El viaje de los Nachos (3)

Normandia

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Me gustaría recordarme en una de las salas del Rijksmuseum, admirando los colores de La Lechera de Johanes Vermeer. Sin embargo, la memoria es caprichosa y la imagen que ha sobrevivido de ese viaje es la de dos amigos sentados en las mugrientas escaleras de un portal de Ámsterdam, untando de paté una rebanada de pan, agotados después de un batiburrillo turístico que incluía la Casa de Ana Frank, el Museo Heineken, un taller de diamantes y algunos mercados de tulipanes. Aquel no fue un viaje para gourmets. Las vacaciones de hotel y restaurante llegarían mucho después a nuestras vidas. Para cumplir la ruta planeada, debíamos estirar el presupuesto al máximo y la receta era sencilla: pasta, fiambre y gasolina.

Tras un par de días en Ámsterdam, en un camping repleto de adolescentes dormitando bajo nubes tóxicas o deambulando como zombies entre tiendas, continuamos viaje hasta Delft, un apacible pueblo en la costa de Holanda, protegido tras un frente de molinos de viento, con calles adoquinadas llenas de terrazas con ruidosos estudiantes americanos. A las afueras, encontramos un camping ecologista, ocas sueltas, erizos y lechosos holandeses tomando el sol semidesnudos entre la hierba, un lugar perfecto para reponerse y dejar Holanda con un imagen más amigable que la de los coffeshops y chinos fotografiando cabinas del barrio rojo.

Gante, con su lúgubre castillo, fue la siguiente parada. Al momento me enamoré de los elegantes flamencos rubios que desplegaban repipis manteles de cuadros y descorchaban botellas de vino a orillas del canal, una idea del botellón muy alejada del Dyc-cola en vaso de tubo con hielo de gasolinera a la que estaba acostumbrado. Esa noche decidimos agotar las existencias de la nevera portátil y Nacho volcó en la olla todo cuanto quedaba en las latas, sin orden ni concierto: lentejas, salchichas… Tuve que pasear hasta altas horas de la madrugada por las pistas de tierra del camping para digerir aquel hormigón de conservas. Mi amigo, en cambio, no tardó dos minutos en dormirse, haciendo gala de sus superpoderes para quedarse frito.

Dejamos atrás Bélgica para llegar a los paisajes húmedos, verdes y mullidos de Normandía. Conduciendo entre colinas y granjas, buscábamos la costa. Yo seguía girando el mapa como un cubo de rubik cuando el verano se apagó. Un cielo gris nos recibía a la llegada de Omaha, la playa donde la II Guerra Mundial comenzó a terminar. Aquel arenal abierto al Atlántico recordaba a demasiadas películas. Caminamos bromeando, aunque poco a poco el viento y la atmósfera cargada de historia nos dejó en silencio. En los altos, visitas guiadas de turistas recorrían los restos de las baterías alemanas. Frente a aquellos paisajes, sin posibilidad alguna de protegerse, resultaba fácil entender que el desembarco fue una cuestión de número: enviar más soldados que balas alemanas había para detenerlos.

A pocos kilómetros se extendían colinas de césped púlcramente cuidado, forradas de una geometría perfecta de cruces blancas. En cada una, un nombre, un símbolo religioso, el lugar de origen y la edad, la mayoría veinteañeros. ¿Cómo habría reaccionado yo si me hubiesen sacado de la universidad para enviarme a una guerra al otro lado del mundo?, ¿qué habría ocurrido si los miles de soldados extranjeros enterrados en aquellos cementerios no hubiesen venido?

Regresé al coche pensando que uno puede leer los libros más elocuentes, pero, en ocasiones, visitar los lugares nos permite entender que la historia fue real y no un simple relato entretenido, lugares donde, aunque no encontremos las respuestas, nos hagamos las preguntas adecuadas. Supongo que estaba a punto de aprender que era precisamente eso lo que hacía que viajar mereciese la pena.

(Continuará)

El viaje de los Nachos (3)

El viaje de los Nachos (2)

control policial

<- Leer parte 1

Seguramente no elegí el momento. Debería haber aprovechado las rectas de Castilla, pero me entró prisa. Nos dirigíamos a Francia, habíamos previsto pasar la primera noche en Burdeos y llegar a Ámsterdam al día siguiente. Recuerdo una tormenta de verano, algún silencio más largo de lo normal y yo pensando que, si íbamos a convivir dos semanas, debería contárselo.

Nunca he sido de soltar las cosas a bocajarro. Necesito introducciones. Cuando me lancé, cruzábamos Álava y la carretera admitía una salida del armario. Incluso encerrados en un coche, nada impedía a un buen conductor escuchar y conducir concentrado. Sin embargo, aparecieron curvas, pendientes pronunciadas, tráfico de camiones y, honestamente, era tarde para detener una conversación que se precipitaba ganando velocidad, sincronizada con aquella autopista que descendía entre valles cerrados y túneles interminables. Nacho, adelantándose a lo que estaba a punto de oír, agarraba con fuerza el volante sin separar la vista del asfalto. Yo no podía dejar de hablar. Todo fue extraño, incluso peligroso, pero entramos en Francia sanos, salvos y, desde luego, conociéndonos mejor.

Tras una primera noche a las afueras de Burdeos, en un hotel Formula 1 en el que no dejé de jugar con su sistema automático de lavado de aseos, continuamos viaje. A la mañana siguiente nos detuvo una retención provocada por un control de la Gendarmería francesa.

— A esos los han parado por árabes —convenimos los dos, sintiéndonos protegidos con nuestro dni español e indignados al ver como una familia entera era obligada a salir de un Mercedes destartalado y a descargar de la baca fardos y maletas atadas con cuerdas. El conductor, la mujer y dos niños miraban desde la acera con gesto indiferente, como si aquello formase parte de la rutina del viaje. Tras media hora examinando minuciosamente los bultos de su equipaje, dejaron que continuasen. El siguiente coche, con matrícula francesa, pasó sin problema. Era nuestra turno.

Bonjour monssieur, ¿a dónde se dirigen? —preguntó uno de los agentes con esa suavidad francesa que hace temer lo peor. No tuve tiempo de detener a Nacho.
—A Ámsterdam.
—Aparquen, por favor  —nos ordenó nada más escuchar nuestro destino, avisando con un gesto al resto de agentes que fumaban distraídos. Siguiendo sus órdenes, abrí el maletero, seguro de que nada habría ocurrido si mi amigo hubiese dicho Colonia, Estrasburgo o cualquiera de esas soporíferas ciudades del norte de Europa en las que sólo se fabrican televisores o muebles de diseño.

