Morir de Facebook

morir de facebook

Hasta ahora estaba convencido de que el turismo acabaría con el mundo, últimamente creo que todos moriremos de Facebook. Yo, el primero. El otro día leí que la alegría con la que nos hemos entregado a las redes sociales recuerda a la inconsciencia con la que la generación de los sesenta abrazó el tabaco. Nadie imaginaba la verdad espeluznante que hoy conocemos. El único objetivo de Facebook es que pasemos el mayor tiempo posible dentro de él. Cuanto más estemos, más oportunidades tendrá de vendernos cosas, y esto lo hace increíblemente bien porque Facebook aprende de nosotros. Cuando miramos al muro, olvidamos que es el muro quien nos mira. Cada segundo que le damos, Facebook lo usa para conocernos. Su algoritmo registra aquello que nos gusta, lo que le permite mostrarnos contenido cada vez más afín a nuestras preferencias, consiguiendo que nos quedemos más tiempo y le proporcionemos más información. ¿Hasta dónde nos lleva esta espiral?

El pasado mes de abril, leí en Faro de Vigo que la Policía había encontrado a una persona de 53 años muerta en su casa. El domicilio estaba a rebosar de basura, y la prensa se hizo eco de otro ‘caso de Diógenes’. Llevaba muerto seis días, rodeado de desperdicios. Con el tiempo se había aislado, apartándose de su familia y amigos. Los vecinos le veían salir de noche, y regresar cargado con latas de aceita, y neumáticos usados. Tenía 3.544 amigos en Facebook. La Policía recibió una llamada desde Canarias de una mujer que advertía que esa persona, muy activa en redes sociales, llevaba seis días sin usar el Facebook, y se temía lo peor.

Más allá de los casos extremos, Facebook se ha infiltrado en las rutinas más insignificantes produciendo comportamientos asombrosos. Hace algún tiempo, una amiga se llevó un susto de muerte con su niño. Jugando en la mesa de la cocina, el enano se metió un garbanzo en la nariz y no conseguía sacarlo. Asustada, decidió llevarlo de inmediato a urgencias. Sin embargo, antes de salir de casa, encontró tiempo para sentarse frente al portátil y escribir en Facebook lo que había ocurrido y lo que iba a hacer. Coméntandolo con un compañero, me aseguró que él había cerrado su cuenta de Facebook el día que, operándose, escuchó una conversación surrealista en el quirófano. Médico y enfermeros repasaban las vanalidades de un programa de corazón mientras le intervenían. Contó esta anécdota en Facebook, y tuvo una enorme repercusión, pero ni uno sólo de sus ‘amigos’ se interesó por saber de qué se había operado.

Hace un mes quise medir el grado de adicción con Facebook, y qué me perdería si no lo usaba una semana. Realmente, no fue tan difícil prescindir de él, sin embargo, tampoco tan fácil. Para empezar, uno se encuentra siempre a un click de Facebook, justo en la yema de los dedos, a una tecla del móvil. Si nos paramos a cruzar la calle, si esperamos en la cola del supermercado, en esos tiempos muertos, el cerebro se ha acostumbrado a matar los pequeños ratos de aburrimiento deslizándose por el muro. Existe, por tanto, un pequeño impulso automático, como el que nos impide resistirnos a comer lo cacahuetes que sirven con la cerveza. Luego está todo ese sistema de alertas y de avisos que llegan al mail, a la pantalla del móvil, que se abren automáticamente en nuestro PC o en nuestro navegador y que son una llamada de atención para que no nos olvidemos de él. Uno no tiene que invertir una gran fuerza de voluntad en no usar Facebook, como la que se necesita para dejar de fumar o el café, pero si es preciso mantener una alerta constante, y desprogramar hábitos asentados en nuestros procesos mentales.

Por mi trabajo, tengo la tendencia a pensar que estar una semana alejado de Facebook es el equivalente a mudarse a otro planeta, y admito que ese pensamiento me produce una cierta ansiedad. La realidad fue que, siete días después, comprobé que nada grave se me había pasado por alto. Apenas algún mensaje de un amigo que me había llegado por el messenger de Facebook, y que no requería respuesta urgente. En realidad, deslizarse por el muro se asemeja bastante a hacer zapping en la tele, cambiando constantemente de canales, sin quedarse en ninguno, con un montón de contenido que nos mantiene embobados, mientras nos roba tiempo.

Un buen amigo vive sin televisión desde hace años. Es algo que siempre me ha resultado llamativo, pero lo que más me asombra es que, cuando viene a casa y enciende mi tele, se queda congelado delante de la pantalla. Es capaz de engancharse al programa más absurdo sin pestañear. Un día le hice ver lo que yo consideraba un comportamiento incoherente, y él me explico que esa era precisamente la razón por la que se obligaba a prescindir de ella, como quien evita comprar comida basura porque sabe que es mala para su salud, pero también es consciente de que no se resistirá si la tiene a mano.

Conozco a cuatro personas, más o menos de mi generación, que nunca han tenido una cuenta de Facebook.  Se me hace difícil encontrar un factor común que explique su desinterés. Cada una tiene aficiones, maneras de ver la vida y hasta nacionalidades diferentes. Si tuviese que aventurar una explicación, diría que se trata de personas concentradas en sus cosas, hasta con un cierto grado de ensimismamiento. Será casualidad pero las cuatro tienen pasatiempos individuales e incluso un poco solitarios, hobbies a los que les entusiasma prestar atención al detalle más mínimo y que les mantienen absortos. Uno de ellos puede quedarse una tarde entera cuidando de las algas de su acuario, y a otro no le importa en absoluto irse solo de viaje sin responder ni un mail. No sé si esto quiere decir algo, pero las cuatro se han convertido en personas que me intrigan.

Alex, un amigo inglés de 22 años que vive en Coruña, me confesó una de las cosas que adoraba de su novia. Cuando se mudaron juntos, le llamó la atención que, cuando se iban al salón después de la cena, él tomaba su tablet y se quedaba absorto y ella intentaba hacer lo mismo con su móvil, pero a los pocos minutos se aburría y la dejaba sobre la mesa. Su indiferencia por las redes sociales le maravilló. Me gusta pensar que acabará pasando eso y que nos sentiremos atraídos por aquellas personas que han decidido dar la espalda al muro, que nos fascinará la elegancia de los que vuelven a llamar por teléfono para felicitar el cumpleaños, de los que consideran que chatear mientras toman café con alguien es tan grosero como masticar con la boca abierta, que volveremos a encontrar irresistibles a esas personas que todavía tienen secretos y que, cuando las ves, te sorprenden porque, por difícil de creer que parezca, no sabías nada de eso que te están contando.

