Carreteras que hacen daño

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No hagáis experimentos. ¿Cuántas veces lo hemos oído? Sin embargo, ¿no los necesita la ciencia para avanzar? Formulamos hipótesis sobre nosotros, las contrastamos y nos definimos. Experimentar es atreverse a tomar una decisión sin saber qué pasará. Con los años, el miedo nos puede y no damos un paso sin tener claro qué espera en la siguiente casilla. Hemos aprendido a temer la incertidumbre. Sin embargo, hubo un tiempo cuando la vida era un puro laboratorio. Entonces, asumíamos riesgos, poníamos a prueba las certezas más íntimas y, también entonces, como en cualquier experimento que sale mal, nos hacíamos daño.

Ella aparcó un Peugeot 505 cerca de los Escolapios. El chico esperaba fumando, sentado en el bordillo. Pensó que jamás había visto un coche con un color verde moco tan horrible. Todavía no eran las once y un yonki con voz gangosa merodeaba pidiendo monedas. Él recordó una estadística sobre el Sida y el elevado consumo de heroína en aquella localidad de paso entre Galicia y Castilla. Antes de apagarse el motor, reconoció un ritmo flamenco desde la radio y pensó algo así como ‘madre mía’. Entonces, la vio bajar y tuvo la certeza de que era la persona con la que pasaría el verano.

Alta, pelo negro, vaquero blanco, zapatillas de deporte y camisa de cuadros. Todo encajaba y, sin embargo, nada de eso hizo que estuviese seguro. La prueba definitiva fue el bolso de cuero y el cuaderno Oxford de tapa dura. Era una réplica de sus compañeras de facultad. La misma pulcritud de primera de la clase, suavizada con un aire de mercadillo hippie. Casi pudo adivinar su letra redondeada, sus apuntes con tres colores de fluorescente e imaginarla tapándose los ojos ante el tablón de notas, murmurando nerviosa ‘voy a suspender, voy a suspender’, un segundo antes de comprobar su 9,5.  La siguió con la vista cruzando el empedrado, confirmando con la dirección que seguía que estaba en lo cierto.

Todo sucedió despacio; fácil de predecir, casi inevitable. Eran los únicos de prácticas en aquella delegación con mesas metálicas, fotos de paisajes en blanco y negro y gruesos ceniceros de cristal. Cada mañana, el jefe repartía temas a voces desde la puerta de su despacho y cada uno salía a cubrir su pequeña historia. Incendios en campamentos gitanos, desprendimientos de nidos de cigüeñas, reportajes sobre bodegas, tediosos plenos, entrevistas a poetas de barrio… Verano en el sur de Lugo, no se puede decir que fuese un hervidero, sin embargo, siempre había algo que echarse a la boca y masticar con la excitación de los primeros bocados.

Ella había nacido en una aldea a veinte kilómetros de allí, aunque para llegar fuese necesario aventurarse por una estrecha carretera de montaña, con socavones, puentes sin barandillas y ramas de sauces y abedules inundando los carriles, una espiral de asfalto que convertía esa distancia en un viaje de cuarenta minutos. Él llegaba cada día desde Ourense con su Visa destartalado, al que no le funcionaba la aguja de la gasolina y con un motor tan ruidoso que hacía imposible escuchar la radio hasta meter quinta.

Al mediodía, comían en La Polar, una cafetería llena de espejos y sillas de mimbre, con aceitosos platos combinados al alcance de sus becas. Si había algo que celebrar se iban al italiano, la pizzería de paredes rugosas verde-farmacia, cuadros de gondoleros bigotudos y un empalagoso olor a queso derretido. Él se terminaba la tarta de whiskey de los dos y salían a la terraza a tomar café con hielo mientras ella le contaba historias siniestras de alcaldes-dinosaurio que sobrevivían en la zona, blindados por las ayudas de la todopoderosa diputación. Él escuchaba atento, animándola a seguir, imitando el carraspeo aguardentoso de Maligno, que, en realidad, se llamaba Benigno y era su jefe.

A ella le aburrían las prácticas y hacía pocos esfuerzos por disimularlo. Sólo necesitaba los créditos para terminar y poder buscar un trabajo en algún programa cultural, quizá en Radio 3. Él fingía que tampoco le emocionaba aquel periodismo de pueblo, pero en secreto vivía el verano de su vida, deseando que llegase cada mañana para ver su firma en el periódico. Los dos se leían en secreto y los dos se mentían, asegurándose con indiferencia que no habían tenía tiempo de ver el artículo del otro. Luego ella cambiaba de tema y le obligaba a escuchar algo de flamenco, alguna canción en la que él sólo conseguía oír mujeres gritando. Entonces, se burlaba de su obsesión con los Sabinas de turno y del error de exigirle a la música que fuese poesía.

Sentado detrás de ella, la espiaba mientras escribía, silenciosa, rápida, con ojos inquietos de ratón de campo. Sus frases salían limpias, ordenadas, el cursor verde siempre avanzando sobre la pantalla oscura. Una vez terminaba, entregaba la página sin revisarla y su página siempre estaba bien, al menos, suficientemente bien. Su primera versión era su única versión. Luego se despedía de todos despreocupada y bajaba al Molinón, donde esperaba leyendo y bebiendo cañas de Mahou con más espuma que cerveza.

Al chico le irritaba verla salir con prisa, sin entender que no intentase algo mejor. Él era lo contrario. Aporreaba el teclado, consultaba las notas y, distraído, dejaba caer la ceniza del cigarro ensuciando el cuaderno. Redactaba con esfuerzo físico, como quien pasa el cepillo a un tablón para eliminar los nudos hasta dejarlo liso, siempre revisándolo todo, de adelante hacia atrás, cambiando palabras, dudando de cada adjetivo, hasta que Maligno le apremiaba a gritos: ‘Espabila chaval, que lo mejor es enemigo de lo bueno’.  Entonces, imprimía una vez más y, avanzando lentamente hacia el despacho de Maligno con la página en la mano, la leía en voz baja, casi silabeando, manchándose sus dedos con el rotulador rojo, apurando los últimos segundos, como el estudiante que cree que, mientras el timbre no suene, queda tiempo para recordar alguna respuesta.

En agosto ya no se leían a escondidas, se criticaban a la cara y, entre risas, ella le decía que a sus historias le sobraban demasiadas palabras y, como una jardinera despiadada, tachaba adjetivos, adverbios, frases enteras para demostrarle como los textos se volvían ligeros sin que la historia se desdibujase, consiguiendo que el lector resbalase sin esfuerzo del principio al final, deslizándose con suavidad de párrafo a párrafo.

Con el tiempo, las anécdotas de Maligno y las batallitas de los alcaldes se arrinconaban en sus conversaciones y ella le hablaba de su padre, que había muerto hace algunos años, y de un novio mayor que todavía la llamaba para verse. Le enseñó el chiringuito de las piscinas, donde su primo les invitaba a claras, la vista desde la torre a todo el valle, el cine cerrado, que demostraba que realmente había existido un cine, y la cafetería del círculo recreativo, donde los viejos leían el ABC mientras se reservaban La Razón sentándose sobre ella. Él empezó a sentir que quizá esta vez todo podría salir bien o simplemente podría salir, como una historia más entre todas las que empiezan en verano, una historia que le demostrase lo absurdo de sus miedos y como, después de todo, se trataba solo de esperar a la persona.