Con delicadeza de modistos, los gendarmes desplegaron un plástico sobre el arcén, abrieron mi mochila y extendieron toda mi ropa, desdoblando camisetas y separando calcetines, empaquetados en ovillos. Recuerdo el gesto de uno de ellos, curioseando las etiquetas. Por un momento creí que me preguntaría si tenía su talla. Me impresionó el primor de abuela con el que aquellos gorilas con chaleco antibalas volvían a plegar todo y meterlo en la mochila, a decir verdad, con bastante más atención y cuidado del que yo había invertido a la hora de hacer el equipaje.

Con la agradable sensación de haber sido controlados por una unidad policial de madres, continuamos. Dejamos atrás París, circunvalamos Bruselas, divisando a lo lejos el reflejo metálico del Atomium. «¿Nos acercamos?», preguntó Nacho. «¿Qué se nos ha perdido ahí?», contesté, despreciando una ciudad de la que no sabía nada y que, unos años más tarde, me cambiaría la vida.

Sin GPS, toda la ayuda con la que contábamos era un mapa de carreteras. Atravesando las calles de Ámsterdam, Nacho me miraba por el rabillo del ojo, alarmado al ver como giraba el plano intentando orientarlo en la dirección correcta. Cansado de disimular, preferí ser honesto y dejar de fingir que podría ser de alguna utilidad al conductor, más allá de sintonizar la radio y dar conversación. Finalmente llegamos al camping, deseando zambullirnos en la piscina y disfrutar de un sueño reparador. Nada más cruzar la recepción, un cartel enorme nos hizo darnos cuenta de que quizá no sería tan fácil descansar:  ‘Prohibido fumar porros, je, je, je’.

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El viaje de los Nachos (2)

El viaje de los Nachos (1)

Boda Noche

Lo había comprobado tres veces. Mi vuelo de regreso salía a las 14.05. No había necesidad de volver a mirar y, sin embargo, le pedí a Nacho que lo hiciese. Le había enviado a su móvil un correo con mis billetes. La boda terminaba. El viento, que no había dejado de soplar, amainaba. Los invitados se despedían, acababan sus desayunos y yo sonreía recordando mi desafortunada metedura de pata durante la fiesta. Había empezado mi brindis diciendo que Canarias y España tenían una hora de diferencia. Al momento, un murmullo de protesta me impidió terminar la frase. Desconcertado, miré a mi alrededor buscando una explicación, hasta que un alma caritativa me susurró: ‘No olvide usted que Canarias también es España’. Al darme cuenta de la ofensa, añadí con rapidez que Galicia, por su posición geográfica, debería tener la misma hora que Canarias, en un triste intento de ganarme al auditorio. Sin embargo, nada pudo evitar ya que me coronaran como el «godo mayor» de la boda.

Esa mañana, los novios habían madrugado para despedirnos. En la luminosa plaza de aquella hacienda se apilaban las maletas y empezaban a organizarse los grupos para trasladarnos al norte o al sur de la isla, dependiendo desde donde saliese el avión de cada uno. La familia de Nacho se quedaría cuatro días más en Tenerife y yo imaginaba cuánto me habría gustado pasar una semana con mi Lama en aquella casa aislada con vistas al océano, entre muros encalados, vigas de madera barnizadas y suelos empedrados. Enseñarle esos paisajes de roca volcánica y cactus, los barrancos y la silueta de la costa, con sus altos coronados por capillas y faros. Todo tan diferente al Tenerife de hoteles gastados, con ingleses fofos y blancos flotando en piscinas, aliviando la resaca con clases de aqua-gym. Entonces vi a Nacho sonreír y tuve un mal presentimiento.

‘No me digas que no es a las dos. Lo comprobé ayer’, pregunté con urgencia. Las conversaciones pararon y todo el mundo nos miró en silencio. ‘Ser es a las dos’, me dijo, ‘pero desde el sur, no desde el norte’. Una diminuta ‘s’ entre paréntesis había estado a punto de dejarme en tierra. Mientras mi despiste hacía reír a todos, Nacho me miraba meneando la cabeza y entonces apareció en mi memoria otro Nacho, un Nacho de hace no sé exactamente cuánto tiempo, tal vez veinte años.

En esa imagen, mi amigo cerraba el maletero de un coche de alquiler. Sería quizá un Megane o cualquier otro modelo al alcance de veinteañeros mal pagados. Comenzaba septiembre y el resto había disfrutado de sus vacaciones. Aparcamos en la Galuresa, una de las gasolineras a la entrada de Santiago. Milagrosamente, todo había entrado en el maletero: la tienda, la mesa plegable, las sillas del camping, cajas con conservas… Nos esperaban dos días de carretera hasta Amsterdam y, después, regresar bordeando la costa de Holanda, Bélgica, Normandía, Bretaña, las Landas y a casa de nuevo. Nacho y yo nos habíamos hecho amigos estudiando Periodismo. Congeniábamos, teníamos prisa por conocer otros lugares y, sin embargo, la idea de pasar dos semanas solos en un coche me producía una cierta desazón.

Mi amigo Fran me dijo una vez que aconsejaría a todo el mundo hacer dos veces el interrail: una solo, para poner a prueba nuestra salud mental, soportando tantos días de viaje en tren con nosotros mismos, y la otra, con la persona con la que deseamos vivir el resto de la vida. Un viaje implica decisiones, a veces demasiadas, y cada una representa una oportunidad para romper la baraja. Dos mil kilómetros de ida y dos mil kilómetros de vuelta dentro de un Megane estaban a punto de brindarnos la ocasión perfecta para descubrir hasta dónde llegaría nuestra aventura de verano.

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El viaje de los Nachos (1)

Sabina contra Lady Gaga

sabina 3

Cuando mi Lama y yo empezábamos a salir, durante uno de esos cafés en los que tratábamos de impresionarnos mutuamente, me enseñó en su móvil el vídeo de un concierto multitudinario. Cantaba Lady Gaga en el Palacio de los Deportes y de pronto, entre el público enloquecido de las primeras filas, apareció un brazo con una cazadora azul galáctico. Centímetro a centímetro, aquella manga de astronauta subía buscando la mano de la cantante. ‘Ese soy yo’, me dijo en el momento en el que se tocaban. Después me miró fíjamente, intentado adivinar si el hecho de que fuese doce años mayor que él me impedía entender la hazaña de haber rozado a la señora Gaga.

