Mis enfermos imaginarios

Fantasmas

Somos una familia sana y, sin embargo, nos vuelven loco las enfermedades. En realidad, les tenemos un pánico terrible, pero no podemos vivir sin ellas, como casi todas las cosas a las que uno le tiene pavor. Mi hermana Sonia maneja un censo exhaustivo del estado de salud de parientes y amigos, y disfruta manteniéndonos puntualmente informados. Cada vez que nos sentamos a comer, nos da el parte y, si trae en el bolsillo algún caso truculento, se le abren los ojos y le brillan las pupilas. ‘¿Os habéis enterado de lo de Teresita?’. Y todos nos echamos la manos al estómago, sintiendo ya en nuestro cuerpo los primeros síntomas.

No sabemos cuál es el origen de este terror porque tanto por vía materna como paterna hemos encontrado trazas de hipocondria. Mi padre, que no soporta un capítulo completo de House, está convencido de que el secreto de la longevidad está en el senderismo, y, desde que se jubiló, vive como un maqui, pasando más tiempo en el monte que en casa. Mi madre, una yonki de los programas de medicina natural,  ha acumulado un conocimiento tan vasto de remedios caseros que no le llegan las letras del abecedario para nombrar las vitaminas que conoce. El caso es que los cinco hijos no sólo hemos heredado este gen, sino que lo hemos llevado a una escala superior.

En el pódium se encuentra mi hermana Rebeca, que vive en una lucha diaria para conquistar la inmortalidad por la vía de los seguros médicos y las herboristerías. Ha pasado por las dietas orgánicas, la macrobiótica, el pilates, el yoga, el mindfulness. Un día lee que la cúrcuma previene el cáncer, y cúrcuma hasta en la pasta de dientes. El santo de su marido tiene que beber Coca Cola a escondidas, y a su hija la premia con la ‘golosina inteligente’: una triste madarina.

Para mi hermana Sara, la causa de toda enfermedad se encuentra en la comida, así que cada semana declara la guerra a un grupo de alimentos. Hace poco vino a cenar. Estresado con la noticia, repasé todas sus fobias, y me pareció recordar que el pollo todavía sobrevivía a su criba. Error garrafal. Me explicó que sólo le gusta si se prepara en filete, si está cocinado en pedacitos se le cierra el estómago. Cuando nos lanzamos a hablar de enfermedades, Alex nos mira como si estuviésemos locos y exhibe su capacidad para comer en un McAuto como un signo de salud mental. Sin embargo, el más pequeño de la familia es, sin duda, el peor paciente. La más leve de las dolencias, el más insignificante de los catarros desata un torrente de lamentos, constantes, monocordes, infinitos; tanto ha ensayado el arte de protestar que su tono de voz ha adquirido con el paso de los años la cadencia de un quejido, como aquellos dibujos animados de ‘Leoncio y Tristón’, y hasta cuando canta un cumpleaños suena como un fado.

Antes de Rebeca, yo reiné en el podium muchos años, especialmente, en mi etapa universitaria. Entonces, la doctora Rosa, del ambulatorio de Concepción Arenal de Santiago, era una persona imprescindible en mi vida. Pese a ser su paciente incordio, estoy seguro de que me admiraba en secreto. En el fondo sabía que, con apenas 20 años, había logrado sobrevivir a infartos, tumores, derrames cerebrales y un montón de virus tropicales que sólo yo creía que habían llegado a Compostela. Con los años, he conseguido dejar atrás esas neuras, y estoy seguro de que mi querida doctora Rosa me añora y saca a relucir mis visitas para animar sus cenas de Navidad. Lo cierto es que nunca he hecho demasiado caso a los refranes, pero hay uno que me viene a la cabeza cuando esos miedos amagan con volver: ‘Lo que no mata engorda’. Sin embargo, al mirarme en el espejo me pregunto si mis enfermedades serán realmente tan imaginarias, a juzgar por los kilos reales que se acumulan en mi cintura.

Mis enfermos imaginarios

Mi último verano en un armario

armario 4

Pasábamos el verano en la Derrasa, y, después de comer, salimos a dar un paseo para no inquietar a mis hermanos. Quise que mis padres lo supiesen desde el principio. Llevaban semanas preocupados por mi estado de ansiedad, y les dije que necesitaba hablar con ellos. Mi madre se esforzaba por no aparecer atacada, y mi padre me miraba en silencio, esperando la confesión de alguna maldad. Con la tendencia de mi familia al tremendismo, a saber qué pasaba por sus cabezas. Había ensayado tanto aquella conversación que me llevó tiempo llegar al titular. Todos esos rodeos y el cuidado eligiendo las palabras hicieron que mi madre se desesperase y sufriese un mareo que casi la tumba. Mis planes de conseguir que aquello discurriese de manera sosegada se fueron al traste y la conversación terminó en el centro de salud de Juan XXIII, con mi madre explicándole a un médico de guardia como la noticia de que a su hijo le gustaban los chicos le había cortado la digestión.