Morir de Facebook

Carmencita, la paranormal

ugly fortune teller

A mi amiga Carmen le vuelven loca las terapias, y cuando más paranormales más le enganchan. Yo me agoto de discutir, pero no consigo nada. Con ella, me pongo muy racionalista, y con paciencia intento hacerle ver la poca base de lo que dice, y sobre todo lo caro que le sale el otro mundo. Ahora Carmencita se ha mudado y, si soy honesto, a mí me faltan esas mañanas de sábado, cocinando entre godellos y ella en la mesa de la cocina, poniéndome al día de los pronósticos, contándolo como lo cuenta todo, con esa energía que, si uno se descuida, acaba creyéndola de pura pasión que le pone. De hecho, deberían ser las pitonisas y sanadores quienes le pagasen a mi amiga, porque tiene tanto carisma que una vez que prueba algo y sale contenta, arrastra gente, como una influencer del más allá.

Su bruja de cabecera se llama Paquita, una de esas echadoras de cartas con piso en el centro y lista de espera, una leyenda en mi ciudad. Nada más abrir la puerta, Carmen le avisa siempre de que sólo le diga lo bueno, que nada de historias raras, que luego se obsesiona y va por la vida viendo peligros donde no los hay. En una sesión, a la bruja se le escapó que tendría un problema con una Violeta, y mi amiga se pasó meses buscando Violetas, que tampoco hay tantas, y no paró hasta encabronarse con una del gimnasio.

Al final todo el interés de mi amiga en el futuro se reduce a los hombres, a los que quiere hacer desaparecer y a los que le gustaría ver aparecer. Sin embargo, en cosas de amores,  Paquita es más de metáforas que de descripciones. Todos los que ve en sus cartas tienen algún rasgo vago y misterioso, como unas cejas enormes o una mirada turbia, algo que vale para un rubio y para un moreno. Aunque Carmen echa en falta algo más de concreción, le gusta ese estilo que deja margen para la sorpresa. Paquita adora también echarle las cartas a Carmen porque dice que llega siempre con los conductos abiertos de par en par, y que así da gusto, porque también el cliente tiene que poner de su parte.

Además de a lo sobrenatural, Carmencita se engancha bastante a lo natural. Hace poco visitó a una nutricionista carísima, que por ochenta euros le confesó que el elemento central de una dieta infalible era el mejillón y mi amiga se volvió tan fanática del molusco que a punto estuvo de mudarse a una batea. Algo después conoció a un chico que le hizo tontear con la macrobiótica y la convenció de que podría sobrevivir a base de zumos de trigo verde. Por suerte, en cuanto las perspectivas de ir a más con el muchacho se fueron al garete, perdió su fe en el ying y el yang de los alimentos. Al igual que las pitonisas, a mi amiga la adoraban en las tiendas bio de Coruña, que la consideraban poco menos que su patrona, sin sospechar que, cuando Carmencita notaba que su vida apestaba a espirulina, se escapaba de noche al McAuto del polígono de A Grela para ponerse a tono.

Hace poco me mandó una foto de un amuleto que se ha comprado por correo, una piedra verde como la que venden en las ferias medievales. Una bruja nueva se la ha aconsejado para protegerse contra los reptilianos, unas presencias malignas y extraterrestres en las que mi amiga no cree, aunque está enganchada a todos los videos de youtube en los que aparecen rodeando a famosos como Beyoncé. Yo finjo que me irrito mucho por darle dinero a esos chiflados, pero en el fondo me da envidia y es que, si todo esto le pasa a ella, es porque Carmencita es fe pura, y nada de fe en dioses o moralinas, que eso ya lo dejó atrás hace mucho tiempo, fe en la gente que la saca del aburrimiento y que le hace creer que también lo increíble puede ser verdad.

Carmencita, la paranormal

La mentira de los tres segundos

Secret Garden Party 2012

Irene ha dejado de creer en las primeras impresiones. Hasta ahora confiaba en su instinto y presumía de que tres segundos después de conocer a alguien ya sabía si le gustaría. Nunca he entendido cómo podía afirmarlo porque mi amiga sólo ha tenido un novio. Empezaron al acabar el bachillerato y salieron juntos hasta los treinta. Si uno piensa en todo lo que se descubre a esa edad se imaginará cuántos principios caben en una historia como la suya. Sin embargo, fuese lo que fuese, lo que les había llevado hasta allí, un día descubrieron que ya no estaba. En realidad, no ocurrió nada concreto, visible, ningún temblor subterráneo que hiciese saltar las alarmas. Ni siquiera, algo misterioso, que les liberase de la culpa de no haberlo visto venir y les impidiese pensar que podrían haberlo evitado. Simplemente cada uno creció en una dirección distinta y, cuando se dieron cuenta, estaban demasiado lejos.

A Irene le sobran pretendientes. Alta, esbelta, con unos ojos enormes, que le dan ese aire tan dulce de asombro, y una risa levemente escandalosa, una de esas chicas a las que un gesto les basta para iluminar una habitación. En este tiempo, estoy seguro de que habrá tenido sus días, sin embargo, nunca la hemos visto triste. De hecho, no ha parado, como si viviese con una lista de planes pendientes y por fin pudiese ponerse a ellos. Una y otra vez nos ha repetido a todos que estaba bien, sin embargo, cómo resistirnos a jugar a celestinos, ese placer que tanto nos entusiasma a las parejas, empeñados en tratar a nuestros amigos solteros como náufragos braceando, esperando a que les lancemos un salvavidas.