Una mañana, Maligno les anunció que Calamaro tocaría con Los Rodríguez en Pantón y ofrecía una entrevista. Por primera vez, los dos saltaron de la silla al mismo tiempo. Ninguno cedió y la preparon juntos. Él le hizo las preguntas, ella escribió el perfil y el titular se negoció en un agitado viaje de vuelta. Esa noche bebieron mucho licor café, brindaron y  decidieron que habían acertado y que eso era lo que querían hacer para ganarse la vida, aunque no tuviese nada que ver con esas clases de la facultad, en las que aprendían cosas como a leer un texto con un bolígrafo en la boca.

Septiembre terminaba, las persianas metálicas de los colegios se levantaban de nuevo, el periódico volvía a engordar y sus sobremesas dejaban de saber a café con hielo. La última semana, Maligno organizó una cena en un mesón a las afueras, un lugar con sonido a tragaperras y la cabeza de un jabalí encima de una chimenea. Exaltados por el alcohol, llegó el momento de sincerarse, el jefe se enteró de su mote y lo celebró tanto que pagó dos rondas y le eligió como pareja de futbolín, obligándole a que le llamasen Maligno toda la noche. Borrachos, se despidieron de los demás y, aunque el Peugeot era más grande, el Visa estaba más cerca.

Él se despertó primero. A través de la ventanilla del coche, vio la niebla saliendo del río. Sin moverse por miedo a despertarla, la miró con calma, cada línea, examinándola. Decidió que era hermosa y se sintió triste. Parecía que había pasado un año desde la mañana del aparcamiento, cuando todo era posible. En unos días se verían en Santiago, con un montón de cuadernos Oxford listos para estrenar. Conduciendo de regreso a casa, tuvo el presentimiento de avanzar hacia un lugar equivocado y de que, por dulce y suave que fuese aquella carretera, tarde o temprano no tendría más remedio que parar y encontrar su dirección.

Carreteras que hacen daño

Viajar a Coruña, llegar a París

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Vi sus caras y supe que me había equivocado. Aquellos no eran los pasajeros del tren que llevo cogiendo seis años. Jadeando tras una carrera desde el aparcamiento, pregunté: ‘No va a Coruña, ¿verdad?’. Alguien negó con la cabeza. Al momento, me di la vuelta para salir de allí, pero las puertas se cerraron en mis narices. Mi joder fue tan sonoro que un niño pegó un respingo en su asiento. ‘A Ourense’, susurró el chaval, mientras yo pulsaba como un idiota el botón verde de Apertura.

Pese a mi fama de distraído, esta vez Kurt tuvo la culpa. El temporal con nombre de rottweiller que puso Galicia patas arriba hace una semana había inutilizado varias vías, obligando a cambiar los andenes habituales. Mis prisas hicieron el resto. Así acabé cruzando Galicia en la dirección equivocada, sin sospechar que, pese a todo, me esperaba una tarde sorprendente.

El temporal había convertido aquel viernes en el black Friday de Renfe, crispando a viajeros y trabajadores. Esa misma mañana, había sido testigo de un conato de motín en mi tren de las ocho. Algunos pasajeros, tras cuarenta minutos parados y sin explicación, estuvieron a punto de llegar a las manos con el maquinista. Me asombró comprobar la facilidad con la que personas que esperaban cívicamente, leyendo el periódico, escuchando música o dormitando, se convertían en una turba dispuesta al linchamiento.

La chispa fue una pasajera sentada dos filas más adelante, una mujer que reposaba con los ojos cerrados y esa expresión beatífica del sueño de los trenes, sin que ninguno de nosotros adivinásemos la tormenta que se formaba en su interior. De repente, despertó y sus facciones cambiaron. Se levantó resoplando, avanzando por el pasillo como un miura por la calle Estafeta. Aporreó la cabina del maquinista y, en cuanto lo tuvo delante, empezó a acribillarle con una ráfaga de quejas, reprochándole la desvergüenza de Renfe por mantenerles encerrados sin información. Parecía imposible que hace apenas dos minutos esa misma persona transmitiese la serenidad de una estatua de Santa Teresa. Alarmado por el jaleo, el revisor llegó corriendo en auxilio de su compañero. Aquella furiosa pasajera había desatado una ola de indignación, levantando de sus asientos a viajeros desde la locomotora al vagón de cola.

Entrecortadamente, revisor y maquinista se afanaban por explicar que un árbol había caído sobre la vía y que llevaría media hora retirarlo. El miura les miró fijamente, dudando si creerles o embestirles, resopló y volvió a su asiento. En cuanto cerró los ojos, la mujer recuperó las facciones angelicales. Tras ella, el resto se calmó, sentándose y llamando cada uno a su oficina para excusar un retraso inevitable. Aplacado el levantamiento, una sensación de alivio y cierta ligereza se apoderó de todo el vagón, como si cualquier motivo de preocupación se hubiese disipado y todos estuviesen dispuestos a disfrutar con el mejor ánimo de un tiempo de recreo.

Cuatro personas sentadas cerca de mí, por ejemplo, se enfrascaron en una entretenida charla sobre Polonia y terminaron intercambiando sus correos electrónicos. Uno de ellos, un joven profesor universitario, había disfrutado de una estancia en Varsovia y otra pasajera planeaba ir de viaje en verano. Además, descubrieron que habían compartido un jefe en el pasado, alguien a quien detestaban por igual, lo que les dio pie a todo tipo de recuerdos desternillantes. ‘No está mal empezar la mañana con gente tan maja’, se despidió el profesor al bajarse en Santiago. La gentileza del hombre me hizo sonreír, recordando que hace apenas media hora habría estrangulado a sangre fría al revisor con su bufanda de cuadros escoceses.

Con la imagen del maquinista aterrorizado en mi cabeza, imaginé que no sería el mejor día para pedir comprensión a nadie con uniforme de Renfe. Pese a todo, ensayé mi mirada de cordero degollado y me dispuse a contar mi equivocación al revisor del Santiago-Ourense, confiando en que entendiese que mi billete era para Coruña y no me hiciese pagar uno nuevo. Al verme avanzar hacia él sonrió, con esa seguridad que da saberse el sheriff del tren. ‘Cortesía de Renfe’, me dijo extendiéndome un ticket. Había sido testigo de mi escena y decidió apiadarse. Golpeándome el hombro, me informó de que el tren llegaría a Ourense a las cuatro y el siguiente a Coruña saldría a las seis.

Hundiéndome en el asiento, noté que traía un libro en el bolsillo del anorak. Sonreí al recordar cual era: El pensamiento vivo de Seneca de María Zambrano. Quizá unas lecciones de estoicismo parecían lo adecuado para sobrellevar la tarde. Funcionó. Pese a la adrenalina segregada, un par de páginas me sumergieron en una siesta profunda y babeante. Afortunadamente, el niño asustadizo me despertó a punto de llegar. Aquel on-off me había repuesto el ánimo. Dudé entre llamar a mis padres, que viven en Ourense, o regalarme una comida compensatoria. Eran las cuatro, me sentía hambriento y disponía de una razón para darme un festín. De pronto, la idea de un cocido para sobrellevar los vientos huracanados de Kurt me pareció de lo más razonable.