Aquel verano de 1997 tuvo capítulos de tragedia griega, pero, como los grandes dramas, también escenas cómicas. Recibí decenas de consejos, y no tengo duda de que, detrás de ellos se encontraban las mejores intenciones, sin embargo, también una cierta imprudencia. Con tono de confesión, la madre de un amigo me comentó que el mundo estaba lleno de gente reputada de los que nadie sospechaba ‘lo suyo’, y que todo era cuestión de llevarlo con discreción y así conseguiría llegar tan alto como quisiese. Aquella mujer, que realmente me apreciaba, sólo buscaba animarme, sin darse cuenta de que sus palabras me invitaban a entrar de nuevo en un lugar del que me esforzaba en salir. Por suerte, no fue lo habitual y las reacciones más frecuentes se parecieron más a la de otra madre,  la de mi amigo Alberto. En cuanto me vio, la mujer me estrujo sin mediar palabra y me estampó dos besos explosivos. Al parecer, le daba una pena terrible que no pudiese tener hijos. No se imaginaba que, a los 21 años y, con el panorama que se me venía encima, la última de mis preocupaciones era no tener útero al que agarrarme.

De aquellos meses se me ha quedado grabada una frase. Una amiga se pasó un buen rato asegurando que ser gay era fantástico, y que ella jamás había tenido nada en contra de ‘este colectivo’. ¡Colectivo! ¡La de palabras nuevas que se incorporaron a  mi vida ese verano! Como cierre para su monólogo me miró a los ojos y, en una demostración de afecto, me dijo: ‘Además, Nacho, tú eres un gay como dios manda’.  Al momento, entendí que los gays que dios mandaba eran muy probablemente aquellos que nos cuidábamos mucho de no parecerlo.

Con mi tendencia al melodrama, ‘lo mío’ se convirtió en el monotema del verano, mis amigos me llamaban si algún gay salía por televisión, o me proponían presentarme a un compañero de su clase que tenía en Almería un primo ‘igual que yo’, como si fuésemos los dos últimos osos panda sobre la tierra. Por si todo fuese fruto de mi hipocondria y la ayuda de un experto conseguía devolverme al lado adecuado de la acera, mis padres me llevaron a una sexóloga.  Al entrar en su consulta y escuchar el motivo de la visita, la mujer me miró con cara de compasión, y me mandó a la sala de espera, mientras reservaba la terapia para mis padres. A la media hora salieron con un gesto compungido, y un montón de libros debajo del brazo. Hojeándolos en casa entendí perfectamente su cara de preocupación, todas aquellas historias empezaban con párrafos como: ‘Cuando sus padres encontraron a Ken ahorcado en el granero, ya era tarde para reaccionar’. Supongo que, en aquellos meses, desaproveché la ocasión de pedir a mis padres cualquier cosa, tantas eran sus ganas de verme feliz, que me hubieran consentido los caprichos más disparatados.

En realidad, nada fue tan difícil, ni tampoco tan sencillo. Lo viví con la intensidad del que ve moverse bajo sus pies su apacible vida de chico de provincias, y con la incertidumbre de sentirse distinto a una edad en la que no conseguir las zapatillas de moda era motivo de exclusión. Hoy me sonrojo cuando lo escribo con este tono de testimonio de superación, como si hubiese escapado de una lapidación segura. Con los años he visto que este tipo de escenas forman parte de la biografía de muchos amigos, con los mismos ingredientes de vencer el miedo, de sentimientos de vergüenza y culpabilidad, y que todo lo que esta historia tiene de especial lo tiene únicamente para mí. Hubo errores y algunas cosas tristes, pero sobre todo mucho cariño, y hoy sonrío cuando imagino qué habría pensado si ese verano alguien me hubiese propuesto contarlo todo en un blog.

Mi último verano en un armario

Esas cosas que hacen las parejas

Foot kissing

Siendo estudiante, el novio de una amiga le chupeteaba los pies mientras todos veíamos películas de vídeo. Él era un chico de lo más normal, con sus apuntes de Empresariales, sus pantalones de pinzas marrones y sus náuticos Camper. Aparentemente, inofensivo. Sin embargo, veía los pies de ella y se transformaba en un impetuoso cachorrillo de boxer, sin importarle quien estuviese alrededor. Hace poco le reencontré convertido en un comercial de traje y corbata, pulcro y comedido, con su ipad y su tarjeta personalizada. Sin embargo, ese sonido gomoso y líquido de besuqueo nos acompañó toda la reunión, y mientras lo escuchaba en mi memoria, pensaba que las parejas son adorables, pero las parejas son también un infierno, especialmente para los otros.

