Duelo de sonrisas

Vigilante de la ORA

Mientras la observamos, mi amigo se imagina que se llamará Celsa, o cualquier otro nombre áspero de vecina antipática. La mujer que espiamos desde la ventana camina calle arriba, calle abajo con las manos a la espalda, con un andar lento y pesado de carcelera. Algunos coches ni los mira y en otros se detiene.  No sabemos si cumple alguna instrucción o su orden es arbitrario, pero mi amigo me avisa de que, al pasar al lado de su Polo, se parará. El pronóstico se cumple y, apoyada sobre una pierna, la veo inclinarse sobre su parabrisas.  «Me acecha», me dice exagerando.

Todo empezó hace un mes. Faltarían veinte minutos para las ocho cuando la vio bajar Eduardo Espino. No sé por qué, pero intuyó que se dirigía a su coche, como si a doscientos metros pudiese olfatear que era el único sin ticket. Corriendo, cruzó Castillo Urquijo  y, cuando la carcelera estaba a punto de empezar a teclear en su maquinita, abrió la puerta y colocó el ticket delante de sus narices. No quería sonreír, pero mi amigo sonrió y ahí empezaron sus problemas.

Al parecer nunca la ha visto entre semana. Sin embargo, el sábado se presenta y, en su paranoia, mi amigo sospecha que sabe que ese día aparca en su calle. Al igual que en cualquier otro trabajo, cree que también en ese se deben de desarrollar ciertas facultades, como la de reconocer a los reincidentes y él no tiene duda de que la carcelera lo ha descubierto y espera su momento.

Hace unos días se cruzaron a la salida de un centro comercial. Me dice que le costó reconocerla sin uniforme. Llevaba una bolsa con un pack de Estrella Galicia. «Por un momento la imaginé en su cocina», me contó, «anotando en una pequeña libreta las multas del día, con la televisión a todo volumen y la cerveza calentándose». Ni siquiera esa imagen le conmovió.

Esta semana nos hemos vuelto a ver y le he preguntado por su obsesión. Aliviado, me explicó que está convencido de que el último sábado se terminó todo y que ahora le dejará en paz. Ese día, mi amigo se despertó pasadas las diez. Con un mal presentimiento se vistió y bajó a la calle. Desde lejos adivinó en su parabrisas la revancha. Con la multa en la mano, miró alrededor buscando a la carcelera. Esperaba sorprenderla disfrutando de su golpe, pero ni rastro. ‘Vamos, tal vez no fue ella’, comenté. Mi amigo sacó la multa de su cartera y me la mostró. ‘Su venganza’, me dijo, dejándome ver al girarla una cara sonriente pintada a bolígrafo.

Duelo de sonrisas

La lección que no recibí

educación gay

El profesor nos planteaba una hora de educación sexual, la primera de todo el bachillerato. El método parecía sencillo: escribir en un papel anónimo nuestras dudas. Él los recogería e iría contestando. De esta manera, evitaríamos la vergüenza de tener que preguntar a mano alzada. Tenía dieciséis años y cursaba tercero de BUP en un colegio religioso, uno de esos centros considerados el lugar adecuado para garantizar a los hijos la entrada en la universidad. Sin embargo, a principios de los noventa, todo lo que tenía que ver con el sexo no existía en el plan de estudios y aquel inesperado anuncio inflamó una clase de cuarenta adolescentes.

Esa tarde, todos escribimos algo, cuidándonos bien de que la letra no nos delatase. La expectativa era mayúscula. El profesor desdobló primero un papel, luego otro y así continuó en silencio durante un rato. Luego levantó la mirada, se colocó las gafas y dijo en tono solemne que la actividad se cancelaba porque no habíamos sido capaces de tomárnosla en serio. Guardó los papeles y seguimos con las clases habituales. Nunca supe la razón. Tal vez pensó que nuestras preguntas serían más inocentes.

Ese mismo curso, otro religioso interrumpió una de sus tediosas explicaciones para asegurarnos que atravesábamos una edad turbulenta y que no resultaba extraño que nos sintiésemos confundidos a la hora de saber qué dirección tomaban nuestros afectos. Muy seriamente nos informó de que, en el caso de persistir esa confusión, existían tratamientos que nos ayudarían a definirnos. Miré a mi alrededor con disimulo, buscando algún gesto de sorpresa. Aparentemente nadie parecía alterado. Por entonces, comenzaba a sospechar que mis afectos sentían curiosidad por otras rutas y, aunque creía saber a qué hacer caso y qué olvidar de lo que oía en clase, la frase me perturbó y se quedó grabada en la memoria.