Vivíamos ‘los inicios’, como a mi Lama le gusta decir cuando se refiere a esos días, haciéndome sentir que, en lugar de una relación, fundamos una etapa histórica. El caso es que, tras ver el vídeo, me esforcé por demostrar todo el entusiasmo del que fui capaz, aunque lo único que me había impresionado era el brillo sideral de su cazadora ‘¿Cuál ha sido tu concierto inolvidable?’, me preguntó. Al momento vino una imagen a mi cabeza. La descarté. Creo que inventé algo para salir del paso, quizá le hablé de The Cure,  Massive Attack o algún otro grupo oficialmente molón, de esos que nadie se atrevería a cuestionar en público y que a mi Lama, como buen millennial, le sonaría vagamente, aunque no acertase a tararear ni una canción.

En esa imagen espontánea de mi memoria aparecíamos Óscar, un amigo del bachillerato, y yo. Eran vacaciones de Navidad, tendríamos quince años y habíamos ido a escuchar a Milanés, Krahe, Aute y Sabina al Paco Paz, uno de los pabellones de deportes de mi ciudad. Al poco tiempo a Óscar le empezó a doler la barriga. Al parecer, había cenado una ostra en mal estado y tuvo que sentarse en las gradas. Yo me escabullí hasta la primera fila y apareció Sabina en el escenario.

Nunca antes había pensando en esa noche como mi mejor concierto.  No tengo un currículo festivalero para impresionar a nadie, aunque he visto a Dylan, a los Rolling, Cold Play, Muse, Madonna, en fin, a algunas de esas bandas que muchos describirían como míticas y que a nadie le extrañaría que ocupasen ese puesto de ‘concierto inolvidable’. Sin embargo, la imagen que apareció fue la de ese pabellón y yo embobado frente a un tipo con ridículos pantalones de cuero y americana plateada. Y a mí, que a esas alturas no había roto un plato y bebía cosas tan fuertes como lícor 43 con cacaolat, esas canciones de princesas que atracan famarcias, de amores de tren y hoteles baratos, esas historias que tenían tan poco que ver conmigo, encontraron alguna razón para quedarse.

Solo una semana después, mi prima Inma llegó de Valencia y me regaló el directo de Sabina y Viceversa, dos casetes que no paré de escuchar hasta memorizar la letra de todas las canciones.  Aprendí esas y las del resto de sus discos. En realidad, no creo que haya pasado nunca tanto tiempo escuchando a alguien. Leí su biografía, le vi en conciertos tantas veces como pude y hasta volví loco a mi amigo Alberto, empeñado en que me enseñase a tocarlas con la guitarra. Supongo que me convertí en algo parecido a un fan, aunque esa palabra me provoque sarpullidos. Sin embargo, poco a poco, las cosas cambiaron.

De pronto aparecieron otros grupos que nada tenían que ver con Sabina.  Cada viernes repasaba El País de las Tentaciones y preparaba a conciencia mi playlist: Sexy Sadie, Los Planetas, La Casa Azul… Después llegaron los bares de ambiente, las macro fiestas gays, las soirées electro y esos primeros novios que me hacían sentir sofisticado llenándome el ipod de grupos franceses que nadie conocía. Llegué a renegar de haber sido uno de esos adolescentes moñas que escuchaban a cantautores y, sin embargo, como ese primer amor del que uno se avergüenza, pero que nunca pierde de vista, Sabina seguía ahí y sus estribillos aparecían de nuevo mientras conducía, regresando a casa de copas, fregando tras una cena. Le espiaba por el rabillo del ojo mientras detestaba ese último disco porque no sonaban como los primeros y, sin embargo, siempre encontraba alguna frase que me dejaba del revés y me hacía pensar que, aunque a veces odie escucharlo, siempre me gusta leerlo.

Esa especie de segunda adolescencia indie también pasó. Me cansé de fingir entusiasmo con todos los grupos que adoraban mis novios. Aprendí que uno no necesita descubrir cada semana a esa banda ‘que es lo más’, algo que ahora me ocurre con las series de televisión. Y entonces apareció mi joven Lama, que no sabía quién era Perales y para el que Fraga era un nombre en algún libro de la ESO. Recuerdo el día que me descubrió cantando a Sabina en el coche. Su cara al ver que sabía de memoria «todas las de ese que canta Y nos dieron la una, las dos y las tres, la que ponen en las bodas», añadió. Me esforcé por hacerle ver qué encontraba de especial en esas letras, aunque supongo que debemos aceptar que no todos los gustos son contagiosos.

Entre sustos fiscales y achaques de salud, a Sabina se le aflojó el ánimo y desapareció de los escenarios. Entonces empecé a echarle de menos y reapareció esa urgencia por volver a verle. Tal vez fueron los rumores de que ya no volvería o los pronósticos de que se presentaría con alguna de esas bobadas tipo Tiramisú de Limón o su enésima gira con Serrat, pero que el Sabina de los Dieguitos y Malfadas, de Peor para el sol, de Y sin embargo, Ruido y de tantas canciones, ese ya era historia. Siempre hay alguien deseando firmar la esquela de un talento.

Después de años, mi amigo Andrés y yo le veremos este jueves en Madrid. Y ahora aceptando que, pese a simulacros y amores raros, sigue siendo el autor de esas canciones con las que me he hecho mayor, historias que ahora sí tienen que ver conmigo, aunque no hablen de nadie como yo.  Por eso, aunque en sus letras ya no hay princesas ni atracos,  si lo escucho mientras hago la cena y con la espumadera en la mano canto:  «sobran lunes por la tarde, faltan novios en los cines‘, mi Lama me mira preguntándose si estaré a punto de echarme a llorar o sacarlo a bailar.

Sabina contra Lady Gaga

Un Gordini sin carretera

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Hace unos meses organizamos a mi padre una fiesta por su setenta cumpleaños y me tocó grabarle uno de esos vídeos que dejan a los invitados sorbiendo lágrimas. Rebuscando munición sentimental, hice a mis tías desempolvar álbumes viejos y aparecieron fotografías de mi padre en pantalón corto, de sus años en el seminario o a lomos de un camello en Canarias.  Sin embargo, esta imagen con americana y corbata, caminando en medio del monte, se quedó enredada en mi memoria por una razón que he tardado en entender.