Diego acababa de regresar a Coruña de unas vacaciones recorriendo Islandia en bici, le llamé y organicé una cena, sin desvelar el motivo.  Nos conocemos desde la infancia, pero en los últimos años apenas nos hemos visto, y parecía natural quedar. Mientras el día no llegaba, aproveché para deslizar en mis conversaciones anécdotas de las escapadas de Diego para hacer surf en Marruecos, de su obsesión con la escalada, y de su aburrido trabajo en un despacho de abogados, del que apenas habla, pero que le proporciona el dinero que necesita para sus aventuras. Todo con el poco disimulado interés de plantar en la cabeza de mi amiga la imagen del aventurero con el que soñaba. Irene no tardó en pedirme que le enseñase una foto, y haciéndome el remolón, fingí rebuscar en mi móvil con cierta pereza, cuidándome mucho de mostrarle sólo aquellas en las que lucía su complexión de adicto al deporte, su sonrisa de embaucador de jueces y, lo más importante para Irene, ese mata de pelo robusta y espesa, como una promesa de juventud después de los treinta.

Quedamos en el Cuatro Palillos, un bar de mi barrio donde tomar unas cañas sin que el ambiente oliese a cena trampa y les pusiese a la defensiva. Pedí a mi Lama que nos acompañase, aún sabiendo que odia este tipo de enredos que yo disfruto tanto. Diego llegó con la bolsa de deportes, y aspecto de salir de la ducha. Conozco a mi amiga y sabía que aquel era el punto informal necesario para empezar con buen pie. Desde la última vez que nos vimos, había adelgazado, y traía una barba descuidada y canosa que le ponía años. Se sentó y tras alguna pregunta de cortesía empecé a interesarme por sus viajes. De vez en cuando, yo miraba a mi amiga buscando una señal de complicidad, pero sus gestos no hacían presagiar nada bueno.

Todo era extraño. Ambos eran dos personas que cualquiera consideraría atractivos y apenas se prestaban atención. Diego parecía dirigirse sólo a mí, como si Irene y mi Lama no estuviesen. Pedimos alguna cerveza más, y yo intenté abrir la conversación, lanzando preguntas, subrayando aficiones en común, pero las cosas no mejoraban. Diego seguía con su monólogo, e Irene estrangulaba el cuello de su cerveza, fulminándome con la mirada. Cuando se levantó al baño, mi amiga se apresuró a reprocharme cómo podía haber pensado que le iba a atraer alguien tan presumido y egocéntrico, obsesionado con las frases que empezaban por ‘yo’. Me recordó su teoría de los tres segundos y dio por archivado el expediente. Sin embargo, cerrar un expediente no siempre está en nuestras manos.

Aquel viernes hacía un atardecer de verano perfecto, ni nubes ni viento, un césped mullido y fresco, con islas de hamacas para disfrutar de la puesta de sol en el mar, y un dj capaz de mejorar una tarde sin anular las conversaciones. Una compañera de trabajo nos había invitado a una fiesta al aire libre en su casa de Ares, un pueblo costero a las afueras de Coruña. Por casualidad, Diego apareció también. Hacía un par de meses desde la cita en el Cuatro Palillos, y se sorprendió al vernos. Me saludó cariñosamente, y tardó unos segundos en darse cuenta de que Irene me acompañaba.  Los ojos de mi amiga centelleaban diciéndome muy claro ‘no te atreverás’ y yo le devolví la mirada prometiéndole que no movería un músculo.

El jardín olía a esa mezcla de crema de sol y bebidas frías de las horas después de la playa, y pronto se llenó de invitados con el pelo mojado, y camisetas livianas, que dejaban entrever los primeros intentos de un moreno. A medida que anochecía, los grupos se iban mezclando, y pronto perdí de vista a Irene. Una dentista venezolana me retenía, hablándome de sus vacaciones en Tarifa y de los riesgos que acechan en un lugar así, peligros como que su iPhone se conecte a Vodafone Marruecos cuando el viento cambia de dirección. Cuando conseguí escabullirme, busqué a mi amiga con la vista para ofrecerle una chaqueta. Comenzaba a refrescar, y en Coruña uno aprende a desconfiar del verano y a no olvidar nunca una prenda de abrigo, incluso en las más prometedoras noches de julio. Descubrí a Irene fumando en la barandilla al otro lado de la finca. Hablaba con Diego y se reía con esa risa sonora y un poco infantil, esa risa que conozco bien y que me hacía intuir que ella no echaría de menos la chaqueta y yo volvería a casa solo.

En el camino de vuelta, aturdido por el vino y concentrado en la carretera, recordé la obsesión de mi madre por que aprendiese a tocar la guitarra. En realidad, cada día me apuntaba a una actividad diferente convencida de que tarde o temprano acabaría descubriendo en mí algún talento escondido, como quien perfora a ciegas un terreno en busca de una bolsa de agua que no aparece. Entonces, yo también era capaz de decidir en tres segundos si continuaba o no con esas extraescolares. ¿Y si les hubiese dado algo más de tiempo? Tal vez hoy sería un pintor conocido o al menos habría aprendido a manejar con dignidad una raqueta. Supongo que esta teoría de los tres segundos nos persigue a todos, llevándonos a precipitarnos o simplificándonos la vida, quién sabe.

No tenía ni idea de qué había cambiado. Probablemente, tampoco ellos.  Diego era el mismo Diego, e Irene la misma Irene. ¿Qué ingrediente había aparecido? Quizá exista un tiempo para cada uno de nosotros, y esas historias que no salieron podrían haber funcionado en otro momento de nuestra vida, o tal vez la persona que hoy nos hace feliz podría haber pasado inadvertido a nuestro lado, si nos hubiésemos cruzado con ella sólo un día más tarde. Quién sabe si ese mapa de oportunidades caprichosas explica las cosas grandes, esas que importan y creemos asentadas sobre las columnas de la lógica. Y mientras intentaba aparcar de nuevo, pensaba que muy pocas cosas serias se pueden hacer en tres segundos y que quizá debamos volver a intentarlo, cuando escuchemos derrotados que las primera impresión es la que cuenta.

La mentira de los tres segundos

Lo que la fiesta dejó

Fin de fiesta (1)

Uno no sabe cómo reaccionará. Puede imaginarlo, pero, como si se tratase de un atraco, no lo sabrá hasta que lo viva. Nunca me habían dado una fiesta sorpresa. Por supuesto, había ido a muchas, y había visto a amigos echarse las manos a la cara para tapar las lágrimas, sufrir ataques de risa nerviosa o gritar histéricos, pero ¿y yo? Realmente, uno no puede saberlo hasta que le ocurre.