Todos estos recuerdos han regresado estos días leyendo El amor del revés de Luisgé Martín, un relato valiente en el que el escritor cuenta su experiencia, la de un chico descubriendo y aceptando su homosexualidad en el Madrid de los ochenta, una generación antes de la mía. Su testimonio me ha hecho rebobinar y ser consciente de que, aunque nunca sufrí episodios de homofobia, la falta de información era absoluta. Miedos, dudas y falsas creencias revoloteaban en mi cabeza, angustiosos temores que habría bastado un poco de luz para hacerlos desaparecer, sin embargo, encontrar esa luz parecía entonces una tarea imposible.

Aquel era el último tema que deseaba comentar con mis padres. De hecho, pronto descubriría que tampoco ellos tenían las respuestas que necesitaba. Todavía tardaría tiempo en reunir valor para apoyarme en mis amigos y ni siquiera conocía la palabra Internet, donde hoy parecen resolverse todos los misterios. Supongo que mi colegio era como el resto de los colegios y mi familia como el resto de las familias. Quiero pensar que las cosas han cambiado, que los profesores desdoblan esos papeles y contestan a las dudas de sus alumnos y que, si todavía alguno sugiere que existen tratamientos para reconducir afectos, se encontrará con algo más que caras de asombro. El aula debe ser un lugar que dé confianza, disipando los fantasmas que engendra la ignorancia y ofreciendo respuestas con las que el diferente pueda comprenderse.

La lección que no recibí

El último placer del verano

vino

Recuerdo que era septiembre y también que fue la única vez que vi robar a mi padre, sin embargo, he olvidado por completo por qué tomamos aquella dirección tan extraña. Regresábamos a Ourense después de un domingo en casa de mi abuelo. Al salir de Seoane, en lugar de continuar a Manzaneda, mi padre giró por sorpresa, tomando la carretera conocida como las curvas del Bibei.

Esa ruta desciende serpenteando entre viñedos en terrazas. A medida que se acerca la vendimia, el olor a uva madura se mezcla con el aroma de los frutales endulzando todo el valle. Mi padre y yo apenas hablábamos. Nunca ha sido de conversaciones largas y menos al volante. Todavía era de día, aunque el sol empezaba a desaparecer tras la sierra. Entonces, detuvo el coche y, sin darme más explicación, me pidió que esperase dentro.

Las comidas en casa de mi abuelo resultaban copiosas y, por un momento, creí que se habría mareado. Sin embargo, mirando a través del retrovisor, le vi encaramarse a un muro de piedra con una bolsa de plástico que, un segundo después, llenaba de uvas. Durante un cuarto de hora se dedicó a cortar racimos, mientras yo no dejaba de espiar la carretera, temiendo que el dueño se presentase y tuviese que asistir al penoso espectáculo de ver a mi padre a la fuga.

La escena resultaba irreal. Sentía un desconcierto parecido al del niño que, en una boda, descubre a su padre bebido. Sé que robar fruta no es ningún pecado capital. De hecho, yo mismo asaltaba cada verano las huertas de A Graña, donde se decía que rociaban la ciruelas de hincha-morros, un misterioso producto inventado para asustar a los niños con el cuento de que al morder nuestra boca se convertiría poco más que en el hocico de un cerdo. Sin embargo, aquello era diferente. Mi padre no sólo era un adulto, sino que hasta ese momento había sido siempre la rectitud.

De un golpe, cerró el maletero y regresó al coche. Entonces, descubrí aquel olor. No el de las uvas, sino el olor intenso de las pavías maduras, una deliciosa variedad de melocotón pequeño que crece entre las viñas del Bibei. Mi padre estiró el brazo, eligió cuidadosamente dos y me ofreció una. Muchos años después, cada vez que las bandejas plastificadas de higos y esas insípidas uvas del supermercado me recuerdan que estamos en septiembre, me viene a la cabeza la carne dulce, blanca y jugosa de las pavías del Bibei, pero sobre todo vuelvo a ver la sonrisa de mi padre, orgulloso de haber descubierto a su hijo el último placer del verano.

 “Quizás una buena pavía en sazón, sea la reina de las frutas nuestras”
(Alvaro Cunqueiro)

 

El último placer del verano

Sonrisas de cuerpo entero

dani

Me gustaba su flequillo y aquellos lunares del cuello, sus sofisticadas camisas de COS y las deprimentes playlists de tarde domingo, pero sobre todo adoraba sus paletas, una montada ligeramente sobre la otra. A él le avergonzaba no tener una sonrisa perfecta y, cuando reía, se llevaba la mano a la boca. Me irritaba aquel pudor, y sentía el impulso de agarrarle la muñeca y hacerle ver que el mundo se volvía loco cuando él reía.  Nunca logré convencerle de que, en el elegante abrazo de aquellos dientes, se encontraba el carácter único de sus expresiones. En cuanto pudo, se puso brákets. Ni siquiera se esforzó en ocultarse tras argumentos médicos. Con el tiempo lo dejamos y estuvimos un par de años sin vernos. Cuando nos reencontramos, no habíamos cambiado tanto. Sin embargo, cada paleta ocupaba el lugar que le correspondía y aquella geometría parecía gobernar en toda la cara, como si el resto de sus gestos hubiese sufrido también la disciplina del alambre.