Podría reconstruir la biografía de mi madre sin espacios en blanco, pero mi padre, reservado y poco amigo de recordar, nunca ha sido un libro abierto. A veces tengo la impresión de que el relato de su vida se parece a un rompecabezas que he ido componiendo a lo largo de los años, atento a cualquier hilo que pudiese asomar en una conversación para tirar de él y descubrir que le enviaron interno a Sevilla o que hizo la mili como policía militar. No se trata de que no le conozca. Con solo mirarlo intuyo cómo se siente y puedo anticipar si algo le divertirá o le sacará de quicio.  Tampoco creo que oculte misterios o guarde secretos, hablo de los asuntos corrientes, de esas historias que me permitirían visualizar cómo podían haber transcurrido sus días de escuela, quiénes eran los amigos con los que pasaba el verano o si hubo alguna novia antes de mi madre.

Cuando pensaba qué quería mostrar en el vídeo, estaba seguro de que debía grabar en Parafita, la aldea donde nació y de la que se marchó siendo niño. Mi abuelo compró una casa en Manzaneda cuando mi padre tenía ocho años y se mudaron. Al parecer, me había llevado a Parafita una vez de pequeño, pero no conservaba recuerdos y mis hermanos nunca habían estado. Por la manera como mi familia hablaba de ese lugar, daba por hecho que sería una de esas aldeas fantasma del interior de Galicia. Sin embargo, tenía claro que el sitio donde uno pasa los ocho primeros años de la vida rara vez es un lugar más.

Llegué un sábado soleado de octubre, acompañado de mis tías Chelo y Elvira y mi prima Ana. La carretera que asciende desde el pueblo de Manzaneda, la misma que lleva a la estación de esquí, ofrece vistas espectaculares. Con el cielo despejado, al norte se ven los montes orondos de O Courel; al oeste, el encañonamiento del Sil en la Ribeira Sacra y a nuestra espalda, la poderosa silueta de Peña Trevinca. Poco a poco, la carretera se estrecha y el paisaje de montaña se impone; silencio, aire fresco, prados de brezo, y algún rebaño de cabras guardadas por mastines perezosos. Conduciendo, venían a mi cabeza historias que mi padre me había contado, imágenes fantaseadas de mi abuelo a caballo, bajando a las ferias de Trives por caminos nevados.

Al llegar encontramos un cruceiro y una pequeña capilla, detrás una docena de casas de piedra con tejados de pizarra, un coche con salpicaduras de barro, el sonido de algún cencerro y dos viejas en uno de esos bancos de la diputación, calentándose al sol de las cuatro. Hace setenta años, cuando mi padre nació, no había luz ni agua corriente. Tampoco médico o escuela, ni siquiera un bar donde hacerse compañía. Sólo montaña. Cualquier cosa que ocurriese, la gente sabía que estaba sola.

Con los colores del otoño, el rojo y los dorados de los cancereixos, esa tarde el pueblo lucía hermoso. Sin embargo, no cuesta imaginar los inviernos violentos, el viento helado, la niebla, las noches largas, la lluvia y los caminos enfangados. Una vez, mi padre me contó que, de pequeño, oía aullar lobos desde la cama. Entonces creí que exageraba. También me confesó que fue un niño miedoso, atemorizado por cuentos de viejas, y me habló de la Tomasa, una vecina de la que todos escapaban porque solo con mirar a alguien podía hacer que muriesen sus cerdos.

Nada más bajarnos del coche, Chelo me llevó a la casa familiar, una enorme vivienda de piedra con varias naves y construcciones anexas. Siempre me habían contado que la de mi abuelo era una de las casas grandes de Parafita, que mi familia tenía fincas, ganado, que nunca les faltó de nada, aunque a quienes hemos nacido en pisos con calefacción y televisión nos resulte difícil entender que aquí no faltase de nada. Con mi tía, recorrimos la cuadra, la bodega, el horno donde se cocía el pan, los restos de un telar. Todo lo que se necesitaba se hacía en casa. Hoy sólo sigue habitada la parte principal, con un balcón y unas escaleras con más de un siglo de historia. Detrás de la casa, un camino de tierra, el mismo por el que sube mi padre en la fotografía.

Mi padre pudo estudiar y, cuando regresaba a Manzaneda en verano, sabía que no le esperaban tardes de bañarse en el río y ver pasar las nubes. Mi abuelo le reservaba las tareas más duras. Fue su manera de enseñarle que el campo no le daría mejor futuro que los libros. Antes de entrar en el ministerio, consiguió su primer trabajo en Celeiros, un pueblo tan cerca de Parafita que le permitía dormir en la vieja casa. Su jefe se llamaba Flamíneo, el alcalde de ese ayuntamiento, un hombre curtido por la sierra, del que se contaba que, tras haberse repuesto de una tuberculosis, le obsesionaba tanto fortalecerse que cada día cruzaba a nado el embalse de Chandrexa de Queixa, sin importar que tronase o cayese una nevada. Cuando mi padre reunió un poco de dinero se compró un Gordini. Imagino cuánto le habría gustado presumir volviendo a casa en el coche soñado por cualquier soltero, sin embargo, la montaña enseña a ser humilde y la carretera no llegaba a Parafita. Debía aparcarlo en un recodo y subir por un sendero hasta el pueblo, cuidándose de no estropear sus zapatitos de oficina.

Esta fotografía del veinteañero con americana y corbata, regresando a la aldea con su Gordini recién estrenado, me parece la imagen de tantos padres de esa generación, de una generación que se mudó a la ciudad, que encadenó trabajos mejores, que pudo comprarse un piso, enviar a sus hijos a academias de inglés y pagarles la universidad, que nació en aldeas sin luz, un mundo del que sentimos que nos separan siglos, aunque no estemos tan lejos. En esa imagen veo a padres que supieron mancharse los zapatos para que nosotros creciésemos entre algodones y quizá se me haya quedado grabada porque hace que me pregunte qué fotografía dejaremos nosotros.

Un Gordini sin carretera

Ascensión en Coruña

Ascensor

Con un ojo entornado por el sol y otro en la cadera del camarero, le escucho decirme: ‘¿Un poquito de vichissoy?’. Mirando la tapa con asombro, pienso que ya no reconozco los bares de esta ciudad, tan obsesionados con sofisticarse para engatusar inditexteros, esa adinerada tribu que cualquier negocio se muere por tener como clientela. Enseguida me aburro de criticar y vuelvo la vista al camarero. Me pregunto cómo de infiel sería si me abriese un Tinder para saber algo más sobre esas cinturas alegres que aparecen en primavera.