Saliendo de Renfe me detuve un momento en el kiosko de la estación para preguntar por un restaurante que diese comidas a esas horas. Mientras aguardaba a que me atendiesen, me entretuve revisando novelas a la venta: María Dueñas, Dolores Redondo, Megan Maxwell y horrores peores. Entre ellas, descubrí un librito de poco más de cien páginas:  Un pedigrí de Patrick Modiano. Lo compré. Al fin y al cabo, la inesperada amabilidad del revisor, la siesta reparadora y la suculenta imagen de un cocido maridaban mal con el estoicismo de Séneca.

No servían cocido los viernes, pero Elvira -dueña, camarera y cocinera del Marín- me ofreció un sabroso guiso de rape. Afuera diluviaba. Tenía todo el comedor para mí y dos horas por delante. Patrick Modiano y su fabulosa biografía, llena de astutos malhechores y nobles prostitutas en el París de la Ocupación, resultó una compañía inmejorable. El colofón llegaría con el postre. Elvira apareció con un esponjosa tarta de queso al horno que me hizo pensar que había cogido un tren equivocado para llegar al destino correcto. Solo en aquel comedor de madera y manteles blancos, con la televisión en silencio y Kurt aullando fuera, pensé que las seis de la tarde sería quizá demasiado pronto para abandonar París y regresar a casa.

Viajar a Coruña, llegar a París

Cuatro librerías para cuarenta años

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Era mi librería favorita, aunque no recuerdo haber comprado nunca un libro allí. Solo cuadernos, blocs de dibujo y algún grafo del número dos. Se llama Platero y cada vez que voy a Ourense me asombro de que siga abierta, ocupando la misma esquina frente a mi antiguo colegio, en el cruce de Bedoya y Ramón Cabanillas. El alféizar de su escaparate fue el diván de mi adolescencia, pero también confesionario y cuartel, tribunal de faltas y laboratorio de sentimientos, ring de discusiones y solar de castillos de naipes. Sobre aquella piedra se dirimían los dilemas del momento, se vertían confidencias y se armaban planes perfectos que se desmontaban cada tarde. Al llegar el toque de queda de las diez, esa esquina separaba a los que regresábamos al barrio de los que se quedaban en el centro. En aquella geografía de mochilas y acné hubo otros lugares importantes: heladerías, portales, cines, sin embargo, todo empezaba y terminaba siempre con nosotros sentados en aquel escaparate.

Al empezar la universidad, mis padres me abrieron una cuenta en Follas Novas, una de las librerías más conocidas de Santiago. La cerraron nada más recibir la primera factura. Con cargo a ese crédito, había ideado un sistema para financiar otros gastos no tan educativos. Follas Novas fue la proveedora de los aburridos manuales de la facultad, escritos con esa prosa hinchada de periodistas catedráticos, esforzándose por convertir en una nueva ciencia un oficio viejo. Sin embargo, en las tres plantas de Follas Novas descubrí los guiones de Woody Allen, los cuentos de Salinguer, Hemingway, David Trueba, Auster, Saramago, Ferrín, Quim Monzó, Truman Capote,…  todo un vendaval literario, un territorio desordenado que exploraba sin más mapa ni canon que mi santo antojo y todo el tiempo del mundo. Follas Novas fue la librería de unos años llenos de apetito, sin horarios ni obligaciones, cuando compraba una novela y cruzaba ansioso a la cafetería de enfrente, sin esperar a llegar a casa para empezarla.

Entre las fachadas afrancesadas del bulevar Adolphe Max de Bruselas, descubrí Waterstones. Me impresionó su primera planta enmoquetada, sus elegantes mostradores negros y esa apabullante sensación de que uno podría encontrar cualquier libro del mundo en aquel edificio silencioso. Llegué buscando una gramática y, antes de tocar papel, ya me había enamorado de uno de sus dependientes, un inglés espigado, de cara angulosa y orejitas despegadas. Pasaba tardes enteras curioseando e inventándome preguntas para escuchar su acento grave de Sheffild. Luego me desplomaba en una butaca con alguna novela de Julian Barnes que acababa comprando cuando apenas me quedaban un par de capítulos. De Waterstones, me fascinaban las pequeñas etiquetas escritas a mano en las estanterías, con frases gancho o citas de escritores, imposible no picar cuando, destacado con fluorescente amarillo, se podía leer life-changing.

Me declaro adicto a las librerías, pero que nadie lo tome como un intento de adornarme. También me encanta El Hormiguero y algunas cosas peores. En mi obsesión por esos espacios no hay nada de fetichismo. Nunca he sentido preferencia por esas librerías malasañeras en las que dos lesbianas hacen zumos orgánicos mientras se excitan con lo último de Blackie Books. De hecho, en Coruña adoro la abundancia de la FNAC, con su ruido de niños merendando cupcakes, sus torres de Premios Planeta, sus dependientes nerds y sus pandillas de adolescentes con mechas azules. Seguramente no habrá nada menos literario que la FNAC, no tengo duda de que Carlos Ruiz Zafón nunca ambientará en ella una de sus historias, sin embargo, yo me siento en casa. Conozco de memoria sus secciones y su carta de tés y hasta me creo con derecho a pedir una explicación si desplazan al final del pasillo la de ‘Narrativa extranjera’.

Mi Lama se resiste a acompañarme a la FNAC, a Formatos o a Berbiriana —otras dos visitas imprescindibles en Coruña—. Sabe cuánto le costará sacarme de allí. A veces me pregunto por la razón de mi dependencia, por qué esos lugares me atraen de una manera casi compulsiva, en lugar de limitarme a entrar en Amazon, hacer click y esperar a que llegue el pedido. Tal vez me recuerden a la casa donde crecí, un piso de familia numerosa que mi padre forró comprando concienzudamente todas las colecciones de clásicos que se le ponían a tiro: grandes clásicos universales, imprescindibles clásicos españoles, clásicos esenciales de aventuras… Cada adquisición con su correspondiente minicadena de regalo. Sin embargo, quizá mi adicción tenga más que ver con que, pese al cinismo acumulado tras veinte años entre periodistas y políticos, algo dentro de mí acepta todavía la promesa de cambio que proponen todos los libros. No importa cuánto me hayan aburrido, crispado o estafado muchos de los que he leído. Sé que el siguiente que llegue a mis manos me hará sentir de nuevo ese cosquilleo que produce asomarse a una historia que podría cambiarte vida.

 

Cuatro librerías para cuarenta años

Carla y César

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Ella adoraba estar en casa, yo jamás llegaba antes de las diez. Al entrar, la encontraba con su bata y pijama de puños, casi siempre viendo algún reality, con el volumen demasiado alto y las persianas de la galería bajadas para guardar el calor. Mientras devoraba mi cena, me ponía al tanto. Sabía que olvidaría el nombre de los personajes  y que al día siguiente le preguntaría lo mismo, pero fingía creerse mi interés y me acompañaba hasta el punto del argumento en el que se encontrase.

Aquella noche la tele estaba bajita y pensé que habría venido César y estarían viendo una de esas tediosas películas que le servían de excusa para alardear de sus cursos de guión. Al principio, solían quedarse en el piso, pero últimamente me había dado cuenta de que prefería irse a casa de él cuando les apetecía estar solos. Me preguntaba si quizá habría notado cómo me irritaban sus opiniones contundentes y ese tono fingidamente frívolo con el que intentaba disimular su obsesión por intelectualizarlo todo.

Con Carla nunca me molestó el silencio, me permitía llegar después de un día completo de teléfono y quedarme adormilado, hipnotizado frente a la pantalla, recuperando el pulso y dejando que el eco del día se fuese diluyendo. Sin embargo, César lo llenaba todo de ruido, de discusiones furiosas, despertaba en nosotros la necesidad compulsiva de añadir una última frase, de presentar el argumento que resistiese sobre la mesa, arrastrándonos a una absurda competición para ponerse a prueba.