Con diez años dejé una parte de mi sonrisa en Sabarís, un pueblo cerca de Baiona. Mis padres se relajaban en una terraza, mientras yo me montaba con un amigo en los coches de choque. Distraído, una de las fichas cayó a la pista. Me agaché para recuperarla. Al girarme, fue tarde para evitar el golpe. Lo siguiente que recuerdo fue a mi padre corriendo. El impacto me había partido el labio superior. Sangraba en abundancia y, con el dolor, me había echado las manos a la cara, esparciendo la sangre. Imagínense el susto de mi padre. Aquel golpe rompió una de mis paletas, dejándome una sonrisa-Mikel Erentxu. Durante años la lucí orgulloso, deseando que me preguntasen. Parecía que ya entonces me importaba más tener una buena historia que una sonrisa impecable. Sin embargo, mis dentistas se empeñaron en repararla y acabaron colocándome unas fundas.

Los brákets han dejado de ser una penitencia adolescente y los dentistas han conseguido que treintañeros y cuarentones pasen por el aro del aparato y cumplan su sueño de conseguir una dentadura televisiva, libre de imperfecciones, sin que importe que sean precisamente esas imperfecciones las que den carácter a nuestra sonrisa. Por supuesto, el argumento estético se diluye en un aluvión de razones médicas que convierten en una temeridad negarse a la ortodoncia.

La historia se repite y mi Lama quiere también una sonrisa tan perfecta como su bolsillo se lo pueda permitir. Al parecer, él y su dentista han encontrado un montón de motivos con el prefijo orto. Sin embargo, a mí me entra el pánico cada vez que lo menciona. La sonrisa de mi Lama tiene la potencia incontenible de la dulzura.  En cualquier discusión puedo levantar un muro de argumentos para defender una opinión. Entonces llega él, sonríe y mi posición se desmorona con la misma facilidad que una ráfaga de viento se lleva por delante la más sesuda montaña de folios. Imagino que nada tendrá que ver eso con la posición de sus dientes y que, al igual que abraza con todo el cuerpo, mi Lama sonríe también con todo el cuerpo.  Sin embargo, a mí me da rabia que no vea lo que tiene de especial y se rinda a esa legión de dentistas empeñados en convertirnos en emoticones a fuerza de facturar sonrisas.

 

Sonrisas de cuerpo entero

Esos otros días felices

sonrisa

Hace un par de veranos murió la madre de una amiga. Llevaba tiempo delicada, pero su salud se había deteriorado en los últimos años y apenas salía de casa. Me acerqué al tanatorio y vi a su padre al fondo del vestíbulo, rodeado de familiares.  Al aproximarme, me saludó con afecto. Entre silencios, me dijo: «¿Sabes, Nacho? Los últimos años fuimos muy felices». La frase, por inesperada, me dejó aturdido. Por mi amiga conocía detalles de la enfermedad, la fragilidad y necesidad constante de asistencia. La palabra ‘felicidad’ no parecía encajar.  «Me alegro de haber podido cuidar de ella todos los días», continuó, haciéndome pensar que tal vez la felicidad tenga caras que no llego a imaginar.

Mi amiga me había contado hace tiempo la historia de sus padres, digna de una novela. Ella, la niña bonita de una familia de posibles, como se decía entonces; él, un joven humilde llegado a la ciudad para labrarse un futuro. Dos enamorados que debieron sobreponerse a la negativa de los padres de mi amiga, empeñados en conseguir para su hija un pretendiente de mejor posición.  Él debió esperar años, afanándose por construir una carrera que le hiciese merecedor de la mujer de su vida. Lo hizo y no se equivocó. Ella fue la mujer de su vida.

Por ahora no he tenido la experiencia de cuidar de alguien cercano con una enfermedad grave, aunque lo he visto a mi alrededor. Supongo que es una de esas cuestiones que aceptamos como inevitables, que etiquetamos con esa expresión de ‘ley de vida’ -pareciese que todas las leyes de vida prevén una condena-. Cuando la enfermedad se presenta muchos hogares se ponen a prueba hasta extremos difíciles de describir.  A medida que me hago mayor se vuelven frecuentes estas historias y las palabras del padre de mi amiga reaparecen como un bálsamo: la posibilidad de encontrar felicidad en el cuidado de quien queremos, entre pruebas, esperas, en el angustioso proceso en el que vemos a alguien contra las cuerdas.