Mi amigo Quim dice que prefiere un cólico nefrítico antes que una tarde en Ikea con dos novios. ¡Qué sabio!  ‘¿A qué es mejor el nórdico azul? Díselo tú, anda, que a mí nunca me hace caso!’. No se me ocurre nada más exasperante que ser utilizado para desempatar todas las decisiones que conlleva amueblar un apartamento. Particularmente, me sacan de quicio las parejas que hablan en plural. ‘Nosotros no iremos’, dicen, como si se tratase de un grupo parlamentario fijando su posición. Son parejas que han renunciado a su autonomía, que llegan y se van atadas por una especie de cordón umbilical invisible. Su vida transcurre en tándem. ‘Por nosotros, todo ok’, escriben en los grupos de whatsapp, uno siempre portavoz del otro. Son esas medias naranjas perfectas que están de acuerdo en todo, y uno se las imagina en casa consensuando temas. ‘Cari, ¿qué era lo que opinábamos de los refugiados?’.

Me fascinan también los novios que se llaman por el mismo apelativo cariñoso, y, además, ponen voz de gominola cuando lo pronuncian, como si se hubiesen quedado solos. ‘Chuli, ¿qué tomas? Una infusión drenante, chuli’. Chuli 1 y Chuli 2, como agentes de policía tonteando por el walkie. En la categoría de las parejas gay más irritantes situaría a los que se intercambian ropa con su novio. ‘Pues los dos usamos la misma talla, así que nos ponemos las camisas del otro todo el tiempo. ¿No te parece increíble?’, me contó hace algún tiempo un ex, mientras yo lo imaginaba en lo alto de una pira ardiendo entre etiquetas de COS. Cuarenta kilos de diferencia nos impiden a mi Lama y a mí caer en ese vicio. Sin embargo, por casualidad, nos compramos una vez el mismo modelo de calzoncillo. Por difícil de creer que resulte,  me puse el suyo. De verdad, no sé cómo lo hice sin seccionarme el tronco. Además, no fue un día cualquiera. Habíamos ido a hacer senderismo y kayak. Tras doce horas al borde de la trombosis, cuando me lo quité, el elástico estaba tan hundido que aún tengo la marca.

Igual de asombrosas me parecen las parejas que disfrutan aireando intimidades en la sobremesa. Una amiga de mi Lama nos contó una tarde que su novio la tenía tan grande que rompía los calzoncillos, y lo soltó con una naturalidad pasmosa, como quien comenta que las bolsas del supermercado ya no aguantan la compra. Apenas teníamos confianza. De hecho, sería la cuarta vez que veía aquella veinteañera, que después de semejante confidencia siguió removiendo su cortado, esperando callada a que yo aportase algún comentario de valor a la conversación.

Sin embargo, las peores son las parejas saboteadoras. Si a uno se le ha ido la mano con el vino y esa noche está a tope, el otro inicia su ataque. Se va apartando de la conversación de puntillas, mientras desde la banda lanza miradas lánguidas y acuosas de cansancio y, poco a poco, va tomando posiciones para la artillería de bostezos, bostezos largos y profundos, que al otro le explotan en la conciencia como una bomba racimo de culpabilidad. El aire se vuelve tan irrespirable que finalmente se escucha: ‘¿Estás cansado? ¿Quieres que nos vayamos?’. Y, entonces, llega el cierre maestro. ‘A ver, Nacho, si te lo estás pasando bien, nos quedamos un poco’. A mí me ha tocado una de estas parejas, y, francamente, a veces preferiría ponerme sus calzoncillos.

Esas cosas que hacen las parejas

Sus primeras novias

Cine

Yo adoraba a las primeras novias. No a las mías, claro. Las mías fueron un ensayo de prueba y error que siempre daba error. Pero me fascinaban las de mis amigos, porque, de alguna manera, eran una conquista colectiva y porque también eran lo que entonces me preguntaba si algún día me pasaría a mí. La mayoría se han convertido en recuerdos de hace veinte años, madres que uno se cruza en el parque cuando regresa a casa por Navidad, nombres que pronunciar con cuidado para evitar enrarecer una sobremesa, porque esas primeras historias conservan una presencia intimidante, como una habitación sellada que proyecta una luz desde la cerradura, una existencia previa a las novias que llegaron después, las que trajeron los tiempos de la sensatez. Aquellos compromisos primeros se establecían con el voltaje de un tiempo en el que todo era presente, años sin futuro, en los que prometer no tenía sentido. Quizá por eso, esas historias, cegadoras e incontrolables, se consumieron como cometas al entrar en la atmósfera de la madurez, y esas novias casi nunca se convirtieron en esposas.