Como pareja, me fascinaban; tan opuestos e imprescindibles el uno para el otro. César, inmerso en la construcción de su futuro brillante, agobiado con su agenda repleta de retos, siempre a contrarreloj, acostándose el último y levantándose el primero para llegar antes que nadie, decidido a compensar con disciplina y trabajo las oportunidades que creía haber perdido por nacer en uno de los pisos sociales de Vista Alegre, maldiciendo el esfuerzo que debía invertir para llegar a lugares que otros alcanzaban frescos y sonrientes, con la naturalidad que les proporcionaba saberse con reserva desde la cuna.

Siempre me entristecía como hablaba de su familia o quizá como apenas hablaba, con ese tono frío y breve que ocultaba un reproche implícito, como si todos los años de su padre puliendo tableros le avergonzasen. Lejos de apreciar lo que conseguía, le obsesionaba lo que no estaba a su alcance, a menudo hablaba con resquemor de escuelas de cine que no se podría permitir o se avergonzaba de un inglés que cualquiera habría juzgado excelente. En una de esas largas sobremesas de domingo, Carla nos preguntó cuáles habían sido los cinco días más felices de nuestra vida. Los de César tenían todos que ver con su carrera, y mientras los describía, veía como Carla le admiraba, sin importarle que ella no figurase en ninguno.

Entré en el salón y la encontré en la butaca, con las piernas estiradas sobre la mesita de mármol, la luz apagada y el reflejo del televisor garabateando sombras sobre su cara angulosa.  Pensé que había adelgazado. Me preguntó qué tal sin esperar respuesta, y mantuvo la vista fija en la pantalla. No quise molestar y fui a la cocina. Regresé con algo de comer sobre una bandeja. Me desplomé en el sillón, dispuesto a que mi mente se dejase calmar por la imágenes. Entonces, el ruido me cerró la boca del estómago.

Encendí la luz. Se ocultó la cara. Imaginé alguna desgracia, pero intuí otro dolor. ¿Quién nos enseña a abrazar a alguien que llora? Pronunció palabras aisladas, palabras que expulsaba desgarrándose, como si fuesen demasiado grandes para abrirse paso. En mi cabeza me esforzaba por componer aquel puzzle de silencios, de vacíos y sonidos. Poco a poco, entre toda aquella agua turbia, fue emergiendo una historia que hablaba de culpa, del sentimiento de haberse quedado atrás, de la tensión de meses luchando por retenerlo, llevando la esperanza al límite, hasta no encontrar más fuerza y tener que soltar. Me sacudió la idea de que todo había ocurrido delante mía sin haber visto nada. Sentí la aguja helada de la culpa tocando nervio, pensando que uno puede convivir con alguien, hablar de lo cotidiano, de lo urgente, creer que comparte el espacio íntimo de una casa y, mientras esto sucede, las piezas de algo terrible se deslizan silenciosas, subterráneas, abandonando su posición segura, preparándose para la brecha. Un día todo se precipita y tú, que creías estar allí vigilante, te das cuenta de que solo masticabas en silencio.

Carla y César

El pincha-sueños

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Mi Lama acaba de dejar su trabajo y no uno cualquiera, sino uno de esos que llamaríamos ‘de lo suyo’;  de los que, cuando contaba a qué se dedicaba, la gente le miraba como si fuese un bicho raro. ¿Un español con menos de treinta años ganándose la vida con lo que estudió, en lugar de estar en un Pret a manger de Oxford Street aprendiendo a decir ensalada césar en inglés? Sin embargo, a mi Lama su trabajo le aburría de una manera absoluta. Le aburrían sus proyectos, los ataques de histeria de su jefa, el silencio plomizo de la oficina y esa cena de Navidad en la que nunca acababa de fluir la conversación. Todo resultaba un bostezo en forma de jornada partida.

Cada vez que confesaba a algún amigo la posibilidad de marcharse, recibía como respuesta una de esas miradas de ‘uuyyyy peligro’, como si mi Lama creyese en un mundo de unicornios y contratos indefinidos o nadie le hubiese contado que las historias de esas personas que duermen en cajeros empezaron el día que encontraron poco motivante ir a la oficina. Intimidado, aguantó. Pensó que sería una mala racha y que, con tiempo y voluntad, se acostumbraría. Al final, ni los proyectos cambiaban, ni su jefa se calmaba ni quiso esperar a la siguiente cena de Navidad.

Lo suyo no ha sido un salto al vacío. Hace meses que da forma a una idea y, aunque todavía está en pañales, sabía que lo primero era encontrar tiempo para ponerla en marcha. Así que se ha buscado un trabajo alimenticio en un súper, un puesto temporal que le proporciona algo de dinero para sobrevivir y horarios compatibles con ese proyecto. Si dejar un trabajo ‘de lo tuyo’ suena temerario, marcharse para irse a un súper resulta todo un disparate a ojos del mundo licenciado. Sin embargo, mi Lama no sólo lo hizo, sino que no tuvo el menor reparo en explicárselo a sus jefes y ser completamente sincero con ellos, que todavía se pellizcan para creérselo.

Yo he dejado también algún trabajo en mi vida y sé que uno no suele encontrar demasiadas personas que te animen a irte, especialmente si las condiciones son aceptables y lo único que ocurre es que preferirías algo que te hiciese más feliz. Supongo que nadie se quiere sentir cómplice de una decisión que puede llevarte a la cola del paro. Pareciese que el único motivo socialmente aceptable para dejar un trabajo es encontrar otro mejor pagado o escapar de un jefe sádico. Para la mayoría, el resto de las opciones no son más que la reacción caprichosa de un niño mimado que no se ha enterado aún de lo dura qué es la vida. ‘Verás el frío que hace afuera’, me advirtieron cuando conté en la empresa que me quería ir.

En mi caso lo dejé poco después de que me ascendiesen y teniendo una relación fantástica con mis jefes. Además, lo hice para irme a ningún sitio: a pensar. Por supuesto, nadie me creyó. Todos sospechaban que escondía una oferta en la manga. La realidad era distinta. Había subido un escalón y, por fin, podía tener una visión más amplia y realista de la empresa. Entonces comprobé que ninguno de los puestos que veía era compatible con una vida personal normal. El trabajo había dejado de ser lo que era y, a cambio de un poco más de dinero, me pasaba el día en reuniones, atado al teléfono y explicando a los de abajo encargos de los de arriba, instrucciones que no tenía más remedio que defender por estrafalarias que me pareciesen. Quizá me faltó creatividad o paciencia, pero la única salida que encontré fue irme.

Recuerdo que mi último día en aquel trabajo salí tarde. Ya había anochecido, apenas quedaban los de seguridad. Al llegar al aparcamiento, un compañero me dio un susto de muerte. Me esperaba, entre los coches, para despedirse. Se trataba de un jefe intermedio, alguien con quien no tenía confianza, pero con el que compartía reuniones habitualmente. Insistió en tomar una copa y, al segundo gin-tonic, me confesó que, si no fuese por su hipoteca y sus hijos, haría lo mismo. Culpó al trabajo de todo lo que le iba mal y me desveló las mil y una estrategias que ideaba cada semana para salir de allí. Seguro que el alcohol le hizo dramatizar, pero nada me sorprendió demasiado.