Hace poco mi amigo Andrés compartió un artículo de Ángeles Caballero en El Confidencial titulado ‘Ese maldito olor a desinfectante‘, dedicado a los cuidadores, a las enfermeras, los celadores, a todas las personas que nos sonríen y nos animan en los momentos de miedo, de incertidumbre, de hospital, cuando parece que la vida nos echa a un lado. Alivia pensar que, en esos días, no todo es dolor y que, a menudo, esos escenarios están iluminados por el cariño.

A Charo, una vecina del barrio, le queda nada para jubilarse y dejar de poner desayunos. Hace un par de semanas que arrastra una tendinitis y debe ir en taxi a la residencia donde cuidan a su marido. A Álvaro le ingresaron hace casi quince años, cuando la enfermedad hizo imposible atenderle en casa. Desde entonces, dice que cuenta con los dedos de la mano los días que no ha pasado a verle. Sus hijas insisten en que se vaya unos días a airearse a San Vicente, que ellas se ocuparán del bar, pero no hay manera. Escuchándola, me venían a la cabeza esos artículos que advierten de como algunas enfermedades desgastan a los familiares de quien las padece. Con estas ideas en mente, el otro día cometí la torpeza de meterme donde no me llaman y aconsejarle que hiciese caso y se marchase a descansar. ‘¿A descansar, Nacho?’, me dijo, ‘Ver a Álvaro es el mejor momento del día’.

 

Esos otros días felices

A jugar a otro lado

Abedules
Abedules del Bidueiral de Montederramo. Fotografía: Galicia única

Me despierto con la boca pastosa. Una sola noche aquí y he bebido más que el resto del año. Miro a mis zapatillas y me pregunto si será otro de esos viajes en los que no saldrán de la bolsa. Levanto la persiana. El cielo gris, la carretera mojada y jirones de niebla que suben del río. Mi móvil dice que sigue siendo agosto y que despejará a las doce. Veo sobre la mesilla Todo esto pasará, y pienso que debería volver con Milena a Cadaqués, a esa historia de guapos modernos en menorquinas. Sé que me estoy dejando llevar y que yo nunca encontraría atractivo a alguien en sandalias. Una vez salí con un valenciano que adoraba enseñar sus pies. Aquella relación no fue a ningún sitio.

Una pequeña carrera de treinta minutos, me repito para animarme. Cierro los ojos y me visualizo dentro de un anuncio de Adidas, avanzando ligero en medio del bosque. La fantasía de runner no da resultado, pero me calzo. Vienen de frente días de alcohol, tres platos y postre, he cruzado la barrera de los cuarenta y tengo un novio doce años más joven. No debería bajar la guardia.

La casa que ha alquilado mi familia está en lo alto del pueblo, al pasar el antiguo cuartel de la Guardia Civil, otro de los lugares sin más futuro que seguir pudriéndose invierno tras invierno hasta que se derrumbe. Alguien ha robado el cartel de ‘Todo por la patria». Lo imagino decorando algún puticlub de carretera. En tiempos, la llegada de un guardia al pueblo era todo un acontecimiento, sobre todo si venía con hijos. Dumbo, Pulguillas, Polilla… Cambiarle el nombre era nuestra manera de integrarlos.

Al salir de casa, sonrío recordando a mi madre refunfuñando por no haber encontrado una casa en el centro. No importa que atravesar Montederramo lleve cinco minutos. Ayer me dijo que se le hacía raro vivir a las afueras. Pongo el reloj y empiezo a correr. Sólo media hora, me prometo de nuevo. Uno es capaz de aguantar treinta minutos haciendo cualquier cosa. Este pensamiento de silla de dentista funciona y me pongo en marcha. Avanzo lento, pesado. Imagino mi aspecto lastimoso.

Desde la carretera veo la Ponte Mazaira, el prado al lado del río donde nos bañábamos. Con la hierba alta, hoy no entraría un jabalí. El señor Julio aparecía por sorpresa y montaba en cólera al vernos tomando el sol, como si lo fuésemos a aboyar. Desde el puente nos tirábamos al río, cayendo de pie con las manos pegadas al cuerpo. Apenas habrá cuatro metros, pero parecía un precipicio. Me veo con aquellas bermudas fluorescentes por debajo de la rodilla, la espalda contra la barandilla, disimulando el temor a romperme la crisma contra una roca. Los ojos de todos esperando. Pocas cosas me asustaban tanto y, sin embargo, saltaba. A esa edad, lo único que da miedo de verdad es que te tomen por cobarde.

Al otro lado del puente, el río pequeño. En realidad se trata del mismo Mao, pero llamamos así a un tramo en el que apenas cubre, con guijarros tan resbaladizos que necesitábamos fanequeras de goma para no darnos de bruces contra una piedra. Cuando uno era adolescente podíamos pasar al río grande. Cruzar a nado debajo del puente era una travesía para valientes. Las ramas de los árboles cubrían de sombras las orillas, creando zonas oscuras donde uno imaginaba todo tipo de peligros. A mí me asustaba cruzarme con una de esas culebritas que zigzaguean sobre la superficie con su diminuta cabeza levantada.