Puede que el pasado lo embellezca todo, pero aquello no fueron cuentos y tampoco recuerdo hadas. Hubo inocencia, mucha; pero también batallas, estrategias, emboscadas, asaltos, terrenos resbaladizos y frágiles como pistas de hielo, incendios, víctimas y traidores.  ¿Cómo se podía sobrellevar que todo tuviese un significado decisivo? La llamada que no llegaba, la butaca elegida en el cine, el viernes que se marchó sin avisar. Todo se analizaba minuciosamente y los resultados eran victorias y derrotas compartidas, historias que uno había ayudado a sacar adelante, y contemplaba con los ojos de una matrona, sentimientos que avanzaban lentamente, sin ni siquiera tener todavía palabras suficientes para llamarlos,  y cuando al fin se transformaban en novias, entonces lo sabíamos todo de ellas, sin haber tenido tiempo de cruzar palabra. Sabíamos cuánto había costado, el deseo y la energía  en la cuneta, los desvelos y ansiedades que se sienten en la boca del estómago, el miedo a atreverse, el valor de decir, uno había sido testigo y no sólo entendía la felicidad de sus amigos, sino que la felicidad le salpicaba.

Con el sigilo que precede a las catástrofes, llegó el desencanto, y esas relaciones eternas como diamantes quedaron reducidas a piedras en las que no volver a tropezar, lecciones de vida de las que aprender. Los amigos seguían siendo amigos, aunque las vidas se despegaban. Yo descubrí el elemento que no funcionaba en mis test de prueba y error, y conseguía sentarme a jugar con mis propias fichas en la mesa de las primeras historias. Con los años, aparecieron segundas y terceras novias, presentadas en restaurantes, en cenas en las que escuchar la biografía de la relación en formato de dos platos y postre. Yo las miraba, intrigado. No sabía qué habían pensado la primera vez que se habían visto, ni por qué se habían elegido, ni cuánto les había costado llegar a aquella cena y, sin embargo, tenía delante la incontestable felicidad de mis amigos, una felicidad que me llegaba completa, como un logro conseguido en solitario, del que era ajeno, una forma de felicidad nueva, más sólida y privada. Para mí, esas segundas novias nunca fueron novias: siempre fueron esposas.

Sus primeras novias

El novio que no conocía a Perales

 

Dani 2

Cuando nos conocimos, mi Lama no había escuchado hablar de Perales y el nombre  ‘Manuel Fraga’ le sonaba de los libros de la ESO, aunque no lograba ponerle cara. Con doce años menos y no siendo de Galicia, donde los niños reconocen a Fraga antes que a Pepa Pig, esas lagunas parecían naturales, así que no me alarmé y me convencí de que, al fin y al cabo, uno puede prescindir de Perales y Fraga sin que su relación se resienta. La ilusión de los inicios me impedía ver que las dificultades de esta diferencia de edad no habían hecho nada más que empezar. Pronto descubrí que, cuando escuchaba a Sabina, me miraba como si fuese Mocedades. Con El Canto de Loco y Despistados le vi las orejas al lobo, pero me recorrió un escalofrío cuando me pidió que le acompañase a un concierto de Auryn. A cara descubierta y en mi ciudad, superé esta prueba de amor. Su silencio al escucharme hablar de V me hizo darme cuenta de que nunca tendríamos esas encantadoras conversaciones de series que tienen todas la parejas. También me repuse del susto de descubrir que su madre estaba más cerca de mi edad que él y hasta me acostumbré a escuchar en las tiendas del barrio frases del tipo: ‘Nacho, pero si ya ha pasado tu hermano pequeño a por el pan’. Más complicado resultó llegar a un pacto lingüístico acerca del modo en el que tenía de referirse a mis amigos. El abuso de la palabra ‘señor’ me sacaba de quicio. Por si las cosas no fuesen bastante difíciles en Coruña, descubrí que mi Lama era el mayor de su grupo de amigos de  Miranda de Ebro. Allí me esperaba una banda de post-adolescentes que me miraban temiendo que les fuese a preguntar si todavía se dice molar, y que me invitaban a   eventos como la macarronada de San Juan. Quizá lo más humillante era la consideración de alguna de sus amigas, preguntándose en voz alta si yo me sentiría a gusto en aquel bar tan lleno de gente. Hoy mi Lama tiene 28, y puedo decir su edad sin sonrojarme. Sin embargo, me temo que las cosas se empiezan a torcer desde su lado. Hasta ahora nunca le he visto titubear cuando contaba que su novio tenía treinta y tantos, eso sí, casi siempre sin concretar. Sin embargo, amigos,  el 7 de julio se acerca, y los cuarenta pesan en la boca de un veinteañero.

