón de su casa, al lado de una tortilla en invierno o de un gazpacho cargado de vinagre en verano.

Desde que me he vuelto a Galicia ha bajado unas cuantas tallas porque no tiene quien le empuje a probar restaurantes nuevos o que le insista en tomarse una última, esperando a que den las cinco para volver a casa en metro. Ahora se cuida y se ha apuntado a spinning, y body pump, aunque cada noche se premia con una onza de chocolate negro, la pone debajo de la lengua y deja que se disuelve mientras se va sumergiendo en las penas de Juana, la Loca y las perrerías de Felipe, el Hermoso. Y por buena que esté, sólo se permite una onza, que J.B. otra cosa no tendrá, pero voluntad le sobra.

Mi amigo no es de protagonismos, y tampoco le va ponerse sentimental, pero sabe elegir los momentos para estar, y hace unas semanas me dio una sorpresa de las que se recuerdan. Aunque los trenes no coincidían y hubo algún susto por el camino se las arregló para venir a Galicia a celebrar mis cuarenta. Hace seis años que regresé de Bélgica, y él cumple diez allí.  Como con Bruselas, con J.B. tengo la sensación de haber descubierto un lugar inesperado, uno de esos lugares a los que cuesta tiempo llegar, sin las luces de los espacios comerciales, ocultos a la primera vista, pero que al entrar y descubrir lo que guardan dentro, uno se asombra, sonríe y siente ganas de quedarse.

El escudero de Villaverde