El viento agita los abedules que bordean la carretera y el agua acumulada durante la noche me cae en la cara. Me gustan los abedules, con sus troncos blanquecinos con forma de huesos y sus hojas plateadas moviéndose como lentejuelas. Uno se siente caminando en un bosque imaginado por Murakami. Entre mi respiración, escucho el ruido metálico de un cencerro y descubro un rebaño recostado apaciblemente entre la niebla. Un ternero me mira con asombro. Tengo la tentación de acercarme, pero a lo lejos distingo un chaleco reflectante y apuesto que se trata de Paco.

Camina apoyándose en una vara fina. Le doy los buenos días y noto que no me reconoce. Con los años ha ido perdiendo visión. Le digo que soy Garisa, parece sorprenderse de que haya madrugado tanto y se disculpa por no acompañarme corriendo. Paco es una de esas persona a las que uno siente ganas de abrazar en cuanto lo encuentra. Cuando éramos pequeños, nunca le vi espantar a los niños diciendo eso de ‘a jugar a otro lado’. Podía tenernos entretenidos toda una tarde atrapando saltamontes en frascos de cristal y pagando una peseta por bicho cazado o montar una excursión al monte y arreglárselas para que todos nos perdiésemos. Lleva una vida viniendo de vacaciones al pueblo y saliendo a caminar cada mañana. Cuando me levantaba en la habitación de mi tía, aún con legañas en los ojos, le veía salir de la tienda de Marujita con un transistor en la oreja y un par de melocotones en la mano, siempre con una de sus horribles gorras de publicidad.

Encuentro la entrada de una pista y me meto. La niebla es aún más densa en esta parte, pero me alivia dejar el asfalto y correr sobre tierra. De pronto, reconozco estos campos. Recuerdo una tarde de invierno con el Espinillo y el Lletas caminando por estas orillas, intentado descubrir alguna nutria y regresar al pueblo con los pies helados y sin haber visto nada. Otro verano, el Lletas se empeñó en enseñarnos a pescar truchas de noche con una linterna, todo un espectáculo para impresionar a alguna de las catalanas que llegaban en verano. Lo realmente divertido era montarse en su furgoneta de la carnicería, con el remolque lleno de restos de las terneras que llevaba al matadero. Uno se agarraba a una cuerda y el muy cabrón tomaba las curvas a toda velocidad intentando hacernos resbalar sobre las manchas de sangre.

A lo lejos distingo una vaca en el medio del camino. Con la niebla, apenas se ve una silueta oscura. De repente me paro. Un perro. No distingo la raza, pero pienso en los mastines que protegen el ganado que duerme al raso. Empieza a correr hacia mí. Está todavía lejos. Me doy la vuelta a toda velocidad. Tengo el corazón a doscientos. Me giro y le veo más cerca. Acelero al máximo de mis posibilidades. Miro al suelo buscando piedras, alguna rama. Se me viene la cabeza la imagen de mi padre saltando un muro para escapar de un rottweiller. Salgo del camino y vuelvo a la carretera. Me giro y el perro no me sigue. Mientras recupero el aliento, me río imaginándome a mí defendiéndome con un rama frente a un mastín.

Al subir la cuesta de regreso al pueblo, aparece la cúpula del monasterio. Han abierto una calle cerca de la residencia para mayores. Sigue sin verse un alma. Detengo el cronómetro. Me siento con derecho a una tortilla de dos huevos rellena de bonito y una taza de té negro tan cargada que parezca café. Subo las escaleras, la casa está vacía. Mi padre no habrá regresado de la sierra y mi madre se habrá ido al Tamanaco en busca de su tostada diaria de mermelada y su ejemplar de La Región. Mientras me escaldo la espalda con una ducha de agua hirviendo, pienso en todo lo que he visto en esos prados y en lo lejos que se puede llegar en una carrera de 41 minutos.

 

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Monte
Plano de Montederramo por Xaira

Al llegar al embalse, dudo. Veintidós años con carné y las prioridades todavía me confunden. En realidad, sospecho que nadie las entiende y todos esperamos a ver qué hace el otro. Tras unos segundos de titubeo, la furgoneta cruza y el conductor me mira extrañado. Finjo sintonizar una emisora y, en cuanto lo veo alejarse por el retrovisor, atravieso el puente. Por el rabillo del ojo, busco la roca desde la que nos tirábamos de pequeños. Me imagino zambulléndome en el agua con un elegante salto de cabeza. Al momento me doy cuenta de que se trata de un recuerdo falso. Siempre he sido más bien torpe y lo real se parecería probablemente más a una estrepitosa bomba, salpicando a Natalia o a cualquiera que tomase el sol en la orilla.

