Camila

Camila

La cocina olía a mermelada de ciruela. Cuando me despertaba escuchaba la radio en el comercio. Siempre la radio encendida. Ella me llamaba Iñaki y decía que algún día yo daría las noticias. Subido al mostrador de madera, miraba los peces del acuario, las cajas de cartón en las estanterías, los rollo de tela, y en la otra esquina, el estanco, el escritorio con la máquina de escribir y esa esponja naranja donde se humedecían los sellos antes de pegarlos. Por aquel comercio pasaban todos. El Cachas, con ese labio inferior que sujetaba el cigarro mientras hablaba; el Demo, que clavaba puntas a puñetazos y nos invitaba a ver el espectáculo; el herrero, con su pierna de quita y pon y el Lletas, diminutivo de Costilletas, apodo que le habían puesto por trabajar en la carnicería. Ella me contaba sus historias, y yo lo recordaba todo, como si conocerlas me hiciese más de allí.

Todavía hoy le gusta describirme como el sobrino bueno, el que pasaba las mañanas de lluvia en el salón, con los libros de Los Cinco, esperando a que parase para salir corriendo a buscar a los otros. Siempre la he llamado tía, aunque la siento abuela. Mi madre se crió con ella, en uno de esos arreglos con los que las familias grandes se apañaban para salir adelante. Cuando se mudó a casa de Camila tendría tres años, tan bajita que no llegaba a abrir las puertas. Mi tía se acaba de casar y aún no tenía hijos, aunque pronto llegarían seis. Pepe, su marido, murió antes de que yo naciese. Cada vez que veo su retrato en el dormitorio de mis padres, pienso cuánto me habría gustado conocerlo.

Al mediodía, mi tía me mandaba a por pan, encargando una barra de más, sabiendo que en el camino no sería capaz de contenerme. Adoraba aquella panadería en el monasterio, el olor a leña y harina del claustro, el silencio del pueblo, con el chorro de la fuente, y el sol pegando en el asfalto, abrasando algún sapo muerto, aplastado por el coche de línea. Siempre le preguntaba cuántos seríamos para comer, me encantaban las peleas entre mis primos, y ella pidiendo paz en la mesa, amenazando con el mango de la escoba. Entonces ni imaginaba lo que estaba consiguiendo, qué sabe un mocoso de criar a seis hijos, de lo que cuesta la universidad, de enseñarles a que nadie falte cuando uno tiene problemas. Eso lo vi después, cuando la vida de alguno se complicaba, y aparecían todos.

Los sábados, mis primos bajaban al Bar Galicia después de cenar, y yo me quedaba con Camila y María José, mi madrina. Recién duchado, sentado en el sofá, cruzando los dedos, esperaba a ver el número de rombos de la película, confiando en no tener que irme a la habitación. A veces bajaba a La Manuela a comprar pipas, corriendo como un loco para regresar antes de que empezase. María José hacía un cucurucho con una hoja de La Región para las cáscaras, y mi tía se dormía enseguida, pero si la mirábamos, abría los ojos, disimulando y resistiéndose a ir a la cama. Entonces, la mía era la única foto en la estantería de los nietos, luego llegaron tantos que tuve que descender a la de los sobrinos.

Cuando tenía diez años, Camila sufrió un derrame. Le había ocurrido a mi profesor de tercero, y sabía que no era ninguna broma. Aquel profesor nos leía ‘Jim Botón y Lucas el maquinista’ por capítulos, y conseguía entretener a toda una clase, sin que nadie le interrumpiese. Nunca había visto a nadie hacer algo tan difícil. Después del derrame, le quedó un defecto en el habla y me entristecía pensar que quizá no leyese igual de bien. Visité a Camila en el piso de su hijo Jorge. Verla en el sofá, con un voz frágil, me dejó temblando. Aquella fue una de las primeras experiencias de lo terrible que podía ser una enfermedad, como podía llegar de repente y darle la vuelta a todo, incluso a mi tía, una de las personas más fuertes que conocía, la que siempre había cuidado de nosotros. Sin embargo, se recuperó por completo y yo me convencí de que era invencible.

Al hacerme mayor, empezó a preguntarme qué tal de novias, cuándo me iba a casar y esas cosas que dicen las abuelas cuando nos ven y nos achuchan. Me costaba decirle la verdad, y. supongo que para evitar quedarme callado o mentirle empecé a espaciar las visitas. Mi madre me contaba que me echaba en falta, y yo no me sentía orgulloso. Por suerte, esa etapa no duró, y cuando le presenté a mi Lama fue un gran día. Con el tiempo, descubrí lo equivocado que había estado con aquellas dudas. Hoy tiene 86 años, una estantería para los bisnietos, y acaba de arreglárselas para recuperarse de otra gorda, dejándonos a todos pensando que quizá ser invencible esté al alcance, y nada tenga que ver con lo que ocurra, sino con la voluntad de no darse por vencidos y abrir bien los ojos, cuando alguien crea que nos hemos dormido.

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