Llegué a Montederramo disimulando mi enfado. El plan era una comida de cumpleaños con mi familia, y mi mal humor tenía que ver con la ocurrencia de mi padre de celebrarla en Celeiro, un pueblo a tres horas de Coruña, en la montaña de Ourense, un sábado de julio con treinta y cinco grados. Por si fuese poco, mi Lama y su madre no paraban de retrasar el viaje. Las llaves del coche no aparecían, Dani tenía retortijones y debíamos parar en un área de servicio, mi suegra necesitaba un café y se lo bebía con una parsimonia irritante. Para colmo, a todos les había parecido una idea fantástica parar en Montederramo para tomar un vermú antes de seguir a Celeiro. Yo resoplaba, intentando hacer acopio de paciencia, bajándome del coche sin sospechar nada.

Hasta ahora creía que a mi Lama le costaba guardar secretos. Como en las películas de espías, donde el infiltrado no aguanta la tensión,  la presión le pasó factura. La víspera de la fiesta, mientras yo leía en cama, él se durmió. Entonces, por primera vez, comenzó a hablar en sueños. Jamás antes lo había hecho. Fueron palabras sin sentido, algo así como ‘apartamento’ y ‘Puente del Milenio’. Sin entender nada, no le di importancia, y me dormí. Después de la fiesta me confesó su terror, cuando a la mañana siguiente se lo conté. La misteriosa frase se refería al piso que había alquilado para que durmiésemos en Ourense  ya que la casa de mis padres se quedaba pequeña para la familia y los invitados.

¿No has llorado?, me reprochó mi hermana Sara al terminar la fiesta, como si las lágrimas fuesen la prueba del éxito de la sorpresa. Nada más atravesar la puerta del claustro me quedé aturdido, sin entender qué hacían todas esas personas fuera de su contexto, tantos grupos diferentes juntos, escuchándoles aplaudir con la sensación de estar debajo del agua. De pronto vi a mi sobrina corriendo hacia mí, y fingí dejarme abrazar, cuando era yo quien necesitaba agarrar a alguien. Luego vinieron los nervios de sentirse en el ojo de todos, de reconocer las caras, y la alegría de entender. Todo, mientras una parte de mi cerebro no conseguía desenredarse del pensamiento de cómo no lo había visto venir, resistiéndose a aceptar que mi Lama, el transparente, y mi familia, la caótica, lo habían conseguido.

Yo quería pasar de lado por este cumpleaños, saludar de lejos. Resignarme a las felicitaciones, y esperar al día siguiente. Pero los cuarenta me tendieron una trampa en uno de los lugares más dulces de mi biografía. Si uno no puede prever cómo reaccionará, tampoco sabe qué sentirá.  De pie frente a todos, con el sol del mediodía dándome en la cara, a medida que me desbloqueaba y volvía a enfocar, aparecieron ellos: mi familia y amigos, los de siempre, los de niño, los de la universidad, los que vinieron y los que quisieron estar de otra manera, el que había dejado de ver sin motivo y el que dudaba si me querría volver a ver. Cada uno, una parte de mi tiempo.

Al día siguiente en Coruña, vaciando el maletero, a mi Lama se le cayó un folio. Con la rapidez que lo recogió, como si nada hubiese pasada, me di cuenta de que no era un papel más. Me confesó que había escrito unas palabras, pero que no se atrevió. Tenía miedo de que no se le oyese. No sé bien si esa fue la razón, pero no paré hasta que me lo leyó. Era algo bonito. No quiero decir ingenioso, ni siquiera que sonase bien, era algo real y exacto, algo que puede escribir sólo quien nos conoce de una manera que desarma y da vértigo. Pensé que me habría gustado que se hubiese atrevido, pero lo pensé sólo un segundo. Luego me pareció que mi Lama lo es por cosas así.

Tras el estallido de la sorpresa vino la urgencia de estar con todos. La tarde en Montederramo transcurrió a la velocidad con la que se consumen las cosas hermosas. No hubo una fotografía de grupo, ni siquiera recordé que me habría gustado. A medida que el día se agotaba se iba decantando una imagen, la de todos mis afectos en un mismo espacio, la de ese instante al entrar en el claustro y comprimir en una mirada cuarenta años de gente que quiero, que me importa, con la que siento que he hecho algunas cosas buenas y deseo hacer más. Regresando a Ourense al anochecer, conduciendo por la carretera que baja el Rodicio, esa imagen regresaba, dejando una sensación cálida. Siguió volviendo días después, revoloteando hasta acomodarse en algún bolsillo de mi memoria, en algún lugar donde sé que está, donde a veces la recupero para comprobar que sigue intacta.

Lo que la fiesta dejó

El gorrión que escapó de la cotorra

tienda comestibles

Resulta difícil que alguien me impresione por hablador, pero aquella mujer me estaba sacando de mis casillas. Había llegado temprano a mi tren de las ocho, adormilado, pero impaciente por terminar la última novela de Benjamin Black, y la señora sentada detrás no se callaba. A esas horas, el tren es un lugar silencioso, a nadie le apetece una conversación. Sin embargo, la perorata de aquella cotorra se escuchaba en todo el vagón. Simulando colocar mi chaqueta en la repisa de arriba, me giré para verle la cara. Tendría unos cuarenta años, llevaba el pelo recogido, y todo en ella desprendía tensión, como si se hubiese peinado con un alicate. Viajaba con un chico que la escuchaba en silencio. Como una metralleta, le hablaba de este y del otro jefe, gesticulando y haciendo un sonido metálico con sus pulseras, echando el cuerpo hacia adelante mientras el muchacho se replegaba contra el cristal, encogido como un gorrión. Por la conversación entendí que los dos trabajaban en una cadena de tiendas de ropa. Él debía estar empezando y ella le desvelaba los secretos de la empresa. Al bajar, el muchacho salió cargado de bolsas, mientras ella se adelantaba unos metros, dando instrucciones por el móvil.

Coincidí con ese chico varias veces. Le veía llegar por las mañanas, la mayoría de las veces solo. Tenía los ojos verdes, con un brillo húmedo, el pelo muy corto, y un aspecto frágil y pulcro, con jerseys elegantes de cuello redondo, y zapatillas modernas, un chico formal al que uno imagina madrugando para planchar su camisa. Se sentaba con la espalda recta, mirando por la ventana, y así se quedaba todo el viaje, ensimismado, sin libros, ni radio. Con las manos sobre la piernas, me di cuenta de que se rascaba la muñeca izquierda, de una manera automática, cada poco tiempo, como si el picor no se calmase, y hasta el punto de que la piel parecía ulcerada.