Tomo el desvío de Leboreiro y veo que carteles de orquesta cubren la puerta del bar-tienda de Rocío, cerrado desde hace años. Me pregunto si seguirán colgadas del techo esas cintas adhesivas para atrapar moscas y aquel olor espeso a colacao. El cruce de la carretera principal y la que lleva a Montederramo marcaba el límite del territorio permitido durante la infancia. A partir de allí debíamos dar la vuelta con las bicis. Entonces, de regreso al pueblo, apenas encontrábamos tráfico: el Land Rover salpicado de barro del panadero, el Cuatro Latas de la Guardia Civil y, tal vez por las tardes, el coche de línea regresando de Ourense. Hoy no me he cruzado con nadie. Al llegar a la recta de A Franqueira, nos gustaba acelerar hasta perder el control de los pedales. Todavía hoy se ven los postes oxidados de las porterías y apuesto que podría encontrar cartuchos del tiro al plato.

Antes de la primera curva desde la que se ve el pueblo, la carretera bordea prados donde recogíamos árnica. Una mujer se acercaba en coche a comprarla los días de feria. Venía con una balanza y nos pagaba cuatro duros. Primero se nos ocurrió mojar las flores para que pesasen más. La siguiente vez escondimos piedrecitas. Allí se acabó el negocio. En esos campos rodeados de abedules y robles pastan terneras. Apenas se cultiva nada en la falda del San Mamede, pero ese verde hace que uno desee ser vaca. Según mi tía Camila, la obsesión bovina me viene de lejos. De niño vigilaba la calle desde el mostrador del comercio. En cuanto veía al señor Julio o a cualquiera pasar con ganado salía disparado y le acompañaba hasta donde fuese, incordiándole por el camino con todo tipo de preguntas. Durante años, una mirada de vaca fue mi salvapantallas en el ordenador del periódico. Nada más eficaz contra el estrés que una rubia gallega recordándote que, en esta vida, nada es urgente.

Cada vez que paso al lado del cementerio me sobreviene una sensación incómoda. No he entrado demasiadas veces, aunque tengo la impresión de que, entre esos mármoles comidos por el musgo, será donde acabe algún día. Justo enfrente, han cerrado las granjas y el olor a purín ha desaparecido. Hoy todo huele a hierba segada. Desde la carretera distingo un cartel de ‘Se vende’ entre tablas que tapian ventanas. ¿Para que compraría alguien una granja abandonada? De pequeño habría más de diez mil pollos. Cuando crecían se cambiaban de nave. Entonces, el Espinillo me avisaba y, tan pronto como su padre nos dejaba solos, llenábamos las mangas de la cazadora de pollitos, la girábamos en el aire como si fuese una honda y los disparábamos lo más lejos posible. Supongo que hoy iría a la cárcel por algo así.

También han cambiado el cartel con el nombre del pueblo. Han sustituido el metálico por uno de madera, como tallado a navaja, aunque apuesto que habrá salido de algún polígono chino. Al lado, una hornacina de cristal astillado con una virgen en el interior, los restos de una vela consumida y flores secas. Desde ese alto, unos árboles tapaban la vista, pero esos pinos han desaparecido, quizá ardieron o alguien se decidió a talarlos. Ahora se ve el monasterio, el río oculto entre hileras de árboles y las casas mirando a la carretera, con la ropa tendida en las huertas de atrás. Apago el coche y bajo a tomar una foto. Un hombre pasa montado en un tractor y me saluda con un movimiento de cabeza. Me pregunto si me habrá reconocido y siento un punto de vergüenza por comportarme como un turista. Supongo que uno debe irse, cumplir algunos años y volver para sentir ganas de fotografiar los lugares de siempre.

Son las cuatro y el pueblo sestea inmóvil. Todo ocupa el lugar que le corresponde y, sin embargo, todo parece distinto. Nunca he sabido explicar qué tiene de especial Montederramo, aunque estoy seguro de que, si le pidiese a un niño que dibujase un pueblo, se parecería bastante a este.

El pueblo que dibujó un niño

7.832 mails

Equipo CdC

Comencé a trabajar en un periódico al que llegué por casualidad y del que tardé nueve años en salir. En realidad, las cosas no me iban mal. Tenía contrato, mis jefes me apreciaban y me ganaba la vida escribiendo. Un día me premiaron con un pequeño ascenso y entonces decidí irme. Entendí que había pasado una década tratando de llegar a un lugar que no era para mí. No era un periodista codiciado al que le lloviesen las ofertas. De hecho, nadie me esperaba en otro sitio, sólo quería cambiar de vida. Sin embargo, no tenía la menor idea de qué vida quería. Al borde de los treinta, cuando mis amigos firmaban hipotecas, me sentía como si me despertase en plena adolescencia.