El novio que no conocía a Perales

Mi amigo el topo

Finca

Han talado los frutales, quieren construirle a los niños una pista de fútbol. Aquello manzanos y perales estaban desde el principio, cuando sólo había el cierre y el pozo, mucho antes de la casa. Mi padre nos contaba que van a echar una planchada de cemento, y le he recordado subido a una escalera metálica podándolos, una mañana despejada de febrero, y yo sentado en el bordillo, contando los minutos por volver al coche. Odiaba con toda mi alma aquella finca. La compró cuando sólo había monte y cuervos, ni un vecino, y la convirtió en su retiro, el lugar en el que aplacar las neuras provocadas por la familia, donde respirar, sudar y resarcirse de ese trabajo de mesa y máquina de escribir. Mi padre, que se ha pasado la vida imaginando catástrofes, quería una gran casa familiar a la que acudir si algún día la suerte se torcía y todo se venía abajo.

A medida que la finca se fue armando, pasábamos más tiempo, algún año de mayo a otoño. Nadie sabe las horas que invirtió en levantar aquello, ni nadie imagina lo que soñó que llegaría a ser, siempre ideando proyectos: un otoño el invernadero, un septiembre uva para hacer vino, la ampliación de la casa y cada mes un trasto nuevo, trastos con motor, eléctricos, todos los que hoy están apilados en el garaje. Ahora sé que los mayores esfuerzos fueron para que me gustase. Ross, y el resto de los perros, la canasta que encargó al herrero de la Derrasa, la BH amarilla,  la escopeta de balines, la piscinita. Todo en vano, porque a esos años nada se disfruta sin amigos, y mi único amigo era aquel topo invisible que desquiciaba a mi padre excavando galerías en su césped inmaculado; como yo, tratando por todos los medios de salir de allí.

Esos veranos duraban años, con sus tardes infinitas de siesta y series, de crucigramas sobre hamacas, de paseos con el walkman, de baños de cloro, y así un día tras otro. Yo me organizaba para estar el menor tiempo posible. Unía campamentos, Montederramo, fines de semana en la playa, construía un largo puente para llegar a septiembre pisando la finca sólo para poner lavadoras. El día que nos contó que la vendía todos pensamos que era una de sus fanfarronadas, esas reacciones infantiles con las que nos amenazaba . ‘La venderé y os arrepentiréis’. Sin embargo, lo hizo.

Cuando conocí a mi Lama, le llevé a la Derrasa. Aparcamos a cierta distancia, y nos acercamos caminando, como dos espías. El seto desbordaba la verja, la cancilla tenía desconchones, y las ramas del sauce tocaban el suelo. Habían tapado con un plástico negro la piscina. Con mis bermudas largas fluorescentes, yo empujaba al agua a mi hermana Sonia, con ese bañador rojo con volantes en las tiras y una burbuja de corcho rosa con forma de tortuga a la espalda. En el porche, las mesas de plástico con mis primos, las copas, y los restos derretidos de tarta helada y mi madre saliendo con bandejas de cañas con crema, tropezando con los papeles de los regalos de comunión y mi padre con su camisa abierta jugando a las cartas con mi tío Luis, y Ross espanzurrado a la sombra del Renault 18.  Entonces, nos acercamos más. Entre las parras del cierre vi el césped al lado del pozo, amarilleaba un poco. Sonreí cuando descubrí los pequeños montoncitos de tierra. Mi amigo seguía allí.

Mi amigo el topo

Mi lado violento

Vidriera

Cuando entro en una catedral y veo una de esas delicadas vidrieras de colores, siento un cosquilleo perturbador en los dedos.  Imagino lo fácil que sería lanzar una piedra con todas mis fuerzas. En un segundo, siglos de historia saltarían en añicos. No sé la razón, pero es un pensamiento que se repite y, en su momento, me inquietaba. Me preguntaba qué clase de monstruo llevaba dentro. Quizá esa mezcla de fragilidad y de eternidad activaba alguna tentación oculta. Tiempo más tarde, leyendo una de esas revistas de peluquería con sección de consultorio psicológico, una madre escribía agobiada confesando que, cuando oía a un niño llorar a pulmón en el parque, se imaginaba cogiendo carrerilla y pegándole una patada, como si despejase un balón de rugby. Aunque la imagen parecía más cómica que cruel, confesaba que el mero hecho de tener ese pensamiento le angustiaba. Quitándole hierro, el psicólogo explicaba que la mente es creativa y no deja de fabricar pensamientos absurdos. Cuando nos asustamos por una de estas ideas, nuestro cerebro se comporta como un frontón, devolviéndonos ese pensamiento con la misma fuerza con la que lo rechazamos. Para terminar, comparaba esas obsesiones recurrentes con las de ‘esa gente’ que se imagina rompiendo vidrieras, y aseguraba que nada debía temer a que aquello fuese a suceder. La respuesta me tranquilizó: no estaba solo, formaba parte de ‘esa gente’, un colectivo que sueña con destrozar vidrieras y tirar faltas con bebés. Desde entonces, el pensamiento ha ido aflojando, y hace poco disfruté de una tarde placentera con mi Lama en la Catedral de Astorga.