Algún tiempo después me contaron que le diagnosticaron una enfermedad grave. Le imaginé pensando en los años atrapado en un trabajo que le hacía infeliz, que le robaba nueve horas al día, lamentando no haber sido capaz de cambiar de vida, dándose cuenta tarde de que el tiempo que tenemos es limitado y nunca sabemos cuánto queda. Tras un largo tratamiento, afortunadamente se recuperó. Supongo que una experiencia así debe remover los pilares de cualquiera y llevarle a replantearse muchas cosas. Esta persona regresó a su trabajo y hoy sigue en el mismo puesto. Por triste que pueda parecer, no veo en su ejemplo un gramo de cobardía o conformismo, solo el esfuerzo de un padre para sacar adelante a su familia de la mejor manera que puede.

Digan lo que digan los manuales de coaching, no todo el mundo puede permitirse el lujo de firmar su finiquito y lanzarse a perseguir su verdadera vocación. Las curvas y responsabilidades de la vida tejen, en ocasiones, callejones de difícil salida. Sin embargo, no siempre es así. Luego están esos otros casos, donde lo único que frena ese paso es un miedo difuso a la incertidumbre, un temor alimentado por la cultura de mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, ideas que se vuelven coartadas para aplazar una decisión que finalmente nunca llega.

Cuando agobio a mi Lama con mis dudas acerca de su proyecto, me llama ‘pincha-sueños’. Dice que tengo un ojo de halcón para ver las dificultades, pero un talento todavía mayor para contárselas con todo lujo de detalles. Estos días, él y yo coincidimos poco, aunque sólo nos separe un pasillo. Cuando voy a la cocina, le espío a través de la puerta entreabierta del estudio. Le veo concentrado pegado al portátil, siguiendo tutoriales y aprendiendo cosas que tienen que ver con diseño web e impuestos. Podría jugar a parecer el novio perfecto y asegurar que creo al cien por cien en su proyecto. Lo cierto es que el ‘pincha-sueños’ tiene alguna duda. Sin embargo, deseo de corazón que salga bien y, si hay algo de lo que estoy seguro, es de la suerte de estar con alguien que se atreve; alguien que, aun teniendo miedo como el resto del mundo, no se ha resignado a quedarse en un sitio que no le gusta, conformándose con imaginar vidas que no se atreve a intentar.

El pincha-sueños

El tren que olía a naranja

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Yo necesitaba uno de esos trenes que huelen a naranja, a la naranja que un pensionista monda sobre un kleenex, clavando sus uñas mal cortadas y chupando las gotas de zumo sobre sus dedos huesudos de araña, un viaje sentado encima de la mancha seca de coca-cola que vertió un niño caprichoso hace seis veranos.

Yo necesitaba un tren con salpicaduras de barro, como si al vagón le creciesen pelos, con el logotipo de Renfe descolorido y una cafetería dominada por una camarera rubia, mofletuda y con una permanente tan alegre como una mata de hortensias, una camarera que me dirá que adora Coruña y que quizá se mude cuando se jubile porque ella necesita una ciudad con mar, como Málaga. Yo le diré que Coruña no es Málaga, y ella hundirá la vista en la sección de televisión de El Mundo, buscando algo con su dedo índice, aunque sabré que me ha oído y se hace la tonta. De regreso al asiento cabecearé antes de llegar a la segunda página de un libro nuevo, resbaladizo y pesado, un libro de 22 euros de Relay, de esos que uno compra seguro de terminarlo antes de Chamartín, pero el sopor nos rebota una y otra vez al principio de la misma página y leer es como forzarse a subir una cuesta con nieve.

Yo necesitaba un tren así para dormirme sin pretenderlo y despertarme desorientado, frotándome los ojos, con la mirada pasmada, desenfocada, frente al monitor donde ponen Ice Age, y darme cuenta de que todavía huele a naranja de pensionista y de que ese olor se quedará todo el viaje e incluso después. Un tren que pase cerca de un desguace de maquinaria pesada que riega el campo de aceites y, en ese mismo instante, abrir la libreta y escribir la primera frase, que es la única frase de la que estoy seguro porque nada de lo que añada después puede tener demasiado sentido. Entonces me detendré. Una sola frase puede agotarnos y, al girarme buscando una distracción, veré a ese hombre con una mancha roja en la frente que parece el mapa de un país diminuto, y que quizá sea dueño de un asador en una carretera nacional o de una gestoría con carpetas de cartón azul, y que duerme como una estatua, con un sueño limpio y plácido, interminable, un sueño de mármol, indestructible. A través de la ventana aparecerá una gasolinera abandonada, pero que quizá sea la gasolinera más importante de Zamora, uno nunca sabe, y veré a un adolescente en cuclillas arreglando una moto blanca con ruedas de tacos, aunque desde el tren no se ven los tacos, y me acordaré de aquel viaje con fiebre en el que me temblaba todo el cuerpo y nos paramos a tomar café en un bar con jamones grasientos colgando del techo y luego me quedé dormido en el coche, debajo de tu plumífero, mientras cantabas canciones de REM inventándote la letra.

Necesitaba uno de esos trenes en los que los móviles se descargan, y los pasillos se vuelven tan estrechos que rozo con mi mejilla el cuello áspero de camisas que raspan, mientras chirría en el suelo uno de esos plásticos triangulares de sandwiches. Afuera anochece, y pienso que una frase no es una carta y me siento a hacer un esfuerzo, rebuscando archivos, revisando la letra pequeña de todas las actas que levantamos, de todos los acuerdos que firmamos. Y me adormece ese calor de invierno, de radiador y moqueta, ni siquiera veo las primeras luces de la estación, sigo pensando que el viaje es infinito y que tendré tiempo todavía para hablar un poco más con la camarera que quiere mudarse a Coruña pensando que Coruña es Málaga. Y al llegar al andén de hormigón de Chamartín, con mi maleta y mi frase, veo al hombre de la mancha roja subirse a un taxi y me pregunto cuántos trenes más que huelan a naranja tendré que coger para escribirte esa carta.

El tren que olía a naranja

El día que fui Adriana Zapata [#3]

20km2
La primera edición de Los 20km de Bruselas se celebró el 8 de junio de 1980, con 4.659 participantes y la meta se estableció en el Atómium. El año pasado corrieron más de 40.000 personas de 131 nacionalidades, en una edición rodeada de fuertes medidas de seguridad tras los atentados sufridos en la capital belga. Hasta ahora el mejor tiempo está en 59 minutos 05 segundos.  [Foto archivo ‘Les 20km de Bruxelles’].

<-Leer desde el principio

La carrera llegaba a Watermael-Boitsfort y ni rastro de las temibles cuestas sobre las que Corentin me había prevenido. Agotadas las novedades que me habían distraído los primeros kilómetros, la carrera se volvía monótona. Había aumentado el ritmo, pero sin acelerar demasiado. La rodilla me seguía molestando, aunque el dolor no iba a más.

El itinerario transcurría pegado a la línea del tranvía, entre relucientes torres de cristal, con entradas ajardinadas, seguridad privada y logotipos de marcas farmacéuticas o tecnológicas. Al dejar atrás las sedes de empresas llegamos a una parte de Bruselas donde se intercalaban campos de césped impecable con zonas boscosas en las que, entre las copas de los árboles, asomaban tejados puntiagudos de viejas mansiones, residencias de familias belgas adineradas, protegidas de las miradas indiscretas tras muros de ladrillo rojo, recubiertos de yedra y musgo. Recordé haber leído que Boitsfort era la comuna con menor porcentaje de inmigrantes e imaginé una vida con jardineros, pistas de tenis y un horrible salón con un ajedrez de marfil y tallas del Congo.