Aquel periódico era una de esas empresas que se alimentan de las ganas irracionales con las que uno sale de la facultad y se entrega a hacer carrera sin mirar el reloj. Nunca me he parado a contar cuantas horas pasé, pero, entre los veinte y los treinta, el tiempo transcurrió como un frenético fin de semana. Con algunas personas que siguen escribiendo en ese diario, aprendí el oficio que me ha permitido ganarme la vida y que, en buena medida, me define. Paula fue una de ellas.

Llegamos el mismo verano y acabamos compartiendo sección. Formábamos parte de un equipo pequeño, pero que se sentía el centro del periódico. Aquello y soportar los disparates de los mismos jefes nos unió. Además, congeniábamos. Organizada y práctica, Paula me aportaba el orden que necesitaba para protegerme de mis despistes. Cuando pienso en esa etapa, me veo hablando compulsivamente por teléfono, probando suerte para sacar alguna historia que no empezase por ‘el presidente asegura’, y ella ocupándose del resto de las páginas, corrigiendo a los de prácticas y atendiendo el aluvión de llamadas que entraban en la delegación. Todo eso mientras se preguntaba resignada si mis experimentos nos llevarían a algún titular y podríamos irnos de una maldita vez a casa.

Aunque nueve años es un periodo largo, nuestra relación se mantuvo siempre en el ámbito del trabajo. No quedábamos a tomar cañas, ni viajábamos juntos y, más allá de los resúmenes de fin de semana, apenas estábamos al tanto de la vida privada del otro. Aquella era una relación de compañeros. Cuando me marché, entendí que me llevaría un oficio aprendido y un montón de recuerdos, pero también supe que todo lo demás se quedaría allí.

El viernes me despedí de una compañera con la que compartí mesa seis años. Quise recordar el día exacto en el que se había incorporado y busqué su primer correo. En una esquina de la pantalla, Gmail me informaba de que nos habíamos intercambiado 7.832 mails. Supongo que esa cifra habla de algo más que compartir mesa. Como suele ocurrir, hubo fiesta, abrazos y, de nuevo, la misma sensación que con Paula.

Quizá sea sólo una cuestión del lenguaje. Asignamos etiquetas para clasificar nuestras relaciones y ‘compañero de trabajo’ suena demasiado administrativo como para empaparse de afectos. Nada fuera del círculo de la pareja, la familia y los amigos parece que nos pueda remover. ¿Cómo vas? Bueno, se ha ido un compañero. No suena a un gran cambio en la vida de uno. Sin embargo, a menudo el trabajo nos une a personas con las que compartimos demasiado como para pretender que pueden desaparecer sin dejar más marca que una cara nueva al otro lado de la mesa.

7.832 mails

Flechazos

Hockney
David Hockney Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) 1972 Private Collection © David Hockney Photo Credit: Art Gallery of New South Wales / Jenni Carter

En cuanto le vi, supe que había ido bien. Me contuve para no preguntar, aunque me moría de ganas. Disimulé hablando de esto y lo otro, haciendo tiempo hasta sentarnos a la mesa y dejar que contase su historia. Me encanta cuando Toni, normalmente en la orilla de las conversaciones, nota que tiene nuestra atención y se lanza a hablar con esa mezcla de timidez y extrañeza por sentirse protagonista, comprobando que no aburre a nadie, pidiendo permiso con la mirada.

Honestamente, habría apostado por que la cita sería un fiasco. El día anterior me había enseñado la foto del chico. Unos treinta años, atlético, ojos rasgados, vestido con una camiseta de fútbol. Conozco a Toni desde hace siglos y alguno de sus ligues me ha dejado sin respiración. Sin embargo, en octubre cumplirá cincuenta y cinco y los años pesan de otra manera en esas aplicaciones.

Viéndole disimular su entusiasmo, me sentí aliviado. Sabía que su mala racha duraba más de lo normal y me preocupaba que empezase a pensar que no era solo una racha. A estas alturas, mi amigo no se engaña, sabe qué puede esperar de Grindr, pero todos tenemos alguna tarde de domingo en la que bajamos la guardia y pensamos que tal vez hoy será diferente. Esas son las citas peligrosas.

Si le diesen tiempo, más de uno se enamoraría de Toni. Esas cosas ocurren. Hace años, tuve un compañero opuesto a lo que siempre me había atraído. No sé cómo sucedió, ni siquiera me di cuenta, pero, a los pocos meses, habría dado un brazo por tener una mínima posibilidad con él.  Ese chico me volvió loco.

Aunque los niñatos a los que Toni persigue ni siquiera entienden a qué se dedica, mi amigo es brillante. Cualquiera que le escuche cinco minutos se dará cuenta de que es una de esas personas que mejoran la vida de uno. Sin embargo, no debemos perder de vista que, en un lugar donde la gente se presenta con fotos de pectorales, el hecho de ser un genio o un idiota importa una mierda.