Algunos días después, la mujer reapareció. Viajaba con el chico, y con otros dos jóvenes. Se habían sentado en uno de esos asientos de cuatro, y todos la escuchaban y asentían sin meter baza. Con ese tono autosuficiente de jefa de la manada, les aleccionaba, explicándoles las razones de todo. Sentía unas ganas terribles de intervenir y empezar a discutirle, rebatir cada uno de sus datos, aunque no tuviese la menor idea de lo que estuviesen hablando.

Cada sábado desayuno con mi Lama en un café de Cuatro Caminos. Sentado en la mesa, vi a través de la ventana al chico del tren. Caí en la cuenta de que hacía meses que no coincidíamos, pero le reconocí. Colocaba una caja de cerezas delante de una tienda de comestibles, uno de esos negocios que uno se pregunta cómo es posible que hayan sobrevivido. Me picaba la curiosidad, y decidí acercarme.

Nos recibió un hombre de sesenta años, bajito, regordete, con un delantal azul con manchas de harina. La tienda era un local estrecho y oscuro, con cajas de hortalizas y frutas, una estantería con conservas y alguna botella de vino. Mi Lama se quedó fascinado con el suelo de baldosas hidráulicas, y aquello le dio pie al dueño para hablarnos de que llevaban abiertos desde los años veinte. En el trastero descubrí al chico sentado en un taburete con un portátil en las rodillas. De pronto, una frase me sorprendió. ‘Espero que siga abierta muchas años más, pero dependerá de él’, dijo el hombre señalándole. ¿Era posible que aquella criatura, que parecía salida de una revista de moda, fuese su hijo?

Por un momento imaginé al chico en casa, mirando durante horas blogs y webs de tendencias, visualizándose lejos de aquella tienda mugrienta y fantaseando con llegar a trabajar en alguna empresa importante, rodeado de burros de ropa de marcas prohibitivas, pensando en convertirse en uno de esos modelos lánguidos. Después, pensé en cuanto debe costar sonreír a la cotorra al encontrarla cada día, y escucharla parloteando, mientras uno dobla camisas desordenadas por curiosos en busca de gangas, y como todo aquello se debía parecer poco a la vida en aeropuertos que había planeado.

El chico y la cotorra desparecieron del tren sin que yo lo advirtiese. Un sábado, mi Lama se dio cuenta de que la tienda de comestibles había cerrado. A ninguno nos extrañó, otra persiana bajada por la crisis en esa calle de fachadas art déco, llenas de molduras, azulejos, y vidrieras, reducida ahora a un cementerio de negocios. Sin embargo, hace algo más de un mes, apareció un pintor subido a una escalera, remozando la persiana de la tienda. Hojas de periódico cubrían el cristal del escaparate y un saco de cemento y botes de pintura se apilaban en la puerta. Fingiendo ver las portadas de una librería cercana, espiaba por el rabillo del ojo lo que ocurría. El chico del tren apareció, parecía organizar el trabajo; junto a él, otro chico escuchaba la conversación.

Cuando la tienda reabrió, hicimos una visita. Le pedí un godello, y el chico revisó la repisa de los vinos, explorando la estantería con curiosidad, como si la acabase de descubrir. El otro chico elegía tomates, comprobando con delicadeza si estaban maduros, mientras una cliente se desesperaba con su parsimonia. La tienda conservaba las baldosas, el mostrador de mármol y una báscula antigua, pero todo lucía nuevo y limpio. Me preguntaba si me habría reconocido, y pensé en decirle que me alegraba verle allí, lejos de aquella mujer tan horrible. Los dos se movían rápidos, inseguros, como si tuviesen miedo de romper algo. Al llegar a casa descorchamos el vino. No era godello, y tampoco estaba bueno, pero nos lo bebimos brindando por esas historias que terminan una mañana de sábado en una tienda pequeña.

El gorrión que escapó de la cotorra

El Flecha

El Flecha
El Flecha (tercero por la derecha) y su cuadrilla de montañeros

Sólo era una andaina, pero la convertimos en un duelo. El plan nos ofrecía un pretexto para pasar un domingo con mis padres y enseñar los colores del otoño a mi suegra, de visita en Galicia. La ruta transcurría por los montes de Baños de Molgas, y el dinero de las inscripciones se entregaba a proyectos de investigación del cáncer infantil. Pese al madrugón y a la mañana nublada, el ambiente era festivo. De pronto, avisaron por megafonía y los participantes nos concentramos bajo la pancarta de meta. Justo antes de oírse el silbato, mi padre se giró y nos advirtió: ‘Aquí nadie espera a nadie’. Un segundo después se había esfumado. Lo vimos situarse en cabeza y lo perdimos de vista. Aquello no era ninguna competición, y su sprint me pareció ridículo. De repente me entraron unas ganas irreprimibles de alcanzarle, como si ser treinta años más joven me obligase a darle una lección. Empecé a acelerar el paso, caminaba cada vez más rápido hasta que finalmente me lancé a correr.

Todos me miraron desconcertados, pero seguí corriendo, adelantando al resto. En realidad, no tenía mérito ya que sólo yo corría. Cada vez que me cruzaba con alguien de la organización le preguntaba a cuántos tenía delante. Diez, seis… hasta que al final sólo escuchaba: ‘Van dos en cabeza y un señor que camina a toda velocidad, como un loco’. Me dejé el alma para dar caza a ese loco, seguro de que estaba cerca. Cada poco intentaba ponerle nervioso, enviándole notas de voz por whatsapp, inventándome que le veía al fondo, que le estaba tocando la espalda. Veinte kilómetros después crucé la meta, exhausto, con un tirón en el gemelo, y los pies en carne viva por correr con botas de montaña. Mi padre me esperaba, sentado en las gradas del pabellón, en un lugar donde estaba seguro de que le vería bien, con esa sonrisa.

