Carla y César

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Ella adoraba estar en casa, yo jamás llegaba antes de las diez. Al entrar, la encontraba con su bata y pijama de puños, casi siempre viendo algún reality, con el volumen demasiado alto y las persianas de la galería bajadas para guardar el calor. Mientras devoraba mi cena, me ponía al tanto. Sabía que olvidaría el nombre de los personajes  y que al día siguiente le preguntaría lo mismo, pero fingía creerse mi interés y me acompañaba hasta el punto del argumento en el que se encontrase.

Aquella noche la tele estaba bajita y pensé que habría venido César y estarían viendo una de esas tediosas películas que le servían de excusa para alardear de sus cursos de guión. Al principio, solían quedarse en el piso, pero últimamente me había dado cuenta de que prefería irse a casa de él cuando les apetecía estar solos. Me preguntaba si quizá habría notado cómo me irritaban sus opiniones contundentes y ese tono fingidamente frívolo con el que intentaba disimular su obsesión por intelectualizarlo todo.

Con Carla nunca me molestó el silencio, me permitía llegar después de un día completo de teléfono y quedarme adormilado, hipnotizado frente a la pantalla, recuperando el pulso y dejando que el eco del día se fuese diluyendo. Sin embargo, César lo llenaba todo de ruido, de discusiones furiosas, despertaba en nosotros la necesidad compulsiva de añadir una última frase, de presentar el argumento que resistiese sobre la mesa, arrastrándonos a una absurda competición para ponerse a prueba.

Como pareja, me fascinaban; tan opuestos e imprescindibles el uno para el otro. César, inmerso en la construcción de su futuro brillante, agobiado con su agenda repleta de retos, siempre a contrarreloj, acostándose el último y levantándose el primero para llegar antes que nadie, decidido a compensar con disciplina y trabajo las oportunidades que creía haber perdido por nacer en uno de los pisos sociales de Vista Alegre, maldiciendo el esfuerzo que debía invertir para llegar a lugares que otros alcanzaban frescos y sonrientes, con la naturalidad que les proporcionaba saberse con reserva desde la cuna.

Siempre me entristecía como hablaba de su familia o quizá como apenas hablaba, con ese tono frío y breve que ocultaba un reproche implícito, como si todos los años de su padre puliendo tableros le avergonzasen. Lejos de apreciar lo que conseguía, le obsesionaba lo que no estaba a su alcance, a menudo hablaba con resquemor de escuelas de cine que no se podría permitir o se avergonzaba de un inglés que cualquiera habría juzgado excelente. En una de esas largas sobremesas de domingo, Carla nos preguntó cuáles habían sido los cinco días más felices de nuestra vida. Los de César tenían todos que ver con su carrera, y mientras los describía, veía como Carla le admiraba, sin importarle que ella no figurase en ninguno.

Entré en el salón y la encontré en la butaca, con las piernas estiradas sobre la mesita de mármol, la luz apagada y el reflejo del televisor garabateando sombras sobre su cara angulosa.  Pensé que había adelgazado. Me preguntó qué tal sin esperar respuesta, y mantuvo la vista fija en la pantalla. No quise molestar y fui a la cocina. Regresé con algo de comer sobre una bandeja. Me desplomé en el sillón, dispuesto a que mi mente se dejase calmar por la imágenes. Entonces, el ruido me cerró la boca del estómago.

Encendí la luz. Se ocultó la cara. Imaginé alguna desgracia, pero intuí otro dolor. ¿Quién nos enseña a abrazar a alguien que llora? Pronunció palabras aisladas, palabras que expulsaba desgarrándose, como si fuesen demasiado grandes para abrirse paso. En mi cabeza me esforzaba por componer aquel puzzle de silencios, de vacíos y sonidos. Poco a poco, entre toda aquella agua turbia, fue emergiendo una historia que hablaba de culpa, del sentimiento de haberse quedado atrás, de la tensión de meses luchando por retenerlo, llevando la esperanza al límite, hasta no encontrar más fuerza y tener que soltar. Me sacudió la idea de que todo había ocurrido delante mía sin haber visto nada. Sentí la aguja helada de la culpa tocando nervio, pensando que uno puede convivir con alguien, hablar de lo cotidiano, de lo urgente, creer que comparte el espacio íntimo de una casa y, mientras esto sucede, las piezas de algo terrible se deslizan silenciosas, subterráneas, abandonando su posición segura, preparándose para la brecha. Un día todo se precipita y tú, que creías estar allí vigilante, te das cuenta de que solo masticabas en silencio.

Carla y César

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