En realidad, siempre he sido una persona pacífica. Hasta donde recuerdo me he peleado dos veces en cuarenta años y las dos han sido ridículas. La primera fue en un partido de minibasket en un recreo. Les hablaré de la segunda. Con siete años me convertí en una leyenda entre los dentistas de Ourense. El que trataba a mi familia confesó a mi madre que mis gritos impresionaban a los pacientes en la sala de espera. Cuando me veían salir con ojos rojos y mofletes hinchados me miraban lívidos, y entraban temblando. Les pidió que entendiesen que no podía continuar tratándome. A decir verdad, yo también me alegré de perder de vista a aquel sádico con artrosis. Mis padres tuvieron que recurrir a otros que no podían permitirse el lujo de elegir clientes. Pronto descubrí que citarme siempre a última hora no era una casualidad, sino su estrategia para asegurarse de que nadie pudiese oírme. He tenido siempre una garganta tan poco educada como prodigiosa, y, en cuestiones médicas, practico la histeria preventiva: nunca he considerado necesario esperar a que el torno me toque para empezar a gritar.

El día que pegué a mi dentista hacía una tarde de bochorno pegajoso. Ella trabajaba con la ventana abierta, y se oía música desde otra planta. Me recuerdo tumbado, contando los pelos de su nariz, largos y duros como alambres.  Irritada por la música, mis gritos y seguramente con planes a los que llegaba tarde, me suplicó un esfuerzo final. ‘Contaré hasta tres y habremos terminado’, me prometió. Viendo la cara de sufrimiento de mi padre, apoyándome desde una esquina de la consulta, decidí ser valiente. Me motivé pensando que nada puede ser tan insoportable como para no poder aguantar tres segundos.  Apreté los puños, cerré los ojos, respiré todo el oxígeno de la sala. ‘Uno’, escuché entre el zumbido mecánico del torno. En ningún sitio los segundos duran como en la silla del dentista.  ‘Dos’. El dolor era agudo, hondo, insoportable. Tenía la impresión de que estuviese pellizcando el mismo nervio. ‘Un último segundo y todo será un recuerdo’, pensé. Tensé todos mis músculos, apreté los dientes,  y escuché: ‘Dos y medio…’. Aquello fue el detonador. Solté el brazo y descargué toda mi energía acumulada en un soplamocos que hizo saltar el torno y sus gafas por  los aires. ‘¡Cómo dos y medio!’, grité indignado. ‘ ¿Y qué vendrán después, menos cuarto, menos diez? Habías dicho tres…’. Desde esa tarde, cada vez que algo me irrita, me pregunto: ¿será dentista o será vidriera?

 

 

 

Mi lado violento

El compañero de piso que me detestaba

Smauel 3

Nunca he sido el compañero de piso ideal, aunque tardé en ser consciente. Gastaba el champú de mis amigos, usaba sus calzoncillos si los míos estaban sucios, y llamaba desde su móvil cuando me quedaba sin saldo. Hubo reproches, claro, pero siempre los atribuía a una cierta incomprensión de esa filosofía tan sana de ‘lo tuyo-es-mío’, propia de familias numerosas como la mía, donde el cepillo de dientes es la única propiedad privada. Sin embargo, llegó Samuel, y me abrió los ojos.

Aquel verano, Yolanda apareció en la redacción con una caja de cartón agujereada. El día antes le había contado que había llegado el momento de vivir solo. Tenía un trabajo, y mis años de estudiante debían acabarse. Al momento se dio cuenta de que, si no era capaz de callarme mientras escribía, mal iba a llevar la soledad de un piso y creyó que aquel siamés me ayudaría a soportar las cenas frente al televisor. En honor al gato del escritor Carlos Casares, le llamé Samuel. Todavía me parece uno de los pocos nombres dignos para una mascota. Llamándose Samuel, llegaría a ser un gato sabio y viejo, con una enorme barriga que acariciar mientras meditaba las decisiones de la vida. En cuanto lo saqué de la caja y le sonreí, supe que no me soportaría.

Tal vez porque he sido siempre de perros, no esperaba gran cosa de mi huésped, quizá algo más que de un pez o una tortuga, pero nunca fantaseé con que fuese a recibirme a la puerta. Sin embargo, su frialdad superó las expectativas. Recuerdo su cara de asco al verme llegar a casa, repantigado en el sofá, sabiendo que le obligaría a hacerme hueco. En realidad, me pasaba el día fuera, y aquel piso de la calle Teo se fue haciendo suyo. Yo sentía envidia de la relación de mis vecinos Manolo y Sole con su gata Cloe, una persa que se subía a la mesa cuando trabajaban en el ordenador, dejando que ellos se relajasen hundiendo sus dedos en ese ovillo mullido de pelo negro. Samuel estaba lejos de ser un gato-siesta, de esos que se acurrucan contigo los días de resaca. Me habría conformado con que fuese un vulgar gato interesado, de los que ronronean y se rozan contra tus piernas cuando quieren algo. Sin embargo, podía dejarlo sin comer dos días, y seguía mirando por la venta, impasible, como si fuese de yeso. Si entraba en la cocina y le descubría embobado con el centrifugado de la lavadora, improvisaba un bostezo, simulando que nada le interesaba ese estúpido pasatiempo y se encaramaba a la ventana, con esa pose de gato poeta, como si todo lo que le importase estuviese lejos de allí. Entonces, me arrepentía de haberle llamado Samuel y no Micifú o algún ridículo nombre de gato de tebeo.