A sus setenta años, los amigos del gimnasio le han apodado el Flecha. Desde su jubilación ha recorrido el Camino de Santiago, de Francia a Compostela, el Camino de los Cátaros y se ha ido a Escocia y Madeira a hacer rutas. Lo asombroso es que hasta ahora nunca había mostrado interés alguno por el deporte. Dicen que cuando envejecemos volvemos a los lugares de la infancia. Mi padre nació en Parafita, una de esas aldeas de la sierra de Manzaneda en las que los lobos, en lugar de bajar, suben, así que lleva montaña en los genes, y quizá ahora se esté tomando la revancha de una vida encadenado a su plaza de funcionario y a las obligaciones de una familia numerosa.

Con el tiempo, el Flecha se ha vuelto competitivo, hasta el punto de que salir al monte no es cuestión de disfrutar del paisaje. Quiere ser el primero, lo necesita. El placer está en el desafío, en el reto de superación y en demostrar que la edad no es un obstáculo. Por eso, caminar con mi madre le resulta un suplicio, aunque ella ha encontrado la manera de sobrellevarlo. Cuando mi padre se impacienta y la acusa de ser un lastre, se pone los auriculares, y lo deja ir. Ella, con su radio;  él, con su pulsómetro. Soluciones así sostienen los matrimonios de larga duración.

Al Flecha nunca se le ha dado bien expresar sus sentimientos. Se crió en una familia en la que al padre se le trataba de usted, y las emociones se enterraban bien abajo. La primera vez que se marchó a una ruta larga, empezó a enviarnos whatsapps al grupo familiar diciendo ‘os quiero ‘. Aquello nos parecía tan extraño que llegamos a pensar que algún amigo le había robado el móvil y se estaba cachondeando. Será el polen o la clorofila, pero lo cierto es que en el monte aflora su lado más cariñoso. En unos días se montará en un Ourense-Irún para comenzar la Transpirenaica, una de las rutas más duras de la Península. Cuando eramos pequeños, en los momentos de caos familiar, en medio de una tormenta de llantos y peleas de niños, mi padre suspiraba, miraba al cielo y solía decir que soñaba con retirarse a algún monasterio. Supongo que, de alguna manera, sigue buscando esos lugares apartados, donde encontrar la calma necesaria para poder decirnos ‘os quiero’.

 

El Flecha

Camila

Camila

La cocina olía a mermelada de ciruela. Cuando me despertaba escuchaba la radio en el comercio. Siempre la radio encendida. Ella me llamaba Iñaki y decía que algún día yo daría las noticias. Subido al mostrador de madera, miraba los peces del acuario, las cajas de cartón en las estanterías, los rollo de tela, y en la otra esquina, el estanco, el escritorio con la máquina de escribir y esa esponja naranja donde se humedecían los sellos antes de pegarlos. Por aquel comercio pasaban todos. El Cachas, con ese labio inferior que sujetaba el cigarro mientras hablaba; el Demo, que clavaba puntas a puñetazos y nos invitaba a ver el espectáculo; el herrero, con su pierna de quita y pon y el Lletas, diminutivo de Costilletas, apodo que le habían puesto por trabajar en la carnicería. Ella me contaba sus historias, y yo lo recordaba todo, como si conocerlas me hiciese más de allí.

Todavía hoy le gusta describirme como el sobrino bueno, el que pasaba las mañanas de lluvia en el salón, con los libros de Los Cinco, esperando a que parase para salir corriendo a buscar a los otros. Siempre la he llamado tía, aunque la siento abuela. Mi madre se crió con ella, en uno de esos arreglos con los que las familias grandes se apañaban para salir adelante. Cuando se mudó a casa de Camila tendría tres años, tan bajita que no llegaba a abrir las puertas. Mi tía se acaba de casar y aún no tenía hijos, aunque pronto llegarían seis. Pepe, su marido, murió antes de que yo naciese. Cada vez que veo su retrato en el dormitorio de mis padres, pienso cuánto me habría gustado conocerlo.

Al mediodía, mi tía me mandaba a por pan, encargando una barra de más, sabiendo que en el camino no sería capaz de contenerme. Adoraba aquella panadería en el monasterio, el olor a leña y harina del claustro, el silencio del pueblo, con el chorro de la fuente, y el sol pegando en el asfalto, abrasando algún sapo muerto, aplastado por el coche de línea. Siempre le preguntaba cuántos seríamos para comer, me encantaban las peleas entre mis primos, y ella pidiendo paz en la mesa, amenazando con el mango de la escoba. Entonces ni imaginaba lo que estaba consiguiendo, qué sabe un mocoso de criar a seis hijos, de lo que cuesta la universidad, de enseñarles a que nadie falte cuando uno tiene problemas. Eso lo vi después, cuando la vida de alguno se complicaba, y aparecían todos.

Los sábados, mis primos bajaban al Bar Galicia después de cenar, y yo me quedaba con Camila y María José, mi madrina. Recién duchado, sentado en el sofá, cruzando los dedos, esperaba a ver el número de rombos de la película, confiando en no tener que irme a la habitación. A veces bajaba a La Manuela a comprar pipas, corriendo como un loco para regresar antes de que empezase. María José hacía un cucurucho con una hoja de La Región para las cáscaras, y mi tía se dormía enseguida, pero si la mirábamos, abría los ojos, disimulando y resistiéndose a ir a la cama. Entonces, la mía era la única foto en la estantería de los nietos, luego llegaron tantos que tuve que descender a la de los sobrinos.

Cuando tenía diez años, Camila sufrió un derrame. Le había ocurrido a mi profesor de tercero, y sabía que no era ninguna broma. Aquel profesor nos leía ‘Jim Botón y Lucas el maquinista’ por capítulos, y conseguía entretener a toda una clase, sin que nadie le interrumpiese. Nunca había visto a nadie hacer algo tan difícil. Después del derrame, le quedó un defecto en el habla y me entristecía pensar que quizá no leyese igual de bien. Visité a Camila en el piso de su hijo Jorge. Verla en el sofá, con un voz frágil, me dejó temblando. Aquella fue una de las primeras experiencias de lo terrible que podía ser una enfermedad, como podía llegar de repente y darle la vuelta a todo, incluso a mi tía, una de las personas más fuertes que conocía, la que siempre había cuidado de nosotros. Sin embargo, se recuperó por completo y yo me convencí de que era invencible.