Me dan las doce y media en la terraza de La Mar de Bonita. Tres mesas ocupadas: una pareja de jubilados con ese aspecto cremoso de cruceristas nórdicos, una señora en sisas con perro salchicha y un hombre en mocasines que se atusa su pelo de regatista, mientras dice por teléfono: ‘Mariajo, hay que avisar a papá de que no gaste lo que no tiene’. Sin conocer de nada al padre de ese señor, de pronto me apetece que se funda hasta el último euro de la familia en coñac del caro o cartones del bingo. No corre ni pizca de viento, mi móvil marca treinta grados y el sol me tuesta los brazos. Cierro los ojos y olvido a Houellebecq sobre la mesa. Hoy no toca pensar que el mundo se desmorona.

Además de no coincidir con tu jefe en Gadis, lo mejor de vivir y trabajar en ciudades distintas son los festivos locales. Cruzarse con amigos que van a la oficina y tú con esa sonrisa del que libra entre semana. Aprovechar que todo está abierto para comprar un móvil nuevo, arreglarse la barba, ir al gimnasio. Adivinando mis pensamientos, el perro salchicha de la señora me dedica un bostezo elástico, de dibujo animado. Yo le correspondo, sintiéndome orgulloso de no celebrar esta Ascensión en clases de zumba. Feliz, pido otro ribeiro. ‘Sin vichissoy, por favor’.

***

Por mucho que lo intenta, la pescadera no encuentra el adjetivo que busca y yo llevo cinco minutos viéndola encadenar muecas de concentración. La culpa es mía por preguntar a qué sabe ese pez. A la mierda, la castañeta.  ‘Dos lomos de salmón, por favor’. Ahora la cuestión es con piel o sin piel. Al parecer, para el horno mejor sin ella. El señor de atrás discrepa. El hombre no sólo lo tiene claro, tiene una teoría. Realmente, parece haber salido de casa con una montaña de argumentos para defender el salmón al papillote con piel. Su interminable discusión me genera ansiedad y miro arrepentido a la castañeta.

A la salida del mercado reconozco a otro ocioso compañero del tren de las ocho. Van tres esta mañana. Se pasea en bermudas por debajo de la rodilla, como si hubiese salido del camping. Juraría que es uno de esos pájaros de la Oficina de Auditorías. Nos saludamos intercambiando la misma sonrisa administrativa, sin ganas de pararnos y forzar una conversación. Pienso en el vértigo de los heteros que visten traje cuando llega el fin de semana. Me pregunto si ese miedo al vacío será lo que les lleva a caer en manos de Desigual.

En el Orzán, casi me atropella un ciclista con ese peinado eléctrico de los Erasmus. Coruña se ha llenado de bicis de segunda mano. Todo el mundo parece más joven sobre ellas. Quizá debería comprar una. Sobre mi mountainbike roja, me siento como uno de esos padres tripones enganchados al Decathlon. Sin embargo, si me hiciese con un trasto vintage, tarde o temprano se le saldría la cadena y sería un auténtico estropicio, grasa por todas partes, minúsculas llaves que no sé para que sirven… Descarto la idea, aunque me siento feliz de tener tiempo para analizarla.

De regreso a casa, paso al lado del café donde hemos desayunado. A mi Lama le daba reparo entrar. Hace una semana se me ocurrió hacer una referencia al camarero en este blog y temía que nos reconociese. En realidad, todo lo que escribí fue que resultaría más sexy sin ese flequillo de sauce llorón. El chico estuvo amable, el mechón de pelo continuaba creciendo y, aunque no notamos ninguna hostilidad especial, mi Lama sigue pensando que debería escribir más historias como esa de los patos y dejar en paz a la gente del barrio.

Al despertarme esta mañana, mientras remoloneaba en cama, pensé en cocinar algo especial para Dani. Sorprenderle con cualquier cosa sepultada en curry y leche de coco. Compraría el móvil, me arreglaría la barba, volvería pitando del gym y me pondría el delantal.  En aquel momento parecía un plan sólido, sin fisuras. Me doy cuenta de que son casi las tres y el salmón sigue en la bolsa. A toda prisa lo meto en el horno y me pongo a escribir mientras se cocina. Esta mañana se me han ocurrido un par de ideas estúpidas. Son realmente malas, aunque uno nunca sabe lo que puede dar de sí una mala idea hasta que de pronto algo empieza a oler a quemado.

Ascensión en Coruña

Un año con plumas

Patos Gaiás

Cuando comenzó a construirse la Cidade da Cultura se excavó en la falda del monte una balsa para recoger aguas procedentes de las obras. Como muchos saben, estos trabajos se prolongaron más de una década y ese depósito a cielo abierto quedó olvidado, oculto tras una barrera de maleza, rodeado de escombros y material de desecho. Con el tiempo, alguien advirtió las posibilidades y se llevó a cabo un proyecto de regeneración para convertirlo en un lago.

Con su embarcadero de madera, rodeado de sauces y abedules y frente a un agradable prado, donde se cuelan ovejas de O Viso, el lago es uno de esos secretos que pasan inadvertidos a la mayor parte de los visitantes. Hasta hace poco, cada vez que me acercaba sentía cierto repelús, pensando en el origen turbio de esas aguas. El año pasado apareció una pareja de patos salvajes y, aunque su llegada nos sorprendió y dábamos por hecho que no se quedarían, pasaron el verano. Este año han regresado y, hace una semana, hemos visto a la hembra seguida de siete crías, lo que supone algo así como el certificado de que ese depósito de agua muerta se ha vuelto un lago vivo.

Desde que desbrozaron el Gaiás es habitual que veamos rapaces sobrevolando el monte. Un amigo biólogo me explicó su querencia por los campos abiertos, donde les resulta fácil descubrir presas. Cada mañana, una de ellas nos recibe posada en lo alto de una de las farolas de la vía que llega desde el Sar, con las alas plegadas y aspecto de gárgola vigilante. Durante semanas se convirtió en la estrella de las conversaciones del café. Había quien la consideraba un águila ratonera y otros apostaban por un halcón. De pronto, todos nos volvimos expertos en identificar rapaces por la forma de las alas, hasta que el ojo certero de un fotógrafo nos sacó de dudas. Capturó una imagen de ella remontando la fachada del Museo con un lagarto en las garras, lo que parecía confirmar que se trataba de un lagarteiro, como se conocen a los cernícalos en Galicia.

Por mucha cuarcita que se haya utilizado en su construcción, el Gaiás sigue siendo un monte y, de camino al aparcamiento, se ven lavanderas con su vuelo ondulante, elegantes cornejas, cuervos y mirlos correteando entre zarzas y dedaleras. Nada tienen de exótico estos pájaros y supongo que siempre han estado ahí, pero este año se han vuelto visibles o quizá, por primera vez, me he parado a verlos.