Todo eso pasaba ya antes de castrarlo, aunque eso tampoco ayudó. Recuerdo cuando regresamos a casa después de la operación. Atontado por la anestesia se caía al tratar de subir a la encimera, y me vio sonreír. Se pasó dos noches maullando, sin saña, de manera fingida, repetitiva, mecánica. Estoy seguro de que no dejarme pegar ojo y estremecer al vecindario fue su venganza. Pese a todo, le tenía cariño. A veces se quedaba pasmado mirando la televisión. Aunque sólo fuese por recordarme que los gatos no ven la tele, yo cambiaba de canal. Orgulloso, se giraba y se largaba lentamente, restregándome mi egoísmo con sus orejas tiesas y su rabo en alto. Hace años que Samuel y yo dejamos aquel piso, cada uno en una dirección. Sin embargo, conservo grabada esa cara de aristócrata ofendido y, cuando mi Lama se enfada y se marcha dándome la espalda mientras me dice que no pasa nada, tengo miedo de escucharle maullar desde el fondo del pasillo.

El compañero de piso que me detestaba

La panadera que tenía nombre

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Ya nadie conoce el nombre de su panadero. En realidad, nadie conoce a su panadero. Es normal, entonces, que se sorprendiese. ‘Conchi’, me respondió, sacudiéndose las manos contra el delantal. Al abrir la puerta, sonaba uno de esos estridentes avisadores electrónicos, y se oía un ‘ahora voy’ desde el piso de arriba, donde el horno. Al momento bajaba la escalera de caracol a toda velocidad, haciéndome temer que se descalabrase para atenderme pronto. Había tenido que costar encajar una panadería en aquel local estrecho de Castro Chane, con más hechuras de estanco o de administración de lotería que de otra cosa. Pero entró, y poco a poco se fue impregnando de ese olor a canela y limón, que a veces se colaba en casa.

Sobre el mostrador, su tarta de queso americana, recién salida del horno y recubierta de mermelada de fresa, la de pera y crema catalana, su bizcocho de manzana, una bandeja con empandillas y algún croissant, superviviente del recreo del colegio de enfrente. Mis manos, muy abajo en los bolsillos para evitar pasar el dedo por alguna de aquellas delicias. Todo parecía estar siempre a punto de terminarse. Las cestas de pan medio vacías, incluso las estanterías desangeladas, con alguna botella de godello, una lata de pimentón de la Vera, y una bolsita con orégano en rama. Uno se sentía afortunado cuando conseguía la última barra del día.

Entre semana, al salir de casa para coger el tren de las ocho, veía la luz amarilla en el ventanuco de arriba. Conchi llegaba a las cinco de la mañana, y preparaba todo. La imaginaba amasando, con su moño deshilachado, sus ojos pequeños, como dos semillas, y esa espalda mal arreglada, que le obliga a ladear la cabeza para aliviar el dolor. Montó el Pan y Canela cuando regresó de Caracas, y de eso hace diez años. El día que cerró ni se despidió ni dio aviso. Dejó una cuartilla pegada al cristal, y parecía que sería algo provisional. Pero las semanas pasaron, y aún sabiendo el nombre, ¿quién llama a casa a su panadero? Los panaderos pueden desaparecer como desaparecen esas personas de las que no sabemos el nombre, esas que vemos todos los días y que un día dejan de estar en su sitio, sin que ni los periódicos ni nadie nos explique qué ha sido de ellos.

Me alegré cuando la encontré en el parque de Oza, aunque tampoco hablamos gran cosa. Yo sólo le compraba el pan, qué podría decirle. Paseaba a su perra Kia, una border-collie inquieta, esbelta y con el pelo lustroso, que jugaba con mi bolsa del gimnasio. Casi despidiéndonos me aseguró que estaba mejor, y que reabriría pronto. ‘Enseguida regresará Conchi’, le dije a mi Lama al llegar a casa. Pero los días pasaron, y seguía cerrado.  Una tarde reparé en que el cristal estaba reluciente, alguien pasaba para mantener aquello en orden, señal de que volvería pronto. Meses más tarde la vi de nuevo cerquita de San Diego. Llevaba gafas de sol, y su hija la acompañaba agarrada del brazo. Me acerqué a saludarla, y tuve la impresión de que tardó en reconocerme. La conversación fue breve.  De nuevo me dijo que abriría pronto, que estaba casi bien. Miré a su hija, parecía tener prisa.