Al hacerme mayor, empezó a preguntarme qué tal de novias, cuándo me iba a casar y esas cosas que dicen las abuelas cuando nos ven y nos achuchan. Me costaba decirle la verdad, y. supongo que para evitar quedarme callado o mentirle empecé a espaciar las visitas. Mi madre me contaba que me echaba en falta, y yo no me sentía orgulloso. Por suerte, esa etapa no duró, y cuando le presenté a mi Lama fue un gran día. Con el tiempo, descubrí lo equivocado que había estado con aquellas dudas. Hoy tiene 86 años, una estantería para los bisnietos, y acaba de arreglárselas para recuperarse de otra gorda, dejándonos a todos pensando que quizá ser invencible esté al alcance, y nada tenga que ver con lo que ocurra, sino con la voluntad de no darse por vencidos y abrir bien los ojos, cuando alguien crea que nos hemos dormido.

Camila

Cuando era más viejo

Portugal

Lo primero que me traerán los cuarenta será a mi suegra en un tren. Ha querido venir a celebrarlo, y aún no sé como interpretar esta señal.  El 7 de julio se acerca, y conviene ir afeitándose. La hora crítica serán las tres de la tarde, cuando aparezcan en el telediario los toros corriendo por Pamplona y mis amigos se acuerden de quién cumple en San Fermín. Entonces, sonará el móvil y escucharé: ‘Venga, Nacho, que los cuarenta no son nada’. Luego me dirán eso de que no volverían atrás, que no echan una sola cosa de menos y que nunca han estado mejor. Como prueba me enviarán una fotografía de sus veinte años, con los últimos granos en la frente, la cazadora de cuero falso, y la camiseta de Nirvana. ¿Cómo llevarles la contraria?

El mío fue un parto épico. No porque hiciese algo meritorio, sino porque nací una de esas tardes de julio en las que el termómetro del Parque de San Lázaro de Ourense sale en La 1. Asomé la nariz justo a la hora de la siesta, y superando con generosidad los cuatro kilos, circunstancias que hacen a mi madre merecedora de su nombre: Concepción.  No estoy triste por cumplir cuarenta, pero tampoco lo siento como un cumpleaños más, y, aunque las cosas no me van mal, estoy lejos de ser uno de esos cuarentones repletos de vitalidad, que parecen tener zumos vitaminados corriendo por las venas, con una agenda llena de maratones y surf camps, cuarentones que han dejado atrás los traspiés de los treinta y posan serenos para su vida instagram. En realidad,  vivo en un piso alquilado, tengo un coche de segunda mano y un novio doce años más joven. Entre mi Lama y yo, criamos una aloe vera y, sumando los ahorros de ambos, nos llegarían para vivir con holgura un par de semanas.

Otra de las frases que me repiten estos días y me crispa es: ‘Sabes, ahora sé lo que quiero’. En realidad, esa frase me da mucha rabia, quizá me da envidia, aunque yo creo que es rabia. Una vez supe qué quería estudiar, dónde quería vivir y a qué me quería dedicar. Con la edad, parece que ese tipo de cosas se vuelven borrosas, y me pregunto si todo era mentira, si he leído libros equivocados o si será cierto esa verso de My Back Pages de I was so much older then.

Cuarenta años son demasiados para hacer balance, así que sólo me remontaré a mayo. Concierto de Coldplay en Barcelona, 55.000 personas en el Olímpico, un despliegue audiovisual hipnotizante, y todo el mundo sobreexcitado. Realmente estuvo bien, nos divertimos. Eso fue todo. Al día siguiente, con unas horas de sueño y agotados después de deambular entre mareas de turistas, cenamos en un tailandés de Gràcia con Quim, un amigo que ha huido de este aparcamiento de borrascas en el que vivo, y al que veo mucho menos de lo que me gustaría. Al salir, buscamos una terraza para aprovechar la noche, retiraban las mesas a la una para no molestar a los vecinos, así que terminamos bebiendo latas de cerveza sentados en el suelo de una plaza. Ni la cerveza era Estrella Galicia, ni la plaza estaba limpia, pero aquello fue un plan. Estos días tengo la impresión de que todo el mundo tiene un montón de cosas por hacer, y estoy de acuerdo, es esencial tener planes, aunque quizá lo más difícil sea distinguir entre un concierto de Coldplay, y tener un plan.

No sé si esto tiene que ver con los cuarenta, últimamente lo relaciono todo con la edad, hasta que me haya empezado a gustar el brécol. De verdad, el olor a enfermo del brécol me producía arcadas y hoy lo como con naturalidad, sin ni siquiera saber cuándo empezó a pasar. Me pregunto qué otros cambios se producirán a partir del jueves. De hecho, he regresado hace unos días de un crucero con mi familia. Sí, crucero y familia en la misma frase, con su cena del capitán, sus pasillos con moqueta y sus bingos. Si alguien me hubiese sugerido la idea hace años, habría sentido un escalofrío, pero ahora sé que esa fue mi verdadera fiesta de cumpleaños, aunque entonces no fuese consciente, aunque no hubiese velas, estar allí  bailando con mis hermanos canciones de Laura Pausini y bebiendo Mai-Tais en cubierta, aplaudiendo a mi madre en las clases de zumba, probablemente no haya mejor manera de recibir los cuarenta.

Cuando era más viejo

Mi miedo a ser un búho

araña 2

Mi hermana Sara había alquilado aquella habitación a las afueras de Dublín, estábamos destruidos después de un día de aviones y autobuses, tiré las maletas, me acosté sobre la cama, y la vi en el techo, acechándonos. Dicen que sólo hay una cosa peor que descubrir una araña: perderla de vista, así que no sólo necesitaba que se deshiciese de ella, sino que debía verla salir de allí con mis propios ojos. Por lejos que Irlanda esté de África, todas las arañas me parecen igual de aterradoras. Además, siempre tengo presente esa escalofriante estadística de que cada año nos comemos un promedio de ocho mientras dormimos, así que mi hermana se dio cuenta de que mi amenaza de irme a un hotel iba en serio. Usando una escoba y un recogedor como dos pinzas se subió a la cama y la atrapó. A un metro de distancia, la seguí hasta comprobar como aquella bolita de pelo articulada se alejaba por la ventana.

En cuestión de miedos me considero una persona bastante vulgar. Con los dentistas y las montañas rusas, arañas y culebras lideran mi ranking. De niño me acerqué una tarde a ver pescar a un amigo. Para mantener las truchas frescas, había sumergido en la orilla una de esas cestas de mimbre con un agujero en la tapa. Metí la mano para contarlas, y una culebra se enroscó en mi muñeca. Agité con fuerza el brazo y la lancé al agua, fueron sólo unos segundos, pero esa sensación viscosa me heló el corazón, y treinta años después todavía se repite en sueños.