Hace sólo unos días, me llamó la atención un petirrojo sobre una oxidada valla de obra. Cantaba desacomplejadamente y el potente trino de aquel ser minúsculo, que podría esconder en el bolsillo de mi camisa, resonaba en toda la plaza. Me detuve a una cierta distancia a observarlo, cuando me sorprendió un compañero: ‘¿Qué haces tan concentrado?’. En una centésima de segunda me vi desde fuera como ese tipo raro que mira pájaros en el aparcamiento y le mentí.  Me inventé que creía haber visto escabullirse algo entre la hierba, que quizá fuese un gato. ¿Qué tienen los pájaros para que nos dé pudor que nos vean pasmados mirándolos?

Lo cierto es que, de pronto, los veo por todas partes. El sábado, por ejemplo, conocí a los luganos. Salí con la bici a la Torre de Hércules y me paré a beber en una fuente cerca de la playa de As Lapas, en una hondonada por la que cruza un riachuelo abriéndose camino entre dos hileras de alisos. Sobre la mesa de piedra de un merendero me sorprendió un pájaro diminuto, del tamaño de un gorrión, pero con plumas negras y amarillas.  De pronto reparé en los matorrales y descubrí otros parecidos, pequeñas pelotitas de tenis escondidas entre las ramas. A unos metros, un panel explicativo hablaba de las características del bosque de ribera y mencionaba a los luganos, pájaros de la familia de los jilgueros que regresan en primavera del norte. Intrigado, quise saber más.

Mientras observaba de reojo a aquel emigrante con plumas, como si temiese que me descubriese espiándole, leí en el móvil que los luganos viven en grupos cohesionados, con férreas jerarquías, hasta el punto de que quienes ocupan los escalafones más bajos buscan alimento para sus líderes y se lo regurgitan en la garganta, comportamiento que se llama allofeeding. Durante unos minutos me quedé en silencio, pensando que, por su actitud ociosa, mi orondo lugano debía de ser uno de los jefes gordos, aguardando a que algún esclavo apareciese con su merienda.

Hace tiempo que me ronda la idea de apuntarme a algún curso de ornitología y se lo comenté a mi Lama. Al momento, me miró con esa cara de ‘deben ser cosas de la edad’ y se apresuró a dejar claro que ni se me pasase por la cabeza proponerlo como una actividad de pareja.  En realidad, no sé por qué he empezado a fijarme en luganos, cernícalos o petirrojos. Tal vez me da pena que no sepamos nada de ellos, que se olviden sus nombres y que pronto sean como esos aperos de labranza que sólo los abuelos saben para qué sirven. La propia palabra ‘apero’ tiene algo de fósil y parece levantarse una nube de polvo al teclearla.

Mi amiga Ana me confesó que hasta la universidad sólo había visto vacas en televisión, algo que en Galicia resulta difícil de imaginar, a menos que hayamos crecido en salas de juegos y centros comerciales. Con mi amigo Alberto conseguimos resolverlo a tiempo. En bachillerato le acompañamos a una aldea cerca de Ourense para que comprobase que los cerdos no eran de color rosa y que no había ningún árbol de patatas. No creo que las generaciones que han venido detrás hayan mejorado mucho.

Pese a esta indiferencia, pocos dudarían de la fascinación que el ave más común puede despertar. Visitando el Victoria & Albert, el mayor museo del mundo de arte y diseño y uno de los más concurridos de Londres, me llamó la atención como se había dispuesto una cinta dividiendo a la mitad uno de sus elegantes patios interiores. Decenas de turistas se apelotonaban sobre ella, haciéndose hueco para disparar fotos con el móvil. Muerto de curiosidad me abrí paso, esperando descubrir la sesión de fotos de alguna celebrity. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que el objetivo era impedir el paso a una zona elegida por una pareja de patos para criar. No importaba que la exclusiva terraza del V&A se hubiese reducido a la mitad, aquel espacio se reservaba a los nuevos inquilinos. Nadie duda de la dosis de marketing, pero lo cierto es que aquellas insignificantes bolitas de pluma impusieron por unos días su belleza en uno de los museos más prestigiosos del mundo.

Un año con plumas

El amigo que volvió en corbata

Botellón

Hace unos días me contaron que un amigo con el que hace años que no hablo se ha venido a trabajar a mi ciudad. Un contacto común me dijo que dirige una sucursal de banco no demasiado lejos de mi casa. He intentado recordar cuándo fue la última vez que nos vimos, hará quince años. El otro día le busqué en Facebook. Quería ver su fotografía, comprobar cuánto había cambiado.

Nos conocimos siendo niños. Vivíamos en el mismo barrio, él me timbraba y hacíamos juntos el camino al colegio. En clase cada uno tenía su grupo. Él, con los del equipo; yo, con los de Star Wars, pero nos llevábamos bien. Además, nuestras familias congeniaban y pronto nos hicimos amigos.

Con diez años, una multinacional compró la empresa donde su padre trabajaba como electricista y toda la familia se mudó a otra ciudad. Entonces nos dijimos que, pese a la distancia, seguiríamos viéndonos. Yo pasaba una semana en su casa durante el verano. Íbamos a la playa en bus, alquilábamos una película al día y perdíamos el tiempo curioseando camisetas en el Corte Inglés. A él también le gustaba quedarse en la finca de mis padres, la piscina, la bici, el perro y esas cosas que no son fáciles de encontrar en una ciudad. Así fuimos creciendo, compartiendo historias parecidas a las de cualquier par de amigos.

Cuando empecé a trabajar se espaciaron los encuentros, pero conseguimos mantener la costumbre de vernos dos o tres veces al año para ponernos al día. Entonces ocurrió lo de aquella noche.

Él había venido a Santiago a salir. Desde siempre le había gustado rodearse de chicas y le acompañaba un grupo de amigas, gente divertida con la que reírse, pero también mantener buenas conversaciones. Bebimos en los bancos de la Alameda y continuamos la fiesta en el Ensanche.

Sin esperarlo, una de ellas empezó a preguntarme cómo era posible que no tuviese novia. Entonces, aquel tipo de situaciones me ponían nervioso. Yo se lo había dicho a mi familia y a algunos amigos, pero la mayoría de la gente aún no lo sabía y todo lo que apuntase en esa dirección me asustaba. Sin embargo, aquella chica parecía decidida a arrancarme una confesión.

Poco a poco nos apartamos del resto. Yo intentaba cambiar de tema, pero ella, con habilidad, encontraba la manera de volver. Sería el alcohol o el cansancio, pero finalmente tiré la toalla y le di a entender lo que quería escuchar. Ella me tranquilizó, asegurándome que no debía inquietarme, que me guardaría el secreto.