Corrimos siguiendo la valla del hipódromo y de un campo de rugby vacío desde el que se veía el destello de un marcador electrónico. Algunas familias encantadoras, con niños de jerseys de pico y abuelas de pelo blanco, hacían pícnic en los estanques de Leybeek. Tras alejarse de Boitsfort, la carrera se dirigía al parque de Saint-Lambert. Había estado allí en dos ocasiones: jugando al freesbie con Corentin y Vagner y paseando con Jose, tras un gulash apoteósico en casa de Beatrix. Noté que los gemelos se endurecían y se entrecortaba la respiración. Mala idea acordarme del gulash. Intenté concentrarme en inspirar lentamente por la nariz y evitar que me diese un punto. A lo lejos distinguí la banderola roja del kilómetro 15. Quizá sentía las primeras señales de haber llegado a mi límite. A partir de aquí, todo serían sensaciones nuevas.

Intenté sacarme de encima el miedo a mi debilidad, recordando que el cansancio no avanza de manera uniforme. Uno puede sentirse agotado en el kilómetro quince, pero recuperarse. Corremos con la cabeza tanto o más que con el cuerpo, me repetí, echando mano de mi arsenal de tópicos. Dudé en detenerme un instante; afortunadamente, decidí que sería mala idea. Bajé el ritmo a un trote ligero. Alguien gritó algo y le escuché aplaudir. Poco a poco, la respiración volvía a su ritmo.

El tramo a través de las fuentes y los rosales de Saint-Lambert me recargó. Sólo quedaban cinco kilómetros. Por primera vez, sentí que lo iba a conseguir. Ya no era un pensamiento forzado para motivarme. Superado el bache de Boitsfort, me encontraba en ese punto en el que uno corre sin saber en qué piensa, con la respiración acompasada a los pasos, dejándose llevar. Supongo que esa sensación de equilibro y placidez explica la adicción que genera correr.

Al llegar a la avenida de Tervueren me sentía con fuerza. Sabía que, al final de aquella calle de fachadas art déco, me esperaba l’Arc du Cinquantenaire, casi podía distinguir su silueta. Entonces pensé que no iba a reservar fuerzas. No me importaba donde estuviesen las cuestas o si Corentin se las había inventado para asustarme. Me parecía absurdo cruzar la meta con reservas. Aceleré, convencido de que la adrenalina me haría aguantar.

Flanqueada por una hilera de plátanos, Tervueren ofrecía una sombra en la que aliviar el calor; el sol se filtraba a través de las copas dibujando sobre el pavimento juegos de luces. Poco a poco, la avenida aumentaba la inclinación, pero de manera tan gradual que costaba percibirlo. ¿Aquellas eran las cuestas? La pregunta me hizo reír y me irritó a la vez. ¿Para esto había reservado energía? Aceleré más. Oí el eco de la magafonía de la meta mientras adelantaba a corredores que avanzaban arrastrando sus pies. Pensé en el aspecto lastimoso que debíamos tener, todo fuerza de voluntad, tan diferentes a esos corredores erguidos, que avanzan flotando, livianos, sin pisar el suelo.

Atravesé la glorieta de Montgomery y dejé a un lado la bandera de los 19 kilómetros. Enfrente se extendían los jardines geométricos del Cinquantenaire atestados de gente, con puestos de bebidas energéticas y un murmullo de conversaciones. En las aceras volvían a sus casas caminando algunos corredores, luciendo las camisetas limpias que regalaba la organización. Me sentí como si todo se estuviese desmontando y llegase el último. Me giré y, a mi espalda, una cadena interminable y anárquica de corredores se perdía de vista. Aceleré de nuevo, alargué las zancadas casi hasta avanzar a saltos.

Atravesé el arco. No ocurrió nada. Nadie me miró, nadie me esperaba; ni siquiera sonó el estúpido chip. ¿Qué esperaba?  Simplemente crucé el kilómetro veinte en medio de corredores desconocidos. Me habría abrazado a ellos. Seguí moviéndome por inercia,  caminado cada vez más despacio, levantando los brazos, recuperando el aliento, dejando que el corazón regresase a sus pulsaciones.

Al detenerme, sentí las piernas algodonosas. Me temblaban, pero fueron unos instantes y el hormigueo desapareció. Me tiré en el césped, disfrutando del cansancio. No necesitaba esos veinte kilómetros que había corrido. Sin embargo, sin lógica o razón, sentía que había hecho una de esas cosas que nos construyen. ¿Quién puede considerar esto una hazaña cuando en cualquier comunidad de vecinos vive hoy un corredor de maratones? Sin embargo, casi ocho años después, escribo mi pequeña historia.

Fue una marca terrible para Adriana Zapata: 1 h. 55′. Ella me envió un correo cariñoso desde Colombia, felicitándome. Yo sabía que el tiempo no estaba a su altura. En la web descubrí que había sido el corredor número 11.345 en atravesar la meta. Corentin hizo un tiempo de 1 h. 53′. Dos minutos. Esas malditas cuestas…

El día que fui Adriana Zapata [#3]

El día que fui Adriana Zapata [#2]

20km

<-Leer desde el principio

Completar una media maratón se ha vuelto algo tan común que nadie con un gramo de pudor presumiría de hacerlo. Sin embargo, en aquel momento, correr veinte kilómetros me parecía inimaginable. Supongo que todos tenemos una idea de lo que podemos hacer en la vida y yo nunca me he visto como un deportista. Sólo era una persona que corría. Sufriendo, había conseguido llegar alguna vez a los quince kilómetros. Ése era mi límite. A partir del diez, la conversación desaparecía, mi respiración se agitaba, los gemelos se volvían rígidos y comenzaba a sentir pinchazos en el pecho.

Desafiado por Corentin, el orgullo me hizo entrar en la web de ‘Los 20km de Bruselas’. El plazo se había cerrado. Un minuto antes estaba lleno de dudas, a punto de descartar la idea, y ahora me enfadaba conmigo por no haberme decidido a tiempo. Pensaba que tal vez el destino quería librarme de una humillación. Sin embargo, pronto descubriría que el destino quería algo distinto. Adriana Zapata, una amiga colombiana de la escuela de francés, que se entrenaba también para la media, tuvo que regresar de urgencia a su país. Se enteró de mis planes y me cedió su dorsal. Ya no había excusa. Correría con el nombre de Adriana Zapata, pero correría.

Los 20km de Bruselas eran con diferencia la carrera más popular de Bélgica, con miles de participantes de un centenar de nacionalidades. Mi objetivo era modesto: terminarla. Sin embargo, en secreto fantaseaba con hacer mejor tiempo que Corentin y vengarme de las derrotas al squash, deporte en el que llevaba tres años aplastándome. Para prepararla, corría tres días a la semana una hora y el sábado completaba el circuito de quince kilómetros en el Forêt de Soinges. Nunca hacía veinte.