En cuanto a las películas de miedo, sólo puedo con aquellas que, en realidad, no dan miedo. No tengo problemas con vampiros, hombres-lobo y demás seres que no asustan a nadie con más de siete años, pero si aparece un exorcismo, como mínimo, tengo que encender todas las luces de casa. Hace poco tuve ocasión de comprobar que, desde mi adolescencia, he hecho pocos progresos. Mi Lama y yo nos habíamos armado de valor para ver Expediente Warren, entonces salió aquel mensaje: ‘Basada en hechos reales’. Me dedico a marketing y sé que esa frase se usa hasta parar presentar XMen. Me dio igual, nos miramos y apagamos la tele.

Desde luego, no creo en nada de eso, sin embargo, el miedo va por libre. De adolescente, participé en alguna sesión de espiritismo con los amigos, y era sistemáticamente expulsado por mis gracietas. El médium, un francés que pasaba las vacaciones en el pueblo, se dio cuenta de que reventaba sus números y dio con la manera de librarse de mí. ‘Espíritu, ¿hay alguien en esta mesa que quieres que se vaya?’. Por supuesto, el vaso recorría todas las letras de mi nombre. Yo estaba fascinado con que, pese a que en aquel pueblo todo el mundo moría de viejo o de aburrimiento,  los espíritus que se manifestaban eran siempre niñas que se habían ahogado el día de su comunión y casos así de siniestros. La última noche que me dejaron asistir, el francés comenzó diciendo: ‘Espíritu, si estás ahí ve al sí y si no, ve al no’. Quiero pensar que fue un problema de idioma, pero mi carcajada me dejó fuera de aquellos shows para siempre.

Con los años han ido apareciendo miedos nuevos. En la etapa de la universidad se registró un terremoto de 5,1 grados en la escala Richter en Galicia, nada especialmente devastador, pero lo suficiente como para notarse en Santiago y que los estudiantes se hiciesen camisetas de ‘Compostela tembló y yo estaba allí’. Al día siguiente, la prensa anunciaba que esas movimientos no eran tan extraños y que quizá se producirían nuevos temblores. Aquello me marcó y me recuerdo cronometrándome bajando de dos en dos las escalares de aquel sexto piso de la calle Santiago de Chile para saber cuánto tardaría en llegar a un lugar seguro.

Otro de mis grandes temores es el miedo al ridículo. En realidad es uno de los que más me molesta. Podemos arreglárnoslas para vivir lejos de montañas rusas, arañas o dentistas, pero el miedo al ridículo siempre está ahí, haciéndonos la vida más aburrida. Un amigo se apuntó a un curso de teatro, uno de esos talleres en los que no se estudia a Chejov ni nada de eso, sino que simplemente se grita y todo el mundo se revuelca por el suelo haciendo la croqueta y soltando emociones fuera. Para romper el hielo, el profesor pidió que cada uno representase un papel inspirado en una película de terror. Enseguida, el escenario se llenó de gente caminando como zombies, imitando a brujas o mordiéndose el cuello. Al ver que los personajes estaban cogidos, mi amigo decidió quedarse en una esquina, en cuclillas, con los ojos muy abiertos y haciendo: ‘Uuú, uuú’. Al acabar, el profesor le confesó intrigado que el suyo había sido el único papel que no había identificado. Con naturalidad, le respondió que había optado por hacer de búho. Cuando me lo contó me pareció maravilloso, y me dio una envidia tremenda. Creo que, si tuviese el valor de subirme a un escenario y hacer el búho, todos los demás miedos me darían igual.

Mi miedo a ser un búho

Aquella tormenta

Tormenta 3

Apenas había coches, pero si pasaba alguno, el viento nos obligaba a sujetar con fuerza el manillar para no perder el equilibrio. Serían las seis, y sobre la sierra asomaban las primeras nubes, lentas, pesadas, como gotas de tinta en un cielo azul. Avanzábamos en silencio por una carretera pegada al río, aguantando un calor tormentoso que nos hacía sudar. Conocía el camino, y no faltaba demasiado para la bajada que llevaba al pueblo, así que esperé mi momento. Al llegar al puente, apareció la recta. Entonces, me lancé a pedalear con toda mi alma, como si fuese cuestión de vida o muerte. Le adelanté por sorpresa, gritó algo que no entendí, y me concentré en alcanzar toda la velocidad posible. En la primera casa levanté los brazos, me di la vuelta y le vi, con el pelo tapándole la cara. Mis pedales seguían girando solos.

Apoyamos las bicis y compartimos un agua sentados sobre un muro de piedra, con el embarcadero a la espalda. No había nadie, un bóxer dormitando frente al bar, las casas con las persianas bajadas, y el río que se alejaba entre dos montes, oscureciéndose en la distancia. Como lagartijas, nos tumbamos a descansar. El sol nos obligaba a cerrar los ojos, y con su camiseta nos tapamos la cara, a lo lejos se escuchaba el ruido de alguna máquina con motor. Creo que no llegué a dormirme, no lo recuerdo. Cuando abrí los ojos, el cielo se había cubierto.

La primera gota, gorda y caliente, estalló sobre mi mano. Él pedaleaba delante y, casi en el mismo momento, aceleramos, intentando ser más rápidos que la tormenta. La lluvia cambiaba el color del asfalto, y dibujaba círculos sobre el río; una lluvia pesada, como si el cielo también sudase. Sin avisar, frenó, dejó la bici y corrió a refugiarse en un hueco excavado en un talud. Empapados, nos agazapamos con la espalda pegada a la tierra, aprovechando el pequeño espacio, rodeados de piedras y raíces. Delante, una viña, el agua rebotando contra las hojas de las vides; un poco más lejos, el río, ahora gris, reflejando las torretas eléctricas. Nos quedamos hipnotizados por el ruido de la tromba y los relámpagos.  Poco a poco, los truenos se fueron espaciando, y dejó de llover. Ya no se oía nada, apenas nuestra respiración y, aunque la tormenta había pasado, no nos movimos. Sólo cuando empezó a refrescar, decidimos marcharnos.

Aquella tormenta