Capítulo 2

No dejaba de pensar que su madre se habría dado cuenta y sentía la vergüenza cosquilleando por dentro, como un gato encerrado. Nada se le escapaba a la vieja inspectora de hacienda. Era como si pudiese escuchar lo que ocurría en su cabeza. Después suspiraba, se quedaba en silencio un par de segundos y fingía creerse sus mentiras. Exactamente igual que en la universidad, cuando le humillaba llamando a sus compañeros de piso para decirles que estaba al tanto del ‘viaje secreto’ de su hijo; después les pedía que no dijesen nada a Cormac, pero que quería que ellos lo supiesen para que la avisasen si ocurría algún percance. Odiaba esas palabras, palabras como ‘percance’ que su madre se sacaba del bolsillo para asustar a todo el mundo.
Pensó que quizá esta vez debería haberle dicho la verdad o, al menos, que volaba a España a ver a un amigo; como mínimo, tendría que haber pensado su coartada y no soltar a la primera lo de su hermana en Bath. ¿Cómo no había previsto que le pediría algo? Ahora tendría que llamar a Margaret, explicarle el embrollo y rogarle que le enviase por correo las malditas acuarelas. Estaba seguro de que su madre no las necesitaba en absoluto y que sólo lo había hecho para dejarle claro que, una vez más, le había descubierto.
Levantándose ligeramente del asiento, Cormac comprobó que el avión despegaba lleno y se preguntó que buscarían todos esos ingleses en esa pequeña ciudad llena de curas y charcos de lluvia. Aquello no era precisamente Mallorca. Había visto el tiempo y diluviaría todo el fin de semana. Sonrió pensando en la suerte de viajar al único lugar de España con peor invierno que Oxford. Al menos no se convertiría en uno de esos ingleses con la espalda en llagas y olor a crema barata.
Antes de apagar el móvil, comprobó por última vez los mensajes, dispuesto a no dar señales de vida hasta el lunes. Había mentido a todo el mundo, menos a su hermana. ¿Tanto le avergonzaba aquel viaje? Se preguntó si sería una de esas cosas que creemos que sólo nos ocurren a nosotros hasta que un día, entre gin-tonics, nos sinceramos y comprobamos que todo el mundo ha vivido algo similar y nos sentimos completamente ridículos por habernos creído tan especiales. Reclinándose sobre la ventanilla, Cormac se durmió profundamente, imaginando otros lugares del mundo con aviones cargados de pasajeros rumbo a citas con desconocidos.
Desde el taxi, la ciudad no le pareció distinta a Oxford, calles empedradas, niebla, estudiantes con carpetas y bolsas de supermercado. En algún lugar había leído que su universidad había sido una de las primeras de Europa, aunque pensó que habría unas cincuenta ciudades de las que se podría decir los mismo. Después de comer saldría a caminar, localizaría el café donde habían quedado, así sabría cuánto tiempo le llevaría llegar. Sentado en la galería del hotel se aseguró de que Guillermo había leído su mensaje. Todavía no eran las dos, seguiría en clase. Al otro lado del cristal llovía sobre un jardín con un limonero brillante como una acuarela, una higuera sin hojas enroscada sobre sí misma y una fuente de piedra, descuidada y recubierta de musgo.
Paseando, llegó a un parque con eucaliptos gigantes. Se detuvo a ver la Catedral desde la distancia. ‘Anciana y admirada’, pensó, observando a decenas de peregrinos y turistas con ponchos de plástico, correteando como hormigas de colores por la plaza. A su lado escuchó a un grupo de corredores mientras estiraban. Aquel castellano le resultaba claro, lento, quizá con una nota de tristeza que le divertía. Nada que ver con sus viajes al sur. ¿Sería ese el acento de Guillermo? Pensó que deberían haberse llamado o, al menos, algún mensaje de audio. Cambiar de país bien merece una conversación, se dijo. La voz lo cambia todo y, de repente, sintió una punzada de pánico pensando que quizá el viaje no era más que una reacción precipitada y absurda. Él nunca había sido impulsivo y quizás era demasiado tarde para aprender.
Cormac reconoció esos miedos, las dudas previas al encuentro estampándose sobre su frente como las primeras gotas frías de una tormenta. Se esforzó por quitarse a Guillermo de la cabeza y concentrarse en la Catedral, el corazón de aquella ciudad construida sobre la historia de una tumba. Por un momento se imaginó viviendo allí, corriendo en aquel parque que bordeaba una colina recubierta de árboles. Jugueteó con una bellota con la punta de sus pies y la recogió. Recordó que los robles germinan a finales del invierno y vinieron a su memoria sus clases de botánica, cuando aprendió que las semillas de un árbol pueden esperar enterradas más de cien años, aguardando a que se produzca una conjunción de condiciones improbable, pero posible, la misma cadena de casualidades biológicas que explicaba cada uno de los árboles que le rodeaban. Guardando la bellota en el bolsillo, miró con recelo a su alrededor, lamentando que él siempre hubiese sido un científico, con más fe en la estadística que en los milagros, por mucho que fuesen obra de la naturaleza.