El domingo de la carrera amaneció con un espléndido cielo de primavera, un soleado 29 de mayo de 2009 en el que todas las nubes desaparecieron de la ciudad. En el chip atado a los cordones de mi zapatilla se podía leer ’20 years Fall Berlin Wall’, inscripción que la organización había añadido para conmemorar la caída del muro. La prensa hablaba de cifra récord: 27.000 participantes y la carrera saldría de L’Arc du Cinquantenaire, un enorme arco coronado por una cuadriga de bronce, construido para celebrar la independencia Belga y que preside un parque de treinta hectáreas próximo al barrio de las instituciones europeas.

Corentin y yo nos levantamos a una hora prudente, con tiempo para desayunar un plato de pasta y hacer la digestión. En el metro de Albert a Schuman se respiraba ambiente de carrera. Todo parecía tan oficial que resultaba difícil no motivarse. En la salida nos separamos deseándonos suerte. Los novatos saldríamos de últimos. Corentin había participado en otra edición así que se colocó algo más adelante. Yo ocupé mi puesto al final, sumergido en el río de colores fluorescentes de prendas deportivas, flanqueado por banderolas, altavoces con música estridente y corredores estirando, dando saltitos, ansiosos por empezar. Pensé que también para ellos sería la primera vez y la idea me dio confianza.

El rey Felipe de Bélgica dio el pistoletazo de salida desde lo alto del arco, del que colgaba una bandera belga gigante. Pasarían veinte minutos desde que sonó el disparo hasta que pude empezar a correr. Salimos caminando, evitando tropezar unos con otros. Al atravesar el Parc du Cinquantenaire, a unos metros de la meta, decenas de corredores se detenían a mear contra los setos de boj, en el mismo jardín sobre el que vería más tarde tirarse a descansar a los primeros corredores en cruzar la meta.

Resultaba extraña la sensación de avanzar torpemente en medio de una multitud. Encontraba difícil mantener el ritmo, no dejarme llevar por el impulso de acelerar, al notar que siempre había alguien adelantándome. Entonces, encontré un miembro de la organización sujetando el globo que marcaba dos horas y me pegué a él. Me parecía un ritmo lento, pero preferí ser prudente. Me repetía que mi meta era terminarla. Además, sólo conocía la primera parte del circuito. Corentin me había aconsejado que reservase energía, que la pendiente aumentaba al final y no conseguía quitarme esas cuestas de la cabeza. Me arrepentí de no haber recorrido antes el itinerario, en lugar de conformarme con verlo en el mapa. Nunca se me han dado bien los mapas.

Atravesamos las avenidas del barrio europeo, una zona fantasma los fines de semana, rodeada de bloques de oficinas, edificios grises y gigantes, sede de lobbies y eurofuncionarios. Bordeamos el Parc Royal y seguimos por el centro hasta el Mamut, como llamaban al gigantesco Palacio de Justicia, un edificio eternamente en obras, con las paredes y sus columnas ennegrecidas por la contaminación. Desde allí giramos para encarar la Avenue Louise, con sus hoteles caros y sus lujosas boutiques, una subida larga, pero suave que desembocaba en la Bois de la Cambre, uno de los parques más concurridos de la ciudad, donde se concentraba más público animando, algunos con pancartas caseras o pequeños megáfonos. Por un instante me vi desde fuera, con la cara congestionada, roja, sudando a mares, con la posición ya encorvada hacia adelante, desprovisto de toda elegancia,  y me alegré de no tener a ningún conocido entre la gente que se apiñaba en las aceras. Despistado mirando a los lados, a punto estuve de resbalar en las balsas de agua que se formaban en el asfalto al pasar los puntos de avituallamiento. Todo el mundo agarraba una botella de agua, bebía un par de tragos y la tiraba al suelo medio llena, miles de botellas que creaban charcos inmensos.

Al llegar a Uccle apareció la molestia en la rodilla derecha. Se trata de un dolor familiar, que me acompaña desde los diecisiete años, tras una lesión en el menisco en una ruta de montaña en el Valle de Pineta, en Pirineos. Normalmente se queda en un dolor leve que aparece tras cuarenta o cincuenta minutos corriendo, perfectamente aguantable. Con los entrenamientos había bajado de peso, lo que agradecía la rodilla. Hasta ese punto todo había ido bien. Pensé en David, un amigo corredor habitual, que me confesó como no recuerda una sola carrera en la que no haya tenido al menos un dolor.

A mi lado corrían familias enteras, flamencos perfectamente conjuntados, con ropa recién estrenada, como fotografías del catálogo del Decathlon, grupos de amigos disfrazados con pelucas y la cara pintada de colores, con banderas belgas colgando como capas, compañeros de trabajo con logos de empresas en sus camisetas, ancianos fibrosos que me hacían pensar en esos peregrinos del norte que llegan a Santiago y uno se imagina que pueden caminar años y años, como si temiesen que al detenerse se fuese a acabar su batería. Corría y no pensaba. Sólo observaba y me dejaba llevar. Aquella parte del circuito la conocía de memoria, formaba parte de los barrios por los que me movía en mi día a día. Podía avanzar tranquilo, sin temer una pendiente traidora al doblar una curva.

Al perder de vista los últimos árboles de la Bois de la Cambre, la ruta transcurría por una zona residencial que no me resultaba tan familiar. Apenas había ido alguna vez con mi tía Malena a La Cité du Dragon, un restaurante chino con el suelo de cristal, a través del cual se veían nadar carpas gigantes, peces monstruosos que parecían haber abandonado su escala natural tras décadas alimentándose con los restos grasientos de comida. Por alguna razón inexplicable, aquel era el restaurante favorito de mi tía.

Me di cuenta de que tenía la camiseta manchada, y sentí que me sangraba un pezón. Hacía demasiado calor, un calor pesado y sucio. Me pregunté dónde estaría Corentin. Lo imaginé avanzando ligero, sin pesar. En casa se movía sin hacer apenas ruido, podía saltar al sillón desde la parte de atrás y caer como una pluma. Entones vi la señal de diez kilómetros, la mitad de la carrera. Pensé que me sentía bien y decidí aumentar el ritmo, dejando atrás al globo de las dos horas, al que no había perdido de vista desde la meta, como si fuese la garantía de llegar a la meta.

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El día que fui Adriana Zapata [#2]

El día que fui Adriana Zapata [#1]

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A pocos o a nadie llamará la atención, pero fue mi hazaña deportiva y, sin embargo, no conservo pruebas. Un dorsal y un chip que marca 1 hora 57 minutos, pero todo con el nombre de Adriana Zapata porque ese soleado domingo de mayo de 2009 yo fui Adriana Zapata. Empezaré por admitir que nunca he destacado como deportista y creo que la frase es generosa conmigo. Con más voluntad que habilidad, conseguí entrar en el equipo B de baloncesto del colegio y esa es toda mi lista de méritos.

En junio del 2000 dejé de fumar. Había escuchado que abandonar el tabaco engordaba y yo estaba en las dos cajetillas diarias, así que pensé que más me valía empezar a correr. Entonces, trabajaba en la delegación de Faro de Vigo, cerca de la alameda de Santiago. Entre eucaliptos gigantes, camelios y rododendros, cada mes conseguía dar alguna vuelta más a aquel circuito de tierra. Llevaba la ropa de deporte a la delegación, me cambiaba en el baño y estiraba las piernas sobre la barandilla del balcón, mientras esperaba a que sonase el teléfono y alguien en la redacción de Vigo diese el visto bueno a mi página y me permitiesen salir.