Este verano hará un año que cerró.  Me acuerdo cuando veo en mi cocina ese trasto electrónico que mi Lama y yo compramos en el Lidl cuando creímos que bastaba con meter agua, harina y sal en una cubeta para hacernos panaderos. Por Cuatro Caminos, han abierto un par de Sanbrandanes, con esas barras infladas, que uno come masticando aire y azúcar,  con sus sillas de plástico naranja, sus tenderos uniformados como empleados de una gasolinera, y esas máquinas de zumo que siempre se atascan. En Oza se han puesto de moda los border-collie, porque también los perros se ponen de moda, como las bufandas y los relojes. Como cada tarde al regresar a casa, he pasado delante del Pan y Canela, y me ha parecido que la cuartilla amarillea, pero el cristal no, el cristal sigue limpio.

 

La panadera que tenía nombre

Gelatina

Gelatina Buenísima

Pagué tres euros más, extendí el brazo y dejé que el portero estampase un corazón en mi muñeca. Álex supo entonces que la noche no terminaría temprano. Ese sello daba derecho a ir al baño todas las veces que fuesen necesarias, sin tener que pagar a la madame pipi cincuenta céntimos por entrar. En la práctica, esa marca de tinta nos clasificaba en dos grandes bandos: los ‘descorazonados’, que se irían a casa pronto, y los que nos quedaríamos, confiando todavía en que las noches pueden traer algo más que ibuprofeno y decepciones.

Gelatina se había convertido en la soirée del verano, y bajar las escaleras de la Gare Bruxelles-Congrès mientras sonaba La Casa Azul me pareció más que una señal, casi una recepción. Dejamos la chaqueta, e ignoramos el photocall o quizá el photocall nos ignoró a nosotros. Me alegré de que la música estuviese tan alta que apenas se pudiese hablar. Odiaba descifrar ese francés de borrachos en el que sus diecinueve vocales suenan a ‘u’. De camino a la barra empezó el baile de miradas. Como cada noche, ojos que te siguen, te descartan o te dan cita para tres copas más tarde. Adoraba aquel lenguaje de falsa sutileza, aquel código que se vuelve burdo a medida que la noche avanza, hasta el punto de mirar a gritos cuando suena la última canción y afuera sólo espera un taxi para volver a casa. Sin embargo, la última canción estaba lejos, y yo flotaba en aquel espacio subterráneo de hierro y hormigón, un búnker de ritmos y temperatura alta, de luces flúor iluminando las caras y, en lo alto, Ricky Corazón, con sus gafas de sol azules y su camisa de flores, transformando una estación de metro abandonada en un acuario de peces tropicales, con sus electrocumbias y su pop latino. A mi alrededor, un archipiélago de caras pálidas, de pelos desordenados, de camisetas rasgadas  y zapatillas sucias, de cuerpos lánguidos, sudando, agitándose como espectros, lentos y suaves, desapareciendo y apareciendo, sincronizados con el latido de las luces. No sé cuándo llegó, pero en cuanto le vi, el resto de las miradas se fueron a negro.

Lo primero fue su cuello, largo como una columna de arena, marcado con dos lunares, los puntos gemelos de un mordisco. Bailaba sujetando la mano de una amiga, leve, frágil, torpe. Quise que la música no estuviese tan alta,  y me quedé pegado a aquella pared donde en algún momento alguien también esperó a su metro. Sonaba Javiera Mena, sentía un deseo intenso, urgente de conocerle, un impulso físico, en el estómago. Álex me llamó desde la barra, le ignoré. Se acercó y me presentó a un inoportuno. Al volverme se había esfumado. Le vi subiendo las escaleras de dos en dos. La vida no es un anuncio de perfumes y no salí corriendo. Seguí anclado a mi inoportuno, pensando que afuera sería de día, y se escucharían el ruido de los comercios y los colegios, las frases limpias de una mañana que me dejaba sin tiempo y sin espacio.

Aquella noche dormí agitado, y salté al ordenador en cuanto abrí los ojos. Nada. Durante toda la mañana entré y salí de la web de Gelatina, con el ansia del jugador al que le queda una apuesta. A las cinco de la tarde, Ricky Corazón apareció, sonriendo a mi resaca desde la pantalla de mi portátil. Nervioso, revisé cada una de las fotos de la galería. Delante del photocall, posaban todos los espectros de la noche anterior y, en medio de ellos, él. Sólo tenía una foto, pero tenía un principio, y quien tiene un principio tiene un camino y aquel camino que empezaba no sería corto ni acabaría bien, pero sería hermoso y me llevaría a lugares que nunca antes había conocido.

Gelatina