El chico trabajaba en la FNAC. Le invitó a casa y, en cuanto llegó, vio en las pupilas que había tomado éxtasis. Toni no entró en detalles, pero era evidente que el sexo había ido bien.  El chaval se marchó enseguida. Tenía que pasar por su óptica. Todos decimos chorradas así cuando queremos desaparecer. Mi amigo llegó dando por hecho que no habría segunda cita y, un par de horas después, comprobó que le había bloqueado. Pese a todo, Toni parecía pletórico. Había comprobado que aún tenía tiempo.

Flechazos

El viaje de los Nachos (Fin)

mont-saint-michel

<- Leer parte 3

Abrí los ojos. Nacho conducía. Atravesábamos un paisaje de costa llano, sin apenas vegetación, con el horizonte y el Atlántico uniéndose en una lámina gris. Con los ojos desenfocados por el sueño distinguí una imponente silueta emergiendo del agua, como un pastel de roca sobre una bandeja. A medida que nos acercábamos se perfilaban las formas del Mont Saint-Michele, la monumental abadía normanda levantándose sobre una isla en el estuario del Couesnon.

Pronto descubrimos un segundo mar que destrozó el encanto del primero. El Saint-Michel flotaba sobre un océano de autocaravanas, con sus toldos de colores y antenas parabólicas, una flota que anunciaba uno de los destinos más concurridos de Francia, casi cuatro millones de turistas al año. Entonces, tomamos una decisión sabia. Decidimos instalarnos en el camping y entrar a la isla al anochecer, cuando la marabunta se hubiese retirado.

Atravesar el dique, cruzar la muralla y ascender entre sombras por las callejuelas empinadas de ese santuario, sin más ruido que el eco de algunos restaurantes cerrándose, se convirtió en uno de los momentos del viaje. Desde las murallas apenas se divisaba la bahía, ese espacio a merced de las mareas en el que el océano puede retirarse hasta quince kilómetros y que, cuando regresa a su lugar, convierte Saint-Michel en una isla, en la fortaleza y la prisión inexpugnable que fue durante siglos.

No alcanzaba el presupuesto para una de las famosas tortillas soufflé de La Mère Poulard, pero sí pudimos sentarnos en un muro y observar a los cocineros a través del cristal preparar las últimas del día, divirtiéndose improvisando una melodía con esa percusión de cucharas y cacharros de cobre.

A la mañana siguiente, volvimos a hacer el recorrido a la luz del sol, comprobando como el turismo lo vuelve todo vulgar. Con la marea baja, recuerdo escribir en la arena ‘Take me a picture, please‘ seguido de mi correo electrónico, con la esperanza de que lo viese alguno de los curiosos que fotografiaban desde lo alto de las almenas.  Alguien atendió a nuestros exagerados aspavientos y nos retrató. Aplaudimos agradecidos, aunque nunca recibimos esa imagen.

Con el Saint-Michel atrás, el viaje siguió su curso. Atravesamos Bretaña, recorrimos las murallas de Saint-Malo, y nos bañamos en su playa de arena oscura, de casetas de bañistas con listas azules y puestos de helados. Hicimos noche en Rouen, compramos alguna botella de Calvados para regalar, y madrugamos para continuar hasta La Rochelle, descender entre los bosques de las Landas y llegar a Biarritz, con sus ventosos arenales de surfistas y voladores de cometas y sus prohibitivos hoteles balneario. El viaje tocaba a su fin. Los silencios en el coche resultaban tan cómodos como las conversaciones. Nacho había conseguido que aprendiese a montar la tienda y renunciase a girar el mapa. Septiembre se terminaba. Los desayunos y cenas en el camping obligaban a abrigarse con la sudadera y los días de verano empezaban a menguar.

Ocurre a menudo que los mejores viajes, por lejos que nos lleven, terminan descubriéndonos a quien tenemos al lado. Esos cuatro mil kilómetros nos enseñaron mucho más de lo que habíamos visto. Un día, Nacho me dijo que abandonaba el Periodismo. Se había cansado de darle oportunidades a un oficio que se las negaba todas. Entonces se reinventó ganando un plaza de funcionario en Tenerife. Confiaba en que sería una etapa corta, pero tardó años en hacerse con el billete de vuelta. Cuando al fin íbamos a celebrar su regreso, apareció una de esas razones que le dan vuelta a la vida como un calcetín. Tal vez pensó que los lugares los hacen las personas y, cuando uno es realmente afortunado, basta una persona. Entonces voló a Galicia y nos presentó a esa chica que, mientras yo acababa mi desayuno, me sonreía, asombrándose de la naturalidad con la que el godo que había confundido España con la Península había estado a punto de perder su avión. Junto a ella, en su primera mañana de casado, Nacho meneaba la cabeza, asegurándose otra vez de que el otro Nacho tomase la dirección correcta para volver a casa.

El viaje de los Nachos (Fin)