Con intervalos perezosos, desde aquellos inicios hasta el 2011, nunca dejé de correr. Casi siempre solo, escuchando música. Correr era una manera de sobrellevar los estrafalarios encargos de mi director, de despejar la resaca del domingo, de rebobinar discusiones, de fantasear con cambios de vida. Adoraba la sensación de llegar a casa empapado de sudor y lluvia, y regalarme una ducha hirviendo, de esas que inundan la casa de vapor y dejan la espalda al rojo vivo.

Jamás controlé la progresión de mis tiempos. Tampoco pretendía cubrir distancias cada vez mayores. No seguía un plan de entrenamiento. No competía en carreras. No hacía series, ni lo combinaba con ejercicios en el gimnasio. Ni siquiera soy consciente de haber tenido algún objetivo. Simplemente me calzaba las zapatillas y corría una hora.

Al llegar a Bruselas, lo seguí haciendo. Una manera de explorar la ciudad, aterido de frío sobre la nieve del parque de Dundee, respirando a través de una braga el aire helado del invierno belga, escuchando en la radio La Première para mejorar mi francés, perdiéndome en los senderos de grava de la Bois de la Cambre o machacando las rodillas sobre el adoquinado de Saint-Gilles. Entonces, apareció Corentin, uno de mis compañeros de piso. Ágil, ligero, para aquel francés, hacer deporte era algo natural.

Con él, me acostumbré a correr los sábados a la mañana en la Forêt de Soignes, un hermoso bosque a las afueras de Bruselas, con senderos entre hayas, pinos y robles, bordeando estanques y aserraderos de madera. Hasta entonces nunca me había preocupado demasiado el lugar. Me calzaba y salía a la calle. Sin embargo, aquello me enganchó. El aire limpio, el ritmo acompasado a la conversación, los caminos de tierra negra, húmeda, cubiertos de agujas de pino. De regreso nos deteníamos en el Mamma Roma a devorar esponjosos trozos de pizza. Entre bocados de queso fundido y Jupilers frías, me preguntó: ‘¿Has oído hablar de los 20 kilómetros de Bruselas?’.

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El día que fui Adriana Zapata [#1]

‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle’ (A Coruña, noche de Fin de Año)

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Los periódicos no publican su nombre ni su edad, pero es fácil imaginar que podríamos ser alguno de nosotros no hace tanto tiempo, cuando las noches de fin de año terminaban de día. Salía de un local de copas del centro, quizá buscando el taxi o un chocolate antes de volver a casa. Entonces se encontró con ellos. ‘Dos chicos jóvenes, bien vestidos, aseados’, declararía luego a la Policía. ‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo no te atreves a andar por la calle‘, le gritó uno de ellos, junto antes de avalanzarse sobre él, golpeándole con violencia en la cara. El acompañante del agresor se limitó a mirar. Luego rebuscaron su cartera y se llevaron su dinero.

Leo esta noticia en La Voz de Galicia del 5 de enero. Ocurrió en el centro de Coruña la noche de Fin de Año. El chico ha denunciado y la Policía revisa grabaciones de establecimientos cercanos intentando identificar a los agresores.  A.L.A.S-Coruña, colectivo de defensa de los derechos de la comunidad LGTB en la ciudad, ha hecho público el caso, recordando la importancia de acudir a la Policía  -lo que no se denuncia oficialmente no existe- y el Concello ha condenado la agresión, subrayando que concurre en ella el agravante de delito de odio.

Se me encoje el estómago al imaginarme frente a un desconocido que, a unos centímetros, me gritase: ‘Me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle‘  y luego los golpes. No quiero ni pensar que pudiese pasarle a mi Lama, a mi hermano o a un amigo. Nunca he vivido algo así. Supongo que he tenido suerte, aunque escribir esta frase se me hace repulsivo ya que la suerte no debería tener nada que ver. Hace algunos años, salí de un bar en Bruselas agarrado de la cintura de un amigo. Un borracho se nos encaró llamándonos pédé -maricón, en francés-. Aquel mocoso apenas se tenía en pie con el alcohol. Sin embargo, estaba fuera de sí, como si nuestra presencia le volviese loco.

En unos días, ese chico de Coruña del que no sé su nombre apenas tendrá algún moratón que quizá le obligue a pasar por el mal trago de revivir la historia si algún vecino indiscreto le pregunta. También estoy seguro de que no tardará en volver a salir de fiesta, aunque quizá las pulsaciones le suban si un desconocido se acerca a pedirle fuego. Imagino el esfuerzo que debió hacer algún día, quizá siendo adolescente, diciéndose a sí mismo: ‘Vale, todo está bien conmigo y, si alguien no le entiende, es su problema’. Seguro que comprobó que era verdad, que era más feliz si dejaba a un lado los secretos y la vergüenza. Y cuando los miedos habían quedado atrás, aparece ese ‘maricón de mierda, me das ascono sé cómo te atreves a andar por la calle‘.

Su historia me hace pensar en todos los que salimos a cenar y besamos a nuestro novio en el restaurante, los que se casan y tienen fotos en la mesilla con los suegros, los que celebramos el cumpleaños con el jefe y llevamos al novio a la fiesta de Navidad del trabajo. Si le pegan a alguien del barrio, mostraremos nuestro cabreo en facebook  y veremos angustiados ese documental sobre el infierno que sufren los homosexuales en Rusia. Seguramente seremos animalistas, ecologistas, de Médicos sin Fronteras o del 15-M, pero eso de ir por la vida de ‘sexualmente discriminados’ se ha terminado porque, afortunadamente, ya no nos sentimos así, ¿verdad?  ¿A quién le gusta formar parte eternamente de un colectivo discriminado? Eso queda para algunas lesbianas, obsesionadas con el activismo político. Nosotros somos, por fin, como los heteros.

Imagino también a los heteros que han leído esta noticia y seguro les ha parecido indignante. Habrán meneado la cabeza pensando que resulta triste que cosas así ocurran al lado del portal de su casa, pero que, en el fondo, se le habrá ido rápidamente la vista a la página siguiente para detenerse en ese titular sobre la subida de los peajes, porque sienten que lo de la homofobia no va con ellos, sin pensar ni por un momento que ese hijo que está a punto de entrar en el instituto se encontrará un día con: ‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle‘.

No sabría qué decir a ese chico de Coruña del que no sé su nombre. Tal vez  que las hostias que ha recibido también me duelen, pero la frase me suena ‘tan queda-bien’, que me avergüenza. Quizá que su historia me ha hecho preguntarme si no nos hemos dado demasiada prisa en celebrar que lo hemos conseguido, que podemos dejar de sentirnos comunidad y disolver las asociaciones, dando por seguro que no hay marcha atrás; hasta que una noche escuchamos: ‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle‘.

A esos dos matones que creen que alguien como ese chico, y también como yo, damos tanto asco que no deberíamos salir de casa, y quizá ni siquiera existir o, al menos,  existir ante su presencia, les deseo que la Policía les encuentre y un juez les dé tiempo y un lugar aislado para pensar. Espero que tengan suerte y eso les suceda pronto, antes de que vuelvan a hacer daño a alguien y antes de que ese odio que ha prendido en su cabeza les destruya la vida para siempre .

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[El Colectivo A.L.A.S.-Coruña organiza el miércoles 11 a las 20 h. en el Obelisco una concentración de repulsa contra esta agresión. Otras concentraciones similares han sido convocadas en otras ciudades de Galicia] Pincha aquí para más info

‘Maricón de mierda, me das asco, no sé cómo te atreves a andar por la calle’ (A Coruña, noche de Fin de Año)