La lección que no recibí

educación gay

El profesor nos planteaba una hora de educación sexual, la primera de todo el bachillerato. El método parecía sencillo: escribir en un papel anónimo nuestras dudas. Él los recogería e iría contestando. De esta manera, evitaríamos la vergüenza de tener que preguntar a mano alzada. Tenía dieciséis años y cursaba tercero de BUP en un colegio religioso, uno de esos centros considerados el lugar adecuado para garantizar a los hijos la entrada en la universidad. Sin embargo, a principios de los noventa, todo lo que tenía que ver con el sexo no existía en el plan de estudios y aquel inesperado anuncio inflamó una clase de cuarenta adolescentes.

Esa tarde, todos escribimos algo, cuidándonos bien de que la letra no nos delatase. La expectativa era mayúscula. El profesor desdobló primero un papel, luego otro y así continuó en silencio durante un rato. Luego levantó la mirada, se colocó las gafas y dijo en tono solemne que la actividad se cancelaba porque no habíamos sido capaces de tomárnosla en serio. Guardó los papeles y seguimos con las clases habituales. Nunca supe la razón. Tal vez pensó que nuestras preguntas serían más inocentes.

Ese mismo curso, otro religioso interrumpió una de sus tediosas explicaciones para asegurarnos que atravesábamos una edad turbulenta y que no resultaba extraño que nos sintiésemos confundidos a la hora de saber qué dirección tomaban nuestros afectos. Muy seriamente nos informó de que, en el caso de persistir esa confusión, existían tratamientos que nos ayudarían a definirnos. Miré a mi alrededor con disimulo, buscando algún gesto de sorpresa. Aparentemente nadie parecía alterado. Por entonces, comenzaba a sospechar que mis afectos sentían curiosidad por otras rutas y, aunque creía saber a qué hacer caso y qué olvidar de lo que oía en clase, la frase me perturbó y se quedó grabada en la memoria.

Todos estos recuerdos han regresado estos días leyendo El amor del revés de Luisgé Martín, un relato valiente en el que el escritor cuenta su experiencia, la de un chico descubriendo y aceptando su homosexualidad en el Madrid de los ochenta, una generación antes de la mía. Su testimonio me ha hecho rebobinar y ser consciente de que, aunque nunca sufrí episodios de homofobia, la falta de información era absoluta. Miedos, dudas y falsas creencias revoloteaban en mi cabeza, angustiosos temores que habría bastado un poco de luz para hacerlos desaparecer, sin embargo, encontrar esa luz parecía entonces una tarea imposible.

Aquel era el último tema que deseaba comentar con mis padres. De hecho, pronto descubriría que tampoco ellos tenían las respuestas que necesitaba. Todavía tardaría tiempo en reunir valor para apoyarme en mis amigos y ni siquiera conocía la palabra Internet, donde hoy parecen resolverse todos los misterios. Supongo que mi colegio era como el resto de los colegios y mi familia como el resto de las familias. Quiero pensar que las cosas han cambiado, que los profesores desdoblan esos papeles y contestan a las dudas de sus alumnos y que, si todavía alguno sugiere que existen tratamientos para reconducir afectos, se encontrará con algo más que caras de asombro. El aula debe ser un lugar que dé confianza, disipando los fantasmas que engendra la ignorancia y ofreciendo respuestas con las que el diferente pueda comprenderse.

La lección que no recibí

Deja un comentario