Aquella fue la última vez que vi a mi amigo. Puedo imaginar qué ocurrió, aunque también podría equivocarme. Mi imaginación a menudo va más lejos. Sé que lo correcto habría sido llamarle, pero entonces estaba agotado de tener que explicarme, así que ninguno de los dos hizo nada, simplemente dejamos que pasase el tiempo. Supongo que, en ese momento, no costó tanto. Poco después mi vida cambió bastante y aquello quedó atrás, aunque uno va aprendiendo que es difícil saber qué es lo que dejamos realmente atrás.

Me encaja como director de banco. Siempre fue una de esas personas en las que resulta natural confiar e imagino que el fútbol le habrá dado ese fondo competitivo necesario para lidiar con los objetivos. El asfixiante nudo de corbata de su fotografía me hace sonreír. Yo le recuerdo siempre en camiseta. Si nos cruzásemos por la calle, sé que le reconocería a la primera.

El amigo que volvió en corbata

Empacho de emprendedores

Elevator-Pitch

Odio a los emprendedores. En realidad, quizá exageré, pero me gustaría que emprendiesen en silencio o, al menos, que nos diesen una tregua. Hace poco me invitaron a un cumpleaños y un tipo con un entusiasmo crispante no paró de dar la murga diciéndonos cuánto le gustaría que el día tuviese sesenta horas para poder incubar todos los huevos de empresa que pone al día. Después me miró con sus ojitos de plan de negocios y me preguntó: ‘¿Y tú qué, no tienes ganas de montar algo?’. Yo me encogí de hombros y seguí comiendo aceitunas, mientras él me borraba de la mesa con desprecio, imaginándose tal vez que sería uno de esos parásitos que aspiran a cumplir sus ocho horas e irse a casa.

Aquel telepredicador nos contó entusiasmado que acababa de hacer un curso de Elevator Pitch (algo así como ‘Charla de ascensor’, en una traducción un poco pedestre del inglés), técnicas para aprender a ir directos al grano por si un inversor se pone a tiro.  ¿Alguien en su sano juicio le daría un euro a un desconocido que se cuela en el ascensor y te ametralla con su proyecto de food trucks veganas?

Con la crisis nos han convencido de que todo nos ha pasado por remolones, por ser un país sin más horizonte que aspirar a funcionarios y que deberíamos aprender de los yankees, tan enérgicos y dispuestos siempre a hacer hueco en su garaje para diseñar una multinacional. Si le preguntasen a mi padre qué futuro desea para su hijo, no lo dudaría: opositar. Podría llamarle en este instante y anunciarle que abandono mi trabajo para convertirme en auxiliar administrativo y él mismo me compraría los temarios. Sin embargo, todo ha cambiado y quien aspira ahora a un puesto en la administración debe llevarlo en secreto o será tachado de persona plana, sin ambición. En estos tiempos de emprendimiento, uno debe haber diseñado tres aplicaciones para móvil y una pyme con drones si quiere meter baza en cualquier fiesta.

Desde hace algunos años doy un curso de comunicación en una escuela de negocios. Me deprime ver llegar a mis alumnos vestidos con trajes que no son de su talla, corbatas de taxista y esos zapatos afilados que compraron para la boda del hermano y ahora se alegran de no haber tirado.  Me recuerdan a como nos vestíamos en esos primeros fines de año con acné y lícor 43. Todo forma parte de la liturgia financiera que se les impone. Se les convence de que están llamados a ser los emprendedores del futuro y, por tanto, la americana se transformará en su segunda piel. En el vestíbulo de la escuela, les espera una mesa con ediciones de The Economist, Wall Street Journal, etc., sin que importe que la mayoría ni siquiera tenga el First.  No han cumplido los treinta y ya dan la hora con el amaneramiento que uno explicaría una OPA hostil.

Lo que más me irrita de la filosofía emprendedora es esa retórica donde el esfuerzo, el sacrificio y la disciplina se presentan como las condiciones que conducen éxito y, por tanto, el fracaso es simplemente la consecuencia de no trabajar bastantes horas. No importa el peldaño social en el que hayamos nacido, la universidad y los máster que hayan podido pagar nuestros padres, si hubo o no veranos en Inglaterra  y, si esos amigos de la familia, se han convertido en clientes o inversores de nuestro proyecto. En el discurso del emprendimiento, los otros no cuentan, sólo el esfuerzo individual. Si no llegas, trabaja más.  Si sigues sin alcanzar tu meta, siéntete culpable porque es tu responsabilidad. Para triunfar, debes olvidar horarios, fines de semana, tiempo con la familia y no digamos hobbies. Un emprendedor que piensa en vacaciones pagadas, bajas por enfermedad o conciliación está condenado a fracasar.

Hace unos años, acompañé a un amigo a una conferencia de Mario Vargas Llosa. El Nobel había sido invitado por una importante empresa como conferencia central en un jornada dedicada a motivar a los trabajadores. Su charla se centró en como su éxito llegó solo cuando tuvo el valor de abandonarlo todo y concentrarse por completo en sus libros, sin reloj, ni descanso, sin pensar en el dinero, solo en la satisfacción que le producía escribir de sol a sol. La obsesión, como secreto del éxito. Ese era el astuto mensaje elegido para trasladar a los empleados, que se proyectaban en las palabras de Vargas Llosa, imaginándose como también ellos podrían llegar a ser Nobeles en su campo si entendían que reservar una parte de tiempo para dejar de producir era resignarse a la segunda división.

En un mundo de emprendedores, donde el éxito profesional se formula en términos de lucha y supervivencia individual, en qué lugar queda la organización para defender derechos colectivos, ese tipo de unión que ha sido la base de conquistas que a nuestra generación nos han venido dadas y que estamos viendo como se debilitan o desvanecen. El discurso a favor del emprendimiento se ha infiltrado en las aulas. Nuestros gobernantes defienden la necesidad de estimular las actitudes emprendedoras desde secundaria para que los adolescentes asimilen que tendrán únicamente aquello que logren peleando y que esa debe ser la meta donde concentrar sus energías, y no en otro tipo de batallas.

Por mi trabajo, debo asistir con cierta frecuencia a eventos de emprendedores, donde no falta nunca el apartado de ‘casos de éxito’, ponentes que han hecho de viajar por España y contar sus peripecias su principal ocupación, especialistas en fabricar frases de autoayuda y persuadir a un auditorio de que una actitud positiva vale más que un préstamo del banco. Por supuesto, algunas de estas historias resultan fascinantes y admirables. Sin embargo, no son las habituales.  A mi alrededor veo multiplicarse cada día los casos de personas que descubren como esta nueva fanfarria de ser emprendedor no es nada más que una coartada para esconder la vieja miseria de ser autónomo.

Empacho de emprendedores

Un barrio para quedarme

Cuatro Caminos

En mi barrio crece un ginkgo biloba que en otoño se tiñe de dorado y se convierte en una de las atracciones de Cuatro Caminos. Cuando le caen las hojas se forma un círculo de oro a sus pies y a uno le entran ganas de tirarse y restregar su espalda, como a un golden retriever en el paseo de la mañana. Los botánicos consideran a los ginkgos fósiles vivientes, la especie más antigua de la tierra, sin relación alguna con el resto de los árboles, algo así como el último superviviente de una familia en la que todos los demás se han extinguido. No imagino soledad más grande y, desde que sé esto, me inspira tanta ternura que, si no me importase pasar por loco, me pararía a darle un abrazo en condiciones.

A unos metros de mi árbol favorito empieza Fernández Latorre, la calle donde se encuentra el edificio en el que a mi Lama y a mí nos gustaría vivir cuando salgamos de pobres; uno de esos inmuebles art déco con su fachada llena de molduras y balcones afrancesados, pero con la piedra ajada y sin el aire pretencioso de otras casas de la época que figuran en guías de arquitectura. En los bajos de esa vivienda, una pequeña peluquería nos intriga. No tiene nombre, ni cartel; sólo una puerta de madera labrada. Como si fuese un cirujano, el peluquero viste bata blanca y atiende a los clientes de uno en uno, con las cortinas corridas para que nadie husmee. He escuchado que se llama Antena, pero todo son rumores.

No muy lejos de la peluquería misteriosa se ha instalado Jose Catoira, un luthier que aprendió el oficio en Cambridge y que ahora ha regresado a su ciudad. En las vitrinas de su taller se exhiben violines y partituras y, en la galería de arriba, se le ve trabajando, sentado en una banqueta con delantal de carpintero y virutas a sus pies. Una vez al año, los comerciantes de Fernández Latorre salen a la calle y organizan un mercado. Entonces, nuestro luthier se convierte en la estrella indiscutible y todos nos sentimos orgullosos de vivir en un barrio donde se fabrican y restauran violines.

A mí me encanta Cuatro Caminos y, sobre todo, ese primer tramo de Fernández Latorre, justo antes de llegar a la fuente donde cuentan que el Dépor celebraba sus victorias y digo cuentan porque desde que he llegado a la ciudad sólo he visto gaviotas chapoteando. Por desgracia todavía siguen cerrados demasiados negocios desde la crisis y, a veces, abren otros cutres, que desentonan como manchas de grasa en un vestido de domingo. Cada vez que veo las oficias de la ORA, por ejemplo, me entran ganas de comprar un spray y estamparles un go home.

Cuando atravesamos Fernández Latorre, existe un punto en el que mi Lama y yo nos separamos de manera automática, sin explicaciones. Él se pasa a la acera de Esturri y se queda pasmado frente a ese despliegue de aparadores vintage y tresillos de los sesenta, imaginándose su vida en un apartamento de Mad Men. A decir verdad, eso era antes. Ahora mi Lama trabaja para una firma de la competencia y ya no mira a Esturri con admiración, sino con ese gesto de ‘a ver por dónde van estos’ con el que se vigila al adversario. Yo, en cambio, me quedo en la acera de Formatos, una librería maravillosa en la que, si pides consejo para preparar unas vacaciones en Italia, no te traerán la Lonely Planet, sino los viajes de Henry James. Formatos se trasladó al barrio hace casi doce años y, desde entonces, José Manuel y Ramón ejercen aquí el oficio de libreros, convirtiendo su escaparate en uno de mis paisajes favoritos de la ciudad.

Hasta Formatos llega el olor a eucalipto seco de Verdelar, esa floristería victoriana en la que uno tiene la impresión de que será una atormentada Virgina Woolf quien preparare el ramo de flores. Frente a ella, el Java Café, donde mi Lama y yo desayunamos cada sábado un cuenco de fruta y yogur griego, mientras decidimos si el camarero nos resulta atractivo o le cortaríamos ese flequillo que le llega a la barbilla.

De vuelta, paramos a por unos puerros en Casa Vega. Cuando me mudé a Coruña, ese ultramarinos, abierto desde 1952, no era más que una tienda gris y destartalada, con un tendero cascarrabias contando las horas que le quedaban para jubilarse y echar la persiana. Fernando y Borja han sabido darle un futuro, convirtiéndolo en uno de los lugares con más encanto del barrio, con su elegante suelo de baldosa y su impecable selección de producto fresco, expuesto con la delicadeza de un museo.

Sin embargo, nuestra parada favorita es el Buena Sombra. Uno de esos pequeños restaurantes a los que ir cuando no se tienen ganas de centro, cuando apetece dejarse de experimentos y sentarse a beber una botella con amigos en un lugar donde charlar y escuchar, sin miedo a que entre una despedida de soltero. Uno de los secretos es su brocheta de rape y langostinos con risotto, pero ese es solo un secreto pequeño porque el grande es Jose, ese camarero vestido de crooner, que no necesita libreta para recordar lo que has pedido y que nunca te hace esperar aunque jamás le veas con prisa.

Será porque trabajo en Santiago, donde paso la mayor parte del día, pero me sigo sintiendo turista cada vez que voy al centro, como si nada de lo que pasase allí me incumbiese. Sin embargo, Cuatro Caminos es diferente. Me encanta que mi vida transcurra en un lugar así, en un barrio al que no llegan los turistas, como han sido siempre todos mis barrios, salir a hacer recados y ver a los jugadores de ajedrez del Delicias, a los borrachos del Torre Esmeralda, al chico nuevo de la óptica Sánchez Lázaro, el dependiente más sexy de Coruña, el edificio de la UGT, con esa pintada de Zapatero hijo de puta que nadie ha borrado desde 2010 y que me deja un poco triste cuando paso al lado, al club de calceta del Briznas, a los jubilados del centro cívico Santa Lucía, con sus clases de tango y chachachá, o la fachada del Hotel Plaza y sus espaguetis de neón tan ochenteros. No tengo planes de irme, aunque tampoco estoy seguro de que Coruña sea la ciudad para quedarme. Lo único que sé es que, acabe donde acabe, no pienso moverme de Cuatro Caminos.

Un barrio para quedarme